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jueves, 19 de marzo de 2026

EL LOBO Y CAPERUCITA ROJA

Miriam Ootjers

 

Una vez, una suave brisa de primavera soplaba entre los árboles del bosque, los pájaros cantaban y una niña entrecerraba los ojos contra el brillante sol del mediodía. Llevaba una capa roja con capucha y, en la mano derecha, sostenía una cesta con pan fresco, ciruelas pasas y una botella de tequila. Caperucita Roja iba camino de la cabaña de su abuela.

Por qué una mujer necesitada de más de ochenta años había decidido seguir viviendo en medio del bosque seguía siendo un misterio para ella. Caminar todos los días por el mismo sendero del bosque, arrastrando una pesada cesta solo para tener que escuchar las quejas de la anciana empezaba a irritar a Caperucita. Sabía que tenía mejores maneras de pasar el día.

La puerta de la cabaña estaba abierta, pero la abuela no estaba por ninguna parte. Era la tercera vez ese mes, y Caperucita sospechaba que la abuela empezaba a volverse un poco senil. No era la primera vez que encontraba rasguños y moretones por toda la piel de la anciana. Cuando le preguntaba, la abuela miraba las heridas con sorpresa y decía que no tenía ni idea de cómo ni dónde se las había hecho.

Ante la perspectiva de tener que buscar por medio bosque, Caperucita dejó escapar un suspiro irritado y, con más fuerza de la necesaria, golpeó la botella sobre la mesa de la cocina, arrojó la cesta a un rincón y caminó con paso pesado hacia la puerta.

Justo cuando estaba a punto de bajar la manija, esta bajó sola y la puerta se abrió de golpe. La niña, que ya se estaba inclinando sobre la puerta, cayó directamente en los brazos del lobo, que la había abierto desde afuera.

La maldición de Caperucita ahogó el «disculpa» del lobo mientras él la empujaba de nuevo hacia dentro y cerraba la puerta tras de sí. Puso una pata sobre su boca para impedir que dijera algo más que una joven no debería decir.

—Sssssst —añadió, innecesariamente.

Se apoyó de espaldas contra la puerta, con las orejas atentas a cualquier sonido del exterior, mientras Caperucita, con los brazos cruzados, esperaba con impaciencia a que terminara su espectáculo.

—¿Qué estamos esperando? —preguntó finalmente.

El lobo le hizo un gesto para que guardara silencio.

—Alguien me persigue —susurró—. Con una ballesta.

La niña negó con la cabeza.

—No seas ridículo. La caza está prohibida desde hace años. ¿No has visto los carteles de «y vivieron felices para siempre» en cada entrada del bosque? Nadie vive feliz para siempre si alguien lo persigue con una ballesta. Ahora hazte a un lado, he perdido a mi abuela. Otra vez.

Impaciente, empujó al lobo a un lado y abrió la puerta. Una flecha pasó silbando junto a su oreja, cambiando instantáneamente la opinión de Caperucita. Cerró la puerta de golpe.

—Alguien te persigue —dedujo.

—Con una ballesta —asintió el lobo.

—O con un arco largo —replicó ella, aunque se dio cuenta de que ese no era el momento para empezar una discusión.

En vez de eso, tomó una escoba del armario, se quitó la capa y la ató al palo.

—Quizá ese no sea el color adecuado —sugirió el lobo.

Molesta, la niña arrancó la capa del palo, agarró el borde del mantel y lo tiró de la mesa de la cocina. El lobo atrapó la botella de tequila justo antes de que se hiciera añicos contra el suelo.

Caperucita abrió la puerta lo suficiente para sacar el palo de la escoba y agitó la bandera blanca arriba y abajo. Como no fue recibida por una lluvia de flechas, sacó con cuidado la cabeza, abrió la puerta y salió.

—Quienquiera que fuera, ya se ha ido.

El lobo salió con cautela por la puerta, preparado para saltar de nuevo dentro si veía el más mínimo movimiento entre los arbustos. Poco a poco se relajó.

—Esto lleva pasando días. Alguien está cazando en el bosque con una ballesta. A la señorita Armiño le dieron una flecha en la cola la semana pasada. Y justo ayer, el señor Zorro vio pasar una flecha sobre su cabeza. No esperó a la siguiente. Y todos recordamos el día en que desapareció toda la familia Visón.

Los ojos de Caperucita se posaron en el rasguño del brazo del lobo.

—Las flechas son rápidas —murmuró él, avergonzado, cubriéndose la herida con la pata—. Parece que ahora apunta principalmente a los lobos.

—Eres el único lobo en esta parte del bosque.

—Eso parece.

Entonces Caperucita recordó algo.

—Mi abuela está ahí fuera en alguna parte. Podrías ayudarme a buscarla.

El lobo se frotó el rasguño del brazo y luego miró por encima del hombro la botella de tequila en la mesa de la cocina.

—No, gracias —negó con la cabeza—. Quizá vuelva sola. Puedo quedarme aquí para que haya alguien esperándola.

La niña se encogió de hombros, volvió a ponerse la capa y desapareció entre los árboles.

Tan pronto como se fue, el lobo agarró la botella de la mesa, desgarró el pan en trozos y los puso en un plato. Observó las ciruelas pasas durante un rato, luego se encogió de hombros y las esparció sobre el pan. Llevó todo al dormitorio de la abuela, se acomodó en la cama y esperó el regreso de la niña.

Media hora más tarde se despertó al oír la puerta principal. Con la flecha de ballesta aún viva en su mente, rodó desde debajo de las mantas hasta el suelo. Desde debajo de la cama vio las botas de Caperucita, seguidas por los calcetines mojados dentro de unas zapatillas empapadas que debían de ser de la abuela.

Avergonzado, salió a toda prisa de debajo de la cama, saltó sobre ella y limpió las migas del cubrecama. La niña asomó la cabeza por la esquina del dormitorio.

—¡La encontré! —dijo triunfante.

El lobo se levantó, se estiró y caminó hasta la cocina para ver si quedaba algo más para comer.

Había ramitas enredadas en sus apretados rizos permanentes, y su vestido de flores estaba rasgado en varios sitios, pero la anciana no parecía darse cuenta.

—¿Vienes aquí a menudo, señor Lobo? —La abuela lo miró… y también a través de él.

—Sí, soy amigo de su, eh… —El lobo miró de la niña a la abuela intentando adivinar la relación entre ellas—. De Caperucita —terminó—. ¡No debería andar sola por el bosque! Los ataques con ballesta son una plaga últimamente.

Le agitó un dedo en señal de advertencia. Caperucita, que estaba reuniendo tiritas y vendas, asintió.

La abuela miró al lobo con ojos vidriosos.

Luego dijo:

—¿Vienes aquí a menudo, señor Lobo?

El lobo abrió la boca para repetir la misma respuesta, pero se dio cuenta de que aquello podía prolongarse durante horas.

De pronto los ojos de la abuela se iluminaron.

—¡Caperucita, tenemos un invitado! ¡Trae los vasos!

Apartó la mano de la niña, que justo estaba intentando ponerle una tirita en el brazo, y se dirigió tambaleándose hacia uno de los armarios de la cocina. Tras una breve inspección dedujo.

—Te has olvidado del tequila.

Caperucita miró acusadoramente al lobo, que saltó, corrió al dormitorio y volvió con la botella medio llena.

—No, señora abuela, usted la dejó en el dormitorio.

Añadió una sonrisa de disculpa dirigida a Caperucita.

El lobo se estaba divirtiendo bastante; Caperucita, en cambio, parecía pensar lo contrario después de un solo vaso de tequila. Él ya iba por el tercer vaso, más media botella que había bebido mientras esperaba a la niña, y se lo zampó de un solo trago. Luego se levantó. Un poco inestable sobre sus patas, hizo una torpe reverencia a la abuela y agarró la silla para mantenerse en pie.

—Mis disculpas, señora abuela, pero su, eh… Caperucita no debería caminar sola por el bosque. Ataques con ballesta y esas cosas… —Su voz se perdió en las profundidades del alcohol.

—Pero, señor Lobo, hace mucho que no tengo compañía —respondió la anciana—. Por favor, quédese un rato más.

Los ojos del lobo se encontraron con la mirada despreciativa de Caperucita, luego con los ojos suplicantes de la vieja. Pero negó con firmeza. Todo el mundo también se movió.

—No, las damas primero. —Frunció el ceño—. Las jóvenes damas primero —intentó corregir su error.

Cuando comprendió que tampoco eran las palabras adecuadas, se rindió, cambió la silla por el hombro de Caperucita y la condujo hacia la puerta.

—Nos vamos. Adiós, señora abuela.

La niña, más que feliz de abandonar la sofocante cocina que ahora también olía a alcohol, se dejó empujar hacia afuera.

 

Al final del día siguiente, el lobo se encontró con Caperucita en el camino hacia la casa de su abuela.

—¡Buenos días! —dijo la niña.

El lobo se agarró la cabeza y se tapó las orejas con las patas.

—¿Resaca? —preguntó la niña, más fuerte de lo necesario, y añadió una sonrisa maliciosa. —Él apretó los ojos ante el sonido de su voz y asintió—. La abuela tiene aspirina.

El lobo volvió a asentir en silencio y siguió a la niña. Levantó una esquina del paño de la cesta con cuidado, procurando que ella no lo notara. Vio una botella, pero resultó ser jugo de pera. Decepcionado, dejó caer el paño otra vez.

 

—¡Señor Lobo!

Parecía que algo del día anterior había quedado en la memoria de la abuela, porque saludó al lobo con entusiasmo.

—Eso no tiene muy buen aspecto —dijo señalando el rasguño en su brazo.

La herida, causada por la flecha de ballesta, estaba claramente infectada. El lobo la miró y solo entonces se dio cuenta de que le dolía bastante. Al parecer, la resaca había relegado a segundo plano todos los demás dolores de su cuerpo.

Con más fuerza de la que uno esperaría de una anciana, lo empujó hacia una silla de la cocina y se dirigió tambaleándose a la despensa. Se oyó el ruido de varios frascos de vidrio, seguido de murmullos, y luego la abuela regresó con un brazo lleno de botellas y tarros que esparció sobre la mesa.

Parecía haber olvidado a sus visitantes mientras abría varios frascos, olía el contenido, leía etiquetas y vertía parte de los líquidos en un cuenco. El lobo miró a Caperucita, pero ella se encogió de hombros.

—No me preguntes —decía aquel gesto.

La anciana machacó todo junto con un mortero. El resultado fue una pasta marrón y maloliente que probablemente pretendía ser un medicamento. Un poco más preocupado al percibir el horrible olor de las hierbas mezcladas con algunos ingredientes menos fáciles de identificar, el lobo se echó hacia atrás en la silla todo lo que pudo.

—Eh… —protestó débilmente cuando la abuela metió los dedos en el cuenco y le agarró el brazo.

El firme agarre le impidió levantarse con educación pero rápidamente y huir hacia la seguridad de cualquier otro lugar que no fuera la cocina de la abuela. En cambio, se quedó quieto mientras la anciana le untaba la pasta sobre la herida. Luego soltó su brazo y se limpió los dedos en el delantal.

Divertida, Caperucita vio cómo el ojo derecho del lobo temblaba mientras se sentaba sobre su pata izquierda para impedirse a sí mismo limpiarse la pasta marrón. Era demasiado educado para saltar y correr al fregadero a lavarla. En lugar de eso, forzó una sonrisa que pretendía ser de agradecimiento, pero que sobre todo mostraba muchos dientes.

De pronto, la abuela pareció hundirse de nuevo en el lugar al que iba su mente cuando no estaba allí. Miró las botellas y tarros sobre la mesa y la pasta maloliente del cuenco.

—Caperucita —dijo con tono de reproche—. ¡Qué desastre! ¡Limpia esto, niña!

Con un profundo suspiro, Caperucita se levantó lentamente de la mesa, devolvió todos los tarros y botellas a la despensa y sacó el cuenco con el brazo estirado todo lo posible para arrojarlo a la basura.

Mientras tanto, el lobo no se sentía demasiado bien. Tenía la nariz congestionada, como si se hubiera resfriado –lo cual en realidad era una bendición con aquella pasta apestosa en el brazo– y el mundo empezaba a volverse un poco borroso.

La voz de Caperucita era demasiado aguda cuando le preguntó si el brazo se sentía mejor. Su propia voz parecía esconderse en algún lugar profundo dentro de él y se negaba a salir, así que simplemente asintió. Sí, su brazo se sentía mejor. Es más, ya no sentía el brazo en absoluto.

Señaló la jarra de agua sobre el fregadero, pero falló el objetivo y su pata fue a parar a la botella de tequila. La niña agarró la botella y sirvió un vaso para cada uno. El lobo levantó su vaso con la pata izquierda y una vez más se lo zampó de un trago. La abuela dormitaba con los ojos cerrados y no pareció notar el tequila que Caperucita le había servido.

El lobo empezó a ver doble y se preguntó si una resaca no debería mejorar en vez de empeorar durante el día. Los colores eran demasiado brillantes ahora y la abuela parecía mirarlo con los ojos entrecerrados. Caperucita le sirvió otro vaso y él se lo bebió.

Entonces el alcohol empezó a hacer su trabajo y a suavizar los bordes afilados de lo que fuera que lo estuviera afectando. El mundo volvió a sus proporciones más o menos normales, aunque todavía un poco borrosas.

—Señor Lobo, ¿se encuentra bien? —La abuela se había despertado de su siesta—. Se ve un poco pálido.

Caperucita lanzó una mirada significativa de la botella al lobo, pero la abuela no pareció notarlo.

—Quizá debería quedarse aquí esta noche —continuó—. El bosque no es lugar para un lobo resfriado.

El lobo, que tenía la sensación de que aquello era algo más que un resfriado, negó con la cabeza.

—Es muy amable de su parte. Pero podría ser contagioso. No quisiera que usted se enfermara.

No vio la mirada esperanzada de Caperucita cuando miró del lobo a su abuela.

—Pero hace mucho frío en el bosque —insistió la anciana.

—No, tengo que llevar a su, eh… —Hizo una nota mental de que realmente tenía que preguntar cuál era exactamente la relación entre las dos; aquello empezaba a resultar incómodo— …Caperucita a casa. Ataques con ballesta…

Eso fue todo lo que logró decir. Empujó la silla hacia atrás y Caperucita se levantó rápidamente para sostenerlo.

—Gracias, señora abuela —murmuró el lobo, asintiendo hacia la mujer.

¿Frunció el ceño, o solo era su visión borrosa?

Se dejó conducir hacia la puerta. La niña se volvió y saludó a su abuela con la mano. La abuela no devolvió el saludo.

Con la firme idea de que era él quien la estaba sosteniendo a ella y no al revés, el lobo siguió caminando hasta que estuvieron a mitad de camino hacia la casa de Caperucita. La niña pasó por encima de la raíz de un árbol que llevaba creciendo allí más de veinte años. Él no.

Su brazo derecho seguía negándose a obedecer las órdenes de su cuerpo y, en lugar de agarrarse instintivamente a Caperucita, cayó hacia atrás dentro de un charco.

Tosiendo y jadeando, salió a la superficie, se arrastró hasta terreno seco y sacudió el agua de su pelaje.

La niña trató desesperadamente de no reír. Se quitó la capa de los hombros y se la ofreció al lobo. Él se secó lo mejor que pudo y se la devolvió.

—¿Mejor? —preguntó ella, observando las manchas marrones que la pasta medicinal había dejado en su capa roja.

—Sí, mucho mejor —respondió el lobo con total sinceridad.

El hormigueo en su brazo derecho le indicó que la sensibilidad estaba regresando. Tomó nota mental de caer en charcos con más frecuencia cuando el mundo se volviera demasiado borroso.

Con paso decidido acompañó a la niña hasta su casa.

 

Con una cesta llena de comida y un profundo suspiro, Caperucita volvió a ponerse en camino hacia la casa de su abuela. En el bosque buscó con la mirada al lobo, pero parecía tener otros planes para ese día. Una lástima. Visitar a la abuela era mucho más divertido con el lobo cerca.

Caperucita se detuvo cuando oyó lamentos procedentes de los arbustos.

—¡Ay, pobre de mí! —gritaba alguien.

La niña dejó la cesta en el suelo, apartó las hojas y vio a una oveja que se sujetaba la pata trasera con las delanteras.

—¡Ay, pobre de mí! ¡Pobre de… mí!

La oveja pareció vacilar un instante al ver a Caperucita, pero enseguida se recompuso y continuó su lamento.

—Señora Oveja, ¿qué ocurre? —preguntó Caperucita intentando hacerse oír por encima del llanto.

—¡Mi pata! —baló el animal—. Tropecé con una raíz y me torcí la pata. ¡Ay, pobre de mí!

Caperucita dudó. Ayudar a la oveja le llevaría más tiempo del que quería pasar en el bosque. Por otro lado, no podía dejar así a una criatura del bosque que claramente estaba sufriendo.

Tomó a la oveja por las patas delanteras, ignorando el «¡ay, ay, ay!» que casi le perforó los tímpanos, y la puso de pie. Con la oveja apoyada en su brazo derecho y la cesta en la mano izquierda, la ayudó a llegar hasta la cabaña de la abuela. Con un poco de aspirina y vendas la pondría nuevamente sobre sus patas –o mejor dicho, pezuñas– en poco tiempo.

Caperucita abrió la puerta… pero no la abuela no estaba. Ante la perspectiva de tener que buscar por el bosque una vez más, dejó escapar un profundo suspiro. Sentó a la oveja en una silla y sacó el botiquín de uno de los armarios.

Se arrodilló junto a la oveja para vendarle la pata. El animal gemía suavemente y Caperucita le dio unas palmaditas en la rodilla para consolarla.

—¡Vaya, señora Oveja, qué patas tan delgadas tiene!

—Sí, hija mía —respondió la oveja—. Es porque tengo que caminar largas distancias por el bosque todos los días para encontrar comida.

Caperucita entendió la indirecta, se levantó, tomó un poco de pan de la despensa y se lo dio a la oveja, que empezó a comer.

—¡Señora Oveja, qué dientes tan rectos y blancos tiene!

—Sí, hija mía, es por todo el pasto que mastico cada día.

Caperucita la observó pensativa durante un momento y se encogió de hombros. Ajustó bien la venda alrededor de la pata de la oveja y se levantó.

—Señora Oveja, qué hombros tan extrañamente formados tiene.

Señaló los hombros de forma semicircular.

—Sí, hija mía, eso es por mi ballesta.

Caperucita apenas tuvo tiempo de decir:

—¿Mi balles…?

La oveja saltó de la silla, empujó a la niña con los hombros y la hizo caer hacia atrás sobre el suelo de la cocina. Sacó la ballesta de debajo de la piel de oveja y apuntó al pecho de la niña. La piel cayó al suelo y dejó al descubierto un vestido de flores demasiado familiar para Caperucita.

El grito de Caperucita quedó ahogado por un fuerte gruñido. El lobo saltó desde la puerta principal y cayó sobre el vientre de la abuela. Con una pata derribó la ballesta de su mano y con los dientes la sujetó por la piel del cuello.

Con los ojos llenos de furia, la abuela gritó:

—¡El alcohol no funciona, el veneno no funciona, las flechas no funcionan! ¡Estúpido lobo, por qué no te mueres de una vez! ¡Tu piel vale mucho más que tu vida!

Horrorizada, Caperucita miró de la abuela al lobo. Él intentaba decir algo, pero todavía sujetaba a la vieja por el cuello. Sus ojos pasaron de la abuela que se debatía y gritaba a la niña.

«¿Qué vamos a hacer con ella? Y por favor responde ahora mismo», parecía decir aquella mirada.

Caperucita comprendió entonces que la abuela no era tan débil ni tan senil como había fingido. Se golpeó la frente por haber sido tan ingenua. O quizá el tequila que su abuela siempre le servía tenía parte de la culpa…

El lobo la devolvió a la realidad con un interrogatovo “¿Mwwhh-hhh?”

Caperucita tomó una decisión. Muchos animales de ese bosque habían muerto a manos de aquella abuela disfrazada de oveja. Aquella sería la última vez que engañaría a alguien.

Con firmeza levantó a la mujer por los tobillos y señaló el pozo que llevaba años seco, pero que se mantenía allí por razones sentimentales… al fin y al cabo, nunca se sabe cuándo un pozo común puede convertirse en un pozo de los deseos.

Juntos llevaron a la mujer que luchaba y gritaba hasta el borde y la arrojaron dentro.

Un grito sorprendido, un golpe… y luego silencio.

 

El lobo colgó la ballesta sobre la chimenea para perpetuar aquel día especial, y quizá también por si aparecía otra abuela ahora que el territorio de caza había quedado liberado. Caperucita se quedó con la piel de oveja como recuerdo del día en que el lobo le salvó la vida… y de que no todo es lo que parece.

Miriam Ootjers (1980, Groningen) es una escritora, editora y autora ocasional neerlandesa de unos cuarenta años que cree en los gatos, la magia y el poder de la imaginación. Le apasiona el realismo mágico, pero también encontrarán que de su teclado a la pantalla del ordenador fluyen algún thriller o un relato de ciencia ficción; sin embargo, un toque de fantasía siempre estará presente en sus obras. Se pueden encontrar sus relatos en antologías, revistas como Fantastische Vertellingen, HSF, SFTerra y Grim, y en línea, y sus libros en las estanterías de bibliotecas, librerías y en formato ebook. Entre sus libros más recientes se encuentran De andere kant, De dood en de vrouw e Isolde en Anna. ¿Su lema? Encontrar lo extraordinario en lo ordinario, y lo ordinario en lo extraordinario.

lunes, 22 de diciembre de 2025

LA NIÑA PRODIGIO

Miriam Ootjers

 

Con las rodillas juntas, la espalda recta contra el respaldo de la silla y la cabeza erguida, sonreía con modestia a las cámaras que destellaban. Giraba lentamente la cabeza de izquierda a derecha para dar a todos los fotógrafos la oportunidad de captar bien su rostro. El pincel con el que había pintado la obra impresionista que se alzaba detrás de ella lo sostenía alternativamente en la mano izquierda y en la derecha. No decía una palabra; solo de vez en cuando humedecía los labios para que brillaran bajo la luz de los flashes.

Cuando un rizo rubio cayó sobre sus ojos, su padre alzó una mano hacia los fotógrafos, apartó el mechón con ternura detrás de la oreja de la niña y les indicó que podían continuar.

Al cabo de unos minutos, el dedo índice derecho de la niña empezó a temblar. Unos segundos después, su pie golpeó el respaldo de la silla. La niña prodigio de cinco años, con su vestidito azul, las medias de encaje y los zapatitos negros de charol, se impacientaba.

Su padre dio un paso al frente y se colocó entre ella y los fotógrafos, señal de que ya era suficiente. Entre protestas murmuradas, las cámaras fueron desatornilladas, los trípodes plegados y las maletas abiertas para guardar el equipo. Nadie se atrevió a tomar una foto más. Con un hombre de casi dos metros de altura y unos ojos castaños intensos no se discutía.

Cuando todos salieron de la habitación, el hombre cerró la puerta con llave y corrió las cortinas, mientras la niña se quitaba los zapatos de una patada con un suspiro irritado.

—Esto es humillante —dijo con un tono que no correspondía a una niña de cinco años.

—Esto da dinero, no te quejes —respondió el hombre con un encogimiento de hombros que no correspondía a un padre atento. Se arrodilló y se inclinó hacia ella para darle un beso, pero ella giró la cabeza. El beso fue a parar a su mejilla.

—Vete al diablo —gruñó ella, dejándose resbalar de la silla y empezando a manosear su vestido.

—Sophia…

—Soy Angela. ¿No? ¿O eso fue la semana pasada? —Sus cejas se fruncieron en una expresión pensativa—. No, esto es París. Soy Sophia. Suena más francés que Angela. —Sus dedos luchaban con el vestido—. ¿Y qué idiota hace ropa con estos botones de mierda para una niña de cinco años? No puedo con estas cosas…

Unas manos grandes cubrieron las pequeñas manos de la niña y las apartaron con cuidado.

—Déjame a mí.

—Aran, no quiero que me ayudes —sonó resignada.

Con calma, él desabrochó el vestido y deslizó la tela rígida por sus hombros para que pudiera salir de él. La miró mientras desaparecía detrás de un biombo para quitarse la enagua y ponerse un vestido más cómodo.

—Humillante —refunfuñó de nuevo desde detrás del biombo, esta vez en voz baja.

Aran se aflojó la corbata y se dejó caer en la silla. Tampoco él era fan de la moda parisina de 1880. Pero ayudaba a la publicidad de la niña prodigio de cinco años con la técnica y el ojo de un pintor con cincuenta años de experiencia. Lo cual era cierto. Incluso eran bastantes más años.

—¿Qué te gustaría hacer después? —preguntó para distraerla.

—Acabamos de llegar —respondió desde detrás del biombo, ya sin enojo ni frustración.

—¿Piano? —propuso.

—Eso ya lo hicimos en Finlandia. Hace seis años. Entonces yo era, eh… —salió de detrás del biombo— Hanna. —Pensó un momento—. ¿Qué te parece ajedrez?

Él la miró con escepticismo.

—¿Una niña que juega ajedrez? Y acabamos de estar en Rusia.

Ella descartó las objeciones con un gesto de la mano.

—Hay más países con grandes maestros. ¿Y no llama aún más la atención? Natalia, la niña que juega ajedrez. Sí, eso es lo que quiero ser. Gran maestra de ajedrez.

Por poco dijo “pequeña maestra”, pero se calló prudentemente. En los últimos años, sus bromas parecían sentarle cada vez peor. Como si con cada nombre y cada lugar nuevos dejara un poco de su sentido del humor en el país que abandonaban, en busca de nuevas formas de ganar dinero con los talentos de la “niña prodigio”.

Quizá deberían invertir los papeles. Quizá le tocara a él trabajar. Tal vez entonces podrían vivir durante un tiempo como un verdadero padre y una verdadera hija. Hasta que la gente empezara a notar que la “niñita” no envejecía.

Como adulto, uno podía pasar fácilmente diez años diciendo que tenía treinta y tantos. Pero cuando se trataba de un niño que no parecía crecer, al cabo de dos, a veces tres años, empezaban las preguntas incómodas. Cuando aparecían las primeras miradas de sospecha, volvían a recoger sus cosas y se mudaban a otra ciudad.

También sabía que, llegado el momento, ambos preferían el dinero fácil antes que dejarla sola todo el día en casa mientras él trabajaba en una fábrica o en una oficina. Encerrada, porque si una niña de cinco años salía sola a la calle, enseguida algún transeúnte preocupado se le acercaba preguntando si estaba perdida y no la perdía de vista hasta asegurarse de que regresara sana y salva a casa.

Prefería dejarla disfrutar de la atención que recibía como niña prodigio. Poseía una creatividad enorme, incluso para los de su especie. No deseaba nada más que verla emplearla para pintar, escribir poesía, componer. En esos momentos ella se sentía completamente libre. Él quería concederle esa libertad.

Al mismo tiempo, empezaba a preocuparse por el auge de los medios. Los periódicos que se imprimían en Londres aparecían ahora también en París o Ámsterdam. Las fotos eran de mala calidad, en blanco y negro, granuladas. Pero aun así. Las técnicas mejoraban. ¿Y si llegaba el día en que, en Rusia, alguien tuviera en sus manos un periódico londinense al día siguiente de su publicación, con fotos nítidas? Periódicos que hablaban de la niña prodigio que pintaba tan maravillosamente, y la reconocieran como la niña de cinco años que un año antes, en Moscú, había interpretado sus propias piezas al piano. Él podía saltar fácilmente a otro cuerpo. Ella no.

Lo habían intentado, no hacía tanto. Ella había dicho estar cansada del cabello rubio y los ojos azules. Quería volver a ser un niña y había saltado a un cuerpo de siete años. La niña se había resistido a la invasión de una energía extraña y, con el último resto de fuerzas, ella había conseguido volver al cuerpo anterior.

Durante tres días él se sentó junto a su cama, sosteniéndole la mano, deseando que despertara. Al tercer día abrió los ojos, se llevó las manos al rostro, vio que estaba de nuevo en el cuerpo antiguo y soltó una maldición.

Nunca más, se había prometido. Al parecer ella también se había asustado, porque no volvió a proponer un nuevo salto.

Eso había sido hacía treinta años.

—¿Qué tal España? —propuso mientras recogía sus rizos en un moño suelto—. Allí hace calor en verano.

La soltó, pero ella no se movió.

—Quiero volver a intentarlo —dijo—. Un cuerpo adulto.

Ahora se volvió hacia él.

—No eres lo bastante fuerte para mantener un cuerpo adulto —suspiró, apoyando las manos en sus hombros—. Ya hemos tenido esta discusión antes.

—Y la tendremos muchas más veces si no me dejas terminar. —Él la miró, interrogante—. Salto a ese cuerpo —dijo ella, presionando un dedo contra su pecho—. Este cuerpo está acostumbrado. Hace mucho que dejó de resistirse. Y tú saltas a este cuerpo —concluyó señalando su propio pecho.

Él negó con la cabeza, dudoso. ¿Debía decirle que el dueño original del cuerpo luchaba cada día por recuperar el control? ¿Que sentía el tira y afloja, a veces más fuerte, a veces más débil, pero que él era lo bastante fuerte para resistir? ¿Que tenía miedo de que ella no sobreviviera a un nuevo intento, de que se ahogara en la fuerza de un cuerpo adulto y se viera obligada a vivir la vida junto al dueño, relegada al fondo, incapaz de hacer temblar siquiera un párpado? ¿De que muriera con el cuerpo?

No podía vivir sin ella. Débil como era su energía, así de fuerte era ella a sus ojos.

Maldecía el día en que fue creada, demasiado joven, demasiado pequeña y débil para llevar jamás una vida plena.

“Un experimento”, la habían llamado en el Círculo. “Fallido”, añadieron cuando fue introducida en un cuerpo adulto que empezó a morir al cabo de unas horas. Luego probaron con el cuerpo de un niña de cinco años. Ese aguantó, pero no hacía más que mirar al vacío. Tenían que alimentarlo y llevarlo de un lugar a otro como a una muñeca viviente.

Él sintió compasión por la criatura que permanecía apática sentada en una silla y pidió quedarse con ella en lugar de destruirla.

En el Círculo se rieron de él con desprecio. ¿Buscaba una mascota? Mejor que se comprara una tortuga, que se movía más. Pero insistió, prometiendo acabar con ella si no mejoraba, y finalmente accedieron. Probablemente no para complacerlo, sino porque era más fácil que destruirla.

Debía admitir que al principio realmente la había visto como una mascota. Un ser con poca voluntad propia. Un acompañante en la vida solitaria que llevaba, algo de lo que podía ocuparse y a lo que podía querer. Alguien que lo necesitara.

Empujó la energía fuera del cuerpo de la niña hacia el de una niña de unos cinco años, sin saber exactamente por qué. Tal vez el dueño original del cuerpo que ocupaba en ese momento deseaba una hija.

A veces, sentimientos intensos del dueño original se filtraban en él, y él les hacía caso. Con el paso de los siglos había aprendido a no resistirse. Eran esas cosas las que, año tras año, cuerpo tras cuerpo, lo hacían un poco más humano.

Contra todo pronóstico, le hablaba, nombraba objetos, le contaba historias. Y para su sorpresa, sus ojos comenzaron a seguirlo. Al cabo de unos meses, su mirada saltaba de él a los objetos que nombraba. Empezó a cerrar la boca ante cosas que aparentemente no le gustaban cuando la alimentaba. Comenzó a emitir sonidos, primero fonemas, luego palabras, hasta formar frases completas. Descubrió que durante el período apático había estado escuchándolo. Y lo más importante: había aprendido de él.

Comenzó a moverse, balanceaba una pierna, señalaba cosas con la mano, y un día la encontró en el suelo, a más de un metro del sofá en el que estaba sentada.

Poco a poco le enseñó a caminar y estimuló su motricidad fina hasta que pudo pasar las páginas de un libro. Le enseñó a leer y escribir.

Entonces se abrió la compuerta y comprendió de verdad lo inteligente que era. Todo lo que su energía no podía hacer físicamente, lo compensaba con la mente. Pronto lo superó en conocimientos, elocuencia, creatividad, agudeza.

De una mascota había pasado, en cinco años, a tener una compañera. Una hija. Aunque probablemente ella lo habría mirado con sorna si lo hubiera dicho en voz alta.

Habría hecho cualquier cosa por ella. Le prometió permanecer siempre juntos, cuidarla siempre. Antes de que el mundo la conociera, ya llevaba años siendo su niña prodigio.

Eso fue a la vez su salvación y su condena. Porque llevaba ya siglo y medio atrapada en ese cuerpo infantil humano. Mientras su mente se hacía cada vez más fuerte, le resultaba cada vez más difícil mantener el cuerpo, aunque ella no quisiera admitirlo. Y saltar ya no era una opción.

Cientos de veces se preguntó cómo acabaría todo. Y aunque conocía la respuesta, no quería admitírsela a sí mismo.

Soltó sus hombros, se levantó y caminó hacia la ventana.

Su cuerpo. Dejó entrar la idea, pero solo bajo sus condiciones. Un nuevo experimento, sin decírselo.

—Está bien —asintió, todavía de espaldas a la ventana para que ella no pudiera ver en sus ojos su verdadera intención.

—¿De verdad?

—Yo salto a tu cuerpo, tú al mío —dijo, intentando sonar convincente, y giró hacia ella—. Empecemos. Pero al mismo tiempo, para que la energía de este cuerpo no tenga ocasión de recuperar el control antes de que tú entres.

Ella se puso de pie y respiró hondo.

—¿Lista?

Asintió.

—¡Ahora!

Él hizo ademán de saltar, pero se detuvo al ver que ella saltaba. Siguió un empujón poderoso; le hizo espacio, la sintió muy cerca. Con todas sus fuerzas intentó retenerla, pero ella se le escapó y entró en el cuerpo que ahora albergaba tres energías.

Por un instante, el dueño original del cuerpo se resistió a la nueva invasión y luchó brevemente con ella. Pero ninguno de los dos era lo bastante fuerte y al cabo de unos segundos cedieron. Él la sintió hundirse más profundamente en el cuerpo, sin apoyo, sin control. Su idea de empujarla de vuelta al cuerpo de la niña si su plan de quedarse juntos en ese cuerpo no funcionaba, se fue con ella.

Se dejó caer al suelo en un cuerpo que se sentía a la vez demasiado lleno y completamente vacío. Ante él yacía el cuerpo de la niña de la que había cuidado durante tanto tiempo, devuelto a su dueño original. Con ojos desconocidos lo miraba, asustada, sin comprender lo que ocurría. Jadeó unas cuantas veces antes de que el cuerpo se rindiera y cerrara los ojos.

Durante décadas conservó el mismo cuerpo, temiendo perderla por completo si saltaba. Una y otra vez intentó alcanzarla. Su niña prodigio. Su hija. Pero siempre se le escapaba de entre los dedos, tal vez de forma consciente, tal vez porque simplemente no tenía la fuerza para volver a la superficie.

Sabía que ella estaba allí; sentía su energía, casi sincronizada con la suya, pero no del todo. Y así como a lo largo de los años la había visto hacerse cada vez más fuerte, ahora la sentía debilitarse cada vez más. En sus sueños, su energía se fundía con la de él, se convertían cada vez más en uno solo, pero su intuición sabía que no era así.

Había hecho tres promesas, y las tres las había cumplido y roto al mismo tiempo.

Miriam Ootjers (1980, Groningen) es una escritora, editora y autora ocasional neerlandesa de unos cuarenta años que cree en los gatos, la magia y el poder de la imaginación. Le apasiona el realismo mágico, pero también encontrarán que de su teclado a la pantalla del ordenador fluyen algún thriller o un relato de ciencia ficción; sin embargo, un toque de fantasía siempre estará presente en sus obras. Se pueden encontrar sus relatos en antologías, revistas como Fantastische Vertellingen, HSF, SFTerra y Grim, y en línea, y sus libros en las estanterías de bibliotecas, librerías y en formato ebook. Entre sus libros más recientes se encuentran De andere kant, De dood en de vrouw e Isolde en Anna. ¿Su lema? Encontrar lo extraordinario en lo ordinario, y lo ordinario en lo extraordinario.

  

LA BURLA DEL FABRICANTE DE MUÑECAS