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martes, 9 de junio de 2026

LA VIDA INVISIBLE

Joyce Barker Bucat

 

Había llegado tarde a su casa, estaba agotada, se dejó caer en la cama y lentamente se fue quedando dormida… hasta que súbitamente escuchó pasos en su habitación, unos pasos lentos, pesados, como de alguien que entraba tratando de pasar inadvertido, un desconocido, un ladrón.

María se quedó quieta, pensando que eso haría que el intruso no notara su presencia,

Es el sonido de un blue jean, pensó aterrorizada María, que seguía en su cama casi sin respirar y tapada completamente con las sábanas. Tengo que salir de aquí, tengo que salir de aquí, gritaban los pensamientos en su cabeza. Apretó el cuerpo y se sumergió, primero dentro de la cama y luego en el hormigón del muro. Sentía frío y veía todo negro, propio de estar inmersa en un material con características pétreas. Aquí estaré a salvo, al menos hasta que este tipo se vaya, razonó luego de unos segundos, ya más calmada.

Los ruidos persistían; el intruso no dejaba de caminar dentro del dormitorio y María, pacientemente, esperaba dentro del piso de hormigón.

Comenzó a desplazarse desde el piso hasta el muro, siempre por dentro, siempre tratando de no llamar la atención. Hasta que los pasos cesaron, la tela de los pantalones dejó de sonar con el roce y todo quedó en un silencio absoluto.

 

Tiempo atrás, María había despertado en su pieza, y al asomarse por la ventana, vio a un hombre joven vestido con ropa deportiva que miraba fijamente la casa de sus padres, pero a ella no la veía, era como si María hubiese sido invisible. Asustada, comenzó a golpear la ventana y a gritar, pero ningún sonido lograba salir de ella, estaba muda y apenas era capaz de golpear el vidrio, no tenía fuerzas. El hombre de la ropa deportiva tenía buena apariencia, pero María notaba algo siniestro en su mirada, la que nunca pudo olvidar.

 

María seguía desmaterializada dentro del muro, esperando que el hombre se fuera.

Como estaba dentro del muro, no era capaz de ver nada, excepto la oscuridad que un material tiene en su interior.

 

Cuidadosamente sacó la mano y luego la cara fuera del muro. Quería ver si el hombre que estaba ese día era el mismo que había visto en el patio hacía un par de meses. Provocó un ruido con los dedos y el hombre se volteó. Quedaron de frente, pero él no la veía. Era el hombre de la ropa deportiva.

María aprovechó su invisibilidad para salir del muro. Ya no tenía miedo, sabía que él no le podía hacer nada. Aprovechándose de eso y de su inmaterialidad, que aun persistía, dio dos pasos hacia él y se sumergió en su cuerpo. El hombre lanzó un sonido agudo de dolor. María estaba dentro de él. María ahora era él.

Sintió los latidos ajenos como si fuesen salidos de su propio cuerpo, miró a través de sus ojos, que estaban fijos mirando el muro del que María había salido proyectándose violentamente hasta su cuerpo. Sintió la respiración agitada y el temblor de sus músculos; el intruso estaba aterrorizado y comenzó a golpearse la cabeza y a estrujarse los ojos, no podía creer lo que había pasado. María comenzó a susurrarle por dentro que se fuera, que era un intruso y que ella era su peor enemiga por haber sido el primer invasor.

 

Martín era un hombre joven, de unos veinte años, un poco menor que ella, y había vivido toda su vida en el mismo barrio que María. Años antes la vio por primera vez en la calle y desde ese momento nunca dejó de pensar en ella. Tenía cuadernos completos con su cara dibujada y con cuentos que la ponían como protagonista de sus aventuras, las que siempre terminaban con ellos dos juntos.

A pesar de la corta distancia que los separaba, él nunca le habló, ni siquiera la vez en que se toparon en una fiesta, nunca le dijo una sola palabra; se limitaba a mirarlo camuflado entre la gente, intentando pasar desapercibido por ella, intentando ser invisible. El sólo hecho de que ella lo mirara por casualidad, para él era un golpe de miedo, miedo a que ella lo despreciara, a que ella encontrara que él no era más que una persona simple, sin nada sorprendente, sólo un pedazo de humanidad a medio terminar.

Tenía pocos pero buenos amigos, de los que suelen consolar siempre que hay estados de euforia o tristeza. A pesar del apoyo y cariño de sus pares, Martín casi nunca contaba lo que le pasaba, a veces por vergüenza, a veces por miedo a revivir sus experiencias.

Esta era la segunda vez que visitaba, a escondidas, la casa de María. No se sentía orgulloso de lo que había hecho, pero encontraba necesario conocer su espacio, saber sus secretos. Era su obsesión, estaba atrapado en sus emociones y ya no podía parar; había cruzado el límite de la intimidad de María.

 

María había soñado, hacía mucho tiempo, que iba caminando con un hombre al que amaba profundamente, un desconocido que iba abrazado junto a ella en el parque, ella no miró su cara, pero sí sus zapatillas azules y ese recuerdo había quedado grabado en su cabeza desde ese entonces.

 

La primera vez que Martín entró a la casa de María fue el acto más arriesgado que había hecho en toda su vida, pero estaba tan intrigado con ella, que planificó entrar en la casa sin que nadie lo notara. Esa vez, sólo entró al patio y desde ahí se quedó mirando las ventanas de la casa, tratando de descifrar la pieza de María. Lo que nunca supo, es que María sí lo había visto, pero ella estaba fuera de su cuerpo. Estaba físicamente durmiendo y etéreamente despierta; y al percatarse de la presencia de Martín, intentó golpear la ventana, a la vez que intentaba gritar, pero nada de eso fue posible.

 

Estando dentro del cuerpo de Martín, María fue capaz de ver sus pies, sus zapatillas azules, y por un momento pensó que quizás él era el hombre de sus sueños. Martín aún estaba en shock, no sabía lo que estaba pasando dentro de él, pero sabía que tenía que salir de ahí, que había fantasmas en la habitación de María, que si no se iba ella podía despertar y esa era la peor de las posibilidades. Se imaginó preso, pensó en el escándalo que podía ocurrir si alguien se percataba de su presencia. Pero María seguía dentro de él y todo lo que pensaba, lo escuchaba ella y no estaba dispuesta a salir de ahí hasta saber más. Martín estaba asustado y sutilmente se sentó en una silla, mirando cómo María dormía. Ella pudo verse durmiendo a través de los ojos de Martín y poco a poco empezó a sentir lo mismo que él sentía por ella. Volvió a mirar los pies de Martín y supo que era el hombre del sueño en el parque, supo que era el hombre que había estado amando hace años.

—¿Eres tú? —susurró María.

—Sí —respondió Martín.

María sintió como si estuviera cayendo de un precipicio y volvió a la cama, a su cuerpo que parecía no percatarse de nada. Martín salió de la pieza de María y corrió hasta la reja, la que saltó sin mayores problemas y sin ruido alguno. Estaba a salvo, estaba feliz.

 

Al día siguiente, María, como todos los días, salió de su casa hacia el paradero, al igual que Martín y se sentaron juntos. Martín fingiendo no conocerla, al igual que María.

Pasaron largos minutos sentados en el paradero y el aire empezó a sentirse más denso y caluroso. Ambos estaban temblando. María pensaba en lo que había pasado la noche anterior, esa invasión mutua que la dejó exhausta; no estaba segura de si eso había sido un sueño o realmente había estado alguien en su pieza, pero se acordaba de todo, incluso de haberse visto durmiendo a través de los ojos de él; pero a pesar de estar acostumbrada a estos sucesos, no era ajena a la lógica tradicional de los hechos. Para ella, estas aventuras en sueños, eran sólo eso, aventuras extrañas y lúcidas. Martín latía fuerte, como siempre, cada vez que la veía y creía que la voz que escuchó en su cabeza estando en la pieza de María, había sido puramente imaginaria. Martín no se sentía culpable de haber estado en la casa de María, había estado pensando en ella durante tanto tiempo, que sentía que lo que había hecho era lo más cercano a la felicidad y cualquier acto que lo acercara a eso era la expresión de su valentía, aunque fuera ilícito.

María tenía puesto un perfume empalagoso, dulce y floral, que una amiga le había regalado en su cumpleaños hacía un par de meses y justo ese día había decidido ponérselo. Martín estornudó; los olores muy dulces le recordaban un invierno que tuvo que estar en cama enfermo y los olores dulzones salían de la cocina, en forma de queques, que él no tenía permitido comer y con el correr de los días, ese olor pasó de ser objeto de su deseo al objeto de su rechazo por no poder comerlo.

Luego de varios estornudos, su ánimo cambió de la ansiedad por estar con la mujer que lo obsesionaba, al desagrado por sentir ese olor insoportable.

María, por otro lado, no paraba de mirarle las zapatillas, imaginando un futuro de romance y éxtasis a su lado. Martín paró un taxi y se fue.

 

Pasaron los meses y Martín no aparecía en la calle, ni en el paradero, ni siquiera en el dormitorio de María. Hasta que lo vio pasar en auto, acompañado de una mujer. Sorprendida y angustiada, María regresó a su casa y le escribió un mail, contándole lo que sentía por él, desde el minuto en que soñó con las zapatillas hasta el día del paradero, porque había investigado todo acerca de Martín, sabía en qué lugar estudiaba y quiénes eran sus amigos. Pero no hubo respuesta. Martín había perdido el interés por María; ya la había olvidado, y cuando recibió el mail, más que alegrarse, se incomodó y se sintió invadido. Para Martín, María era ahora una acosadora, una mujer obsesiva y demente, era un queque que le provocaba rechazo, era un olor insoportable.

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

viernes, 27 de febrero de 2026

CUANDO SONRÍO

Joyce Barker Bucat

 

Cuando desperté, estaba bajando una escalera oscura, sucia y a medida que retomaba la conciencia, me percataba del entorno que cada vez se ponía más agudo y su intensidad subía, hasta que desperté por completo y pude sentir el ruido, la música, el humo y el vapor de las personas. Estaba en un local de puerto, al menos eso creí. Peligroso y lleno gente sin pudores, pero entretenido. El lugar quedaba en el segundo piso de una casa descuidada, de fachada continua, quizás construida a principios del siglo pasado, antigua, deteriorada y húmeda.

Me di cuenta de que había tomado mucho, quizás toda la noche y era la hora en que cerraban los boliches de mala muerte, sin licencia ni permiso alguno de nada, un lugar clandestino, pero no me acordaba si había ido sola o con alguien; si conocía a alguien o si había estado antes ahí. No reconocía nada, aunque era seguro que lo había elegido por algo y ese algo era el sonido que salía de ahí.

Cuando terminé de bajar las escaleras, me acordé de que había ido en auto e instintivamente metí la mano en la cartera que traía conmigo y encontré las llaves.

Era de noche, llovía y me puse a buscar el vehículo. No traía conmigo un paraguas pero no me importó mucho; confiaba en que lo iba a encontrar enseguida.

La calle era de dos vías angostas y sobre una pendiente aguda, como en Valparaíso, hecha de adoquines de piedra muy resbalosos con el agua. Me puse a pensar en cómo es que me había atrevido a manejar hasta ese lugar, teniendo tanto miedo a manejar en pendientes, sobre todo si el auto era mecánico y la pendiente empinada; ya había tenido pesadillas acerca de eso y uno que otro topón en el auto de mi mamá y de amigos ebrios que me habían pasado las llaves confiando en que otra ebria iba a poder manejar mejor.

Las calles estaban completamente vacías. Di algunas vueltas a la manzana, buscándolo. No paraba de llover. No tenía celular ni plata, sólo el auto que me esperaba en algún lado y que fue el culpable de que yo hubiera llegado hasta ese lugar.

Caminando cerro abajo por la vereda, vi que se empezaba a asomar un cobertizo metálico con luces prendidas, que se mezclaban con las luces de los faroles de la calle. Dentro había gente que, supuse, había estado en el local del que salí y seguramente habían bailado a mi lado o incluso conversado conmigo. Tenía que entrar y quedarme un rato, hasta que parara de llover. Todos estaban en grupos y algunos seguían tomando, otros comentaban cómo les había ido, jactándose o lamentándose, pero se notaba que todos se conocían y que siempre hacían exactamente lo mismo. Miré alrededor buscando a alguien conocido o que hubiera visto antes. Al ver que no conocía a nadie y que iba a tener que acercarme a alguien a preguntar, me detuve y respiré profundamente; estaba a punto de caer en un estado crítico de ansiedad. Me sentía débil y perdida, tenía que relajarme para poder pensar mejor, necesitaba recordar; y en ese proceso de inmovilidad y respiración profunda, me di cuenta de que había tres mujeres jóvenes que me miraban fijo, comentando entre ellas algo acerca de mí, y logré escuchar que una de ellas decía: “Ella es”. “¿Cómo se atreve a volver?”. Al principio las miré y no les di importancia, pero cuando me di cuenta de que esos murmullos no paraban, que me seguían mirando y que sus caras ya no eran de burla sino que de enojo, me asusté y decidí salir para evitar otro problema.

Había parado de llover y me sentía un poco más aliviada, al fin iba a poder salir de ese lugar poco acogedor y eso fue lo que hice. Ya estando afuera, caminando en busca del auto, escuché que alguien venía detrás. Me di vuelta y estaba una de las tres mujeres, la que más habló de mí, la que más me miraba. Paró en cuanto me di vuelta. Tenía la cara seria, quizás enojada y con un objeto brillante en su mano derecha. Pensé en la horrible posibilidad de que era alguien que me conocía bien, pero no de la mejor manera, no de la manera que yo hubiera querido. Era, quizás, alguien que me odiaba, y con justa razón, porque en algún momento de la noche la habría ofendido, como solía pasarme casi siempre en estados alterados, pero que nunca recordaba, tampoco ahora. Pero me lo merecía, porque cuando te ríes a costa de otra persona, debes estar atenta al ataque que el ofendido eventualmente te hará.

Quedamos enfrentadas a unos pocos centímetros de distancia. Ella tenía una mueca desesperada y furiosa, mueca que sólo lograba fortalecerme, como si fuese una llave a mi oculto sadismo; y tratando de hacerla sentir ridícula, le sonreí como si fuese una gran amiga que no veía hace años.

Pasaron algunos segundos, hasta que la inercia se quebró y de un momento a otro, levantó su mano derecha y con un movimiento certero, puso un cuchillo en mi cuello y lentamente comenzó a empujarlo contra mí, logrando, al fin, deslizarlo. Parecía como si estuviese cortando jalea y yo sentía cómo el metal helado entraba en mi cuello, como si fuera un láser de hielo. No sentía dolor ni miedo, era un juego que tenía ganado desde mucho antes, sin trampas ni desgaste alguno. La mujer insistía en deslizar el cuchillo, mientras yo la miraba enternecida. Ella lentamente cambió su mueca de furia a pavor, y antes de llegar al otro extremo del cuello, sacó su cuchillo, aterrorizada. Mientras me miraba con el cuchillo colgando de su mano derecha, yo me mantuve quieta y respirando hondo, técnica que descubrí hace mucho tiempo para que los tejidos se vuelvan a unir, tratando de regenerar el profundo corte que me había hecho esa mujer, un corte que no tenía sangre ni dolor, un intento fallido de volarme la cabeza, un ridículo intento de quitarme la sonrisa.


Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.


 

 

 

 

 

viernes, 14 de noviembre de 2025

SER Y PARECER

Joyce Barker Bucat


Pedro aún tenía la sensación de enajenamiento que lo hizo llegar, sin avisar, a la casa de su amigo Teo, un día cualquiera en la mañana, luego de su terapia con el sicólogo. Teo no se sorprendió con la visita, y hasta tenía la mesa puesta con desayuno para dos. No conversaron tanto, pero se rieron mucho. Dentro de las pocas conversaciones, Teo le contó que había hablado con el Vaticano acerca de un negocio que tenía en mente. Pedro, acostumbrado a las elucubraciones de su amigo, no lo tomó en serio. También le dijo que en su patio trasero había un portal dimensional donde él podía hablar con los animales, porque también era uno. Pedro rio, sorprendido por la imaginación de su amigo escritor.

—¿No me crees? Ven conmigo. —Teo lo llevó al patio trasero y le mostró una puerta en la pandereta divisoria. Pedro le preguntó si no había problemas con los vecinos, invasión de propiedad privada y cosas así. Teo dijo que no, que esa puerta existía solo en su propiedad, y que el resto de las casas del condominio, no la tenía. 

Teo la abrió lentamente. Al otro lado había un bosque.

—¡Qué grande es el patio del vecino! —exclamó Pedro—. ¡Y estos árboles! ¡Son enormes! Deberían verse desde tu casa. Qué raro no haberme fijado antes.

—No es el patio del vecino. Esta es la otra realidad. Y ese bosque solo se ve abriendo esta puerta.

—Sí, claro —dijo Pedro, sin creerle una sola palabra. Pero su amigo ya no estaba a su lado, ni siquiera cerca de él. Dónde se habrá metido, pensó, maravillado por el paisaje.

Decidió recorrer el bosque, por curiosidad y ver, además, si se encontraba con Teo. Caminó por un sendero de gravilla, perfectamente delineando por el pasto. Pero luego de algunos pasos, logró divisar, a lo lejos, a un grupo de animales pequeños golpeando a un toro negro, que estaba amarrado a un enorme árbol, a pleno sol. Eran conejos, gallinas, y otros, que parecían gozar con el dolor ajeno. 

—¡Déjenlo! —gritó Pedro, sin darse cuenta de que les hablaba a unos animales, mientras se acercaba corriendo al lugar donde se encontraban.

—No te metas en nuestros asuntos.

—Si no lo dejan, los atacaré —continuó Pedro, moviendo los brazos como si aleteara. 

—¡Ándate! —gritaban los animales—. ¿Cómo te atreves a decirnos qué hacer, humanoide?

—Me iré si sueltan al toro. Y no soy un humanoide, ¡soy un humano! ¿Que no me ven?

Pedro se acercó, desafiante. Le cedieron el paso, extrañamente. Desató al toro, y este, agradecido, se fue corriendo. Luego, Pedro miró a los animales pequeños, que se acercaban lentamente; se notaba en sus caras las ansias de atacarlo.

—No se acerquen más. No quiero hacerles daño. —Eso fue como un insulto para los animales, que intentaron abalanzarse sobre Pedro, pero alcanzó a elevarse justo cuando un conejo iba a saltar a su cara—. Pero, ¡qué les pasa! —dijo a cinco metros de altura, flotando. Aunque movía los brazos de vez en cuando.

—Ni siquiera así se da cuenta —dijo uno de los animales.

—¡Los escucho! —gritó Pedro.

—Por supuesto que sí, engendro. 

Pedro, extrañado, se alejó del lugar, volando. Teo tenía razón, pensaba, este sí es otro ‘lugar’. Quién lo hubiera creído, los animales hablan y, ¡puedo volar! Esto es más de lo que alguna vez creí posible. ¿Me habré transformado en pájaro? Qué raro es todo esto. Teo… ¿dónde estará? Aquí podríamos hacer muchas cosas. 

—¡Teo! —gritó buscando a su amigo. Sobrevoló esa pradera, y un cerco que la delimitada. Abajo se veía una casa y sembradíos de zanahorias. Bajó rápidamente, aterrizando encima de las plantas. Arrancó un par de zanahorias y se las echó en la boca. Continuó así unos minutos hasta que le dio sueño y se echó a dormir una siesta sobre las zanahorias. Soñó que lo enjaulaba un hombre con vestido largo y negro, que cargaba un libro y tiraba agua con la mano. Despertó cuando lo iba a amarrar en la esquina superior de una iglesia. Abrió los ojos, un hombre lo miraba fijamente:

—Tienes suerte de estar acá, —le dijo el hombre, el dueño de las zanahorias—. ¿Quieres sacar más? Come las que quieras. Vuelvo en un momento. Espérame aquí.

Pedro notó amabilidad en las palabras del campesino. Comió más zanahorias.

El hombre volvió con una pequeña botella de vidrio tallado, que abrió y salpicó sobre Pedro.

—¿Qué haces? —El campesino no respondió y siguió salpicando agua. Pedro, hastiado, se levantó rápidamente, y se elevó dos metros. —¡Gracias por las zanahorias! —dijo desde arriba.

—¡Gracias a ti! Dios te necesita y sabrá recompensarte. 

—¿Qué?

—¡Bendito seas!

—Gracias… —Pedro no supo qué más responder, ese tipo de persona le daba miedo—. Ten cuidado con los animales que están al otro lado de tu cerco —dijo finalmente.

—¿De qué hablas? ¿Animales?

—Sí… son animales pequeños. Atacaron a un toro. ¡A ese! —se dio cuenta que el toro que rescató estaba pastando en ese predio, a lo lejos—, y casi lo hacen conmigo.

—Lo siento —respondió el campesino—, pero eso es imposible. Ya no quedan animales pequeños, fueron depredados hace años por… —el hombre calló súbitamente y esquivó la vista de Pedro, luego continuó—: Solo existe ese toro, Billy. El único animal por estos lados.

—No, debe haber una equivocación. Casi me ataca un conejo.

El campesino saltó de risa. Miró al toro, se despidió de Pedro, y se fue a su casa.

—¡No le hables de esas cosas! —gritó el toro desde un extremo del predio—. Y tienes suerte de que este campesino haya entendido lo que dijiste.

—¿Por qué no me habría de entender? ¿Modulo mal, acaso?

—No, no es por eso —dijo el toro mientras masticaba pasto. Pero Pedro abrió la boca y desenrolló una larguísima lengua, que inmediatamente enrolló de vuelta. El toro, Billy, sin sorprenderse por la escena de Pedro, continuó—: Por otro lado, ¿no me reconoces? ¡Soy Teo! Este campesino me puso ese nombre ridículo, pero está bien. Es tranquilo acá. 

—¿Teo? ¿Y qué hacías amarrado a un árbol? 

—Mmm. Nada en particular. ¿Por? 

—¡Te estaban golpeando esos animales!

—Sí, pero no me dolía. Digamos que era una especie de show para que fueras a verme en mi estado animal. Y ver si te bajaba el instinto depre…

—¿Un show? No te entiendo —interrumpió Pedro.

—No importa —esquivó el tema—, pero cuéntame, ¿me crees ahora lo que te dije en la casa? Nos transformamos en animales. Al menos yo. Porque tú eres siempre el mismo, donde sea.

—¡Por supuesto que acá soy distinto! En este lugar puedo volar. 

—Mmm —el toro no quiso hablar más, se hastiaba fácilmente, sobre todo con alguien que no se daba cuenta de nada— Se está haciendo tarde, ¿nos vamos?

—Sí, movámonos de este lugar. Pero cuéntame algo: ¿qué hacías siendo la mascota de ese campesino? 

—No soy su mascota. Somos socios, algo así.

—Claro… ¿y esos animalitos también?

—En mi casa te cuento.

Teo y Pedro regresaron a la casa. Abrieron la puerta del cerco y entraron. Teo inmediatamente volvió a ser un hombre, y no tardó en contarle a Pedro que esos animales querían poner a prueba la pacífica actitud de Pedro, armando ese show. Porque con las terapias, Pedro había cambiado, y querían saber de qué manera. También le dijo que agradecía el gesto de haberlo rescatado, aunque no haya sido necesario. Luego se disculpó porque tenía que ir a buscar algo a la casa. Al volver, le tiró un lazo a los tobillos, botando a Pedro al suelo. 

—Pero, ¡qué haces! 

—Lo siento, Pedro, te dije que tenía un negocio en mente. Y te aseguro que vivirás bien. Con el tiempo te acostumbrarás.

—¡De qué hablas! ¡Soy un hombre común y corriente! ¿Por qué querrías usarme en tus negocios? ¡Negocios de qué!

—Deja de decir eso, me sorprende que aún no te reconozcas. 

—Si pude volar estando al otro lado del cerco es porque…

—¿Porque es otra realidad? ¿Porque te transformaste en un pájaro? ¿Algo así?

—¡Claro! Así como tú te transformaste en toro —contestó Pedro, enojado.

—Qué ingenuo eres. Solo los humanos se transforman en animales. Y viceversa.

—¿Me estás diciendo que el campesino…?

—Ese es un conejo —interrumpió Teo.

—¡Deja de tomarme el pelo! ¿Estás drogado?

—No. Y deja de mover tus alas, por favor. 

—¡No tengo alas! ¡Soy un hombre! —gritó Pedro, intentando desatarse los tobillos. 

—No, amigo, no lo eres. Nunca lo has sido. Eres el mismo acá que en el otro lado. Y por favor, deja de ir a ese sicólogo. Te ha lavado el cerebro con esa estupidez —dijo Teo, mientras iba a buscar un espejo—. Mírate.

—Qué. ¿Qué tengo de raro?

—¡Eres una gárgola! ¿Que no te das cuenta?

Pedro se miró al espejo, se vio las garras, las alas, su piel oscura, su lengua extraña.

—Sé perfectamente lo que soy. Un humano distinto, ¿qué pretendes? Mi sicólogo me advirtió que siempre iba a haber gente queriendo acomplejarme. ¿Eres de esos? Pensé que eras mi amigo.

—Pedro, debo reconocer que tu sicólogo es muy bueno. No sé cómo te logró convencer. De depredador a depresivo. Y otra cosa: sí soy tu amigo, pero ya te dije, necesito plata. Y el Vaticano paga…

—¿Paga bien? ¿Me venderás, amigo? Eres lo peor que he conocido a lo largo de todas mis vidas.

—Sí. Es verdad —dijo Teo, fingiendo remordimiento—. Soy solo un humano, un defectuoso humano.

—¿Como yo?

—Sí… como tú. —Teo, hastiado, prefirió mentirle, sabía que Pedro se alegraría de escuchar eso, y así, dejaría de aletear. 

En efecto, Pedro calmó su ansiedad por estar sobre el suelo, amarrado con cuerdas; y dejó de aletear. Recordó su antigua vida como cuidador de catedrales, como depredador de animales pequeños, y como todo lo que un humano detestaba, según él. Pero estaba feliz, ingenuamente feliz de poder ayudar económicamente a Teo, un humano despreciable.

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

martes, 11 de noviembre de 2025

LA ESTRELLA DE JUGUETE

Joyce Barker Bukat


—¿Te acuerdas de Benito? Ayer lo vi.

—Ana, teníamos siete años, y mira en qué terminó eso: no dejaron que me juntara más contigo, y tus padres se pelearon con los míos. No te he visto en siglos y vienes con esto. Yo también lo vi varias veces, solo que no le conté a nadie. Tú hiciste exactamente lo contrario y bueno, para qué seguir. —María recordó el día en que le prohibieron verla, y a la semana siguiente se cambiaron de casa y de colegio. 

—Benito era bien callado, y a veces me daba la impresión de que no le caía muy bien, pero después supe que no —rio, sin darle importancia a lo que decía María—. En todo caso, nosotras pudimos vernos después, pero no lo hicimos. Supongo que cada una tendrá sus razones ¿no? Al menos, yo sé las mías.

Ana y María solían juntarse después de clases a jugar, en casa de una u otra, eran vecinas y generalmente estaba Benito, el amigo de Ana, con ellas. Así pasaron dos años, antes del cambio de casa y de colegio de María. Después de eso, no supieron más de la otra, hasta el día en que Ana le envió un mensaje por Facebook, un par de años atrás. Esa vez solo se saludaron.

Un día, décadas después, se encontraron caminando por la calle. Se alegraron de verse, y se pusieron al día contando sus vidas: María se había casado con su novio de la universidad y Ana se había separado hacía cinco años y ahora estaba viviendo con su novio en la casa de sus padres, que ya no estaban vivos. Ninguna tuvo hijos.

—Siento lo de tus padres —le dijo María.

—Gracias.

—¿Cuándo pasó?

—El año pasado. Eran ancianos, mucho más viejos que los tuyos… y estaban enfermos.

—Había olvidado que eran mayores, tienes razón, no se puede vivir para siempre — suspiró—. Oye, ¿y con quién estás de novia? ¿Lo conozco?

—Sí, es Benito.

—Ah, vas a seguir con tus bromas de mal gusto.

—Jaja, sí, perdóname, no lo puedo evitar. Mejor te invito a mi casa mañana, es la misma que conociste, no te costará llegar. ¿Tienes aún la estrella de juguete? Tráela.

María estacionó el auto afuera de la casa de Ana. Esperó unos minutos contemplando los rincones vegetales que solían ser escondites en su infancia. Se le apretó el pecho. "¿Cómo es posible que Ana haya visto a Benito de nuevo?". Respiró hondo y se bajó. Caminó hasta la puerta de entrada y tocó el timbre.

—¡Pasa! —gritó María—. Está abierto.

—¿Adónde estás? ¡Traje la estrella! Me costó encontrarla.

—¡Qué bueno que la trajiste! Estoy acá, arriba.

María subió las escaleras y fue hacia la habitación donde se escuchaban pasos. Había un niño jugando en el piso con una estrella de plástico azul, idéntica a la que había traído María. "¿Será el hijo de su novio?” pensó, mientras buscaba a Ana con la vista.

—¡Hola! Ana me dijo que estaba por acá—. Pero el niño hizo caso omiso al saludo de María, y siguió jugando. Luego se levantó del piso y caminó hacia la ventana.

—¡Mira! —exclamó el niño, apuntando con el dedo.

—¿Que mire qué? A ver —María se acercó a la ventana.

Afuera, su auto estacionado y ella tirada en la vereda, con las llaves en la mano y la cartera desparramada. María se miraba, atónita: "No puede ser". La gente que pasaba por ahí comenzó a rodear el cuerpo sin vida. Al poco rato llegó la policía y la ambulancia. 

—¡Ana! ¡Ven, por favor! — gritó María, despavorida.

—¡Aquí estoy! ¿Acaso ya no sabes jugar a las escondidas? —Salió por debajo de la cama—. Tardaste en llegar, pero hubiera pasado exactamente lo mismo, Benito no miente nunca. Él sabía que ibas a tener un paro cardíaco. Ven, siéntate con nosotros y giremos la estrella. Deja de mirar por la ventana.

María escuchó a Ana, que ahora era una niña, pero no le dijo nada, no le importó. Respiró hondo y se sentó con los niños en el suelo. "Estoy muerta, y ahora qué". Ana comenzó a girar el juguete. Al hacerlo, un destello azul salió expulsado de la estrella.

 Ahora María tenía puestos unos zapatitos de charol negro y unos soquetes blancos con vuelitos. Miró a Ana y a Benito, y sonrió.

—¿Así que este era tu novio, Ana? —dijo arreglándose los chapes. 

—¡No! ¡Cómo se te ocurre! Es feo y tonto —respondió colorada—, te dije eso no sé por qué. 

—¡Te gusta, te gusta! —cantaba María, burlándose de su amiga, olvidando por completo que alguna vez fueron adultas. 

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

sábado, 8 de noviembre de 2025

EL PAPEL

Joyce Barker Bucat

 


Se reunieron, como siempre, en la casa de María. Esta vez fueron Josefa, Jorge y Juana. La reunión consistía en llevar un invento de ellos, u otra persona, y mostrarlo a los compañeros en una disertación, haciendo funcionar el objeto y contestando las preguntas de sus amigos. Ese día fue el turno de Josefa. Se paró en la mitad de la sala, abrió su cartera y sacó un teléfono móvil. Lo puso sobre la mesa y dijo que eso no era un celular.

Un año antes de la reunión, Josefa había enviado por correo, una pregunta a sus amigos: “¿Cuál es el nombre de la última película que vieron?”. No se preguntaba nada más.

El aparato comenzó a girar sobre la mesa. Después de un rato, salió una luz blanca; el aparato subió la velocidad del giro y la luz blanca se transformó en amarilla. Subió aún más la velocidad y la luz se transformó en azul, siendo esta de una intensidad tan aguda, que costaba mirarla fijamente, a diferencia de las dos anteriores. María mantuvo la vista, al igual que Josefa, y soportaron como se soporta un sabor extremadamente ácido. Jorge y Juana no pudieron mirar más.

“El papel está en la azotea, creo que en el tercer cajón de la izquierda”, pensó María, mientras subía la escalera con la única intención de encontrar un papel que contenía la información de “algo importante”, según ella, pero que no conocía. Al segundo piso iba muy poco, una vez al mes o menos, solo para limpiar y guardar cosas en desuso. María se sorprendió al ver que había otros muebles, puestos en lugares diversos y una cantidad excesiva de polvo, como si el lugar no se hubiera usado en décadas. Pero no estaba asustada, ni siquiera por las arañas enormes ubicadas cerca de donde ella se encontraba. Se acercó a una cajonera vieja que, junto a una mesa de trabajo, eran los únicos muebles que estaban donde mismo y que tampoco cambiaron su forma o color. Abrió el tercer cajón y sacó un papel doblado por la mitad. Lo guardó en el bolsillo del pantalón, que era otro cuando se inició la reunión, y se apresuró en salir de ahí y llevar el papel donde sus amigos, a la sala. Pero no pudo salir, alguien estaba parado en el umbral de la puerta, María sabía perfectamente quién era: Antón Chigurh de No country for old men de los hermanos Coen, la película que respondió en el mail, vestido de azul oscuro, con botas vaqueras y el pelo hasta los hombros. María le miró las manos, estaban desocupadas, no traía consigo el tubo de aire comprimido y eso la relajó un poco; solo estaba parado en la puerta, bloqueándole el paso.

Al cumplirse un minuto desde que el celular empezó a girar, Josefa hizo un gesto con sus manos y el aparato se apagó, la velocidad disminuyó y finalmente se detuvo por completo.

—¿Qué les pareció? —preguntó Josefa, expectante de las respuestas, porque creía que todo había sido un éxito. Jorge aplaudió y dijo:

 —Te compraré uno para regalárselo a mi hija; a los niños les encantan estas cosas —dijo riendo.

Juana lo miró e hizo un gesto como para irse, él asintió con la cabeza. María se paró frente a la puerta.

—Debí haber intuido que esto iba a pasar —dijo, desencantada por su reacción—. No eres el tipo de persona para estas experiencias, no te sabes concentrar; y tú, Juana, me has desilusionado también.

—¿Estas experiencias? ¿Cuáles? —respondió Jorge, tratando de mantener la sonrisa que ya empezaba a fingir. Hubo un silencio, Josefa miró a María y la notó algo extraña.

—Esperen —les pidió Josefa, pero la puerta de salida acababa de cerrarse por fuera.

—María, ¿estás bien? —preguntó sin respuesta—. ¡María! —Estaba con la miraba perdida, y había pasado un buen rato desde que el aparato fue apagado.

En la azotea, María estaba frente a Antón, que no se movía de la puerta.

—Hola, ¿cómo estás? —preguntó María. El hombre la miró sin responder, pero luego dijo:

—¿Cómo se llama este lugar?

—Estás en mi casa, en la azotea —respondió María. Hubo un largo silencio.

—¿Qué tienes en la mano? —preguntó Antón, súbitamente.

—Información relevante.

—¿Relevante por qué?

—No lo sé, solo sé que tengo que llevar esto donde mis amigos, van a necesitarlo.

—Quiero leerlo.

—Claro, lo veré contigo, yo también tengo curiosidad.

Antón se puso a su lado. María podía olerlo, tenía olor a vainilla.

—¿Qué perfume estás usando? —preguntó María, queriendo tener una conversación liviana con Antón que, a pesar de estar tranquilo y desarmado, la intimidaba profundamente.

—¿Por qué quieres saber eso? —dijo Antón, esta vez con algo de entonación en la pregunta, pero casi imperceptible.

—Porque quiero saber —dijo María.

—¿Por qué?

—Realmente no lo sé.

—¿Por qué?

—No sé —dijo ella, fingiendo no estar asustada.

—Dime por qué —insistió Antón tranquilamente.

—Te pregunté porque me gustó tu olor, hueles a vainilla —respondió, al fin.

—¿Por qué pensaste que a mí me iba a interesar si te gustó o no mi perfume? —volvió a preguntar Antón.

—No pensé en eso, es más, no debí preguntarte, lo siento —dijo sumisa.

—Lo sientes…

—Sí—contestó María, tratando de mostrarse impávida.

—Sientes haber preguntado.

—Sí —respondió temblando.

—No tengo puesto ningún perfume, es el olor de mi pelo cuando me lo corto.

—¡Ah!, ¿te lo cortaste hace poco? —dijo María, esforzándose en no decir algo que active el morbo de Anton.

—Ayer —respondió, inclinando levemente su cabeza hacia la izquierda.

María respiró hondo y se cruzó de brazos. Se tranquilizó, aunque sabía que estaba frente a un enfermo, un sicópata, alguien extremo e impávido y muy detallista. Y aunque quería preguntar por qué le salía olor a vainilla cuando se cortaba el pelo, prefirió no seguir.

—¿Te gusta mi corte de pelo? —preguntó pausado.

—No —dijo María, sorprendida por el interés que Antón tenía en saber eso. De pronto se escucharon gritos, y María reconoció la voz de Josefa, que corría por las escaleras.

—¡María! Hace más de media hora que estoy esperando a que regreses —criticó Josefa, entrando en la habitación—. Tuve que meterme en tu experiencia para encontrarte. Este es un caso extremo, la última de las tres veces que se hizo este experimento, un hombre no despertó más. Debí preguntar por películas que no contengan asesinatos: las experiencias pueden ser terribles. Ven conmigo, la reunión ya terminó y todos se fueron hace rato.

—Josefa, ¡qué mal educada! ¿No ves que estoy con alguien?

—Sí, lo veo perfectamente, es el personaje de No country for old men, el sicópata. Por eso estoy aquí, se suponía que ibas a bajar las escaleras y volverías a tu lugar, pero ¡nunca bajaste! —exclamó Josefa, un poco más calmada al encontrar a María aún consciente, pero sintiéndose culpable por haber expuesto a sus amigos a algo tan peligroso. En un caso anterior, un hombre había quedado en coma, por eso estaba absolutamente prohibido usar ese aparato, que ni siquiera alcanzó a tener un nombre. Josefa se esforzó en calmarse y continuó:

—Los personajes te ven como si fueras uno; no tienen consciencia de lo que son, pero tienen personalidad que, en este caso, es mejor no hacer la prueba. Debí ser más precavida contigo. Por suerte, los otros no pudieron concentrarse en la luz azul, eso sí que hubiera sido desastroso —terminó de hablar, agarrando con fuerza el brazo de María para volver a la sala. Estaban por sobre el margen de tiempo probado hasta ese minuto.

—Se llama Antón —contestó María, quitando bruscamente su brazo de la mano de Josefa.

Antón estaba parado entre las dos mujeres y casi no se movía. Luego de un rato, giró hacia María y le preguntó:

—¿Por qué sabes mi nombre?

—Porque te vi en una película.

—No he salido en ninguna película.

—María —interrumpió Josefa— ¡Es suficiente! Si sigues acá vas a perder la consciencia, y vivirás esto como tu única realidad —y mirando a Antón, continuó—. Les quitamos las armas al programarlos.

Antón caminó hacia la mesa donde María hizo manualidades alguna vez. Tomó un pequeño cuchillo de mango amarillo, muy filoso y comenzó a apuñalarse la cara, en distintos lugares.

—¡No! —gritó María intentando quitarle el cuchillo, pero no pudo, tenía una fuerza descomunal.

—¡Déjalo, y vámonos ahora! —exclamó Josefa.

—¡Se va a matar! —gritó, cortándose ella también, al tratar de frenarlo.

—Claro que no, él no existe, pero tus cortes son reales acá y dónde iremos también.

Los cortes que se propinaba Antón se cerraban inmediatamente, pero él los volvía a abrir.

—¡Para, aún nos falta leer el papel! —insistió María, pero Antón parecía no escucharla.

—¿Qué papel? —preguntó Josefa.

—Este, lo iba a leer con Antón y ¡mira lo que hiciste! —gritó enojada María; pero Josefa le quitó el papel de la mano y comenzó a leerlo. Empalideció súbitamente.

—¿Estás bien, Josefa?

—¿Por qué quieres saber? —respondió, mirando a María fijamente.

—Porque te noto extraña…

—Define extraña.

—¿Qué?

—Que definas esa palabra.

—¡No!

—¿Por qué no? Define extraña.

—Josefa, no sé qué decirte. ¡Para!

Antón seguía apuñalándose la cara, y Josefa insistía en lo mismo. María necesitaba descansar y bajar a la sala donde estaba el aparato. Pero bajar era imposible, la puerta de la habitación ahora estaba repleta de arañas, y supo que no iba a salir fácilmente de ahí. Se sentó en una silla y miró por la ventana. Afuera estaba oscuro, tanto, como si su casa estuviera dentro de una caja, y flotaban papeles pero solo uno resplandecía: "Ese es mi papel", suspiró.

Joyce Barker Bucat es arquitecta y escritora. Nació y vive en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

 


miércoles, 5 de junio de 2024

LA APATÍA DEL HAMBRE

Joyce Barker Bucat

 

Era el primer día de José como trabajador del Centro de Investigaciones Extraordinarias (CIE). No era un gran puesto, pero debido a los efectos de sus antiguos vicios, no podía ambicionar un cargo mejor.

Lo recibió Mario, un obeso científico que lo supervisaría, y tuvo que firmar un juramento que prohibía comentar cualquier cosa que se hablara o viera adentro del CIE. Además, le comentó que si hacía bien su trabajo durante la primera semana, quedaría efectivo con un aumento de sueldo, y si no, el puesto volvería estar vacante.

—Sígame, por favor —dijo Mario, apurado: había vuelto recién de sus vacaciones y tenía que ponerse al día en el CIE. Dejó a José en una caseta, luego de explicarle vagamente el trabajo que debía realizar, y se retiró.

El puesto consistía en cuidar la bodega de objetos mitológicos, mirándolos desde una ventanilla de la caseta. La bodega contenía una vitrina perimetral llena de cajas, y un gran mueble metálico del tamaño de un congelador de supermercado. “Ese debe ser el congelador del que me habló el gordo”, pensó José. 

Durante la mañana, José se mantuvo en su cubículo, sentado frente a la ventanilla, como debía estar la jornada completa. Tenía prohibido entrar a la bodega y esa era una más de las normas inquebrantables del CIE, le dijo Mario, pero su curiosidad por ver qué había en el congelador lo puso ansioso, provocándole pensamientos que siempre tomaban un rumbo divergente de la realidad, haciendo de José un trabajador incumplidor e irresponsable.

Entró a la bodega. Sonó la alarma. Se acercó al congelador. Lo abrió; en su interior encontró una barra de hielo no muy grande, con una cuerda adentro. Tocó: el bloque era una masa húmeda y blanda. No era hielo.

—¡Qué haces! —gritó Mario, que llegó primero al sonar la alarma de la bodega—. ¡Te dije que no podías tocar nada!

—Discúlpeme, pero tuve que entrar porque se movió una caja, pero creo que me confundí, no se había movido nada; y al entrar, aproveché de revisar el resto… —mintió, como solía hacerlo. Mario lo miraba con desaprobación, mientras callaba la alarma desde su dispositivo personal, para evitar que se activara el protocolo de urgencias. Este es el primer y último día que veré a este inepto, pensó, pero al acercarse al congelador abierto, vio que la cuerda se contorneaba en el interior de la barra, bajo el calor de la mano de José.

—¡Qué es esto! ¡Es un milagro! —tartamudeó Mario, y en un acto casi instintivo, se arrodilló ante el cuidador—. Es un honor conocerlo…

La cuerda –de dudoso aspecto– había salido del bloque, subiendo por el brazo de José, hasta enrollarse en su cabeza.

—Perdón, pero ¿es normal que pase algo así? ¿Qué es esto? —preguntó José, sin darle mucha importancia a la confusa actitud del científico.

—Señor, debe esperar un momento así—respondió Mario como si le hablara a una criatura celestial—. La cuerda lo eligió: ni se imagina lo que le espera…

—¿En serio? —La cuerda apretaba con más fuerza, José intentó quitársela pero era imposible, parecía estar pegada a su piel—. No creo que sea el elegido de nada, además, me está doliendo… ¡Sáquemela, por favor! —exclamó José, ya desesperado, pero Mario ignoró por completo los alegatos del cuidador.

Los mitos y leyendas eran algo sin importancia para los científicos del CIE; sólo se usaban para obtener información. En este caso, el mito consistía en que si alguien lograba que la cuerda se moviera, era el real dueño del objeto. La reencarnación de algún dios fenicio.

Mario sacó su teléfono y llamó a su colega, Antonio, todavía arrodillado frente a José.

—Debes venir a la bodega de objetos.

—No puedo, estoy ocupado —respondió Antonio—. Y fue una falsa alarma: así me lo indica el sistema de seguridad. Además, la bodega de…

—¡Ven ahora! —. Mario lo interrumpió, y cortó.

 Antonio, suponiendo que Mario aún no estaba actualizado con los cambios que se habían hecho durante sus vacaciones, fue a la bodega del primer piso.

—¡Qué haces arrodillado! —exclamó Antonio al ver la extraña escena—. ¿Quién es usted? —Miró a José.

—¡No le hables así! ¿Que no te das cuenta? Deberías arrodillarte también. ¡Estás frente a un milagro! José, el nuevo cuidador de la bodega, es el elegido por la cuerda, ¡logró que saliera del hielo!

—¿Me estás hablando en serio? ¡No seas absurdo, Mario! ¿Cómo es posible que creas en eso? Además, ¡la cuerda roja está en el tercer piso! Está claro que no leíste las actualizaciones en la redistribución de las bodegas. Ésta es ahora la bodega de criaturas, ¡no de objetos! Y esto —dijo apuntando a la cuerda—, es un parásito que le extraje hace poco a una investigadora en la Antártica; y de los parásitos legendarios, este es uno de los más crueles. Ahora, párate, no seas ridículo.

Mario, dominado por la vergüenza, se levantó del piso:

—Y… ¿pudiste salvarla? —le preguntó rápidamente, para no ahondar en el error que podría costarle, fácilmente, el despido.

—No, no pude llegar a tiempo —respondió Antonio mientras ambos miraban el largo parásito deslizarse por la cara de José, que se mantenía erguido y con la mirada perdida, como si estuviera bajo un efecto hipnótico—. Mario —continuó impávido ante el espectáculo que, por protocolo, no podían tocar sin trajes especiales—: Esta es la última vez que te dejo pasar una equivocación así, o tendré que informar al comité. —El parásito casi había desaparecido por la boca de José.

—Seré más cuidadoso, no volverá a pasar —dijo Mario, aún avergonzado, mientras José se desvanecía con los ojos en blanco—. ¿Lo llevamos al pabellón quirúrgico? Hay que sacárselo antes de… ¿Le diste comida en la mañana? —La consulta de Mario era fundamental para saber cuánto duraría José con un parásito hambriento.

—No me corresponde esa tarea; pero supongo que sí… ahora necesito un momento para comer algo antes de la cirugía. ¿Me acompañas al casino?

—Pero, ¿estás seguro que José podrá soportar media hora así?

—Sí… —respondió Antonio mirando su reloj—. ¿Vienes?

—¡Claro!


Joyce Barker Bucat es una arquitecta y escritora nacida en Santiago de Chile. Se dedica a los cuentos cortos de ficción. Ha publicado en antologías y en el fanzine Estrellita mía.

 

TESTIMONIOS DE UN ÉXODO