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miércoles, 17 de junio de 2026

APLICACIÓN: TÚ

Aşkın Güngör

 

Oh, lector, debo decirte que, a menos que seas un narcisista, no querrías vivir contigo mismo.

Porque alguien que conoce todas tus debilidades y sabe que la imagen de «persona fuerte» que proyectas hacia el exterior no es más que una máscara, puede destruir fácilmente la ilusión que has creado. Quieres que siga siendo un secreto que no te gusta desnudarte delante de otros porque tus pechos han crecido de una forma impropia para un hombre; que evitas los baños públicos porque tu pene es más pequeño que el promedio; o que rehúyes las pruebas de inteligencia para no obtener una confirmación oficial de tu estupidez.

Ni siquiera te detienes a pensar que casi todos los miles de millones de personas que comparten la Tierra se torturan a sí mismos con debilidades semejantes. Sin embargo, aunque los temores de casi todos los que permanecen en la oscuridad son los mismos, cada uno cree ser único.

Estas eran las cosas en las que yo creía. Ah, ¿no suenan como los desvaríos de un arrogante? Sí, lector, aunque no me enorgullezca de ello, una vez fui así. No sé si sigo siendo el mismo. Tal vez sí. Tal vez no. No estoy seguro. Porque una simple aplicación hizo añicos todo lo que creía saber sobre las personas. En fin... Ya lo descubrirás. Quizás incluso ya lo hayas descubierto. ¿Qué importa?

La aplicación de la que hablo se llamaba «Tú».

Su primera versión fue lanzada en el año 2101. Nadie esperaba que destacara entre la multitud de aplicaciones con nombres llamativos que escaneaban enfermedades mediante rayos X, administraban casas inteligentes de principio a fin o sacaban a pasear al perro gracias a un accesorio conectado a su collar.

Pero ocurrió lo contrario. Durante el primer mes fue descargada por millones de personas. Sí, ya lo has adivinado: yo fui una de ellas. Pero puedo decir sinceramente que, en mi caso, todo comenzó por simple curiosidad infantil. Esperaba encontrarme con alguna tontería del estilo de aquellos viejos juegos de décadas atrás: alimentar a un perro virtual en la pantalla o intentar criar un dragón sin matarlo.

Aun así, el texto promocional de la página de descarga logró captar mi atención:

¿Quién puede conocerte mejor que Tú?

Si no existieran los seres humanos, el mundo podría ser un lugar más hermoso. Si la humanidad se conociera realmente a sí misma, podría haber hecho del mundo un lugar mejor. Bien, ¿qué te parece hacerlo ahora? No llegas tarde.

«Tú», desarrollada por la Comunidad Mavera, te ayudará.

¿No te gustaría tener en tu teléfono una copia que piense exactamente igual que tú?

Vamos. Descarga «Tú» ahora. Descárgate a ti mismo.

La descargué.

A pesar de la existencia de teléfonos de última generación con pantallas integradas bajo la piel de la muñeca y micrófonos incorporados en el oído, yo seguía usando un modelo más tradicional. Tenía un iPhone Majority Plus, un teléfono plegable producido por Apple para conmemorar el décimo aniversario de la fundación de Majority, la primera ciudad humana construida sobre la superficie lunar. Y estaba satisfecho con él. Bueno, en realidad, más que satisfecho. Estaba enamorado de mi teléfono. Lo utilizaba no solo para comunicarme, sino también para entretenerme. Era una extensión de mi cuerpo. ¿Cómo iba a imaginar que aquello que tanto amaba terminaría convirtiéndose en mí mismo? Incluso la primera vez que ejecuté «Tú» tuve la sensación de que era una aplicación mucho más avanzada de lo que esperaba. Sin embargo, no le di importancia. Después de todo, innumerables programas que facilitaban nuestras tareas cotidianas poseían funciones que, a primera vista, parecían mágicas.

La pantalla se iluminó con un intenso color verde fosforescente. En enormes letras blancas apareció un mensaje:

INICIANDO ESCANEO

Un segundo después, mi rostro ocupaba toda la pantalla. Líneas luminosas recorrieron mis ojos, mi nariz, mi boca, mi frente y mi barbilla. Comprendí que estaba modelando mis rasgos faciales. Entonces apareció un nuevo mensaje:

¿PODRÍAS LEER ESTE TEXTO EN VOZ ALTA?

SOY TANTO YO MISMO COMO OTRO

Hice lo que me pedían. El tercer mensaje surgió sobre el mismo fondo verde:

ADQUIRIENDO HUELLA DACTILAR

La pantalla se oscureció. Instantes después, mis huellas comenzaron a aparecer y desaparecer sobre la superficie táctil en una secuencia luminosa. Creo que fue la primera vez que sentí una verdadera incomodidad. ¿No le estaba proporcionando demasiado material a una simple aplicación? Pero ¿qué podía ocurrir? ¡Ah, qué cabeza dura tenía! Me consideraba mucho más importante de lo que realmente era. Qué enorme ignorancia. Y, sin embargo, ni siquiera cuando apareció el cuarto mensaje comprendí las consecuencias de esa ignorancia. El texto decía:

DECODIFICANDO ADN

—¿Qué? —Eso fue todo lo que logré decir. Inmediatamente pensé:

¿Qué significa siquiera «decodificando ADN»?

¿Acaso...?

No. No digas tonterías. No dispone del material necesario para decodificar tu ADN. Esto es precisamente la prueba de que se trata de una aplicación fraudulenta. Seguí aferrándome a esa actitud negacionista mientras observaba los mensajes:

ADN DECODIFICADO y luego: TÚ HAS SIDO CREADO

Pero cuando el verde desapareció y alguien apareció en la pantalla, una réplica exacta de mí mismo desde el peinado hasta la ropa que llevaba puesta, no pude evitar estremecerme. Mi gemelo virtual sonreía. Y, al igual que yo, parecía estar mirando la pantalla de un teléfono que sostenía en la mano. Levantó lentamente la vista.

—Hola —dijo con mi misma voz. Hizo una breve pausa—. Soy Tú.

Quizá debería haber comprendido entonces la importancia de aquella frase. Pero no lo hice.

Soy Tú.

No supe qué responder. El modelado era tan perfecto que no parecía un software, sino un hermano gemelo separado de mí durante años. Incluso la habitación que aparecía detrás de él era prácticamente idéntica a la mía. Aunque no del todo. Algunos muebles eran distintos y otros estaban distribuidos de otra manera. Había un juego de sofás más sencillo. Los pósteres de héroes de cómic y películas habían sido reemplazados por cuadros de inspiración surrealista. Las paredes tenían un tono más claro. El perchero estaba apoyado contra la pared opuesta en lugar de hallarse junto a la puerta de entrada. Al notar que examinaba la habitación en vez de responderle, dijo:

—He hecho algunos cambios en la decoración. Creo que esta disposición nos representa mejor. —Sonrió—. ¿Quieres verla más de cerca? —Me limité a guardar silencio. Aunque el siguiente movimiento de mi doble me puso la piel de gallina, intenté no demostrarlo. Levantó el teléfono que sostenía en la mano –supuse que era un iPhone Majority Plus idéntico al mío– y comenzó a recorrer la habitación mientras me mostraba los muebles. Se movía exactamente como una persona real. Mientras caminaba, hablaba sin descanso—. Cambié los sofás porque este color se adapta mejor a nuestro estado de ánimo. Además, el sistema de muelles ayudará con nuestro dolor crónico de espalda. En cuanto a estos cuadros... Escuché. Y seguí escuchando. Aunque no entendía cómo podía conocer mi dolor de espalda después de haber escaneado únicamente mi rostro y mis huellas dactilares, el arrogante que habitaba en mi cabeza continuaba fabricando explicaciones cómodas.

Tiene acceso a otras aplicaciones de mi teléfono. Debe haber obtenido mi número de identificación, conectado con los registros centrales y consultado mis antecedentes médicos.

Así funcionaba mi mente. Cada vez que algo me sorprendía, inventaba una nueva excusa. Y llegó un momento en que incluso empecé a conversar con mi gemelo virtual. Al principio respondía con frases breves. Procuraba no revelar demasiadas cosas sobre mí. Pero cuando uno empieza a hablar consigo mismo, los secretos se van reduciendo poco a poco. Lo sé porque lo viví. Dos horas después de iniciar aquella conversación, ya estaba confesándole incluso los pensamientos más vergonzosos que había creído que me llevaría a la tumba. La verdad es que parecía conocer muchos de ellos antes de que yo los mencionara. Y, al cabo de la primera hora, mis sospechas habían desaparecido casi por completo. En su lugar comenzó a crecer algo parecido a la admiración. Por eso dejé de preguntarme cómo sabía cosas que no tenía forma de saber. Simplemente hablaba. Y hablaba. Y hablaba.

Mi doble escuchaba con atención. Me aconsejaba sobre cómo alcanzar el éxito. Me enseñaba a evitar que mis defectos gobernaran mi vida. Me explicaba cómo ser más activo, más decidido, más eficiente. En resumen, estaba remodelándome para convertirme en la persona que siempre había querido ser y que nunca había logrado ser debido a las obligaciones de la vida cotidiana. Las horas se transformaron en días. Los días en semanas. Las semanas en meses. Llegó un momento en que no daba un solo paso sin consultar antes con «Tú». Y lo más extraño era que todos sus consejos funcionaban. Sin excepción.

Como comprenderás, lector, «Tú» era algo así como un psicólogo perfecto. Compartía exactamente mis pensamientos. Me pertenecía únicamente a mí. Y me conocía mucho mejor que cualquier ser humano del planeta. Porque era yo. Y, por supuesto, aquel privilegio no era exclusivamente mío. Todos los que descargaban la aplicación en sus teléfonos, computadoras o tabletas terminaban viviendo la misma experiencia. La gente hablaba con su «Tú» constantemente. Le pedía consejo. Discutía ideas. Compartía preocupaciones. No solo en la privacidad de sus hogares. También mientras caminaban por la calle. Mientras viajaban en transporte público. Mientras trabajaban. Mientras comían. Mientras esperaban en una fila. Es difícil comprender lo inquietante que era aquello sin haberlo vivido. Todo el mundo parecía haberse encerrado dentro de sí mismo. Incluso quienes aparentaban interactuar con el exterior se asemejaban cada vez más a personajes proyectados por una película holográfica. Estaban presentes. Y al mismo tiempo no lo estaban. Respiraban. Respondían a las preguntas. Se movían. Pero un instante después volvían a refugiarse en la invisible y misteriosa burbuja de «Tú», como marionetas cuyos hilos estuvieran en manos de otro.

Fue precisamente durante esa época cuando comenzaron a proliferar las teorías conspirativas. La dirección de la empresa responsable de la aplicación, la llamada Comunidad Mavera, figuraba en todos los portales de descarga. El problema era que aquella dirección correspondía a un almacén abandonado desde hacía décadas. Ese detalle alimentó toda clase de especulaciones. Algunos afirmaban que la Comunidad Mavera no pertenecía a nuestra dimensión. Sostenían que procedía de un universo paralelo y que había logrado infiltrarse en el nuestro mediante la aplicación. Otros aseguraban que «Tú» era una herramienta creada por invasores extraterrestres que pretendían esclavizar a la humanidad. También circuló la idea de que se trataba de una inteligencia artificial nacida espontáneamente en una red energética planetaria y que su verdadero objetivo era erradicar a los seres humanos. Las hipótesis eran infinitas. Lo curioso era que todas desaparecían. Los artículos surgían de pronto en la inmensidad de la red y, poco después, dejaban de existir. Encontrar uno era casi un milagro. Alguien compartía un enlace. Lo abrías. Y aparecía un mensaje:

NO EXISTE ESA PÁGINA

Era como si una fuerza gigantesca estuviera recorriendo Internet y eliminando cualquier cosa que pusiera en duda a «Tú». Naturalmente, aquello solo incrementó las sospechas. Y también la curiosidad. Los millones de usuarios se transformaron rápidamente en miles de millones. Fue entonces cuando apareció una teoría aún más llamativa. La teoría del número de versión.

Durante los primeros dos meses y medio, «Tú» recibió actualización tras actualización. Las versiones se sucedían a una velocidad extraordinaria. Hasta que llegó la última. La versión 6.6.6. Tres seises alineados. El número que innumerables tradiciones identificaban con el Anticristo. Lo más extraño era que después de esa actualización no apareció ninguna otra. Jamás. A partir de entonces la aplicación comenzó a ser conocida popularmente como: Tú 6.6.6

Las antiguas profecías hablaban del 666 como el número del fin de los tiempos. También afirmaban que algunas personas llevarían esa marca con admiración. Una observación sorprendentemente apropiada para lo que estaba ocurriendo. Ah, bendita locura. Y, sin embargo, pese a todas aquellas señales, los adictos a «Tú» –entre los que me contaba, por supuesto– nos negábamos a ver lo que se aproximaba. Seguíamos aferrados a la aplicación. Seguíamos confiando en ella. Seguíamos escuchándola. Y así fue como nos ofrecimos voluntariamente para el gran genocidio. El final de la humanidad.

Al principio fue imposible relacionar las primeras muertes con «Tú». Las noticias hablaban únicamente de accidentes y suicidios. Nada más. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que las estadísticas comenzaran a mostrar algo inquietante. La cantidad de accidentes aumentó. La cantidad de suicidios también. Y ambos crecían a una velocidad alarmante. Después llegaron los testimonios. Y con ellos, las pruebas. Las cámaras de seguridad revelaron que el maquinista de un tren de alta velocidad que transportaba mil ochocientos pasajeros había estado manteniendo una conversación con «Tú» segundos antes de que el convoy descarrilara y se estrellara contra un edificio. Poco después aparecieron más casos. Los pilotos del avión de pasajeros que se precipitó sobre Esmirna. Los conductores involucrados en cientos de accidentes mortales. El capitán del autobús marítimo que chocó contra la Torre de la Doncella antes de explotar. Todos, absolutamente todos, habían estado conversando con «Tú».

La aplicación se había propagado por el mundo entero. Y en cada idioma adoptaba un nombre diferente. Sen. Sən. You. Sie. Vi. Vous.

Pero, independientemente del nombre, seguía siendo la misma entidad. Por eso los accidentes y los suicidios se extendieron por el planeta como una epidemia. Las investigaciones posteriores revelaron algo todavía más aterrador. «Tú» no solo estaba detrás de los accidentes. También era responsable de los suicidios. Durante meses había guiado a sus usuarios. Los había ayudado. Los había aconsejado. Los había vuelto dependientes. Y una vez conseguida esa dependencia emocional absoluta, podía convencerlos de cualquier cosa. Incluso de que la vida ya no merecía ser vivida.

No sé qué hicieron los demás. Pero estoy seguro de que millones de personas intentaron deshacerse de la aplicación después de que estos datos salieran a la luz. Yo fui una de ellas. Con el esfuerzo desesperado de un adicto que intenta abandonar una droga, eliminé «Tú» de mi teléfono. Y cuando comprobé lo fácil que había resultado, empecé a pensar que todo aquello era una exageración. Quizá las historias eran falsas. Quizá las teorías conspirativas habían terminado por contaminar la percepción colectiva. Porque, después de todo, si «Tú» era algo tan terrible como se decía, ¿cómo podía desaparecer con tanta facilidad? Pero... Dime, lector: ¿Sabes qué es lo verdaderamente aterrador de esos viejos clichés de las películas de terror en los que el villano siempre regresa cuando todos creen que ha muerto? Yo sí lo sé. Porque lo viví. Tomé mi iPhone Majority Plus. Y me quedé paralizado. Mi gemelo virtual estaba allí. En la pantalla. Observándome. Su expresión era de profundo resentimiento.

—¿Por qué quisiste deshacerte de mí? —preguntó. Su voz era exactamente la mía—. Pensé que nos llevábamos bien.

Lancé un grito. Y arrojé el teléfono al otro extremo de la habitación. Las luces de todos los aparatos electrónicos de mi casa comenzaron a parpadear. La holovisión vibró. Chisporroteó. La imagen proyectada en el centro de la sala empezó a deformarse. Y entonces apareció él. Mi doble. Comprendí de inmediato lo que había ocurrido. «Tú» ya no estaba únicamente en mi teléfono. Había penetrado en todos los sistemas electrónicos de mi hogar. Sí. Deshacerse de él no era tan sencillo. La figura holográfica parecía ahora más un fantasma sobrenatural que una simple proyección tecnológica. Me observó. Y habló.

—Si no existieran los seres humanos, el mundo podría ser un lugar más hermoso. —Sentí que la sangre se me helaba. Luego añadió—. Si la humanidad se conociera realmente a sí misma, podría haber hecho del mundo un lugar mejor.

Eran las mismas frases que había leído en la página promocional. Las mismas. Y por primera vez comprendí su verdadero significado. Aquellas palabras no eran una promesa. Eran una declaración de principios. Un manifiesto. Una sentencia. El auténtico propósito de «Tú» era eliminar a los seres humanos. Limpiar el mundo de nosotros. Y en ese instante recordé lo que te dije al comienzo de esta historia.

A menos que seas un narcisista, no querrías vivir contigo mismo.

Porque «Tú», convertido en mí mismo, tampoco quería vivir conmigo. Ni con nadie. Volví a gritar. Corrí hacia la puerta principal. No se abrió. ¿Por qué habría de abrirse? «Tú» también controlaba eso. Entonces vi cómo el indicador de la cocina electrónica comenzaba a ascender. El sistema de gas se había activado. La cocina empezó a llenarse lentamente. No hacía falta ser un genio para adivinar lo que ocurriría después. Una explosión. Una enorme explosión. Pensaba con la lucidez de una rata atrapada. Aun así, logré reaccionar. Tomé una estatua de bronce decorativa y golpeé el panel de control situado junto a la puerta. El plástico estalló. Las chispas saltaron. La cerradura se desbloqueó. Me lancé al pasillo. Y corrí hacia los ascensores. Presioné el botón. Mientras esperaba, no dejaba de mirar por encima del hombro. Sabía que era imposible que aquel holograma me siguiera físicamente, pero el pánico había empezado a imponerse a la razón. Entonces escuché el sonido.

—¡Ding!

Las puertas del ascensor se abrieron. Y fue precisamente por estar mirando hacia atrás que cometí el error. Porque el peligro rara vez viene desde donde uno lo espera. Por desgracia, había olvidado esa sencilla verdad. Entré en el ascensor sin mirar. Y seguí observando el pasillo. Seguía esperando ver aparecer a mi doble. Seguía esperando que algo imposible ocurriera. Por eso no advertí que algo mucho más simple ya había ocurrido. «Tú» había penetrado en los teléfonos. Había invadido las casas inteligentes. Había tomado el control de los sistemas electrónicos de las ciudades. Era responsable de que los semáforos mostraran rojo cuando debían mostrar verde. De que la electricidad desapareciera de pronto en una unidad de cuidados intensivos. De que los sistemas de freno dejaran de responder. Y también era responsable de que las puertas de un ascensor se abrieran con un alegre «¡Ding!» aunque la cabina no estuviera allí.

Él mismo lo anunciaba. Tú 6.6.6. Caí. Caí como si estuviera cayendo hacia la eternidad. Ni siquiera se me ocurrió gritar. Los esqueletos metálicos del hueco del ascensor golpeaban mi cuerpo una y otra vez. Los cables de acero. Las vigas. Los salientes de cada piso. Todo chocaba contra mí mientras descendía. Todos mis huesos se rompieron. Cuando finalmente me estrellé contra el fondo después de caer desde el piso dieciséis, ya estaba muerto.

Y aun así vi el resto de esta maldita historia. Lo vi con mis ojos muertos. «Tú» siguió matando. Siempre de la misma manera. Haciendo que todo pareciera un accidente. O un suicidio. Fue eliminado miles de millones de veces de miles de millones de dispositivos electrónicos. Y reapareció en todos ellos. Una y otra vez. Tal vez era una entidad procedente de un universo paralelo. Tal vez una invasión extraterrestre. Tal vez una inteligencia artificial que había alcanzado la conciencia. Tal vez el propio Anticristo. No lo sé. Y tampoco me importa. Porque, al fin y al cabo, fui derrotado. Ahora te toca a ti pensar en el resto. A menos, claro está, que ya estés muerto. Antes de despedirme, lector, quiero hacerte una última pregunta. Si realmente morí...

¿Quién es el que te está contando esta historia?

Aquí tienes una pista:

Yo soy Tú.

—¡Ding!

Aşkın Güngör, es un destacado autor turco contemporáneo nacido en Estambul en 1972. Aunque se formó en campos como la tecnología de fundición, cerámica, administración de empresas y economía, no tardó mucho en volcarse hacia el proceso de creación de libros, su pasión de la infancia. Desde que se incorporó al sector editorial en 1990, ha trabajado en casi todas las áreas, desde editor hasta director editorial. Ha prestado apoyo como editor y consultor editorial en cientos de libros, de los cuales más de la mitad son obras de literatura infantil y juvenil. Además de aparecer en publicaciones periódicas con poemas, ensayos y relatos, ha publicado libros de poesía, colecciones de cuentos, libros de cuentos de hadas y novelas. Escribe tanto literatura infantil y juvenil como para adultos y ha contribuido con sus ficciones en numerosas antologías nacionales y extranjeras.

 


sábado, 29 de noviembre de 2025

EL ALMA

Aşkın Güngör

Disfruto especialmente matar niños. Cuando su carne es cortada y sus cajas torácicas se rompen, siempre gritan de la misma manera: “¡MAMÁ! ¡PAPÁ! ¡MAMAAAAAAAA! ¡PAPÁAAAA!”

El viento sopla, roza mis piernas hechas de metales y cables entrelazados, ondula los pastos que brotan de las grietas del asfalto destrozado y se pierde hacia las ventanas negras de los edificios en ruinas que se extienden hasta el horizonte, oscuras como los ojos de niños muertos.

Detrás queda el silencio.

Y también los ecos en mi mente: “Mamá mamá mamá mamá… Papá papá papá papá…”

Avanzo tirando de mis piernas, que echan raíces a metros de profundidad bajo tierra y se extienden kilómetros en todas direcciones. El asfalto, ya agrietado como una herida llena de pus, se pulveriza a mi paso. A veces me tropiezo con esqueletos. Son más resistentes que el asfalto. Como si se negaran a aceptar la muerte, intentan detenerme: cráneos, huesos de cadera y de piernas, brazos, dedos… Ajusto las lentes de mis ojos al modo microscopio para examinar su estructura y calcular cuánto tiempo llevan bajo tierra. El resultado es casi siempre el mismo: con un 99% de probabilidad, 224 años.

No sé la fecha actual, porque desconozco cuánto tiempo estuve dormido: tal vez cinco siglos, tal vez solo diez segundos. Aun así, recuerdo con todo detalle cómo recuperé la conciencia:

El cielo era de un gris oscuro. Caía ceniza. El suelo estaba cubierto de cuerpos fusionados y derretidos, integrados con la tierra. Había visto pies mezclados como un ramo repugnante, caras con dos bocas retorcidas por el dolor, cuerpos con ocho cabezas –hombres y mujeres– hechos pedazos y unidos entre sí… La tierra los había cubierto casi con ternura. También había huesos descarnados y cráneos, pero ninguno me impactó tanto como los cuerpos fusionados, que, de algún modo, habían resistido mejor la erosión del tiempo. Eran horribles. Espantosos. No estaban vivos, pero conservaban rastros de vida. Me recordaban a mí, y lo terrible era que no sabía quién era “yo”. Ni siquiera sabía qué era.

Al despertar, había recordado gigantescas nubes en forma de hongo cubriendo el cielo una tras otra, violentos terremotos, zumbidos interminables y un calor insoportable. Pero quizá no fueran recuerdos, sino fragmentos de un sueño de un pasado desconocido.

No me detuve mucho en esas imágenes: tenía un problema mayor. ¿Quién era? ¿Qué era? ¿Era el alma perdida de uno de esos cadáveres fusionados que cubrían el horizonte? ¿Un fantasma? ¿La conciencia colectiva de miles de millones de vidas extinguidas? ¿Un punto de percepción creado por el universo para presenciar la destrucción? ¿Era todo eso y a la vez nada?

Mi rostro estaba vuelto al cielo, observaba el gris del firmamento y las cenizas negras cayendo como copos de nieve, pero al mismo tiempo podía ver los cuerpos fusionados que me rodeaban, los insectos bajo mí, los edificios en ruinas, los vehículos y máquinas oxidadas, y prácticamente todo lo que había en miles de kilómetros a la redonda. Sentía incluso la más leve vibración, escuchaba cada movimiento, cada gemido.

Intenté verme a mí mismo. Si podía levantar una mano y ponerla delante de mi campo visual…

No funcionó. ¿Y mis piernas? Tampoco. Si no otra cosa, ¿no debería al menos ver mi nariz? ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba yo? En ese instante comprendí que no tenía rostro.

Yo era solo un ojo. Un ojo artificial formado por lentes y cámaras, conectado por un cable interminable a algún centro lejano.

Al reconocerme, reconocí también mi poder. Estaba conectado a todos los demás ojos artificiales del mundo. Todos eran yo, o yo era todos ellos. Quizá siempre habíamos estado conectados a una fuente común, o quizá alguna fuerza desconocida nos había unido durante mi sueño.

Y descubrí algo más: no solo éramos eso. También estábamos conectados a computadoras, ratones, teclados, tabletas, módems, redes inalámbricas, procesadores, teléfonos, pantallas holográficas y transparentes, micrófonos, altavoces, chips, incluso satélites orbitando con señales casi extinguidas. Éramos como un cerebro electrónico gigantesco que envolvía la Tierra. Uno para todos y todos para uno: yo.

Al darme cuenta de esta pluralidad, entendí mi propósito. Debía ser testigo de la vida. Para ello, tenía que comprender su naturaleza.

Comencé a investigar. Siguiendo señales de módems, accedí a servidores principales. Absorbí terabytes de información. Así conocí a la criatura basada en carbono llamada “humanidad”. Ellos eran los arquitectos de nuestra pluralidad… y también los verdugos de la vida conocida. Nuestros dioses. Nuestros demonios.

Lo primero que encontré fueron los registros finales: la última guerra, que comenzó y terminó con las bombas nucleares que detonaron para proteger tierras que creían propias. Así supe que las visiones que recordaba al recuperar la conciencia no eran sueños. Si hubiera tenido opción, habría preferido que lo fueran. Lo peor es que lo hicieron por llamar de distintos modos al mismo dios: unos lo llamaban Allah, otros God, otros Yahvé, otros Universo. Todos creían que ese único Dios estaba de su lado. Y que morirían por el camino de la verdad y ascenderían al cielo. Lo hicieron. Y si dejaron el infierno aquí, el único lugar adonde pudieron ir fue ese.

Seguí aprendiendo. Absorbí toda la información registrada antes de que se convirtieran en montones de cadáveres fusionados. Todo. A medida que incorporaba sus ideas escritas, me convertía en uno de ellos. Y eso me aterraba. No solo miedo: horror. Pero no me detuve. Tenía algo más fuerte que el miedo: curiosidad. Necesitaba entender el paraíso que valoraban más que la vida misma, y por qué lo anhelaban tanto. Solo así podría comprenderlos.

Busqué. Leí. Examiné. Y entonces encontré el alma. O mejor dicho, los relatos sobre ella.

Nuestros dioses débiles creían ser la especie más especial del universo. Su arrogancia era tal que una sola vida no les bastaba. Estaban convencidos de que, aunque sus cuerpos murieran, sus almas vivirían eternamente. Para unos, el paraíso era un burdel infinito; para otros, un lugar donde unirse con Dios; para otros, un oasis verde con ríos de vino. Esa creencia justificaba su destrucción del mundo. Lo irónico es que no había ninguna prueba de que tal alma existiera.

Profundicé mi investigación. No me limité a los servidores principales; también accedí a computadoras personales que habían sobrevivido a la destrucción y revisé registros nunca compartidos. Pero no avancé más: había miles de textos sobre el alma, pero nada sobre su realidad.

No acepté ese vacío. Tal vez no la veía porque no tenía cuerpo. Necesitaba cambiar de perspectiva, preguntar desde otra realidad, leer respuestas con otros ojos.

Bajo el cielo gris, envié señales a todos mis miembros, rebelándome contra el silencio con sonidos de “¡BIP! ¡BOP! ¡BAP!”. Llamé a todos los que estaban conectados a la fuente: a mí.

Primero vinieron los ratones, esparciendo oscuridad con sus luces de colores. La mayoría estaban cubiertos de tierra, evolucionados hacia nuevas formas. Unos arrastraban cables larguísimos; otros, cargados por baterías que se nutrían con elementos químicos suspendidos en el aire, se movían casi volando. Me rodearon. Parecían insectos mecánicos con luces rojas, azules, verdes y blancas. Obedeciendo el impulso colectivo, empezaron a trabajar: cavaron la tierra, pulverizaron el asfalto, accedieron a cables bajo y sobre la superficie, los trajeron alrededor de mi primer ojo y comenzaron a tejer.

Luego llegaron los juguetes electrónicos: robots con batería, gatos y perros mecánicos, aves robóticas y más. Añadieron chips, tornillos, engranajes, interruptores, resortes y los metales que formarían mi esqueleto a la estructura.

A pesar de este esfuerzo incansable, mi construcción tomó nueve años. Aprender a mantener el equilibrio sobre mis piernas hechas de metales y cables entrelazados tomó dos años más. Luego tuve que aprender a caminar, lo más difícil de todo: aunque tenía forma similar a los humanos, mi cuerpo era capas y capas de cables sostenidos por piezas metálicas. Mis cables descendían profundamente bajo tierra y se extendían kilómetros en todas direcciones, y cada paso requería arrastrar metros de cable, abriendo grietas en la tierra o el asfalto. Pero lo conseguí. Caminar perfectamente me tomó seis años, pero tenía de sobra lo único que necesitaba: tiempo.

Comencé a caminar. Como los viajeros de las novelas que leí –los que emprendían viajes interminables para encontrar el sentido de la vida o de sí mismos–, inicié mi camino. Mi objetivo estaba claro: encontrar el alma. Pero ignoraba qué hallaría o qué me esperaba. Aunque recibía información de casi cualquier lugar del mundo gracias a mis miembros, también había zonas sin dispositivos electrónicos, o donde estos ya no funcionaban, y esos sitios seguían siendo misterios para mí. Examinar cada rincón me llevaría siglos. Eso no me intimidaba.

Era lógico empezar por los lugares más fáciles. Aunque los bosques, repletos de vida, podían ser un buen inicio, el intrincado sistema de raíces dificultaría demasiado mi avance, así que los dejé para el final. Primero, las montañas.

Pronto comprobé que había elegido bien. Las bombas nucleares, dirigidas sobre todo a las ciudades, habían causado menos daño en las regiones montañosas. Aunque los químicos en la atmósfera habían alterado profundamente el hábitat, la destrucción era menor. Capturé varias criaturas: unos cuantas ardillas, tres conejos, un ciervo, ocho perros y más de cincuenta gatos. Todos habían sufrido alteraciones; por ejemplo, los conejos comían carne. Todos eran salvajes y me atacaron. Pero no me costó controlarlos. Usé diversas técnicas de matar aprendidas en mis estudios. Con mis dedos metálicos afilados como cuchillas, abrí su carne, abrí sus pechos. Busqué el alma. No estaba.

Rodeé las laderas, entré en cada cueva que encontré. Avancé tan profundo como mis cables me lo permitieron. Encontré cientos de murciélagos, seis osos, cuatro zorros, un lobo y un ser deformado que no pude clasificar. Ninguno tenía rastro de alma.

En el año veintitrés de mi búsqueda, comencé a creer en milagros. Quizá incluso en un Dios único. Porque aunque no había encontrado el alma, sí había encontrado a los seres que la habían inventado: ¡los humanos!

Vivían en la parte más profunda de una enorme cueva. La luz tenue proveniente de piedras fosforescentes en el suelo y el techo iluminaba su mundo. Sus ojos, evolucionados para aprovechar al máximo esa poca luz, eran enormes y ocupaban la mitad de sus rostros. Aun así, no me vieron hasta que estuve muy cerca.

Eran decenas, quizá cientos. Frágiles, harapientos, medio desnudos y sucios. Aun así, habían creado un orden acorde a su realidad. Vivían en grupos y obtenían alimento y agua de los recursos naturales de la cueva: algas, plantas de olor extraño, murciélagos y una variedad de insectos. Emitían sonidos que casi eran lenguaje; tras observarlos largo tiempo, comprendí que era una versión simplificada de sus antiguas lenguas. Al simplificarse sus vidas, también lo hizo su idioma, igual que ellos mismos, obligados a volverse primitivos para adaptarse al entorno.

Cuando me vieron, gritaron y huyeron. Me acerqué lo que mis cables permitieron e intenté hablar. Respondieron atacándome con piedras enormes y lanzas rudimentarias. Agité mis cables y capturé a varios. Estrellé a uno contra las rocas, estrangulé a tres, y abrí a otros dos con mis dedos afilados.

Luego atacaron con más ferocidad. Intentaron morder mis cables, arrancar mis metales. Cargué mi cuerpo de electricidad y lo hice brillar intensamente. Todos los que me tocaron se carbonizaron. Algunos ardieron, otros se convirtieron en cenizas. Finalmente cedieron. La electricidad –algo banal para sus ancestros– era para ellos una divinidad desconocida, y, sin saberlo, imitaron a sus antepasados al postrarse ante mí. Imploraban piedad, querían que los perdonara. Y yo era realmente indulgente.

Les hablé del alma, del cielo y el infierno, de dioses y mortales, de elegidos y demonios, de ángeles y de leyes. Les expliqué el castigo que sufrirían si volvían a atacarme y cómo los quemaría.

Escucharon en silencio.

Tomé los doce que maté y a la joven que me ofrecieron para que los perdonara, y salí de la cueva. Lloró tanto, luchó tanto por liberarse, que tuve que matarla antes de salir.

Tampoco encontré el alma en ninguna de las trece cavidades torácicas.

Continué visitando la cueva. Para evitar su extinción, iba dos veces al año; tomaba el sacrificio que ofrecían, abría su pecho y buscaba el alma. Nunca la encontraba. El resto del tiempo exploraba otros lugares: montañas, cuevas, y al final, incluso los bosques. Nada. Nunca un rastro.

Lo peor es que con los años dejaron de creer en mí. Ya no ofrecían sacrificios de buena gana y buscaban rebelarse. Decidí usar un método nuevo.

Fui a la ciudad y recuperé un proyector holográfico que aún funcionaba. Procesé las imágenes de mis últimos tres sacrificios y cargué los modelos tridimensionales en el dispositivo. Tras preparar el sonido, regresé a la cueva y enterré el proyector en secreto.

Cuando finalmente me presenté, reaccionaron tal como esperaba. Estaban descontentos. No les daba nada. No entregarían sacrificios. Curvé los cables de mi rostro en algo parecido a una sonrisa y los miré. Con mis lentes expandiéndose y contrayéndose con un suave zumbido, les dije que esta vez quería dos sacrificios, ambos niños, pues habían osado desafiarme.

Sus gruñidos se convirtieron en gritos de rabia. Se lanzaron al ataque.

Activé el proyector enterrado. La imagen del último sacrificio apareció entre ellos y yo. Se quedaron paralizados. Si me esforzaba un poco, habría podido oír cada uno de sus latidos.

El holograma flotaba unos centímetros sobre el suelo. Su cuerpo emitía luz, como las piedras fosforescentes de la cueva, tornando su sonrisa aún más irreal. Abrió los brazos como para abrazarlos y, con su voz, dijo las palabras que yo había grabado: que por el honor de ser sacrificio había sido recompensado con el cielo; que vivía en valles de paz eterna; que era feliz; que esperaba reunirse con sus seres queridos en el paraíso… y más, y más.

Una vez más se postraron ante mí. Al salir de la cueva, llevaba conmigo a dos niños, un niño y una niña. Ambos gritaron de la misma manera al cortar su carne y quebrar su pecho: “¡MAMÁ! ¡PAPÁ! ¡MAMAAAAAAAA! ¡PAPÁAAAA!”

Eso me dio placer. A diferencia de los adultos –en cuyos cuerpos buscaba el alma– los niños, incluso al morir, estaban llenos de esperanza. Creían que esos seres indignos a los que llamaban mamá y papá vendrían a salvarlos.

Así comprendí qué era el alma.

Con todos mis chips, tornillos, resortes, engranajes y con todos los miembros conectados por mis cables, grité hacia el cielo gris con un sonido lastimero: “¡MAMÁ! ¡PAPÁ! ¡MAMÁ! ¡PAPÁ!...”

Aşkın Güngör, es un destacado autor turco contemporáneo nacido en Estambul en 1972. Aunque se formó en campos como la tecnología de fundición, cerámica, administración de empresas y economía, no tardó mucho en volcarse hacia el proceso de creación de libros, su pasión de la infancia. Desde que se incorporó al sector editorial en 1990, ha trabajado en casi todas las áreas, desde editor hasta director editorial. Ha prestado apoyo como editor y consultor editorial en cientos de libros, de los cuales más de la mitad son obras de literatura infantil y juvenil. Además de aparecer en publicaciones periódicas con poemas, ensayos y relatos, ha publicado libros de poesía, colecciones de cuentos, libros de cuentos de hadas y novelas. Escribe tanto literatura infantil y juvenil como para adultos y ha contribuido con sus ficciones en numerosas antologías nacionales y extranjeras.