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viernes, 13 de marzo de 2026

PERDIDO

Robert Gion

 

—¿Te has perdido, hijo?

El hombre parpadeó nervioso y miró hacia la derecha, de donde había llegado la voz, pero no vio a nadie. Solo cuando distinguió el crujido de unas ramas quebradas y unos pasos que siseaban a su espalda, se volvió y vio, apoyada con una mano en el tronco de un abeto, a una anciana vestida con ropas sucias, hechas solo de remiendos, que le sonreía mostrando los muñones rotos de sus dientes.

Acababa de llegar al borde de un claro rodeado de abetos gigantescos, con los troncos resquebrajados, llenos de resina. Sobre la tierra había empezado a flotar una niebla fina, hecha de hebras transparentes, que parecía brotar de algún lugar entre las raíces de los árboles. No reconocía nada a su alrededor. Por más que lo intentaba, no lograba orientarse. Y eso que había hecho esa ruta decenas de veces. ¿Qué demonios…?

—No lo sé —rio él, incómodo, y se volvió por completo hacia la anciana, con la mochila de pronto muy pesada sobre los hombros—, eso parece. Me detuve un kilómetro más abajo para tomar unas fotos y después… creo… creo que me desvié, de algún modo, del sendero. Es extraño… aunque no entiendo cómo pudo pasar.

La anciana se acercó; se separó del tronco del abeto. Llevaba una ropa muy extraña; en realidad, no era la ropa; lo que lo desconcertaba era la forma en que se la había puesto, porque llevaba simplemente varias blusas y suéteres echados encima, uno sobre otro, y las piernas cubiertas por una serie de faldas de todos los colores; sobre toda esa mezcla se extendía un largo chaleco de lana, también hecho solo de remiendos, tan grande y deshilachado que lo arrastraba por el suelo. Aquí y allá, entre la tela mugrienta de la ropa, se veían bultos puntiagudos, como si la anciana se hubiera metido por dentro ramas y leña menuda. ¿Estaba loca? Dio unos pasos más y luego soltó una risita: un sonido quebrado, seco, como una rama al partirse.

—No te preocupes, hijo, muchos turistas se pierden en esta zona del bosque. Pero creo que yo podría ayudarte, seguro que podría —graznó, mientras pisaba con fuerza sobre la alfombra de hojas húmedas.

—¿De verdad? ¿Usted?… ¿Vive por aquí cerca? Se lo agradecería.

Será de algún monasterio, pensó el hombre. Pero ¿hay algún monasterio por aquí?

—Sí, sí, sé exactamente lo que hay que hacer, ji, ji. Solo ten un poco de confianza. Yo te pondré en el camino recto. Mira, si vas en esa dirección…

La anciana alzó el brazo.

El hombre fijó involuntariamente la vista en él… y en ese instante los dedos de la vieja se alargaron de golpe, crujieron nudosos, ramificados, y se transformaron en dos ramas afiladas que recorrieron en una fracción de segundo la distancia que los separaba. Penetraron con un chasquido en la gruesa chaqueta del turista. Se oyó un jadeo; el hombre bajó los ojos y miró el chorro rojo que brotaba de su pecho, luego la sangre le estalló también por la boca y cayó flojo de rodillas. El peso de la mochila lo arrastró enseguida al suelo. Se desplomó de lado, boqueando, con los ojos desorbitados, mientras las piernas le temblaban, sacudidas por espasmos. La vieja alargó otro dedo y una nueva rama nudosa le perforó la garganta. El estertor cesó, y la niebla cubrió durante varios instantes el cuerpo derrumbado con hebras suaves, curiosas.

En el silencio que siguió se oyó el grito de una lechuza.

La anciana retiró los dedos, soltó una risita y se acercó más. Bajo la piel, con cada movimiento, sus huesos crujían como árboles azotados por la tormenta en un bosque. Se inclinó y, con un solo dedo, le dio la vuelta con asco y facilidad al cadáver del que borbotaba la sangre, dejándolo boca arriba.

—Ji, ji, hijo, cómo te has perdido, perdido —chilló—. Perdido de verdad. Pero la madre vela, vela todo el tiempo. Mmm, mmm, mmm…

La uña de uno de sus dedos creció, curvada como una hoz, y con ella rasgó la chaqueta del turista desde el pecho hasta el cinturón del pantalón.

—Mmm, mmm, hijo, ¡qué flaco estás! Mírate. Decepcionante.

Pinchó con la uña. Carne blanca, flácida.

—Ji, ji. Flácida. Mira tú, hasta llevabas un cuchillo; me pregunto para qué te servía. ¿Dónde están los valientes de otros tiempos, con sus espadas y sus caballos? Al menos intentaban resistirse, luchar. ¡Y mira ahora qué desdichados pasan por aquí! Flácido, flácido, flácido. Unos inútiles, vejigas de carne blanda… puaj, ji, ji, ji. Pero es mejor que nada, mejor, ¿verdad?, ji, ji…

Sin dejar de reír entre dientes, rasgó el resto de la ropa, la apartó del cuerpo cubierto de sangre y la dejó en un montón al lado; luego, con la misma facilidad, se echó el cadáver al hombro y se internó lentamente entre los árboles, cantando:

 

La madre siempre vela

Siempre está despierta

Con el pelo al viento

Cabellera de bosque

Como zarza de moras


Ji, ji.

Los viejos abetos temblaban a su llegada, murmuraban con chirridos roncos, mientras la resina les corría a chorros por la corteza; luego se inclinaban y honraban su paso. La niebla se volvía cada vez más espesa. Al poco rato, la anciana llegó a otro claro, y allí se dirigió riendo hacia un roble gigantesco que se alzaba junto a un borde, cubierto también de nudos y muñones. Hizo una señal con los dedos-garras-ramas; detrás de unas grietas crujió algo y un hueco se abrió, húmedo, en el tronco lleno de cicatrices del árbol.

Con el muerto al hombro, la anciana entró y avanzó hacia una oscuridad total, mientras el hueco se cerraba crujiendo a su espalda y la niebla quedaba afuera, de guardia, envuelta con fuerza alrededor del claro; enseguida llegó a una estancia amplia, alta, iluminada con fuerza por varias lámparas colgadas del techo, en la que flotaban hilos fosforescentes de niebla. Toda la pared de la derecha estaba cubierta de estantes donde se apretaban toda clase de recipientes y frascos. En un rincón, colgado sobre un fuego suave de leños, hervía un caldero con brebajes. La vieja se acercó a una sólida mesa de madera que ocupaba todo el centro de la habitación y arrojó allí el cadáver, boca arriba. Aún seguía manando sangre de las heridas del pecho, y el abdomen y los muslos, enrojecidos por gruesos regueros, brillaban de forma extraña bajo la luz de las lámparas que vibraban levemente en el techo. La anciana se limpió las palmas en las faldas, enderezó la espalda que crujió como un tronco golpeado por un hacha; luego suspiró y miró a su alrededor, satisfecha, sin dejar de reír por lo bajo.

—Ya llegué, ya llegué, ji, ji, ji, la mamita está en casa —graznó—. ¿Cómo están mis linditos, cómo están?

En la pared opuesta a la de los estantes ocupados por frascos se alineaban tres jaulas de madera con resistentes barrotes de roble, nacidos directamente de las raíces del árbol en cuyo interior estaba la vivienda de la vieja. Dos de ellas estaban vacías, pero desde la tercera miraban, aterrorizados, dos niños de unos nueve o diez años, un niño y una niña, rubios, con los ojos enrojecidos de tanto llorar. La anciana arrastró los pies hasta la jaula, y los dos niños se abrazaron, horrorizados. Estaban tan asustados que ya ni fuerzas tenían para gritar.

La vieja aspiró por la nariz el olor del brebaje que flotaba por toda la estancia, volvió a crujirse la espalda y luego estiró un dedo lleno de diminutas oquedades y con él palpó la mejilla lisa del niño.

—Mmm, mmm, hijo mío, siguen siendo unos enclenques —escupió, irritada—. Tienen que comer mejor, ponerse gordos y hermosos para la abuela, ¿oyen? Tienen que comerse todo lo que les doy, que hay bastante y habrá más. Porque así, ni para una muela me alcanzan, ji, ji. Cómanse todo, todo, porque, miren, ahora mismo les he traído carnecita fresca y buena, buena, justo buena para sus barriguitas.

Volvió a tocar una vez la mejilla del niño, luego se dirigió hacia el hogar donde hervía el caldero. Colgados cerca, de pequeñas ramitas clavadas en la pared, había toda clase de cuchillos, hachas y segures, además de una horca y una azuela. La anciana escogió un hacha de mango curvo, la sopesó entre sus dedos-ramas y después se encaminó hacia el cadáver tendido sobre la mesa.

—Ahora la abuela les va a preparar una comidita estupenda, niños. Para que se pongan gordos, lustrosos, llenos de grasa, hinchados y jugosos.

Lanzó el hacha hacia delante y, de un solo golpe, le cercenó uno de los brazos al hombre.

—Ojos de fantasma, si los ves te consumen… —murmuró con una mueca sonriente.

Luego, con movimientos lentos y poderosos, se puso a cortar en trozos el cadáver que había sobre la mesa, en pedacitos pequeños, pequeños, justo buenos para tragar, mientras el fuego crujía, la estancia rechinaba y todo el roble se mecía, reía entre dientes y murmuraba al mismo tiempo que ella.

Robert Gion nació en 1978 en Tecuci y pasó su juventud viajando por Europa. Vivió un tiempo en Chipre y luego en Grecia. Apasionado de la literatura de terror, es un gran admirador de Serge Brussolo, Graham Masterton y Stephen King. Ha publicado relatos y cuentos en las revistas Gazeta SF, Helion online, Galaxia 42, CSF, Utopiqa, Artzone SF, Ficțiuni.ro y Revista de Suspans. Fue incluido en la Antología de Ficción Policial y de Misterio Rumana (publicada por Paralela 45) y en las antología CSF de 2019, 2020, 2021, 2022, 2023". Debutó con su propio volumen en la colección de relatos Elisa, que recibió el Premio Antares al mejor debut en una novela de ciencia ficción, fantasía y humanidades de 2020. Su segundo volumen de relatos, La oscuridad del mañana, se publicó en noviembre de 2022. El tercero, La segunda F de la felicidad, publicado en octubre de 2023, recibió el Premio Romcon en la categoría de volumen de prosa corta. En septiembre de 2024 se publicó la novela de terror Monstruos en la orilla.

 

sábado, 6 de diciembre de 2025

TRICOFOBIA

Robert Gion

 

(…) probablemente también eso formaba parte de algo más importante, pero tengo que reconocer que a Ramona la encontré a finales de mes, una tarde de sábado, tirada en la cocina, con una toalla sucia enrollada alrededor de la cabeza, con los tobillos atados con una cuerda a una de las patas de la mesa y con los pezones perforados por un fino hilo de alambre galvanizado, pasado por debajo del revestimiento del fregadero y luego enganchado a los elementos del radiador. Tenía el cuerpo cubierto de moretones y quemaduras de cigarrillo. En las costillas se veían garabatos hechos con bolígrafo, y todo el tatuaje que le cubría el hombro derecho, subiendo en una espiral llena de hojas por el cuello y enroscándose en la nuca, había sido rasgado con una hoja de afeitar.

Una verdadera red de cortes le cubría la barbilla y la mandíbula. En un muslo, torcido y sujeto con el resto de un elástico, colgaba un pedazo de bombacha hecha jirones, y entre los dedos de los pies apretaba un trozo de tela del que aún colgaba un botón.

—Jesús…

Llamé a Bobu desde el living y entre los dos le desatamos las piernas, luego empujamos la mesa hacia la pared. Incluso a la débil luz que entraba entre las persianas entreabiertas se veía cuánto pelo le había crecido en el cuerpo en las últimas semanas.

En las axilas se extendían grandes mechones, pegoteados de sudor. La piel de los muslos estaba infectada y enrojecida alrededor de los pelos, y en las areolas de los pechos habían surgido varias hileras negras de rizos, manchados de polvo y sangre. Por otra parte, Bobu apenas se tenía en pie de lo borracho que estaba y resbaló un par de veces en la mugre del piso: la heladera, olvidada abierta, se había descongelado, por todas partes no había más que charcos y rebanadas de pan y de tomate caídas de la mesa. El tacho de basura estaba patas para arriba, volcado en la puerta del pasillo que daba a la entrada, y Ramona yacía desnuda, con las piernas abiertas sobre las baldosas, y yo le entreveía el cuerpo a través de una miríada de circulitos y descargas de colores que me fulguraban en el rabillo del ojo.

—¡Hombre!, ¿y ahora qué hacemos? —preguntó Bobu—. No es como la otra vez. O sea… ¡fíjate nomás!

No respondí.

Tomé un vaso de agua de la canilla y luego intenté sacar el alambre galvanizado de los pezones de Ramona. Al final lo desprendí del radiador, se lo enrollé por los hombros, la agarré por la nuca y, con Bobu sujetándola de los tobillos como podía, la arrastramos hasta el sillón cama del living, en medio de los paquetes de papas fritas y las botellas vacías de cerveza.

En la tele hablaban del efecto nocivo de las dietas con sal marina y manzanilla, y eso, también, formaba parte de algo más importante: yo escuchaba con una oreja y miraba los muslos peludos de Ramona, las rodillas golpeadas, los labios atravesados por grietas y los párpados hinchados, llenos de venitas, los mechones enmugrecidos que salían de debajo de la toalla atada con un nudo en la nuca, tirando hacia arriba de la piel de la frente, y luego a Bobu, que se había desplomado en un sillón y casi ni respiraba, con la camisa empapada de sudor, sentado con sus brazos flacos, llenos de pecas, cruzados sobre la panza.

El pubis de Ramona, arañado bajo los pelos, se encharcaba en una sustancia viscosa amarillenta que rezumaba de las pocas heridas que tenía bajo el ombligo. Su cuerpo se arrugó torpemente en el sofá desplegado. Los brazos colgaban sin fuerza, la cabeza estaba torcida hacia un lado, y la piel parecía destilar algo mohoso, hinchado, abarcando lentamente sus huesos, atrapándolos en un cruel y lamentable agarre. Entre sus labios pude ver la punta de su lengua.

—¿Qué hacemos ahora? —dijo Bobu.

Me senté en la alfombra, junto a la estufa fría en la esquina de la habitación. Cerré los ojos, tragándome de a poco el bulto que me subía desde el estómago, y miré por la ventana hacia los árboles de enfrente y los techos de tejas de las casas.

—No podemos hacer otra cosa que esperar —le contesté al cabo de un rato.

Hacia la tarde, sin embargo, el pelo ya había cubierto el sillón, la alfombra, y crecía en un pelaje denso y suave alrededor de las patas de la mesita del televisor.

Lo sentía escabullirse entre los dedos, rodearme las muñecas: subía por los antebrazos en mechones largos, que se fundían a la altura de los hombros, hacía bucles debajo de la remera, saliendo por las mangas, me ceñía la cintura con un grueso cinturón trenzado. Había rodeado el sillón y se había enrollado varias veces alrededor de la biblioteca, inmovilizándola en un punto de apoyo sólido desde donde se desplegaba hacia las cuatro esquinas del cuarto, en franjas anchas y blancuzcas de caspa.

Se había tragado incluso la pierna de Bobu hasta más arriba de la rodilla y trepaba en un mechón castaño, despeinado, frente a la ventana, entre las puntillas de la cortina, arrancando del techo la guía de la cortina.

Bajo el peso de las pestañas enredadas en ramas ásperas a la cabecera de la cama, mezcladas con el pelo del cuero cabelludo y coladas por detrás del revoque de las paredes hasta por encima del marco de la puerta, los párpados de Ramona habían cedido, hundidos en el líquido barroso de las órbitas.

El vello entre las piernas se alargaba ahora, abundante y duro, en las fantasías de un matorral arborescente, como un emparrado sobre el cuerpo envuelto en las cintas de los mechones de las axilas.

Me deshice como pude del enredo de pelos, zarandeé a Bobu y luego, después de ayudarlo a sacarse las medias y los zapatos, nos fuimos a la cocina y nos sentamos a la mesa empujada hacia la alacena por una bola apelmazada, llena de cáscaras, que, después de reunir todas las alfombritas del pasillo, había metido una punta entre las bisagras de la puerta de la cocina.

Las ventanas estaban completamente tapadas. Bobu agarró una botella de vino, se sirvió un vaso y se lo bajó de un trago. Se sirvió otro, luego me echó a mí también en una taza como hasta la mitad, después tiró la botella en la pileta y me miró con unos ojos legañosos, como dos agujeros en un pedazo de hígado podrido.

El pelo se había arrastrado tras él, le había vuelto a agarrar los tobillos. Subía lentamente por las pantorrillas hacia los muslos. Yo agarré un cuchillo del soporte, lo corté y corté también los mechones que empezaban a salir de la carcasa del fregadero. Después me senté en lo que quedaba de una silla, pero sentía vagamente cómo el pelo se me enrollaba en las muñecas: el estómago me latía levemente, memorizaba cada contracción y la repetía sin descanso, el pelo se escurría sibilante por debajo de la puerta de la cocina y yo pensaba en los pechos de Ramona, en los pezones rojos estrangulados en el apretón de los mechones, en la carne agujereada por los pelos duros clavados en las paredes; luego un rayo de luz brilló un instante en una esquina del vidrio, se apagó sobre un rizo negro que descendió hasta encima del hule y empezó a ondularse junto a los platos, retorciéndose y deslizándose por una silla.

Busqué la taza.

En el bolsillo me quedaba un solo cigarrillo. Lo encendí con un encendedor de la alacena y me recosté en el respaldo.

—¡Que me lleve el diablo…!

El pelo había arrancado la puerta de la cocina de las bisagras. La había volcado en el pasillo, junto a la heladera, y ahora se inflaba en bolas espesas debajo de la cocina y cerca de la pileta, por debajo de las sillas y entre las puertitas de la alacena, arrastrando hacia afuera, sobre las baldosas, los platos y los cubiertos.

Con un ojo veía el cigarrillo encendido en la comisura de la boca, con la punta enrojecida bajo las volutas de humo.

Luego se oyó un ruido fuerte de vidrio roto, algo me golpeó en la nuca y Bobu empezó a moverse y a aferrarse a las sillas.

Se le desfiguraba la cara, estiraba brazos y piernas, buscaba todo el tiempo echar los codos hacia atrás. De vez en cuando se lanzaba hacia la puerta, con los ojos desorbitados: yo lo miraba desde la silla, con la punta enrojecida cada vez más cerca de la boca, retorcida como un alambre; Bobu me mostraba las axilas, el pecho, la espalda, sacudía la cabeza, hacía con los labios gestos desordenados, como si quisiera justificar el ritmo con el que llevaba el cuerpo de la mesa a la alacena y a la ventana, ahora rota. Por otra parte, a mí me daban ganas de vomitar, pero ya no me veía las manos, como si importara, y Bobu había estirado una pierna sobre el alfeizar, con la rodilla doblada hacia afuera, y se sujetaba con la otra, atrapada entre la alacena y la pared, esforzándose por mantener el equilibrio.

No sé qué me decía, pero me llegaba su aliento, me pasaba por encima de los hombros: el olor a alcohol y a pescado en conserva y chauchas con ajo, y la tela de la camisa deshilachada, escapándose de delante de mis ojos en esa nube de transpiración y olor a vino, volando por la ventana, en jirones, junto con las macetas y el estante de los cubiertos.

A la derecha, en la pared resquebrajada, había aparecido un bulto erizado de pelo, arrastrándose hacia la pileta. Bobu intentaba refugiarse en el cráter abierto de repente en las baldosas, pinchado por tenedores y con el pelo infiltrado en la piel rota en las articulaciones de los codos. La pierna que quedaba en el marco de la ventana flameaba agitada por los mechones que salían al patio como la hiedra por las paredes. Ambas manos se le habían inmovilizado ahora por encima del pene. El pelo le escalaba el pecho, le tanteaba las fosas nasales, y la piel despellejada de los codos se balanceaba agujereada; la lengua arrancada se le había extendido por las mejillas, tironeada por dos pelos colados tras las manijas del mueblecito de las especias, y la piel había cedido en las caderas, atrapada por un mechón como un gancho, insinuado a lo ancho de los riñones.

Un hueso ensangrentado me pasó de golpe junto a la oreja y se clavó en la tapa levantada de la cocina.

Bobu me miraba ahora desde dos lugares de la cocina al mismo tiempo y, viniendo desde el pasillo, una nube de caspa y costras diminutos casi me dejó ciego, estallando por las grietas de la puerta.

Apreté el cuchillo en la mano y salí disparado por el pasillo de la entrada. Una botella vacía de vino me golpeó la espalda y luego, arrebatada por un soplo invisible, se lanzó contra la heladera hecha pedazos. Pisé los restos del perchero y encima de un montón de cuadros, agarré una manija y me arrastré hacia el living. El patio de la casa había desaparecido entre las ventanas y las puertas, las paredes se habían corrido, la ducha caía con presión sobre la cama del dormitorio y esta hincada con las patas en la estufa que vomitaba bolas de barro y pelo enmugrecido. Avancé un metro más, me detuve.

Un objeto móvil, brillante y deforme me rozó una mano y se escurrió por una cañería que brotaba del parqué, así que di un paso hacia una grieta que pasaba junto a mí y me tiré al otro lado. El pelo me rozó los tobillos. Me abrí paso por un montón de cajas de cartón, esquivando un montón de azadas y rastrillos; luego, con los hombros arañados, me rodé atravesado sobre un caño y junto a una caja vacía, y después eché a correr por un pasillo corto cerrado por una alambrada y doblé a la derecha. El pulso, desbocado, subía y bajaba, desde la cima de mi cabeza hasta la planta de mis pies.

Después de volver a cortar los pelos aferrados a las muñecas, me debatí y salí por el marco de una nueva grieta, por detrás de un trozo de alambrado. Respiraba mucho mejor: cerca de mí apareció una fisura por la que se coló, rugiendo, una madeja de pelo que dejó al descubierto la curva de una manija colgando de lo que quedaba de una puerta. Me agarré enseguida de ella, la apreté y me desplomé, rodeado de una nube de caspa y polvo, sobre el sillón del living, luego salí volando con él en brazos por las puertas abiertas del garaje.

Un instante vi la calle frente a la casa, encorvada como una correa ondulante, después se alzó una ola de mugre, me estalló en la cara y avancé durante unos segundos a ciegas, con la boca llena del gusto del revoque, tropezando con tablas y trozos de cascotes.

—¡Al carajo, al carajo, al carajo!…

Apenas conseguí abrir los ojos, me lancé por el espacio entre las dos puertas y de golpe me encontré afuera, en el caminito frente a la casa. El cerco se había venido abajo. Salté por encima de los restos y un estrépito pavoroso se elevó detrás de mí, acompañado de un ruido de derrumbe, luego un soplo poderoso, ardiente, me golpeó en la nuca y me catapultó a la calle.

Oía a lo lejos gritos, tenía la impresión de ver a veces sombras agitándose entre las casas vecinas, el asfalto recalentado había empezado a resquebrajarse, grietas negras se multiplicaban bajo mis pies a una velocidad increíble. Tropecé y seguí corriendo, arrastrando los harapos de la ropa desgarrada por el soplo de la explosión. El pulso se me había instalado en la garganta, y desde allí los golpes del corazón me retumbaban en la cabeza y en el pecho, tan fuerte que me mareaba y perdía el equilibrio a cada latido.

Poco después vi las casas de las afueras, la estación de servicio, los campos de maíz. Giré y me metí directamente por el sembrado, con las hojas filosas marcándome la cara y los hombros: corría sin detenerme, seguía con la sensación de que la tierra cedía bajo mis pies.

Corrí así hasta quedarme sin aliento, luego, casi sin sentido, me quedé un momento de rodillas, con la frente en las palmas que me ardían.

Había salido del maizal, frente a mí se extendía un campo de trigo y, más allá, se veía un bosquecillo: las siluetas grises de los troncos, las hojas sacudidas por el viento. Me levanté y me senté. La ropa me colgaba en tiras, me irritaba, me la saqué con brusquedad y la tiré a un lado. Desnudo y con el cuerpo lleno de raspones, me acurruqué en una hondonada forrada de pasto y estiré las piernas, con la espalda apoyada en el pequeño talud de tierra. Un segundo me quedé así, pero cuando abrí los ojos estaba saliendo el sol. Había dormido allí toda la noche. Tenía las manos y los muslos entumecidos, pero por lo demás no me dolía nada, el pulso se había calmado, solo me zumbaban un poco los oídos.

Al cabo de un rato, reuní coraje y emprendí el regreso a la ciudad. Llegué frente a la casa casi una hora después. No había un alma en la calle.

Me escurrí desnudo entre los escombros y busqué un hueco por el que entrar, torciéndome los tobillos entre planchas de aglomerado y fragmentos de machimbre. Junto a la puerta rota de la cocina, una lámpara de mesa se había quedado congelada en equilibrio, sostenida por una tostadora y una cacerola roja. La empujé con el pie y entré.

Los destrozos eran tantos que no podía registrarlos todos a la vez, y cada uno por separado me agotaba.

En un rincón, cerca de la pileta volcada, vi un pedazo de Bobu, no sé exactamente qué era, de momento no tenía demasiada importancia, toda mi atención se concentraba en el resto de escalera apoyado en la pared del pasillo. Con gran esfuerzo subí al primer piso y revisé una por una todas las habitaciones.

A Ramona la encontré en el dormitorio pequeño, seca y arrugada, con las piernas abiertas encuadrando una radio. El pelo se había marchitado, se le había desprendido de la cabeza y de las axilas, la vulva estaba fría y pelada, como un pedazo de corteza vieja. Todavía tenía el alambre pasado por los pezones. Cuando me acerqué y la toqué, el cuerpo vibró levemente y soltó un susurro de pasto seco.

Me agaché, agarré el alambre e intenté levantarla. Los pechos cedieron y se desprendieron del tórax, dejando atrás dos agujeros negros, de bordes deshilachados. Las tetas secas se balanceaban en el alambre: el cuerpo de Ramona estaba completamente vacío, sin rastro de órganos ni huesos, una cáscara deshidratada, rígida, surcada de arrugas. Me colgué el alambre con los pechos al cuello, la levanté en brazos y conseguí bajar con ella a la planta baja, dejándola luego en lo que quedaba del living. Empezaba a tener sed y hambre; de camino a la cocina me encontré en el piso un trozo sucio de pan, era suficiente por el momento; entré por una grieta del muro y empecé a buscar a Bobu.

No sé si estaba entero, pero encontré gran parte de él entre los escombros y llevé todo lo que pude encontrar al living, junto a Ramona: cargaba los trozos aun chorreando sangre con una olla agujereada, los transportaba y los volcaba plaf, plaf junto a Ramona, plaf, plaf, plaf. Cuando estuve seguro de que no quedaba nada entre los cascotes, tiré la olla, agarré un cuchillo de carnicero que había visto antes caído detrás del revestimiento del fregadero y volví al living.

—Así… ahora está bien…

El sol entraba por un agujero del techo, iluminando la habitación como en la palma de la mano, los dientes de Ramona brillaban entre los labios partidos, las tripas de Bobu relucían enroscadas.

Clavé el cuchillo en la panza de Ramona, rajé de arriba hacia abajo –se rompía con mucha facilidad–, luego agrandé el hueco y empecé a meter dentro los trozos de Bobu, uno por uno, en la cáscara del cuerpo seco. No me llevó mucho tiempo hacerlo.

En el momento en que miré los pechos ensartados en el alambre, dudé un instante, pero al final decidí dejarlos aparte; después cerré como pude la abertura sobre las tiras de carne y alcé el cuerpo arrugado en brazos. Un velo de neblina humeante se me tendió enseguida sobre los ojos: se disipó lentamente a medida que avanzaba tambaleándome hacia la cocina y luego afuera, al jardín.

Había calentado. El cuerpo entre mis brazos se ablandaba, la sangre se escurría por una fisura en los riñones y me chorreaba por los muslos. Elegí un lugar al pie de un manzano, cavé allí un pozo y con mucho cuidado coloqué el cadáver rellenado con los trozos de carne en el fondo.

—Así… Ahora solo hace falta…

Después de cubrir la fosa, arrastré encima hojas y ramas para que no se viera nada y volví a la casa. Los pechos marchitos de Ramona los metí en una bolsa, y la bolsa la escondí en un placar de arriba, entre camisas y toallas sucias.

En los días siguientes me ocupé de la casa. Hice algunas reparaciones, sobre todo en la cocina y el baño: dormía en el living, en el único sillón que había quedado intacto y una noche soñé algo que olvidé, pero luego lo soñé a Bobu: estaba mirando fijamente hacia mí por los agujeros del pecho de Ramona; me miraba y no decía nada, después, la noche siguiente, soñé algo tan horrible que me desperté a los gritos, pero ya era de día, el sol entraba en la habitación, me daba en la cara y, antes de llegar a despabilarme o a frotarme los ojos, ya había olvidado por qué me había despertado.

De todos modos, en las semanas que siguieron, las pesadillas se diversificaron, se volvieron mucho más claras y vívidas, soñaba la casa tal como era antes de encontrarla a Ramona, cómo me había hecho amigo de Bobu, luego otra vez a Bobu mirándome, colgado con las manos de los agujeros del pecho arrugado de Ramona e intentando, creo, arrastrarse hacia afuera. Arrastrarse hacia mí…

Con el tiempo, sin embargo, me acostumbré: si sueño algo, lo que sea, me despierto, grito un poco y, si ya amaneció –y la mayoría de las veces es así–, voy a la cocina, tomo mi café y me pongo a trabajar. Las pesadillas son como parientes que me visitan de tanto en tanto, por los que no hace falta preocuparse. Además, desde hace un tiempo me esfuerzo por beber cada día la mayor cantidad posible de té de manzanilla con sal marina (…)

Robert Gion nació en 1978 en Tecuci y pasó su juventud viajando por Europa. Vivió un tiempo en Chipre y luego en Grecia. Apasionado de la literatura de terror, es un gran admirador de Serge Brussolo, Graham Masterton y Stephen King. Ha publicado relatos y cuentos en las revistas Gazeta SF, Helion online, Galaxia 42, CSF, Utopiqa, Artzone SF, Ficțiuni.ro y Revista de Suspans. Fue incluido en la Antología de Ficción Policial y de Misterio Rumana (publicada por Paralela 45) y en las antología CSF de 2019, 2020, 2021, 2022, 2023". Debutó con su propio volumen en la colección de relatos Elisa, que recibió el Premio Antares al mejor debut en una novela de ciencia ficción, fantasía y humanidades de 2020. Su segundo volumen de relatos, La oscuridad del mañana, se publicó en noviembre de 2022. El tercero, La segunda F de la felicidad, publicado en octubre de 2023, recibió el Premio Romcon en la categoría de volumen de prosa corta. En septiembre de 2024 se publicó la novela de terror Monstruos en la orilla.

FATA MORGANA