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viernes, 2 de enero de 2026

FINAL A LA CARTA

Chelo Torres

 

Este será mi último trabajo. No veré cuan mediocre pueda llegar a ser, pues no estaré para comprobarlo.

Toda mi vida se ha basado en continuos desengaños, siempre poniendo la esperanza en asuntos infructuosos. ¡Cuántas situaciones teñidas de desesperación! Pero se acabó. No puedo seguir soportando esta vida insustancial, este sufrimiento que día a día se apodera de mí, esta desmotivación por vivir. Sólo me queda encontrar la mejor forma para finalizarla y reunir el valor para llevarla a cabo.

Los motivos están bien claros; sólo soy una hoja seca arrastrada por el viento, que ya no sirve ni para ser una más de las que da sombra en el árbol, que no posee la frescura ni la belleza de un joven brote.

Puesto que he dejado de ser importante para ser alguno, nadie lamentará mi suerte. Para mis familiares sólo seré un problema menos de su lista, dado que no tendrán que extenderse en posibles explicaciones sobre los sinsabores de mi vida.

Cuando pienso en cómo discurre mi existencia, una fuerte presión se adueña de la boca de mi estómago, luego sube lentamente recreándose en la posesión de mi cuerpo, alcanza mis pulmones y los presiona, dejándome sin aire. Es como si un poderoso espíritu maligno me poseyera y disfrutase con mi sufrimiento, exprimiendo cualquier ápice de esperanza.

¿De qué me sirven ahora todos aquellos momentos de los que creí disfrutar? Todos aquellos sueños que creí que se realizarían. Todo aquel amor que esperaba conseguir.

Los buenos momentos quedaron en el olvido, los sueños se desvanecieron y el amor se convirtió en soledad.

Día tras día he intentado olvidar mis dudas, mis complejos, mis excentricidades, pero una y otra vez se vuelven contra mí. Mis fuerzas desaparecen con el desengaño.

El sol estaba bastante alto en el cielo cuando desperté; una vez arreglada, presa de mi determinación, me dirigí al vehículo y marché en busca de la oficina más cercana, que según había descubierto mientras desayunaba, estaba a dos manzanas de allí. Me salió al encuentro una chica joven con una amplia sonrisa.

—Buenos días, señora, aquí estamos a su servicio. ¿Quiere ver nuestras opciones?

—Buenos días —contesté—, si es usted tan amable.

—Entonces pase a esta sala y empezaremos el recorrido —comentó la joven—. Tendrá que rellenar este formulario, firmar su consentimiento. Aquí firmará para ser donante de órganos. Y aquí, por favor, los datos de su tarjeta de crédito.

Desde luego estaba claro: el motivo de mi desesperación era un claro negocio para ellos. Entré en una sala virtual, con un gran sillón dispuesto con todo tipo de comodidades. La chica me extendió un casco que yo tomé sin demora y adecué a mi cabeza. Luego me puso unos guantes negros de los que colgaban multitud de cables; durante los minutos que duró la preparación, mi corazón galopaba salvaje. La joven me dio unos consejos de uso y desapareció. La pantalla se conectó y una imagen apareció en mi cerebro. Empecé a relajarme. En la primera pantalla podía escoger entre una muerte por enfermedad o un asesinato. Ninguna de las dos me seducía. Si era por enfermedad, implicaba dolores que no estaba dispuesta a experimentar, al tiempo que tardaría más en llegar al fin. Un deceso por asesinato implicaba que alguien tenía que odiarme mucho para realizar el acto. Opción que también descarté, a la gente le era más bien indiferente y patética, no creía que nadie me odiase tanto. Pasé a la siguiente pantalla. Esta vez podía optar entre un accidente de coche o un disparo. Lo del disparo no me convenció, demasiada sangre esparcida. Si me arrepentía, alguien podría llevarme al hospital y tratar de salvarme. También lo descarté. Pasé al accidente de coche y sentí la tentación de probar. Presioné el dedo índice y me encontré conduciendo un descapotable rojo, los cabellos al viento. Me gustó la sensación de conducir a gran velocidad, me sentía libre, sin complejos ni ataduras. Detrás de la curva apareció un precipicio, rápidamente frené, el coche empezó a dar vueltas en círculo y fue a estrellarse contra un árbol en el lado opuesto. Me dolían todos los huesos pero milagrosamente había logrado sobrevivir. Mi subconsciente, de nuevo, me jugaba una mala pasada, se negaba a abandonar este maldito mundo.

Volví a la pantalla de selección. Esta vez, me daba opción de cortarme las venas en la bañera o de un ataque al corazón presa de un arrebato sexual. Lo del arrebato me pareció mala publicidad y lo de la sangre en la bañera un tanto macabro. Decidí seguir con una nueva pantalla. Las opciones eran: caída libre desde un quinto piso o un naufragio. Lo del naufragio me pareció agobiante, morir ahogado podía implicar mucho sufrimiento. Dado que se acababan las opciones me decidí por el descenso en picado. Volví a presionar mi dedo índice. Esta vez notaba un vuelo de mariposas en el estómago.

Ante mí se abre un balcón en plena noche. Las luces emiten tintineantes destellos. Una música suave suena en mis oídos. Una sensación placentera y tranquila me envuelve, como una llamada, alguien que me desea a su lado. Me dirijo con paso firme y seguro, de pronto, el suelo que estaba bajo mis pies desaparece y empiezo a caer, doy vueltas y vueltas en la oscuridad cada vez a más velocidad, cada vez más rápido…)

Un pitido largo y estridente indicó que la máquina había concluido su trabajo.

Chelo Torres vive en Beniarbeig, Comunidad Valenciana, España. Trabajó en el Instituto de Pedreguer (Alicante) impartiendo inglés a adolescentes de 12 a 14 años. Vive en una urbanización tranquila, con unas vistas estupendas, tanto al mar como a la montaña. Sus aficiones favoritas son: la literatura, preferentemente fantástica, la música, la fotografía y, desde hace algunos meses, navegar por Internet. Se considera una géminis de cabeza a los pies. A los 14 empezó a escribir poesía y cuentos, actividad que abandonó a medida que los estudios se complicaron. Hace unos cuatro años retomó la escritura, con inexperiencia pero con muchas ganas. Gracias a un taller de literatura fantástica impartido por León Arsenal aterrizó en ese mundo, prolongando la actividad del taller en un grupo de trabajo llamado Alicantefantastica. Poco después llegó al Taller7 y más tarde al Taller 9.

sábado, 8 de noviembre de 2025

EL AMOR IMPOSIBLE DE DIEGO MALASPINA

Chelo Torres

Desde la cubierta contemplaba el mar con ojos nostálgicos. Era el soldado de una batalla en la que las trincheras no protegían; por grandes que fuesen sus esfuerzos nunca iba a lograr su objetivo. 

Diego Malaspina era un marino que sufría una fuerte necesidad de surcar los mares y visitar tierras desconocidas, hasta que un día su barco naufragó. Despertó sobre las arenas blancas de una isla sin humanos, un paraje en el que solo unos cuantos animales lo miraban asustados desde sus escondrijos, pero Diego no les temía, poseía un espíritu guerrero. 

Estuvo buscando durante días los restos del barco, más no encontró ni rastro, tampoco de otros marineros, ni de cadáver alguno. Nada. No entendía cómo había llegado hasta la isla sin ser acompañado por algún otro objeto o persona. 

Al cabo de unos días decidió cesar la búsqueda, era hora de construir una cabaña por si azotaba alguna tormenta, ya que tampoco había encontrado cuevas ni refugios.

Cuando tuvo terminada la cabaña, recogió hojas para poder dormir más blando, estaba en su labor cuando se acercó a un acantilado, creyó que estaba soñando y se pellizcó fuerte, el dolor le confirmó que no se encontraba en estado onírico pero aquello no era creíble, las sirenas no existían, su mente le estaba jugando una mala pasada. Volvió a observar. Aquella criatura de cabellos cobrizos era muy hermosa, su piel pálida y tersa, y la cola emitía destellos al saltar sobre el agua. Diego no podía dejar de mirarla. De súbito, la sirena se percató de que Diego la observaba con la boca abierta, dio un salto y desapareció en el mar.

—¡Noooo! —gritó el marino—. ¡Por favor no te vayas!  

El silencio y la ausencia fueron su respuesta pero él no desistió, se sentó al borde del acantilado a esperar una nueva aparición de la sirena, de cualquier modo, no tenía prisa en realizar otras tareas. Su espera fue recompensada, una nueva aparición tuvo lugar, esta vez el encuentro se dio a voluntad de la sirena. Ella se sentía cómoda con la distancia, no había caminos que bajasen hasta el agua, no se formaba una cala de arena desde la que los humanos pudiesen acceder de forma fácil al agua. Solo una roca a plomo y una gran altura. Diego se conformaba con las condiciones; poder verla era su recompensa. Ella lo miró con timidez y él sintió que el corazón se le salía del pecho. Era tan hermosa. Intentó comunicarse con ella pero su expresión le indicó que no le entendía. La sirena cantó una bella melodía que embaucó al marino. Diego había escuchado leyendas en las que se relataban desapariciones de marinos, incluso de barcos enteros tras oír la canción de una sirena, pero él nunca las creyó, pensaba que eran puras patrañas, historias para asustar a los navegantes, más ahora no podía apartar su mirada y atención de aquella figura. Ya no le importaba que fuese su perdición, que incluso le costase la vida. Era lo único que le quedaba en aquel solitario paraje.


El viento empezó a soplar y el mar se volvió bravo, la sirena se quedó escuchando con cara de preocupación y desapareció. Esta vez Diego no intentó retenerla, sabía que algún asunto había reclamado su atención. Sintió frío y pensó que debía volver a un lugar más resguardado. Quizá se acercase una gran tormenta. No conocía el clima de la isla, ni cuan agresivas podían ser allí las borrascas. Retrocedió hasta la cabaña y se cobijó allí. En breve los truenos y relámpagos cubrieron la bóveda celeste. Diego no tenía miedo a las tormentas, de hecho había navegado muchas veces bajo ellas. 


Sus días transcurrieron igual, cuando el clima era tranquilo y soleado se desplazaba al acantilado y allí encontraba a la sirena, que le embelesaba con sus gritos y sus canciones; más al llegar la tormenta, la isla parecía una fiesta de demonios, se escondía en la cabaña esperando que los huracanes no se lo llevasen con ellos.


Aquel día, Diego se encontraba en el acantilado, esperando a que la sirena apareciese con uno de sus acrobáticos saltos, cuando una carabela asomó en el horizonte. Por un momento sintió euforia, por fin alguien venía a rescatarle, volvería a su casa, a ver a su familia y amigos, a comer platos elaborados, pero por otro lado, le invadió una profunda tristeza, ya no vería más a la sirena, aquel ser que le había robado el corazón. Tan siquiera podría contar su historia pues nadie le creería, incluso se burlarían de él si les explicaba que se había enamorado de una sirena. Para todos sus conocidos las sirenas no existían, luego pensarían que desvariaba. Si volvía a casa su corazón quedaría destrozado, la echaría de menos por el resto de sus días, pero si se quedaba, acabaría enloqueciendo sin nadie con quien hablar. La sirena seguía con sus gritos y canciones pero sin comunicarse. Nunca podrían tener una relación de pareja normal, ella no podía caminar ni él pasar muchas horas en el agua. No podrían tener hijos, ni un hogar en común. Tampoco podía despedirse, ella ya no se arriesgaría a salir y que la vieran desde el barco, más cuando subiera de nuevo a la superficie él ya no estaría.

Los del barco llegaron en un pequeño bote a la playa donde Diego había despertado; el barco se había desviado de su rumbo por casualidad, debido a unas corrientes, y no regresarían más, así que su decisión debía ser rápida, un “ahora o nunca”. Diego pensó que aquel amor era imposible, que no podía renunciar a toda su vida por aquella mirada de fuego y un cuerpo de efectos dorados. Y también era posible que no apareciera nunca más. Así que, cuando los marinos estuvieron preparados subió al bote, sin volver la vista atrás.

Chelo Torres vive en Beniarbeig, Comunidad Valenciana, España. Trabajó en el Instituto de Pedreguer (Alicante) impartiendo inglés a adolescentes de 12 a 14 años. Vive en una urbanización tranquila, con unas vistas estupendas, tanto al mar como a la montaña. Sus aficiones favoritas son: la literatura, preferentemente fantástica, la música, la fotografía y, desde hace algunos meses, navegar por Internet. Se considera una géminis de cabeza a los pies. A los 14 empezó a escribir poesía y cuentos, actividad que abandonó a medida que los estudios se complicaron. Hace unos cuatro años retomó la escritura, con inexperiencia pero con muchas ganas. Gracias a un taller de literatura fantástica impartido por León Arsenal aterrizó en ese mundo, prolongando la actividad del taller en un grupo de trabajo llamado Alicantefantastica. Poco después llegó al Taller7 y más tarde al Taller 9.


 

jueves, 16 de mayo de 2024

EL GATO FRENTE AL LOBO

Chelo Torres


Érase un Gato que vivía en una casa de campo con su amo. El hombre lo alimentaba y cuidaba con primor. El felino se dedicaba a dormir sobre un mullido cojín durante la mayor parte del día y a visitar las casas de los alrededores durante la noche.

Todo iba bien hasta que un día llegó la policía con una orden de desahucio. Los dueños de aquellas casas eran jubilados, las pensiones se habían reducido y la cantidad ya no era suficiente para poder pagar las hipotecas, la luz, el agua y además poder comer. Las edificaciones también se habían devaluado, con lo que su venta no solucionaba el problema. El hombre abrió la carta y mientras leía la notificación sufrió un paro cardiaco, falleciendo súbitamente.  La policía localizó a su hijo y le notificó la triste noticia, informándole además de que la vivienda había pasado a ser propiedad del banco y lo único que él heredaba era el Gato.

El hijo se quedó sorprendido y apenado con la notificación, no imaginaba que su padre le dejaría tan pronto. Desconocía que tuviese problemas con el pago de la hipoteca. Acogería al Gato, aquel golfillo siempre le había inspirado simpatía.

Cuando el chico llegó al chalet no encontró al Gato; dedujo que el felino habría salido a  su paseo diario. Decidió investigar su paradero. Golpeó la puerta de la casa más cercana y le abrió Caperucita.

—Hola, Caperucita, estoy buscando al Gato de mi padre. ¿Lo has visto?

—Hace un rato rondaba mi trastero, agenciándose las botas de algún muñeco viejo, comentaba que él ya no las necesitaría.

—¿Y qué hago yo ahora? A saber dónde habrá ido y cuándo volverá. Debí pensar que no era buena idea llegar tan tarde pero no he podido salir antes del trabajo.

—Yo no me iría lejos, debe haber ido a buscar algo de comida, la que yo le ofrecí no le gustó y ahora que no está tu padre nada le impedía alejarse más para buscar algún manjar. De todas formas, cada vez hay menos casas habitadas, el banco las está acaparando todas, una a una. Ese malvado Lobo quiere realizar sus propósitos a toda costa. Vuelve a casa, no tardará.

—¡Pero si la puerta está precintada!

—¡Venga, no seas moñas! Rompes una ventana y entras, si el Lbo quiere arreglarla, ya lo hará.

Al oír la conversación, el Gato salió de entre las sombras, equipado con sus botas nuevas.

—¿Más embargos? Seguro que ese Lobo se ha propuesto construir una urbanización de lujo en esta zona tan tranquila y por eso está ejecutando los impagos. —El chico y Caperucita se quedaron asombrados—. No os preocupéis, tengo un plan, ese Lobo no se saldrá con la suya.

—No te confíes, Gato, el Lobo es muy astuto y siempre consigue sus propósitos. Además, tiene policías que le hacen el trabajo sucio —comentó Caperucita.

—Vamos, chico, descansa un poco que mañana tenemos trabajo.

El felino y su dueño se dirigieron a la casa, rompieron un cristal y entraron a descansar. Todas las pertenencias del padre seguían aún en la casa.

Al amanecer recogieron a Caperucita y se dirigieron a la ciudad. El Gato les explicó que la única solución para no perderlo todo era vender la casa de la abuela de Caperucita al Político que vivía en el castillo. Si él compraba la casa pararían la construcción de la urbanización.

El Gato llamó a la puerta del Político.

—Buenos días, deje que me presente, soy el Gato con Botas, agente de la propiedad, y vengo a proponerle un negocio.

El Político se quedó asombrado pero ante la gracia del Gato decidió darle una oportunidad.

—La casa de Caperucita está próxima a un desahucio por impago. Le ofrecemos comprarla por un módico precio. Con ello usted conseguiría que la urbanización que programa el Lobo no se realice. Sabemos que usted está en contra pero no tiene suficientes votos para detener el proyecto, ni declarar la zona protegida.

—Trato hecho, Gato, y haré algo más, les alquilaré la casa para que puedan seguir viviendo allí.

Cuando llegó el Lobo a la casa de Caperucita para ejecutar el embargo, se encontró con una sorpresa, la casa ya pertenecía al Político y el Lobo tuvo que irse con el rabo entre las patas.

El Gato se quedó a vivir con Caperucita, ya que prefería vivir en el campo y ella se sentía agradecida con él. 


Chelo Torres vive en Beniarbeig, Comunidad Valenciana, España. Trabajó en el Instituto de Pedreguer (Alicante) impartiendo inglés a adolescentes de 12 a 14 años. Vive en una urbanización tranquila, con unas vistas estupendas, tanto al mar como a la montaña. Sus aficiones favoritas son: la literatura, preferentemente fantástica, la música, la fotografía y, desde hace algunos meses, navegar por Internet. Se considera una géminis de cabeza a los pies. A los 14 empezó a escribir poesía y cuentos, actividad que abandonó a medida que los estudios se complicaron. Hace unos cuatro años retomó la escritura, con inexperiencia pero con muchas ganas. Gracias a un taller de literatura fantástica impartido por León Arsenal aterrizó en ese mundo, prolongando la actividad del taller en un grupo de trabajo llamado Alicantefantastica. Poco después llegó al Taller7 y más tarde al Taller 9.

EN CASA AJENA (OCHO)