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lunes, 5 de enero de 2026

SENSITIVITY READER

Silvio Sosio

 

La mujer avanzó y entró. La sala de espera era austera y transmitía una sensación de frío, a pesar de los cuadros coloridos colgados en las paredes, que reproducían portadas de libros. Libros que, honestamente, nunca había oído mencionar, aunque eso no tenía nada de extraño. Con una amplia sonrisa estampada en el rostro se acercó al escritorio donde la aguardaba un empleado. A pesar de ser pequeña y menuda, ya algo entrada en años, se movía con exuberancia.

—¿Qué desea? —preguntó el secretario.

—He sido convocado por el editor. Me llamo Asimov, Isaac Asimov.

El secretario observó a la mujercita con una mueca perpleja.

—¿Usted es Asimov?

—Me dijeron que no era posible elegir y me asignaron este cuerpo.

El secretario arqueó una ceja.

—Está bien, siéntese allí y espere su turno.

Asimov se sentó. Al poco rato la puerta de entrada se abrió y entró un joven de proporciones claramente abundantes. Vestía ropa gastada, pero se comportaba como si llevara un traje de diseñador. Habló con el secretario y fue invitado a sentarse. Se acomodó lo más lejos posible de Asimov, lanzándole apenas una mirada de suficiencia.

De pronto la puerta del despacho se abrió y salió un hombre de piel oscura, visiblemente alegre, que saludó al secretario y se dirigió hacia la salida. El secretario miró a Asimov.

—Adelante, vamos, le toca a usted.

Asimov entró. Era una habitación aún más fría y gris que la anterior. En lugar de portadas, las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de carpetas. Detrás de un amplio escritorio de madera maciza había una mujer de mediana edad que escribía en una computadora portátil.

—Siéntese, señor Asimov —dijo sin levantar la vista.

—Doctor.

—¿Cómo? —levantó la mirada. Era fría como el hielo, y Asimov no pudo evitar un escalofrío al encontrarse con ella.

—Doctor Asimov. Soy licenciado en química.

—Sí, como quiera. Un momento y termino.

Asimov permaneció inmóvil. Se sentía incómodo, algo que le ocurría muy pocas veces. Se preguntó si el hecho de haber sido encarnado en el cuerpo de una mujer debilitaba de algún modo su personalidad, pero descartó la idea. Era un pensamiento machista, y él había superado esas cosas, se dijo.

Finalmente la mujer dejó de escribir.

—Bien —dijo, volviendo a mirarlo—. Doctor Asimov, ¿sabe dónde se encuentra, cuándo se encuentra y, sobre todo, por qué?

—Me lo explicaron a grandes rasgos —respondió Asimov—. Estoy en el futuro, he sido traído de vuelta de la muerte para discutir algún asunto editorial.

La mujer hizo una mueca leve.

—Más o menos. Yo soy la directora del departamento legal de HPMD, la editorial que publica sus libros.

—Yo era publicado por Doubleday.

—HPMD significa Hachette Harper Penguin Macmillan Doubleday. Hubo algunas fusiones. ¿Puedo continuar?

Levantó las manos.

—Por favor, adelante.

—Entonces: no está en el futuro, sino en el presente, obviamente, el año 2076. No ha sido traído de vuelta de la muerte. Se entrenó una inteligencia artificial utilizando todos sus escritos para recrear su personalidad. Sin embargo, como las personalidades humanas son más coherentes dentro de un cuerpo humano, la IA fue insertada en el cuerpo de una persona fallecida. Solo podemos usar personas muertas desde hace menos de veinticuatro horas, así que las opciones son limitadas, lo siento.

—No importa, es una experiencia interesante estar en el cuerpo de una mujer.

—¿Así puede tocarse el trasero usted mismo?

—¿Disculpe?

—¿No era usted famoso por esa manía de manosear a todas las mujeres que conocía? Incluso escribió un manual al respecto.

—Sí, es cierto —Asimov bajó la mirada—. Pero me arrepentí, después de una experiencia directa. Una vez Alfred Bester me abrazó; lo hizo con afecto, pero yo me sentí indefenso, y comprendí el daño que había causado con mi comportamiento. Debo haberlo escrito en algún lugar.

—Es evidente. Si no lo hubiera escrito, no lo recordaría. En fin, sigamos. Estamos aquí porque debemos revisar juntos algunos pasajes de sus libros.

Asimov echó la cabeza hacia atrás, perplejo.

—¿Revisar? Pensé que querían renovar algún contrato o algo por el estilo.

La directora lo miró con impaciencia.

—Doctor Asimov, usted murió en 1992, sus derechos ya han expirado.

—Ah. ¿Y de qué morí?

—De sida. Mucha gente murió de esa enfermedad en su época, sobre todo homosexuales.

Asimov se sonrojó.

—¿Homosexuales? Usted no pensará que yo…

—Me importa muy poco, pero sé perfectamente que usted no lo era, quédese tranquilo.

—De acuerdo, de acuerdo, por supuesto que no; aunque no habría habido nada de qué avergonzarse, en cualquier caso, discúlpeme, en mis tiempos…

—Sí, está bien. En cualquier caso, seguimos publicando sus libros, que por razones que no comprendo siguen siendo leídos; sin embargo, hay algunas cuestiones que, según nosotros, deberían adecuarse a la sensibilidad moderna, ¿me entiende? En el pasado hicimos revisiones de este tipo y hubo críticas porque modificamos libros sin el consentimiento del autor fallecido. Así que ahora, antes de hacerlo, “resucitamos” al autor y le pedimos permiso.

—Me parece una forma de proceder muy correcta. ¿El señor que estaba antes que yo también era escritor?

—¿El negro? Sí, se llama Roald Dahl. Escribía cosas para niños. Prácticamente nos dio permiso para hacer lo que quisiéramos con sus libros, con tal de que le levantáramos una estatua en su país natal, un lugar horrible en Gales.

Asimov suspiró profundamente, tratando de adaptarse a la idea.

—Revisar mis textos. De acuerdo, supongo que se tratará de detalles machistas, o de body shaming, o cosas por el estilo. No tengo problema, al contrario, me alegra. Si en algo no estoy de acuerdo, lo dejarán como está, ¿verdad?

—O entrenaremos otra IA intentando que sea más complaciente y nos volveremos a ver.

Asimov tragó saliva.

—Está bromeando, ¿verdad?

—No. Usted es la decimoctava versión de Asimov con la que me reúno.

Asimov abrió los ojos de par en par, pero la mujer sonrió con ironía.

—Sí, bromeaba, doctor Asimov. Usted es el primero, y no habrá otros, al menos durante algunos años. Simplemente, si no llegamos a un acuerdo dejaremos de publicar sus libros. Tal vez entrenemos una IA para escribir otros similares, pero dejaremos en paz su legado. ¿Contento?

Asimov se acomodó en la silla.

—Bien.

—De todos modos, no —continuó la directora—. Nada de machismo, racismo ni cosas por el estilo, ya hemos superado eso; nuestra sociedad ya no se deja condicionar por esas ideas… ¿cómo las llamaban? ¿gender? ¿woke? Siempre las confundo. Tonterías de hace décadas. A nosotros nos interesan las cosas verdaderamente importantes. Por ejemplo: en la página 49 de Foundation, usted llama al rey de Anacreon “su alteza”. Ser alto va contra la moral pública: cuanto más bajo se es, menos espacio común se ocupa. ¿Podemos cambiarlo por “su bajeza”?

La reunión se prolongó durante una buena hora, y para Asimov fue una tortura. Pero aceptó todos los cambios, incluso los más absurdos: lo único que le importaba era que sus libros siguieran siendo leídos, y si al editor le parecía correcto eliminar toda referencia a las orejas y hacer que el cabello de Arkadia Darrell fuera violeta porque así lo exigía la decencia pública, que así fuera.

Cuando salió estaba exhausto. El jovencito obeso (no, ni siquiera debo pensarlo, se corrigió mentalmente; aunque quizá en esta época les daba igual) se levantó erguido, se alisó la chaqueta y lo miró con un dejo de disgusto.

Desde el despacho llegó la voz ácida de la directora:

—Vamos, haga pasar a ese Ian Fleming, así terminamos por hoy.

Asimov echó una última mirada a las portadas, preguntándose quiénes podrían ser esos grandes escritores del futuro, y se dirigió hacia la salida.

 Silvio Sosio nació en Milán, Italia, el 5 de octubre de 1963. Es un periodista, editor y antólogo. Su actividad en el campo de la ciencia ficción comenzó en la década de 1980 con el fanzine La spada spezzata (ganador del Premio de la European Science Fiction Society al mejor fanzine europeo de ciencia ficción en 1986). En 1994 fundó, junto con Luigi Pachì, la revista en línea Delos Science Fiction. En 1996 fundó el portal Fantascienza.com. Entre 1999 y 2020 ganó diez veces el Premio Italia. Desde 1993 se dedica a la difusión de la ciencia ficción por vía telemática, primero en el mundo de las BBS con la conferencia dedicada al fantástico Fantatalk en la red OneNet (que sobrevivió hasta 2003 en la Rete Civica Milanese). Además de su actividad periodística, Silvio Sosio también ha escrito algunos relatos, uno de los cuales, “Ketama”, ganó el premio Courmayeur en 1996 y se publicó en Italia y Francia, mientras que otros se han publicado en Urania.

 

domingo, 7 de diciembre de 2025

MUNDO AL REVÉS

Silvio Sosio

 

Se llamaba Cosmico Spaziale, y era un escritor frustrado.

Permanecía sentado ante el escritorio, con los codos clavados en la fría superficie de vidrio de la mesa y el mentón sostenido con desaliento por las palmas de las manos. Fijaba la vista en el monitor de su fiel PC con Windows y en la ventana del procesador de textos, desesperadamente en blanco, con el cursor parpadeante que parecía repetir en un tic-tac obsesivo: «¿Y bien? ¿Qué esperas?».

Prácticamente toda la tarde había transcurrido así, y aún no tenía una idea. Las únicas palabras que había escrito eran Estación 9 – relato de Cósmico Espacial. El título, y después el nombre del autor, ese nombre que tanto detestaba y que sin embargo era el suyo, una burlesca alianza entre un destino cruel –que le había dado aquel apellido– y la escasa fantasía de sus padres, que le habían impuesto el nombre. Estaba destinado a ser escritor de ciencia ficción; eso parecía escrito en su destino registral.

Pero él odiaba la ciencia ficción.

Levantó la mano derecha y quedó allí, inmóvil, con el dedo índice suspendido sin saber sobre qué tecla dejarlo caer. No se le ocurría ninguna idea. Cuando escribió el título tenía en mente un vago argumento sobre una estación en un planeta inexplorado y un monstruo tipo Alien que eliminaba a unas cuantas personas, pero todo era nebuloso. No sabía cómo comenzar.

Resopló, tomó el mando a distancia y encendió la televisión. Hizo un poco de zapping y al final cayó en Retequattro. Reconoció enseguida, muy a su pesar, un episodio de Espacio 1999. Odiaba aquel canal, que transmitía todo el día series y seriales de ciencia ficción. Star Trek en todas sus encarnaciones, Espacio 1999, UFO, En los límites de la realidad, Doctor Who, Visitors, Los sobrevivientes, El prisionero, La nave espacial Orión, Highlander, Mork & Mindy, Thunderbirds, Crónicas marcianas, Zafiro y Acero, Cuarta dimensión, y todas esas innobles adaptaciones brasileñas por episodios sacadas de best sellers como Fundación, Dune, El mundo del río, Los desposeídos del otro planeta. Repuestas cada día, con múltiples repeticiones, y la gente en casa devorándolas como si fueran la Biblia y comentándolas en la barbería, en las tiendas, en el trabajo, con las vecinas. Un serial basado en Los príncipes demonio había atraído, el año anterior, a más de treinta millones de espectadores solo en Italia. Escalofriante.

Apagó la televisión, disgustado, y volvió al escritorio. Acarició con melancolía el perfil severo, anguloso, de su PC, otra de esas manías que lo hacían sentir extraño. Cada vez que entregaba un relato a un editor tenía que convertir el texto al formato estándar AppleWorks y guardarlo en un disquete para Macintosh, porque nadie conseguía abrir sus archivos de Microsoft Office. Cada vez que salía un nuevo programa o un nuevo juego debía esperar meses antes de que alguien hiciera una versión para Windows. Y siempre costaba más caro.

Para consolarse abrió el cajón del escritorio. Bajo un par de guantes de portero de fútbol sacó un pequeño cuadernillo fotocopiado, de formato reducido, en cuya portada en blanco y negro destacaba, con caracteres elegantes y ligeramente art nouveau, el encabezado: El Otro Beautiful, y más abajo: Fanzine de literatura rosa. Tratándolo con cariño, lo abrió en las primeras páginas, donde, después de su editorial, estaban impresos dos relatos: uno suyo y otro de un amigo que firmaba como Claretta Bellisari. Mantenía la revistita escondida, lejos del alcance de “los otros”. Su novia, por ejemplo, se burlaba de él sin piedad: decía que su insana pasión por la narrativa rosa era un signo de infantilismo, y que las cosas importantes en la vida eran otras: los contactos con extraterrestres, o anticipar el futuro de la humanidad, o imaginar “qué pasaría si…”. Era eso, según ella, lo que hacía la vida maravillosa y digna de ser vivida.

Con un nudo en la garganta volvió a guardar el fascículo en el cajón y, por enésima vez, se preguntó por qué no era posible vivir escribiendo aquello que realmente deseaba escribir: historias de amor, de sentimientos, donde pudiera expresar toda la dulzura y la ternura de su frágil alma. Historias donde los protagonistas no fueran naves espaciales y viajes en el tiempo, sino delicadas relaciones entre hombres románticos y mujeres fascinantes.

Lamentablemente, había que mirar la realidad de frente. Años antes, cuando era más joven, él y un grupito de otros apasionados habían intentado la aventura del quiosco: habían propuesto una revistilla, que bautizaron Lo que el viento se llevó, en homenaje a una vieja y olvidada obra maestra del cine. Fue un desastre. Así que, también para recuperar el dinero perdido en aquella aventura, Cósmico tuvo que ponerse a escribir ciencia ficción para revistas que pagaban bien, como Intimidad, dedicada a los viajes de micronautas dentro del cuerpo humano, y Confidencias, un rotativo que abordaba el tema de la telepatía. Pero cada vez que tocaba el teclado del ordenador para escribir un relato, se sentía sucio, le parecía estar prostituyéndose, vendiendo su alma de escritor por vil dinero.

Por un momento se dejó dominar por la rabia. Luego una sonrisa maligna se dibujó en su rostro. ¿Qué pasaría si…?

Tomó el mouse y borró el título que había escrito, sustituyéndolo por otro: Mundo al revés, de Cósmico Espacial. Ahora tenía una idea. Escribiría un relato sobre un universo paralelo. Un universo paralelo donde Jules Verne y H. G. Wells hubieran quedado como pobres escritores populares, y donde, en cambio, Goethe y Manzoni hubieran sido reconocidos por la crítica y forjado su época; donde la ciencia ficción fuese leída solo por unos pocos fanáticos excéntricos, y la narrativa rosa, en cambio, tuviera éxito: películas, seriales, telenovelas programadas en las cadenas más importantes durante todo el día. Y relatos bien pagados y leídos por un vasto público.

El dedo quedó suspendido aún sobre el teclado, mientras la sonrisa demencial se extinguía poco a poco en su rostro y se transformaba en una mueca de tristeza.

Nadie le publicaría un relato semejante. Era verdaderamente demasiado, demasiado inverosímil.

Escribió entonces un relato en el que los lunes, en lugar de comentar torneos de ajedrez, se hablaba solamente de fútbol.

 Silvio Sosio nació en Milán, Italia, el 5 de octubre de 1963. Es un periodista, editor y antólogo. Su actividad en el campo de la ciencia ficción comenzó en la década de 1980 con el fanzine La spada spezzata (ganador del Premio de la European Science Fiction Society al mejor fanzine europeo de ciencia ficción en 1986). En 1994 fundó, junto con Luigi Pachì, la revista en línea Delos Science Fiction. En 1996 fundó el portal Fantascienza.com. Entre 1999 y 2020 ganó diez veces el Premio Italia. Desde 1993 se dedica a la difusión de la ciencia ficción por vía telemática, primero en el mundo de las BBS con la conferencia dedicada al fantástico Fantatalk en la red OneNet (que sobrevivió hasta 2003 en la Rete Civica Milanese). Además de su actividad periodística, Silvio Sosio también ha escrito algunos relatos, uno de los cuales, “Ketama”, ganó el premio Courmayeur en 1996 y se publicó en Italia y Francia, mientras que otros se han publicado en Urania.

EN CASA AJENA (OCHO)