Anatoly Kudryavitsky
(Apuntes de
comienzos del siglo XX)
Desde aquí, desde el microestado de
San Marino, Italia se veía como un inmenso suprapaís. El aire de aquellas
tierras me mantenía a flote, no por su densidad, sino precisamente por su
ligereza. Era una fiesta para respirar con mis pulmones asmáticos.
En el mismo hotel donde me alojaba
vivía el profesor Percival. Filósofo y naturalista, parecía rodeado por el aura
de sus insólitas teorías astronómicas, que lo precedía como una pequeña y
elegante nube. Tendría cerca de sesenta años. Las canas habían conquistado
definitivamente su cabellera, mientras que su bigote se mantenía erguido,
inmóvil, como si desafiara al viento. Sus ojos miraban con confianza, incluso
con cierta expresión de disculpa. ¿Se avergonzaba de sus conocimientos? ¿Era un
hombre modesto? Desde luego era un hombre luminoso, en el sentido de que la luz
habitaba en él, y no al revés.
Me lo presentaron. No le pregunté
de dónde era, aunque hablaba inglés con un acento norteamericano que delataba a
un oriundo de Nueva Inglaterra.
El profesor atravesaba esa primera
etapa del entusiasmo científico, tan característica de quienes llegan a las
ciencias exactas desde otra disciplina. De formación era etnógrafo. De vez en
cuando, de aquella nubecilla que lo rodeaba se filtraban reflexiones sobre la
posibilidad de conocer el mundo... e incluso otros mundos.
—Los enigmas viven muy bien en este
mundo, profesor. Mucho mejor que las personas —le dije.
—Bueno, de vez en cuando
conseguimos inquietarlos —respondió Percival con una sonrisa—. Los enigmas
despiertan la imaginación.
—Y la imaginación engendra nuevos
enigmas —me limité a responder, encogiéndome de hombros.
Los rayos del sol construyeron una
casa prismática, en cuyas ventanas parecía leerse algo absurdo y atropellado:
de lo simple a lo insípido, de lo rojo a lo sagrado, de la brevedad a la
mansedumbre. La espiral del conocimiento desplegaba sus vueltas como en un
escaparate, dejaba su huella y, al mismo tiempo, impresionaba.
El profesor, entretanto, cambió de
tema con un salto digno de un saltamontes.
—Aquí habría que construir un
observatorio —declaró—. Desde este lugar Venus se observa mejor que desde
ningún otro. En cambio, Marte se contempla en sus mejores condiciones desde los
desiertos de Arizona. Precisamente a eso me dediqué el año pasado.
—¿Construir un observatorio? ¿Dónde
exactamente?
—En el monte Titano. Cuanto más
alto, mejor.
Y calló. Durante dos días enteros.
Después volvió a brotar el
manantial de las palabras y realizó un nuevo intento por despertar mi interés.
Se sentó junto a mí durante el almuerzo y anunció:
—Puedo confiarle un secreto. Ya he
instalado un observatorio provisional. Está en una antigua fortaleza situada en
la cima de la colina... bueno, aquí la llaman montaña. El edificio no se
encuentra precisamente en las mejores condiciones, pero es mejor que nada. He
instalado allí un telescopio. Mañana comienza la oposición de Marte. Si le
apetece echar un vistazo, puedo llevarlo conmigo.
—Sí, sería muy interesante.
—Además, podría ayudarme con el
telescopio. Es bastante complicado instalarlo y un par de manos extra siempre
resulta útil.
Aquel día dediqué mi tiempo a
contemplar la arquitectura medieval de San Marino, mientras ella parecía
contemplarme a mí. Al caer la tarde, el profesor llamó discretamente a mi
puerta.
—Ha llegado la hora de partir.
Aquel año ya había realizado varias
excursiones por los Apeninos, de modo que tenía preparado todo mi equipo. Sin
embargo, subir a la montaña en plena noche me parecía una idea extrañamente
innecesaria.
El profesor, sin embargo, me
explicó que no necesitaríamos ningún equipo especial, ya que casi todo el
camino seguía un sendero tan ancho como un camino rural. Había traído de su
habitación dos linternas muy potentes.
—Nos vendrán bien —dijo—. Aunque la
lámpara más brillante de la noche ya está encendida: ¡la Luna!
Era, en efecto, noche de luna
llena. La Luna nos guiaba por el largo camino que salía de la ciudad hacia la
oscuridad y las nubes de matorrales. La tarde cantaba en silencio una larga
canción italiana. Detrás de nosotros nos seguía, como un cómplice inseparable,
el olor del tabaco fuerte y de la comida barata.
El hotel marcaba el final de la
ciudad y, detrás de él, un arroyo descendía hacia el valle. La Luna plateaba
las ramas de los olivos y derramaba su blancura sobre el agua. El sendero se
enroscó como un ovillo, volvió a desplegarse, desapareció bajo unos arbustos y
reapareció discretamente al pie de una montaña no muy alta.
Ascendíamos directamente hacia la
Luna. Ella huía de nosotros, se ocultaba entre los árboles y plateaba nuestro
cabello. Ya habíamos subido bastante. El sendero, que antes era tan ancho como
una calle de aldea, terminó por estrecharse. En algún lugar, sobre nuestras
cabezas, estaba la cumbre.
Al llegar junto a una enorme roca
desprendida de la montaña, cuya punta se alzaba hacia el cielo y bloqueaba el
camino, el profesor se detuvo.
—Parece que aquí hubo un derrumbe
hace muy poco tiempo —dijo—. Tendremos que rodearlo.
Junto a la roca crecían varios
árboles rodeados de matorrales. El profesor apartó una rama y desapareció entre
ellos, aunque volvió enseguida.
—Todo está bien. Hay paso.
Tras los arbustos comenzaba una
cueva. Caminábamos iluminando el suelo con las linternas y procurando no hacer
ruido, pues el eco podía provocar un nuevo desprendimiento. Finalmente, a lo
lejos volvió a aparecer la luz de la Luna.
Salimos de la cueva y nos
detuvimos. La ladera de la montaña, vista desde aquel lado, parecía
completamente desierta. El profesor comentó que no existía otro camino para
llegar hasta allí y que él mismo solo había pasado una vez por aquel lugar.
—Desde aquí también se puede
alcanzar la antigua fortaleza. Continuemos la subida. Pero no se aparte del
sendero.
El camino era bastante estrecho. La
luz de la linterna parecía debilitarse cada vez más y yo empezaba a
arrepentirme de haber permitido que Percival me condujera hasta allí.
Seguimos ascendiendo por la ladera
cuando el profesor me detuvo con un gesto.
—Abajo hay un lago de montaña. Vale
la pena contemplarlo —dijo con el tono de un cicerone italiano.
En las negras aguas del lago se
habían hundido las nubes que, por un momento, ocultaban la Luna. La superficie
permanecía perfectamente inmóvil, sin una sola ondulación.
Por fin la Luna reapareció en todo
su esplendor, se asomó al lago, contempló su reflejo en aquel espejo y volvió a
esconderse detrás de una nube que avanzaba lentamente.
—La cima está detrás de aquella
roca —anunció entonces el profesor, como si de pronto hubiera vuelto a recordar
el verdadero propósito de nuestra excursión.
El monte Titano tiene varias
cumbres, y aquella era bastante llana y no la más elevada. En lo alto se alzaba
una fortaleza de color amarillo arenoso; no era tan grande como la célebre
Guaita, pero imponía igualmente por sus dimensiones. Percival abrió una puerta
de madera sin pintar.
Un aire frío y húmedo se abalanzó
sobre nosotros, como si hubiera reunido fuerzas durante mucho tiempo para
recibirnos de aquel modo. El telescopio resultó ser relativamente pequeño. Le
quitamos la funda y lo llevamos hasta el patio interior.
—Quería traer un equipo mejor, pero
no tuve tiempo. De todos modos, los escombros del derrumbe pueden retirarse o,
en el peor de los casos, hacerse volar con explosivos. Entonces el camino
volverá a quedar despejado.
La noche derramaba desde las
alturas corrientes de aire fresco sin escatimar fuerzas, pero afuera se
respiraba mucho mejor que en el ambiente de sepulcro que reinaba dentro de la
fortaleza. Poco después, el tubo del telescopio apuntaba hacia el cielo y el
profesor se acomodó en el asiento metálico. Pasó un largo rato ajustando el
instrumento y luego sacó un cuaderno del bolsillo para dibujar cuidadosamente
lo que veía.
—Cambian de forma constantemente,
pero la estructura sigue siendo la misma —murmuró—. Supongo que depende del
ángulo de observación... —Finalmente se dignó dirigirse a mí—. Me refiero a los
canales de Marte descritos por Schiaparelli. Estoy intentando confeccionar un
mapa de ellos.
Llegaron unas luciérnagas y también
ellas trazaron su propio mapa del universo, que cambiaba a cada segundo y
ondulaba con un secreto resplandor verde fosforescente.
Cuando terminó el dibujo, el
profesor se echó hacia atrás y estuvo a punto de perder el equilibrio.
—¿Le gustaría observar Marte? —me
preguntó.
No fue necesario insistir. Tras
algunos movimientos me encontré mirando a través del ocular una nube difusa.
—Enfoque con este tornillo —me
indicó.
Todo se aclaró. En el ocular
flotaba una esfera rojiza y brumosa sobre la que aparecían unas líneas oscuras.
—¿Ve los canales? —preguntó con
impaciencia.
—Veo unas líneas...
—Aquí tiene papel. Dibújelas.
Después compararemos los resultados.
Trasladé al papel lo que acababa de
observar.
Percival tomó ambos dibujos, los
examinó durante unos instantes, movió la cabeza con expresión de sorpresa y
preguntó:
—¿De verdad vio lo que acaba de
dibujar?
Asentí.
—Mírelos usted mismo.
Me tendió los dos dibujos.
Se parecían en ciertos aspectos,
pero las líneas se unían formando ángulos distintos y también ocupaban
posiciones diferentes dentro del campo visual.
—Sí... es extraño. Me gustaría
conservar su dibujo. Necesito reflexionar sobre él. Tengo pensado publicar un
atlas de los canales marcianos.
No puse ninguna objeción. A mi vez,
le pedí que me mostrara Venus. Sobre su esfera de tonos cobrizos apareció otra
red de líneas, semejante a una tela de araña o a un intrincado jeroglífico.
¿También eran canales?
—Sí. La estructura es parecida
—respondió el profesor—. Todo esto debe estudiarse. Precisamente por eso es
necesario construir un observatorio.
Nunca supe qué fue de aquel
proyecto, porque al día siguiente regresé a Roma.
El profesor sí llegó a publicar su
atlas. Lo comprobé medio año más tarde, cuando vi un ejemplar sobre la mesa del
oftalmólogo romano al que acudí para sustituir el cristal roto de mis gafas.
Era un italiano que había ejercido durante un tiempo en Londres y por eso
hablaba un inglés bastante aceptable.
—¿Qué opina de esto? —le pregunté,
señalando el libro.
—Es muy interesante. Ahora todo el
mundo hablará de la antigua civilización marciana.
—¿Y usted no cree que haya
existido?
—Solo creo una cosa: que Percival
realmente vio aquello que dibujó.
—Entonces... ¿es verdad?
—Eso no es lo que he dicho.
—Pero si lo observó...
—La cuestión es qué fue exactamente
lo que observó.
Le conté que poco antes había
mirado por el telescopio de Percival y que había visto una red de canales algo
distinta.
—Precisamente —respondió el
oftalmólogo—. Todo depende de quién esté mirando.
—Pero existe una realidad objetiva.
—Por supuesto que existe. La
cuestión es cómo separar lo objetivo de lo subjetivo; es decir, distinguir
entre lo que ve el observador y lo que realmente existe. Percival utilizaba un
telescopio de veinticuatro pulgadas. En su libro afirma que la estructura
reticular de Venus se apreciaba mejor cuando la abertura del ocular era
inferior a medio milímetro. ¿Sabe a qué me recordó eso? Los oftalmólogos
empleamos un procedimiento semejante cuando estudiamos una catarata o la
disposición de los vasos sanguíneos de la retina. Con una abertura muy
estrecha, las sombras de esos vasos se vuelven visibles.
—¿Quiere decir que...?
—No, yo no quiero decir nada. Solo
le he expuesto los hechos. Las conclusiones debe sacarlas usted.
Me senté en un banco del parque
cercano a la Piazza Vittorio Emanuele, frente a unas pintorescas ruinas. En el
banco vecino, unos niños lamían con aplicación sus helados, sin dejar por ello
de añadir sus voces a la paleta sonora de aquella hora previa al anochecer.
Pensaba: ¿sería posible que
Percival hubiera pasado tantos años estudiando las sombras de los vasos
sanguíneos de su propio ojo, creyendo que eran los canales de Marte y de Venus?
Todos aquellos dibujos, aquel atlas de dos «planetas»... la celebración de un
trabajo inútil...
Incluso si algún día llegara a
comprender lo sucedido, apartaría esa idea de sí con la misma obstinación con
que nosotros alejamos los pensamientos sobre la inexistencia. Pero ¿qué
pensarán de él las generaciones futuras? ¿Qué dirán de su obra en ese juicio
silencioso del tiempo, donde el futuro actúa como un acusador arrogante y el
pasado como un defensor tímido y olvidadizo?
Y, sin embargo, ¿no nos envían a
todos, tarde o temprano, a buscar el tiempo a algún lugar? Vamos en su busca,
recogemos cuanto somos capaces de cargar, pero luego lo perdemos por el camino.
Se derrama de nuestros relojes como las ciruelas de una bolsa agujereada.
The quest of your life...
Y si hubiera que encontrar algún
sentido último en toda esta historia, ¿qué podría hallarse?
Quizá nada, salvo una verdad
evidente por sí misma: todo aquello que contemplamos, en realidad lo
contemplamos dentro de nosotros mismos.
Anatoly Kudryavitsky, doctor en Ciencias, nació en Moscú, Rusia, y vive en Dublín, Irlanda, desde comienzos de este siglo. Es novelista en lengua rusa y poeta que escribe tanto en ruso como en inglés. Su primer libro de ficción fue The Case-Book of Inspector Mylls (2012), al que siguieron las novelas Shadowplay on a Sunless Day (2015) y The Flying Dutchman (2018), así como el volumen de narrativa breve A Parade of Mirrors and Reflections (2017). Sus libros de poesía más recientes son The Two-Headed Man and the Paper Life (2019) y Scultura involontaria (2020). También ha publicado tres colecciones de haikus en inglés: Morning at Mount Ring (2008), Capering Moons (2011) y Horizon (2016). Ha recibido numerosos premios de haiku en Japón y Europa, y es presidente de la Irish Haiku Society.
