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domingo, 26 de julio de 2026

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS

Lídia Fedina

 

Llovía a cántaros sobre el pueblo. La niebla avanzaba lenta pero imparable desde el cauce del arroyo cercano. Háfiz apresuró el paso. El viento le traía desde la iglesia el sonido del canto. El oficio del Viernes Santo estaba a punto de terminar y, después, la oscuridad tomaría el dominio del mundo.

Háfiz empujó la puerta. Su hijo, Chris, apenas logró apartarse de un salto. Estaba espiando hacia afuera y gritó aterrorizado cuando su padre apareció de repente.

—¿Qué pasa? —Háfiz alzó al niño en brazos—. ¿De qué tienes miedo?

—¡Está ahí, afuera, en la niebla! —gimió el pequeño, aferrándose al ancho pecho de su padre—. ¡Va a atrapar a mamá!

Hilda, la abuela, se acercó apresuradamente.

—¡Quiere salir a toda costa! —se quejó ante Háfiz.

—El oficio ya termina —le explicó el hombre al niño—, entonces mamá volverá a casa. Todo estará bien.

Chris negó con la cabeza y casi se enterró en el pecho de su padre.

—Ven, acuéstate.

Háfiz llevó al niño hasta su cama.

—Somos musulmanes, esta no es nuestra festividad… —explicó.

—Es la de los cristianos —intervino Hilda, entrando tras ellos en la habitación—. Tu madre es cristiana. Recuerdan a Jesús, el gran profeta.

—Al que mataron… —murmuró el niño.

—Sí —rio Hilda con una risa falsa—. Esta noche recordamos su muerte. Eres listo, te acuerdas bien.

—¿Por qué hay que contarle estas cosas? —gruñó Háfiz.

—Porque todo el mundo debe saberlo —respondió Hilda, con el rostro ensombrecido—. Incluso está en el credo cristiano: “fue crucificado, murió y fue sepultado. Descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos…”. Pero mientras estuvo en el infierno, la frontera entre la tierra y el infierno se borró. ¡Los espíritus malignos subieron a la tierra!

Chris se subió la manta hasta cubrirse la cara.

—¡Están ahí afuera! —gimió.

—¡No digas tonterías! —gruñó el padre, lanzando una mirada airada a su madre. Como buen musulmán, ¡no debería creer en semejantes supersticiones! Su esposa, Anna, se limitaba a practicar su religión, iba a la iglesia como correspondía, pero no decía esas cosas, y menos aún delante de un niño de seis años.

—Tranquilo, hijo mío —le acarició la frente sudorosa—. No pasa nada. Son historias antiguas. Hoy ya nadie anda por ahí fuera. Al profeta lo mataron hace dos mil años, eso fue hace muchísimo tiempo. Lo recordamos con respeto todos los años, pero lo que ocurrió una vez no vuelve a repetirse. ¡Nunca más!

—¿Nunca más? —preguntó el niño con esperanza.

—Trae un poco de leche caliente —le indicó Háfiz a su madre con un gesto de la cabeza; ella salió en silencio.

—Canta, papá… —suplicó el pequeño, y el hombre empezó a cantar suavemente con su hermosa y plena voz de barítono. La canción hablaba de las estrellas, del canto del ruiseñor, de todo lo bello y bueno que hay en el mundo. El niño se quedó dormido cuando la abuela regresó con la leche tibia y tranquilizadora.

—Déjalo… —dijo Háfiz, y se acercó a la ventana. Corrió la cortina para que la visión de la niebla arremolinada afuera no perturbara la calma tan difícilmente conseguida del niño.

Salieron de la habitación y, ya en la cocina, Háfiz miró con severidad a su madre.

—¡Es demasiado pequeño para estas cosas!

—¡Precisamente por eso hay que prepararlo! ¡Los inocentes son los que corren mayor peligro! —se justificó Hilda, y enseguida cambió de tema—. ¿No vas a salir a buscar a Anna?

—¡Vamos! —gruñó molesto el hombre—. Sabrá volver a casa.

Para no ofender a su madre en su enfado, se retiró al dormitorio.

Hilda lo miró irse con un suspiro y luego, ¿qué otra cosa podía hacer?, se sentó y bebió despacio la leche que había preparado para Chris. Tal vez Háfiz tenga razón. Tal vez sea solo la niebla…

Chris dormía inquieto, con un sueño ligero. Se despertó de inmediato cuando lo alcanzó la ráfaga fría. La cortina opaca bailaba una danza loca en la corriente de aire, mientras la ventana se abría cada vez más…

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

martes, 9 de junio de 2026

HISTORIAS

Lídia Fedina

 

A la clara luz del amanecer, la gota de rocío rodó hacia el borde de la hoja con diminutas vibraciones... Cuando llegó, se detuvo un instante, pero la gravedad no la dejó quedarse allí. Su centro de gravedad se desplazó lentamente hasta que cayó sobre la flor. Se deslizó por uno de los pétalos, dejando una pequeña parte de sí misma en cada uno de sus finos vellos, y para cuando llegó al tallo ya había desaparecido...

Tras su paso, el pétalo blanco brilló con una fresca humedad, y la flor ya había abierto su cáliz hacia la luz. Los estambres amarillos, como brazos extendidos en señal de bienvenida, se alzaban hacia el sol... En la base del pistilo, dulces gotas de néctar enviaban mensajes a los insectos a través de sus nubes de fragancia.

Pero la sombra que se interpuso entre la flor y la luz era más grande y profunda de lo que el pistilo había esperado. La sombra, a medida que avanzaba, se volvía cada vez más oscura, hasta que llegó muy cerca y el pequeño milagro dejó de existir: yacía aplastado bajo la suela de un zapato.

Y el hombre ni siquiera lo notó, y siguió caminando...

John cerró el libro con gesto de insatisfacción. Algunos de los cuentos lo habían entretenido, pero este...

En realidad trataba sobre la vida. La muerte y la destrucción forman parte de la vida, cuando algo más pequeño cae víctima de algo más grande y fuerte... ¡pero nadie puede vigilar cada brizna de hierba! Después de todo, ¡no puede volar!

No había nadie en la playa; las olas rodaban suavemente sobre la arena, el sol estaba a punto de hundirse en el horizonte y pequeñas franjas de nubes azul tinta, bordeadas de violeta, atravesaban su luz.

Nadará una vez más y después... ¡Esta noche le pedirá matrimonio a Lilian! Lleva dos semanas posponiéndolo, aunque ella prácticamente ya ha dicho que sí. Solo tiene que entregarle el anillo de la manera habitual.

—¿Quieres casarte conmigo?

Y Lilian responderá:

—¡Oh, sí!

Sin embargo, el estómago se le encoge cada vez que piensa en ese momento. Tal vez no debería darle tantas vueltas.

Dejó el libro sobre la arena, se puso de pie, se estiró y corrió hacia el agua. El ejercicio le sentó bien; era agradable sentir los músculos en movimiento. Las olas acariciaban sus tobillos con una tibieza agradable y, tras unos pocos pasos, el suelo desapareció bajo sus pies.

Allí la profundidad aumentaba bruscamente, razón por la cual los surfistas y las familias no solían frecuentar ese tramo de playa. Más arriba, hacia la ciudad, la pendiente era mucho más suave y había que caminar unos veinte metros para que el agua llegara al pecho.

Precisamente por eso John iba allí. Había menos gente y casi podía considerarla su playa privada.

¡Hoy le pedirá matrimonio a Lilian!

Cortaba las olas con facilidad. El tiempo era magnífico y el mar estaba maravillosamente tranquilo. Pequeñas ondulaciones se formaban a su alrededor y él se sentía el rey del océano.

El ataque lo tomó completamente por sorpresa.

Al principio ni siquiera comprendió qué estaba ocurriendo. Su atacante era tan grande y fuerte que no pudo hacer nada.

El gran tiburón blanco, el verdadero rey del océano, lo atrapó a la altura de la cintura y le arrancó una pierna.

John no sintió dolor. Tampoco sintió miedo, porque no comprendía lo que estaba sucediendo.

Intentó seguir nadando. El agua a su alrededor se volvió roja, adquirió un sabor dulzón y el dolor llegó finalmente a su conciencia con una pulsación enloquecedora.

El estridente sonido del teléfono hizo que Martha se sobresaltara y gritara.

¡Justo cuando estaba llegando a la parte más emocionante sonó aquella maldita cosa!

Martha empujó rápidamente el cajón donde guardaba el libro. Al hacerlo vio que Juliane, en el puesto de trabajo vecino, le lanzaba una mirada de reproche. Estaba hablando con un cliente, que esperaba no hubiera oído el grito.

Martha se sacudió para liberarse del efecto de la lectura y contestó la llamada.

—MGX Aritmax. Habla Martha Hay. ¿En qué puedo ayudarle?

—¡Hola, Martha! Soy Nora.

—¿Tú...? —se sorprendió Martha.

En un centro de atención al cliente donde trabajaban veinte personas al mismo tiempo, las probabilidades de que el sistema conectara la llamada precisamente con ella eran de apenas un cinco por ciento.

—No pude localizarte en el móvil. Le pedí a uno de tus compañeros que transfiriera la llamada a tu puesto.

—No puedo usar el móvil durante el horario de trabajo. Lo dejo en mi taquilla —respondió Martha con un leve tono de reproche, pues Nora debería saberlo, aunque al mismo tiempo admiraba la astucia de su hermana.

—Me dijiste que te llamara si ocurría algo...

Martha sintió un mareo. Si hubiera estado de pie, tal vez se habría caído. Tuvo que sujetarse al escritorio.

A Nora le costaba claramente decir aquello por lo que llamaba.

—Vi a Paul con esa mujer —comenzó.

Y una vez que logró arrancar, las palabras salieron sin freno.

—Los encontré justo delante del cine de Queens Gate. Estaban sentados tomados de la mano. O esperaban una función o simplemente se habían sentado un rato... Aunque creo que era lo primero, porque Paul no es tan tacaño como para no llevar a una mujer a una cafetería...

Siguió hablando y hablando, explicando con todo detalle cómo se había ocultado entre la multitud para que no la vieran.

Martha escuchaba con el corazón helado, pero estaba tan inundada de amargura que ni siquiera prestaba atención a los detalles.

Dos semanas antes, Paul había confesado la aventura después de que ella encontrara en uno de sus bolsillos el recibo de un perfume.

Había jurado por todo lo sagrado que aquello ya había terminado, que solo había sido una aventura pasajera.

Pero si uno está sentado en el vestíbulo de un cine, tomado de la mano con alguien, eso no es una aventura pasajera.

Eso es amor.

Martha sintió que su mundo se derrumbaba y no sabía qué hacer.

Es tan fácil construir teorías.

Y tan fácil creer lo que dice otra persona cuando uno desea creerlo...

Lilian dejó el libro a un lado y se quedó pensativa.

La historia resultaba muy convincente.

La gente realmente es así.

Cree con facilidad cualquier cosa que provenga de alguien a quien considera irreprochable.

En la novela, Martha confía en Nora, aunque ya hubo una escena en la que ambas discutieron.

¿Y si todo el episodio del cine fuera una invención para separar al matrimonio?

Lilian avanzó unas páginas y, mientras buscaba una respuesta a su hipótesis, se dio cuenta con una sonrisa de que una vez más estaba leyendo el final antes de tiempo.

John se reiría de ella y le diría que se limitara a leer libros de cuentos, y mejor aún si eran cuentos cortos.

Pero ¿qué tiene de malo conocer el final?

También es agradable seguir el desarrollo de la historia o de las historias mientras el autor avanza hacia el desenlace.

Sabemos cómo terminan los libros que releemos y aun así disfrutamos de ellos.

Tal vez incluso más que la primera vez, porque advertimos muchas cosas que antes nos habían pasado inadvertidas...

Miró el reloj. El tiempo había pasado volando. Esa noche cenarían en la Terraza Luz de Luna del hotel. John había reservado una mesa allí.

—Solo para picar algo —había dicho entre risas.

Seguramente quería entregarle el anillo que llevaba semanas ocultándole, aunque siempre lo tenía consigo, esperando el momento adecuado. Le quedaba media hora para vestirse, y debía hacerlo como corresponde a una futura prometida.

Pero ¿dónde estaba John? ¡Ya debería haber regresado al hotel! No podía haberse quedado tan absorto leyendo que olvidara volver de la playa. Era la última noche de las vacaciones y, si esa noche también dejaba pasar la oportunidad, entonces sería Lilian quien le pediría matrimonio a él.

¡Sería una propuesta al revés!

Riendo, colocó el marcador en cualquier parte del libro porque ya no recordaba por qué página iba. Pero eso no importaba. Acababa de descubrir la verdad. ¡Nora era la intrigante! Iba a vestirse.

John podía aparecer en cualquier momento...

Qué bien se sentía Ricsi al poder respirar libremente otra vez. Aquel maldito coronavirus no solo lo había debilitado con la fiebre, sino que además le había dado la sensación de llevar un saco pesadísimo sobre el pecho... ¡Maldita neumonía! Ni siquiera tenía ganas de leer. Cuando uno lucha por respirar, no le interesan ni las historias más emocionantes de amor, tiburones, infidelidades, árboles, flores o cualquier otra cosa.

Ahora, sin embargo, que se sentía mejor, devoraba las páginas y comenzaba a disfrutar de la estructura tan poco convencional de aquella novela. Estaba tan absorto que se olvidó del café. Se había enfriado por completo. Dejó el libro sobre la mesa y fue a la cocina para prepararse una taza nueva. Mientras sacaba una taza del armario, un pensamiento extraño se encendió en su mente: ¿Y si él tampoco existiera realmente?

¿Y si alguien simplemente estuviera leyendo acerca de él?

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

 

 

miércoles, 1 de abril de 2026

SOLO PALABRAS

Lídia Fedina

 

8 de enero de 2098. Entre las 11:42 y las 15:24

 Lorna D. Pool:

—¿Hay alguien ahí?

 Daisy Hamilton:

—¿Dónde estabas? ¡¿Por qué escribes recién ahora?!

 Lorna D. Pool:

—No se podía, hasta que no estuvo listo el blindaje.

 Mike Storm:

—¿Se mudaron?

 Lorna D. Pool:

—Tuvimos que hacerlo.

 Daisy Hamilton:

—¡Creí que los habían atrapado!

 Lorna D. Pool:

—No, pero papá dice que la red de impulsos tampoco es segura desde que no hay conexión de video.

 Daisy Hamilton:

—¡Como si no se pudieran falsificar las imágenes!

 Mike Storm:

—Las imágenes en movimiento son difíciles de falsificar. Hace falta equipo serio para eso.

 Daisy Hamilton:

—¡La mayoría de ellos ni siquiera sabe escribir! Con patas, garras…

 Lorna D. Pool:

—A mis dos hermanos mayores los atraparon durante la mudanza. Pero al final los abatimos a todos.

 Mike Storm:

—¡Santos genes! ¿Están en un campo de refugiados?

 Lorna D. Pool:

—No. Papá dice que a los grupos grandes los encuentran más fácilmente.

 Mike Storm:

—Según el comandante, juntos tenemos más posibilidades.

 Lorna D. Pool:

—Y también somos un blanco más grande.

 Mike Storm:

—Puede que tengan razón. Este ya es el tercer escondite en el que nos ocultamos, pero siempre nos encuentran. El olfato de los cuadrúpedos escamosos es increíble. Además, el sol y el viento no les afectan, y casi no necesitan dormir. Siguen los rastros día y noche. ¡El comandante dice que salieron realmente bien!

 Lorna D. Pool:

—Nosotros teníamos un lugar seguro.

 Mike Storm:

—Entonces ¿por qué no se quedaron allí?

 Mike Storm:

—¿Daisy? ¿Sigues ahí?

 Lorna D. Pool:

—No responde…

 Mike Storm:

—¡Si alguien se desconecta sin mensaje de salida, no es buena señal!

 Lorna D. Pool:

—¿Por qué se desconectaría? ¿Verdad, Daisy?

 Mike Storm:

—¿Daisy? ¡No bromees!

 Daisy Hamilton:

—Estoy disfrutando su pequeño diálogo. Sí. Leo. Escribo. Pero no será así por mucho tiempo. No hace falta escribir. La cabeza almacena. El cerebro almacena. No humano antiguo atrofiado. ¡Nueva especie humana! ¿Dónde están, niños? Si lo dicen, todo termina antes, y prometo que será rápido, como amiga.

 Lorna D. Pool:

—¿Qué pasa?

 Mike Storm:

—Me desconecto. Daisy ya no está. Es uno de los cerebrales. ¡Huye!

 Daisy Hamilton:

—¿Adónde, Mike? Estamos en todas partes. Ustedes nos crearon a partir de ustedes mismos. Ustedes nos hicieron. Ustedes son el pasado. ¡Nosotros el futuro! ¡Ustedes querían este futuro! ¿Llega el cambio climático? Que haya supervivencia. ¡Eso aprendiste!

 Lorna D. Pool:

—¿Quién eres?

 Daisy Hamilton:

—No Daisy. Ella fue aprovechada. Alimento para los escamosos. Buen final, útil.

 Lorna D. Pool:

—¡¿Se comieron a Daisy?! ¡¿A un ser humano?!

 Daisy Hamilton:

—Me gustas tú. Tienes valor. Lástima que también te comerán. No yo. Yo no como humano antiguo. Pero ellos son muchos, nueva humanidad come cualquier cosa. Solo no su propia especie. Nosotros somos nuestra especie. Tú no.

 Lorna D. Pool:

—¡Son monstruos!

 Daisy Hamilton:

—¿Monstruo? Todo tiene un precio. La supervivencia también. El objetivo es la conservación de la especie.

 Lorna D. Pool:

—¡Todo tiene un precio! ¡Así se dice! ¡Ni siquiera sabes hablar y aun así te crees superior!

 Daisy Hamilton:

—Dije: me gustas. Valiente. No como Mike. Él cobarde. Huye. El habla es cosa pasada. Nosotros comunicamos más avanzado. Comunicamos pensamiento con pensamiento. Así mensaje exacto. Palabra mala. Habla tonta, vieja. Primitiva.

 Lorna D. Pool:

—¡El habla es lo que distingue al ser humano de los animales! ¡Y la palabra escrita!

 Daisy Hamilton:

—Quien no puede entender pensamiento, enviar pensamiento: comunicar, queda solo sonido y señales. Como animal. También hay así entre nosotros algunas subespecies. Primitivas. Pero mejoramos. Ellos también comunicarán pensamiento. Solo necesita pequeña intervención en genética. Método existe. Ustedes desarrollaron, nosotros perfeccionamos.

 Lorna D. Pool:

—¡Sé que nosotros los creamos! ¡Pero fue un error, no se convirtieron en humanos!

 Daisy Hamilton:

—Nos volvimos mejores. El humano antiguo casi alcanzó el objetivo. Dirección correcta, solo falta corregir. No hace falta sentimentalismo humano antiguo. No hace falta adoración al dinero, hambre de poder, hipocresía.

 Lorna D. Pool:

—¡Los hipócritas son ustedes! ¡Nos exterminan, a sus propios antepasados! Es como si yo matara a mis padres. Pero eso no lo entiendes, ¿verdad? ¿O no quieres entenderlo?

 Daisy Hamilton:

—No empezamos nosotros, niña. Humano antiguo vio que nosotros resistimos tormenta, resistimos radiación. Nosotros sobrevivimos cambio climático. Ustedes mueren. Ustedes se asustaron de lo mejores que somos. Ustedes quisieron primero matarnos, a su propia creación.

 Lorna D. Pool:

—¡Porque no tienen ni moral ni decencia!

 Daisy Hamilton:

—¿Quién dijo eso? ¿Tu papá? ¿Tu mamá? ¿Qué es moral? ¿Destruir todo, matarse entre ustedes? ¿Hacer guerra? Conozco historia. ¿Matar a otro, quitarle bienes? ¿Eso moral? Nosotros no matamos nuestra especie. Nuevo humano no mata nuevo humano: eso moral. Nosotros sobrevivimos y humanidad será mejor. Mucho mejor. Como ustedes quisieron.

 Lorna D. Pool:

—¡Nosotros no queríamos esto! ¡Ustedes nos matan y nos comen!

 Daisy Hamilton:

—Solo escamosos y habitantes subterráneos comen. Es útil. Muchos cuerpos muertos, mucha infección. No bueno. Mucha carne desperdiciada, no bueno. ¿Animal, planta comer es mejor según tú, eso moral?

 Lorna D. Pool:

—Hay que comer.

 Daisy Hamilton:

—Yo también digo eso. ¿Dónde se esconden, niños? Si dicen, menos miedo. Termina antes.

 Lorna D. Pool:

—¿Qué te crees, quimera? ¡No lo diré!

 Daisy Hamilton:

—No importa. Encontraremos. “Quimera” palabra mejor que “monstruo”. Ves, empiezas a entender.

 Lorna D. Pool:

—¡Es lo mismo! ¡Son monstruos ensamblados!

 Daisy Hamilton:

—Más o menos cierto, pero no formulación exacta. Somos mezcla de genoma terrestre. De cada animal ponemos lo mejor en genoma humano. Lo mejor para cada propósito. Muchas subespecies: aladas, escamosas, con branquias y otras. Diversidad asegura que alguien sobreviva. Y mejora: no doble, sino cuádruple hélice de ADN. Para usar siempre segmento bueno. Eso genética. Nosotros guiamos nueva humanidad, nosotros cerebrales.

 Lorna D. Pool:

—¡Eres el mismo monstruo que los demás!

 Daisy Hamilton:

—Error. Cerebrales distintos. Te explico. Tal vez sabes: en genoma humano muchas partes no funcionan. Cuando humano antiguo creó cerebrales, activó secciones inactivas, no necesitó insertar genes animales. Bastó genoma humano. Nosotros sabemos mucho. Más que humano antiguo. Ese era objetivo: usar más cerebro.

 Lorna D. Pool:

—Si son tan inteligentes, ¿por qué no pueden hacer la paz con nosotros? ¿Por qué tienen que exterminarnos?

 Daisy Hamilton:

—Ustedes igual se extinguen. Como dinosaurios y otros. Humano antiguo agresivo, quiere solo él vivir. No se puede negociar. Miente, engaña. Intento inútil. Cambio climático ocupa toda energía. Se preparan viviendas subterráneas por tormentas. Viviendas submarinas. Para eso energía necesaria. Muchas especies mueren en Tierra. Nosotros llevamos bajo tierra lo que puede, mientras cambio ocurre. Allí producimos alimento, obtenemos energía… hace falta muchas ideas. Humano antiguo obstáculo.

 Lorna D. Pool:

—¡Claro! ¡Solo nosotros somos los culpables!

 Daisy Hamilton:

—No entiendes, niña. Digo distinto: humano antiguo es enfermedad, mayor problema del planeta. Debe extinguirse. La vida es lo importante. No qué forma vive. Pero una idea encuentra camino para la vida. Nació nueva humanidad. Esta continúa. Tal vez entiendas, tal vez no. Pero ya no escribo. Hemos localizado tu posición. Vamos por ti.

 Lorna D. Pool:

—¿Me localizaste? ¿De verdad? Nos subestimas, aunque admites que nuestra idea fue brillante. ¡Ustedes sobrevivirán porque nosotros así lo quisimos!

 Lorna D. Pool:

—¿No respondes? ¡Buena suerte con el repetidor! ¡Nunca nos encontrarás! ¡Nunca! ¡Estamos allá arriba, idiota!

 Daisy Hamilton:

—¿Allá arriba dónde? ¿En montaña?

 Lorna D. Pool:

—¡No seas tan limitado! Claro, así los diseñamos. Me desconecto. Para siempre.

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

martes, 20 de enero de 2026

DESTINO

Lídia Fedina

 

—¡Dame mi dinero! —bramó Csák al entrar en la habitación del edificio en ruinas donde Piti se había instalado, desafiando todo riesgo de derrumbe. Era un tipo grande, musculoso, un auténtico cabeza hueca de gimnasio, con una buena dosis de astucia primitiva que lo había convertido en el rey del barrio.

—No, hombre, por favor —gimió Piti, temblando por las drogas, reducido a piel y huesos. No hacía tanto tiempo se llamaba Pitman, pero ahora su nombre había quedado en Piti—. Todavía es lunes, te dije que el miércoles puedo pagarte, ¡joder!

—¡No me insultes! —gruñó Csák, mientras miraba alrededor para ver qué podía confiscar como interés, porque el dinero se lo iba a cobrar a ese lagarto pasara lo que pasara. Pero no había nada: solo un colchón mugriento, una manta y una bolsa con el logo de Nike, sorprendentemente nueva.

—¡Tráela! —le ordenó Csák a su acompañante, Gilisztás, cuyo apodo era mejor no investigar.

—Me la dieron hace una semana en el albergue —se justificó Piti—. No hay nada dentro, jo… —se tragó el insulto, que para él era tan natural como respirar, porque sabía muy bien que Csák golpeaba tras la primera advertencia.

—¿Qué hay dentro? —preguntó Csák, justo cuando Gilisztás volcaba el contenido de la bolsa en el suelo.

—No, por favor, jo… —ladró Piti, y Csák, que no consideraba eso una forma correcta de “traer”, resopló con disgusto y removió los objetos con el pie, ya que había oído claramente algo golpear el suelo.

—¿Y esto qué es? —Csák se inclinó para recoger una caja negra, más o menos del tamaño de un teléfono inteligente, con un solo botón cubierto por una tapa de seguridad. La abrió: apareció un botón rojo y una inscripción. Entrecerrando los ojos, leyó—. ¿Reset…?

—Borrado, volver al estado inicial —dijo Piti con rigidez, y luego, con una idea repentina, añadió—. Te devuelve al pasado.

—¡La madre que…! —se maravilló Gilisztás, pero Csák resopló como un motor al que le suben las revoluciones.

—¡No te burles de mí! ¿De dónde sacaría un perdedor —torció la boca con desprecio— un cacharro tan tecnológico?

—De un vagabundo. Dijo que le debía todo a eso.

—¿Que vagabundo…? —se rio Gilisztás.

—Dijo que era peligroso —explicó Piti, pero Csák lo interrumpió:

—Supongamos que me tienes más miedo a mí que ganas de mentir —lo miró con dureza—. ¡Supongámoslo! Pero aquí solo hay un botón. ¿Cómo sé a dónde voy, eh?

—Hay que pensarlo. Solo puedes volver a un lugar que seas capaz de imaginar, algo que ya haya ocurrido —balbuceó Piti con rapidez, y añadió—. Te lo doy si saldamos la deuda de veinte mil, ¿de acuerdo?

—¡La lotería! ¡Vuelve a antes del sorteo! —propuso Gilisztás, iluminado de repente.

Csák soltó una carcajada codiciosa.

—¡Vale, merece la pena probarlo! ¿Sabemos qué números salieron?

—Un momento… —Gilisztás rebuscó en el bolsillo y sacó un boleto arrugado—. Llévate esto. He apuntado el número ganador. ¡Vuelve al sábado por la mañana!

—¡No me digas lo que tengo que hacer! —lo cortó Csák—. ¿Y cómo regreso? —preguntó a Piti.

—Con el tiempo. Esta cosa solo funciona hacia atrás, jo… —Piti consiguió tragarse el insulto—. Si eres millonario, ¿qué más te da esperar unos días?

Csák volvió a reír.

—¡Está bien! ¡Si funciona, lo compro por veinte mil!

Gilisztás rio satisfecho con él, y Piti se encogió de hombros en señal de acuerdo.

—Imagina el lugar donde quieres llegar —aconsejó a Csák—. Un sitio tranquilo donde estuvieras el sábado por la mañana. Allí ocupas el lugar de tu yo anterior… —de pronto hablaba como antes de las drogas, como cuando enseñaba a sus alumnos. Cuando aún tenía familia y trabajo. Cuando todavía no insultaba.

Csák sabía perfectamente dónde había estado el sábado por la mañana, pero no quería cambiar eso. En casa de Bögyös Maricsuj. Aunque después se había tomado un trago en el Kiskapás. En la escalera, al salir de casa de Maricsuj, no se había cruzado con nadie. Eso serviría.

En cuanto lo decidió, pulsó el botón. Perdió el equilibrio al instante. Intentó apoyarse en la pared, pero todo ocurrió tan de repente que no logró sostenerse y rodó por las escaleras. Se detuvo en el rellano entre fuertes gemidos; le dolía todo el cuerpo y se había raspado una mano hasta hacerla sangrar contra la pared durante la caída. Sacó un pañuelo de papel para presionar la herida. Al mismo tiempo, extrajo del bolsillo un papel arrugado. No era dinero; le pareció un boleto de lotería caducado y ni siquiera se agachó a recogerlo. Siguió bajando. Ya era hora de pasar por el Kiskapás.

Piti y Gilisztás se miraron sorprendidos cuando Csák desapareció de entre ellos. Piti nunca había visto cómo era cuando otro usaba la caja, que ahora yacía en el suelo entre ambos. Sí, así funcionaba: el aparato siempre lo esperaba donde se había usado por última vez, como si existiera fuera del tiempo.

—¿Y tú por qué no cambiaste tu vida? —Gilisztás señaló la caja con la barbilla—. ¡Podrías ser el rey!

—Lo intenté —Piti negó con la cabeza, resignado—. ¡No puedes cambiar tu destino desde afuera! Borra, reinicia. Vuelves atrás sin recordar nada… Recorrí el mismo camino una y otra vez.

—¡Vete al diablo! —la desconfianza despertó de golpe en Gilisztás—. ¡Estás mintiendo! Si borra todo, ¿cómo sabes qué es este aparato?

—Hay dos maneras. No vuelves a un momento anterior a cuando lo conseguiste. O te dejas un aviso en él. Por ejemplo, que no sirve de nada usarlo.

—¡La puta vida! ¡Eso es hacer trampa! —gritó Gilisztás, y de pronto, furioso, agarró la caja y la estrelló contra el suelo, luego la pisoteó. Muchas veces. Con rabia asesina.

Al principio Piti miró aterrorizado cómo el dispositivo se hacía pedazos, pero poco a poco su mirada se llenó de resignación.

—Al final, sí que eres el más listo de los tres, Gilisztás —rio—. ¡El que inventó esta cosa debía de ser un bromista increíble!

En ese momento los alcanzó la ola temporal. Era sábado por la mañana. Piti sacó el relé temporal de la bolsa Nike y leyó la nota que tenía sujeta con una goma elástica. Algo parecido a un recuerdo tembló en su mente, en la densa niebla de lo irreconocible, relacionado con Gilisztás. Volvió a meter la caja entre sus cosas y se le ocurrió que, en lugar de usarla, podría intentar venderla. Completaría la nota que se había escrito a sí mismo antes del primer intento con una indicación: vender el aparato… Si tenía suerte, regresaría a él incluso si no lo usaba personalmente. Entonces podría venderlo varias veces… Y si eso no funcionaba, aun así valdría la pena venderlo una vez. Tal vez precisamente a Csák, porque seguro que vendría a cobrar su dinero incluso antes de que venciera el plazo.

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódja, Virokalipszis, Idiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

 

martes, 11 de noviembre de 2025

GAME OVER

Lídia Fedina

 

Estaba allí, junto a la baranda del Puente de las Cadenas, admirando la vista del Castillo iluminado. Sentí un escalofrío. Había algo extraño en su postura… como si se preparara para hacer algo. De pronto se volvió hacia mí.

—¡Qué ciudad tan hermosa! —Lo dijo como si ya nos conociéramos—. Me alegra encontrar por fin a alguien que entiende lo que está pasando —continuó con la mayor naturalidad, acercándose un paso—. Somos pocos, ¿sabe? Y cada vez menos…

—¿Pocos? —pregunté, desconcertada.

—Claro. Antes todos lo sabían. Bueno, al menos los que tenían entendimiento. Usted sabe a qué me refiero…

¡Está loco!, pensé. Respiré hondo: la verdad, por difícil que sea de pronunciar, siempre es mejor que el completo desconcierto.

—No, no sé —le dije.

Me miró fijamente, luego soltó una carcajada.

—¡Ah, claro! Usted solo lo intuye. Precisamente de eso hablo: antes todos lo sabían. —Movió la cabeza, perdido por unos segundos en sus pensamientos. Me maldije por haber entablado conversación con un desequilibrado y estaba por marcharme cuando volvió a mirarme—. Es como un videojuego —dijo—. Pero al revés. Los videojuegos fueron copiados de esto. Podría decirse que todos juegan con esas copias, sobre todo en sus teléfonos inteligentes.

Asentí. Bien, eso al menos era comprensible: me había topado con un fanático enemigo de los smartphones.

—Perdón, pero yo… —Intenté irme, pero ya era tarde.

—Por favor, solo un minuto. Sé que lo entenderá. Lo recordará. ¡Por favor! —El miedo y la curiosidad se mezclaron en mí. ¿Recordaré…?—. Lo sabe —continuó—: Game over. Start a new game? En todos los idiomas significa “El juego ha terminado. ¿Iniciar una nueva partida?” Todos los juegos terminan así. Incluso si uno los interrumpe, siempre que salga de forma correcta, la máquina ofrece automáticamente un nuevo juego.

—Sí, claro —respondí—. No hay nada extraño en eso, sobre todo en los juegos de monedas…

—Exacto —sus ojos brillaron con un destello travieso—. Porque eso significa libertad. La libertad de elegir. Continuar o no. Repetir el mismo juego o elegir otro.

—O no jugar —añadí, porque desde mi adolescencia no jugaba ni en computadora ni en el móvil.

El desconocido se ensombreció.

—Hay que jugar. Todos juegan, aunque no lo sepan. —Al ver mi mirada escéptica, se apresuró a añadir—: No con máquinas, no me refiero a eso. Hablo de la vida. El mundo es un escenario y todos somos actores en el teatro de la vida —citó libremente Shakespeare. —El extraño sonrió—. Él sí lo sabía.

De pronto me harté de todo aquello. ¿Por qué tanto misterio? ¿Por qué me había puesto a hablar con él?

—¿Qué sabía? —pregunté con tono desafiante.

Él retrocedió.

—Perdón. Siempre olvido que usted también solo intuye la verdad. —Estaba por decirle que ya bastaba, pero levantó las manos en gesto conciliador—. Por favor, no se enoje. Le estoy realmente agradecido por haberme visto, por haberme hablado. Lo he intentado tantas veces, pero nunca logré transmitirlo… —hurgó en su bolsillo y sacó un pequeño aparato, como un teléfono móvil—. Esto. —No tuve tiempo de reaccionar antes de que sacara otro igual—. Este es mío. Pero el otro… Hace tiempo que busco a quién entregárselo. Es una especie de misión, de encargo, si quiere. Cuando lo acepté, no imaginé lo difícil que sería hallar a alguien: alguien aún consciente. Mire, tengo más de cuarenta años, y dejando de lado la infancia, llevo mucho tiempo viviendo aquí. Varias veces quise interrumpir el juego, pero siempre me detenía… no sé, la sensación de que debía quedarme hasta encontrar a alguien a quien pudiera ayudar. Alguien que aún recordara, o al menos tuviera la capacidad de hacerlo, aunque le faltara la herramienta. Así que me quedé. Pero ahora… quiero entregarlo. Quiero que lo acepte.

Antes de comprender lo que hacía, ya tenía el aparato en la mano. Lo tomé como si fuera lo más natural del mundo, aunque no entendía gran cosa de lo que me decía. En el fondo, un pensamiento brilló fugazmente.

—¿Usted no es humano?

Él estalló en carcajadas.

—¡Por Dios! No soy ningún superhéroe ni un extraterrestre. Soy tan humano como usted. Solo que yo aún juego conscientemente. La mayoría… ni siquiera sospecha que podría modificar las reglas del juego o salir. —Su voz se encendió con un entusiasmo febril—. ¿Entiende lo trágico que es? ¡Las personas creen que el destino las arrastra de horror en horror! Pero podrían reprogramar el juego en cualquier momento, o salir de él. ¡Tienen su destino en las manos! El destino solo existe para quienes ya no saben jugar. ¡Game over! ¿Lo entiende? Game over en cualquier momento, y puede comenzar un nuevo juego, ir al menú, cambiar los ajustes… ¡sería tan sencillo! Pero la mayoría ya no puede controlar su juego, porque ha olvidado la realidad. Su propia partida los devora: la creen absolutamente real. O no tienen los dispositivos adecuados. Por eso sufren enfermedades, desgracias, horrores de todo tipo. Terrible. Este aparato –me lo mostró– sirve para controlar. Es muy sencillo. Si el juego actual no le gusta… Perdón, veo que no lo entiende. Vida y juego son lo mismo, sinónimos. Creamos nuestra realidad, moldeamos nuestras circunstancias. ¡Eso es libertad ilimitada! Lo dicen todas las escrituras sagradas. Todo depende de nosotros; podemos hacer cualquier cosa, pero creemos que no podemos cambiar nuestro destino. Pensamos que la voluntad ajena nos empuja por un camino fijo. ¡No! No es así. El juego –la vida– puede reprogramarse o detenerse en cualquier momento y empezar otro. Siempre. Y si se termina uno, se inicia otro. Solo no se debe morir… Quien muere, queda fuera. Pero eso es otro asunto, parte de la existencia biológica. ¿Lo comprende ya? Es así de simple. Presiona el botón: Game over. ¿Termina el juego? Sí. Luego aparece el mensaje: Start a new game? ¿Iniciar nuevo juego? Sí, y se eligen los parámetros. ¿Está claro?

Sí, clarísimo: no tenía sentido alguno. ¿Qué quería de mí? ¿Matarme?

El miedo me recorrió la espalda como hielo. Miré alrededor: del lado de Pest se acercaba un grupo de turistas. No podía hacerme daño con tantos testigos. Suspire de alivio… aunque enseguida volvió la ansiedad. ¡Justo ahora se detienen a sacarse fotos!

—¿Se ha quedado sin palabras, verdad, señora? —preguntó con tono amable, aunque no por eso menos demente—. Me alegra tanto haber podido entregarle el control. —Me sonrió feliz, luego presionó unos botones en su dispositivo—. Ahora detendré mi juego. Ya era hora. Voy a salir. Luego empezaré otro, pero no en una civilización tecnológica. ¡Ya tuve bastante de objetos hostiles! ¡Siempre termino lleno de moretones!

Rio, y volvió a pulsar algo.

Listo, pensé, ahora explotará y nos volará a los dos. Un suicida, y yo tan estúpida que me puse a hablarle. ¡Me lo merezco! Los turistas seguían posando, así que ellos al menos se salvarían.

El extraño me guiñó un ojo.

—No lo olvide: cualquier cosa, en cualquier momento.

Estaba a un paso de la baranda. No sé cómo lo hizo, ni qué pasó, pero de pronto el agua me azotó el rostro. El Danubio se alzó y golpeó el puente mientras absorbía el cuerpo que caía… o al menos eso creí. Tal vez me lo contaron los rescatistas. Yo no vi nada. Amnesia, diagnosticaron. Pérdida de memoria a corto plazo. Pero no hubo ningún lapso. Los turistas seguían divertidos en la entrada del puente. El extraño me guiñó, pulsó algo en su aparato y… el espacio lo tragó. No el agua: el espacio. El agua solo salpicó, pero tan violentamente que acabé empapada. Imposible que el cuerpo humano causara tal ola. Nadie me creyó que estaba mojada por el Danubio. Los policías dijeron que era una ilusión, aunque no supieron explicar por qué tenía el cabello húmedo. Alguien debió arrojarme agua, quizá para reanimarme cuando me desmayé del shock.

Pero yo no me desmayé. Y él… no se suicidó. Eso es un hecho.

—No veo un motivo valedero para mantenerla ingresada —dijo al día siguiente el joven médico—. Pero si prefiere que la derivemos a psiquiatría, solo dígalo.

—No, gracias.

Ni siquiera quería entrar al hospital, pero las buenas almas me obligaron. Sufrió un trauma severo, repetían. Y tenían razón, en cierto modo: mis pensamientos estaban enredados.

—No es muy habladora —comentó el médico amablemente.

—No, la verdad —le sonreí débilmente—, pero estoy bien.

Asintió.

—Le prepararé el alta. Recoja sus cosas en la sala; las enfermeras la ayudarán.

Fui a la sala de enfermería por mi bolso. Lo tomé, esperé el informe, y me iría. La pesadilla había terminado.

¿Pesadilla? ¿Por qué lo decía? ¿Porque todos lo repetían?

Estaba segura: no encontrarían ningún cuerpo. Y no porque el río lo arrastrara lejos. No. El extraño simplemente salió del juego. Game over. Pasó a otro juego.

La enfermera me entregó el bolso y mi cárdigan y se marchó. En el bolsillo del tejido ligero pesaba algo: el “móvil” que me había dado. O algo que se le parecía. Bajo unos signos extraños se leía “Gamo”. Sin marca reconocible. Pequeña pantalla, pocos botones. El modelo más simple imaginable. Instintivamente presioné el botón Menú.

La pantalla se iluminó. Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Iniciar nuevo juego? Botón izquierdo: sí. Derecho: no. ¿Nuevo juego? ¡Para mí eso no es una pregunta! ¡Nunca juego! ¿Y si ahora sí…? ¿Y si inicio una nueva partida, o reprogramo la actual, cambio las condiciones de mi vida y así evito todos los problemas…? Entonces ¿también a mí me absorbería el espacio? ¿O de pronto aparecería en otra vida? Pero no es tan fácil salir: miles de hilos, que creemos irrompibles, nos atan aquí. ¿Qué pasaría con los demás participantes del juego, es decir, de mi vida? ¿Serán simples programas, accesorios? Si salgo, ¿desaparecerán, se transformarán? ¿O también son jugadores, y vamos modificando las partidas de los otros? Al fin y al cabo, éramos varios en el puente cuando el extraño desapareció –o, como dijo él, pasó a otro juego– y ni los turistas ni yo sufrimos daño… salvo que mis ideas quedaron hechas un nudo, y tambaleó toda mi noción de la realidad.

El extraño me había dicho que él todavía jugaba conscientemente. Y que yo podía recordar… ¿Iniciar nuevo juego? ¡De ninguna manera! Si elijo “no”, será “no”, y punto.

Presioné: NO

—¿Continuar partida anterior?

¡Esa no es mi partida! ¡Ni hablar de continuarla!

NO

—¿Iniciar nuevo juego?

¡Maldita sea! A alguna pregunta hay que responder “sí”… Pero ¿a cuál? Si no comienzo una nueva, continuaré la vieja…

¡No y no! ¡No juego, y se acabó! Nunca, jamás, en mi vida había hecho algo semejante, pero entonces… ¡Arrojé basura por la ventana! Desde el segundo piso del hospital lancé el “móvil”. Ojalá se haya hecho añicos. Y sin embargo, al deshacerme de él, en lugar de alivio sentí una punzada, un eco que latía dentro del cráneo. ¿Realmente no juego?

Desde entonces sueño a menudo que la diminuta pantalla parpadea ante mis ojos con la pregunta: ¿Iniciar nuevo juego? Sí – No.

Y ni siquiera en sueños me atrevo a decidir…


Título original: Game over

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman


Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódjaVirokalipszisIdiótazásAz elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.


miércoles, 29 de mayo de 2024

EL ÚLTIMO HOMBRE

Lídia Fedina

 

Dios estaba sentado en la cima de la montaña. A su alrededor flores se abrían, y el cielo era azul sobre él. Dios habló consigo mismo, ya que estaba solo.

—Así fue desde el principio, ya que estaba solo. Creé el cielo y la tierra de mí mismo, creé el mundo. Todo lo creé de mí mismo, ya que fuera de mí no había nada. Luego creé lo infinito y lo coloqué en lo que creé, y el mundo se expandió en él, llenándolo en todas direcciones. En ese momento, pensé en crear la vida. Con innumerables caras, formé la vida a mi propia imagen, la coloqué en el mundo, y la llenó. El infinito universo se llenó de vida. En ese momento, di sentido a la vida, la doté de varios grados de conciencia, y el grado más alto de sentido lo llamé humano. Creé al hombre a mi propia imagen y semejanza. El hombre también se creó en infinitas variaciones, al igual que todo lo demás. Sin embargo, el hombre estaba solo, cada hombre en todas partes en el universo, así que le creé un compañero y, para que nunca estuviera solo nuevamente, lo doté con la capacidad de reproducirse. Esto también se expandió en lo infinito, y se crearon innumerables variaciones. El hombre se reprodujo, pero en última instancia, cada nuevo ser humano provenía de mí, porque yo soy el principio y el fin, el fundamento y la llegada. Al principio, los humanos no morían, y a medida que se reproducían, me dividí en cada uno de ellos, tanto en su forma física como en su alma, dependiendo de cómo los humanos pensaran en las diversas partes del universo. El hombre era yo, y yo era el hombre. En formas infinitamente diversas, porque quería llenar el universo. El hombre sabía de dónde venía y quién era, pero aún así quería separarse. ¿Cómo puede el agua convertirse en moléculas? Está formada por moléculas, pero solo se llama agua cuando las moléculas están juntas; si se separan en moléculas, ya no es agua. Lo mismo ocurre con el hombre. Juntos, hay vida; separados, hay destrucción. El hombre trajo la destrucción al mundo, así que creé la muerte causada por el hombre. La muerte abrió nuevas dimensiones y parecía ser una buena idea. Solo que el hombre no consideró que cada muerte de nuestros seres queridos nos llevaría un pedazo hacia el otro infinito, que se formó en el borde de la destrucción. El hombre y el reino animal se multiplicaron y se expandieron, llenando el infinito universo con sus formas infinitamente variadas. Sin embargo, cada nuevo humano surgió del antiguo, y cada muerte llevó consigo una parte del todo, que originalmente era el hombre. No duró infinitamente, y dado que todo lo que creé se expande en lo infinito, llegó el momento de la dimensión de la muerte. Llegó el momento en que el hombre ya no se multiplicó, pero la muerte los atrapó uno tras otro, hasta que solo quedó uno, uno solo, el último, que perdió todo, cada uno de sus muertos se llevó consigo un pedazo, y solo le quedó lo que él podría llevar a través de la puerta de la muerte. No hay tristeza en esto, una forma de existencia se extinguió para nutrir la vida en otro lugar, en otro infinito.

Dios se quedó en silencio y se sentó sin apuro sobre el mundo muerto, en la cima de la montaña. El cielo se volvió gris sobre él, las flores se desvanecieron. Dios sonrió. Así que llegó el tiempo del último hombre. Si él, Dios, moría, este infinito universo iba a finalizar. Había cierta emoción en Dios mientras miraba hacia adelante. Allá, en el infinito mundo de la dimensión de la muerte, todo sucedió exactamente al revés. Allí, las criaturas llegaron primero, y finalmente, el creador, aunque no es que eso hiciera una gran diferencia. Después de todo, en última instancia, todo provenía de Dios, todo lo creó de sí mismo y lo envió a través de la muerte. Era hora de cruzar y ver cómo se desarrollaron las cosas allá. Si cruzaba, todo volvería a ser uno con toda la vida que creó, porque regresaría a él. Una vez más se recargaría de fuerza y seguramente crearía algo nuevo, algo que aún no existía. Porque su tiempo es infinito, al igual que sus posibilidades y su materia. Es lo que siempre ha sido y siempre será lo que es. No hay más, pero tampoco es necesario, porque esto también es infinito. Dios se recostó en la roca congelada que era parte de la montaña, y la roca se deslizó con él en el oscuro y espacio sin aire. Miró hacia los días que se extinguían, que salpicaban el espacio que lo rodeaba, luego con un suspiro feliz, la vida estalló en él. El último hombre murió, y con él todo llegó a su fin. El infinito se contrajo a un solo punto, y a través de la puerta unidimensional del cuerpo muerto de Dios cayó al universo de la muerte para llevar lo que aún faltaba de allí. Mientras tanto, allá, el Amanecer brilló.

 

Título original: Az utolsó ember

Traducción del húngaro: Sergio Gaut vel Hartman

 

Lídia Fedina vive en Budapest, Hungría. Además de libros infantiles y de cuentos de hadas, ha publicado novelas para jóvenes, ensayos científicos, novelas policiales e históricas. Entre sus libros de ciencia ficción y fantasía se destacan A bűn kódjaVirokalipszisIdiótazás, Az elfelejtett varázsigék. También participó en varias antologías y publica cuentos con regularidad en revistas como Galaktika y SF.Galaxis, lo que le ha permitido recibir el Premio Zsoldos de ciencia ficción, siendo la primera mujer en su país que recibe tal galardón.

 

AMERICALUGAR: del 11-S al 9-N