A Milton
Ulises tomó la determinación de
suicidarse el mismo día que se inauguró la colonia en Marte. Ciento diez
hombres y mujeres vivirían en Marte en una empresa financiada por gringos,
europeos y chinos. Tanto empeño en encontrar marcianos y hemos terminado por
inventarlos, pensaba.
Su frustrado intento de suicidio
había culminado en una mesa de operaciones donde habían sustituido su lastimado
esófago e intestinos por prótesis con las mismas funciones. Además, había sido
obligado por el estado a soportar la presencia de un robot. Bajo su vigilancia
no podría repetir su brindis de desinfectantes.
Varias veces a la semana asistía a
reuniones de un grupo de apoyo y a consultas psiquiátricas donde aseguraba
haber recuperado el gusto por la vida. La máquina lo acompañaba siempre y se
había convertido en su ayudante en el viejo oficio de bibliotecario.
Nadie visitaba
la biblioteca. No podía
recordar el último préstamo de un libro. Su sueldo seguía siendo cancelado
mensualmente y las autoridades se aseguraban de proporcionarle los medios para
evitar el derrumbe del local. Algún decreto hablaba de la necesidad de
preservar aquellos papeles.
Odiaba a los robots. No podía
ordenarles saltar desde lo alto de un edificio o estrangular al pendejo del
vecino y no podía conversar con ellos porque eran monosilábicos. Eran una
decepción en comparación con las máquinas de la ciencia ficción, aspirantes a
la complejidad humana.
Había escuchado rumores de robots
enloqueciendo y asesinando a sus dueños, violando las sagradas leyes de Asimov
cinceladas en su código. Aquello le daba algo de esperanza.
Dedicó parte de su tiempo libre a
buscar una fórmula verbal, un conjunto de palabras para detonar una reacción
del aparato; tal vez uno de sus creadores era un fundamentalista religioso y
había inoculado algo de veneno intolerante en su programación; tal vez
reaccionaría a la lectura de libros contrarios a alguna fe, cualquiera de las
que restaban en el mundo.
Con el paso de los días, comenzó a
dudar de la efectividad de la palabra impresa porque consideraba a la mayoría
de los ingenieros analfabetas funcionales y abandonó la lectura de libros a la máquina.
Comenzó a blasfemar en voz alta,
escarbando en su memoria para encontrar los insultos más sonoros. Cuestionó la
filosofía del cabrón de Buda, la autoridad del papa, pedófilo como todo cura,
la de Lutero, charlatán de mierda y la del mitómano de la cienciología.
Procedió a romper y posteriormente quemar en una papelera copias de los libros
sagrados presentes en la biblioteca: La Biblia, el Libro del Mormón, los Sutras
budistas, la Dianética de Hubbard, la metafísica de Conny Méndez y El
Alquimista de Coelho. La máquina lo miraba ejecutar todos sus discursos y sus
actos mientras lo ayudaba a acomodar libros o le hacia el desayuno o la cena.
Nada lo obligaba a levantar su mano y golpear el rostro del hombre.
Descubrió que mientras lanzaba sus
diatribas, el robot mantenía la misma distancia: metro y medio. Se acercaba lo
suficiente para realizar alguna tarea y luego recuperaba esa distancia. Aquello
era algo estándar, pensó, mantener una distancia respetuosa hacia el amo.
Alguna vez resbaló mientras agitaba
los brazos gritando sus improperios y la máquina lo sostuvo y lo ayudó a
sentarse en una silla. Después de eso, lloró un rato como no lo hacía desde que
Isabel se fue; lloró y la mirada neutra del robot le pareció el único consuelo
en aquella hora inútil. Después de limpiarse los mocos, recuperó la vertical y
siguió acomodando los libros por número de cota en los estantes. La máquina lo
ayudaba acercándole las pequeñas montañas de papel, sosteniéndolos hábilmente
en sus brazos metálicos.
En algún momento decidió cambiarle el nombre
de máquina y comenzó a llamarlo con el nombre del gran filósofo estoico Séneca,
e increíblemente el robot comenzó a responder a la pronunciación del nombre
como un perro bien entrenado.
Le comentó a Séneca su opinión sobre
la colonia marciana y como aquello decretaba el fin de los estados.
—No puede existir el estado porque
no hay razón para la existencia de las fronteras. El mundo es uno solo; somos
terrestres y ellos marcianos —dijo mirando el brillo de los ojos de la máquina.
En ese momento acomodaba los libros
en estanterías muy bajas, arrodillado frente a la montaña de libros.
—Mientras el estado exista no hay
libertad posible —le decía a Séneca, citando un viejo lema anarquista.
Al colocar el último libro percibió
la cercanía del robot violando su distancia estándar y a pesar de no haberle
dado ninguna orden, ni solicitado ninguna ayuda de su parte. De rodillas, con
los ojos muy abiertos, observó como el brazo metálico se levantaba y el puño de
dedos brillantes descendía para aplastar su cráneo.
Manuel Ángel Jordán Núñez nació en Venezuela
en 1972. Ganó el Tercer lugar en el Premio de Abreu 2023, convocado por la
AVCFF (Asociación venezolana de ciencia ficción). Varios cuentos han sido
públicos en revista como Teoría Ómicron, Axxón, Cosmocápsula, Planetas
prohibidos. Fue ganador del III concurso venezolano de literatura fantástica y
ciencia ficción “Solsticios 2016” y el segundo lugar en el concurso de
Microcuentos para un gran hombre, en homenaje a Francisco de Miranda. Obtuvo el
segundo lugar en el concurso de microcuentos Ultracortos de la década del
diario Nuevo Día y mención en el concurso de microcuentos Ciudad de Punto
Fijo.
