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martes, 9 de junio de 2026

HISTORIAS

Lídia Fedina

 

A la clara luz del amanecer, la gota de rocío rodó hacia el borde de la hoja con diminutas vibraciones... Cuando llegó, se detuvo un instante, pero la gravedad no la dejó quedarse allí. Su centro de gravedad se desplazó lentamente hasta que cayó sobre la flor. Se deslizó por uno de los pétalos, dejando una pequeña parte de sí misma en cada uno de sus finos vellos, y para cuando llegó al tallo ya había desaparecido...

Tras su paso, el pétalo blanco brilló con una fresca humedad, y la flor ya había abierto su cáliz hacia la luz. Los estambres amarillos, como brazos extendidos en señal de bienvenida, se alzaban hacia el sol... En la base del pistilo, dulces gotas de néctar enviaban mensajes a los insectos a través de sus nubes de fragancia.

Pero la sombra que se interpuso entre la flor y la luz era más grande y profunda de lo que el pistilo había esperado. La sombra, a medida que avanzaba, se volvía cada vez más oscura, hasta que llegó muy cerca y el pequeño milagro dejó de existir: yacía aplastado bajo la suela de un zapato.

Y el hombre ni siquiera lo notó, y siguió caminando...

John cerró el libro con gesto de insatisfacción. Algunos de los cuentos lo habían entretenido, pero este...

En realidad trataba sobre la vida. La muerte y la destrucción forman parte de la vida, cuando algo más pequeño cae víctima de algo más grande y fuerte... ¡pero nadie puede vigilar cada brizna de hierba! Después de todo, ¡no puede volar!

No había nadie en la playa; las olas rodaban suavemente sobre la arena, el sol estaba a punto de hundirse en el horizonte y pequeñas franjas de nubes azul tinta, bordeadas de violeta, atravesaban su luz.

Nadará una vez más y después... ¡Esta noche le pedirá matrimonio a Lilian! Lleva dos semanas posponiéndolo, aunque ella prácticamente ya ha dicho que sí. Solo tiene que entregarle el anillo de la manera habitual.

—¿Quieres casarte conmigo?

Y Lilian responderá:

—¡Oh, sí!

Sin embargo, el estómago se le encoge cada vez que piensa en ese momento. Tal vez no debería darle tantas vueltas.

Dejó el libro sobre la arena, se puso de pie, se estiró y corrió hacia el agua. El ejercicio le sentó bien; era agradable sentir los músculos en movimiento. Las olas acariciaban sus tobillos con una tibieza agradable y, tras unos pocos pasos, el suelo desapareció bajo sus pies.

Allí la profundidad aumentaba bruscamente, razón por la cual los surfistas y las familias no solían frecuentar ese tramo de playa. Más arriba, hacia la ciudad, la pendiente era mucho más suave y había que caminar unos veinte metros para que el agua llegara al pecho.

Precisamente por eso John iba allí. Había menos gente y casi podía considerarla su playa privada.

¡Hoy le pedirá matrimonio a Lilian!

Cortaba las olas con facilidad. El tiempo era magnífico y el mar estaba maravillosamente tranquilo. Pequeñas ondulaciones se formaban a su alrededor y él se sentía el rey del océano.

El ataque lo tomó completamente por sorpresa.

Al principio ni siquiera comprendió qué estaba ocurriendo. Su atacante era tan grande y fuerte que no pudo hacer nada.

El gran tiburón blanco, el verdadero rey del océano, lo atrapó a la altura de la cintura y le arrancó una pierna.

John no sintió dolor. Tampoco sintió miedo, porque no comprendía lo que estaba sucediendo.

Intentó seguir nadando. El agua a su alrededor se volvió roja, adquirió un sabor dulzón y el dolor llegó finalmente a su conciencia con una pulsación enloquecedora.

El estridente sonido del teléfono hizo que Martha se sobresaltara y gritara.

¡Justo cuando estaba llegando a la parte más emocionante sonó aquella maldita cosa!

Martha empujó rápidamente el cajón donde guardaba el libro. Al hacerlo vio que Juliane, en el puesto de trabajo vecino, le lanzaba una mirada de reproche. Estaba hablando con un cliente, que esperaba no hubiera oído el grito.

Martha se sacudió para liberarse del efecto de la lectura y contestó la llamada.

—MGX Aritmax. Habla Martha Hay. ¿En qué puedo ayudarle?

—¡Hola, Martha! Soy Nora.

—¿Tú...? —se sorprendió Martha.

En un centro de atención al cliente donde trabajaban veinte personas al mismo tiempo, las probabilidades de que el sistema conectara la llamada precisamente con ella eran de apenas un cinco por ciento.

—No pude localizarte en el móvil. Le pedí a uno de tus compañeros que transfiriera la llamada a tu puesto.

—No puedo usar el móvil durante el horario de trabajo. Lo dejo en mi taquilla —respondió Martha con un leve tono de reproche, pues Nora debería saberlo, aunque al mismo tiempo admiraba la astucia de su hermana.

—Me dijiste que te llamara si ocurría algo...

Martha sintió un mareo. Si hubiera estado de pie, tal vez se habría caído. Tuvo que sujetarse al escritorio.

A Nora le costaba claramente decir aquello por lo que llamaba.

—Vi a Paul con esa mujer —comenzó.

Y una vez que logró arrancar, las palabras salieron sin freno.

—Los encontré justo delante del cine de Queens Gate. Estaban sentados tomados de la mano. O esperaban una función o simplemente se habían sentado un rato... Aunque creo que era lo primero, porque Paul no es tan tacaño como para no llevar a una mujer a una cafetería...

Siguió hablando y hablando, explicando con todo detalle cómo se había ocultado entre la multitud para que no la vieran.

Martha escuchaba con el corazón helado, pero estaba tan inundada de amargura que ni siquiera prestaba atención a los detalles.

Dos semanas antes, Paul había confesado la aventura después de que ella encontrara en uno de sus bolsillos el recibo de un perfume.

Había jurado por todo lo sagrado que aquello ya había terminado, que solo había sido una aventura pasajera.

Pero si uno está sentado en el vestíbulo de un cine, tomado de la mano con alguien, eso no es una aventura pasajera.

Eso es amor.

Martha sintió que su mundo se derrumbaba y no sabía qué hacer.

Es tan fácil construir teorías.

Y tan fácil creer lo que dice otra persona cuando uno desea creerlo...

Lilian dejó el libro a un lado y se quedó pensativa.

La historia resultaba muy convincente.

La gente realmente es así.

Cree con facilidad cualquier cosa que provenga de alguien a quien considera irreprochable.

En la novela, Martha confía en Nora, aunque ya hubo una escena en la que ambas discutieron.

¿Y si todo el episodio del cine fuera una invención para separar al matrimonio?

Lilian avanzó unas páginas y, mientras buscaba una respuesta a su hipótesis, se dio cuenta con una sonrisa de que una vez más estaba leyendo el final antes de tiempo.

John se reiría de ella y le diría que se limitara a leer libros de cuentos, y mejor aún si eran cuentos cortos.

Pero ¿qué tiene de malo conocer el final?

También es agradable seguir el desarrollo de la historia o de las historias mientras el autor avanza hacia el desenlace.

Sabemos cómo terminan los libros que releemos y aun así disfrutamos de ellos.

Tal vez incluso más que la primera vez, porque advertimos muchas cosas que antes nos habían pasado inadvertidas...

Miró el reloj. El tiempo había pasado volando. Esa noche cenarían en la Terraza Luz de Luna del hotel. John había reservado una mesa allí.

—Solo para picar algo —había dicho entre risas.

Seguramente quería entregarle el anillo que llevaba semanas ocultándole, aunque siempre lo tenía consigo, esperando el momento adecuado. Le quedaba media hora para vestirse, y debía hacerlo como corresponde a una futura prometida.

Pero ¿dónde estaba John? ¡Ya debería haber regresado al hotel! No podía haberse quedado tan absorto leyendo que olvidara volver de la playa. Era la última noche de las vacaciones y, si esa noche también dejaba pasar la oportunidad, entonces sería Lilian quien le pediría matrimonio a él.

¡Sería una propuesta al revés!

Riendo, colocó el marcador en cualquier parte del libro porque ya no recordaba por qué página iba. Pero eso no importaba. Acababa de descubrir la verdad. ¡Nora era la intrigante! Iba a vestirse.

John podía aparecer en cualquier momento...

Qué bien se sentía Ricsi al poder respirar libremente otra vez. Aquel maldito coronavirus no solo lo había debilitado con la fiebre, sino que además le había dado la sensación de llevar un saco pesadísimo sobre el pecho... ¡Maldita neumonía! Ni siquiera tenía ganas de leer. Cuando uno lucha por respirar, no le interesan ni las historias más emocionantes de amor, tiburones, infidelidades, árboles, flores o cualquier otra cosa.

Ahora, sin embargo, que se sentía mejor, devoraba las páginas y comenzaba a disfrutar de la estructura tan poco convencional de aquella novela. Estaba tan absorto que se olvidó del café. Se había enfriado por completo. Dejó el libro sobre la mesa y fue a la cocina para prepararse una taza nueva. Mientras sacaba una taza del armario, un pensamiento extraño se encendió en su mente: ¿Y si él tampoco existiera realmente?

¿Y si alguien simplemente estuviera leyendo acerca de él?

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

 

 

miércoles, 1 de abril de 2026

SOLO PALABRAS

Lídia Fedina

 

8 de enero de 2098. Entre las 11:42 y las 15:24

 Lorna D. Pool:

—¿Hay alguien ahí?

 Daisy Hamilton:

—¿Dónde estabas? ¡¿Por qué escribes recién ahora?!

 Lorna D. Pool:

—No se podía, hasta que no estuvo listo el blindaje.

 Mike Storm:

—¿Se mudaron?

 Lorna D. Pool:

—Tuvimos que hacerlo.

 Daisy Hamilton:

—¡Creí que los habían atrapado!

 Lorna D. Pool:

—No, pero papá dice que la red de impulsos tampoco es segura desde que no hay conexión de video.

 Daisy Hamilton:

—¡Como si no se pudieran falsificar las imágenes!

 Mike Storm:

—Las imágenes en movimiento son difíciles de falsificar. Hace falta equipo serio para eso.

 Daisy Hamilton:

—¡La mayoría de ellos ni siquiera sabe escribir! Con patas, garras…

 Lorna D. Pool:

—A mis dos hermanos mayores los atraparon durante la mudanza. Pero al final los abatimos a todos.

 Mike Storm:

—¡Santos genes! ¿Están en un campo de refugiados?

 Lorna D. Pool:

—No. Papá dice que a los grupos grandes los encuentran más fácilmente.

 Mike Storm:

—Según el comandante, juntos tenemos más posibilidades.

 Lorna D. Pool:

—Y también somos un blanco más grande.

 Mike Storm:

—Puede que tengan razón. Este ya es el tercer escondite en el que nos ocultamos, pero siempre nos encuentran. El olfato de los cuadrúpedos escamosos es increíble. Además, el sol y el viento no les afectan, y casi no necesitan dormir. Siguen los rastros día y noche. ¡El comandante dice que salieron realmente bien!

 Lorna D. Pool:

—Nosotros teníamos un lugar seguro.

 Mike Storm:

—Entonces ¿por qué no se quedaron allí?

 Mike Storm:

—¿Daisy? ¿Sigues ahí?

 Lorna D. Pool:

—No responde…

 Mike Storm:

—¡Si alguien se desconecta sin mensaje de salida, no es buena señal!

 Lorna D. Pool:

—¿Por qué se desconectaría? ¿Verdad, Daisy?

 Mike Storm:

—¿Daisy? ¡No bromees!

 Daisy Hamilton:

—Estoy disfrutando su pequeño diálogo. Sí. Leo. Escribo. Pero no será así por mucho tiempo. No hace falta escribir. La cabeza almacena. El cerebro almacena. No humano antiguo atrofiado. ¡Nueva especie humana! ¿Dónde están, niños? Si lo dicen, todo termina antes, y prometo que será rápido, como amiga.

 Lorna D. Pool:

—¿Qué pasa?

 Mike Storm:

—Me desconecto. Daisy ya no está. Es uno de los cerebrales. ¡Huye!

 Daisy Hamilton:

—¿Adónde, Mike? Estamos en todas partes. Ustedes nos crearon a partir de ustedes mismos. Ustedes nos hicieron. Ustedes son el pasado. ¡Nosotros el futuro! ¡Ustedes querían este futuro! ¿Llega el cambio climático? Que haya supervivencia. ¡Eso aprendiste!

 Lorna D. Pool:

—¿Quién eres?

 Daisy Hamilton:

—No Daisy. Ella fue aprovechada. Alimento para los escamosos. Buen final, útil.

 Lorna D. Pool:

—¡¿Se comieron a Daisy?! ¡¿A un ser humano?!

 Daisy Hamilton:

—Me gustas tú. Tienes valor. Lástima que también te comerán. No yo. Yo no como humano antiguo. Pero ellos son muchos, nueva humanidad come cualquier cosa. Solo no su propia especie. Nosotros somos nuestra especie. Tú no.

 Lorna D. Pool:

—¡Son monstruos!

 Daisy Hamilton:

—¿Monstruo? Todo tiene un precio. La supervivencia también. El objetivo es la conservación de la especie.

 Lorna D. Pool:

—¡Todo tiene un precio! ¡Así se dice! ¡Ni siquiera sabes hablar y aun así te crees superior!

 Daisy Hamilton:

—Dije: me gustas. Valiente. No como Mike. Él cobarde. Huye. El habla es cosa pasada. Nosotros comunicamos más avanzado. Comunicamos pensamiento con pensamiento. Así mensaje exacto. Palabra mala. Habla tonta, vieja. Primitiva.

 Lorna D. Pool:

—¡El habla es lo que distingue al ser humano de los animales! ¡Y la palabra escrita!

 Daisy Hamilton:

—Quien no puede entender pensamiento, enviar pensamiento: comunicar, queda solo sonido y señales. Como animal. También hay así entre nosotros algunas subespecies. Primitivas. Pero mejoramos. Ellos también comunicarán pensamiento. Solo necesita pequeña intervención en genética. Método existe. Ustedes desarrollaron, nosotros perfeccionamos.

 Lorna D. Pool:

—¡Sé que nosotros los creamos! ¡Pero fue un error, no se convirtieron en humanos!

 Daisy Hamilton:

—Nos volvimos mejores. El humano antiguo casi alcanzó el objetivo. Dirección correcta, solo falta corregir. No hace falta sentimentalismo humano antiguo. No hace falta adoración al dinero, hambre de poder, hipocresía.

 Lorna D. Pool:

—¡Los hipócritas son ustedes! ¡Nos exterminan, a sus propios antepasados! Es como si yo matara a mis padres. Pero eso no lo entiendes, ¿verdad? ¿O no quieres entenderlo?

 Daisy Hamilton:

—No empezamos nosotros, niña. Humano antiguo vio que nosotros resistimos tormenta, resistimos radiación. Nosotros sobrevivimos cambio climático. Ustedes mueren. Ustedes se asustaron de lo mejores que somos. Ustedes quisieron primero matarnos, a su propia creación.

 Lorna D. Pool:

—¡Porque no tienen ni moral ni decencia!

 Daisy Hamilton:

—¿Quién dijo eso? ¿Tu papá? ¿Tu mamá? ¿Qué es moral? ¿Destruir todo, matarse entre ustedes? ¿Hacer guerra? Conozco historia. ¿Matar a otro, quitarle bienes? ¿Eso moral? Nosotros no matamos nuestra especie. Nuevo humano no mata nuevo humano: eso moral. Nosotros sobrevivimos y humanidad será mejor. Mucho mejor. Como ustedes quisieron.

 Lorna D. Pool:

—¡Nosotros no queríamos esto! ¡Ustedes nos matan y nos comen!

 Daisy Hamilton:

—Solo escamosos y habitantes subterráneos comen. Es útil. Muchos cuerpos muertos, mucha infección. No bueno. Mucha carne desperdiciada, no bueno. ¿Animal, planta comer es mejor según tú, eso moral?

 Lorna D. Pool:

—Hay que comer.

 Daisy Hamilton:

—Yo también digo eso. ¿Dónde se esconden, niños? Si dicen, menos miedo. Termina antes.

 Lorna D. Pool:

—¿Qué te crees, quimera? ¡No lo diré!

 Daisy Hamilton:

—No importa. Encontraremos. “Quimera” palabra mejor que “monstruo”. Ves, empiezas a entender.

 Lorna D. Pool:

—¡Es lo mismo! ¡Son monstruos ensamblados!

 Daisy Hamilton:

—Más o menos cierto, pero no formulación exacta. Somos mezcla de genoma terrestre. De cada animal ponemos lo mejor en genoma humano. Lo mejor para cada propósito. Muchas subespecies: aladas, escamosas, con branquias y otras. Diversidad asegura que alguien sobreviva. Y mejora: no doble, sino cuádruple hélice de ADN. Para usar siempre segmento bueno. Eso genética. Nosotros guiamos nueva humanidad, nosotros cerebrales.

 Lorna D. Pool:

—¡Eres el mismo monstruo que los demás!

 Daisy Hamilton:

—Error. Cerebrales distintos. Te explico. Tal vez sabes: en genoma humano muchas partes no funcionan. Cuando humano antiguo creó cerebrales, activó secciones inactivas, no necesitó insertar genes animales. Bastó genoma humano. Nosotros sabemos mucho. Más que humano antiguo. Ese era objetivo: usar más cerebro.

 Lorna D. Pool:

—Si son tan inteligentes, ¿por qué no pueden hacer la paz con nosotros? ¿Por qué tienen que exterminarnos?

 Daisy Hamilton:

—Ustedes igual se extinguen. Como dinosaurios y otros. Humano antiguo agresivo, quiere solo él vivir. No se puede negociar. Miente, engaña. Intento inútil. Cambio climático ocupa toda energía. Se preparan viviendas subterráneas por tormentas. Viviendas submarinas. Para eso energía necesaria. Muchas especies mueren en Tierra. Nosotros llevamos bajo tierra lo que puede, mientras cambio ocurre. Allí producimos alimento, obtenemos energía… hace falta muchas ideas. Humano antiguo obstáculo.

 Lorna D. Pool:

—¡Claro! ¡Solo nosotros somos los culpables!

 Daisy Hamilton:

—No entiendes, niña. Digo distinto: humano antiguo es enfermedad, mayor problema del planeta. Debe extinguirse. La vida es lo importante. No qué forma vive. Pero una idea encuentra camino para la vida. Nació nueva humanidad. Esta continúa. Tal vez entiendas, tal vez no. Pero ya no escribo. Hemos localizado tu posición. Vamos por ti.

 Lorna D. Pool:

—¿Me localizaste? ¿De verdad? Nos subestimas, aunque admites que nuestra idea fue brillante. ¡Ustedes sobrevivirán porque nosotros así lo quisimos!

 Lorna D. Pool:

—¿No respondes? ¡Buena suerte con el repetidor! ¡Nunca nos encontrarás! ¡Nunca! ¡Estamos allá arriba, idiota!

 Daisy Hamilton:

—¿Allá arriba dónde? ¿En montaña?

 Lorna D. Pool:

—¡No seas tan limitado! Claro, así los diseñamos. Me desconecto. Para siempre.

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

martes, 20 de enero de 2026

DESTINO

Lídia Fedina

 

—¡Dame mi dinero! —bramó Csák al entrar en la habitación del edificio en ruinas donde Piti se había instalado, desafiando todo riesgo de derrumbe. Era un tipo grande, musculoso, un auténtico cabeza hueca de gimnasio, con una buena dosis de astucia primitiva que lo había convertido en el rey del barrio.

—No, hombre, por favor —gimió Piti, temblando por las drogas, reducido a piel y huesos. No hacía tanto tiempo se llamaba Pitman, pero ahora su nombre había quedado en Piti—. Todavía es lunes, te dije que el miércoles puedo pagarte, ¡joder!

—¡No me insultes! —gruñó Csák, mientras miraba alrededor para ver qué podía confiscar como interés, porque el dinero se lo iba a cobrar a ese lagarto pasara lo que pasara. Pero no había nada: solo un colchón mugriento, una manta y una bolsa con el logo de Nike, sorprendentemente nueva.

—¡Tráela! —le ordenó Csák a su acompañante, Gilisztás, cuyo apodo era mejor no investigar.

—Me la dieron hace una semana en el albergue —se justificó Piti—. No hay nada dentro, jo… —se tragó el insulto, que para él era tan natural como respirar, porque sabía muy bien que Csák golpeaba tras la primera advertencia.

—¿Qué hay dentro? —preguntó Csák, justo cuando Gilisztás volcaba el contenido de la bolsa en el suelo.

—No, por favor, jo… —ladró Piti, y Csák, que no consideraba eso una forma correcta de “traer”, resopló con disgusto y removió los objetos con el pie, ya que había oído claramente algo golpear el suelo.

—¿Y esto qué es? —Csák se inclinó para recoger una caja negra, más o menos del tamaño de un teléfono inteligente, con un solo botón cubierto por una tapa de seguridad. La abrió: apareció un botón rojo y una inscripción. Entrecerrando los ojos, leyó—. ¿Reset…?

—Borrado, volver al estado inicial —dijo Piti con rigidez, y luego, con una idea repentina, añadió—. Te devuelve al pasado.

—¡La madre que…! —se maravilló Gilisztás, pero Csák resopló como un motor al que le suben las revoluciones.

—¡No te burles de mí! ¿De dónde sacaría un perdedor —torció la boca con desprecio— un cacharro tan tecnológico?

—De un vagabundo. Dijo que le debía todo a eso.

—¿Que vagabundo…? —se rio Gilisztás.

—Dijo que era peligroso —explicó Piti, pero Csák lo interrumpió:

—Supongamos que me tienes más miedo a mí que ganas de mentir —lo miró con dureza—. ¡Supongámoslo! Pero aquí solo hay un botón. ¿Cómo sé a dónde voy, eh?

—Hay que pensarlo. Solo puedes volver a un lugar que seas capaz de imaginar, algo que ya haya ocurrido —balbuceó Piti con rapidez, y añadió—. Te lo doy si saldamos la deuda de veinte mil, ¿de acuerdo?

—¡La lotería! ¡Vuelve a antes del sorteo! —propuso Gilisztás, iluminado de repente.

Csák soltó una carcajada codiciosa.

—¡Vale, merece la pena probarlo! ¿Sabemos qué números salieron?

—Un momento… —Gilisztás rebuscó en el bolsillo y sacó un boleto arrugado—. Llévate esto. He apuntado el número ganador. ¡Vuelve al sábado por la mañana!

—¡No me digas lo que tengo que hacer! —lo cortó Csák—. ¿Y cómo regreso? —preguntó a Piti.

—Con el tiempo. Esta cosa solo funciona hacia atrás, jo… —Piti consiguió tragarse el insulto—. Si eres millonario, ¿qué más te da esperar unos días?

Csák volvió a reír.

—¡Está bien! ¡Si funciona, lo compro por veinte mil!

Gilisztás rio satisfecho con él, y Piti se encogió de hombros en señal de acuerdo.

—Imagina el lugar donde quieres llegar —aconsejó a Csák—. Un sitio tranquilo donde estuvieras el sábado por la mañana. Allí ocupas el lugar de tu yo anterior… —de pronto hablaba como antes de las drogas, como cuando enseñaba a sus alumnos. Cuando aún tenía familia y trabajo. Cuando todavía no insultaba.

Csák sabía perfectamente dónde había estado el sábado por la mañana, pero no quería cambiar eso. En casa de Bögyös Maricsuj. Aunque después se había tomado un trago en el Kiskapás. En la escalera, al salir de casa de Maricsuj, no se había cruzado con nadie. Eso serviría.

En cuanto lo decidió, pulsó el botón. Perdió el equilibrio al instante. Intentó apoyarse en la pared, pero todo ocurrió tan de repente que no logró sostenerse y rodó por las escaleras. Se detuvo en el rellano entre fuertes gemidos; le dolía todo el cuerpo y se había raspado una mano hasta hacerla sangrar contra la pared durante la caída. Sacó un pañuelo de papel para presionar la herida. Al mismo tiempo, extrajo del bolsillo un papel arrugado. No era dinero; le pareció un boleto de lotería caducado y ni siquiera se agachó a recogerlo. Siguió bajando. Ya era hora de pasar por el Kiskapás.

Piti y Gilisztás se miraron sorprendidos cuando Csák desapareció de entre ellos. Piti nunca había visto cómo era cuando otro usaba la caja, que ahora yacía en el suelo entre ambos. Sí, así funcionaba: el aparato siempre lo esperaba donde se había usado por última vez, como si existiera fuera del tiempo.

—¿Y tú por qué no cambiaste tu vida? —Gilisztás señaló la caja con la barbilla—. ¡Podrías ser el rey!

—Lo intenté —Piti negó con la cabeza, resignado—. ¡No puedes cambiar tu destino desde afuera! Borra, reinicia. Vuelves atrás sin recordar nada… Recorrí el mismo camino una y otra vez.

—¡Vete al diablo! —la desconfianza despertó de golpe en Gilisztás—. ¡Estás mintiendo! Si borra todo, ¿cómo sabes qué es este aparato?

—Hay dos maneras. No vuelves a un momento anterior a cuando lo conseguiste. O te dejas un aviso en él. Por ejemplo, que no sirve de nada usarlo.

—¡La puta vida! ¡Eso es hacer trampa! —gritó Gilisztás, y de pronto, furioso, agarró la caja y la estrelló contra el suelo, luego la pisoteó. Muchas veces. Con rabia asesina.

Al principio Piti miró aterrorizado cómo el dispositivo se hacía pedazos, pero poco a poco su mirada se llenó de resignación.

—Al final, sí que eres el más listo de los tres, Gilisztás —rio—. ¡El que inventó esta cosa debía de ser un bromista increíble!

En ese momento los alcanzó la ola temporal. Era sábado por la mañana. Piti sacó el relé temporal de la bolsa Nike y leyó la nota que tenía sujeta con una goma elástica. Algo parecido a un recuerdo tembló en su mente, en la densa niebla de lo irreconocible, relacionado con Gilisztás. Volvió a meter la caja entre sus cosas y se le ocurrió que, en lugar de usarla, podría intentar venderla. Completaría la nota que se había escrito a sí mismo antes del primer intento con una indicación: vender el aparato… Si tenía suerte, regresaría a él incluso si no lo usaba personalmente. Entonces podría venderlo varias veces… Y si eso no funcionaba, aun así valdría la pena venderlo una vez. Tal vez precisamente a Csák, porque seguro que vendría a cobrar su dinero incluso antes de que venciera el plazo.

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

 

martes, 11 de noviembre de 2025

GAME OVER

Lídia Fedina

 

Estaba allí, junto a la baranda del Puente de las Cadenas, admirando la vista del Castillo iluminado. Sentí un escalofrío. Había algo extraño en su postura… como si se preparara para hacer algo. De pronto se volvió hacia mí.

—¡Qué ciudad tan hermosa! —Lo dijo como si ya nos conociéramos—. Me alegra encontrar por fin a alguien que entiende lo que está pasando —continuó con la mayor naturalidad, acercándose un paso—. Somos pocos, ¿sabe? Y cada vez menos…

—¿Pocos? —pregunté, desconcertada.

—Claro. Antes todos lo sabían. Bueno, al menos los que tenían entendimiento. Usted sabe a qué me refiero…

¡Está loco!, pensé. Respiré hondo: la verdad, por difícil que sea de pronunciar, siempre es mejor que el completo desconcierto.

—No, no sé —le dije.

Me miró fijamente, luego soltó una carcajada.

—¡Ah, claro! Usted solo lo intuye. Precisamente de eso hablo: antes todos lo sabían. —Movió la cabeza, perdido por unos segundos en sus pensamientos. Me maldije por haber entablado conversación con un desequilibrado y estaba por marcharme cuando volvió a mirarme—. Es como un videojuego —dijo—. Pero al revés. Los videojuegos fueron copiados de esto. Podría decirse que todos juegan con esas copias, sobre todo en sus teléfonos inteligentes.

Asentí. Bien, eso al menos era comprensible: me había topado con un fanático enemigo de los smartphones.

—Perdón, pero yo… —Intenté irme, pero ya era tarde.

—Por favor, solo un minuto. Sé que lo entenderá. Lo recordará. ¡Por favor! —El miedo y la curiosidad se mezclaron en mí. ¿Recordaré…?—. Lo sabe —continuó—: Game over. Start a new game? En todos los idiomas significa “El juego ha terminado. ¿Iniciar una nueva partida?” Todos los juegos terminan así. Incluso si uno los interrumpe, siempre que salga de forma correcta, la máquina ofrece automáticamente un nuevo juego.

—Sí, claro —respondí—. No hay nada extraño en eso, sobre todo en los juegos de monedas…

—Exacto —sus ojos brillaron con un destello travieso—. Porque eso significa libertad. La libertad de elegir. Continuar o no. Repetir el mismo juego o elegir otro.

—O no jugar —añadí, porque desde mi adolescencia no jugaba ni en computadora ni en el móvil.

El desconocido se ensombreció.

—Hay que jugar. Todos juegan, aunque no lo sepan. —Al ver mi mirada escéptica, se apresuró a añadir—: No con máquinas, no me refiero a eso. Hablo de la vida. El mundo es un escenario y todos somos actores en el teatro de la vida —citó libremente Shakespeare. —El extraño sonrió—. Él sí lo sabía.

De pronto me harté de todo aquello. ¿Por qué tanto misterio? ¿Por qué me había puesto a hablar con él?

—¿Qué sabía? —pregunté con tono desafiante.

Él retrocedió.

—Perdón. Siempre olvido que usted también solo intuye la verdad. —Estaba por decirle que ya bastaba, pero levantó las manos en gesto conciliador—. Por favor, no se enoje. Le estoy realmente agradecido por haberme visto, por haberme hablado. Lo he intentado tantas veces, pero nunca logré transmitirlo… —hurgó en su bolsillo y sacó un pequeño aparato, como un teléfono móvil—. Esto. —No tuve tiempo de reaccionar antes de que sacara otro igual—. Este es mío. Pero el otro… Hace tiempo que busco a quién entregárselo. Es una especie de misión, de encargo, si quiere. Cuando lo acepté, no imaginé lo difícil que sería hallar a alguien: alguien aún consciente. Mire, tengo más de cuarenta años, y dejando de lado la infancia, llevo mucho tiempo viviendo aquí. Varias veces quise interrumpir el juego, pero siempre me detenía… no sé, la sensación de que debía quedarme hasta encontrar a alguien a quien pudiera ayudar. Alguien que aún recordara, o al menos tuviera la capacidad de hacerlo, aunque le faltara la herramienta. Así que me quedé. Pero ahora… quiero entregarlo. Quiero que lo acepte.

Antes de comprender lo que hacía, ya tenía el aparato en la mano. Lo tomé como si fuera lo más natural del mundo, aunque no entendía gran cosa de lo que me decía. En el fondo, un pensamiento brilló fugazmente.

—¿Usted no es humano?

Él estalló en carcajadas.

—¡Por Dios! No soy ningún superhéroe ni un extraterrestre. Soy tan humano como usted. Solo que yo aún juego conscientemente. La mayoría… ni siquiera sospecha que podría modificar las reglas del juego o salir. —Su voz se encendió con un entusiasmo febril—. ¿Entiende lo trágico que es? ¡Las personas creen que el destino las arrastra de horror en horror! Pero podrían reprogramar el juego en cualquier momento, o salir de él. ¡Tienen su destino en las manos! El destino solo existe para quienes ya no saben jugar. ¡Game over! ¿Lo entiende? Game over en cualquier momento, y puede comenzar un nuevo juego, ir al menú, cambiar los ajustes… ¡sería tan sencillo! Pero la mayoría ya no puede controlar su juego, porque ha olvidado la realidad. Su propia partida los devora: la creen absolutamente real. O no tienen los dispositivos adecuados. Por eso sufren enfermedades, desgracias, horrores de todo tipo. Terrible. Este aparato –me lo mostró– sirve para controlar. Es muy sencillo. Si el juego actual no le gusta… Perdón, veo que no lo entiende. Vida y juego son lo mismo, sinónimos. Creamos nuestra realidad, moldeamos nuestras circunstancias. ¡Eso es libertad ilimitada! Lo dicen todas las escrituras sagradas. Todo depende de nosotros; podemos hacer cualquier cosa, pero creemos que no podemos cambiar nuestro destino. Pensamos que la voluntad ajena nos empuja por un camino fijo. ¡No! No es así. El juego –la vida– puede reprogramarse o detenerse en cualquier momento y empezar otro. Siempre. Y si se termina uno, se inicia otro. Solo no se debe morir… Quien muere, queda fuera. Pero eso es otro asunto, parte de la existencia biológica. ¿Lo comprende ya? Es así de simple. Presiona el botón: Game over. ¿Termina el juego? Sí. Luego aparece el mensaje: Start a new game? ¿Iniciar nuevo juego? Sí, y se eligen los parámetros. ¿Está claro?

Sí, clarísimo: no tenía sentido alguno. ¿Qué quería de mí? ¿Matarme?

El miedo me recorrió la espalda como hielo. Miré alrededor: del lado de Pest se acercaba un grupo de turistas. No podía hacerme daño con tantos testigos. Suspire de alivio… aunque enseguida volvió la ansiedad. ¡Justo ahora se detienen a sacarse fotos!

—¿Se ha quedado sin palabras, verdad, señora? —preguntó con tono amable, aunque no por eso menos demente—. Me alegra tanto haber podido entregarle el control. —Me sonrió feliz, luego presionó unos botones en su dispositivo—. Ahora detendré mi juego. Ya era hora. Voy a salir. Luego empezaré otro, pero no en una civilización tecnológica. ¡Ya tuve bastante de objetos hostiles! ¡Siempre termino lleno de moretones!

Rio, y volvió a pulsar algo.

Listo, pensé, ahora explotará y nos volará a los dos. Un suicida, y yo tan estúpida que me puse a hablarle. ¡Me lo merezco! Los turistas seguían posando, así que ellos al menos se salvarían.

El extraño me guiñó un ojo.

—No lo olvide: cualquier cosa, en cualquier momento.

Estaba a un paso de la baranda. No sé cómo lo hizo, ni qué pasó, pero de pronto el agua me azotó el rostro. El Danubio se alzó y golpeó el puente mientras absorbía el cuerpo que caía… o al menos eso creí. Tal vez me lo contaron los rescatistas. Yo no vi nada. Amnesia, diagnosticaron. Pérdida de memoria a corto plazo. Pero no hubo ningún lapso. Los turistas seguían divertidos en la entrada del puente. El extraño me guiñó, pulsó algo en su aparato y… el espacio lo tragó. No el agua: el espacio. El agua solo salpicó, pero tan violentamente que acabé empapada. Imposible que el cuerpo humano causara tal ola. Nadie me creyó que estaba mojada por el Danubio. Los policías dijeron que era una ilusión, aunque no supieron explicar por qué tenía el cabello húmedo. Alguien debió arrojarme agua, quizá para reanimarme cuando me desmayé del shock.

Pero yo no me desmayé. Y él… no se suicidó. Eso es un hecho.

—No veo un motivo valedero para mantenerla ingresada —dijo al día siguiente el joven médico—. Pero si prefiere que la derivemos a psiquiatría, solo dígalo.

—No, gracias.

Ni siquiera quería entrar al hospital, pero las buenas almas me obligaron. Sufrió un trauma severo, repetían. Y tenían razón, en cierto modo: mis pensamientos estaban enredados.

—No es muy habladora —comentó el médico amablemente.

—No, la verdad —le sonreí débilmente—, pero estoy bien.

Asintió.

—Le prepararé el alta. Recoja sus cosas en la sala; las enfermeras la ayudarán.

Fui a la sala de enfermería por mi bolso. Lo tomé, esperé el informe, y me iría. La pesadilla había terminado.

¿Pesadilla? ¿Por qué lo decía? ¿Porque todos lo repetían?

Estaba segura: no encontrarían ningún cuerpo. Y no porque el río lo arrastrara lejos. No. El extraño simplemente salió del juego. Game over. Pasó a otro juego.

La enfermera me entregó el bolso y mi cárdigan y se marchó. En el bolsillo del tejido ligero pesaba algo: el “móvil” que me había dado. O algo que se le parecía. Bajo unos signos extraños se leía “Gamo”. Sin marca reconocible. Pequeña pantalla, pocos botones. El modelo más simple imaginable. Instintivamente presioné el botón Menú.

La pantalla se iluminó. Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Iniciar nuevo juego? Botón izquierdo: sí. Derecho: no. ¿Nuevo juego? ¡Para mí eso no es una pregunta! ¡Nunca juego! ¿Y si ahora sí…? ¿Y si inicio una nueva partida, o reprogramo la actual, cambio las condiciones de mi vida y así evito todos los problemas…? Entonces ¿también a mí me absorbería el espacio? ¿O de pronto aparecería en otra vida? Pero no es tan fácil salir: miles de hilos, que creemos irrompibles, nos atan aquí. ¿Qué pasaría con los demás participantes del juego, es decir, de mi vida? ¿Serán simples programas, accesorios? Si salgo, ¿desaparecerán, se transformarán? ¿O también son jugadores, y vamos modificando las partidas de los otros? Al fin y al cabo, éramos varios en el puente cuando el extraño desapareció –o, como dijo él, pasó a otro juego– y ni los turistas ni yo sufrimos daño… salvo que mis ideas quedaron hechas un nudo, y tambaleó toda mi noción de la realidad.

El extraño me había dicho que él todavía jugaba conscientemente. Y que yo podía recordar… ¿Iniciar nuevo juego? ¡De ninguna manera! Si elijo “no”, será “no”, y punto.

Presioné: NO

—¿Continuar partida anterior?

¡Esa no es mi partida! ¡Ni hablar de continuarla!

NO

—¿Iniciar nuevo juego?

¡Maldita sea! A alguna pregunta hay que responder “sí”… Pero ¿a cuál? Si no comienzo una nueva, continuaré la vieja…

¡No y no! ¡No juego, y se acabó! Nunca, jamás, en mi vida había hecho algo semejante, pero entonces… ¡Arrojé basura por la ventana! Desde el segundo piso del hospital lancé el “móvil”. Ojalá se haya hecho añicos. Y sin embargo, al deshacerme de él, en lugar de alivio sentí una punzada, un eco que latía dentro del cráneo. ¿Realmente no juego?

Desde entonces sueño a menudo que la diminuta pantalla parpadea ante mis ojos con la pregunta: ¿Iniciar nuevo juego? Sí – No.

Y ni siquiera en sueños me atrevo a decidir…


Título original: Game over

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman


Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódjaVirokalipszisIdiótazásAz elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.


miércoles, 29 de mayo de 2024

EL ÚLTIMO HOMBRE

Lídia Fedina

 

Dios estaba sentado en la cima de la montaña. A su alrededor flores se abrían, y el cielo era azul sobre él. Dios habló consigo mismo, ya que estaba solo.

—Así fue desde el principio, ya que estaba solo. Creé el cielo y la tierra de mí mismo, creé el mundo. Todo lo creé de mí mismo, ya que fuera de mí no había nada. Luego creé lo infinito y lo coloqué en lo que creé, y el mundo se expandió en él, llenándolo en todas direcciones. En ese momento, pensé en crear la vida. Con innumerables caras, formé la vida a mi propia imagen, la coloqué en el mundo, y la llenó. El infinito universo se llenó de vida. En ese momento, di sentido a la vida, la doté de varios grados de conciencia, y el grado más alto de sentido lo llamé humano. Creé al hombre a mi propia imagen y semejanza. El hombre también se creó en infinitas variaciones, al igual que todo lo demás. Sin embargo, el hombre estaba solo, cada hombre en todas partes en el universo, así que le creé un compañero y, para que nunca estuviera solo nuevamente, lo doté con la capacidad de reproducirse. Esto también se expandió en lo infinito, y se crearon innumerables variaciones. El hombre se reprodujo, pero en última instancia, cada nuevo ser humano provenía de mí, porque yo soy el principio y el fin, el fundamento y la llegada. Al principio, los humanos no morían, y a medida que se reproducían, me dividí en cada uno de ellos, tanto en su forma física como en su alma, dependiendo de cómo los humanos pensaran en las diversas partes del universo. El hombre era yo, y yo era el hombre. En formas infinitamente diversas, porque quería llenar el universo. El hombre sabía de dónde venía y quién era, pero aún así quería separarse. ¿Cómo puede el agua convertirse en moléculas? Está formada por moléculas, pero solo se llama agua cuando las moléculas están juntas; si se separan en moléculas, ya no es agua. Lo mismo ocurre con el hombre. Juntos, hay vida; separados, hay destrucción. El hombre trajo la destrucción al mundo, así que creé la muerte causada por el hombre. La muerte abrió nuevas dimensiones y parecía ser una buena idea. Solo que el hombre no consideró que cada muerte de nuestros seres queridos nos llevaría un pedazo hacia el otro infinito, que se formó en el borde de la destrucción. El hombre y el reino animal se multiplicaron y se expandieron, llenando el infinito universo con sus formas infinitamente variadas. Sin embargo, cada nuevo humano surgió del antiguo, y cada muerte llevó consigo una parte del todo, que originalmente era el hombre. No duró infinitamente, y dado que todo lo que creé se expande en lo infinito, llegó el momento de la dimensión de la muerte. Llegó el momento en que el hombre ya no se multiplicó, pero la muerte los atrapó uno tras otro, hasta que solo quedó uno, uno solo, el último, que perdió todo, cada uno de sus muertos se llevó consigo un pedazo, y solo le quedó lo que él podría llevar a través de la puerta de la muerte. No hay tristeza en esto, una forma de existencia se extinguió para nutrir la vida en otro lugar, en otro infinito.

Dios se quedó en silencio y se sentó sin apuro sobre el mundo muerto, en la cima de la montaña. El cielo se volvió gris sobre él, las flores se desvanecieron. Dios sonrió. Así que llegó el tiempo del último hombre. Si él, Dios, moría, este infinito universo iba a finalizar. Había cierta emoción en Dios mientras miraba hacia adelante. Allá, en el infinito mundo de la dimensión de la muerte, todo sucedió exactamente al revés. Allí, las criaturas llegaron primero, y finalmente, el creador, aunque no es que eso hiciera una gran diferencia. Después de todo, en última instancia, todo provenía de Dios, todo lo creó de sí mismo y lo envió a través de la muerte. Era hora de cruzar y ver cómo se desarrollaron las cosas allá. Si cruzaba, todo volvería a ser uno con toda la vida que creó, porque regresaría a él. Una vez más se recargaría de fuerza y seguramente crearía algo nuevo, algo que aún no existía. Porque su tiempo es infinito, al igual que sus posibilidades y su materia. Es lo que siempre ha sido y siempre será lo que es. No hay más, pero tampoco es necesario, porque esto también es infinito. Dios se recostó en la roca congelada que era parte de la montaña, y la roca se deslizó con él en el oscuro y espacio sin aire. Miró hacia los días que se extinguían, que salpicaban el espacio que lo rodeaba, luego con un suspiro feliz, la vida estalló en él. El último hombre murió, y con él todo llegó a su fin. El infinito se contrajo a un solo punto, y a través de la puerta unidimensional del cuerpo muerto de Dios cayó al universo de la muerte para llevar lo que aún faltaba de allí. Mientras tanto, allá, el Amanecer brilló.

 

Título original: Az utolsó ember

Traducción del húngaro: Sergio Gaut vel Hartman

 

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódjaVirokalipszisIdiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

 

lunes, 29 de abril de 2024

SIGUIENDO A LOVECRAFT: LA ECUACIÓN

 Lídia Fedina


 

—Todos esos libros existen —declaró Thomas Longbottom, ante lo que su sobrino, el insolente adolescente con el rostro cubierto de acné, se rio burlonamente.

—¿El Necronomicón, los Manuscritos Pnakóticos, el Libro Negro...? ¡Vamos, tío Tom! ¿Los has visto alguna vez?

—¡No solo los he visto! —respondió el anciano desafiante.

—¿Acaso los guardas aquí? —bromeó Harry, señalando con la cabeza hacia el armario cerrado con llave, ante lo cual la mirada del hombre se oscureció—. No te creo —refunfuñó el muchacho.

Longbottom lo miró con severidad, y Harry se dio cuenta de que su necesidad de pruebas no tenía efecto en él. El anciano simplemente negó con la cabeza, y poco a poco la compasión se formó en su rostro al ver las limitadas capacidades mentales del joven. Harry, montado en su febril adolescencia, salió furioso de la biblioteca, pero por supuesto regresó al día siguiente, y el anciano erudito lo recibió, amable, y le entregó varios documentos de valor incalculable. Rollos egipcios que narraban maravillas.

Pasaron los años, durante los cuales los estudios universitarios de Harry en la Universidad de Miskatonic se mantuvo alejado de la mansión familiar. Después del primer año regresó durante las vacaciones de verano, pero entonces... hizo balance: a excepción de una visita navideña, no había vuelto a ver a su tío, que lo había criado tras la trágica y prematura muerte de sus padres. Lamentablemente, sólo la noticia de la muerte de Thomas Longbottom lo atrajo a la casa. El tío Tom había fallecido solo dos días antes en circunstancias misteriosas en su biblioteca.

—No había extraños en la casa —explicó el mayordomo—, y no encontramos rastros de que la entrada hubiera sido forzada. Fue una noche tranquila. Muy tranquila. Y luego, por la mañana... —se estremeció—, el señorito no debe haber visto nunca algo así. —La voz del anciano se desvaneció—. Era como si hubiera visto una versión deformada de sí mismo, hecha de cera. —Permaneció un momento inmóvil, parpadeando con fuerza, jadeando como si estuviera corriendo por su vida—. No suelo fantasear —se disculpó finalmente—, pero el rostro de mi amo estaba congelado en el terror... casi estaba grabado en la muerte, como si hubiera experimentado algo terrible en sus últimos instantes.

Un derrame cerebral, una muerte dolorosa... eso dijo el forense, lo cual no era sorprendente en una persona enferma como el tío de Harry, pero él sabía que no era verdad. Aunque la policía descartara la posibilidad de una intervención externa, la muerte aún parecía violenta.

Thomas Longbottom fue colocado en un ataúd cerrado para que nadie, incluido Harry, pudiera ver la expresión que ni siquiera el experimentado tanatólogo de la funeraria pudo borrar.

—Llévate lo que quieras de la biblioteca, joven señor —dijo finalmente el mayordomo con una expresión de pesar—. Los herederos, la hija del honorable señor y su yerno, no aprecian los libros.

Harry, tanto como podía en ese momento, se alegró por la oportunidad. Sabía exactamente lo que quería. Buscó los rollos y los viejos libros encuadernados en cuero con hebillas de metal que eran los tesoros más preciados del anciano erudito, y aunque tenía acceso libre a la biblioteca, solo habrían podían estudiarlos juntos; pero no encontró ninguno en su lugar.

Al principio pensó que tal vez los habían cambiado de sitio desde su ausencia, pero se equivocaba. Incluso las etiquetas del catálogo habían desaparecido. Lo que significaba que debían de estar en el armario cerrado, que supuso que era donde estaba la llave.

Si antes ardía en deseos de abrir aquel escondrijo y mirar dentro de los archivos cerrados, ahora su curiosidad y su deseo ardían como una hoguera. También había una rabia reprimida trabajando en su alma de que si el viejo hubiera permitido una búsqueda significativa de los papeles especiales, habría pasado todo su tiempo libre aquí, y tal vez le hubiera salvado la vida.

El escritorio de Thomas Longbottom tenía varios cajones ocultos, cuyo paradero Harry fue descubriendo a lo largo de los años. En el tercero encontró lo que buscaba: la llave.

El candado se abría con facilidad, era evidente que había sido engrasado recientemente, y cuando Harry desplegó las puertas del armario, en medio del crujido, oyó lo que parecía la voz del tío Tom diciéndole que no lo hiciera ¡por su propio bien!

Pero alguien tenía que hacerlo, y ese alguien iba a ser Harry Longbottom.

Sin embargo, cuando el armario mostró su contenido, la decepción que le causó fue enorme. No solo porque había nada más que cinco volúmenes esparcidos por los estantes, sino también porque ninguno de ellos parecía interesante. Los pergaminos egipcios, los folios secretos de antiguas civilizaciones muy avanzadas, los manuscritos medievales sobre seres extraterrestres y los pesados libros sobre el horror cósmico habían desaparecido. Puesto que el tío Tom no los había vendido –de esto estaba seguro–, debían haber sido robados, quizá la noche antes de morir, o entregados a alguna biblioteca bien custodiada, aunque evidentemente no la de Miskatonic; Harry lo habría sabido.

Se detuvo frente al armario, y con una amargura que espumaba en su corazón, pensó que esta última teoría podía ser cierta, ya que el viejo candado había sido engrasado...

Pero si el tío Tom, sintiendo acercarse su muerte, quería mantener a salvo sus libros más preciados, ¡por qué no confiaba en él, que, en su propia opinión, era un buen colaborador para descifrar el significado de los viejos textos!

Thomas Longbottom no parecía haber considerado a Harry digno de tal honor. El contenido del armario debía haber sido trasladado a algún destino desconocido...

Esos pocos libros aparentemente ordinarios eran todo lo que quedaba, y finalmente tomó el que estaba protegido por una cerradura cuya llave había sido pegada al fondo del armario, imperceptible a primera vista. Solo la precisión de su oficio de químico le había llevado a encontrar esta llave, lo que había despertado su interés: ¡podría encontrar algo aquí! Emocionado, la abrió y pasó las páginas, pero de nuevo, ¡decepción! Una sola frase en cientos de páginas en blanco:

Cada uno cumple con su deber en el mundo, y el que está destinado a ello, sirve para destruir.

¡Qué banal!

Le llevó unos momentos darse cuenta de que tal vez algún procedimiento, que para él no debería ser un problema, podría hacer legible el resto del texto, cuando inesperadamente comenzó a formarse una sombra en la primera página en blanco. ¡Era tan simple! ¡El oxígeno fresco del aire traía lo escrito a la luz!

Harry sonrió irónicamente, pero en lugar de texto, una figura comenzó a tomar forma frente a él. Un esbozo, una ilustración o un mapa.

¡No era un mapa, por mucho que hubiera sido emocionante! Una ecuación química, cuyo resultado era una fórmula. Harry la miró sorprendido, y como si una luz etérea se encendiera en su mente, comenzó a entender. ¡Esto... esta es la ecuación de la muerte! No era el veneno orgánico o inorgánico, o la radiación destructiva, ¡sino la muerte misma! Si la reacción que describía, que era válida para toda vida humana, también se podía hacer al revés, entonces tenías la fórmula de la vida eterna.

Harry pensó que enloquecería de emoción. Lo tenía todo. ¡Simplemente todo estaba aquí en esta ecuación! Tal vez...

Quizás ni siquiera necesitaba preocuparse por cómo revertir la reacción, también estaba en el libro... y no, no solo la vida eterna, ¡sino también la ecuación de la creación de todo el universo!

Pasó las páginas. ¡Sí! Otra figura comenzó a formarse frente a él.

Pero las formas que aparecían no eran letras y signos matemáticos. De las líneas y sombras comenzó a surgir un rostro, que rápidamente llenó el marco del libro como un espíritu que escapa de una botella, a una velocidad aterradora.

Después de todo, según el tío Tom, todos los libros mencionados en las historias de terror existen. Y los textos escritos tienen más poder que todas las armas del mundo, ¡porque todo se decide en la mente!

El rostro superó las páginas. Harry quería huir, pero sintió que la sangre se helaba en sus venas. No era una coincidencia que apareciera la ecuación de la muerte ante él, porque esta era la identidad misma de la muerte, la personificación del anhelo insaciable de destrucción.

Intentó cerrar el libro y girar la llave en la cerradura, pero ya era demasiado tarde, el horror se había liberado, lo había dejado escapar...

Un grito horrendo resonó por toda la casa.

Los rasgos del muerto se suavizaron en el ataúd cerrado, y el anciano mayordomo dejó la tetera con una sonrisa satisfecha… cuando una formidable explosión convirtió todo en polvo y humo, y aquellos restos se elevaron en una extraña y aterradora bruma que ascendió hacia el cielo gris surcado de nubes inmundas.

 

Título original: Lovecraft nyomában­: Az egyenlet

Traducción del húngaro: Sergio Gaut vel Hartman

 

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódjaVirokalipszisIdiótazásAz elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis.

 

 

EL BESO DE LA DRÍADA