Taleb Alrefai
Yusuf, amigo mío:
Estás sentado solo frente al
mar. El café que tienes delante ya se ha enfriado.
Contemplas las olas. Desde la
distancia se empujan a sí mismas hacia la orilla. Y, en el instante en que
llegan, entregan a la arena los secretos que esta esperaba.
Y entonces te tranquilizas.
Yo estoy sentado frente a la pantalla.
En mi despacho. Los estantes
llenos de libros me rodean.
Y un silencio que me conoce y
que yo conozco se posa sobre el borde de mi escritorio.
De vez en cuando me observa.
Palabra a palabra, se escriben
los momentos de Yusuf.
Lo sé, no buscabas esto. Aún estabas sentado detrás de
tu escritorio en los últimos minutos de la jornada laboral.
Llamó la directora de la
oficina del presidente del consejo de administración:
—El presidente quiere verle.
Rara vez te mandaba llamar. De
camino a su despacho intentaste recordar algún error o descuido que hubieras
cometido.
Entraste. Saludaste. Te
sentaste.
Como siempre lo habías
conocido: tranquilo, reservado y enigmático. Encendió un cigarrillo. Dio una
calada. Expulsó el humo.
Te miró. Como si leyera algo en
tu rostro.
Tú bajaste la vista hacia tus
manos.
—Señor Yusuf, es usted un
empleado diligente, y tengo la intención de proponer a los señores miembros del
consejo que sea el nuevo director general.
Sus palabras te sorprendieron.
Una sonrisa tenue se dibujó en tu rostro, pero no dijiste nada.
Deseaste que repitiera la
frase. Pero él siguió mirándote, y tú solo alcanzaste a decir:
—Es un honor para mí.
—No quiero que nadie lo sepa...
—te advirtió—. Yo mismo me pondré en contacto con usted. Eso es todo.
Y dio por terminada la reunión.
Cuando regresaste a tu
despacho, la habitación ya no parecía tuya.
Te quedaste de pie en el
centro. Miraste el cielo lejano y no supiste dónde poner las manos. «¡director
general!».
Pensaste en llamar a Lulua, tu
esposa, pero recordaste la advertencia del presidente.
Te susurraste a ti mismo:
«Guardaré el secreto yo solo».
—Adelante, Yusuf. Me has preocupado.
—Señor Taleb, ha pasado una
semana.
—Lo sé.
—Usted es el escritor de esta
historia. Me eligió a mí, así que no me deje suspendido.
—Perdón, yo escribo las escenas
según la experiencia de lo vivido.
—Entonces ayúdeme acelerando el
ascenso.
—No puedo.
—¿Por qué?
Su pregunta me tomó por
sorpresa. Mis dedos se apartaron del teclado.
—No soy como usted cree.
—¿Cómo?
Su pregunta quedó flotando
frente a mí.
No sabía qué responder. Y para
enviarle al menos un poco de esperanza escribí:
—Lo intentaré.
—Quiero ver adónde me llevará.
Levanté los dedos del teclado.
No escribí nada.
Aquella noche, en el momento en que entraste en casa,
tus ojos se cruzaron con los de tu esposa, Lulua.
Sentiste que había visto
aquello que no querías que viera.
—Estás cansado —dijo enseguida.
—Es un dolor de cabeza —respondiste,
llevándote la mano a la sien para convencerte incluso a ti mismo.
Os sentasteis a la mesa. Comiste
en silencio.
Pero tu mente y tu corazón
estaban pendientes de una llamada cuyo sonido soñabas escuchar.
Volvió a mirarte, pero no dijo
nada.
Bajó la cabeza hacia su plato.
Quizá lo había comprendido.
—Señor Taleb, han pasado dos semanas.
—Perdón, yo no controlo las
fechas del consejo de administración.
—Usted es el escritor de la
historia. Una sola frase y todo termina.
—No está en mis manos.
—Estoy agotado. Duermo con el
teléfono debajo de la almohada. Lo llevo conmigo a todas partes. Escucho el timbre,
aunque no suene.
Eché la silla un poco hacia
atrás.
La pantalla estaba frente a mí,
y los libros me observaban.
Él permanecía en silencio. Y yo
seguía sin escribir nada.
—Señor Taleb, escriba el final.
Mis dedos permanecían inmóviles
sobre el teclado.
No se movían.
Miré la pantalla.
Y tú me miraste a mí.
Intentaste retomar tu vida tal como era, y fracasaste.
La espera de la llamada seguía
habitándote. Y también el ascenso a director general. Más
de una vez comprobaste que el número del presidente estaba guardado en tu
teléfono. Ayer no pudiste esperar en tu despacho. Subiste al piso
superior sin un motivo claro. La secretaria te encontró y la saludaste.
Ella respondió:
—Buenos días, señor Yusuf.
No encontraste qué decir.
Entonces añadió,
sorprendiéndote:
—El señor presidente viajó
ayer.
Te tragaste la decepción.
No preguntaste cuándo
regresaría.
Volviste a tu despacho y
cerraste la puerta.
Te quedaste de pie en el centro
de la habitación, igual que la primera vez.
Escuchaste el zumbido del aire
acondicionado. Comenzaste a caminar contando los pasos. Y cuando te detuviste,
no supiste cómo sentarte. Ni por qué seguías de pie.
—Señor Taleb, pongámonos de acuerdo: ya no quiero el
ascenso.
—No puedes retractarte de
aquello que deseaste.
—Fue usted quien sembró ese
deseo en mí.
Me aparté un poco de la
pantalla.
—Y tú aceptaste y desempeñaste
el papel.
—Entonces escriba el final y
termine la historia.
—La historia no terminará.
—¡Dios mío! —resoplaste.
Mis dedos se quedaron
congelados sobre el teclado.
Miré la pantalla.
Tú no me miraste.
Solo quedamos el silencio del
despacho y yo.
No hablamos.
Sigues sentado frente al mar.
El café se ha vuelto a enfriar.
Dejas el teléfono sobre la mesa
y lo miras fijamente.
Mientras él te da la espalda.
Las olas del mar se retiran
lentamente de la orilla.
Ha comenzado la marea baja.
Extiendes la mano hacia el
teléfono.
Luego la retiras.
Y yo también retiro la mía.
No escribo nada.
Taleb Alrefai (Kuwait,
1958) es uno de los narradores contemporáneos más destacados del mundo árabe.
Ingeniero civil por la Universidad de Kuwait y Máster en Escritura Creativa
(MFA) por la Universidad de Kingston de Londres, comenzó a publicar en la
década de 1970. Su obra, que abarca la novela, el cuento, el teatro y el ensayo,
ha sido traducida a varios idiomas, entre ellos el inglés, el francés y el
alemán. Entre sus novelas más reconocidas figuran El olor del mar, Al-Najdi,
Habi y El secuestro del amado. En 2010 presidió el jurado del
Premio Internacional de Novela Árabe (Arab Booker Prize). Es fundador y
director del Foro Cultural Al Multaqa y del Premio Al Multaqa para el Cuento
Árabe, dos de las iniciativas culturales más importantes de Kuwait. Asimismo,
ejerce como profesor visitante de Escritura Creativa en la Universidad
Americana de Kuwait. En 2002 recibió el Premio Estatal de Literatura por El
olor del mar, y en 2021 fue distinguido como Personalidad Cultural del Año
en la Feria Internacional del Libro de Sharjah.
(Kuwait, 30 de diciembre de
2025)
Traducción: Abdul Hadi Sadoun
