Mostrando entradas con la etiqueta Sucharita Dutta-Asane. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sucharita Dutta-Asane. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de agosto de 2026

OTRA VIDA

Sucharita Dutta-Asane

 

Escribió su primera carta a Sameer un mes después de su muerte.

 

Querido:

Estoy aprendiendo a vivir sin ti. Hace un mes que moriste; me quedan tantos meses más por vivir.

Con amor, Anu

Sameer murió en un día de calor insoportable; la bala que terminó alcanzándolo llevaba el nombre de otro, pero él se interpuso en su camino. Eso fue lo que le dijeron. Nunca encontraron su cuerpo.

Esperó seis meses. Entonces, una noche, soñó.

Estaba de pie a la orilla de un arroyo, vestida con una falda de un verde esmeralda brillante y una banda azul, tan ligera como una gasa, cruzándole el pecho. Esperaba. El agua era transparente; un pez plateado cruzó velozmente ante ella y el brillo de sus escamas la deslumbró. Levantó la vista y allí estaba Sameer, en la orilla opuesta, entre juncos y margaritas silvestres, escribiendo en el aire con el índice. Ella extendió la palma para recoger las palabras que flotaban sobre él; cuando se enroscaron en su mano, la sumergió lentamente en el agua y la abrió. Las palabras se disolvieron y extendieron su blancura sobre el azul.

Cuando el sueño terminó, seguía dormida, abriendo y cerrando los puños. Al despertar, el agua y las palabras se habían retirado. La imagen de Sameer permaneció detrás de sus ojos hinchados.

Esperó.

Sameer se había evaporado de su vida, dejándola desolada, enamorada de un muerto, viuda, con el vientre vacío... No iba a perdonarle que hubiera muerto. No iba. No iba. No. No. No.

Entonces, una mañana, sonó el teléfono. Un timbre agudo, insistente.

Estaba preparando una taza de café mientras intentaba leer las noticias ya envejecidas del periódico; las palabras se arrastraban por las páginas como hormigas. Sin ganas de contestar, dejó sonar el teléfono hasta que el timbre empezó a irritarla.

—¿Hola?

Su voz sonó pequeña, reticente.

—¿Señora Guha?

—Sí.

—Llamo por su esposo...

Miró el reloj. Demasiado temprano para una llamada del banco.

—Lo siento, él...

—Está en el hospital...

Pero él estaba muerto.

 

Desde su asiento junto a la ventanilla observó cómo el cielo vacío se deslizaba lentamente y recordó las historias de fantasmas que había leído desde niña. Por una vez deseó que fueran ciertas. Que los fantasmas existieran. Que Sameer se le apareciera. Cualquier cosa era preferible a aquel vacío. Le escribió durante el vuelo.

 

Querido:

Dicen que moriste. Ahora parece que sigues vivo.

¿Habríamos podido imaginar un día como este cuando corríamos por aquella calle empapada de lluvia, cubriéndonos la cabeza con las bolsas de las compras? ¿Recuerdas cómo nos reíamos? Teníamos el cuerpo pegajoso por tanta lluvia y el piso resbalaba bajo nuestros pies. La tapicería de yute, de la que estaba tan orgullosa, quedó completamente húmeda por las bolsas que arrojamos sobre ella. ¿Recuerdas cómo terminamos desplomados en los brazos del otro y me dijiste que debías irte una semana? «Deja ese trabajo», te dije. «No hacen más que enviarte lejos.» «Gracias a ese trabajo podemos vivir en una casa como esta», respondiste. ¿Recuerdas cómo nos deslizamos hasta el suelo? ¿Cómo, en un solo movimiento, me inmovilizaste debajo de ti, me besaste hasta dejarme sin palabras y pusiste fin a todas mis réplicas? ¿Lo recuerdas?

Con amor, Anu

 

El hospital estaba muy lejos del aeropuerto y el tráfico era denso.

¿Cómo había logrado encontrarlo el amigo de Sameer? Lo preguntó, pero no consiguió retener la respuesta. En aquel momento nada era más importante que la noticia que acababa de recibir. Todo lo demás era un vacío.

La habitación estaba en el cuarto piso. No esperó el ascensor. Bajo sus pies, los escalones parecían derretirse.

Al fondo de la habitación blanca y gris distinguió una cama y, sobre ella, tres partes separadas de un cuerpo: una cabeza rapada, un codo y un pie desnudo que sobresalía de la colcha azul. ¿Dormían los fantasmas? Quería despertarlo. Oír su voz. Quería gritar hasta llenar los pulmones de aire.

 

En el silencio aséptico del consultorio, permaneció sentada mientras el médico estudiaba la historia clínica.

—Señora Guha, permítame explicárselo así. La memoria de su esposo está afectada. Puede tratarse de una pérdida temporal causada por el trauma o quizá sea permanente. Todavía es imposible saberlo. Necesitará atención médica constante hasta que su cerebro comience a funcionar mejor...

Ella se lo llevaría a casa. Sentada junto a la cama del hospital, rozó apenas el brazo de Sameer, cuando lo único que deseaba era abrazarlo. Él abrió los ojos y la miró. Ella sonrió del modo que tanto le gustaba: inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado y dejando que la sonrisa se curvara apenas hacia la izquierda.

—¿Te estás burlando de mí o de verdad sonríes porque eres feliz, Anu? —le había preguntado una tarde sofocante, poco después de que empezaran a salir juntos.

—¿Y tú qué crees, Sammy, mi amor?

Las palabras habían escapado antes de que pudiera contenerlas, junto con la parte más espontánea de sí misma. Entonces los dos habían estallado en carcajadas. Ahora él solo la miraba. Con los ojos vacíos.

—¿Quién es usted? —preguntó.

No había hostilidad en su voz. Solo desconcierto. Ella sintió que algo se quebraba en su interior. Durante los días siguientes aprendió a presentarse una y otra vez.

—Soy Anu. Tu esposa.

Cada vez que pronunciaba aquellas palabras esperaba ver una chispa de reconocimiento.

Nunca llegaba.

 

Querido:

Hoy me preguntaste quién era. No te culpo. La culpa pertenece a ese lugar donde te perdiste durante seis meses y del que has regresado sin nosotros. No sé si debo llorar al hombre que murió o alegrarme por el hombre que volvió. Quizá sean dos personas distintas.

Con amor, Anu

 

La rehabilitación avanzaba lentamente. Sameer reaprendía los nombres de los objetos cotidianos. Una taza. Una cuchara. Una ventana. Un árbol. Pero los nombres de las personas seguían escapándosele. A veces la miraba con infinita ternura. Otras veces parecía observarla como si fuera una desconocida.

Había noches en que despertaba sobresaltado, pronunciando palabras en un idioma que ninguno de los médicos conseguía identificar. Y, en ocasiones, un nombre. Siempre el mismo.

—Maya...

Anu fingía dormir. El nombre comenzó a perseguirla. ¿Quién era Maya? ¿Una amante? ¿Una hermana? ¿Una compañera de trabajo? Buscó entre viejas fotografías. En agendas. En correos electrónicos. No encontró nada. Ninguna Maya. Cuando por fin reunió valor para preguntarle, Sameer frunció el ceño.

—No lo sé. Solo sé que la extraño.

Y empezó a llorar.

 

Querido:

Hoy lloraste por otra mujer. No sentí celos. Sentí miedo. Porque comprendí que el hombre que amo guarda recuerdos de una vida en la que yo nunca existí. Con amor,
Anu

 

Los médicos insistían en que aquello podía formar parte del proceso de recuperación. Fragmentos de memoria. Asociaciones erróneas. Confusión. Pero Anu comenzó a sospechar otra cosa. No era solo que Sameer hubiera olvidado. Era como si hubiera regresado con recuerdos que pertenecían a otra existencia. A veces describía una ciudad donde nunca había estado. Recordaba una casa con un jardín de jazmines. Hablaba de una hija. De un perro. De un árbol cuya sombra conocía de memoria. Todo con una precisión imposible. Y siempre aparecía Maya. Las semanas se transformaron en meses.

Sameer volvió a caminar con normalidad. Aprendió otra vez las rutinas de la casa. Reía. Leía. Cocinaba. Pero jamás recuperó el pasado que habían compartido.

Un día encontró una fotografía de los dos. La observó largo rato.

—Parecemos felices.

—Lo éramos.

Él asintió lentamente.

—Lamento no recordarlo.

 

Querido:

He dejado de esperar que vuelvas. Eso no significa que haya dejado de amarte. Empiezo a comprender que el amor también puede dirigirse hacia un desconocido. Quizá sea esta la otra vida que nos tocó.

Con amor, Anu

 

La primavera llegó sin hacer ruido.

El jazmín del jardín floreció por primera vez desde la desaparición de Sameer. Ella cortó unas cuantas flores y comenzó a trenzarlas, como hacía antes. Él la observó en silencio.

—¿Qué haces?

—Lo mismo de siempre.

—Enséñame.

Ella levantó la vista. Las manos de Sameer recibieron las flores con una delicadeza inesperada. Sin saber cómo ni por qué, empezó a entrelazarlas exactamente igual que antes. Los dedos parecían recordar aquello que la memoria había olvidado. Cuando terminó la guirnalda, la colocó sobre el cabello de Anu. Ella permaneció inmóvil. Él sonrió con timidez.

—No sé por qué sabía hacerlo.

—No importa.

Ella apoyó la frente contra la suya. No le preguntó por Maya. No volvió a preguntarle por el pasado. Comprendió que el hombre al que había amado quizá nunca regresaría del todo. Y, sin embargo, allí estaba otro hombre. Distinto. Perdido. Vulnerable. Dispuesto a empezar desde el principio.

Mientras el perfume del jazmín ascendía entre los dos, Anu entendió que algunas historias de amor no sobreviven porque el pasado permanezca intacto. Sobreviven porque alguien acepta construir, con infinita paciencia, otra vida.

Sucharita Dutta-Asane es una escritora y editora independiente de ficción, residente en Pune, Maharastra, India. En 2008, recibió el segundo premio de Oxford Bookstores para autores noveles por su antología «The Jungle Stories». Sus relatos han aparecido en diversas antologías nacionales e internacionales, como la antología africano-asiática «Behind the Shadows» (Amazon Kindle, 2012) y «Breaking the Bow» de Zubaan, una antología de ficción especulativa basada en el Ramayana (2012). Sus artículos, reseñas de libros, relatos y la novela corta «Petals in the Sun» se han publicado ampliamente en medios electrónicos, como Asian Cha, entre otros.

 

RASTRERO