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sábado, 31 de enero de 2026

LAMIA

Vladimir Koultyguine

 

Empezamos por el rostro. Esa es la parte que más interesa. El resto ni siquiera es necesario. El diseño de la nariz, la arquitectura de las orejas con todo lo intrincado del oído: todo eso debe tratarse con la mayor precisión posible, con perjuicio lamentable de otras partes no menos importantes del organismo. Muchos jóvenes diseñadores tienen la costumbre de jactarse de la capacidad recién adquirida de saber diseñar rostros con rasgos variados, después de tanto practicar con las manos y los pies. Aquí sucede lo contrario: siempre se empieza por la cara, y pocos son los que saben algo –o casi nada– de las piernas, por ejemplo.

El rostro es lo que se ve, dicen. El rostro es lo que ve, decimos.

Aquella tarde el trabajo había ido bien. Mejor de lo normal. La segunda encomienda. Andrés, en la mesa con sus lápices, miraba fijamente el cráneo frente a él, con el cerebro aun pulsando. Iván, delante del ordenador, comparaba cálculos y modelaba previsiones. Y yo pensaba qué escalpelo elegir para hacer los primeros cortes.

Abajo, en el pasillo, esperaba Yannick. El pobrecito siempre había creído que era chófer de una empresa de material médico. Pues, en cierto sentido, así era…

Fue el primero en morir, junto con una anciana que, al abrir la puerta de su apartamento, lanzó una mirada a los cuatro hombres enmascarados y por eso recibió una de las primeras balas. Pero el cuerpo que vimos primero fue el de Yannick: los canallas se escudaron detrás de él al entrar en la sala. Yo me salvé por el simple y estúpido hecho de estar sentado en el cuarto de baño. Después de matar al resto, se marcharon corriendo. Oí el silbido de los neumáticos, presumiblemente de su coche, una furgoneta, supongo. No se habían tomado el trabajo de averiguar cuántos éramos. Tuve que recomponer fuerzas apresuradamente para salir antes de que me vieran. Luego, en casa, cambiarme de ropa y marcharme definitivamente, llevando solo lo indispensable.

Fue recién en el tren, rumbo a ninguna parte, cuando tomé conciencia del miedo.

 

Diario de Román Lorongo 10.09.20**

Hace una semana me trasladé a este barrio de Moscú, no muy lejos del centro (para quien disfruta caminar), y bastante cerca de un parque que se transforma en bosque. Un lugar perfecto para correr de madrugada. Las grandes carreteras, plaga universal de esta ciudad, apenas se oyen aquí. Y hay un sitio –solo un punto, un cuadrado de tres metros por tres en medio de un claro, cercado por tres robles– donde ni siquiera llega un sonido externo. Lo comprobé: estuve en cada punto del bosque y siempre se oían ruidos de la gran ciudad. Al final encontré mi lugar de meditación.

Desde el principio hubo obras. Un vecino me dijo que habían empezado el año pasado, pero no veo a nadie trabajando. Más que un barrio dormitorio, es un cantero de obras. Obras de dormitorio, diría. Muy bien. Llevo meses sin dormir bien. Que se hagan obras en este dormitorio que es el mío.

 

Notas de Andrés Jomirovsky

Durante un año vino a la consulta un paciente poco común. Inicialmente llegó quejándose de una sensación “extraña” debajo de la rodilla. No podía indicar el lugar preciso: decía que la sensación “viajaba”, describiendo un círculo bajo la rodilla, a veces descendiendo hasta el tobillo. La percibía sobre todo en la parte delantera, aunque a veces también hormigueaba una zona de la pantorrilla. La palpación resultó inútil; los exámenes de rutina tampoco aportaron información relevante. Decía que no le dolía, que era solo un simple hormigueo, pero llevaba ya mes y medio y no cesaba. Destacaba –lo repetía en cada visita– que tampoco desaparecía por la noche.

No estaría escribiendo esto ahora si no fuera por la desaparición súbita del paciente, que no acudió a la última cita programada la semana pasada y cortó todo contacto. La clínica no logró localizarlo para cobrar la consulta no realizada. Y yo tengo una sensación extraña… no tan extraña como la suya, supongo: la impresión de que su desaparición encierra una importancia que no consigo identificar.

Con el tiempo empecé a sospechar que quizá todo fuera una simulación. No me parecía algo “mental”: en la cabeza lo tenía todo en orden, sin brotes ni confusiones. A veces comentaba lo extraño que debía parecer su caso; recordó incluso el ejemplo clásico de los insectos en la caja de fósforos, asegurándome que no pretendía presentarse con un delirio de parasitosis. (He tenido experiencias así).

Lo que hacíamos eran ejercicios físicos para la pierna. Al principio sugerí que se trataba de una pérdida de sensibilidad; debía ser así, al menos en parte. No había cambios de coloración ni otras alteraciones visibles. Tratamos la sensibilidad, los nervios. Pensaba, al verlo esforzarse sin resultado, que realmente tenía problemas, el pobre.

Nunca supe a qué se dedicaba. Al preguntarle, obtenía respuestas ambiguas, ni afirmativas ni negativas. Algo me llamó la atención: en algunas ocasiones, después de decir algo, lo repetía de inmediato de forma más simple. Como si hablara para alguien incapaz de comprender un lenguaje más sofisticado o profesional, que era el suyo y el mío. ¿Sería profesor universitario o de escuela? ¿Química o matemáticas? “Y ahora veamos los enlaces covalentes del carbono desde el punto de vista del álgebra booleana”. ¿Tiene sentido lo que acabo de escribir?

 

Diario de Egor Svigomierski 20.09.20**

Llegué a casa alrededor de las nueve y media. Apenas recuerdo el resto del día; este maldito trabajo me quita las ganas de pensar. En las últimas dos horas estuve furioso. ¡Los documentos! ¡Las firmas! Y para colmo, Serguéi encontró un error en los cálculos: los revisábamos todos y resulta que el cerdo tenía un problema con el monitor, una línea de píxeles que le parecía un número añadido.

Esto de llevar un diario ya empieza mal. El psicólogo es buena gente, pero no sé si es posible arreglarlo todo solo hablando y tomando notas.

Emoción del día: frustración, furia, vacío.

Vale. Tengo que intentarlo.

 

21.09.20**

No he dormido nada. El dolor en la rodilla. No. Me. Deja. Dormir. Pensé que ya lo había superado, pero el médico insiste con sus comprimidos ¡y nada! Ni siquiera me dijo qué es. Esos médicos, con sus palabrotas de alto voltaje.

Una mujer me sonrió. Por primera vez en años, pude hablar sin freno con el otro sexo.

 

23.10.20**

Mis sueños empiezan a inquietarme. No los recuerdo, pero al despertar siento que no he sido yo. Y por la noche, al ir al baño, con las luces encendidas como en el sueño, capto imágenes que no pueden estar ahí. NO PUEDEN ESTAR.

 

7.1.20**

NO PUEDE SER. Y por la noche, la fiesta. Un brillo. Una superficie, ¿cómo describirla? Lama. Todo lama. Un círculo de lama. ¡No, círculo no! Un… un no-sé-qué hexaedro de lama. Y yo –no en el centro, no– en la periferia, con esa ansia de volver al fondo. Y ese fondo… ¡tan de estiércol!

 

15.1.20**

He obtenido lo que esperaba: un aumento de sueldo.

El dolor de la rodilla persiste, pero no he vuelto al médico. Debí hacerlo. No tengo fuerzas.

 

Notas de Andrés Jomirovsky 20.10.20*

No vi nada de eso antes de aquello.

 

Nota encontrada en el suelo del hospital n.º **

Lo he visto. ¡Lo he visto! ¿Qué hará que pueda desverlo?

 

Diario de Román Lorongo 10.09.20**

Preguntan si es todo o nada. No sé por qué, pero preguntan en portugués. Tudo es todo. Tienen una palabra esencial para el todo. Todo, tudo.

¿Y aquel rostro que fabricábamos?

 

Notas de Andrés Jomirovsky

Hay algo que no me deja en paz. Si aquel hombre, Egor, experimenta movimientos espontáneos sin darse cuenta y dice que le duele, ¿por qué no he podido detectar la fuente del dolor?

Han pasado algunos meses. Terapia, ejercicio, todo eso. El dolor se vuelve más profundo, dice, y parece sinceramente incapaz de localizarlo. A veces en la rótula, a veces debajo de la rodilla, y en los últimos días llega hasta la pelvis. Y esos movimientos… cuando habla, sacude bruscamente la pierna izquierda; al caminar, parece querer arrodillarse sobre ella. Prescribí un examen neurológico. Espero que aparezca.

Apareció. Después del examen.

Creo que es hora de contratar a un detective privado. No lo haré, claro. Pero el caso me interesa tanto que –Hipócrates me perdone– voy a seguirlo yo mismo.

 

Notas de Román Lorongo 23.12.20**

En los últimos días, un hombre me persigue. Me resulta conocido, pero no logro recordarlo. Lo vi en algún lugar, eso es seguro… ¿Será uno de aquellos sicarios?

A veces no recuerdo cómo ni dónde me acosté. Trato de no beber demasiado –eso ayuda–, pero la resaca se acumula. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy?

Ahora me doy cuenta de algo que hice. Tal vez no haya manera de revertirlo. No hay vuelta atrás. Sabes –me hablo a mí mismo, creo–: he tenido y sigo teniendo este sueño: un gran hoyo en la tierra, todo deshecho, todo en ruinas, armaduras colgando. No se ve el fondo, pero no puedo llamarlo abismo. ¿Ese abismo soy yo? Y de pronto voy en el tranvía, bordeando el hoyo, y la próxima parada es ***. Recuerdo el nombre, pero no lo escribiré aquí, por miedo a que puedan descubrirme. El tranvía se detiene y todos me miran. No me ven; no pueden verme, no pueden ver: ¡no tienen ojos! Y si me muevo un micrómetro, se lanzarán sobre mí. Lo veo con extrema claridad. Y estamos al borde del abismo –de mi abismo– de mí-abismo.

Hoy me han encontrado.

 

Notas de Román Lorongo

Lo acompañé hasta su casa. No me hizo caso… hasta el momento en que… No puedo describirlo. Ni siquiera podía imaginar que sería tan fácil.

 

Notas de Andrés Jomirovsky

¿Qué quiere de mí este médico loco? Me persigue desde hace semanas… Mejor leer un poco antes de dormir. Pero, carajo, no me deja en paz. ¿Y si todavía está ahí? ¡Está! Ni siquiera se esconde. ¡Qué cabrón! Tengo que cambiar de médi…

 

Y así debía terminar. Solo teníamos un ejemplo.

Pues… para quien lo lea, hay esperanza. El prototipo se quebró. Yo me quebré. No supieron evitar el uso de armas. Con mis últimas fuerzas escribo este mensaje. No importa dónde ni cómo lo encuentres. Lo esencial es que el prototipo se quiebre. Si no hay nadie…

La lamia me ha roído el hueso. Uno solo. Y con eso me rendí. Ella, probablemente, ha escapado. Sin llegar al rostro que habíamos construido. Sin llegar a la primera parte que hicimos para ella.

Vladimir Koultyguine nació en 1987 en Moscú. Es periodista, conforme a su diploma universitario, pero trabaja también como traductor de varios idiomas como español, portugués, francés, inglés y polaco. En 2010, terminó la facultad de Periodismo de la Universidad de Moscú; en 2011, estudió en la Universidad de São Paulo, Brasil, y en 2013, defendió la tesis de Ph.D. en Moscú sobre el modernismo brasileño, con traducciones. Le encantan los pequeños y grandes misterios de este mundo, los que nos aguardan. O no. Y esto, cree, es una de las principales misiones de la literatura: buscar y resolver o revelar misterios. Actualmente reside en Gdansk, Polonia.

 

EL GRAN TRUEQUE