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sábado, 8 de marzo de 2025

LAS CAZADORAS DE CHARCOS

Guy Hasson

 

Éramos cazadoras de charcos.

Las tres nos habíamos lanzado a la aventura. Y esperábamos volver las tres.

Porque los charcos eran notoriamente viciosos. Y en aquel entonces, cuando estaban casi extintos, esos temibles charcos se habían vuelto más viciosos aún.

Soy cazadora de charcos de cuarta generación, como bien sabes, querida. Mi bisabuela fue cazadora de charcos, asesinada por un charco salvaje y bárbaro cuando tenía menos de cincuenta años. Su hija, mi abuela, fue asesinada por un charco despiadado y a sangre fría cuando tenía treinta años. ¡Y mi madre fue asesinada por un charco diez años antes de que yo naciera!

—Espera, espera, Mameh. ¿Cómo pudo morir tu Mameh diez años antes de que nacieras?

Oye, ¿quién está contando la historia, tú o yo? ¿Cuál de las dos es cazadora de charcos?

—Tú.

Bien, entonces escucha la historia de cómo matamos al último charco de la Tierra.

—Sí, Mameh.

Y no te rías así. Esta es una historia seria y trágica.

—Sí, Mameh.

Nuestra misión era importante. Mi mejor amiga, la tía Dameh, acababa de perder a su madre, como tú perdiste a tu padre. Y se había sentido muy mal durante mucho tiempo. Lo cual es natural, ¿verdad?

—Verdad.

Así que la tía Tameh y yo decidimos llevar a la tía Dameh a una aventura, porque ¿qué te hace sentir mejor que una aventura?

—¿Televisión? ¿Tabletas? ¿Celulares?

Claro. Pero esto fue hace casi doce años. No había tabletas, ni teléfonos, ni siquiera televisores.

—¿Juegos?

No había juegos.

—¿Imaginación?

La imaginación aún no se había inventado. ¿Quieres escuchar la historia o no?

—Sí, Mameh.

Pero ella empezaba a verse sin luz en los ojos. Así que las dos le dijimos a la tía Dameh que vendría con nosotras y que tendría que volver a subirse al caballo. ¡Íbamos a cazar charcos otra vez! A ella realmente no le interesaba ir. Pero ¡victoria! ¡Aceptó de todas formas! Lo primero era organizar la caza. Tomamos nuestras armas habituales.

—¿Armas?

Palos. Palos y azúcar.

—¿Azúcar? ¿Eso se usa como arma?

El azúcar es para comer, por supuesto. Para que tengas energía cuando luches contra los charcos.

—Pensé que llevarías un paraguas.

¡Por supuesto que llevamos paraguas! ¿Crees que somos aficionadas? Y también llevamos otras armas. Como... Si eres tan lista, ¿por qué no me lo dices?

—¿Botas?

Oh, sí, ¡por supuesto que llevamos botas! Ni siquiera pensé que debía mencionarlo. ¿Qué más?

—¡Un secador de pelo!

¿Un secador de pelo?

—¡Para secar el charco!

¡No llevamos un secador de pelo! ¡Eso es una tontería! ¡Necesitas electricidad! Y hubiera sido un trabajo muy lento secar un charco. ¡Así que nos llevamos tres secadores!

—¿Tres?

¡Tres cientos, por supuesto! Con generadores para la electricidad, porque ¿cómo puedes cazar charcos sin electricidad para tus trescientos secadores de pelo? Así que allí estábamos. Saliendo de las murallas del castillo con…

—¿Vivías en un castillo?

Esto fue hace doce años. Todo el mundo vivía en castillos aquí. ¡Todo fuera de la ventana eran castillos y charcos, charcos y castillos! Luego los castillos se convirtieron en edificios de departamentos, pero esa es otra historia.

—¡Pensé que habías dicho que este era el último charco de la Tierra!

¿Desde cuándo escuchas a tu madre? ¿Puedo contar la historia, por favor? Y hagas lo que hagas, ¡en ninguna circunstancia empieces a escucharme ahora! ¡Es lo último que necesito! Además, no te rías. Porque reír convierte los castillos en edificios de departamentos.

—Pero aquí no hay ningún castillo.

Entonces puedes reírte. Pero sólo cuando algo no es gracioso. Si no, es muy raro.

—Vale.

Así que imagina esto. Estábamos saliendo del castillo. Quiero decir, imagínatelo como en una película. Salíamos del castillo, cada una de nosotras tres con cien secadores y un generador en cada mano. ¿Te lo estás imaginando?

—Claro.

Realmente heroico, ¿verdad?

—No lo sé.

¿Te lo estás imaginando en cámara lenta?

—No.

Caminábamos en cámara lenta. Tienes que imaginártelo en cámara lenta. ¿Lo estás haciendo?

—Sí.

¿Éramos heroicas?

—¿Cómo puedes parecer heroico sosteniendo ciento cincuenta secadores de pelo?»

¿Sabes qué? Tu Mameh es mucho más heroica de lo que crees. ¡Escucha y verás! Caminamos durante dos horas en completo silencio. La tía Dameh se sentía tan mal que no quería hablar ni cantar. ¡Y entonces nos sorprendió el primer charco! ¡Nos atacó por detrás! ¡Nos defendimos con viento caliente! Pero resultó que era una treta, porque había charcos a nuestra izquierda y charcos a nuestra derecha que esperaban para emboscarnos cuando no mirásemos. Estábamos mojadas, empapadas y ahogadas, ¡pero luchamos como nunca lo habíamos hecho! Manejábamos los secadores como profesionales.

—¿Como ninjas?

¡Como ninjas secadoras! ¡De repente eran cien! ¡Y luego mil! ¡Y todos querían matarnos! ¡No tenían corazón, esos malditos charcos! Venían y venían. ¡Pero nosotras tres teníamos una tecnología de secado como el mundo nunca había visto! ¡Teníamos drones secadores en el cielo! ¡Teníamos secadores autoalimentados! ¡Teníamos secadores con inteligencia artificial! Teníamos secadores genéticamente modificados, empalmados con ADN de gusano, de modo que si alguna pieza de uno se rompía, ¡ambos volvían a crecer para crear dos secadores! ¡Teníamos secadores Terminator! ¡Teníamos secadores que viajaban en el tiempo!

—¡Espera! ¿Sabes viajar en el tiempo?

Oh, sólo los secadores pueden viajar en el tiempo. Pero escucha. ¿Me estás escuchando?

—Estoy escuchando.

La batalla fue dura. Tu Mameh, tu tía Dameh, y tu tía Tameh, todas éramos heroínas como el mundo nunca había visto. Habíamos matado a todos los charcos. ¡Los cinco mil! Nos sentamos en las cálidas rocas, jadeamos, descansamos, miramos a nuestro alrededor y supimos que habíamos salvado el mundo y nos habíamos divertido haciéndolo. Al final, la tía Tameh estaba completamente agotada. Estaba en forma, pero ni de lejos estaba en forma para cazar charcos. Estaba tumbada en el barro e intentó levantarse, pero se cayó de bruces porque ya no tenía fuerzas. Se levantó y cayó de bruces. ¡Arriba, splat, arriba, splat, arriba, splat! La tía Dameh y yo nos reímos hasta que nos dolió el estómago y no pudimos respirar.

Entonces la tía Tameh dijo que se tomaría unos momentos antes de volver a intentarlo. Se quedó tumbada e inmediatamente empezó a roncar.

Y otra vez nos reímos y nos reímos. Y fue genial. Entonces miré a Dameh y le dije: ‘¿No es ésta una razón para levantarse por las mañanas? ¿Para recordar lo divertido que puede ser el mundo?’

Ella se limitó a gruñir. ‘Fue divertido. Pero ¿a quién le importa?’

‘Salvamos vidas’, le dije. Pero ella se encogió de hombros. ‘Pero ha sido divertido. ¿No ves que puedes divertirte?’ La diversión no es lo más importante, dijo.

‘Si la diversión no es lo más importante, ¿qué lo es?’ ‘Nada es importante para mí’. Y su voz era más fría que nunca. La miré fijamente, sin creer lo que oía. Al cabo de unos segundos, añadió al final de la frase: ‘Ya no’.

—¿Por qué dijo eso, Mameh?

Estaba muy, muy triste. Había pasado por algo horrible y yo no podía hacerle ver que había esperanza. Perdió toda esperanza.

—¿Cómo la recuperó?

Bueno, eh... le dije cosas que consiguieron que... eh... ¿Qué le hubieras dicho para que recuperara la esperanza?

—¿Por qué me miras así?

¿Yo? No. Sólo quiero una respuesta. ¿Qué le hubieras dicho?

—Tía Dameh, siempre puedes jugar.

Sí, claro.

—Y tienes amigos.

Cierto.

—Y... también hay televisión.

¡Eso es exactamente lo que le dije! Hay juegos y amigos y televisión y... tus hijos. ¿Verdad? Pero ella dijo: ‘Es muy duro. No veo ninguna luz en el futuro. Solía ser tan... optimista y... feliz. Pero no hay luz en ninguna parte. Me han quitado toda la luz’.

—¿Estás llorando?

No. Bueno, sí, estoy recordando lo duro que fue para ella. Es duro ver a tus amigos así, ¿verdad?

—Mmmm-hmmm.

Pero nada de lo que dijiste, quiero decir, ¡nada de lo que dije ayudó! ¿Qué puedes decir que la ayude?

—Yo, yo no sé.

¡Vamos, di algo! ¡Piensa en algo!

—Siempre pienso en cosas que me gustan.

Cierto.

—Y me gustan. Así que quiero hacerlas.

Cierto.

—¿Es eso lo que le dijiste a Dameh?

Se lo dije. Pero ella no vio una razón para hacerlas. Puedes... ¿Qué más sugieres? Quiero decir, ¿qué más crees que le dije?

—No lo sé.

¡Adivina!

—Yo... Uh... ¡Tratas de engañarme!

¿Yo?

—¡Sí! Vamos. Ya sabes el final de la historia!

¿Qué quieres decir?

—¡Dime qué le dijiste para que volviera a encontrar la esperanza!

¡Pero necesito que lo adivines!

—¡Dime qué le dijiste ya! ¡Vamos, Mameh!

Yo... Bueno, ya sabes... Creo que es suficiente por hoy. Mañana te cuento el resto.

—¡Ni hablar!

Es tarde.

—¡No me voy a dormir hasta que me cuentes el final de la historia!

Te estás despertando. ¡Vamos, estoy cansada!

—¡No! ¡Estás cerca del final! ¡Cuéntame el final!

Cariño...

—¡Dime lo que le dijiste!

Vale. Vale, vale. Sólo... recuéstate. Ya está.

Ok. Te lo diré.

Le dije... Claro... Te diré lo que le dije...

—Uh huh.

Le dije... Esto es lo que le dije.

—Uh huh.

Le dije, mira, le dije, ‘El dolor que sientes... es una emoción muy poderosa. Pero es sólo una emoción. Y detrás de ella... Detrás de ella está todo el resto de ti. Está todo lo que fuiste y todo lo que te hizo feliz y todo lo que te entristeció y todo lo que te dio miedo. Detrás de tu dolor están todos los recuerdos que tuviste y toda la vida que viviste y todos los buenos y los malos momentos. ¡Detrás de tu dolor está todo lo que te hace grande y todo lo que te hace molesto y todo lo que amo de ti y todo lo que amas de ti!’

‘Sigue ahí’, le dije. ‘Es más grande que el dolor. Es más importante que el dolor. Es más importante que tu miedo. Es más importante que tu pérdida. Pero incluye tu pérdida e incluye tu dolor e incluye tu miedo. E incluye todo lo que siempre fuiste’.

—Huh.»

¿Te gustó?

—Yo no habría dicho eso.

¡Ja, ja!

—¿Y eso es lo que funcionó?

Creo que sí.

—¿Crees que funcionó?

Oh, sí, claro. Lo hizo, definitivamente, absolutamente lo hizo. Hoy no está triste, ¿verdad?

—¡Cierto! Entonces, ¿qué hiciste?

Bueno... Ejem. Dame un minuto. Voy a beber un poco de agua. Sí. Sí. ¡La hizo sentir mejor! Eso fue sorprendente. Se sorprendió. Y entonces dijo... ‘No volvamos a cazar charcos. Dejémosles vivir sus vidas. Y nosotros viviremos nuestras vidas. Y tal vez incluso podamos vivir en cooperación felices para siempre’.

—¿Es esa la razón por la que hay charcos por todas partes cuando llueve?»

¡Así es! Y también es la historia de cómo Dameh inventó un juego que gusta tanto a los humanos como a los charcos: ¡saltar al agua con botas!

—¡Sabía que esta historia tenía una lección en alguna parte!

Desde luego que sí. Buenas noches, cariño.

—Buenas noches, Mameh.

 

Título original: The puddle hunters

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman


Guy Hasson es un dramaturgo, guionista y escritor israelí adscrito a varios géneros, entre los que se encuentra la ciencia ficción. Su trabajo como guionista y dramaturgo generalmente lo realiza en hebreo, mientras que su trabajo literario casi exclusivamente en inglés. Entre sus obras literarias se destacan: In The Beginning... (2001), novela corta; Hope for Utopia (2002), novela corta; Hatchling (2003), colección de cuentos; Life: The Game (2005), novela. En 2014 se publicó la novela Tickling Butterflies y en 2023 The Forgotten Girl, el primer libro de la serie 'Lost in Dreams'. Pueden leer la traducción online al español de “Hatchling”: https://axxon.com.ar/rev/163/c-163cuento8.htm. 


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