Gustavo Bondoni
Un bombero
solitario caminaba por la calle desierta.
Vio el parque infantil donde había
corrido de niño y observó por un instante cómo los columpios, desgastados pero
intactos, se mecían con el viento otoñal. Un papel amarillento cruzó la calle
volando y quedó atrapado entre las zarzas crecidas, junto a lo que quedaba de
la carretera.
Al despertar por primera vez, creyó
que todo había sido un sueño: la llamada de emergencia frenética, el humo a lo
lejos, el horror al saber que el destino –y el enorme incendio– se encontraban
en la central eléctrica; la impotencia de ver a otros sucumbir a la radiación
en lugar de a las llamas, y luego, la ceguera.
Desde entonces, el bombero había
despertado muchas veces, pero nunca como bombero, sino siempre como paciente.
Entrando y saliendo de tratamientos y comas. En su sueño, nunca había caminado
ni se había librado del dolor. Estar despierto o dormido le daba igual; su
ceguera convertía todo en noche. Había oído hablar de grandes acontecimientos
ocurridos durante su sueño –revolución, democracia, independencia–, pero los
había percibido como alucinaciones febriles que duraron años y décadas.
Y entonces, tras los sonidos
frenéticos de enfermeras presurosas que acudían a una alarma de emergencia que
se desvaneció en la oscuridad, despertó inesperadamente ante una visión
gloriosa: un atardecer otoñal sobre Prípiat, el lugar que más amaba en el mundo.
Estaba de pie, libre de la cama y del gris hospital. El dolor había
desaparecido.
Podía ver.
Podía ver Prípiat ante sí y la
negra mole de Chernóbil a sus espaldas, pero ninguno de los dos lugares era
como los recordaba. La central había sido reconstruida; una enorme estructura
reemplazaba a los antiguos edificios bajos y macizos. La ciudad estaba
desierta.
No era la clase de desolación de
las mañanas de sábado. Prípiat tenía el aspecto de un lugar que hubiera estado
vacío desde siempre. La hierba, e incluso los árboles, crecían en profusión por
las grietas del pavimento. Las ventanas de los edificios de apartamentos habían
desaparecido o estaban rotas.
Una bicicleta abandonada yacía en
medio de la carretera, oxidada y convertida en un amasijo retorcido, con los
neumáticos blanqueados por el sol. No cabía duda de que allí no encontraría a
nadie: la humanidad había desaparecido por completo. Sin embargo, el bombero
siguió recorriendo las calles invadidas por la maleza hasta llegar al parque
infantil donde había pasado tantos días felices. Aquel lugar debería haber
resonado con las risas alegres de los niños; en cambio, el único sonido era el
leve balanceo de la cadena oxidada de un columpio al compás del viento.
Se cubrió el rostro con la mano y
fue entonces cuando se dio cuenta de que podía ver a través del contorno de su
brazo.
Así pues, lo otro –el despertar, el
dolor, los hospitales– había sido la realidad, y esto era el sueño.
El bombero cayó de rodillas y clamó
al cielo en el que le habían enseñado a no creer. Volcó todo su espíritu en un
lamento desgarrador que sabía que nadie fuera de su sueño podría oír; un grito
primordial que vació su existencia y que debería haberlo elevado consigo hacia
el firmamento.
Pero, al terminar, seguía allí,
arrodillado en un parque desierto y cubierto de maleza.
Maldijo su incapacidad para llorar,
para hundir el rostro por completo entre las manos.
Finalmente, una sensación le hizo
alzar la vista y contemplar una imagen asombrosa.
Había gente observándolo. Miles de
personas, decenas de miles, que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. En
su mayoría eran orientales, aunque algunos de los que estaban más cerca eran
europeos y parecían figuras apenas recordadas del pasado. Toda la multitud era
tan translúcida como su brazo.
Un pensamiento acudió a su mente:
«Hemos oído tu llamada».
—Yo no los llamé —respondió él.
—Sí lo has hecho. Oímos el dolor,
el ardor de la radiación, los años de sufrimiento. Hemos venido a ayudarte, a
decirte que ahora eres libre.
Parecía que todo el grupo hablaba
al unísono.
—Este era mi hogar —dijo él.
—Ya no es un hogar adecuado. Debes
desprenderte de él.
—No puedo.
—Quizás no ahora, pero lo harás.
Y, en el fondo, el bombero sabía
que tenían razón. Había lugares mejores donde estar.
—¿Esperarán conmigo hasta que esté
listo?
—Sí, lo haremos. Entendemos.
Y así lo hicieron. Y ninguno de los
vivos llegó a percatarse de ello, salvo algunos habitantes de las ciudades de
Hiroshima y Nagasaki, que sintieron una ligera brisa cuando la multitud de
fantasmas de sus localidades se precipitó hacia Ucrania para ayudar a una sola
alma perdida.
Gustavo Bondoni es un novelista y
autor de relatos cortos argentino que fue galardonado con el Jim Baen Memorial
Short Story Award en 2025 (sumando este triunfo a los segundos y terceros
puestos obtenidos anteriormente. Cuenta con más de quinientos relatos
publicados en quince países y doce idiomas. Ha publicado varias novelas de
ciencia ficción, incluidas dos trilogías, seis libros sobre monstruos, una obra
de fantasía militar oscura y un thriller. Sus relatos se recopilan en Tenth
Orbit and Other Faraway Places (2010), Virtuoso and Other Stories
(2011), Off the Beaten Path (2019), Pale Reflection (2020) y Thin
Air (2023). En 2018 recibió una mención del jurado (además del segundo
puesto) en el premio James White. También fue finalista en 2019 del concurso Writers
of the Future. Fue invitado de honor en la AlciffCon IV celebrada en
Santiago de Chile. Su
sitio web es www.gustavobondoni.com
