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lunes, 25 de mayo de 2026

LA METAMORFOSIS DE ÁNGELA

Marta Ortiz


Entonces ella pensó que solo para ella

se había vuelto imposible hallar la salida.

Clarice Lispector

 

Se retracta. Retrae, retráctil, el impulso. El paso atrás le ayuda a dar el salto adelante como esos ofidios reptantes húmedos ondulantes y ella oscila tibia su vientre sobre las veredas también húmedas de noviembre.

“Hola, aquí estoy”, dice, y parece decir: “nadie, nadie cae en la luna de mi espejo”, y curva una sonrisa pobre sobre su cara triste. Se pellizca el brazo a ver si siente dolor y sí, sí lo siente, una puntada aguda, y por eso sabe que está viva y comprende la naturaleza más bien clásica estándar de su visibilidad: cuenta con un esqueleto de huesos nada frágiles y una gruesa satinada carnadura recubriéndolos. Un aspecto saludable que ella desearía insertar allí, en el centro del mutismo, en las caras mutantes de la tumultuosa columna de gente (ellos hablar hablan hasta por los codos, los de la columna; pero a ella, ni mú); probar cómo atornillarse al bloque antropomorfo recién desprendido –una nave que parte–, de la sala donde tuvo lugar el Simposio de Cine; pleno centro, la sede, un salón oval en el edificio metálico encastrado en lo alto bajo un cielo de red de pescador donde yacen atrapadas las estrellas.

Un muro inquieto, el bloque humano indiferente a esta mujer que presenta sus huesos como quien representa esparciendo sus jirones y su sangre en un teatro circular compuesto de veredas, paredes y gradas; un ondular ofídico de búsqueda solapada, un reptante obstinado zigzag. Toda ella una máscara, la tensa musculatura de la cara, los ojos como pulidas piedras tristes, el pelo soltando una estrella que el viento tuerce en dirección a la masa, la columna humeando un persistente calor humano; y las manos de Ángela, la huyente, en un gesto voraz más allá de todo límite, los dedos como garfios volando en la dirección deseada succionándole la fuerza, las ganas.

Se detiene, traga bilis o lo que parece bilis, tal vez no lo sea y se trate más bien de una saliva ácida lindante con un sabor metálico como a sacarina. Siente el paso áspero de la materia viscosa atascada en su garganta, se suelta por la faringe en una especie de deglución lenta falsa de un bolo alimenticio que no es tal, es más bien la impotencia recubierta de jugos gástricos en sube y baja por el tubo, jugos que horadan el esófago el estómago las cuevas los canales vesiculares duodenales; jugos que regurgitan el sabor a hiel a bilis a impenetrable a frío glacial de la columna de cinéfilos repartiéndose ansiosa entre los bares cerca del Simposio y Ángela y sus manos tan vacías cargadas de carpetas de folletos de proyectos solitarios; ella no, no va a ninguna parte, no traspone el umbral de ningún bar.

Se ahueca, la comba invertida de una cúpula mustia, un duomo en pequeña escala. Siente el silente impulso rítmico, el corazón desbocado relincha rojo. Bombea sangre aglutinada y el torrente de lágrimas como llovizna, un lago que abre empuja el canal del lagrimal, drenan dolor, las gotas, los hilos salados le mojan la cara, las mejillas ardidas. El rímel, el delineado marrón en la línea de las pestañas, la base tostada, el rubor, la mezcla derramándose, cayendo las manchas oscuras sobre la piel inundada y la impotencia que aprieta fuerte las sienes porque la cabeza, ella cree, le va a estallar: la siente bombo gigante, hueco, y alguien sigue batiendo el parche como loco sobre la tela de las sienes, fina badana vulnerable.

No queda ni un alma, a la columna se la tragaron los bares, el Aquí tango, el Soliloquio, el Gardelito cerca del Simposio, todas bocas cálidas absorbiendo. Cayó la noche clara perforada y mil estrellas y a ella nadie le dijo “venite a mi espejo, buscame en el iris de tus ojos”. Nadie.

Pasados olvidados los días del Simposio –días para Ángela de tristes monólogos y solitaria malasangre–, aconteció un prodigio: una fuerza huracanada ingobernable la arrastró, la fue llevando sobrevoló una vuelta completa sobre sus pies. Si antes miraba al norte ahora busca el sur; si hasta entonces había sido incapaz de usar zapatos rojos, ahora los usa. La cabeza enloquecida desmadrada brota géiseres cráteres, escupe la vieja lava putrefacta. En segundos asumió la fría drástica decisión: no preocuparse no reptar ofídica no rogar. Tomó aspirinas suavizó la aguda vieja migraña occipital, y a las cinco en punto de la tarde del martes 15 de noviembre vio con sorpresa su dedo índice presionar tres veces el botón del timbre en la casa de su madre. Propuso tomar juntas el té en la salita de estar.

Marcelina, sabia, preparó té verde con hojitas de melisa que calman los nervios, lo sirvió en pocillos de porcelana francesa, y al cabo de dos o tres sorbitos, dijo:

—Hija, cuando sientas en las sienes esa sensación de parche de badana a punto de estallar se impone comprar túnicas satinadas, sandalias somalíes, bolsitos de pedrería, aros collares brazaletes, broches de piedras duras. Tu corazón lo pide a gritos.

Ángela dudó. Las palabras resonaban huecas insonoras atravesaban planchas de corcho. Una tarde de shopping no parecía el antídoto para salir del letargo que la acosaba rítmico, como si dibujara un electrocardiograma de montículos y pozos. El adagio con sabor a oráculo emergiendo de la boca de Marcelina, humo rizado, no logró asegurarle la eficacia de un cúmulo de vidrieras, puertas giratorias, escaleras mecánicas, palmeras plásticas, baños impolutos, música híbrida, oleadas de murmullos y escuadrones clonados globalizados marchando con o sin pancartas, nadando las galerías de baldosones brillantes, como de agua, entre marejadas de papas fritas y Mac Combos de Mac Donald’s. Nada de nada; ella descreía desconfiaba, un lugar así jamás segregaría los fluidos alquímicos básicos indispensables para conjurar su estado melancólico así porque sí, de sólo mirarlo y transitarlo.

Desalentada, extraviada (vapor de dudas), emprendió, como quien busca pero teme la amenaza del minotauro, la pista de la consulta a un psicoanalista de renombre, quien, como antes lo había hecho Marcelina, le apuntó con el índice y dijo que debía mirar dentro de sí, cosa que Ángela intentó pero sin suerte, porque se mareó y apenas encontró hilos fragmentados de vivencias dispersas que ni la mejor bordadora hubiera podido reunir en una forma coherente, en un racimo de uvas o un ramito de dalias al menos; y entonces pensó que no, que el camino de la introspección era huidizo y que tal vez la explosión del cráter en los inciertos laberintos de su pensamiento le señalara otros pasajes y aún otros seguramente más llevaderos que ese.

El shopping no, pero tampoco la honda y misteriosa búsqueda dentro de sí como rastreando migajas en el interior calcificado de una ciudad de olvido. Nada, absolutamente nada.

Abatida amedrentada tragó suficientes miligramos de una pastillita narcótica y en cuestión de segundos se durmió. Subió al cielo por una rayuela de pesadillas; como entre nubes se vio sonámbula picando sobras de la heladera; intuyó a Marcelina azucarando un té de limón. Noches largas de gasa gruesa sumando cascadas de sueños y un nombre flamante verde esmeralda creciendo sin pausa: Mayra Milreyes, la tarotista que su amiga Lorena esculpía como a un mito.

Avanzó un presuroso primer paso, entretejió un tercer camino (ha visto alucinada el hocico los cuernos ha oído bufar ha sentido la tibieza el aliento del toro con torso y cabeza humanas), camino señalado por tantas suculentas horas de sueño: rastrear la guarida el paradero de Lorena, encontrarla boca abajo en su cama de espaldar dorado a la hoja y edredón de satén rojo. ‒Lorena exhalaba humo esfumada detrás de las gasas los doseles los gobelinos‒; el sudor le incrustaba cuentas de cristal en el cuello debajo del mentón, en la nuca, detrás de las rodillas. Usaba papel tisú para absorber las gotitas en la cara de rasgos orientales. De los sótanos herrumbrados de la ciudad de olvido, Ángela recuperaba los trazos los rasgos de la madre japonesa y el padre holandés de la amiga, una de esas chicas de curvas de borde de fruta, caderas cóncavas, piernas como obeliscos. Día y noche se preguntaba por la fuerza del origen, si la mezcla genética, esa agua subterránea humedeciendo; o quizás las marcas frutales en el cuerpo habrían impulsado ese movimiento cómodo de Lorena en las antípodas de la moral y las buenas costumbres.

Ángela, viajera incansable de un angosto largo desfiladero sin jamás retroceder (ansiaba seguir la polvareda y a ella el monstruo le parecía tan hermoso incluso el miedo), asistió asombrada a una segunda revelación: algo alguien (una luz dorada) le ordenaba mutar, vestir encaje negro a la hora de dormir, peinarse con rastas, beber tragos largos y saborear cerezas heladas. Supo no sin asombro que la compañía de Lorena impulsaba la producción de palabras brotando impolutas de su garganta reseca, agrietada, tanto tiempo en desuso. En un primer momento produjeron un sonido tenso amoratado y luego acarameladas, se cubrieron de plumas. Sin escrúpulo alguno acortó el largo de las faldas, agregó centímetros a los tacos, acentuó la profundidad del escote y tomó una cita con Mayra, la tarotista, quien le vaticinó una voluminosa remoción, un bamboleo ilimitado de sus capas primordiales, un estropicio del orden y la importancia de lo que fue, para la estructura básica de la corteza terrestre, el cenozoico y sus largos períodos terciario y cuaternario y dentro de ellos la extraordinaria y misteriosa expansión de los mamíferos en el planeta. Amaneció un nuevo orden capaz de provocar fuertes vibraciones al abordar los bares cerca del Simposio y encarar allí una comunicación fluida, cargada de libros de proyectos de cópulas, disfrazada de chica desinhibida con los bordes resaltados redondos decididos, a medio camino entre Lorena y Mayra, un compendio de las dos, imagen marmolada con esporádicos atisbos de la arcaica versión obsoleta de ella misma, de Ángela.

Y ha de haber sido por esta nueva dudosa legitimidad, por la insuficiencia de las máscaras ocultando facciones de base melancólica y retraída; por eso y por otras razones indescifradas, que Ángela reculó sintió una repentina desconfianza y en menos que canta un gallo produjo un enérgico sacudón seguido de remezones. El miedo al fracaso la apartó la segregó de la mirada inquisidora de Mayra, fuera del campo visual de Lorena. Aplacada la polvareda en el corazón esquivo de los largos corredores, los recodos, las encrucijadas, presa de la más espantosa soledad deambulando sin norte sin hocico sin bufidos no quiso más consejos ni oráculos, bastante tenía con los que le tiraron a la cara las cartas de tarot que ella indignada arrojó fuera de sí haciéndolas volar y fulgurar en el aire como a una baraja de fuego.

 Enclaustrada entre las cuatro paredes de su cuarto y a pesar de los incisivos filosos llamados de Marcelina y del obsecuente interés de Lorena y de Mayra, de pronto insignificantes, se durmió. Contra todo presagio se durmió; contra viento y marea durmió y soñó. Tres días con sus tres flotantes noches de luna desplegando velos sobre la cama, sobre su cuerpo quieto. Hubo tumultos eróticos, bosques en cuyo punto ciego se abría un claro pretextando estar allí sólo para resaltar los enmarañados bordes de las coníferas. En el centro mismo de la luz una mujer dormida sostenía un ovillo de hilo y la sola visión de los pies desnudos y los ojos cerrados revueltos como siguiendo, calculando el paso agitado el redoble el latido de un sueño, desestabilizaba hacía temblar la cama se oía el sordo gemido la herida mortal, se olía la sangre quemándose al sol, el sueño pesado, salvaje, de Ángela.

Al cabo de la tercera noche, y sin que hubiera acabado aún de unir los hilos que anudaban la red entre sueño y vigilia, la pesadez que la dormía se cortó como se corta la luz, la dejó a oscuras. Ángela creyó en el inicio de la profunda remoción que profetizaba el tarot. El bosque, bajo intensa capa de luz blanca había desaparecido y ella vibró leve cerró los párpados barrió la sangre apretó los puños y despertó en punto a las nueve y media de la mañana y la cruda angustiosa sensación de haber oído gemidos de muerte en el interior del laberinto y la polvareda aplacándose y la puerta de salida de par en par abierta.


En el suelo, al alcance, los zapatos rojos y el ensayo de la Milreyes con los dos párrafos tachados en verde y la copia para entregar, corregida y encarpetada; la mesa de luz atestada de papeles, libros, el esmalte clarito, la taza de té frío, sin tocar. La rutina en el desorden como hiedra invadiendo el dormitorio. Pensó: “vivir así es vivir a medias”.

 Fueron los crujidos de la madera bajo los pasos fatigados de Marcelina los que cortaron el sueño de Ángela. Un rastro de años sobre la pinotea del pasillo camino a la cocina. Milagro del azar. De lo contrario, la ponencia de la Milreyes no llegaba a tiempo antes de la apertura del Simposio de Cine Contemporáneo, ni ella se encontraba a mediodía con Alejandro en el Soliloquio. Y que si no lo encuentra ahí, que lo ubique en el Gardelito, lo pactado.

 Marcelina, vieja y sorda, mira como quien no ve, vuelve a hundirse en las ruinosas ruinas que la cobijan.


Marta Ortiz nació en Rosario, Santa Fe, Argentina, donde vive. Profesora y Licenciada en Letras por la U.N.R. Poeta y narradora. Publicó: El vuelo de la noche (primer premio de cuento Bienal Internacional Puerto Rico 2000 -La Editorial, Univ. de Puerto Rico, San Juan, P.R. 2006-); Diario de la plaza y otros desvíos (poesía, El Mono Armado, Bs. As. 2009); Colección de arena (cuentos, Edit. Fundación Ross, Rosario, 2013); Casa de viento (poesía, Alción Editora, Córdoba, 2015). Poemas y cuentos suyos integran antologías y otras publicaciones en soporte papel y digital. Co-dirigió la colección Narrativas Contemporáneas para Editorial Fundación Ross. (Rosario). Co-compiladora de las antologías El río en catorce cuentos y Mi madre sobre todo (Edit. F. Ross, Rosario, 2010 y 2011). Su cuento Sicómoro, traducido al alemán, integra la antología Narradoras argentinas del siglo XX (editorial Trafo, Berlín, 2014). Colabora con reseñas críticas y textos de creación en medios culturales de su país y del extranjero. Participó en ciclos de lectura y festivales de Poesía (VII Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro, Buenos Aires, 2015; VI, VII y VIII Semana de las Letras y la Lectura (El Círculo, Rosario, 2012, 2013 y 2014, 2015), Festival Internacional de Poesía de Rosario (2008), Movimiento de Escritoras Los Puños de la Paloma (Santa Fe, ediciones 2012, 2014 y 2015). Desde 2003, coordina los talleres de Lectura y Escritura Ópera Prima y un taller de Lectura Crítica. Edita el blog “Vuelo de noche”: http://www.marta-ortiz.blogspot.com/

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