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miércoles, 12 de agosto de 2026

BOSQUE

Miriam Ootjers

 

—Padre, por favor. Me duele.

Sabía que suplicarle era inútil. Que solo lo alentaba aún más. Pero seguía intentándolo cada vez que la enorme figura del hombre que se hacía llamar su padre se inclinaba sobre ella, con los pantalones a la altura de los tobillos y una expresión en los ojos que, de haber sido mayor, habría reconocido como una mezcla de lujuria, obsesión y locura.

Pero tenía diez años.

Amaba el bosque. Amaba el olor terroso que ascendía del suelo, el susurro de las hojas cuando el viento se abría paso entre los árboles, los animales que se movían entre los arbustos con un leve crujido. No amaba las cornamentas colgadas en la pared de la cabaña de caza, ni la piel de oso apolillada que cubría el suelo de la sala, ni los rifles guardados en el armario sin llave del pasillo. Tampoco amaba los juegos que su padre quería jugar cuando la llevaba a la cabaña de madera durante aquel fin de semana mensual en el bosque.

Tenía que ir. Así lo establecía el régimen de visitas, le decía su madre cuando preguntaba si podía quedarse en casa ese fin de semana. Su padre tenía derecho a pasar con ella un fin de semana al mes. Un beso fugaz que nunca llegaba a rozarle la mejilla, el portazo de la puerta de entrada y se quedaba sola con su padre y con la espantosa sonrisa que aparecía en su rostro apenas su madre les daba la espalda.

Ahora estaba sola con él en la cabaña y permanecía tendida, preparada para recibirlo. Para distraerse del dolor pensaba en el viento, en los árboles, en los animales que se deslizaban entre la maleza.

Y en correr.

Piensa en correr.

Lo oía en sus oídos, en su cabeza, en todo su cuerpo. Una voz que crujía como las ramas cargadas de nieve en invierno, que sonaba como una bota al desprenderse del musgo empapado, afilada como las espinas de las zarzas que rodeaban el lago del bosque. Una voz que ahogaba sin dificultad los gemidos del hombre que tenía encima, aunque era suave como una brisa de verano.

Ya basta. Es muy sencillo. Levanta la pierna derecha. Con fuerza. Ya sabes dónde debes golpearlo.

Ocurrió por sí solo. Como si el martillo del pediatra hubiera golpeado su rodilla, la pierna derecha salió disparada hacia arriba. La rodilla impactó exactamente donde más le dolería. Un alarido animal le desgarró los tímpanos. Hubo un instante de dolor insoportable cuando él se retiró y, después, un bendito vacío allí donde la había invadido. Ella se incorporó como pudo, sintió una mano aferrándole el tobillo y lanzó una fuerte patada hacia atrás. Siguió un segundo grito, que ya no llegó a oír.

La voz llenaba sus oídos.

Con los pantalones en los tobillos no puede correr rápido. Corre.

Mientras salía disparada por la puerta, se limpió con el borde de la falda la viscosidad que sentía entre los muslos.

Corrió.

Los pies descalzos sobre las hojas en descomposición, la respiración silbándole en los pulmones, un dolor punzante en el bajo vientre. Cruzó el sendero, pasó junto al automóvil, se internó entre los arbustos, tropezó con raíces, quedó atrapada entre las ramas.

Corre.

Detrás de ella sonó un disparo y luego un segundo, seguido de inmediato por un dolor ardiente en la parte superior del brazo derecho. Soltó un gemido y cayó de rodillas. La manga de la camiseta empezó a calentarse con la sangre. Gotas rojas atravesaron la tela y cayeron sobre el suelo del bosque, donde la tierra las absorbió con avidez.

Por primera vez en muchos años, el bosque saboreó sangre. Sangre deliciosa, viva, caliente. Ansiaba más. Pero no su sangre. No sangre pura. La sangre impura era la que codiciaba.

Más.

Sabía que no tenía tiempo para quedarse allí sentada. Torpemente volvió a ponerse en pie. Las hojas se le pegaban a la ropa y al cabello, el sabor de la tierra llenaba su boca, las espinas se clavaban en las palmas de las manos y en las pantorrillas. No había tiempo para arrancarlas.

Sigue. Tienes que seguir.

Se limpió las manos en la falda. Las espinas cayeron entre las hojas, pero dejaron tras de sí un calor venenoso que se extendió por las manos hasta los brazos.

No hay tiempo. Sigue.

Abriéndose paso entre las ramas y tropezando con las raíces, avanzó a través de la maleza. Su respiración entrecortada quedó ahogada por un zumbido que ascendía del suelo y vibraba a través de todo su cuerpo. Salió de los arbustos y llegó a un claro.

Ya es suficiente.

El pie se le enganchó en una raíz. Algo crujió en su tobillo y la gravedad hizo el resto. Cayó de bruces sobre las hojas podridas. La raíz atrapó sus tobillos y la mantuvo inmóvil. A unos metros detrás de ella, su padre avanzaba pesadamente entre los arbustos. Lo más aterrador era su silencio. No decía «no estoy enfadado», ni «sal, no te haré daño», ni «ven aquí». La ausencia de palabras gritaba: «Te encontraré y te mataré.»

Una nueva oleada de dolor recorrió su cuerpo. No provenía del tobillo roto, sino del vacío que su padre había dejado dentro de ella. De nuevo empezó a llenarse. Pero esta vez de algo frío, afilado y sinuoso. Quiso gritar. Clavó las manos en la tierra. Las hojas que llenaban su boca y su garganta devolvieron el grito a sus pulmones.

Silencio. Solo durará un instante.

Las raíces encontraron sus dedos y se deslizaron bajo las uñas. Las uñas se endurecieron hasta convertirse en corteza. El musgo invadió la piel. El cabello se transformó en hierba afilada como cuchillas. Los iris adquirieron el color verde parduzco de un pantano. Las venas se llenaron de savia. En su interior se reunieron miles de insectos que solo aparecían durante las noches sin luna. Raíces brotaron de su vientre y se hundieron en la tierra. La cabeza se le llenó de avispas. Sobre la lengua crecieron hongos. La voz que antes había escuchado dentro de su cuerpo era ahora la suya. No dolía. Se sentía natural. Como si siempre hubiera sido así. Como si fuera a seguir siéndolo para siempre. Era el Bosque. Y el Bosque era eterno. Se irguió, sostenida por raíces y tierra. Se extendió a lo largo de kilómetros. Luego volvió a contraerse. Encontró al hombre que se hacía llamar Padre, avanzando pesadamente sobre su tierra, empujando sus ramas, apartando sus arbustos. Olía a locura, a pólvora y a lujuria. Pero, sobre todo, olía a sangre. El Bosque había probado la sangre. Y ansiaba más. Siempre ansiaba más. Con avidez extendió sus raíces hacia él para recibirlo. Para llenar con ellas cada cavidad de su cuerpo.

Miriam Ootjers (1980, Groningen) es una escritora, editora y autora ocasional neerlandesa de unos cuarenta años que cree en los gatos, la magia y el poder de la imaginación. Le apasiona el realismo mágico, pero también encontrarán que de su teclado a la pantalla del ordenador fluyen algún thriller o un relato de ciencia ficción; sin embargo, un toque de fantasía siempre estará presente en sus obras. Se pueden encontrar sus relatos en antologías, revistas como Fantastische Vertellingen, HSF, SFTerra y Grim, y en línea, y sus libros en las estanterías de bibliotecas, librerías y en formato ebook. Entre sus libros más recientes se encuentran De andere kant, De dood en de vrouw e Isolde en Anna. ¿Su lema? Encontrar lo extraordinario en lo ordinario, y lo ordinario en lo extraordinario.

 

 


 

martes, 23 de junio de 2026

COJO

Miriam Ootjers

 

Hace mucho tiempo, cuando la gente aún acudía a la Dama Blanca en busca de consejo, los zorros respondían con cortesía cuando se les preguntaba el camino y los gatos negros traían buena suerte, un muchacho besó a su madre, recibió su bendición y salió al mundo para buscar fortuna.

Sentado en un taburete, el muchacho tenía poco de llamativo. Su cabello rubio como el lino y sus ojos azul pálido no atraían la atención y, cuando hablaba, lo hacía con una voz suave y serena. Pero en el momento en que se ponía en movimiento, todas las miradas se dirigían hacia él.

Desde su nacimiento, su pierna izquierda era más corta que la derecha. Eso le daba una forma lenta y vacilante de caminar que pronto le valió el apodo de «Cojo». Lo llamaron tantas veces así que, con el paso de los años, todo el mundo olvidó su verdadero nombre. Incluso él mismo.

Decidió que era mejor llevar un insulto como si fuera un título de honor que dejar que lo hiriera cada vez. Por eso, cuando alguien le preguntaba cómo se llamaba, respondía invariablemente:

—Cojo.

Cojo nunca hizo la asociación por sí mismo, pero debido a su limitación física quienes lo rodeaban suponían que también era lento de entendimiento. Nadie se tomaba la molestia de conocerlo realmente, y a Cojo eso le parecía bien.

Hasta que llegó el momento de cuidar de su madre en lugar de que ella lo cuidara a él, y salió en busca de trabajo.

—No eres lo bastante fuerte —dijo el herrero.

—No eres lo bastante rápido —dijo el posadero.

—No eres lo bastante inteligente —dijo el cirujano antes incluso de que Cojo pudiera abrir la boca para preguntar si podía convertirse en aprendiz.

Solo cuando un monje le cerró la puerta en las narices sin decir una palabra comprendió que no tenía sentido insistir. Todos veían a un cojo. Nadie veía a Cojo.

Y así se encontraba ahora al comienzo del sendero que atravesaba el bosque y conducía al vasto mundo. Durante el camino tuvo tiempo de sobra para pensar qué significaba realmente para él la palabra «fortuna».

Al final del segundo día abandonó el camino arenoso y se internó unos metros en el bosque, donde un árbol caído había abierto un claro en el follaje.

Apoyado contra el tocón, contempló los puntos centelleantes del cielo profundamente negro. Para tranquilizar su mente empezó a contarlos.

Después de cien, sus ojos comenzaron a cerrarse lentamente. Al llegar a ciento cuatro se abrieron de golpe.

No sabía mucho sobre las estrellas, pero ¿no se suponía que debían permanecer en su sitio? Entonces, ¿por qué una venía directamente hacia él?

Cojo intentó ponerse de pie, pero su pierna más corta no colaboró.

El «¡mierda!» de la estrella quedó ahogado por el «¡uf!» de Cojo cuando la primera aterrizó de golpe en el regazo del segundo y luego rodó por el suelo del bosque.

Cuando ambos se recuperaron del sobresalto, Cojo se incorporó apoyándose en el tocón y extendió una mano para ayudar a la estrella a levantarse.

Mientras la estrella se sacudía, avergonzada, el musgo y las hojas de la ropa, Cojo la observó de arriba abajo.

No. Así no se había imaginado una estrella.

Nada brillaba ni resplandecía en el muchacho que tenía delante. Más bien parecía insignificante, igual que él mismo. Vestía ropa gris, remendada aquí y allá con trozos de tela, y tenía un cabello gris paloma impropio de alguien de su edad. Cuando Cojo bajó la mirada, vio que estaba descalzo.

Solo cuando la estrella levantó la vista comprendió de dónde provenía el brillo que había visto en el cielo. Los ojos del muchacho tenían iris dorados tan intensos que Cojo tuvo que apartar la mirada para no quedar cegado. La estrella volvió la cabeza a un lado, avergonzada. Cuando volvió a mirarlo, sus ojos estaban apagados, pero conservaban el color amarillo dorado de las flores silvestres que tanto gustaban a su madre.

—Soy Cojo. —Le tendió la mano—. He salido al mundo para buscar fortuna y poder mantener a mi madre.

La estrella se aclaró la garganta e ignoró la mano.

—¿Has pedido un deseo? —Cojo negó con la cabeza—. ¿No?

—No. Estaba contando estrellas para quedarme dormido.

—¿Y yo fui la primera estrella que viste? —preguntó con esperanza.

—Bueno, no exactamente. Eras la número ciento cuatro.

—Ah.

La estrella pareció ligeramente ofendida, pero se recompuso enseguida.

—De todos modos necesitas algo; si no, yo no estaría aquí.

Eso hizo pensar a Cojo. Quería encontrar fortuna. Pero ¿realmente necesitaba algo? ¿Algo tan necesario como para que una estrella hubiera descendido del cielo para dárselo?

La estrella vio su duda y decidió, al parecer, que no tenía tiempo para ella.

—Puedo arreglar eso —dijo señalando la pierna más corta de Cojo.

—¿Está rota? —preguntó Cojo con asombro.

—¿Acaso puedes correr con ella? —Ahora era la estrella quien sonaba sorprendida.

—Todo el mundo parece estar corriendo en estos días —respondió Cojo con sequedad—. A veces sería mejor que algunas personas tuvieran menos prisa.

La estrella lo miró durante un instante, desconcertada.

—Eh... ¿oro, entonces? Si lo deseas, puedo darte una montaña de oro.

Pero Cojo negó con la cabeza.

—No podría cargarla. Además, los bosques no son seguros. Los ladrones me la quitarían enseguida.

—Entonces haré que aparezca junto a tu madre —ofreció la estrella—. ¿No? —añadió, sacudiendo la cabeza al ver la expresión de Cojo.

—Pensará que es robado o que lo ha traído un espíritu maligno para comprar su alma. No lo querrá y probablemente lo enterrará en el bosque o lo arrojará al pozo.

—¡Entonces amor! —exclamó la estrella—. ¡Puedo darte al amor de tu vida!

Cojo la observó pensativo.

—Si no puedo cuidar de mi madre, ¿cómo voy a mantener a una persona amada?

—Eh... —La estrella pareció buscar otras posibilidades. No encontró ninguna—. Lo siento. Eso es lo que desea todo el mundo. Amor, riqueza o salud. Ya no se me ocurre nada más.

Cojo reflexionó un momento.

—Quizá deberías regresar. —Señaló el cielo.

La estrella lo miró abatida.

—Solo puedo regresar cuando hayas formulado un deseo y yo lo haya cumplido.

—Entonces deseo que regreses.

Cojo le dirigió una sonrisa alentadora, pero la estrella no desapareció.

—No puedes pedir deseos para mí. Esas son las reglas. —Se encogió de hombros—. Puedes hacerlo, claro, pero el deseo no se cumplirá.

—Entonces será mejor que busques a otra persona que desee algo.

Y volvió al sendero del bosque. El cansancio había desaparecido de su mente y de su cuerpo. Para su sorpresa –y ligera irritación– la estrella lo siguió a unos pocos metros de distancia.

Cojo se detuvo y se volvió.

—No tienes que seguirme. Ve a buscar a otra persona.

—No puedo. Estoy ligado a ti por el deseo incumplido. Tengo que seguirte.

—¿Porque esas son las reglas? —suspiró Cojo.

La estrella asintió con incomodidad y parecía sentirse tan incómoda con la situación como él. Quizá debería pedir algo pequeño, un pan, por ejemplo, y así ambos quedarían libres el uno del otro, pensó Cojo. Sin embargo, dudaba que funcionara. Sospechaba que la estrella solo podía cumplir un deseo si era algo que realmente quisiera, no algo formulado únicamente para librarse del muchacho de ojos dorados. Porque esas eran las reglas.

Mientras tanto, la estrella había perdido el interés en Cojo y observaba cuanto la rodeaba. Su mirada pasaba de los árboles a los arbustos. Recogió una piña del sendero, contempló fascinado las semillas que caían de ella y finalmente levantó la vista hacia el cielo. Cojo se preguntó si la estrella realmente quería volver allí arriba.

Al parecer la estrella notó que la observaba y, sobresaltada, dejó caer la piña.

—Perdón, ¿has dicho algo?

Cojo negó con la cabeza.

—Limítate a pedir algo —murmuró el muchacho con gesto hosco—. Así nos libraremos el uno del otro.

En ese momento Cojo estuvo seguro de que la estrella no deseaba regresar.

—Quiero pensarlo un poco.

Y reanudó la marcha.

—No puede ser tan difícil —oyó que refunfuñaba la estrella a sus espaldas—. Pide lo que pide todo el mundo. Los humanos son predecibles.

—Tal vez yo no sea como todo el mundo —respondió Cojo por encima del hombro.

—Claro que lo eres.

La frase fue casi inaudible, pero lo bastante clara para molestar a Cojo.

Se detuvo de golpe y la estrella estuvo a punto de chocar contra él.

—Muy bien. Deseo una montaña de oro.

Miró fijamente a la estrella.

El muchacho tenía las manos metidas en los bolsillos y contemplaba el suelo como un niño malhumorado.

No ocurrió nada.

—¿Y bien?

—Solo puedes desear algo que quieras en lo más profundo de tu corazón —murmuró la estrella.

—Y no necesito oro.

—No, al parecer no...

—Entonces deseo que mi pierna izquierda tenga la misma longitud que la derecha. —Cojo contuvo el aliento un instante. A veces, muy de vez en cuando, deseaba ser como los demás. Pero, se dio cuenta, aquello se debía a que quería que lo trataran con normalidad, no a que estuviera descontento consigo mismo. Cuando no sucedió nada, añadió—: Deseo que el amor de mi vida aparezca delante de mí.

Miró a la estrella directamente a los ojos. La estrella le devolvió la mirada sin pestañear.

No apareció nadie entre ellos.

—Bien —concluyó Cojo—. Ahora que hemos terminado con eso, podemos seguir adelante. Está oscuro y hace frío, y no me apetece caminar toda la noche.

—¡Entonces desea un refugio! —gritó la estrella mientras volvía a seguirlo.

—Deseo un refugio —dijo Cojo tranquilamente.

Nada.

—¿Por qué no funciona? —La voz de la estrella sonaba ya desesperada.

—Porque hay suficientes refugios en el bosque. Estoy seguro de que encontraremos uno y, si no, construiremos uno. Además, no le tengo miedo a la noche.

Pero la estrella sí. Cojo lo comprendió cuando volvió la vista atrás. Hasta entonces el muchacho se había mostrado completamente absorto en cuanto lo rodeaba; ahora caminaba encogido sobre sí mismo, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos moviéndose nerviosamente de un lado a otro. No era desesperación lo que Cojo creía oír en su voz. Era miedo.

Redujo el paso y permitió que la estrella lo alcanzara hasta caminar a su lado.

—¿Quieres que nos detengamos?

—¡Quiero que pidas un deseo! —gritó la estrella para ahogar su propio temor.

En lugar de señalarle que ya había formulado cuatro deseos sin que ninguno se cumpliera, Cojo se acercó un poco más hasta quedar casi hombro con hombro con él.

Aunque la estrella habría podido aumentar la distancia con un solo paso, no lo hizo.

El muchacho se relajó ligeramente.

—¿Cómo llega una estrella al cielo? —preguntó Cojo tras unos minutos de silencio.

—Qué sé yo —murmuró el muchacho casi inaudiblemente, cruzando de nuevo los brazos sobre el pecho.

—¿Las estrellas nacen? —Cojo no quería insistir, pero sentía auténtica curiosidad. La estrella permaneció callada, obstinada—. Mi madre me contó una vez que las nuevas estrellas nacen cuando dos estrellas chocan entre sí. Cojo observó a la estrella por el rabillo del ojo, pero esta seguía mirando el sendero—. Entonces...

—Morí y me convertí en una estrella, ¿de acuerdo? —lo interrumpió bruscamente el muchacho—. Yo... Nosotros...

Se interrumpió. Cojo también se detuvo y se volvió hacia él. La estrella evitó su mirada y observó cualquier cosa menos a Cojo, hasta que finalmente les habló a sus propios pies.

—Asaltábamos diligencias. No era la primera vez y, por nuestra parte, tampoco habría sido la última. Había tanto oro, y nosotros no teníamos nada. No era justo. —La estrella resopló—. Necesitábamos el oro. Pero también era divertido. Los gritos de las mujeres. Los hombres agitando espadas decorativas como si nunca hubieran sostenido un arma. Las riquezas que prácticamente nos arrojaban ante la simple visión de un cuchillo. El... —De pronto pareció darse cuenta del entusiasmo con que estaba relatándolo. Guardó silencio, avergonzado, y retomó la historia con voz más calma—. Pero parecía que la última diligencia esperaba un asalto. No había oro. Sí había cuatro hombres. Hombres entrenados con espadas contra tres muchachos inexpertos armados con cuchillos. Nos abatieron en cuestión de segundos. Miré hacia el cielo y después me vi a mí mismo desde arriba.

El muchacho se estremeció. Cojo sintió deseos de abrazarlo, pero se contuvo. Por todos sus gestos comprendía que la estrella aún no había terminado de hablar y, si la consolaba ahora, probablemente el torrente de palabras se detendría.

—Entonces desaparecí. El bosque desapareció. Todo desapareció. Incluso mis recuerdos desaparecieron. Y de pronto me encuentro frente a una mujer que me mira directamente y dice: “Deseo un establo lleno de vacas lecheras sanas”. Y allí aparece un establo lleno de vacas. La mujer corre hacia él y yo vuelvo a desaparecer. Después un hombre que desea que su hija sea más hermosa. Un campesino que desea que el ganado de su vecino contraiga la viruela. Un niño que desea la muñeca más grande del pueblo. Deseo tras deseo, cada uno más grande, más hermoso y rico que el anterior. Nunca un “gracias”. Siempre “deseo”, “deseo”. “Yo, yo, yo”.

De pronto la estrella levantó la vista hacia Cojo.

—¿Yo también era así? ¿Todo giraba también alrededor de mí?

Había algo desesperado en su mirada, algo que parecía suplicar:

Dime que no. Dime que no merecía esto. Dime que esto no es un castigo.

Pero Cojo no tenía la respuesta. La estrella tampoco parecía esperar que la tuviera. Trazos luminosos de color amarillo dorado descendieron por las mejillas de la estrella.

—Y cada vez que vuelvo a poner los pies sobre la tierra, regresan más recuerdos.

Se secó las lágrimas con la manga y se sonó la nariz. Cojo le ofreció su pañuelo. Tras sonarse ruidosamente, la estrella le tendió el pañuelo, que ahora emitía una tenue luz. Cojo negó con la cabeza. El muchacho lo guardó en el bolsillo.

—¿Y ahora qué quieres? —preguntó Cojo.

—Que pidas un...

La frase quedó incompleta.

—No lo sé —dijo finalmente la estrella—. No sé qué quiero.

Cojo vio que lo decía sinceramente.

—Quizá solo necesites tiempo para pensarlo.

Y volvió a echarse a andar.

La estrella asintió agradecida. Lo siguió y aceleró el paso hasta caminar a su lado.

Cuando apareció la primera luz del amanecer se aproximaron a una pequeña aldea.

—Nos detendremos aquí —dijo Cojo.

En realidad habría querido descansar varias horas antes. Le dolía la cadera derecha y la espalda parecía haberse puesto de acuerdo con ella para protestar. Pero durante todo el trayecto la estrella había observado cuanto la rodeaba con fascinación, como un niño que descubre por primera vez la belleza del bosque. Había arrancado hojas de los arbustos, acariciado la corteza de los árboles y, en una ocasión, había salido corriendo tras un zorro internándose entre la vegetación. Durante varios minutos Cojo no vio ni oyó nada de él. Por un momento temió que hubiera regresado al cielo, hasta que divisó dos manchas doradas entre los arbustos que unos segundos después resultaron ser los ojos de la estrella. Aliviado, respiró profundamente y pidió al muchacho que no volviera a alejarse del sendero.

—No lo entiendes —había respondido este—. Todo me resulta familiar y, al mismo tiempo, completamente nuevo.

Y volvió a desaparecer entre los arbustos al escuchar un crujido.

La estrella nunca se mostró impaciente por el lento paso de Cojo y, cuando este tropezó con una raíz, lo sujetó instintivamente por el brazo antes de que cayera. Cojo sospechaba que, si le hubiera confesado cuánto le dolía el cuerpo, la estrella habría aceptado descansar de inmediato. Le había hecho muchas preguntas acerca de su existencia como estrella y pronto llegó a la conclusión de que no llevaba años concediendo deseos, sino siglos. Mientras tanto, la estrella le había arrojado hojas y piñas a modo de broma, había pasado corriendo delante de él al menos veinte veces sin darse cuenta de que Cojo no podía apartarse con rapidez y le había hecho interminables preguntas sobre la aldea donde vivía, sobre los animales del bosque y sobre su madre.

Ni una sola vez la estrella lo vio como un discapacitado. Ni una sola vez lo consideró lento de entendimiento. La estrella veía a Cojo como Cojo. Y Cojo empezaba a ver a la estrella como a un muchacho. Como a un amigo.

Al llegar al borde de la aldea, la estrella miró al cielo, donde el negro de la noche había sido reemplazado por los suaves tonos azulados y rosados del amanecer.

—Todos se han ido.

Recorrió el firmamento con la mirada y luego observó a su alrededor con expresión perdida, hasta que sus ojos se detuvieron en Cojo.

—Yo sigo aquí —dijo este con calma.

Juntos recorrieron las calles, pasearon por el mercado y finalmente llegaron a una plaza. Allí Cojo tomó una decisión.

—Deseo que mi amigo permanezca en este mundo hasta que realmente llegue el momento de marcharse. Cuando tenga... —pensó un instante— cien años, por ejemplo.

La estrella arqueó las cejas.

—Buen intento. Pero no ocurre nada.

Sin embargo, Cojo estaba viendo otra cosa.

Los suaves iris dorados de la estrella comenzaron a cambiar lentamente de color, hasta que se encontró mirando unos ojos azul pálido.

El muchacho frunció el ceño.

—No me mires así. No es el deseo correcto.

—Claro que sí —sonrió Cojo—. Tal vez solo necesites un poco de tiempo para verlo tú también.

—¿Ver qué?

—Que en realidad no existen reglas. Que quizá nunca habías conocido a alguien capaz de desear algo para otra persona desde lo más profundo de su corazón.

Le sonrió al muchacho. Este le devolvió una amplia sonrisa, aunque seguía sin comprender. Entonces Cojo lo tomó de la mano y tiró suavemente de él. Y juntos siguieron adelante, hacia el mundo.

Miriam Ootjers (1980, Groningen) es una escritora, editora y autora ocasional neerlandesa de unos cuarenta años que cree en los gatos, la magia y el poder de la imaginación. Le apasiona el realismo mágico, pero también encontrarán que de su teclado a la pantalla del ordenador fluyen algún thriller o un relato de ciencia ficción; sin embargo, un toque de fantasía siempre estará presente en sus obras. Se pueden encontrar sus relatos en antologías, revistas como Fantastische Vertellingen, HSF, SFTerra y Grim, y en línea, y sus libros en las estanterías de bibliotecas, librerías y en formato ebook. Entre sus libros más recientes se encuentran De andere kant, De dood en de vrouw e Isolde en Anna. ¿Su lema? Encontrar lo extraordinario en lo ordinario, y lo ordinario en lo extraordinario.

 

 

lunes, 11 de mayo de 2026

HARM

Miriam Ootjers

 

Extrañar a alguien más que a la vida misma. Harm había oído decir eso una vez durante un funeral. Nunca lo había entendido del todo. ¿Cómo podía compararse extrañar a alguien con extrañar la vida? Solo sabes cómo se siente extrañar la vida cuando estás muerto.

Harm sí conocía eso de “amar a alguien más que a la vida misma”. Eso fue lo que le dijo a su esposa el día que se casaron. Lo había dicho desde el fondo de su corazón.

—Te amo más de lo que amo la vida.

Su esposa había muerto hacía cuatro semanas. Y ahora, sentado en el sofá de una sala vacía, en una casa vacía y en su vida vacía, Harm comprendía lo que el orador había querido decir durante el funeral. Extrañaba a Marie más que a la vida misma, simplemente porque toda su vida había muerto junto con ella.

Inmediatamente después de su muerte, siguiendo una vieja costumbre familiar, había cubierto los espejos con telas negras. Cerró la puerta con llave. Se dejó caer en el sofá, pasó días enteros mirando la pared sin ver nada y dejó que la vida a su alrededor se desmoronara hasta que no quedó nada más que comer, beber, dormir y extrañar. Sobre todo, extrañar muchísimo. Nada tenía sentido ya en la existencia. Incluso respirar parecía incorrecto. Lo único que quería era desaparecer. Pero el recuerdo de Marie lo mantenía allí.

Como un fantasma, Harm vagaba de habitación en habitación. A veces creía oír la voz de Marie. En la cocina, tarareando como siempre hacía cuando cocinaba; en la sala, refunfuñando algo ininteligible porque no encontraba el control remoto del televisor. Si se detenía y cerraba los ojos para escuchar, el sonido desaparecía. Solo mientras seguía moviéndose podía seguir oyendo a Marie.

Como cuando veo algo por el rabillo del ojo, pero en cuanto lo miro directamente desaparece.

Cuando pronunciaba su nombre en voz alta, todo quedaba inmediatamente en silencio. Incluso oía a Marie inhalar bruscamente, como si se sobresaltara al escuchar su voz. Eso le dolía.

¿Por qué se asusta de mi voz? Después de más de veinte años de matrimonio...

En alguna ocasión creyó que algo en la habitación había cambiado de lugar. Cosas pequeñas, que bien podían ser producto de su imaginación. Imaginación, o mi deseo de que todavía esté aquí. Un libro acomodado correctamente en el estante, los almohadones de la cama esponjados, todas las asas de las tazas alineadas hacia el mismo lado en la alacena; parecían ecos de la obsesión de Marie por el orden. Una vez estuvo seguro de haber cerrado las cortinas de la sala. Cuando se levantó a la mañana siguiente, estaban abiertas.

A veces se quedaba junto a la ventana de la sala mirando el tráfico pasar frente a la casa, a la gente paseando perros, al vecino cortando el césped y a la naturaleza avanzando lentamente de la primavera hacia el verano. Afuera, la vida seguía adelante, mientras que por dentro Harm moría un poco más cada día. Los colores se volvían más pálidos, sus movimientos más lentos, todo lo que comía y bebía tenía cada vez más sabor a cartón, y cada día sentía más frío por dentro.

Su mirada recorrió la habitación hasta detenerse en el teléfono, que llevaba más de una semana sin sonar porque había ignorado a todas las personas que lo habían llamado para preguntarle cómo estaba. Había borrado los mensajes de voz sin escucharlos. Marie estaba muerta, así que el mundo entero podía irse al demonio. Finalmente, incluso las personas más insistentes se habían rendido.

Estiró la mano hacia el teléfono, abrió la aplicación de mensajes, buscó la conversación con su esposa y escribió lo que más deseaba decirle:

“Te extraño”.

Presionó el ícono de enviar, vio la marca que le indicaba que el mensaje había sido enviado y luego la segunda marca: recibido. Las marcas no se volvieron azules. Por supuesto que no se volvieron azules. No había nadie para leer el mensaje.

Harm apagó el teléfono y lo dejó sobre la mesa de centro con un suspiro. Un minuto después volvió a tomarlo.

“Te amo”.

Dos marcas grises.

En los días siguientes tomó el teléfono con frecuencia para escribirle mensajes a Marie. Todavía había tantas cosas que quería decirle. Mensaje tras mensaje enviaba a su teléfono: le contaba cuánto la amaba, cuánto la extrañaba, cuánto lamentaba haber roto su jarrón favorito y haber culpado al periquito. Le decía lo agradable que era seguir oyendo su voz de vez en cuando, aunque no pudiera entender lo que decía. No dejaba que las marcas grises, que nunca se volvían azules, lo detuvieran. Era su manera de procesar la pérdida.

A su alrededor todo estaba cada vez más sucio, y una mañana decidió que esa no era la forma en que a Marie le gustaba ver la casa. La bolsa de la aspiradora estaba llena y, por más que buscó, no encontró bolsas nuevas. Casi automáticamente tomó el teléfono.

“¿Dónde están las bolsas nuevas de la aspiradora?”

Marca gris. Dos marcas grises.

Harm arrojó el teléfono sobre la mesa.

¿Qué esperaba?

Un zumbido mientras la pantalla del teléfono se iluminaba.

“Debajo del fregadero.”

Harm tomó el teléfono de la mesa y abrió el mensaje. Ahí estaba realmente.

“Debajo del fregadero.”

Revisó los mensajes enviados. Todos tenían marcas azules. Bajó desplazándose hasta el final.

“Debajo del fregadero.”

Y tres puntos. Alguien estaba escribiendo.

La mano de Harm tembló.

¿Qué clase de brujería es esta?

Mientras esperaba que los puntos se transformaran en un mensaje, la pantalla se apagó. Irritado, volvió a activar el teléfono justo en el momento en que el mensaje llegaba. Aunque había pasado al menos un minuto mirando aquellos puntos, el mensaje era breve.

“Harm, ¿eres tú?”

“¿Marie?”, escribió. “Soy yo.”

Las marcas se volvieron azules de inmediato.

“Te extraño”, escribió enseguida después. “Todo está tan vacío desde que te fuiste.”

Esta vez la respuesta llegó más rápido.

“Pero Harm, yo no soy quien está muerto...”

El teléfono cayó de sus manos.

Comprendió de pronto qué era lo que no encajaba. Lo que no había encajado desde el principio. Lo que estaba tan mal que lo había evitado inconscientemente para no tener que pensar en ello. Para no verse obligado a enfrentar los hechos. El hecho.

Caminó hasta el espejo del pasillo. Cerró los ojos, palpó con la mano la tela negra que cubría el espejo y la arrancó. Abrió los ojos. Vio la pared detrás de él, el abrigo colgado en el perchero, el collage de fotos de las vacaciones de verano, la araña junto al techo.

Pero no se vio a sí mismo.

No tenía reflejo.

Miriam Ootjers (1980, Groningen) es una escritora, editora y autora ocasional neerlandesa de unos cuarenta años que cree en los gatos, la magia y el poder de la imaginación. Le apasiona el realismo mágico, pero también encontrarán que de su teclado a la pantalla del ordenador fluyen algún thriller o un relato de ciencia ficción; sin embargo, un toque de fantasía siempre estará presente en sus obras. Se pueden encontrar sus relatos en antologías, revistas como Fantastische Vertellingen, HSF, SFTerra y Grim, y en línea, y sus libros en las estanterías de bibliotecas, librerías y en formato ebook. Entre sus libros más recientes se encuentran De andere kant, De dood en de vrouw e Isolde en Anna. ¿Su lema? Encontrar lo extraordinario en lo ordinario, y lo ordinario en lo extraordinario.

 

jueves, 19 de marzo de 2026

EL LOBO Y CAPERUCITA ROJA

Miriam Ootjers

 

Una vez, una suave brisa de primavera soplaba entre los árboles del bosque, los pájaros cantaban y una niña entrecerraba los ojos contra el brillante sol del mediodía. Llevaba una capa roja con capucha y, en la mano derecha, sostenía una cesta con pan fresco, ciruelas pasas y una botella de tequila. Caperucita Roja iba camino de la cabaña de su abuela.

Por qué una mujer necesitada de más de ochenta años había decidido seguir viviendo en medio del bosque seguía siendo un misterio para ella. Caminar todos los días por el mismo sendero del bosque, arrastrando una pesada cesta solo para tener que escuchar las quejas de la anciana empezaba a irritar a Caperucita. Sabía que tenía mejores maneras de pasar el día.

La puerta de la cabaña estaba abierta, pero la abuela no estaba por ninguna parte. Era la tercera vez ese mes, y Caperucita sospechaba que la abuela empezaba a volverse un poco senil. No era la primera vez que encontraba rasguños y moretones por toda la piel de la anciana. Cuando le preguntaba, la abuela miraba las heridas con sorpresa y decía que no tenía ni idea de cómo ni dónde se las había hecho.

Ante la perspectiva de tener que buscar por medio bosque, Caperucita dejó escapar un suspiro irritado y, con más fuerza de la necesaria, golpeó la botella sobre la mesa de la cocina, arrojó la cesta a un rincón y caminó con paso pesado hacia la puerta.

Justo cuando estaba a punto de bajar la manija, esta bajó sola y la puerta se abrió de golpe. La niña, que ya se estaba inclinando sobre la puerta, cayó directamente en los brazos del lobo, que la había abierto desde afuera.

La maldición de Caperucita ahogó el «disculpa» del lobo mientras él la empujaba de nuevo hacia dentro y cerraba la puerta tras de sí. Puso una pata sobre su boca para impedir que dijera algo más que una joven no debería decir.

—Sssssst —añadió, innecesariamente.

Se apoyó de espaldas contra la puerta, con las orejas atentas a cualquier sonido del exterior, mientras Caperucita, con los brazos cruzados, esperaba con impaciencia a que terminara su espectáculo.

—¿Qué estamos esperando? —preguntó finalmente.

El lobo le hizo un gesto para que guardara silencio.

—Alguien me persigue —susurró—. Con una ballesta.

La niña negó con la cabeza.

—No seas ridículo. La caza está prohibida desde hace años. ¿No has visto los carteles de «y vivieron felices para siempre» en cada entrada del bosque? Nadie vive feliz para siempre si alguien lo persigue con una ballesta. Ahora hazte a un lado, he perdido a mi abuela. Otra vez.

Impaciente, empujó al lobo a un lado y abrió la puerta. Una flecha pasó silbando junto a su oreja, cambiando instantáneamente la opinión de Caperucita. Cerró la puerta de golpe.

—Alguien te persigue —dedujo.

—Con una ballesta —asintió el lobo.

—O con un arco largo —replicó ella, aunque se dio cuenta de que ese no era el momento para empezar una discusión.

En vez de eso, tomó una escoba del armario, se quitó la capa y la ató al palo.

—Quizá ese no sea el color adecuado —sugirió el lobo.

Molesta, la niña arrancó la capa del palo, agarró el borde del mantel y lo tiró de la mesa de la cocina. El lobo atrapó la botella de tequila justo antes de que se hiciera añicos contra el suelo.

Caperucita abrió la puerta lo suficiente para sacar el palo de la escoba y agitó la bandera blanca arriba y abajo. Como no fue recibida por una lluvia de flechas, sacó con cuidado la cabeza, abrió la puerta y salió.

—Quienquiera que fuera, ya se ha ido.

El lobo salió con cautela por la puerta, preparado para saltar de nuevo dentro si veía el más mínimo movimiento entre los arbustos. Poco a poco se relajó.

—Esto lleva pasando días. Alguien está cazando en el bosque con una ballesta. A la señorita Armiño le dieron una flecha en la cola la semana pasada. Y justo ayer, el señor Zorro vio pasar una flecha sobre su cabeza. No esperó a la siguiente. Y todos recordamos el día en que desapareció toda la familia Visón.

Los ojos de Caperucita se posaron en el rasguño del brazo del lobo.

—Las flechas son rápidas —murmuró él, avergonzado, cubriéndose la herida con la pata—. Parece que ahora apunta principalmente a los lobos.

—Eres el único lobo en esta parte del bosque.

—Eso parece.

Entonces Caperucita recordó algo.

—Mi abuela está ahí fuera en alguna parte. Podrías ayudarme a buscarla.

El lobo se frotó el rasguño del brazo y luego miró por encima del hombro la botella de tequila en la mesa de la cocina.

—No, gracias —negó con la cabeza—. Quizá vuelva sola. Puedo quedarme aquí para que haya alguien esperándola.

La niña se encogió de hombros, volvió a ponerse la capa y desapareció entre los árboles.

Tan pronto como se fue, el lobo agarró la botella de la mesa, desgarró el pan en trozos y los puso en un plato. Observó las ciruelas pasas durante un rato, luego se encogió de hombros y las esparció sobre el pan. Llevó todo al dormitorio de la abuela, se acomodó en la cama y esperó el regreso de la niña.

Media hora más tarde se despertó al oír la puerta principal. Con la flecha de ballesta aún viva en su mente, rodó desde debajo de las mantas hasta el suelo. Desde debajo de la cama vio las botas de Caperucita, seguidas por los calcetines mojados dentro de unas zapatillas empapadas que debían de ser de la abuela.

Avergonzado, salió a toda prisa de debajo de la cama, saltó sobre ella y limpió las migas del cubrecama. La niña asomó la cabeza por la esquina del dormitorio.

—¡La encontré! —dijo triunfante.

El lobo se levantó, se estiró y caminó hasta la cocina para ver si quedaba algo más para comer.

Había ramitas enredadas en sus apretados rizos permanentes, y su vestido de flores estaba rasgado en varios sitios, pero la anciana no parecía darse cuenta.

—¿Vienes aquí a menudo, señor Lobo? —La abuela lo miró… y también a través de él.

—Sí, soy amigo de su, eh… —El lobo miró de la niña a la abuela intentando adivinar la relación entre ellas—. De Caperucita —terminó—. ¡No debería andar sola por el bosque! Los ataques con ballesta son una plaga últimamente.

Le agitó un dedo en señal de advertencia. Caperucita, que estaba reuniendo tiritas y vendas, asintió.

La abuela miró al lobo con ojos vidriosos.

Luego dijo:

—¿Vienes aquí a menudo, señor Lobo?

El lobo abrió la boca para repetir la misma respuesta, pero se dio cuenta de que aquello podía prolongarse durante horas.

De pronto los ojos de la abuela se iluminaron.

—¡Caperucita, tenemos un invitado! ¡Trae los vasos!

Apartó la mano de la niña, que justo estaba intentando ponerle una tirita en el brazo, y se dirigió tambaleándose hacia uno de los armarios de la cocina. Tras una breve inspección dedujo.

—Te has olvidado del tequila.

Caperucita miró acusadoramente al lobo, que saltó, corrió al dormitorio y volvió con la botella medio llena.

—No, señora abuela, usted la dejó en el dormitorio.

Añadió una sonrisa de disculpa dirigida a Caperucita.

El lobo se estaba divirtiendo bastante; Caperucita, en cambio, parecía pensar lo contrario después de un solo vaso de tequila. Él ya iba por el tercer vaso, más media botella que había bebido mientras esperaba a la niña, y se lo zampó de un solo trago. Luego se levantó. Un poco inestable sobre sus patas, hizo una torpe reverencia a la abuela y agarró la silla para mantenerse en pie.

—Mis disculpas, señora abuela, pero su, eh… Caperucita no debería caminar sola por el bosque. Ataques con ballesta y esas cosas… —Su voz se perdió en las profundidades del alcohol.

—Pero, señor Lobo, hace mucho que no tengo compañía —respondió la anciana—. Por favor, quédese un rato más.

Los ojos del lobo se encontraron con la mirada despreciativa de Caperucita, luego con los ojos suplicantes de la vieja. Pero negó con firmeza. Todo el mundo también se movió.

—No, las damas primero. —Frunció el ceño—. Las jóvenes damas primero —intentó corregir su error.

Cuando comprendió que tampoco eran las palabras adecuadas, se rindió, cambió la silla por el hombro de Caperucita y la condujo hacia la puerta.

—Nos vamos. Adiós, señora abuela.

La niña, más que feliz de abandonar la sofocante cocina que ahora también olía a alcohol, se dejó empujar hacia afuera.

 

Al final del día siguiente, el lobo se encontró con Caperucita en el camino hacia la casa de su abuela.

—¡Buenos días! —dijo la niña.

El lobo se agarró la cabeza y se tapó las orejas con las patas.

—¿Resaca? —preguntó la niña, más fuerte de lo necesario, y añadió una sonrisa maliciosa. —Él apretó los ojos ante el sonido de su voz y asintió—. La abuela tiene aspirina.

El lobo volvió a asentir en silencio y siguió a la niña. Levantó una esquina del paño de la cesta con cuidado, procurando que ella no lo notara. Vio una botella, pero resultó ser jugo de pera. Decepcionado, dejó caer el paño otra vez.

 

—¡Señor Lobo!

Parecía que algo del día anterior había quedado en la memoria de la abuela, porque saludó al lobo con entusiasmo.

—Eso no tiene muy buen aspecto —dijo señalando el rasguño en su brazo.

La herida, causada por la flecha de ballesta, estaba claramente infectada. El lobo la miró y solo entonces se dio cuenta de que le dolía bastante. Al parecer, la resaca había relegado a segundo plano todos los demás dolores de su cuerpo.

Con más fuerza de la que uno esperaría de una anciana, lo empujó hacia una silla de la cocina y se dirigió tambaleándose a la despensa. Se oyó el ruido de varios frascos de vidrio, seguido de murmullos, y luego la abuela regresó con un brazo lleno de botellas y tarros que esparció sobre la mesa.

Parecía haber olvidado a sus visitantes mientras abría varios frascos, olía el contenido, leía etiquetas y vertía parte de los líquidos en un cuenco. El lobo miró a Caperucita, pero ella se encogió de hombros.

—No me preguntes —decía aquel gesto.

La anciana machacó todo junto con un mortero. El resultado fue una pasta marrón y maloliente que probablemente pretendía ser un medicamento. Un poco más preocupado al percibir el horrible olor de las hierbas mezcladas con algunos ingredientes menos fáciles de identificar, el lobo se echó hacia atrás en la silla todo lo que pudo.

—Eh… —protestó débilmente cuando la abuela metió los dedos en el cuenco y le agarró el brazo.

El firme agarre le impidió levantarse con educación pero rápidamente y huir hacia la seguridad de cualquier otro lugar que no fuera la cocina de la abuela. En cambio, se quedó quieto mientras la anciana le untaba la pasta sobre la herida. Luego soltó su brazo y se limpió los dedos en el delantal.

Divertida, Caperucita vio cómo el ojo derecho del lobo temblaba mientras se sentaba sobre su pata izquierda para impedirse a sí mismo limpiarse la pasta marrón. Era demasiado educado para saltar y correr al fregadero a lavarla. En lugar de eso, forzó una sonrisa que pretendía ser de agradecimiento, pero que sobre todo mostraba muchos dientes.

De pronto, la abuela pareció hundirse de nuevo en el lugar al que iba su mente cuando no estaba allí. Miró las botellas y tarros sobre la mesa y la pasta maloliente del cuenco.

—Caperucita —dijo con tono de reproche—. ¡Qué desastre! ¡Limpia esto, niña!

Con un profundo suspiro, Caperucita se levantó lentamente de la mesa, devolvió todos los tarros y botellas a la despensa y sacó el cuenco con el brazo estirado todo lo posible para arrojarlo a la basura.

Mientras tanto, el lobo no se sentía demasiado bien. Tenía la nariz congestionada, como si se hubiera resfriado –lo cual en realidad era una bendición con aquella pasta apestosa en el brazo– y el mundo empezaba a volverse un poco borroso.

La voz de Caperucita era demasiado aguda cuando le preguntó si el brazo se sentía mejor. Su propia voz parecía esconderse en algún lugar profundo dentro de él y se negaba a salir, así que simplemente asintió. Sí, su brazo se sentía mejor. Es más, ya no sentía el brazo en absoluto.

Señaló la jarra de agua sobre el fregadero, pero falló el objetivo y su pata fue a parar a la botella de tequila. La niña agarró la botella y sirvió un vaso para cada uno. El lobo levantó su vaso con la pata izquierda y una vez más se lo zampó de un trago. La abuela dormitaba con los ojos cerrados y no pareció notar el tequila que Caperucita le había servido.

El lobo empezó a ver doble y se preguntó si una resaca no debería mejorar en vez de empeorar durante el día. Los colores eran demasiado brillantes ahora y la abuela parecía mirarlo con los ojos entrecerrados. Caperucita le sirvió otro vaso y él se lo bebió.

Entonces el alcohol empezó a hacer su trabajo y a suavizar los bordes afilados de lo que fuera que lo estuviera afectando. El mundo volvió a sus proporciones más o menos normales, aunque todavía un poco borrosas.

—Señor Lobo, ¿se encuentra bien? —La abuela se había despertado de su siesta—. Se ve un poco pálido.

Caperucita lanzó una mirada significativa de la botella al lobo, pero la abuela no pareció notarlo.

—Quizá debería quedarse aquí esta noche —continuó—. El bosque no es lugar para un lobo resfriado.

El lobo, que tenía la sensación de que aquello era algo más que un resfriado, negó con la cabeza.

—Es muy amable de su parte. Pero podría ser contagioso. No quisiera que usted se enfermara.

No vio la mirada esperanzada de Caperucita cuando miró del lobo a su abuela.

—Pero hace mucho frío en el bosque —insistió la anciana.

—No, tengo que llevar a su, eh… —Hizo una nota mental de que realmente tenía que preguntar cuál era exactamente la relación entre las dos; aquello empezaba a resultar incómodo— …Caperucita a casa. Ataques con ballesta…

Eso fue todo lo que logró decir. Empujó la silla hacia atrás y Caperucita se levantó rápidamente para sostenerlo.

—Gracias, señora abuela —murmuró el lobo, asintiendo hacia la mujer.

¿Frunció el ceño, o solo era su visión borrosa?

Se dejó conducir hacia la puerta. La niña se volvió y saludó a su abuela con la mano. La abuela no devolvió el saludo.

Con la firme idea de que era él quien la estaba sosteniendo a ella y no al revés, el lobo siguió caminando hasta que estuvieron a mitad de camino hacia la casa de Caperucita. La niña pasó por encima de la raíz de un árbol que llevaba creciendo allí más de veinte años. Él no.

Su brazo derecho seguía negándose a obedecer las órdenes de su cuerpo y, en lugar de agarrarse instintivamente a Caperucita, cayó hacia atrás dentro de un charco.

Tosiendo y jadeando, salió a la superficie, se arrastró hasta terreno seco y sacudió el agua de su pelaje.

La niña trató desesperadamente de no reír. Se quitó la capa de los hombros y se la ofreció al lobo. Él se secó lo mejor que pudo y se la devolvió.

—¿Mejor? —preguntó ella, observando las manchas marrones que la pasta medicinal había dejado en su capa roja.

—Sí, mucho mejor —respondió el lobo con total sinceridad.

El hormigueo en su brazo derecho le indicó que la sensibilidad estaba regresando. Tomó nota mental de caer en charcos con más frecuencia cuando el mundo se volviera demasiado borroso.

Con paso decidido acompañó a la niña hasta su casa.

 

Con una cesta llena de comida y un profundo suspiro, Caperucita volvió a ponerse en camino hacia la casa de su abuela. En el bosque buscó con la mirada al lobo, pero parecía tener otros planes para ese día. Una lástima. Visitar a la abuela era mucho más divertido con el lobo cerca.

Caperucita se detuvo cuando oyó lamentos procedentes de los arbustos.

—¡Ay, pobre de mí! —gritaba alguien.

La niña dejó la cesta en el suelo, apartó las hojas y vio a una oveja que se sujetaba la pata trasera con las delanteras.

—¡Ay, pobre de mí! ¡Pobre de… mí!

La oveja pareció vacilar un instante al ver a Caperucita, pero enseguida se recompuso y continuó su lamento.

—Señora Oveja, ¿qué ocurre? —preguntó Caperucita intentando hacerse oír por encima del llanto.

—¡Mi pata! —baló el animal—. Tropecé con una raíz y me torcí la pata. ¡Ay, pobre de mí!

Caperucita dudó. Ayudar a la oveja le llevaría más tiempo del que quería pasar en el bosque. Por otro lado, no podía dejar así a una criatura del bosque que claramente estaba sufriendo.

Tomó a la oveja por las patas delanteras, ignorando el «¡ay, ay, ay!» que casi le perforó los tímpanos, y la puso de pie. Con la oveja apoyada en su brazo derecho y la cesta en la mano izquierda, la ayudó a llegar hasta la cabaña de la abuela. Con un poco de aspirina y vendas la pondría nuevamente sobre sus patas –o mejor dicho, pezuñas– en poco tiempo.

Caperucita abrió la puerta… pero no la abuela no estaba. Ante la perspectiva de tener que buscar por el bosque una vez más, dejó escapar un profundo suspiro. Sentó a la oveja en una silla y sacó el botiquín de uno de los armarios.

Se arrodilló junto a la oveja para vendarle la pata. El animal gemía suavemente y Caperucita le dio unas palmaditas en la rodilla para consolarla.

—¡Vaya, señora Oveja, qué patas tan delgadas tiene!

—Sí, hija mía —respondió la oveja—. Es porque tengo que caminar largas distancias por el bosque todos los días para encontrar comida.

Caperucita entendió la indirecta, se levantó, tomó un poco de pan de la despensa y se lo dio a la oveja, que empezó a comer.

—¡Señora Oveja, qué dientes tan rectos y blancos tiene!

—Sí, hija mía, es por todo el pasto que mastico cada día.

Caperucita la observó pensativa durante un momento y se encogió de hombros. Ajustó bien la venda alrededor de la pata de la oveja y se levantó.

—Señora Oveja, qué hombros tan extrañamente formados tiene.

Señaló los hombros de forma semicircular.

—Sí, hija mía, eso es por mi ballesta.

Caperucita apenas tuvo tiempo de decir:

—¿Mi balles…?

La oveja saltó de la silla, empujó a la niña con los hombros y la hizo caer hacia atrás sobre el suelo de la cocina. Sacó la ballesta de debajo de la piel de oveja y apuntó al pecho de la niña. La piel cayó al suelo y dejó al descubierto un vestido de flores demasiado familiar para Caperucita.

El grito de Caperucita quedó ahogado por un fuerte gruñido. El lobo saltó desde la puerta principal y cayó sobre el vientre de la abuela. Con una pata derribó la ballesta de su mano y con los dientes la sujetó por la piel del cuello.

Con los ojos llenos de furia, la abuela gritó:

—¡El alcohol no funciona, el veneno no funciona, las flechas no funcionan! ¡Estúpido lobo, por qué no te mueres de una vez! ¡Tu piel vale mucho más que tu vida!

Horrorizada, Caperucita miró de la abuela al lobo. Él intentaba decir algo, pero todavía sujetaba a la vieja por el cuello. Sus ojos pasaron de la abuela que se debatía y gritaba a la niña.

«¿Qué vamos a hacer con ella? Y por favor responde ahora mismo», parecía decir aquella mirada.

Caperucita comprendió entonces que la abuela no era tan débil ni tan senil como había fingido. Se golpeó la frente por haber sido tan ingenua. O quizá el tequila que su abuela siempre le servía tenía parte de la culpa…

El lobo la devolvió a la realidad con un interrogatovo “¿Mwwhh-hhh?”

Caperucita tomó una decisión. Muchos animales de ese bosque habían muerto a manos de aquella abuela disfrazada de oveja. Aquella sería la última vez que engañaría a alguien.

Con firmeza levantó a la mujer por los tobillos y señaló el pozo que llevaba años seco, pero que se mantenía allí por razones sentimentales… al fin y al cabo, nunca se sabe cuándo un pozo común puede convertirse en un pozo de los deseos.

Juntos llevaron a la mujer que luchaba y gritaba hasta el borde y la arrojaron dentro.

Un grito sorprendido, un golpe… y luego silencio.

 

El lobo colgó la ballesta sobre la chimenea para perpetuar aquel día especial, y quizá también por si aparecía otra abuela ahora que el territorio de caza había quedado liberado. Caperucita se quedó con la piel de oveja como recuerdo del día en que el lobo le salvó la vida… y de que no todo es lo que parece.

Miriam Ootjers (1980, Groningen) es una escritora, editora y autora ocasional neerlandesa de unos cuarenta años que cree en los gatos, la magia y el poder de la imaginación. Le apasiona el realismo mágico, pero también encontrarán que de su teclado a la pantalla del ordenador fluyen algún thriller o un relato de ciencia ficción; sin embargo, un toque de fantasía siempre estará presente en sus obras. Se pueden encontrar sus relatos en antologías, revistas como Fantastische Vertellingen, HSF, SFTerra y Grim, y en línea, y sus libros en las estanterías de bibliotecas, librerías y en formato ebook. Entre sus libros más recientes se encuentran De andere kant, De dood en de vrouw e Isolde en Anna. ¿Su lema? Encontrar lo extraordinario en lo ordinario, y lo ordinario en lo extraordinario.

LA BALADA DEL GATO