Mike Jansen
—Esta noche volví a
ver al Dios Hiena en el horizonte —les dijo Stella a sus padres.
Jon y Mara se miraron, y su madre
la estrechó en silencio entre sus brazos. Las lágrimas de Mara cayeron sobre el
cabello de Stella, que se estremeció; el rostro de su padre reflejaba emociones
contradictorias, y ella volvió a temblar.
—Entonces realmente te ha elegido
—dijo Jon—. Casi adulta, mi única hija...
Extendió una mano hacia ella y
luego la retiró.
—Por desgracia, ya no está en
nuestras manos.
Se sentó en su litera y bebió de su
botella de kami elemental.
Stella no comprendió lo que quería
decir, pero conocía sus borracheras y sintió que los brazos de su madre la
estrechaban con más fuerza.
—Mamá, ¿qué está diciendo?
Su madre se secó los ojos y condujo
suavemente a Stella fuera de la choza. Apenas más allá de la aldea, pero
todavía a la vista de las hogueras de vigilancia y de los guardias, comenzaba
la estepa. Su madre encontró una roca apropiada, se sentó y acomodó a Stella a
su lado.
—Mira arriba —dijo Mara.
Señaló las numerosas luces del
cielo.
—Los antiguos nos dicen que son los
ojos de los Dioses.
—He oído todas las historias sobre
los antiguos, madre. Nabil me habló de ellos, y él es el anciano de la aldea.
—Nabil es viejo y olvidadizo. Hubo
un tiempo, cuando yo lo ayudaba, en que lo sabía todo —dijo Mara—. Escucha,
Stella, querida hija. Hubo un tiempo en que no pertenecíamos a este mundo. Hubo
un tiempo en que llegamos aquí desde otro lugar.
Stella la miró.
—¿Qué quieres decir? Nunca había
oído nada de eso.
Mara inclinó la cabeza.
—Ocurrió hace muchas generaciones.
La humanidad se avergonzó de su comportamiento destructivo. Envenenaron su
mundo hasta volverlo hostil incluso para ellos mismos.
Mara tomó la mano de Stella y le
acarició los dedos.
—Un grupo de ellos, el Pueblo
Verdadero, encontró el camino hasta aquí.
—¿Por qué? —preguntó Stella.
—Para comenzar una nueva vida, en
armonía con su nuevo hogar —explicó Mara.
Orientó el dedo índice de Stella
hacia un pequeño grupo de estrellas.
—Allí estuvo una vez nuestro hogar.
Esos ojos son estrellas, mundos como el nuestro, solo que inconmensurablemente
lejanos.
—Entonces, ¿cómo llegamos hasta
aquí? —preguntó Stella.
—Seguimos el sendero de las
Columnas Torcidas. Te lo mostraré —dijo Mara.
Se puso de pie, tomó una rama
encendida de una de las hogueras de vigilancia y la sostuvo muy por encima de
la cabeza mientras avanzaba por el suelo seco y duro de la estepa, en dirección
al antiguo santuario del Pueblo Verdadero.
Miles de piedras torcidas, columnas
que duplicaban la altura de un hombre, formaban una amplia espiral que apuntaba
hacia el centro, aproximándose cada vez más hasta que los extremos de las
piedras quedaban tan cerca unos de otros que formaban una especie de techo.
Mara caminaba delante y Stella la
seguía de cerca. Oyó que su madre murmuraba palabras incomprensibles y,
mientras avanzaban hacia el centro, sintió una extraña sensación de hormigueo
que le recorría la espalda.
—Madre, aquí se siente algo
extraño.
Bajo el techo de piedra, Mara
colocó la rama en un soporte para antorchas.
—Lo sé, Stella. Este es el lugar
por el que entramos en este Mundo. Es un nexo, una encrucijada entre muchos
mundos.
—Pero ¿qué hacemos aquí? —preguntó
Stella.
Mara suspiró.
—Si has sido marcada por el Dios
Hiena, tu destino está sellado. Siempre ha sido así.
Negó con la cabeza y nuevamente se
le llenaron los ojos de lágrimas, que cayeron al suelo como brillantes
fragmentos de diamante. Se frotó los ojos y se llevó una mano a la frente.
—Pero prefiero enviarte lejos antes
que enterrarte —dijo con determinación.
—¿Adónde voy a ir? —Stella miró
incrédula a su madre—. No quiero dejarte.
—Tenemos que separarnos, mi querida
hija —dijo Mara—. A través de ti, Él propagará su maldad y su veneno. El Pueblo
Verdadero no lo tolerará. Sabes que es así.
—Podría irme con otra tribu —dijo
Stella—. Si no digo nada, nunca lo sabrán.
Mara negó con la cabeza.
—Sus marcas serán cada vez más
visibles en tu cuerpo. Tarde o temprano, tu nueva tribu se dará cuenta. Ellos
también conocen las consecuencias y actuarán en consecuencia.
Entonces Stella comenzó a llorar.
Conocía las historias aterradoras que se contaban acerca de los elegidos. Nunca
terminaban bien. Jamás.
—¿Por qué yo? —sollozó Stella.
Mara apoyó una mano sobre la cabeza
de su hija.
—Él nunca da explicaciones. Nadie
conoce Su propósito. Pero no te tendrá.
Movió las manos y pronunció
palabras que no se habían escuchado desde hacía miles de años. De pronto, el
espacio se llenó de imágenes de verdes bosques y colinas salpicadas por la luz
del sol.
—La Tierra. Nuestro origen.
Una suave brisa trajo el aroma de
las plantas después de una lluvia ligera.
A través de sus lágrimas, Stella
contempló aquel mundo y parpadeó.
—Parece hermoso. Acogedor.
Mara asintió.
—No es lo que esperaba —dijo—.
Creía que la Tierra había muerto por nuestra culpa. Pero quizá no haya sido
así. Tal vez algunos incluso hayan sobrevivido.
Stella se puso de pie y se secó las
lágrimas.
—Entonces, ¿por qué tú y papá no
vienen conmigo?
Mara vaciló, pero negó con la
cabeza.
—Somos el Pueblo Verdadero.
Nosotros hicimos nuestra elección. Del mismo modo que tu elección ya ha sido
hecha.
Stella inclinó la cabeza,
comprendiendo lo que significaba ser una elegida del Dios Hiena, el terrible
final que sufría la mayoría. Ella no quería ese destino.
—Entonces esto es una despedida,
madre.
—Que te vaya bien, Stella.
Mara besó a su hija en la frente y
pronunció las palabras que la transportarían. Unos instantes después, la
estancia estaba vacía. Tomó la rama y emprendió el regreso hacia la aldea.
Por encima del horizonte, visible
únicamente para Sus elegidos, el Dios Hiena soltó una carcajada estridente.
Siempre había alguien que le permitía acceder a un mundo nuevo e inexplorado.
Siempre.

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