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viernes, 27 de febrero de 2026

CUANDO SONRÍO

Joyce Barker

 

Cuando desperté, estaba bajando una escalera oscura, sucia y a medida que retomaba la conciencia, me percataba del entorno que cada vez se ponía más agudo y su intensidad subía, hasta que desperté por completo y pude sentir el ruido, la música, el humo y el vapor de las personas. Estaba en un local de puerto, al menos eso creí. Peligroso y lleno gente sin pudores, pero entretenido. El lugar quedaba en el segundo piso de una casa descuidada, de fachada continua, quizás construida a principios del siglo pasado, antigua, deteriorada y húmeda.

Me di cuenta de que había tomado mucho, quizás toda la noche y era la hora en que cerraban los boliches de mala muerte, sin licencia ni permiso alguno de nada, un lugar clandestino, pero no me acordaba si había ido sola o con alguien; si conocía a alguien o si había estado antes ahí. No reconocía nada, aunque era seguro que lo había elegido por algo y ese algo era el sonido que salía de ahí.

Cuando terminé de bajar las escaleras, me acordé de que había ido en auto e instintivamente metí la mano en la cartera que traía conmigo y encontré las llaves.

Era de noche, llovía y me puse a buscar el vehículo. No traía conmigo un paraguas pero no me importó mucho; confiaba en que lo iba a encontrar enseguida.

La calle era de dos vías angostas y sobre una pendiente aguda, como en Valparaíso, hecha de adoquines de piedra muy resbalosos con el agua. Me puse a pensar en cómo es que me había atrevido a manejar hasta ese lugar, teniendo tanto miedo a manejar en pendientes, sobre todo si el auto era mecánico y la pendiente empinada; ya había tenido pesadillas acerca de eso y uno que otro topón en el auto de mi mamá y de amigos ebrios que me habían pasado las llaves confiando en que otra ebria iba a poder manejar mejor.

Las calles estaban completamente vacías. Di algunas vueltas a la manzana, buscándolo. No paraba de llover. No tenía celular ni plata, sólo el auto que me esperaba en algún lado y que fue el culpable de que yo hubiera llegado hasta ese lugar.

Caminando cerro abajo por la vereda, vi que se empezaba a asomar un cobertizo metálico con luces prendidas, que se mezclaban con las luces de los faroles de la calle. Dentro había gente que, supuse, había estado en el local del que salí y seguramente habían bailado a mi lado o incluso conversado conmigo. Tenía que entrar y quedarme un rato, hasta que parara de llover. Todos estaban en grupos y algunos seguían tomando, otros comentaban cómo les había ido, jactándose o lamentándose, pero se notaba que todos se conocían y que siempre hacían exactamente lo mismo. Miré alrededor buscando a alguien conocido o que hubiera visto antes. Al ver que no conocía a nadie y que iba a tener que acercarme a alguien a preguntar, me detuve y respiré profundamente; estaba a punto de caer en un estado crítico de ansiedad. Me sentía débil y perdida, tenía que relajarme para poder pensar mejor, necesitaba recordar; y en ese proceso de inmovilidad y respiración profunda, me di cuenta de que había tres mujeres jóvenes que me miraban fijo, comentando entre ellas algo acerca de mí, y logré escuchar que una de ellas decía: “Ella es”. “¿Cómo se atreve a volver?”. Al principio las miré y no les di importancia, pero cuando me di cuenta de que esos murmullos no paraban, que me seguían mirando y que sus caras ya no eran de burla sino que de enojo, me asusté y decidí salir para evitar otro problema.

Había parado de llover y me sentía un poco más aliviada, al fin iba a poder salir de ese lugar poco acogedor y eso fue lo que hice. Ya estando afuera, caminando en busca del auto, escuché que alguien venía detrás. Me di vuelta y estaba una de las tres mujeres, la que más habló de mí, la que más me miraba. Paró en cuanto me di vuelta. Tenía la cara seria, quizás enojada y con un objeto brillante en su mano derecha. Pensé en la horrible posibilidad de que era alguien que me conocía bien, pero no de la mejor manera, no de la manera que yo hubiera querido. Era, quizás, alguien que me odiaba, y con justa razón, porque en algún momento de la noche la habría ofendido, como solía pasarme casi siempre en estados alterados, pero que nunca recordaba, tampoco ahora. Pero me lo merecía, porque cuando te ríes a costa de otra persona, debes estar atenta al ataque que el ofendido eventualmente te hará.

Quedamos enfrentadas a unos pocos centímetros de distancia. Ella tenía una mueca desesperada y furiosa, mueca que sólo lograba fortalecerme, como si fuese una llave a mi oculto sadismo; y tratando de hacerla sentir ridícula, le sonreí como si fuese una gran amiga que no veía hace años.

Pasaron algunos segundos, hasta que la inercia se quebró y de un momento a otro, levantó su mano derecha y con un movimiento certero, puso un cuchillo en mi cuello y lentamente comenzó a empujarlo contra mí, logrando, al fin, deslizarlo. Parecía como si estuviese cortando jalea y yo sentía cómo el metal helado entraba en mi cuello, como si fuera un láser de hielo. No sentía dolor ni miedo, era un juego que tenía ganado desde mucho antes, sin trampas ni desgaste alguno. La mujer insistía en deslizar el cuchillo, mientras yo la miraba enternecida. Ella lentamente cambió su mueca de furia a pavor, y antes de llegar al otro extremo del cuello, sacó su cuchillo, aterrorizada. Mientras me miraba con el cuchillo colgando de su mano derecha, yo me mantuve quieta y respirando hondo, técnica que descubrí hace mucho tiempo para que los tejidos se vuelvan a unir, tratando de regenerar el profundo corte que me había hecho esa mujer, un corte que no tenía sangre ni dolor, un intento fallido de volarme la cabeza, un ridículo intento de quitarme la sonrisa.

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.


 

 

 

 

 

viernes, 14 de noviembre de 2025

SER Y PARECER

Joyce Barker


Pedro aún tenía la sensación de enajenamiento que lo hizo llegar, sin avisar, a la casa de su amigo Teo, un día cualquiera en la mañana, luego de su terapia con el sicólogo. Teo no se sorprendió con la visita, y hasta tenía la mesa puesta con desayuno para dos. No conversaron tanto, pero se rieron mucho. Dentro de las pocas conversaciones, Teo le contó que había hablado con el Vaticano acerca de un negocio que tenía en mente. Pedro, acostumbrado a las elucubraciones de su amigo, no lo tomó en serio. También le dijo que en su patio trasero había un portal dimensional donde él podía hablar con los animales, porque también era uno. Pedro rio, sorprendido por la imaginación de su amigo escritor.

—¿No me crees? Ven conmigo. —Teo lo llevó al patio trasero y le mostró una puerta en la pandereta divisoria. Pedro le preguntó si no había problemas con los vecinos, invasión de propiedad privada y cosas así. Teo dijo que no, que esa puerta existía solo en su propiedad, y que el resto de las casas del condominio, no la tenía. 

Teo la abrió lentamente. Al otro lado había un bosque.

—¡Qué grande es el patio del vecino! —exclamó Pedro—. ¡Y estos árboles! ¡Son enormes! Deberían verse desde tu casa. Qué raro no haberme fijado antes.

—No es el patio del vecino. Esta es la otra realidad. Y ese bosque solo se ve abriendo esta puerta.

—Sí, claro —dijo Pedro, sin creerle una sola palabra. Pero su amigo ya no estaba a su lado, ni siquiera cerca de él. Dónde se habrá metido, pensó, maravillado por el paisaje.

Decidió recorrer el bosque, por curiosidad y ver, además, si se encontraba con Teo. Caminó por un sendero de gravilla, perfectamente delineando por el pasto. Pero luego de algunos pasos, logró divisar, a lo lejos, a un grupo de animales pequeños golpeando a un toro negro, que estaba amarrado a un enorme árbol, a pleno sol. Eran conejos, gallinas, y otros, que parecían gozar con el dolor ajeno. 

—¡Déjenlo! —gritó Pedro, sin darse cuenta de que les hablaba a unos animales, mientras se acercaba corriendo al lugar donde se encontraban.

—No te metas en nuestros asuntos.

—Si no lo dejan, los atacaré —continuó Pedro, moviendo los brazos como si aleteara. 

—¡Ándate! —gritaban los animales—. ¿Cómo te atreves a decirnos qué hacer, humanoide?

—Me iré si sueltan al toro. Y no soy un humanoide, ¡soy un humano! ¿Que no me ven?

Pedro se acercó, desafiante. Le cedieron el paso, extrañamente. Desató al toro, y este, agradecido, se fue corriendo. Luego, Pedro miró a los animales pequeños, que se acercaban lentamente; se notaba en sus caras las ansias de atacarlo.

—No se acerquen más. No quiero hacerles daño. —Eso fue como un insulto para los animales, que intentaron abalanzarse sobre Pedro, pero alcanzó a elevarse justo cuando un conejo iba a saltar a su cara—. Pero, ¡qué les pasa! —dijo a cinco metros de altura, flotando. Aunque movía los brazos de vez en cuando.

—Ni siquiera así se da cuenta —dijo uno de los animales.

—¡Los escucho! —gritó Pedro.

—Por supuesto que sí, engendro. 

Pedro, extrañado, se alejó del lugar, volando. Teo tenía razón, pensaba, este sí es otro ‘lugar’. Quién lo hubiera creído, los animales hablan y, ¡puedo volar! Esto es más de lo que alguna vez creí posible. ¿Me habré transformado en pájaro? Qué raro es todo esto. Teo… ¿dónde estará? Aquí podríamos hacer muchas cosas. 

—¡Teo! —gritó buscando a su amigo. Sobrevoló esa pradera, y un cerco que la delimitada. Abajo se veía una casa y sembradíos de zanahorias. Bajó rápidamente, aterrizando encima de las plantas. Arrancó un par de zanahorias y se las echó en la boca. Continuó así unos minutos hasta que le dio sueño y se echó a dormir una siesta sobre las zanahorias. Soñó que lo enjaulaba un hombre con vestido largo y negro, que cargaba un libro y tiraba agua con la mano. Despertó cuando lo iba a amarrar en la esquina superior de una iglesia. Abrió los ojos, un hombre lo miraba fijamente:

—Tienes suerte de estar acá, —le dijo el hombre, el dueño de las zanahorias—. ¿Quieres sacar más? Come las que quieras. Vuelvo en un momento. Espérame aquí.

Pedro notó amabilidad en las palabras del campesino. Comió más zanahorias.

El hombre volvió con una pequeña botella de vidrio tallado, que abrió y salpicó sobre Pedro.

—¿Qué haces? —El campesino no respondió y siguió salpicando agua. Pedro, hastiado, se levantó rápidamente, y se elevó dos metros. —¡Gracias por las zanahorias! —dijo desde arriba.

—¡Gracias a ti! Dios te necesita y sabrá recompensarte. 

—¿Qué?

—¡Bendito seas!

—Gracias… —Pedro no supo qué más responder, ese tipo de persona le daba miedo—. Ten cuidado con los animales que están al otro lado de tu cerco —dijo finalmente.

—¿De qué hablas? ¿Animales?

—Sí… son animales pequeños. Atacaron a un toro. ¡A ese! —se dio cuenta que el toro que rescató estaba pastando en ese predio, a lo lejos—, y casi lo hacen conmigo.

—Lo siento —respondió el campesino—, pero eso es imposible. Ya no quedan animales pequeños, fueron depredados hace años por… —el hombre calló súbitamente y esquivó la vista de Pedro, luego continuó—: Solo existe ese toro, Billy. El único animal por estos lados.

—No, debe haber una equivocación. Casi me ataca un conejo.

El campesino saltó de risa. Miró al toro, se despidió de Pedro, y se fue a su casa.

—¡No le hables de esas cosas! —gritó el toro desde un extremo del predio—. Y tienes suerte de que este campesino haya entendido lo que dijiste.

—¿Por qué no me habría de entender? ¿Modulo mal, acaso?

—No, no es por eso —dijo el toro mientras masticaba pasto. Pero Pedro abrió la boca y desenrolló una larguísima lengua, que inmediatamente enrolló de vuelta. El toro, Billy, sin sorprenderse por la escena de Pedro, continuó—: Por otro lado, ¿no me reconoces? ¡Soy Teo! Este campesino me puso ese nombre ridículo, pero está bien. Es tranquilo acá. 

—¿Teo? ¿Y qué hacías amarrado a un árbol? 

—Mmm. Nada en particular. ¿Por? 

—¡Te estaban golpeando esos animales!

—Sí, pero no me dolía. Digamos que era una especie de show para que fueras a verme en mi estado animal. Y ver si te bajaba el instinto depre…

—¿Un show? No te entiendo —interrumpió Pedro.

—No importa —esquivó el tema—, pero cuéntame, ¿me crees ahora lo que te dije en la casa? Nos transformamos en animales. Al menos yo. Porque tú eres siempre el mismo, donde sea.

—¡Por supuesto que acá soy distinto! En este lugar puedo volar. 

—Mmm —el toro no quiso hablar más, se hastiaba fácilmente, sobre todo con alguien que no se daba cuenta de nada— Se está haciendo tarde, ¿nos vamos?

—Sí, movámonos de este lugar. Pero cuéntame algo: ¿qué hacías siendo la mascota de ese campesino? 

—No soy su mascota. Somos socios, algo así.

—Claro… ¿y esos animalitos también?

—En mi casa te cuento.

Teo y Pedro regresaron a la casa. Abrieron la puerta del cerco y entraron. Teo inmediatamente volvió a ser un hombre, y no tardó en contarle a Pedro que esos animales querían poner a prueba la pacífica actitud de Pedro, armando ese show. Porque con las terapias, Pedro había cambiado, y querían saber de qué manera. También le dijo que agradecía el gesto de haberlo rescatado, aunque no haya sido necesario. Luego se disculpó porque tenía que ir a buscar algo a la casa. Al volver, le tiró un lazo a los tobillos, botando a Pedro al suelo. 

—Pero, ¡qué haces! 

—Lo siento, Pedro, te dije que tenía un negocio en mente. Y te aseguro que vivirás bien. Con el tiempo te acostumbrarás.

—¡De qué hablas! ¡Soy un hombre común y corriente! ¿Por qué querrías usarme en tus negocios? ¡Negocios de qué!

—Deja de decir eso, me sorprende que aún no te reconozcas. 

—Si pude volar estando al otro lado del cerco es porque…

—¿Porque es otra realidad? ¿Porque te transformaste en un pájaro? ¿Algo así?

—¡Claro! Así como tú te transformaste en toro —contestó Pedro, enojado.

—Qué ingenuo eres. Solo los humanos se transforman en animales. Y viceversa.

—¿Me estás diciendo que el campesino…?

—Ese es un conejo —interrumpió Teo.

—¡Deja de tomarme el pelo! ¿Estás drogado?

—No. Y deja de mover tus alas, por favor. 

—¡No tengo alas! ¡Soy un hombre! —gritó Pedro, intentando desatarse los tobillos. 

—No, amigo, no lo eres. Nunca lo has sido. Eres el mismo acá que en el otro lado. Y por favor, deja de ir a ese sicólogo. Te ha lavado el cerebro con esa estupidez —dijo Teo, mientras iba a buscar un espejo—. Mírate.

—Qué. ¿Qué tengo de raro?

—¡Eres una gárgola! ¿Que no te das cuenta?

Pedro se miró al espejo, se vio las garras, las alas, su piel oscura, su lengua extraña.

—Sé perfectamente lo que soy. Un humano distinto, ¿qué pretendes? Mi sicólogo me advirtió que siempre iba a haber gente queriendo acomplejarme. ¿Eres de esos? Pensé que eras mi amigo.

—Pedro, debo reconocer que tu sicólogo es muy bueno. No sé cómo te logró convencer. De depredador a depresivo. Y otra cosa: sí soy tu amigo, pero ya te dije, necesito plata. Y el Vaticano paga…

—¿Paga bien? ¿Me venderás, amigo? Eres lo peor que he conocido a lo largo de todas mis vidas.

—Sí. Es verdad —dijo Teo, fingiendo remordimiento—. Soy solo un humano, un defectuoso humano.

—¿Como yo?

—Sí… como tú. —Teo, hastiado, prefirió mentirle, sabía que Pedro se alegraría de escuchar eso, y así, dejaría de aletear. 

En efecto, Pedro calmó su ansiedad por estar sobre el suelo, amarrado con cuerdas; y dejó de aletear. Recordó su antigua vida como cuidador de catedrales, como depredador de animales pequeños, y como todo lo que un humano detestaba, según él. Pero estaba feliz, ingenuamente feliz de poder ayudar económicamente a Teo, un humano despreciable.

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

miércoles, 5 de junio de 2024

LA APATÍA DEL HAMBRE

Joyce Barker 

 

Era el primer día de José como trabajador del Centro de Investigaciones Extraordinarias (CIE). No era un gran puesto, pero debido a los efectos de sus antiguos vicios, no podía ambicionar un cargo mejor.

Lo recibió Mario, un obeso científico que lo supervisaría, y tuvo que firmar un juramento que prohibía comentar cualquier cosa que se hablara o viera adentro del CIE. Además, le comentó que si hacía bien su trabajo durante la primera semana, quedaría efectivo con un aumento de sueldo, y si no, el puesto volvería estar vacante.

—Sígame, por favor —dijo Mario, apurado: había vuelto recién de sus vacaciones y tenía que ponerse al día en el CIE. Dejó a José en una caseta, luego de explicarle vagamente el trabajo que debía realizar, y se retiró.

El puesto consistía en cuidar la bodega de objetos mitológicos, mirándolos desde una ventanilla de la caseta. La bodega contenía una vitrina perimetral llena de cajas, y un gran mueble metálico del tamaño de un congelador de supermercado. “Ese debe ser el congelador del que me habló el gordo”, pensó José. 

Durante la mañana, José se mantuvo en su cubículo, sentado frente a la ventanilla, como debía estar la jornada completa. Tenía prohibido entrar a la bodega y esa era una más de las normas inquebrantables del CIE, le dijo Mario, pero su curiosidad por ver qué había en el congelador lo puso ansioso, provocándole pensamientos que siempre tomaban un rumbo divergente de la realidad, haciendo de José un trabajador incumplidor e irresponsable.

Entró a la bodega. Sonó la alarma. Se acercó al congelador. Lo abrió; en su interior encontró una barra de hielo no muy grande, con una cuerda adentro. Tocó: el bloque era una masa húmeda y blanda. No era hielo.

—¡Qué haces! —gritó Mario, que llegó primero al sonar la alarma de la bodega—. ¡Te dije que no podías tocar nada!

—Discúlpeme, pero tuve que entrar porque se movió una caja, pero creo que me confundí, no se había movido nada; y al entrar, aproveché de revisar el resto… —mintió, como solía hacerlo. Mario lo miraba con desaprobación, mientras callaba la alarma desde su dispositivo personal, para evitar que se activara el protocolo de urgencias. Este es el primer y último día que veré a este inepto, pensó, pero al acercarse al congelador abierto, vio que la cuerda se contorneaba en el interior de la barra, bajo el calor de la mano de José.

—¡Qué es esto! ¡Es un milagro! —tartamudeó Mario, y en un acto casi instintivo, se arrodilló ante el cuidador—. Es un honor conocerlo…

La cuerda –de dudoso aspecto– había salido del bloque, subiendo por el brazo de José, hasta enrollarse en su cabeza.

—Perdón, pero ¿es normal que pase algo así? ¿Qué es esto? —preguntó José, sin darle mucha importancia a la confusa actitud del científico.

—Señor, debe esperar un momento así—respondió Mario como si le hablara a una criatura celestial—. La cuerda lo eligió: ni se imagina lo que le espera…

—¿En serio? —La cuerda apretaba con más fuerza, José intentó quitársela pero era imposible, parecía estar pegada a su piel—. No creo que sea el elegido de nada, además, me está doliendo… ¡Sáquemela, por favor! —exclamó José, ya desesperado, pero Mario ignoró por completo los alegatos del cuidador.

Los mitos y leyendas eran algo sin importancia para los científicos del CIE; sólo se usaban para obtener información. En este caso, el mito consistía en que si alguien lograba que la cuerda se moviera, era el real dueño del objeto. La reencarnación de algún dios fenicio.

Mario sacó su teléfono y llamó a su colega, Antonio, todavía arrodillado frente a José.

—Debes venir a la bodega de objetos.

—No puedo, estoy ocupado —respondió Antonio—. Y fue una falsa alarma: así me lo indica el sistema de seguridad. Además, la bodega de…

—¡Ven ahora! —. Mario lo interrumpió, y cortó.

 Antonio, suponiendo que Mario aún no estaba actualizado con los cambios que se habían hecho durante sus vacaciones, fue a la bodega del primer piso.

—¡Qué haces arrodillado! —exclamó Antonio al ver la extraña escena—. ¿Quién es usted? —Miró a José.

—¡No le hables así! ¿Que no te das cuenta? Deberías arrodillarte también. ¡Estás frente a un milagro! José, el nuevo cuidador de la bodega, es el elegido por la cuerda, ¡logró que saliera del hielo!

—¿Me estás hablando en serio? ¡No seas absurdo, Mario! ¿Cómo es posible que creas en eso? Además, ¡la cuerda roja está en el tercer piso! Está claro que no leíste las actualizaciones en la redistribución de las bodegas. Ésta es ahora la bodega de criaturas, ¡no de objetos! Y esto —dijo apuntando a la cuerda—, es un parásito que le extraje hace poco a una investigadora en la Antártica; y de los parásitos legendarios, este es uno de los más crueles. Ahora, párate, no seas ridículo.

Mario, dominado por la vergüenza, se levantó del piso:

—Y… ¿pudiste salvarla? —le preguntó rápidamente, para no ahondar en el error que podría costarle, fácilmente, el despido.

—No, no pude llegar a tiempo —respondió Antonio mientras ambos miraban el largo parásito deslizarse por la cara de José, que se mantenía erguido y con la mirada perdida, como si estuviera bajo un efecto hipnótico—. Mario —continuó impávido ante el espectáculo que, por protocolo, no podían tocar sin trajes especiales—: Esta es la última vez que te dejo pasar una equivocación así, o tendré que informar al comité. —El parásito casi había desaparecido por la boca de José.

—Seré más cuidadoso, no volverá a pasar —dijo Mario, aún avergonzado, mientras José se desvanecía con los ojos en blanco—. ¿Lo llevamos al pabellón quirúrgico? Hay que sacárselo antes de… ¿Le diste comida en la mañana? —La consulta de Mario era fundamental para saber cuánto duraría José con un parásito hambriento.

—No me corresponde esa tarea; pero supongo que sí… ahora necesito un momento para comer algo antes de la cirugía. ¿Me acompañas al casino?

—Pero, ¿estás seguro que José podrá soportar media hora así?

—Sí… —respondió Antonio mirando su reloj—. ¿Vienes?

—¡Claro!


Joyce Barker Bucat es una arquitecta y escritora nacida en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

 

viernes, 12 de abril de 2024

LOS CUENTOS DEL CAN CERBERO (DOS)

 CORIANNA

Gastón Caglia, Sergio Gaut vel Hartman & Hernán Bortondello

 


Habían pasado muchos años desde que Murgo, en un sorprendente relámpago de agudeza y embeleso, creara a la bella Corianna. No obstante, recuerdo con extraordinaria complacencia las horas de conversación compartidas en el jardín de la mansión del hechicero. Aquella evocación estaba empapada por la llovizna de abril, de la que nunca nos tratamos de guarecer, y condimentada con el agrio sabor de los pepinillos en vinagre, a los que los tres éramos afectos. Corianna, cuya humanidad solo podía verificarse en gestos como los mencionados o en su afición a beber la tinta de calamar hervido, solía derrotarnos en casi todas las conversaciones. Murgo, más allá de su talento cabalístico era un absoluto imbécil, y juro que mi amistad solo estaba atada a la enorme cantidad de dinero que poseía y, por qué no admitirlo, al hecho de que me enamoré de Corianna en el mismo instante en que la vi por primera vez. Es justo decirlo: Murgo había obtenido el caldo básico en el que forjó la sustancia de la que forjaría a su creatura licuando una cantidad de frutos en estado de putrefacción encontrados en el fondo del frigorífico. Ignoro qué mezcló y cuál fue el ingrediente final y secreto, el que le permitió transformar a una gallina en Corianna, pero jamás dudé de que el resultado fue producto de la más pura casualidad.

Y allí estábamos de nuevo, en el mismo jardín, los mismos tres, aunque un poco más viejos, claro.

La misma llovizna de abril se depositaba sobre nuestras espaldas. Dejé entrever que mejor sería seguir con la conversación dentro de la mansión, pero Murgo se negó con una evasiva propia de su imbecilidad y sus aires de superioridad.

—El motivo no es ningún secreto, quiero un hijo, nos amamos —le dije a quemarropa.

—Eso no es ningún inconveniente –dijo Murgo mientras sorbía de su vaso el Martini aguado por la persistente llovizna y masticaba su pepinillo.

Confieso que mi primera impresión era que íbamos a ser echados a patadas por el alquimista. Huir con su producto tampoco fue un hecho digno de mi persona. Tenía el discurso preparado en la mente para debatir con ese idiota, sin embargo, creo, el castigo que nos propinó fue atendernos bajo la llovizna.

—He hecho algunos avances en torno al tema que los convoca —prosiguió el mago mientras observaba algún punto fijo del jardín.

Corianna se mantenía impertérrita con su postura tan erguida, casi imposible para un ser humano corriente.

Lo acompañamos hasta el frigorífico sin dirigirnos palabra alguna mientras daba pasos agigantados y marciales con las manos cruzadas en su espalda. Una vez dentro, nuestros ojos tardaron unos segundos en aclimatarse a la penumbra en que mantenía el frío espacio. Lo que por fuera era una simple construcción de ladrillos, por dentro era un laboratorio lleno de tubos, frascos, probetas y elementos químicos.

En una esquina, la más alejada de la única puerta, estaba el corral en donde cinco o seis gallinas empollaban plácidamente pese al frío reinante.

—Eché el primer conjuro a estas regordetas aves —murmuró Murgo— volviéndolas aptas para vuestro deseo. Ernesto, cortarás la cabeza de una, tomarás su huevo y escogerás otra para empollarlo. Corianna, estrangularás el pollo al nacer, arrancarás su minúsculo corazón y lo tragarás. Así aplicarán el segundo conjuro. Para el último, esperaremos siete noches. Bajo la higuera de las brujas escupiré tres veces tu rostro, traidor, y luego de besar tres veces a mi criatura, ella concebirá un varón.

Aceptamos el hechizo de aquel maldito, ignorando la pronta tragedia. Gradualmente, las etapas fueron cumpliéndose hasta que, fatalmente, mi amor debió matar la avecilla recién nacida, devorando su músculo vital.

Juntos esperamos, tensos, el paso de las noches estipuladas hasta que, llegada la séptima, el mago millonario nos franqueó las puertas de su palacete, invitándonos a pasar. Una túnica blanca lo cubría hasta los pies y su capucha le ocultaba la cabeza. Seguimos su paso ridículamente redoblado hasta el gran patio en sombras, apenas iluminado por una luna creciente. Murgo nos dispuso, ceremonioso, uno frente al otro bajo la higuera, colocándose entre ambos. Tras mascullar un breve hechizo en arameo, escupió mi rostro con ferocidad, giró sobre sus talones desembarazándose de la túnica y estrechó a Corianna contra sí. Totalmente desnudo, comenzó a besarla con obscena lujuria. Loco de asco, extraje mi navaja y pasándole un brazo bajo el mentón, lo apuñalé con saña en el corazón.

—¡Me besó tres veces! —aullaba victoriosa Corianna, ajena a todo—. ¡Tres veces!

Ocho años después, al abandonar la prisión, Corianna y mi hijo me esperan luciendo sus maravillosos plumajes.



EL FIN DE LOS HÉROES

Alejandro Bentivoglio, Laura Irene Ludueña & Joyce Barker

 

No sé si estaba muerto o qué. Solo sé que el tipo estaba tirado en el piso, boca abajo, quieto, con las manos crispadas.

—¡Hay que llamar una ambulancia! —exclamé.

—¿Estás loco? —dijo Cecilia—. Van a decir que lo maté yo, o que lo mataste vos.

—Pero si no hicimos nada, lo encontramos así.

—Eso lo sabemos nosotros, pero la policía siempre quiere meter a alguien adentro. Tienen estadísticas que llenar, gente que satisfacer.

El razonamiento de Cecilia parecía tener lógica, pero sin embargo, me parecía extraño actuar como si no pasara nada, como si encontrarse un tipo tirado en la calle fuese algo de todos los días.

—Al menos asegúrate de que esté muerto —dije. Cecilia se agachó y le tomó el pulso.

—Sí, está muerto —dijo—. Lo que no entiendo es por qué está vestido así. —El traje era ridículo. De látex. Con colores extraños y una capa. El suelo alrededor parecía hundido, como si se hubiese estrellado desde una altura considerable. En la capa había una letra, pero no se veía bien porque estaba empapada en sangre. Quizás la de él, quizás la de otra persona. Cecilia y yo no éramos de aquella ciudad y cómo saber quién era aquel tipo o si era común vestirse así.

—Lo que menos me importa es su ropa… ¿Que no te das cuenta que estamos frente a un muerto? ¡Debemos hacer algo!

—Llevémoslo. Después de congelarlo, veremos qué hacer.

—¡Qué estupidez, Cecilia! ¿Llevarlo al hotel? ¿Congelarlo? —reí con nerviosismo. Su tono de voz estaba distinto—. Qué humor más siniestro… Mejor llamo a la policía.

Al sacar el teléfono, Cecilia me lo quitó de las manos y lo apretó hasta quebrarlo.

—No te preocupes: Te regalaré uno mejor cuando todo esto acabe. Pero no me puedo arriesgar a que llames…

—¿Por qué? —No me respondió; y miré, atónito, mi teléfono roto en la calle, cerca de la sangre de ese personaje que, lamentablemente, se había cruzado en nuestro camino. Por suerte no había gente a la vista; parece que tenían una celebración a la que todos acudían.


Conocí a Cecilia en una fiesta de disfraces el año pasado. Fui de Batman —no pude conseguir otra cosa—, y ella de algo parecido a un hada con casco y armadura blanca, que cambiaba de colores cuando alguien se acercaba. Conmigo casi siempre estaba amarilla. Los chinos tienen de todo, dijo esa vez, mirando mi roñoso y apretado disfraz. El nombre de su personaje, inventado por ella, era algo casi tan extraño como su atuendo. Nos enamoramos flash, creo. Si bien bromeábamos conque éramos los personajes cuyos disfraces usamos cuando nos conocimos, yo no era el multimillonario filántropo que juró luchar por la justicia. Tampoco contaba con un baticoche que tan bien nos hubiera venido en ese momento. Menos aún era Ceci la encarnación mortal de la diosa Hylia, Zelda.   Éramos simples mortales en una situación confusa en una ciudad desconocida. Y queríamos hacer honor a los personajes que habíamos encarnado, resolviendo lo que estábamos viviendo. Aunque, frizar un cadáver en la suite de un hotel no condecía con un héroe ¿o sí? A Cecilia, parecía gustarle la idea, pero a mí no me entusiasmaba nada eso de llevarnos un muerto como si fuese un souvenir.

 —Agárralo por debajo de los brazos que yo lo agarro de los pies —dijo Ceci imperativamente, como solía hablarme—. ¡Menos mal que no pesa tanto!

 Casi en la esquina nos detuvimos. La gente consolaba a una joven que lloraba. Dejamos nuestro paquete en un rincón y acercándonos, la escuchamos relatar que su amado, despechado por su traición, había salido volando al infinito y más allá como si fuera Buzz.

Decidimos entregárselo. Cecilia garabateó una nota que puso en la mano del muerto y llamamos a la muchacha que leyó: la sangre que me cubre no proviene de la herida que hiciste en mi corazón, solo me enfrenté con la Mujer Maravilla que quiso devolverme a tus brazos.



EL VUELO DE LAS MARIPOSAS

Laura Irene Ludueña, Rafael Martínez Liriano & Sergio Gaut vel Hartman

 

Ruperto Gordon tenía una obsesión. Bueno, no tenía una sino varias, pero la que más lo exaltaba era descubrir las razones por las que el vuelo de las mariposas era irregular, quebrado, zigzagueante. Anacleto Estigarribia, en cambio, era un hombre sencillo y sin complicaciones. Había aprendido a respetar las chifladuras de Ruperto y las acompañaba con serenidad, sin hacer preguntas ni cuestionar lo que no lograba entender. Por lo general, cuando salían fuera de la ciudad y se internaban por los campos en los que las mariposas volaban sin impedimentos, Ruperto seguía las irregulares trayectorias moviendo la cabeza espasmódicamente y Anacleto pateaba las flores silvestres con la resignación de los mártires.

A esta altura del relato ustedes se estarán preguntando por qué Anacleto seguía obediente a Ruperto y por qué este mantenía con fanática obstinación una actividad a todas luces inútil, improductiva, absurda. No tengo una respuesta; tal vez no la haya por más que me empeñe siguiendo a esos dos en sus recorridas. Pero de lo que sí puedo hablar con propiedad es de las razones por las que el vuelo de las mariposas es irregular, quebrado, zigzagueante. Alguien o algo, en algún lugar o ninguno, ha elaborado un complejo código que sirve para indicarle la ruta de acceso al planeta Tierra a una especie que tiene intenciones de quedarse con las ruinas cuando nosotros, finalmente, hayamos logrado destruir el ecosistema por completo. Yo lo sé, y Ruperto empezaba a sospecharlo. Pero a ellas eso no les preocupa, ya que se proponen rediseñarlo para que les sirva de vivienda permanente, tal como hacemos los humanos cuando compramos una casa. Y Ruperto estaba a punto de desentrañar el secreto de las invasoras. Lo que no sabía, era que vecinos de pueblos del litoral habían observado una proliferación de pequeñas y extrañas mariposas blancas y peludas. Comían las hojas de los árboles e interferían en las tareas agrícolas de la temporada. Se decía que no provocaban ningún daño a la salud de las personas y era cierto. Lo que ignoraban era que las atrevidas estaban reconociendo cuál sería su nuevo hábitat cuando los humanos finalmente desapareciéramos. Durante la noche, causaban un gran impacto visual, porque sus alitas se hacían fosforescentes. Pese a lo atractivo del espectáculo, la gente comenzó a combatirlas porque las confundió con polillas de la ropa. Sin embargo, ningún plaguicida las espantaba. Ruperto se enteró de la invasión cuando las autoridades decidieron tomar cartas en el asunto. La primera medida fue impedir el uso de aerosoles porque afectaban el medio ambiente. En realidad, no es que les preocupara mucho el tema, sino que pronto habría elecciones y nadie quería que lo tilden de destructor del ecosistema o algo semejante. 

Mientras tanto, y para beneplácito de las invasoras, las poblaciones humanas seguían creciendo y no se detenían cuando llegaban al límite de sus recursos. Al contrario, desarrollaban nuevas tecnologías para ayudar a sostener la explosión demográfica. Y así continuaba la amenaza a la biodiversidad porque, mientas más actividad humana haya, más cambia la atmósfera de la Tierra con todas las consecuencias que ello conlleva. Si se preguntan por Ruperto Gordon y Anacleto Estigarribia les cuento que siguen tras el vuelo irregular, quebrado, zigzagueante de las felices invasoras.

Un día por la mañana Anacleto fue despertado por la voz eufórica de su amigo Ruperto.

—¡Lo he descubierto! —le dijo el extraño investigador a su amigo con gran alegría. Anacleto no terminaba de entender y Ruperto le explicó que había descubierto el porqué de que las mariposas tuvieran aquel vuelo irregular, quebrado y zigzagueante. Ese vuelo tan errático y azaroso, no era más que un complejo sistema de comunicación diseñado para coordinar milimétricamente cada paso de una cada vez más cercana invasión extraterrestre. 

Anacleto, claro está, quedó estupefacto ante aquella revelación. ¿Cómo seres tan hermosos y delicados podían ser artífices de una invasión a escala planetaria? 

Ruperto Gordon mostró a su amigo los argumentos que según el confirmaban su teoría, y aunque parecía una historia de película de ciencia ficción de los sesenta, Anacleto creyó la historia que su amigo contaba; él sabía que Ruperto podía ser muchas cosas, excepto un mentiroso. A partir de este punto a nuestros amigos se les presentaba un nuevo problema. ¿Cómo hacer consciente a la humanidad del camino autodestructivo que llevaba con su manera de manejar el planeta? Era absurdo pensar que no lo sabían y aún así no hacían nada.

Ruperto y Anacleto advirtieron que se encontraban en una delicada situación. Habían visto muchas veces el espectáculo deprimente de un científico que advierte al mundo sobre algún peligro inminente, y como este es ignorado a pesar de que su advertencia se respalda en los más confiables estudios. Si algo así sucedía con científicos de gran reputación, ¿qué sería de dos hombres sencillos ante la opinión pública tan escéptica en algunos temas?

Ruperto contempló a Anacleto, se encogió de hombros y declaró:

—Después de pensarlo mucho he llegado a la conclusión de que tal vez un cambio no le vendría mal a la Tierra; es posible que los próximos inquilinos sean más conscientes de la importancia de su entorno. No voy a revelar este secreto.

Anacleto sonrió, como siempre lo hacía, y se volvió a encoger de hombros. 



Los autores: Laura Irene Ludueña, Rafaela, Santa Fe, Argentina; Joyce Barker Bucat, Santiago, Chile; Gastón Caglia, Reconquista, Santa fe, Argentina; Hernán Bortondello, Santa Fe, Santa Fe, Argentina; Alejandro Bentivoglio, Avellaneda, Buenos Aires, Argentina; Rafael Martínez Liriano, Santo Domingo, República Dominicana; Sergio Gaut vel Hartman, Buenos Aires, Argentina.



 

 





FATA MORGANA