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martes, 4 de agosto de 2026

BIFICCIONES (DIECISÉIS)

IVÁN, HIJO DE IVÁN

Finn Audenaert & Sergio Gaut vel Hartman

 

Hay un ruso con bastón plantado en la puerta, así, sin más. Y eso, en pleno corazón de Gante. Mi gato Alek asoma curioso entre mis piernas para observar al visitante inesperado, que casi me derriba con un atronador «¡Dobry den!».

—Espero de verdad no haberlo asustado —dice el hombre corpulento con un tono algo más bajo, casi dulce, mientras se ajusta ligeramente en la cabeza su enorme gorro de piel—. Sigo el ejemplo de Lev, mi abuelo materno. Él siempre se quedaba de pie frente al hogar de los desconocidos para comprobar si tenían suficiente borsch en casa. —Tose; sus mejillas se ponen aún más rojas de lo que ya estaban—. En aquel entonces, allí, en casa, con la Madre Rusia… la gente hacía esas cosas con más frecuencia.

Asiento despacio, aunque no tengo la menor idea de por qué alguien haría algo así. El ruso me mira con aire pensativo, como si pudiera oler mi falta de conocimientos culturales.

—¿Quiere pasar? —pregunto. La historia de su abuelo ha roto el hielo. Yo nunca conocí a mis abuelos, algo que todavía considero una gran pérdida.

Cruza el umbral con paso decidido, se presenta –de manera algo decepcionante– como Iván Ivánovich (¿pero no era ese un personaje famoso?) y apoya su elegante bastón, claramente más un accesorio que otra cosa, contra la pared del pasillo. De inmediato, mi gato, que por lo general no quiere saber nada de los extraños, empieza a maullar una melodía sospechosamente parecida a una balada popular rusa. El Trepak de Tchaikovski, creo. ¡Ese maldito Cascanueces! Iván, hijo de Iván, se pasa una mano por la larga barba gris y tararea la melodía. Tras la última nota, Alek se escabulle entre mis piernas hacia el fondo de la casa, buscando refugio.

—Excelente —dice Iván, hijo de Iván—. Tiene usted una mascota musical. Eso es una muy buena señal. En Rusia decimos: un gato que canta es mejor que un vecino silencioso.

¿Qué puedo responder a eso? Me limito a sonreír. Ah, sí, según su proverbio no debo quedarme callado.

—Claro, claro —digo apresuradamente.

—No hace falta, ya me abrió la puerta. Muy cortés por su parte —dice Iván, hijo de Iván, con afabilidad. Cada vez me agrada más su voz melodiosa.

Saca un termo de color amarillo brillante del bolsillo de su abrigo y sirve té en mis mejores tazas.

Russian Caravan —dice con una amplia la sonrisa, la más franca que jamás he visto en un rostro—. De primera calidad.

¿Cómo terminamos en mi sala de estar? ¿Y de dónde salieron esas tazas con tanta rapidez? Debe de ser su voz la que me hace flotar por mi propia casa, ajeno al tiempo y al espacio.

Antes de darme cuenta, tengo entre las manos una taza de té humeante. Huele delicioso.

—Me hubiera gustado viajar en el Transiberiano —digo de pronto, estúpidamente—. Pasar por todas esas ciudades, cruzar esos ríos —agrego—. Ekaterimburgo, Omsk, Novosibirsk, Krasnoyarks…

El ruso levanta la mano para detenerme.

—No conozco esos lugares —dice, hablando por primera vez con cierta espereza—. Mi ruta es Moscú a San Petersburgo y de San Petersburgo a Moscú. No tengo ningún interés en recorrer zonas salvajes e inhóspitas. ¿Usted cree que allí alguien apreciaría el magnífico sabor del Russian Caravan?

La tajante afirmación me desconcierta. Es cierto que mi conocimiento de la enorme extensión de Rusia es pura y exclusivamente producto de mi amor por los mapas. Pero no preví una reacción tan brusca. Por primera vez, Iván Ivánovich pierde su actitud cordial y simpática y mira a su alrededor, como si hubiera despertado en un lugar extraño.

—¿Qué hago aquí? —pregunta. Los ojos parecen querer salirse de las órbitas. Todo su aspecto es ahora el de un estereotipo del ruso colérico. Parece un mujik salido de una novela de Gorki, no el amable burgués chejoviano que apareció frente a mi casa para comprobar si tenía suficiente borsch.

—Usted… usted… —balbuceo.

—¡Yo, una mierda! ¿Sabe quién soy?

—Iván Ivanovich —logro articular.

El ruso se da la vuelta bruscamente y sale al pasillo. Agarra el bastón que había dejado contra la pared, parece dudar, luego vuelve corriendo y, con un movimiento hábil, golpea la mesa, obligando al té que quedaba en las tazas a bailar un frenético kazachok.

—¿Puedo saber por qué me ha secuestrado? ¿Acaso es usted un acólito de la secta judeomasónica que trata de sacarme del tablero como si yo fuera un vulgar alfil?

Mi desconcierto ha ido en aumento. No sé que actitud tomar para desembarazarme de ese demente. Por fortuna aparece de nuevo en escena mi fiel Alek, dispuesto a sacar un recurso genial de la galera para librarme de esta incómoda situación.

—¿Sabe una cosa, señor Iván Ivanovich? —dice el gato con el mayor desparpajo—. Mi amo y yo no pertenecemos a ninguna secta. Somos sencillos ciudadanos a los que el borsch les desagrada de un modo total y completo. Debimos aclararle desde un primer momento que aquí no va a encontrar ese brebaje repugnante.

—¡El borsch no es un brebaje repugnante! —se exaspera el ruso—. Es una sopa tradicional de mi país que ha sido elegida para la lista de Patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad por la Unesco, el 1 de julio de 2022.

—¡Buen dato! —dice Alek atusándose el bigote—. Pero eso no la hace menos asquerosa, según mi refinado paladar.

Iván Ivánovich abre la boca para replicar, pero el vapor del té le entra de golpe en la garganta. Tose. El bastón cae al suelo. Por un instante temo que se desplome, pero en lugar de eso se queda inmóvil, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo.

—Un gato que habla —murmura—. Claro. Esto explica muchas cosas.

Se sienta despacio. El gorro de piel se le escurre hasta cubrirle un ojo. Ya no parece colérico, sino cansado, infinitamente cansado.

—¿Se siente bien? —pregunto. El ruso mueve la mano, desestimando mi preocupación.

—Lev también hablaba con los animales —dice al cabo de un momento—. Decía que, cuando uno cruza demasiadas fronteras, la realidad empieza a aflojarse por las costuras.

Alek salta a la mesa, olisquea una taza y la empuja con la pata. El té se derrama y, al tocar el suelo, desaparece como si nunca hubiera existido.

—Se le acabó el tiempo —dictamina el gato—. Última llamada.

Iván asiente, se pone el gorro, toma el bastón. Antes de salir, me mira.

—Tiene razón —dice—. Tal vez el borsch no sea para todos.

Cierra la puerta. En la mesa quedan tres tazas vacías.




INFLÓ UN GLOBO ROJO (PERO NO EL DE LA PELI)

Facundo Martín Desimone & Juan Pablo Goñi Capurro



Infló un globo rojo. Tocolo, direccionolo. Entendió que estaba permeando las membranas de lo indecoroso. Se acordó de la película y de los franceses, pero esto no tenía nada que ver y, en el fondo de la declinación infinitesimal de su alma, lo sabía.

Raspó el algoritmo y encontró algo sustancioso, boscoso, zaparrastroso. Se arrastró hasta los límites del canto, la garganta pendiendo de un hilo. Robó un geranio, escatimolo.

Acomodó el panal en la nervadura exacta del álamo, tránsito por los pensamientos de savia y hormigas que hierven eléctricas como furia de los dioses empantanados.

Y ahí encontró el piolín. Pero no el globo.

El globo, piojoso, se escapaba con sus amigos a tomar unas frescas en el bar de Carlitos que, en esta versión de la historia, nunca cierra, si no que, más bien, adelgaza sus encantos y retribuye con franqueza hacia las cinco de la matina.

Con todo, el globo no se desinfla. Sigue ahí, frondoso, literatoso, chorreando su luz escarlata por los cuatro costados mientras los amigos ya le van haciendo asco al trabajo. Lo deja, no irá por él, corresponde que al globo regresar, que la dignidad no se negocia; no con un globo, si habláramos de un par de esferas carnosas sería otra cosa. Nada de trepar angiospermas ni beberse la soledad en el bar de Carlitos; él no cederá a los nervios ni a las nebulosas.

Se instala en el bar del Chapas, a pesar que no le fían, y pronto encuentra un objetivo. Si la frustración no se cura, pues entonces se contagia. Bajo los aromos siestean cuatro anestesistas, sujetos sus globos a los dedos índices; globos verdes, amorfos, dormidos. Planea con cuidado el ataque, acariciando su cerbatana; si impacta un globo, los despertará y quedará en manos de sus jeringas.

Como si corrieran en su sangre los genes de estrategas legendarios como Rommel, Eisenhower o Maradona, da con la solución. Sopla el dardo e impacta en un panal de avispas; ellas se encargan de los globos y de los anestesistas. El metanol de su vaso se convierte en un Chivas de doce años tras las explosiones.

Y esos dulces animalitos, como empotrados a la fuerza en un ambiente que no es el suyo, emergen del bosque como quién emerge a la aurora después de una noche de lujuria y pasión desenfrenada. Los cuernos del tamaño de tubas.

Embisten contra los anestesistas, ya castigados por las avispas (cabe preguntarse: ¿habrá descanso alguna vez para esta raza de Caín? ¿Habrá castigo suficiente?). Los tipos gimen y lloran como nenitos de un año y medio. Algunos intentan débiles contraataques con sus jeringas emponzoñadas de alfentanilo y decametonio, pero nada; tan inútil como querer cagar a trompadas a un efímero puñado de arena.

Las avispas han elegido los mejores lugares, pero los chivos y las chivas, con todo, están meta y meta cornada. Hasta que chocan y convergen en los mismos planos atacados de carne reblandecida de anestesista, y se dan cuenta de que así no va.

Julio Encamardo, el encargado de la manada de chives y Juliana Estocolma, líder indiscutible del escuadrón de avispas, deciden hacer un alto para poner en orden el ataque y así lograr, entre los dos bandos, construir una eficacia de ataque magnánima.

Los anestesistas aprovechan la tregua para hacerse a un lado y soplar con toda la fuerza de sus pulmones sus silbatos llamadores de bueyes, para así frenar al menos a los animales con cuernos enrevesados (por algo dicen que, entre bueyes, no hay cornadas).

Pero los bueyes, por alguna extraña razón que nadie se explica, no contestan. Mientras tanto, el countdown del final de la tregua se acelera, y avispas y chives parecen cada vez más y más de acuerdo en la ofensiva.

Los anestesistas tiemblan, nerviosos. Algunos se fuman el famoso “cigarro del final”. No faltan quienes, observando las jeringas oxidadas y desvencijadas a sus pies, contemplan el suicidio.

Y a la lejanía, como un puntito primero, como un insecto luego, ya como una pelota de tenis, veo acercarse al globo rojo, borracho como una cuba.

El Chivas de doce años está increíble. Pero lo bueno se termina cuando la billetera tiene agujeros y los pesos tienen ánimo de aventura y parten a conocer otros bolsillos. La rabia le pinta de rojo el rostro. Nada hubiera sido mejor que demostrar a ese ingrato que la está pasando bien; en cambio, debe desalojar la mesa y, desde la vereda, observar como el maldito globo rojo le hace pito catalán como solo los globos saben hacerlo. Se alza en puntas de pie y salta, olvidando su dignidad en los restos de los cubitos que se derriten en el vaso abandonado. Tira dos manotazos que el globo elude con facilidad. Cae de cara al piso sin saber que su acción, a la vista patética, resultará muy efectiva.

El globo rojo no es tanguero, ignora que cada curda puede ser la última curda, la que al final... ¡chan chán! Dibuja unas eses burlonas sobre el caído sin percatarse que las avispas han visto lo sucedido. Aburridas de los anestesistas, embisten a la vez su nuevo blanco, rojo en este caso. Chivos y chivas, sospechando que hay algo raro, corren en la misma dirección; cuando el globo estalla, cornudos y cornudas huyen despavoridos. El bar queda vacío, como la sombra de los aromos de donde han desaparecidos los anestesistas.

El Chapas, furioso, ataca a las avispas echándoles el Fritolín vencido de freír las papas, acabando con el batallón de aguijones en segundos. En la euforia de su primitivo festejo, acaba pisando las jeringas, da un par de giros y queda dormido en el cordón de la vereda.

Un resto de goma roja llega a las manos del hombre que se está incorporando en el centro de la calzada. Mira la desolación a su alrededor y se dice que nada puede ser peor. Ignora que arriba han interpretado mal el baile del Chapas, confundiéndolo con la danza de la lluvia.



 



DEPREDADORES

Graciela De Mary & Oscar de los Ríos



—Nico —dijo la madre el día en que el niño cumplió cinco años—, cierra esa boca, la mantienes abierta, tan grande y durante tanto tiempo… que vas a tragarte una mosca.

Desde ese día la madre de Nico machacó y machacó, y el terror de tragarse una mosca se adueñó durante años de la mente del niño, al punto que no volvió a pronunciar una sola palabra durante toda su niñez.

Tuvo una infancia difícil y distinta a la de los otros niños: a la hora de comer o de dormir, lo hacía debajo de un tul; nunca cantaba, tampoco leía en las clases en voz alta y nunca participaba, en los actos patrios de la escuela. Para poder comunicarse con él, toda la familia debió aprender el lenguaje de señas. Pasaba todo el tiempo libre en su cuarto y un solo pensamiento ocupaba su mente ¿Cómo librarse de esta maldición? Fue al llegar a la adolescencia y, con el cambio de escuela, durante una clase de biología que encontró la solución. Claro que las dudas lo asaltaron: tal vez lo que iba a hacer no sería socialmente aceptado, pero él ya era prácticamente un excluido; podían considerarlo un chico raro, más de lo que lo era, imposible… una a una las barreras fueron cayendo y al fin lo hizo:

¡Se tragó un sapo vivo!

Superada la etapa del asco, acostumbrado a que viva en su estómago, hizo la primera prueba. Todo fue de maravillas, se volvió el muchacho más alegre y locuaz de la escuela, ahora, cuando una mosca revoloteaba cerca de él, el sapo se asomaba en su boca abierta y la capturaba con un rápido movimiento de su versátil lengua. Su familia consideraba un verdadero milagro que se hubiera curado y todos estaban felices.

Terminada la secundaria, Nico se anotó en la facultad de veterinaria y el primer año conoció a Laura, una hermosa muchacha de la cual se enamoró. Debió hacer un esfuerzo enorme para mantener el sapo controlado ya que todas sus relaciones amorosas terminaban apenas este asomaba. Durante un tiempo todo fue perfecto, hasta que una tarde, después de clases fueron juntos hasta el parque La isla y, sentados cerca de una fuente, Nico abrió la boca para declararle su amor. Fue en ese instante de arrobado descuido que una mosca se posó en el rostro de Laura. Sin que Nico pudiera evitarlo, el sapo se asomó a su boca y la capturó, dejándole una baba pegajosa en la mejilla. Nico se asustó y salió corriendo, pensando desconsolado que nunca más la vería. No fue así, esa noche la muchacha le mandó un mensaje y volvieron a encontrarse.

Nico la pasó a buscar por la biblioteca de la facultad y ella le pidió de ir nuevamente a la plaza, donde se sentaron en el mismo banco y le dijo.

—Me gustás mucho, Nico y, si me mostrás el sapo, seré tu novia.

Superado el primer momento de estupor, el chico se acercó a ella con la intención de comerle la boca. Aunque no había ninguna mosca cerca, el sapo rozó con su lengua los labios de Laura y ella, no pudiendo controlar la excitación, empezó a gemir de tal modo que Nico, empezó a sacudirle los hombros para sacarla del trance en que cayó. Cuando reaccionó, la chica le dijo con total naturalidad:

—Te espero mañana en mi casa del Tigre.

Al otro día, por la tarde, Nico tomó el tren de la costa, llegó al final del recorrido y caminó por el paseo que bordea el canal. El temporal que había cubierto el cielo durante una semana había terminado, pero todavía estaba nublado. La inundación cedía lentamente. El agua, en su retirada, dejaba restos de camalotes y botellas de plástico en el pavimento. El cuerpo hinchado de un perro le hizo desviar la vista a Nicolás y los olores en el aire inquietaron al sapo que lo habitaba. Llegó a la dirección indicada. Entre vulgares edificios espejados que reflejaban el tránsito de las lanchas colectivo, la “Villa Pía” intimidaba con su fachada de balcones y volutas; cruzó temblando el portal de madera maciza. Mientras atravesaba el jardín, la puerta principal se abrió y un hombre con pantalón y chaleco negro le indicó que pasara. En el vestíbulo se destacaba la noble austeridad de una gran escalera, revestida con mármoles de Carrara; Laura lo esperaba en el descanso, con una sonrisa franca. Le hizo señas con la mano para que él subiera. Entraron en la habitación de ella abrazados, se sentaron al borde de la cama y empezaron a besarse y a tocarse. Las manos de él comenzaron, torpemente, a quitarle la ropa, ella se apartó un poco y le dijo.

—Ya sabés lo que quiero. —Nico dudaba, su instinto lo impelía a marcharse de allí, el sapo se había retraído al lugar que ocupaba cuando se sentía amenazado—. Vamos, no me hagas esperar. —La voz de la muchacha era seductora, sus ojos cambiaron de color, las pupilas se dilataron, y las uñas se clavaron en la piel de Nico.

En el último instante, Nico comprendió el peligro, quiso cerrar la boca pero… ya era tarde. En cuanto se asomó la cabecita del sapo, la chica entrecerró los ojos como si estuviera al borde del orgasmo. Los labios despintados se fueron abriendo para dar paso a la soberbia cabeza de una garza real que emergió de su garganta. El ave, de un exquisito plumaje gris azulado, abrió el pico afilado y con delicadeza extrajo el cuerpito de la boca de Nicolás. No lo engulló enseguida, prolongando la angustia del chico que vio desaparecer entre espasmos las patitas del batracio.

La puerta de la habitación se abrió con violencia. El tipo del chaleco, sacó a Nico a los empujones y lo arrojó por la escalera; cayó rodando hasta el vestíbulo. Aunque estaba muy dolorido, salió de la mansión lo más rápido que pudo.

Aturdido, corrió por la calle hacia la estación. Se enredó entre los camalotes y los restos de basura. Tropezó con un bulto. Cayó. Horrorizado, sintió muy cerca de su cara el zumbido de las moscas que rodeaban al perro muerto.





DESCARTADOS

Miriam Ootjers & Sergio Gaut vel Hartman

No recordaban haber llegado, y sin embargo llevaban allí desde siempre. La mesa era redonda, hecha de una madera que no envejecía; las botellas se vaciaban sin disminuir, y las copas reaparecían llenas con una obstinación casi inmoral. No había ventanas ni puertas, aunque Estefi insistía en que, si uno se concentraba lo suficiente, era posible ver respirar una pared.

—Esto es un descarte —dijo Anika, con la meticulosa convicción de alguien que había estudiado jurisprudencia incluso para el fracaso—. Una nota al pie abandonada. Un archivo no guardado.

Walter alzó la vista de la copa. Sus manos eran grandes, curtidas, inadecuadas para el espacio, y aun así las apoyaba sobre la mesa como si estuviera comprobando un panel de control invisible.

—No —corrigió—. Es peor. Un simulador. Nos dejaron funcionando para ver qué haríamos por nuestra cuenta.

Estefi rio, una risa breve, quebrada, que parecía disculparse antes de existir. Tenía los ojos delineados de un modo que ya no ocultaba nada, y un temblor constante en los dedos, como si aún sostuviera un pincel que alguien le había arrancado de la mano.

—A mí me cortaron por exceso —dijo—. Demasiado triste, demasiado borracha, demasiado honesta. Siempre sobra alguien así.

Anika bebió. El líquido tenía gusto a algo que ninguna ley mencionaba jamás: derrota, quizá, o ironía.

—No te cortaron —dijo—. Te postergaron. Que es una versión más educada de lo mismo.

Walter sonrió con una nostalgia que no necesitaba explicación.

—A mí me sacaron porque no había más espacio —dijo—. Fui al espacio, pero no alcanzó. Volví, y ahí se terminó todo. Supongo que no era útil para el conflicto.

—Eras útil para la escenografía —dijo Estefi—. Como yo era útil para el sufrimiento.

Anika apoyó el codo sobre la mesa.

—Creo que todavía podemos hacer algo —dijo—. No estamos muertos. Eso sería definitivo. Estamos… suspendidos.

—Como en órbita —dijo Walter, entusiasmándose con la idea—. Sin combustible, pero sin caer.

Hablaban del escritor como si fuera una entidad remota, distraída, quizá culpable. Coincidieron en que no era cruel; simplemente los había dejado de lado por cansancio, por miedo, o por una frase que nunca encontró su lugar. Discutieron estrategias. Silencios que duraban demasiado. Frases brillantes que nadie oiría. Apariciones repentinas en sueños. Un personaje secundario que se negara a obedecer.

—Podríamos volvernos indispensables —dijo Anika—. Forzarlo a elegir.

—O insoportables —sugirió Estefi—. Eso siempre funciona.

Entonces ocurrió algo que no figuraba en ninguna de sus conjeturas.

Un hombre apareció apoyado contra una pared que antes no existía. Flaco, de ojos hundidos, con una sonrisa torcida que no pedía permiso. Vestía un abrigo gastado y observaba la escena con una mezcla de burla y cansancio antiguo.

—Qué reunión tan patética —dijo—. Ni siquiera saben por qué existen.

Los tres lo miraron. Walter habló primero.

—¿Y tú, quién eres?

El recién llegado inclinó la cabeza, como si saludara a un jurado invisible.

—Raskólnikov —dijo—. Asesino, redimido, condenado a ser leído una y otra vez. Vengo de una novela que no pudo olvidarme.

Estefi vació su copa.

—¿Y qué haces acá?

Raskólnikov sonrió, con una crueldad suave.

—Reírme —dijo—. Creen que pueden obligar a un escritor a volver. No entienden nada. Los personajes no entran en los libros por un acto de voluntad. Entran porque son necesarios. Y ustedes… —miró alrededor, la mesa, las infinitas botellas— no son más que un remordimiento bien escrito.

El silencio que siguió no tuvo principio ni final. Solo la incómoda y brillante certeza de que alguien había dicho en voz alta lo que ninguno se atrevía a pensar.

 

—Al menos estamos bien escritos —murmuró Walter al cabo de un rato, más para la copa que para los demás—. Bien pensados. Todo está en la mente, ¿saben…? —su voz se apagó.

—¿Qué? —preguntó Anika entre dos sorbos de vino.

Al darse cuenta del potencial de su idea, Walter negó con la cabeza.

—Nada.

—No, algo dijiste —insistió Anika, apoyando la copa con un clonc exigente.

—Sí, sonó como “algo-algo mente” —se sumó Estefi—. “Todo está en la mente, ¿saben?”. ¡Eso!

—Bueno, quizá lo esté —cedió Walter—. Al fin y al cabo, nacimos en la mente del escritor, ¿no? Él es nuestro Creador. Y seguimos existiendo en la mente de los lectores. Aunque seamos solo una nota al pie, mencionada una sola vez en una página.

—Ajá, no yo —Anika se enderezó con orgullo—. Yo me baso en Anika del folclore escandinavo, una mujer graciosa, empática…

—¿Borracha? —se burló Walter—. No recuerdo historias de “Anika la Borracha”.

—Bueno, así me escribió él… La heroína olvidada que recurre al alcohol. Y ahora estoy olvidada dos veces. —Intentó ahogar sus palabras con más vino.

—Eso mismo —bufó Estefi—. “Basada en”. No eres ellas. Estás creada alrededor de una figura de cuento. ¿Y sabes dónde fuiste creada? En la mente…

—Del escritor —terminaron Estefi y Walter al unísono.

El hombre apoyado contra la pared intercambió una mirada con Walter. Los ojos de Walter se agrandaron; luego apartó la vista.

—Creo que no captaron el significado de lo que Walter acaba de decir —sonrió Raskólnikov con astucia—. Bueno, todos menos Walter, claro. Y él tiene demasiado miedo como para decirlo en voz alta. Tal vez deba hacerlo yo.

Su sonrisa se ensanchó aún más, y sus ojos huecos se volvieron abismos en los que universos enteros podrían desaparecer. —Walter negó frenéticamente con la cabeza—. Está bien, entonces se los mostraré.

Esas palabras fueron seguidas de inmediato por el “¡Puaj, sabe a meo!” de Anika. Escupió el vino que acababa de probar en el suelo. El líquido tenía, en efecto, un sospechoso color amarillento.

La sonrisa de Raskólnikov se volvió casi imposible para su rostro flaco.

—Se los dije.

—¿Cómo hiciste eso? —Anika volvió a escupir para sacarse el gusto.

—Creo que la verdadera pregunta es: ¿quién tiene la mente más aguda, más fuerte, y es lo bastante rápido?

—No, no puedes querer decir eso —Walter golpeó la mesa con el puño—. Y no lo vas a hacer. Estamos todos juntos en esto. —Señaló a cada uno en la sala, terminando en Raskólnikov, que se encogió de hombros.

—Vivimos en la mente del escritor —continuó Walter, acalorado—. Él es nuestro Creador. No puedes simplemente deshacer lo que él…

—Tranquilo —intentó calmarlo Estefi.

—¡No! —Walter negó con la cabeza—. Aunque el escritor nos haya dejado de lado y olvidado, vivimos también en la mente de los lectores, ¿se acuerdan? Vivimos. Somos. Por eso seguimos acá. Por eso estamos teniendo esta conversación. En algún lugar, alguien está pensando en nosotros. Tal vez incluso nos deje hacer lo que estamos haciendo ahora. Pueden crearnos historias y mundos nuevos. O descartarnos, como hizo el escritor. O incluso matarnos… Oh… —Su voz se apagó al darse cuenta de que había dicho demasiado—. Mierda… —fue lo último que dijo.

No fue un desvanecimiento lento. No hubo puf. Un segundo estaba allí; al siguiente, ya no.

La sala entera contuvo la respiración. Todos miraron la silla vacía de Walter. Todos, excepto Raskólnikov.

—¿Ven? —dijo, imperturbable—. También vivimos en la mente de los otros.

—¡Lo mataste! —gritó Anika.

Raskólnikov negó con la cabeza.

—En todo caso lo descreé, simplemente construyendo en mi cabeza mi propia narrativa sobre él.

—Te presentaste como asesino… —murmuró Estefi—. Y eso es lo que eres.

El hombre flaco se encogió de hombros.

—¿Significa que podemos traerlo de vuelta? —dijo Anika con voz esperanzada—. ¿Crearlo de nuevo? ¿Solo haciendo una nueva narrativa?

—Pueden intentarlo. O tal vez mi narrativa incluya que nunca puedan volver a crearlo.

—¿Por qué harías algo así? —Anika sonaba medio histérica.

—¿Y por qué no? Tal vez lo hice porque puedo. Tal vez porque me aburro. O tal vez porque el escritor me creó todopoderoso, dotado del impulso de dominar, despiadado, con una mente muy superior a la de ustedes, ustedes… descartados. —Escupió la última palabra sobre la mesa.

—Estás tan descartado como nosotros —Anika se puso de pie.

Estefi le apoyó una mano de advertencia en el brazo para hacerla sentar, pero Anika se mantuvo firme.

—Recuerden, por favor, que no fui yo quien sugirió que todo está en la mente —Raskólnikov agitó un dedo, la uña afilada como una pluma recién cortada—. Fue él. —El dedo señaló el lugar que había ocupado Walter—. Pero su mente no era lo bastante fuerte, ¿no? Aunque dijo las palabras en voz alta, dándoles aún más poder.

Su voz tenía un filo capaz de cortar la mesa.

—Y ahora tú. —El dedo se movió hacia Anika—. ¿Te atreves a desafiarme?

Anika intentó fundirse con la silla, deseando con tanta fuerza la invisibilidad que por un instante se volvió transparente, confirmando aún más que todo estaba en la mente.

—¿Te atreverías?

Su contorno comenzó a expandirse, la voz atronadora, los ojos conteniendo universos enteros. Anika y Estefi intentaron taparse los oídos. No pudieron moverse, atrapadas por el sonido que emanaba del ser que era y no era Raskólnikov.

—Y quizá, solo quizá, mi mente lo trasciende todo.

Recibió dos miradas aterrorizadas.

—Eso prueba mi punto. Gracias —dijo, ya con voz normal.

Y el ser que era Raskólnikov quedó solo.

 

El escritor miraba la pantalla con incredulidad. Una a una, las letras, palabras y frases desaparecían. No eran borradas. Simplemente se desvanecían.

—No. No no no no.

Agarró el teclado, comprobó si la tecla delete estaba atascada, luego apagó todo, tomó la pantalla y la sacudió como si pudiera obligar a las letras a volver. Se dejó caer en la silla, mirando la pantalla en blanco. El cursor negro parpadeaba, invitando. O quizá burlándose.

—No… Espera. ¿Qué?

El cursor empezó a moverse, dejando letras a su paso. Letras formando palabras, palabras formando frases. Decía:

«—Hola, escritor —dijo Raskólnikov con una sonrisa de oreja a oreja—. He notado que estás teniendo algunos problemas con tu historia. Tal vez te pueda proporcionar alguna ayuda.»




LA CULPA LA TIENE LA TRAMPA DE TRUMP

Facundo Martín Desimone & Claudia Isabel Lonfat


Los amaneceres en la costa Atlántica no siempre resultaban soñados como muestran los folletos que dan en los peajes. Eso fue lo que pensó Galo después de pisar a un perro muerto mal enterrado en la arena, y que aparentemente, algunas aves habían picoteado sacando mechones amarillentos de aspecto apolillado, dándole así el aspecto de un viejo felpudo. De costado se podía ver una varilla oxidada clavada en sus entrañas, y a su alrededor se amontonaban partes de extrañas criaturas de mar, que habían perdido su cuerpo o viceversa.

El día se presentaba raro, o tal vez era solo su impresión. Lo cierto es que decidió abandonar la caminata por la playa y hacerla por el pueblo, que según el folleto, era pintoresco y se podían desarrollar varias actividades, desde conciertos al aire libre hasta karaoke en el pub. Enseguida encontró la posada que ilustraba la página principal del folleto y que parecía ser el alma del lugar, una edificación tipo cabaña construida con medios troncos enormes y muy bien cuidados.

Desde la entrada, una sonriente promotora con calzas y musculosa deportiva, tipo ciclista, con el logo del lugar: Posada “Dos anclas” y la típica figura de las anclas cruzadas, ofrecía las mismas actividades ya enunciadas en el folleto, más wifi, más computadoras gratuitas para los clientes. Hacía dos horas que había llegado, así que después de arreglar una rebajita en el precio, decidió quedarse.

—Qué pueblo de mierda —sulfuraba Galo, hablándole a la nada, al viento, a la arena pútrida con olor a meo de la playa, a los árboles sin hojas, al mar estallado de yodo (o de algo peor que ni siquiera es capaz de pensar) con claros dejos de petróleo.

El pueblo estaba tan matado como esos pueblos del desierto de Estados Unidos llenos de maniquís donde hacían pruebas atómicas y radioactivas durante la década del cincuenta. O, al menos, así lo pintaban en la película de Indiana Jones.

“¿Y qué pasaría si se decidieran a hacer una película de acción y aventuras donde el protagonista se llamara como una provincia argentina? Acá, mucho nacionalismo, mucho nacionalismo, pero ningún productor ni director tiene las suficientes pelotas para hacer Santiago del Estero Rodríguez contra los gorilas nazis (la película)”, piensa, mientras caminaba resignado una vez más por esas playas que emanan un hedor tan feroz a muerte que es capaz de hacerle vomitar los órganos.

Las “atracciones” del pueblo eran una vil trampa. El bar del karaoke que se anunciara en los folletos con bombos y platillos estaba cerrado, y con miras a “clausura permanente”. Los “recitales al aire libre” no pasaban de ser tres viejos lugareños que se juntaban a escabiar y a tocar canciones interminables de Larralde que no iban a ningún lado, desde las once de la mañana hasta bien entrada la noche, con guitarras tan podridas como sus gargantas, a las cuales, en el mejor de los casos, solo les faltaban dos cuerdas.

No había un carajo para hacer en todo el fukin pueblo. Caminar por la playa del submundo de los muertos, o quedarse todo el rato en una de las compus de la posada, donde un viejo sin dientes lo relojeaba con los maxilares apretados, esperando el momento en que se retirara para ingresar a los sitios porno más deplorables y perversos de la deep web.

“Cómo me hubiese gustado nacer en Yankilandia”, pensaba Galo pateando una lata de jardinera oxidada. Lo miraban unos pájaros extraños que picoteaban restos de cadáveres empetrolados de pingüinos. Parecían cuervos, pero tenían ojos violáceos, virando hacia el tono de las piedras amatistas.

“Esos sí que tienen la vaca atada; qué Trump, ni qué ocho cuartos”.

La tranquilidad que había conseguido a fuerza de fármacos, fue decayendo, y creció la angustia que le provocaba la falta de acción. Pensó en la promotora que le había ofrecido el folleto en la entrada del hotel, y en las falsas promesas de unas vacaciones soñadas, y toda su frustración y odio, se dirigió como un misil hacia ella, que con su sonrisa aplasticada, con blanqueamiento dental incluido, y su equipo de ciclista, había conseguido engañarlo como si fuera un extranjero en su propio país. No había derecho, pensó algo excitado, mientras se comía las uñas más allá de los límites y llegando a la carne. Y le gritó enojado a esa voz molesta que desde hacía un rato se reía en su oído, después de obligarlo a soltar su monólogo. Definitivamente en Yankilandia estas cosas no pasan, le retrucó la voz, mientras él tarareaba incoherencias y soltaba palabras como si estuviera jugando al truco: liberación, castración y muerte.

Ahora el folleto que te entregan en los peajes, y en la entrada del hotel Dos anclas, cambió el karaoke por una narradora oral, que cuenta la leyenda de un asesino que reaparece cada treinta años en el pueblo, y que después de enloquecer a alguien, le roba su cuerpo mediante ritos con animales.

Mientras la narradora ríe y contagia al grupo de oyentes, Galo se desempeña como el nuevo bartender del hotel.


LA MANTIS CIENTÍFICA

Alejandra Burzac & Facundo Martín Desimone

 

“A diferencia de su prima hermana segunda (por parte paterna), la mantis científica (Mantis Sapientis) se diferencia de la mantis religiosa (Mantis Ignorantis) por su color (un azul furioso que vira hacia el lila) y por su pose. Como pueden apreciar, esta subespecie del género cubridor (Mantis A Sécum) ostenta constantemente (cuando se mueve, cuando se alimenta, cuando juega con sus vástagos o los educa, cuando duerme; incluso cuándo fornica) una pose que recuerda graciosamente a un científico ruso, pelado y de larga barba blanca, con su guardapolvo blanco, sus anteojos culo de botella y un tubo de ensayo en cada mano, trabajando sin descanso en su laboratorio. La Mantis Sapientis hembra, a diferencia de su prima-hermana (que, durante el acto sexual con su compañero, da vuelta su cabeza lentamente y, por vaya uno a saber qué designios de la naturaleza, le devora al macho la cabeza, apenas este eyacula, segundos antes de finalizar el acto), prefiere comer, durante el acto sexual, un suculento panaché de verduras. Porque la mantis científica, además, es ovo-láctea-vegetariana. Y, además, siendo una de las poquísimas especies animales capaz de disfrutar del placer del ocio, al igual que los seres humanos, aborrece la idea de trabajar. Prefiere esperar a que los pequeñísimos frutos y brotes que son la delicia de su culinaria se desprendan mágicamente de arbustos, plantas y árboles, y luego...”

—¡Pero qué porquería de programa, la puta madre! —Martín apago la tele y revoleó el control remoto, que se hizo mierda al estrellarse contra la pared. Permaneció recostado contra la pared en la vieja cama de media plaza, los brazos cruzados, la mirada fulminante perdida en la nada, en lo que fuera que habitara más allá del óvalo de la ventana sin vidrios, respirando pólvora, con el bocho bullendo a mil por hora. Por supuesto lo que tanto lo enojaba no era la extrema bazofia de programas televisivos que invadían las mentes de los televidentes y anulaban sus mentes y capacidad crítica-analítica, situación que generalmente toleraba con cierta desidia e indiferencia. Lo que verdaderamente lo enajenaba de rabia era que esa mantis Sapientes era casi idéntica a Gladys, su novia, mejor dicho su exnovia, que también era ovo-láctea-vegetariana, propietaria de un cuerpazo monumental, el que le había hecho perder no solo la cabeza sino el sueldo, los ahorros, un departamento en Manhatan y un mini Cooper rojo dejándolo en la absoluta miseria en un parpadeo. 



Arte: Francisco de Goya y Lucientes


MIEDO INHERENTE

Carlos Enrique Saldívar & Luciano Doti

 

«Cuando el niño despertó, el Cuco todavía estaba allí».

Listo. Presentaré este microrrelato a la revista. Aunque… ¿no suena ya demasiado molesto obsequiar la enésima variación del clásico de Monterroso? Además, como que no tiene demasiado sentido. Sin embargo, eso me pasó a mí de niño, desperté en mi cama y el Cuco todavía estaba ahí; quizá si le confieso esto al mundo (mediante una ficción) la criatura me encontrará nuevamente y me devorará.

No, qué tontería. Publicaré este texto.

Ya han pasado unos días desde que mi texto fue publicado. Me acuesto cada noche pensando en eso.

Ahora es de madrugada, acabo de despertar y el Cuco todavía está aquí. Recuerdo una teoría que dice que los monstruos son creaciones de nuestros miedos e imaginación, y la energía mental que ponemos en ellos es la que les da vida.

El estómago del Cuco es húmedo y oscuro.


Arte: Caspar David Friedrich




MIRAR EL HORIZONTE

Rose Cuello & Facundo Martín Desimone



“Mejor quedarse quieto… y esperar”

Fantasma, Gustavo Adrián Cerati

Miro la vastedad inútil del campo. Barro, con rayos invisibles que me salen de los ojos, la extensión de pasto mojado que las luces primeras bañan de azul, hasta que todo se pierde y se confunde en el horizonte, sea lo que eso sea. Acaso, una representación gráfica del infinito. Si es que se puede imaginar semejante cosa.

—No va a venir —se impacienta mi compañero.

—Esperá. Dale tiempo.

—Te digo que no va a venir. Yo no sé qué hacemos acá. —Prende un cigarrillo. El humo dibuja una silueta abstracta, la consolidación de algo que estamos a punto de atrapar pero que se nos escapa por la tangente, siempre (la esencia del existir, tal vez).

—El pibe sabe lo que hizo. Y tiene pelotas, algo muy difícil de encontrar, en los tiempos que corren. Esperá un poco más. Confiá.

—Te digo que no viene.

—Me parece que sí.

—¿Adónde? —pregunta, mientras mira para todos lados buscando una señal—. No veo nada.

Una bandada de pájaros, allá a lo lejos, revolotea dibujando arabescos en el horizonte. No puedo oírlos, pero estoy seguro de que le trinan a ese punto luminoso.

—¿Qué te hace pensar que va a llegar?

—¿No te das cuenta de que es él? No aprendiste nada.

Puedo ver la burla en la mueca de mi amigo.

Yo creo que nunca me entendió, a pesar de que habíamos viajado siglos solucionando problemas de este tipo, indagando los por qué de la humanidad.

Cuando vuelvo la vista hacia el norte, la luz está más grande, se acerca con lentitud, como todos los que saben que tienen la verdad de su parte. Me extraña el silencio de la naturaleza, como si se hubiera detenido el tiempo. Pero no, él avanza. Ahora casi puedo distinguir una figura dentro de la luz, un poco desdibujada por la distancia.

Una inmensa alegría me invade; siempre supe que este encuentro se produciría. La niebla empieza a diluirse mientras la luz se tornasola de manera extraña y sigue envolviendo al pibe que ya no parece tan pibe, con esa sonrisa llena de paz. Los pájaros que lo acompañan empiezan a posarse en el pasto húmedo; recién en ese momento me doy cuenta de que…

Pero es tarde. Demasiado. El humanoide que gravita dentro de la luz (porque las plantas de sus pies no llegan a rozar las puntas de los pastos salpicados por el rocío) está frente a mí.

—¿Viste? Al final vine —nos dice el gordo pelado empaquetado en túnicas, desde su sonrisa anchísima y su expresión de profunda serenidad.

—Al final viniste —digo, como para rellenar el silencio de la naturaleza con algo, lo que fuera. A mi compañero se le cae el cigarro de la boca.

—Van a provocar un incendio, muchachos —suelta el pibe—. Están distraídos, los necesito concentrados. La misión que tenemos adelante es súper importante para…

Le disparo en plena jeta. Sangre y partes de sesos vuelan para todos lados. Cae como una bolsa de papas. Una estampida de pájaros manchados de rojo escapa del lugar.

—¿Viste? No era tan difícil —me aclaro la garganta. Mi compañero está blanco como un papel. Tiembla.

—U-u-u-u-u-u…uno menos —tirita—. Decime, Amílcar; ¿a vos te parece que hacemos bien? ¿No se nos irá un poco la mano, a veces? —se anima a cuestionar, mientras yo saco la libreta con cruces doradas y tacho el nombre:

Carmelo Eduardo Gautama.



—No sé, Arquímedes; no tengo idea —estoy exhausto—. Nos limitamos a hacer lo que nos pide el doctor. Con eso debería bastar. Vení, ayudame con el cuerpo.


Arte: Charles Raymond Blackman


A MEDIDA

Betina Goransky & Sergio Gaut vel Hartman

 

—Estoy ansiosa, entusiasmada, no sé —dijo Sara mirando a su marido con expresión ávida mientras cruzaban la avenida. La mole del edificio del Centro de Investigaciones Cibergenéticas se alzaba ante ellos como una especie de templo extraterrestre.

—Tranquila —dijo Esteban atrayendo a su esposa y besándole el cabello—. Todo va a salir bien.

—Claro. Ya lo sé. Pero igual estoy nerviosa.

No volvieron a intercambiar palabra hasta que llegaron al mostrador circular ubicado en el medio del hall de entrada.

—Matrimonio N’Kobe Schultz —dijo Esteban presentando la documentación.

—Aguarden un instante —dijo la recepcionista tecleando sin apuro—. Cubículo 211. Los llamarán dentro de siete minutos. ¿Han leído las instrucciones con cuidado?

—Sí —dijo Sara—. Con mucho cuidado.

El mundo se había dado vuelta como un guante desde que Adrzej Znosko-Borowsky inventara el Diseñador Genético Molecular. Los “hijos a medida”, como habían empezado a llamarlos, estaban haciendo furor, tanto como un lustro atrás ocurriera con los clonados. Pero había que tener coraje; se hablaba de parejas a las que las cosas no les habían salido como correspondía.

—¿Más tranquila? —dijo Esteban luego de que un asistente de gran sonrisa les explicó el procedimiento hasta el mínimo detalle y contestó a todas las preguntas que quisieron formularle.

—Sí —dijo Sara—. Pero hay algo que no me termina de convencer, como si algo quedara fuera de nuestro control.

—Todo está bajo nuestro control —refutó Esteban—. El empleado acaba de decirnos…

—Está bien. Nos dijo todo lo que supimos preguntar, ¿y lo que no somos capaces de imaginar?

—Ya hablamos de todo esto en casa. Es suficiente. —La expresión de Esteban se endureció un poco—. ¿Quién convenció a quién de hacer esto? —La mano blanca como la leche del albino apretó la mano negra de la mujer; quería transmitir confianza, pero resultó un poco severo. Sara miró el techo.

—De acuerdo. Basta de dudas —dijo la mujer. Sonrió mostrando una hilera de dientes blancos y perfectos que contrastaban con su tez—. Estoy lista.

Dos técnicos vestidos de verde se acercaron para indicarles el camino al Cubículo 211.

—¿Han leído las instrucciones con cuidado? —dijo la mujer.

—Ya nos preguntaron eso cinco veces —respondió Esteban, molesto.

—Pero ¿las leyeron? —insistió el hombre.

Sara y Esteban asintieron. Aquello tomaba un cariz burocrático y la magia del momento parecía esfumarse.

—Ahora —dijo la mujer, melodramáticamente—, van a diseñar al hijo que desean. —Señaló el interior del cubículo, donde había un artefacto parecido a un prehistórico gramófono, aunque con dos conos semejantes a altavoces amplificadores, en vez de uno. Cuando estuvieron frente al aparato, y contra toda lógica, el técnico se ocupó de Sara y la mujer tomó a Esteban del brazo para que apoyara la frente sobre la superficie cóncava del cono.   

—Visualicen la imagen del hijo que desean —dijo el técnico.

—¿Prefieren que sea niña o niño? —dijo la mujer.

—Niña —se apresuró a decir Sara.

—Sí, que sea una niña —corroboró Esteban.

—Todas las características que crean que debe tener la hija que van a concebir quedarán grabadas en un banco de memoria—dijo el técnico. Hacía eso varias veces por día; ya era una rutina para él—. Nosotros codificaremos los rasgos, colores y texturas y luego las introduciremos en el óvulo fecundado. No quiero abrumarlos con tecnicismos que a ustedes seguramente no les importan. Pero les garantizo que es un proceso muy sencillo.

Se concentraron. Cada uno de ellos tenía en mente a la hija ideal. Se llamaría Caissa.

Nueve minutos después, la vista preliminar estaba lista. Y Caissa sería exactamente como ellos la habían imaginado: la niña tendría el especto de un tablero de ajedrez.




DE TAL PALO

Luciano Lara & Graciela De Mary

 

El empresario más poderoso del país, un tal Albornoz, tenía teorías acerca de todo. En especial sobre el carácter de la gente.

Durante el largo cautiverio al que lo sometieron sus secuestradores entabló relación con uno de ellos que se hacía llamar Gaspar. El tipo lo vigilaba durante el día en el entrepiso disimulado de una fábrica en ruinas. A medida que pasaban las semanas y la negociación por el rescate seguía trabada, el jefe de la banda le daba menos de comer y lo golpeaba. Gaspar, por las mañanas, le servía mate cocido con pan y le aflojaba las vendas de los ojos y la mordaza. Era el momento en el que Albornoz, al borde del delirio, se explayaba a gusto.

—Es como le digo, Gaspar. Los bebés no deseados se convierten en seres que no hacen más que provocar molestias y desgracias y se vuelven malos. El rechazo se hace carne en ellos y avanzan entre turbulencias como los aviones pero a diferencia de estos nunca superan el techo de nubes ni surcan los cielos plácidos. Envenenan al mundo y no se cansan de hacer daño. Están quienes jamás se equivocan y todo les sale bien y por lo tanto suelen ser crueles porque nada ni nadie se compara con sus habilidades. A veces regalan un aprobado y la gente se siente agradecida bajo su sombra.

—No diga. ¿Y usted en qué grupo está? —preguntó el secuestrador por decir algo.

—Yo soy de los que se rebelan —contestó Albornoz orientando su mirada tabicada hacia Gaspar.

—No entiendo —respondió arqueando las cejas—, ¿usted es un bebé no deseado o no?

Gaspar no tenía demasiadas luces, y aunque Albornoz no estaba del todo en sus cabales, pensaba que con un poco de astucia podría manipularlo; contaba con una larga trayectoria manipulando gente. Se creía experto.

—No me refería a mí, hombre —Lo reprendió Albornoz en un tono que dejaba ver cierto fastidio—. ¿Acaso me ve cara de malo?

—Claro, lo dice por mí —respondió Gaspar resignado.

—De ninguna manera —lo interrumpió y comenzó a tutearlo—; para mí está claro que vos no sos el malo en esta historia, Gaspar: te están usando.

—¡Cállese! Usted qué sabe. —Gaspar intentó cortar el diálogo como si las afirmaciones del secuestrado lo incomodaran.

—Tengo experiencia en estas cosas —continuó Albornoz entusiasmado—; ¿acaso te pensás que no sé cómo se manipula a la buena gente a cambio de dinero? —Gaspar hizo una mueca y emitió un gruñido extraño—. ¿Se te ocurrió a vos?

—¿Qué dice?

 —El secuestro, ¿se te ocurrió a vos? ¡Dale! Decime la verdad, a ver.

Gaspar no volvió a ser el mismo. Empezó a desconfiar del jefe de la banda que a esta altura ya estaba descontrolado. Los directivos de las empresas de Albornoz no cedían, estaban acostumbrados a negociar con peces gordos. Dilataban las respuestas, hacían contraofertas, exigían pruebas de vida.

—Le vamos a sacar una foto al viejo —ordenó el jefe.

—¡Pero si está hecho mierda! —se animó a decir Gaspar.

—Vos hacé lo que yo te digo.

La noche siguiente se alteró la rutina. Gaspar zamarreó al prisionero que ya estaba adormecido y le sacó las vendas. Una secreción purulenta le impedía abrir los ojos del todo. El jefe, que siempre había mantenido silencio frente a Albornoz, miraba la escena.

—Párese acá que le van a sacar una foto —ordenó Gaspar.

—¡Una foto! ¡Cómo al Zar de todas las Rusias! Muy apropiado. —Albornoz apenas se mantenía en pie. No intentó resistirse, más bien se irguió y alineó la cabeza con altivez.

—Siempre decías que Nicolás II murió con dignidad. De hecho fue la única historia que me contaste en toda mi puta infancia. Y no era un cuento muy lindo. —El jefe hablaba pausado, las palabras sonaban cavernosas, como maceradas en arena.

—Vos… ¡Por supuesto! Tu madre me sacó todo la plata que pudo y al final no abortó. Fue un gran error frecuentarte. —El rostro devastado de Albornoz se cubrió de sombras.

El jefe apuntó a la frente del padre y lo mató de un tiro certero. A Gaspar le tocó rociar el cuerpo con nafta y quemarlo en un descampado.



EL ACCIDENTE

Cecilia Aravena Zúñiga & Eduardo Contreras Villablanca

 



Primera Ley: Un robot no debe dañar a un ser humano,
o por inacción dejar que un ser humano sufra daño.
Segunda Ley: Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un
ser humano, excepto cuando estas órdenes se contradigan con la primera Ley.
Tercera Ley: Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde
esta protección no esté en conflicto con la primera o la segunda Ley.
Isaac Asimov.

 

Arturo apagó su cigarrillo recién encendido y sin responder, cerró la pantalla del comunicador. El inspector jefe lo llamaba por tercera vez ese día para lo mismo, conocer sus avances en el caso de los estrangulamientos de las jóvenes estudiantes. Nueve cadáveres en menos de seis meses. Las encontraban desnudas, con los ojos vendados, en casas o calles de distintos barrios de Nueva Valdivia. ¿Qué le podía decir? Sólo conocía el modus operandi, más allá de eso, y del tipo de víctimas, aún no tenía ninguna pista certera. Era sorprendente la falta de rastros en una ciudad con tantas cámaras de vigilancia, privadas y públicas; las fijas puestas en los edificios, vías y domicilios, y las móviles instaladas en los drones de patrulla. Se tomó el último sorbo del café frio que quedaba en su vaso y salió a la calle.

La noche en el centro de la ciudad era una locura. A los problemas diarios de tráfico se sumaba la afluencia de miles de turistas que llegaban a mirar la erupción del volcán Calle-Calle, que se levantaba en medio de la ciudad, por donde antes desembocara un río de ese nombre. En el último siglo el surgimiento de volcanes se había hecho cada vez más frecuente. A pesar de las advertencias de las autoridades de no sobrevolar el área del cráter, medio mundo se acercaba a ver la burbujeante lava. Para colmo el hedor a azufre se mezclaba con el de la basura de las calles y las fritangas de los carritos de comida tailandesa y colombiana que saturaban las veredas. Decidió caminar de vuelta a su departamento, subiendo las solapas de su chaqueta para combatir las bajas temperaturas. Su barrio no estaba lo suficientemente cerca del volcán como para entibiarse con sus vapores en esas frías noches de inicios de primavera.

Mientras abría la puerta de su casa pensó de nuevo en el asesino, ¿cómo no quedaban registros en las cámaras? ¿Sería miembro de alguna empresa de seguridad con acceso a las grabaciones? En un caso así, quizás tendría la posibilidad de eliminar registros o parte de ellos.

Aun no sabía que en ese mismo momento, en el lado opuesto de la ciudad, sobre el sector más moderno, entre las torres de residencias y el parque central, un aeromóvil de fuselaje azul superaba la barrera de velocidad intentando alcanzar a otro de carrocería escarlata. Producto de la aceleración, el metal brilloso de ambos dejaba estelas de esos colores. El escarlata se dirigía hacia el volcán, quizás procurando perderse entre el enjambre de aerovehículos. Después hizo un giro, pareció que el perseguidor azul perdía a su presa, cuando de pronto emergió esquivando turistas para seguir a la caza. Ahora se acercaban hacia las nuevas lagunas surgidas después del tsunami del año 2083. De pronto, el auto de atrás aceleró aún más y se acercó hasta impactar el propulsor trasero del que escapaba, una pieza de este voló quebrándole un ala al perseguidor, los parachoques de ambos vehículos se engancharon y los aeromóviles comenzaron a caer. El conductor del auto escarlata desplegó al máximo las alas intentando evitar la caída, y quizás queriendo sacudirse de su cazador. A pesar de eso se desplomaron en una trayectoria diagonal. El agua de una de las lagunas amortiguó algo la caída, las máquinas rebotaron contra la superficie y la inercia las impulsó hasta la orilla. Quedaron totalmente destruidas, una de ellas comenzó a arder al tiempo que un hombre salía arrastrándose desde su cabina.

A las dos y media de la mañana se encendió el comunicador de la sala en la casa de Arturo. La cara del inspector jefe con expresión de desagrado y el pelo revuelto apareció en la pantalla.

—Arturo, se necesita que cubras un accidente en el sector oriente, los agentes de los suburbios no dan abasto con las denuncias de extranjeros por asaltos, los turistas tienen prioridad. Además estás castigado por tu nulo avance en los homicidios de las universitarias.

—Pero acabo de acostarme jefe, ¿de verdad no hay nadie más en la prefectura?

—No. Dame detalles en la mañana. Y por favor amárrate el pelo y cámbiate de ropa, si quieres que tus colegas te tomen en serio.

En media hora Arturo, con el pelo atado en una cola de caballo y con una gabardina verde llegaba a la zona del accidente. A pesar de estar acordonada, un grupo de mirones circulaba mezclándose con los policías y reporteros.

—Arturo, qué cara tienes. ¿Desde cuándo te mandan a cubrir accidentes de tránsito? —preguntó un hombre de rasgos asiáticos que lucía un impecable impermeable para la lluvia.

—Hola, Odori, ¿qué haces aquí? ¿El Alcalde te mandó a buscar temas para aparecer en los diarios mañana?

—Sólo vine porque uno de los fallecidos era un profesor conocido del jefe. Ya me voy, creo que fue un lamentable accidente. Lo terrible es que al profesor lo acompañaba un androide asistente personal que se autodesactivó. Esa será mala propaganda para la industria —tiró la colilla de su cigarro al suelo y la pisoteó—. Bueno, mañana tendremos más detalles. Buenas noches.

Arturo se acercó a los cuerpos de los dos hombres fallecidos. Al verlo, el forense, un hombre rechoncho al que no quedaba más que mirar hacia abajo, hizo su reporte.

—Dos cadáveres. El joven conductor del vehículo escarlata murió desangrado por perforación en un pulmón, una costilla quebrada lo atravesó —indicó hacia un lugar en el pecho con su corto brazo derecho—. Al parecer estuvo veinte minutos sin recibir asistencia médica. El otro, el profesor, recibió tres balazos: dos en el pecho y uno en el hombro, el arma estaba en la mano del joven del pulmón perforado. El robot intentó cauterizar la herida del hombro de su dueño, pero una de las balas que impactaron en el pecho del profesor Jankovic llegó al corazón, contra eso el droide no podía hacer nada.

—Los disparos al pecho deben ser posteriores al del hombro, no tendría sentido que el droide intentara curarle el hombro si Jankovic tenía una herida mortal en el corazón —dijo Arturo tomándose la barbilla.

El forense movió la cabeza asintiendo mientras su mirada iba de un cadáver a otro, finalmente se detuvo en el profesor.

—Lo raro es que Jankovic perseguía al joven —dijo sin dejar de contemplar al primero de ellos—, es lo que muestra la cámara de seguridad más cercana que grabó su paso veloz una cuadra antes del lugar del accidente. Van tan rápido que no se distingue quien conduce —afirmó el perito y deslizando su dedo índice sobre la pantalla de su agenda virtual AE3500, la minimizó hasta hacerla desaparecer en el aire.

Arturo recorrió el área que rodeaba a ambas máquinas. Identificó el vehículo de cada fallecido. El aeromóvil de Jankovic era el azul, perseguía al escarlata, ¿por qué? El parachoques delantero del azul se había enganchado con el trasero del otro. El autómata no podría haber sido el chofer del auto de Jankovic, la primera ley de la robótica le impedía estrellarse contra otro ser humano: «Un robot no puede dañar a un ser humano o por inacción dejar que un ser humano sufra daño». Imaginó la caída, los autos con las alas desplegadas cayendo en espiral, imaginó al conductor perdiendo sangre a montones de su hombro y al androide que lo acompañaba intentando detener la hemorragia.

Puso las huellas de cada muerto en su dispositivo y aparecieron en la pequeña pantalla sus datos. Ninguno con antecedentes penales, ni siquiera multas de tránsito. El joven era informático en un holding canadiense. Ingresos promedio. Vivía solo. El arma que causó la muerte a Jankovic, estaba inscrita a su nombre: Daniel Garmendia. Sólo una tía a la que se le podía avisar del deceso. El profesor era viudo desde hacía cinco años. Académico en una universidad estatal, una hija viviendo en el barrio bohemio de la ciudad, estudiante de música.

—¿Dónde está el robot? —le preguntó al policía.

—La compañía de seguros lo guardó. Quieren llevárselo para activarlo, ya que el androide se bloqueó. Seguramente lo querrán utilizar nuevamente, porque Jankovic lo tenía en alquiler.

—¿Sufrió daños?

—Aparte de que está desactivado, ninguno.

Un profesor persiguiendo en el aire, como un loco, a un joven desconocido, o al menos sin relaciones conocidas con el profesor. Un choque espectacular, el joven le dispara al profesor, seguramente en reiteradas ocasiones, tres tiros dan en el blanco. Un robot que debió ser interrumpido cuando intentaba salvar a su dueño. Daniel Garmendia, el asesino moribundo que no recibe asistencia médica del mismo robot, que estaba obligado a hacerlo porque la primera ley de la robótica lo forzaba a ayudar en circunstancias así.

Probablemente el joven asesino le había pedido ayuda al robot, de ser así, el androide habría violado además la segunda ley «Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes se contradigan con la primera Ley». El moribundo Garmendia, si bien había disparado contra el profesor, probablemente lo hizo porque había sido perseguido y atacado por aquél, el robot debía prestarle asistencia, porque salvar al joven no ponía en peligro la vida de otro ser humano. No se trataba de un caso simple.

—Avísele al encargado de la compañía que mañana a primera hora quiero revisar la memoria del robot. Buenas noches.

A las nueve de la mañana Arturo cruzaba el umbral de su oficina. Justo cuando el inspector preguntaba por él a su secretaria. Se acercó al escritorio del jefe dejando su expreso doble en la orilla del escritorio.

—OK, Arturo, cuéntame lo de anoche. El asistente del Alcalde llamó temprano. Están preocupados por el desperfecto del robot. Una muy mala propaganda para la empresa en la que uno de los principales accionistas es el propio Alcalde. Te doy trabajos fáciles para no estropearte más tu jodida carrera, pero no hay caso. Llevas la mala suerte en el pellejo.

—Inspector, usted nunca me ha dado trabajos fáciles. Al contrario lo único que quiere es que me vaya a asuntos internos, en lo que usted dice que me iría mejor. —Mientras decía eso, y sin pedir autorización, sacó una manzana de una canasta que tenía el inspector sobre su escritorio, y le dio una mascada—. Para su alegría y tranquilidad le reitero que de aquí no me mueve nadie. A los hechos. Jankovic, el profesor de matemáticas, persiguió durante veinte kilómetros y doscientos metros a Garmendia, el joven ingeniero en computación, estrellándolo justo arriba de las lagunas de parque —apuntó hacia algún punto fuera del edificio—. Ambos vehículos cayeron en una de ellas, lo que amortiguó el impacto. Los dos quedaron heridos. El profesor fue auxiliado por su androide, que intentó cauterizar una primera herida, pero por motivos que aún desconozco, el joven le disparó dos veces en el pecho. Luego ese joven Garmendia se desangró frente al robot, quien en vez de auxiliarlo se desactivó. Ahora voy a revisar la memoria del androide, para dilucidar lo que sucedió.

—Arturo, es muy delicado este asunto. En esta ciudad viven siete millones de personas y la mitad tenemos un robot que se supone nos asisten en casos así. ¿Se imagina que haya un error de fábrica? Tiene que llamarme apenas sepa algo más.

El ingreso a la compañía de seguros era digno de la guarida de un espía de la guerra fría de hace más de un siglo: un edificio sin ventanas al exterior, sin recepcionistas, sólo un timbre, una cámara que confirmaba la identidad con la huella ocular y un ascensor que parecía diseñado para transportar carga más que personas. Al abrirse las puertas en el piso dieciséis, una voz por el altoparlante del ascensor le indicó que debía desplazarse hacia su derecha sin salir de la cinta mecánica.

—Detective, pase por aquí —le dijo un esbelto robot junior que portaba una bandeja con agua y café.

—Gracias —respondió Arturo y se sacó el impermeable.

—Buen día oficial —saludó el jefe de la sucursal, extendiéndole una mano—. Lo esperaba hace un rato. Tenemos en el laboratorio al modelo DK-31 y podrá revisar la memoria RAM cuando usted disponga. Como usted sabe, nosotros no podemos hacerlo por tratarse de información confidencial del cliente. ¿Trae la autorización para acceder a la memoria? —Arturo asintió, entregándole una tarjeta electrónica, que el hombre introdujo en una ranura—. Quiero decirle que el robot no presenta ninguna falla atribuible a la fabricación, por tanto nuestra compañía no asumirá ninguna demanda civil en contra de nuestro cliente, la Industria de Automatización Doméstica (IAD), pero evaluaremos eliminar el modelo, dependiendo de las pruebas que le hagamos una vez que lo reactivemos.

—Entiendo. Comencemos, ¿vamos al laboratorio de nuestra estación?

—No es necesario detective. Puede utilizar nuestras dependencias. Por aquí por favor.

Ambos hombres traspasaron dos compuertas automáticas y entraron a una sala climatizada con las paredes cubiertas de ordenadores planos. El detective observó con detención lo avanzado del modelo DK-31, casi indistinguible de un ser humano. Luego, conectó la memoria del androide al procesador 3D y al microamplificador. En la sala además del jefe de la compañía, estaba el experto en automatización de la industria IAD. Los miró, y ellos asintiendo, se retiraron.

En la pantalla, el lenguaje de máquina comenzó a traducirse en imágenes y sonidos reconocibles.

—«Roberto», espérame con el motor encendido. No tardo.

La voz era del profesor, la imagen difusa permitía ver los brazos y piernas del androide DK-31, llamado Roberto por su dueño, al volante del aeromóvil. El vehículo había estacionado frente a la casa de la hija del profesor. Arturo la reconoció porque había ido a avisar del fallecimiento la noche anterior, pero nadie lo recibió.

Antes de que el profesor volviera, el visor de DK-31 mostró el paso veloz de un aeromóvil escarlata por la misma calle. A los pocos segundos se veía al profesor salir raudo de la casa y subir al auto.

—«Roberto», yo conduciré.

En la imagen se veía que el profesor lloraba mientras conducía. Arturo reparó en una pistola Sig 42 sobre las piernas de Jankovic.

Luego de eso, se escuchó un estruendo y la imagen se hizo borrosa, los sonidos no eran inteligibles. Arturo seguía atento a la pantalla, eternos segundos sin imágenes, y solamente ruidos de estática. Subió al máximo el volumen del micro-amplificador para tratar de escuchar algo.

La imagen borrosa seguramente se debía al agua y el fango en la cámara del robot, de pronto se aclaró la visión, permitiendo ver al profesor que se arrastraba apuntando la pistola hacia el joven que trata de salir de su vehículo incendiado, y luego desde la parte inferior de la pantalla se ve emerger la mano del robot que le quita el arma a su dueño. Luego inicia el proceso de cauterización del hombro. Por lo tanto, dedujo Arturo, ese disparo era previo al choque, el chico Garmendia debió disparar hacia atrás durante la persecución. De pronto se escuchó la voz entrecortada del profesor, casi un balbuceo agónico en el que solo se distingue.

—...Dame el arma, debo matarlo

Mientras observa la escena, Arturo constató que en este caso Roberto, al no entregarle la Sig 42, no violaba la segunda ley que lo obliga a obedecer, ya que de hacerle caso a su dueño violaría la primera: «...o por inacción dejar que un ser humano sufra daño». Arturo escuchó entonces los dos disparos que hicieron que el profesor saltara hacia atrás y cayera de espaldas. El visor del robot se dirigió hacia el joven asesino que desde el suelo, recostado sobre un codo le ordenó que lo salve. Entonces la imagen comenzó a saltar, como si el droide convulsionara, luego todo se fue a negro.

El detective se irguió y salió corriendo sin despedirse de los anfitriones. En la calle detuvo un aerotaxi.

—A estas coordenadas por favor —le dijo al chofer y le entregó el papel con la dirección de la hija del profesor.

Mientras volaban, Arturo recapituló: el llamado Roberto había violado la primera ley al no ayudar al asesino de su dueño, Y también la segunda, al no obedecerle. Sólo una razón muy poderosa podía llevarlo a eso: que el joven Garmendia fuera a su vez un peligro inminente para otros seres humanos, es decir, un asesino serial. Ante eso la programación del robot inevitablemente entraba en contradicción, cualquier curso de acción que tomara llevaría a la muerte de un ser humano, en este caso la del joven asesino, o la de sus futuras víctimas. En los cursos de programación a eso le llamaban un «loop», contradicciones que dejaban al programa procesando eternamente, hasta que alguien lo interrumpía o se fundía el computador.

A eso debían referirse los balbuceos del profesor, por eso debía matar al joven. Jankovic venía de visitar la casa de su hija, también estudiante, como todas las víctimas del asesino serial. El aeromóvil escarlata del joven salió huyendo desde ahí; probablemente el profesor llegó a casa de la hija a tiempo para encontrar ahí a Garmendia, con las manos en la masa. ¿Habría llegado a tiempo el profesor? Probablemente no, ya que lloraba mientras perseguía al fugitivo. El tipo era ingeniero informático, seguramente tenía la habilidad suficiente como para hackear las cámaras de seguridad. Todo calzaba.

Bajó de un salto cuando llegaron a la casa. Tocó el timbre varias veces y esperó un rato. Luego comenzó a patearla. Al echar abajo la puerta sintió el hedor de la muerte. En la alcoba, yacía el cadáver desnudo de la joven. Las marcas del estrangulamiento y los ojos vendados eran el modus operandi del asesino serial que lo tenía en las cuerdas.

El profesor lo había descubierto, pero no alcanzó a proteger a su propia hija. ¿Habría llegado de casualidad justo en el instante en que el asesino atacaba a su hija? ¿O habría descubierto o sospechado algo que lo llevó hasta ahí en ese momento? Tendría que investigar un poco más rastreando en los computadores de Jankovic.

Y no había error de fabricación de los robots después de todo. El problema era peor; las tres leyes no daban cuenta de todos los casos posibles. El robot había caído en una contradicción tan fuerte entre las dos primeras leyes, que no fue capaz de imponer la tercera, que lo obligaba a protegerse: «Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o la segunda Ley». Roberto había enfrentado un dilema eterno sin solución, un dilema a lo Moebius, más bien un «trilema». Si se protegía a sí mismo respetando la tercera ley, debía optar entre violar la primera y la segunda dejando morir a Garmendia, o auxiliarlo y salvarle la vida con lo que también violaría ambas leyes al permitir que siguiera matando mujeres jóvenes.

Pensó que le gustaría ver la cara de Odori. Su jefe, el Alcalde, no podrá estar muy tranquilo, al menos no hasta que alguien formulara una cuarta ley que se hiciera cargo de los potenciales conflictos entre las tres primeras.

Arturo se sentó en el borde de la cama. Suspiró. Dos casos resueltos el mismo día. Las cosas cambiarían en la estación. A ver qué cara le pondría ahora el inspector. Por lo pronto le envió un mensaje pidiendo que oficiaran a la empresa de Daniel Garmendia, para pedirle el registro de los horarios en que había tenido actividad laboral presencial o virtual; debían descartar posibles coartadas en los días y horas de los asesinatos previos.

Caminó hacia la ventana del living, desde ahí se podía ver el penacho de humo que el volcán Calle-Calle acababa de expulsar. Era cerca de las once de la mañana, se divisaban menos turistas revoloteando alrededor. Probablemente la poca visibilidad los había ahuyentado.

 Las Trancas, enero de 2020 / Santiago, marzo de 2020.



PIEDRA HABLA A LA LLUVIA

Alex S. Johnson & Dora Gómez Q.

 

En privado, se abre paso entre un vacío que gira en su mente: suavidad de algodón de azúcar, cuero áspero, voluntad de hierro. Se queda de pie frente a la fuente, jadeando como un perro, con la lengua ligeramente colgando, un tanto ridícula en el infierno de espejos de los yoes que ha creado. Su amante la observa desde la cúpula del edificio manchado de agua que durante siglos ha amenazado con descender al canal, como un adorador enloquecido, pero que de alguna manera siempre falla... de alguna manera, en el último momento, como un suicidio ambivalente, se detiene, y se puede ver el agua donde se ha asentado en su boca.

Una mano roza su pierna distraídamente. Geneva mira la mano, las joyas, el ojo azul cobalto con su intensidad, muy parecida a la de Robert, y sabe que su mirada está puesta en ella ahora, dentro de ella. Jadear como un perro... lo escribió distraída, con su pluma plateada, casi luchando con la página, siempre escribiendo a pluma, nunca con una computadora, nunca jamás con una computadora. Se arrodilla en el suelo e imagina que ella lo imagina como ella, imagina que él es ella como un perro, y siente cómo el pelaje comienza a volverse suave y lento como percebes alrededor de sus ojos y en algunos lugares de su nariz, y entonces su nariz se vuelve plana, invertida, aplastada, y le cuesta respirar porque es de una raza especial, pero no imposible...

Ella sabe que la fuente tiene ojos conocidos que la observan y le da la espalda, también es un perro, jadea, aúlla, echa espuma por la boca, grita, ya siempre es ella como un perro, él como un perro, jadeando, empujando, envolviendo, subiendo la escalera de los sueños, y su volumen compartido de mapas se derrama a través del murmullo de la fuente, encontrándose con las lenguas del sol, el abrazo erótico del viento al aire libre, al fresco, atrayendo los placeres del abandono, de la oscuridad...

Se conocieron en la Galería de los Espejos de Versalles y siempre imaginan que son amantes que se encuentran por primera vez en chorros de ojos reflejados, en estrellas de ojos, en fuentes. brotando desde que los ojos conocieron el picor de las lágrimas y los perros el dolor. Son perros, perros de oscuridad, lenguas de fuego, y aúllan, gritan, ladran y chillan de rodillas, y las patas resuenan, mil silencios resonantes, hasta el primer silencio primigenio que yacía sobre la tierra antes de que la tierra supiera su nombre, antes de la idea de los nombres, antes de que el primer perro mirara las estrellas y las estrellas les dedicaran sus mil y mil chorros plateados de ojos-lengua...

Y ella es vista, y él es visto, a través de las fuentes que crecen en la oscuridad, que recogen susurros como una arboleda de árboles chismosos, que recogen fuentes de oscuridad, los dedos tanteadores de las nubes y los chorros de ojos ahora forjados con sangre, un gesto de convertirse en algo, joyas, sueños, perros, estrellas, fuentes.

El agua de la fuente cesa de golpe, pero el eco del jadeo persiste, flotando en el aire denso como el olor a ozono antes de la tormenta. Geneva estira el cuello hacia el cielo, con los ojos forjados en sangre fijos en la cúpula donde Robert, se disuelve en la humedad de los muros.

El pelaje, denso y húmedo de percebes, empieza a arder bajo el sol que ahora reclama su lugar en el patio.

Geneva busca su pluma plateada en el suelo, entre los mapas derramados que el viento empieza a arrastrar hacia el canal. La tinta se mezcla con el agua estancada, dibujando galaxias oscuras sobre el papel húmedo. Al tocar el metal frío, comprende la trampa de Versalles: no construyeron la Galería de los Espejos para reflejar a los reyes, sino para encerrar a los perros que aúllan por dentro.

Desde la cúpula, cae una sola gota. No es agua, es cobalto líquido. Golpea el centro de la fuente con el peso de un veredicto. Robert ya no la mira desde arriba; está abajo, atrapado en el fondo del recipiente vacío. El reflejo en el fondo de la fuente no se mueve, pero el dolor del perro late en las sienes de Geneva con la fuerza de un río subterráneo. Al estirar los dedos hacia el cobalto líquido, imaginan que la piedra finalmente cede, inicia su lento, majestuoso y silencioso descenso hacia el canal hundiéndose en las aguas sin provocar una sola onda. Ya no hay cúpula, ni mapas que rescatar del viento. Solo queda el espacio puro donde las lenguas de fuego se transforman en escarcha.

Robert está allí, despojado de joyas y de trampas de espejos, extendiendo unos brazos que ya no son de hombre ni de animal, sino de pura luz de estrella extinguida.

La trampa de las identidades se ha roto para siempre. Ella también se deja caer. 



EL HOMBRE DEL REVÓLVER

Sergio Gaut vel Hartman & Heiko H. Caimi

 

—No creo que lo haga —dijo Honorio—. He intentado comprender por qué va siempre armado. Pero, por lo que he podido averiguar, jamás ha disparado con ese revólver; es más, ni siquiera creo que sepa cómo quitar el seguro... aunque no pienso que el motivo por el que la gente lo odia sea la pistola. Él mismo es un anacronismo, un hombre de otra época, una especie de reliquia.

—Estoy seguro de que nadie le teme —concordó Gregorio—. Lleva demasiado tiempo por aquí como para inspirar temor a alguien. Su presencia resulta familiar para todos. Forma parte del paisaje, como un árbol o una roca.

—No estoy de acuerdo —intervino Marcelino—. Nadie se siente cómodo en su presencia. Apuesto a que la mayoría de la gente de aquí, si tuviera que permanecer en el mismo lugar un par de horas, terminaría volviéndose violenta. Este hombre es distinto a todos los demás... es como si fuera antiguo y al mismo tiempo un ser inacabado, incompleto, una especie de experimento fallido.

El crepúsculo descendía sobre la ciudad, tiñendo de rojo las viejas fachadas de las casas y proyectando largas sombras sobre las calles adoquinadas. En la taberna, el murmullo de las conversaciones se hacía cada vez más intenso mientras se seguía hablando del hombre del revólver.

—¿Y su historia? —preguntó Honorio, mirando a los otros dos con curiosidad—. ¿Saben algo concreto sobre él?

Gregorio se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa de madera desgastada.

—Dicen que llegó aquí hace más de veinte años. Nadie sabe exactamente de dónde viene. Jamás ha hablado de su pasado y, si alguien se lo pregunta, cambia de tema o se marcha sin decir una palabra.

Marcelino asintió, dando un sorbo a su cerveza.

—Lo que sabemos es que siempre ha vivido solo, en esa vieja cabaña al borde del bosque. No tiene familia ni amigos íntimos. Su única compañía es ese revólver que lleva siempre consigo.

Honorio frunció el ceño, perdido en sus pensamientos.

—Pero ¿para qué llevar una pistola si nunca la usa? ¿De qué le sirve esa falsa e infantil sensación de seguridad?

Gregorio se encogió de hombros.

—Quizá sea un modo de protegerse, no de un peligro físico, sino de su pasado. Algo en su historia debió de marcarlo profundamente.

El ambiente en la taberna se tornó más tenso. Los tres hombres, ensimismados, guardaron silencio un momento, contemplando posibles respuestas a las preguntas que se habían planteado.

Marcelino rompió el silencio con voz baja y pensativa:

—Quizá nunca sepamos la verdad. Pero lo que es seguro es que su presencia nos influye a todos, de un modo u otro. Tal vez porque representa algo que todos tememos afrontar: el pasado, los errores, las decisiones que nos han traído hasta aquí.

Honorio y Gregorio asintieron despacio, reconociendo la veracidad de aquellas palabras. La figura del hombre del revólver, solitaria y enigmática, parecía encerrar más misterios de los que cualquier relato pudiera desvelar.

En la cabaña al borde del bosque, el hombre del revólver encendió una lámpara de aceite y se sentó junto a la ventana, contemplando el cielo estrellado. Su mano reposaba sobre el arma.

Permaneció inmóvil unos instantes más. Luego apagó la lámpara, se encasquetó el sombrero y salió. El revólver le colgaba del costado. Cruzó el sendero que conducía al pueblo con paso lento, casi absorto. Las luciérnagas titilaban entre la hierba alta y el rumor de sus pisadas parecía pertenecer más a la noche que a la tierra.

Cuando empujó la puerta de la taberna, el chirrido de la madera bastó para apagar cualquier conversación. Los vasos se detuvieron a mitad de aire, las cartas quedaron suspendidas en las manos de los jugadores. Todos lo miraron.

Pero él había llegado a tiempo de oír. Había captado tan solo el final de la última frase de Honorio, antes de que este se volviera y comprendiera por qué el silencio se había abatido sobre el local:

—...por qué llevas ese revólver no son tus asuntos, son asuntos de todos.

Se quedó detenido en el umbral y su mirada barrió lentamente la sala, sin ira ni ironía. Tenía el aire de alguien que hubiera llegado con muchos años de retraso a una cita.

—Tiene razón —dijo. Su voz era sorprendentemente joven—. Son asuntos de todos.

Nadie abrió la boca.

El hombre se acercó a la mesa de Honorio, Gregorio y Marcelino. Se despojó con calma de la cartuchera y la depositó sobre la mesa. El cuero emitió un ruido seco, y la culata del revólver produjo un golpe sordo y metálico.

—Querían saber por qué lo llevo.

Honorio tragó saliva.

—Sí, pero...

—Entonces miren.

Extrajo lentamente el revólver de la funda.

Alguien reculó; otro se hizo la señal de la cruz.

El hombre abrió el tambor. Estaba vacío. Lo cerró de nuevo y le tendió el arma a Honorio.

—Compruébelo.

Honorio la tomó con manos inseguras. La hizo girar entre los dedos, abrió a su vez el tambor.

—Está descargada —murmuró.

—Lo está desde hace veintisiete años.

En la taberna solo se escuchaba el crepúsculo de la chimenea.

—Entonces, ¿por qué...?

El hombre sonrió por primera vez. Era una sonrisa cansada.

—Para saber quiénes son ustedes.

Los demás se miraron sin comprender.

—Una pistola cargada revela poco. Da miedo. Es natural tenerle miedo. Pero una pistola descargada... —Hizo una pausa—. Una pistola descargada revela a los demás. —Se volvió hacia el resto de los clientes—. En todos estos años nadie me ha preguntado si estaba cargada. Ni siquiera si sabía usarla. Prefirieron inventar mi vida. Me atribuyeron una guerra, un crimen, una venganza, una locura. Me construyeron un pasado a la medida de sus conveniencias. —Señaló el arma—. Esto nunca ha sido un arma. Es un espejo. —Nadie se atrevió a hablar—. La llevo siempre conmigo porque todo hombre necesita conocer el pueblo en el que vive. Y la mejor manera es ofrecerle algo a qué temer. —Calzó despacio la cartuchera en el cinturón, guardando de nuevo la pistola con un gesto rápido y esquivo—. Los miedos son sinceros. Las personas, mucho menos. —Se encaminó hacia la salida. En el dintel se detuvo otra vez—. Ah... casi lo olvidaba.

Sacó el revólver y apuntó hacia el techo. El estruendo fue ensordecedor. Una nube de cal se precipitó sobre las cabezas de los presentes. Las mujeres gritaron. Varios hombres se arrojaron bajo las mesas. El hombre contempló el agujero humeante en el techo y luego el tambor del arma.

—Ahora vuelve a estar descargada.

Salió a la noche. Nadie encontró el valor para perseguirlo. Solo entonces Honorio comprendió que, durante veintisiete años, aquel hombre había llevado un revólver descargado. El miedo, en cambio, siempre había estado cargado.



CONJETURAL

Dora Gómez Q & Michael Schmidt

 

Había días en que el mundo parecía decidido, como si cada objeto hubiera firmado un contrato silencioso con la gravedad, con el tiempo, con su propia forma. La taza era una taza, el cielo era cielo, y la memoria —aunque frágil— obedecía todavía a cierta lógica. Pero otros días… otros días todo se aflojaba.

Nadie supo señalar con exactitud cuándo empezó. Tal vez fue primero una sospecha mínima: una puerta que no llevaba exactamente al mismo lugar de siempre, una palabra que, al repetirse, perdía su significado y adquiría otro, apenas insinuado. O tal vez fue el momento en que alguien afirmó haber recordado un hecho que nunca ocurrió, y sin embargo lo recordaba con una nitidez insoportable.

Desde entonces, la realidad dejó de ser un suelo firme y pasó a comportarse como una superficie de agua apenas contenida.

Al principio, la gente trató de corregirlo. Se hicieron registros, mapas, inventarios de lo existente. Se escribieron definiciones más estrictas, se diseñaron instrumentos para medir lo inmedible. Pero cuanto más se intentaba fijar el mundo, más parecía deslizarse entre los dedos. Las reglas no se rompían: se desplazaban.

Hubo quien propuso que la realidad nunca había sido estable, que simplemente ahora estábamos viendo sus costuras. Que aquello que llamábamos «lo real» no era más que una versión consensuada, una coincidencia provisional entre múltiples posibilidades que competían en silencio.

Otros, en cambio, empezaron a experimentar.

Solo se conservan, de aquellos comienzos, retazos de realidad alternativa, siete historias registradas, narradas como si fueran cuentos o guiones de películas, y con acotaciones sugerentes, como si un sistema desconocido calibrara el desfasaje de lo acontecido.    

Estas páginas fueron encontradas en los archivos de un investigador de los sucesos, aunque se ignora si los escribió él, o era una recopilación de otros investigadores que llevaban un registro diario de los acontecimientos y de cómo eran percibidos por ellos.

Se ignora el significado de las acotaciones que por entonces hacía el sistema, se supone que eran ajustes de una realidad alternativa, y que aparecían sin el control de los investigadores.

Estos registros son muy antiguos y los comparto por si todavía hay alguien que le interese la historia, aunque cada vez somos menos, pero igual quiero dejar testimonio antes de que sea borrado de mi memoria.

En la ciudad no se hablaba de desapariciones.

No oficialmente.

Las estadísticas no las registraban como tales, los noticieros no las nombraban y los informes públicos evitaban cualquier término que implicara pérdida. En su lugar, utilizaban una fórmula más limpia, más tolerable: «Eventos de discontinuidad.»

La gente aprendía rápido ese lenguaje. Era más fácil aceptar una palabra técnica que enfrentarse a una ausencia sin explicación.

Además, había algo que ayudaba: solo una persona recordaba a los que desaparecían. Los demás lo olvidaban.

El algoritmo había sido creado siete años atrás, con otro propósito: «la predicción de riesgo urbano», así lo llamaron al principio. Un sistema capaz de anticipar delitos, conflictos sociales, patrones de violencia. Funcionaba bien. Demasiado bien.

Pero en algún momento –nadie supo precisar cuándo– empezó a hacer otra cosa:  a registrar eventos que no correspondían a ningún modelo previo. No predecía robos. No anticipaba accidentes. No señalaba amenazas. Solo escribía. Una línea breve. Siempre la misma estructura: «Evento confirmado». Y debajo, un nombre. Nada más. Ese nombre era una persona que desaparecía, y luego otra persona, solo una, lo recordaría, pero era borrado de la memoria de toda la comunidad.

 

El taller del laboratorio del ingeniero Jan Eichhorn lucía impecable y ordenado, con un aspecto clínico.

Jan se inclinó sobre el tubo de ensayo y observó las estructuras de la pieza de trabajo, fabricada con un material compuesto innovador. Los filigranos patrones consistían en óxido de titanio y habían penetrado en el cuerpo de poliamida, formando allí los contornos de un azulejo de Einstein. Este azulejo de Einstein cubría por completo las paredes exteriores de la pieza de trabajo sin repetirse, sin importar si se giraba, se desplazaba o se reflejaba. Dentro de estas paredes, es decir, en el interior del cilindro, había pequeñas burbujas incrustadas que atravesaban el cuerpo de forma periódica y estaban llenas de nitrógeno comprimido.

Lleno de satisfacción, el ingeniero Eichhorn contempló la disposición. Con energía tomó la pieza de trabajo, introdujo el cilindro en la prensa de prueba –un aparato en el que primero fijó la pieza en un soporte flexible dotado de diversos sensores– antes de cerrar el dispositivo con esmero y accionar el regulador de presión. Siguiendo un algoritmo preestablecido, se generó una presión superior a la atmosférica para comprobar la estabilidad del cilindro. Dos atmósferas, tres, cuatro, cinco. La presión aumentaba mientras Eichhorn leía los distintos valores de medición en los monitores. Además de la presión, se indicaban el volumen total del cilindro, la fuerza ejercida sobre las paredes exteriores y la proporción de óxido de nitrógeno que debía desprenderse a través de las grietas previsibles del material. La fuerza que actuaba sobre las paredes exteriores aumentó tal como se esperaba y, pasado un tiempo, la concentración de óxido de nitrógeno se incrementó.

Sin embargo, el experimento dio un giro dramático.

Por motivos inexplicables, la presión cayó. El gas regresó al interior de las burbujas y este proceso incomprensible generó una fuerza que abombó las paredes exteriores hacia afuera.

Pero eso fue solo el principio de un proceso misterioso. La presión exterior descendió a cero y la prensa se abrió por sí sola. El cilindro se deslizó hacia adelante, salió literalmente disparado de la prensa y, mientras descendía tambaleándose hacia el suelo, fue ganando volumen. Al tocar el suelo, la pieza de trabajo alcanzó el tamaño de un ataúd.

La transformación continuó. El diámetro creció de manera constante y la superficie lateral mostró de pronto también azulejos de Einstein. Jan Eichhorn contempló los azulejos de Einstein y, mientras los observaba, estos cambiaron de forma. Los azulejos se volvieron regulares y periódicos; los bordes se alisaron y formaron círculos que se unieron y aumentaron de tamaño hasta que solo quedó la superficie lateral en forma de un círculo virginal. Este círculo se volvió lechoso, transparente y desarrolló una succión tan potente que Eichhorn se precipitó hacia el interior del ataúd cilíndrico. Apenas el ingeniero Eichhorn atravesó el cuerpo, la pieza de trabajo desapareció.

Eichhorn aterrizó en un prado floreciente. Unos tallos suaves amortiguaron su caída con delicadeza. El calor seco lo golpeó como una pared y el sudor brotó por todos sus poros. Confundido, se sentó y miró a su alrededor. El prado se extendía hasta el horizonte y estaba salpicado de una colorida variedad de flores y hierbas. El aire, impregnado de fragancias a rosas, lavanda y jazmín, resultaba denso, pero olía de maravilla. El cielo azul alegró su corazón, de modo que se puso de pie de un salto y corrió por el prado como un niño, lanzando gritos de júbilo. Olvidó por completo de dónde venía y qué había hecho antes. Su vida transcurría en el aquí y el ahora, y se sentía como el jardín del Edén.

«Evento confirmado».

Jan Eichhorn.


 

EL ESCRIBA DE THOTH

Ana Lúcia Merege & Lu Evans


El escriba real Hori recibe una estatua que lo representa como regalo del faraón. Al mirar a los ojos de la estatua, Hori recuerda el momento mágico en que, siendo un joven aprendiz, el dios Thot lo bendijo para convertirse en el más grande de todos los escribas.


*La estatua del "Escriba Sentado" fue redescubierta en la necrópolis de Saqqara en 1850 por el egiptólogo Auguste Mariette, y hoy es una de las más famosas del mundo. 

Eso es todo, ya está hecho. Ahora es todo o nada, pensó Hori.

El niño de doce años se escabulló por los pasillos del templo. Bajo el brazo, la caja donde guardaba sus instrumentos de escritura ocultaba el tesoro robado: el pincel de junco desgastado y de fibras secas que el Maestro Geb conservaba como trofeo en su estudio.

—Jamás, bajo ninguna circunstancia, toquen esto —advirtió a cada nuevo grupo de aprendices—. Este pincel es un regalo de Thot. Solo los escribas más extraordinarios se atreven a usarlo.

—¿Y qué pasa después? —preguntaba casi siempre alguno de los recién llegados.

—¡Ah! ¡Que yo sepa, nadie ha tenido jamás tal honor! —exclamó el anciano, esparciendo saliva entre los dientes que le quedaban—. Sin embargo, mi predecesor, el venerable Menna, oyó del sumo sacerdote que el pincel otorgaría a tal escriba una maestría insuperable; que jamás volvería a cometer un error, y que las palabras y los dibujos trazados por su mano serían los más perfectos de todo Kemet. Pero, al parecer —concluyó—, con la pereza y la negligencia que demuestran, ninguno de sus colegas jamás tendrá ese privilegio.

Hori apretó los dientes con fuerza al recordar el discurso. Lo había oído innumerables veces y siempre le había parecido injusto, al igual que los castigos por cada pequeño error. Si solo eran unos pocos, era posible salir impunes con una simple reprimenda, pero los alumnos menos habilidosos –lo cual Hori no suponía que fuera su caso– o los más distraídos y soñadores —como él sin duda lo era— se veían obligados a copiar interminables listas de palabras. Eso, claro, cuando no los estaban castigando. Los estudiantes tienen las orejas en la espalda.

—Eso es —dijo el maestro Geb mientras blandía el bastón. Esa es la única manera en que aprenden.

Sin embargo, por mucho que intentara hacer trampa y copiar, e incluso siendo el mejor artista de la clase, Hori seguía confundiendo los jeroglíficos o escribiéndolos al revés; la tableta en la que practicaba volvía a sus manos cubierta de manchas de tinta roja, y él suspiraba y se resignaba a sufrir otro castigo más.

Pero, por la gracia de los dioses, eso terminaría hoy.

El plan se le ocurrió de repente, al oír de nuevo la historia del pincel de Thoth, pero al muchacho le había costado meses reunir el valor necesario, y luego tuvo que esperar el momento oportuno. Este llegó hoy cuando, cansado de las tres o cuatro palizas que había propinado a otros alumnos durante el día, el Maestro Geb decretó que el castigo de Hori sería permanecer en el templo después del atardecer y organizar sus materiales de escritura. Solo, no veía la hora de correr al estudio y, con el corazón latiéndole con fuerza, apoderarse de la reliquia con la que aseguraría el fin de sus problemas. Pues sus dibujos, elogiados incluso por el maestro cuando estaba de buen humor, le aseguraban que tenía el talento necesario para manejar el pincel; la magia divina del artefacto corregiría los jeroglíficos y se convertiría en el más grande de todos los escribas de Kemet.

 

Han transcurrido varias décadas desde aquel episodio.

Hori era ahora el escriba real, responsable de administrar los cultivos y el ganado, recaudar impuestos, realizar el censo, organizar el pago de los trabajadores y redactar leyes. En otras palabras, era la columna vertebral de la burocracia del reino, trabajando codo a codo con los sacerdotes e incluso con el faraón.

Ese día, Hori estaba feliz y sonriente, observando la estatua de piedra caliza pintada en un vibrante marrón rojizo, un color tradicionalmente asociado con los hombres. Un regalo del faraón, la estatua representaba al escriba con las piernas cruzadas, trabajando en papiro, expresando el dominio de la escritura como símbolo de poder. No medía más de 50 centímetros, pero impresionaba por sus rasgos realistas: cabello corto y oscuro, una expresión facial concentrada, una postura ligeramente encorvada, pliegues de grasa en el vientre y flacidez en el pecho, lo que demostraba que Hori era un hombre rico y bien alimentado. Al igual que el escriba de carne y hueso, la estatua vestía una Shendyt, una falda de lino blanco que delataba su profesión.

Sin embargo, lo más impresionante eran los ojos, de contornos muy marcados, con incrustaciones de una combinación de magnesita para la parte blanca y cristal de roca para el iris y la pupila.

Esos ojos atentos y sabios eran el resultado de lo que le había sucedido a Hori décadas atrás. Los recuerdos volvieron a la mente extasiada del escriba.

 

Solo en el templo tras la puesta del sol, el joven aprendiz de escriba descuidó la organización de los materiales que le había ordenado su maestro. Era un castigo, pero Hori lo vio como una oportunidad. Corrió al estudio y, sintiendo que el corazón le latía con fuerza en el pecho, tomó el pincel sagrado de Thot.

Analizó la pieza con atención, pero el pincel parecía tan común como cualquier otro instrumento de escritura. Decepcionado, Hori ya pensaba en devolver el objeto a su lugar original cuando sintió que se volvía pesado en su mano. Se sobresaltó.

El peso aumentó tanto que obligó al muchacho a arrodillarse en el suelo, con la mano atrapada entre el pincel y el piso de granito rojo. Intentó en vano liberarse, temiendo que se le rompieran los dedos, lo que acabaría con cualquier esperanza de convertirse en escriba.

Gritó de dolor y miedo, pero el templo estaba vacío y nadie acudió en su ayuda.

Entonces ocurrió algo aún más increíble: miles de filamentos se desprendieron del pincel, llenando la habitación y brillando como diminutos rayos de sol que se curvaban formando diversos diseños…

Jeroglíficos.

Tras permanecer flotando alrededor del chico durante unos segundos, se movieron simultáneamente con una velocidad imposible de comprender y se clavaron en los ojos de Hori.

No despertó hasta el día siguiente, conmocionado por el Maestro Geb, quien estaba furioso porque el niño se había quedado dormido en el trabajo y, además, tenía en sus manos el pincel sagrado.

La paliza no tardó en llegar, pero Hori ni siquiera sintió los golpes. Estaba feliz y sonriente, pues ahora poseía el conocimiento necesario para convertirse en el más grande de todos los escribas.


ALIENTO

Meghashree Dalvi & Sergio Gaut vel Hartman

 

—¡Otra vez cancelaron nuestro plan! —grité, exasperado. Sin darme cuenta, cerré el portátil de un golpe.

—¿Qué? ¿Otra vez? Era de esperar. Hace dos días que vienen llegando alertas. Y desde ayer ni siquiera hemos visto el sol. Tendríamos que haber ido hace dos días.

—Sí. Y si hubiéramos ido, habríamos quedado atrapados allí. ¿Quién iba a imaginar que la calidad del aire iba a empeorar tanto de un momento a otro? Ahora decretaron un confinamiento de una semana. Eso significa que tendremos que esperar otra semana para visitar a la tía.

—En cuanto levanten el confinamiento iremos enseguida, ¿de acuerdo? —dijo Gayatri mientras terminaba de ordenar la casa—. Además, seguimos en contacto por videollamada. Y tiene una enfermera robot.

—Eso no es suficiente para una persona mayor. Ni para mí, en realidad. Las videollamadas y la telemedicina sirven para salir del paso, pero necesito verla en persona. Voy a empezar los trámites. Enviaré la documentación. Les diré que se trata de una emergencia y que tengo que visitarla. A ver si consigo el permiso; si me lo conceden, iré y volveré en un par de días.

Me levanté y empecé a caminar de un lado a otro.

—¿Con el aire tan contaminado? ¿Y si te pasa algo por el camino? ¿Y qué harás con la comida?

—Ya veremos. Primero hay que conseguir el permiso.

Volví a abrir el portátil y empecé a revisar la documentación.

 

—El coche ya llegó, Ranjan —me avisó Gayatri—. ¿Consultaste el pronóstico del tiempo?

Le eché un último vistazo al equipaje.

—¿Para qué? Sabemos de memoria lo que va a decir: más de cuarenta y dos grados, posibilidad de lluvia en cualquier momento y visibilidad muy reducida.

—Está bien. —Llevó la bolsa hasta la puerta—. Te preparé los ladús blandos que tanto le gustan a tu tía.

—¿Cuándo hiciste eso? —pregunté, sorprendido.

—Saqué tiempo de donde pude. No importa. También puse tu comida en esa misma bolsa. Y llámame de vez en cuando.

—Claro. Cuando llegue haré una videollamada para que puedas hablar con la tía. ¿De acuerdo?

Cuando subí al automóvil sin conductor advertí que era un vehículo de nivel cinco.

—Yo había pedido uno de nivel cuatro —protesté.

—Así es. Pero, debido al confinamiento, únicamente pueden circular vehículos de nivel cinco —respondió el coche.

—El confinamiento se debe a la contaminación del aire. ¿Qué tiene que ver eso con el nivel del vehículo? Espera, no arranques todavía. No pienso viajar hasta que me den una explicación satisfactoria. Un vehículo de nivel cinco significa que, ocurra lo que ocurra, no podré asumir el control. ¿Y qué haré si surge una emergencia? Por eso siempre solicito un coche de nivel cuatro. Me gusta saber que, si hace falta, todavía tengo alguna posibilidad de intervenir.

—Tiene razón, Ranjan. Sin embargo, muy pocas personas han recibido autorización para viajar. Para evitar cualquier irregularidad, el Gobierno ha establecido que solo podrán circular vehículos de nivel cinco. Indique su decisión. Si cancela el viaje, se le descontarán cincuenta créditos en concepto de gastos de cancelación —respondió el automóvil con voz impersonal.

¿Cincuenta créditos por cancelar un viaje que costaba doscientos? Me irrité. Pero también sabía que las compañías de vehículos autónomos cobraban esa diferencia aprovechando las circunstancias especiales que estábamos viviendo. Y como había preparado todo para visitar a mi tía decidí seguir adelante. Me acomodé, por costumbre, en el asiento del conductor.

 

El primer puesto de control apareció al cruzar el límite del Gran Bombay.

La documentación estaba en regla. El sistema autónomo del puesto tomó algunos datos directamente del vehículo y autorizó el paso.

La carretera estaba completamente desierta. En aquella atmósfera grisácea tampoco había mucho que ver. Al menos en Bombay todavía se cruzaban algunos trabajadores de servicios esenciales y policías, todos con enormes máscaras de gas y cilindros de oxígeno colgados de la espalda.

Instintivamente miré hacia la izquierda.

Allí estaban los cilindros de oxígeno de emergencia. Aunque yo era el único pasajero, la normativa exigía dos delante y tres detrás. Hice un cálculo mental. Incluso si la situación se complicaba mucho, podría completar todo el viaje respirando oxígeno. Aquello me tranquilizó un poco.

En ese momento sonó el teléfono móvil.

—¡Le deseamos un excelente viaje! Si necesita más oxígeno, puede solicitarlo en cualquier momento llamando a este número. Esté donde esté, un dron se lo entregará de inmediato.

El mensaje, pronunciado con un entusiasmo artificial, me hizo hervir la sangre.

Bastó con que mirara los cilindros de oxígeno para que el sistema de seguimiento del coche registrara ese dato, lo compartiera y una empresa dedujera mis necesidades y me enviara un anuncio personalizado.

De todos modos, ya no tenía sentido seguir con las quejas. Ya había expresado mi descontento con el vehículo. Si insistía, elaborarían un perfil psicológico mío y podrían cancelar el viaje.

El coche era de nivel cinco: completamente automatizado, autónomo y capaz de tomar todas las decisiones por sí mismo.

En ese caso, yo no podría hacer absolutamente nada. Simplemente daría media vuelta y me llevaría de regreso a casa. Por momentos, me daba la impresión de que no solo era capaz de registrar mis movimientos oculares y detectar cuáles eran mis intereses inmediatos, sino que también podía leer mis pensamientos. ¡Las delicias de la tecnología! ¡Maldita tecnología! Bastaba mirar por la ventanilla para advertir el contraste. A la altura de Chembur las refinerías ya no se distinguían. Solo aparecían manchas rojizas detrás de la neblina, como brasas suspendidas. En Vashi el coche cruzó el puente sin que pudiera verse el agua. Bajo la calzada solo existía una masa gris, inmóvil, que podría haber sido el mar o una nube. Y la cadena de los Ghats Occidentales que debería haber aparecido al llegar a Kharghar, era invisible. En su lugar solo había una pared opaca.

 Pero no. Yo estaba prisionero en mi maravilloso, incomparable, ultramoderno vehículo de nivel 5…

—Un llamado de Gayatri por intrafono —anunció la voz impersonal del sistema. ¿Había alguna razón de fuerza mayor que impedía que mi esposa se comunicara directamente conmigo?

—Por motivos de seguridad —fue la respuesta a mi pregunta, directamente abducida de mis cavilaciones— todas las llamada son intervenidas por la Unidad de Control Sanitario.

—¿Ranjan? —La voz de mi esposa pareció brotar del espacio interior del vehículo, procesada y mejorada sin ninguna necesidad—. ¿Todavía estás viajando?

La pregunta era superflua. La vivienda de la tía Smita estaba en Karjat, a setenta kilómetros de casa. Y dadas las circunstancias, la velocidad máxima había sido limitada a veinticinco kilómetros por hora. Pero debía ser paciente, por lo que le contesté a Gayatri con el mejor tono que logré rescatar de mi fastidio.

—No, querida, estoy viajando. Supongo que pronto llegaremos a Panvel…

—Hemos superado Panvel hace exactamente dos minutos y cuarenta y nueve segundos —dijo el auto sin que nadie se lo pidiera. Pero yo repetí como un idiota:

—Pasamos Panvel hace tres minutos, más o menos.

—Hace exactamente tres minutos y quince segundos —me corrigió el sistema.

—Llámame cuando llegues —dijo Gayatri.

—¡Por supuesto! —exclamé con más énfasis del necesario.

Me dediqué a mirar el paisaje —lo que se podía ver, dada la mínima visibilidad— y vi los drones del Servicio Estatal pulverizando reactivos para limpiar el aire; sujetos de las brigadas cambiando filtros gigantes junto a la autopista; vehículos abandonados porque agotaron el oxígeno y paneles luminosos indicando que la exposición máxima recomendada sin la protección adecuada era de diecisiete segundos.

No obstante, me dije, es mejor ver el vaso medio lleno y no el vaso medio vacío... siempre que el sistema no decidiera preguntarme si prefería agua mineral, vino o cerveza, metiéndose de nuevo en lo que no debía importarle. Pero por una vez logré recordar las recomendaciones de mi terapeuta: no contesté nada.

Por fortuna, me dije, y deseché el pensamiento casi de inmediato para evitar interferencias, en una hora estaré en la casa de la tía Smita…

Al dejar atrás Panvel la bruma empezó a aclararse. No era un cielo limpio; simplemente el gris dejaba de ser compacto. Por primera vez desde que había salido de casa pude distinguir la silueta borrosa de una colina.

—Índice de calidad del aire: cuatrocientos treinta y ocho. Riesgo extremo. Se autoriza una parada técnica de hasta diez minutos. —La información era innecesaria, por lo que lancé un bufido de desaprobación. Pero el sistema no supo o no quiso interpretar mi gesto. Y el auto se detuvo en el recinto de descontaminación. No sería una estación de servicio tradicional sino algo propio de ese nuevo mundo. Un edificio hermético con esclusas de aire; robots cambiando automáticamente los filtros del vehículo; reposición de oxígeno; pulverización descontaminante sobre la carrocería y una cafetería completamente vacía, ya que nadie podría quitarse la máscara para beber una infusión. Había bajado con la ilusión de respirar un poco mejor... y descubrí que tampoco podía hacerlo.

Caminé unos pasos mientras se completaba el servicio y advertí que había un anciano sentado frente al ventanal observando unas montañas que apenas se adivinaban.

—Parece que aquí el aire está un poco mejor en esta zona —le comenté.

— Hace años, desde aquí se veía toda la cordillera —respondió.

Un poderoso altavoz interrumpió, tal vez afortunadamente, el diálogo que yo me proponía mantener con el anciano.

—Debe volver a abordar el coche en exactamente dieciocho segundos.

Suspiré. Estábamos a solo quince minutos de nuestro destino.

—Trece minutos y cuarenta y ocho segundos —dijo el auto.

Dejamos atrás Chowk; el coche abandonaba definitivamente la zona más densamente urbanizada. Se veían algunos depósitos logísticos y campos parcialmente abandonados. En Shelu aparecían las primeras viviendas bajas y pequeños cultivos protegidos por cúpulas filtrantes o barreras vegetales y en Bhivpuri Road el aire mejoraba algunas décimas; por primera vez se distinguían las laderas de los Ghats Occidentales.

Y, ¡por fin!, Karjat: calles tranquilas, árboles todavía vivos, aunque cubiertos por una película gris. Tenía maravillosos recuerdos de ese lugar, recuerdos de la infancia y primera adolescencia. La tía Smita era la hermana más querida de mi mamá… pero traté de reprimir esas emociones. No quería que el sistema se apropiara también de ellas.

El auto se detuvo. La casa de la tía Smita seguía siendo la misma de siempre: una construcción baja, de paredes color crema y techo inclinado, rodeada por un pequeño jardín donde apenas sobrevivían algunos hibiscos cubiertos de polvo gris. Los años habían añadido paneles solares sobre las tejas, ventanas de doble sellado y un discreto módulo de filtrado que zumbaba encima de la puerta principal. Solo la pequeña esclusa de descontaminación, construida junto al porche, delataba que el mundo exterior ya no era el mismo.

La enfermera abrió la puerta y me hizo pasar. Me inquietó el silencio. La casa estaba impecable. Había dos tazas sobre la mesa.

—¿Dónde está mi tía?

—¿Trajo los ladús? Ella los mencionó varias veces durante la noche; sabía que usted los traería... en el caso de que pudiera venir. —Miré la bolsa que aún sostenía con la mano izquierda, la bolsa que contenía los ladús que Gayatri había preparado—. Su tía insistió en respirar aire exterior, señor Ranjan. Dijo que prefería hacerlo una última vez antes que seguir viviendo sin poder respirar —añadió la enfermera robot con el mismo tono neutro con que habría informado la temperatura exterior.


EL TREN NOCTURNO

Iván Bojtor & Sergio Gaut vel Hartman

 

Durante mucho tiempo pensó que solo lo había soñado. Sin embargo, una noche volvió a escuchar ese ruido. Al principio era solo un sonido lejano e inidentificable, luego se intensificó y con el tiempo se convirtió en un estruendo tan fuerte que hizo temblar la casa. Se levantó de la cama, se calzó las pantuflas y se deslizó hasta la ventana en la penumbra de la habitación. A pesar de entrecerrar los ojos, afuera estaba oscuro, no veía nada. El ruido se calmó, como si lo que lo causaba se estuviera alejando. El sonido que escuchaba era familiar, pero creer que realmente era eso parecía tan absurdo que quedó completamente desconcertado.

Hacía meses que vivía solo en esa casa solitaria; solo ocasionalmente iba a la ciudad para abastecer la nevera vacía. Su sentido del tiempo estaba completamente trastocado; a veces se quedaba despierto hasta el amanecer y luego dormía todo el día, otras veces se despertaba al amanecer y se acostaba después del almuerzo. En la casa no había televisión ni teléfono. La antigua computadora ubicada en un rincón simplemente acumulaba polvo. El reloj de pared tenía la batería agotada; hacía dos meses que marcaba las doce.

En esa atemporalidad, una noche, durmiendo sobre una mesa con un libro entre las manos, se despertó de repente. Escuchó el conocido ruido retumbante. Se tambaleó hacia la ventana y vio lo que esperaba.

Un convoy de trenes pasaba frente a la antigua casa de guarda de la estación. Vio la tenue luz que brillaba en las ventanas sucias que pasaban rápidamente y también algún movimiento, como si varios pasajeros se estuvieran preparando para bajar. Se asustó.

Después de todo, no habría sido sorprendente que un tren pasara frente a una antigua casa de guarda. Pero lo cierto era que habían levantado las vías mucho tiempo atrás.

Al día siguiente fue al médico. Le recetaron algún calmante. Los tomó por un tiempo. En esas noches en las que, de alguna manera, el tren pasaba una y otra vez frente a la casa, se tomaba uno o dos, luego dejó de hacerlo.

Al dejar las ventanas abiertas por la noche debido al calor del verano, esperaba el silbido del tren que se acercaba, así tenía tiempo de prepararse para observarlo mejor. Al frente iba una locomotora a vapor que tiraba de ocho vagones. Parecía completamente real. Solo que no veía las ruedas. Por encima del suelo, todo el convoy parecía flotar en la niebla. Cuando se alejó, todavía escuchó durante mucho tiempo el ruido de ruedas que no existían en rieles inexistentes.

Cada vez más, se apoderaba de él la idea de que el tren emergía de alguna parte del tiempo y, después de dejar la antigua estación, retrocedía hasta allí. El tren debía haber pasado por ese lugar en algún momento de los ciento veinte años durante los cuales la línea estuvo en funcionamiento. Recolectó viejos horarios, los estudió. Hojeó las viejas copias del periódico local en el archivo, buscando algún indicio para explicar lo que estaba sucediendo, pero no encontró nada.

Luego, nuevamente, cayó en la incertidumbre. Estaba seguro de que no veía ninguna inscripción en el tren. Leyó en alguna parte que la falta de inscripciones era característica de los sueños. ¿Había soñado todo esto?

Una noche, se despertó al chirrido de los frenos. Miró desde detrás de la cortina. Un sueño, seguro que era solo un sueño. El tren estaba allí frente a la casa. El olor asfixiante del humo lo golpeó. Cuando salió al antiguo andén, el tren ya se había puesto en marcha, solo las luces del último vagón parpadeaban a lo lejos.

Ya iba a volver a acostarse cuando vio las vías. Y cuando levantó la vista, al otro lado del terraplén, a la luz de la luna, vio una figura alejándose.

Lo invadieron una serie de impulsos contradictorios. Salir de la casa e ir en persecución del hombre, mujer o ente que se desvanecía en la niebla; regresar al lecho y tratar de dormirse, algo que, últimamente, le costaba horrores; permanecer junto a la ventana, imaginando que la figura podría invertir la marcha e ir a su encuentro. ¿Y si acaso se trataba de un yo perdido que vagaba en la bruma en busca del cuerpo perdido, del cuerpo abandonado? No tenía duda de que mucho de lo que había sido en el pasado ya no lo habitaba, que los delirios de la juventud y los proyectos de la madurez estaban profundamente enterrados en zonas inhóspitas de sí mismo. La figura fugitiva podía ser la muerte, por ejemplo, la Parca que había venido a buscarlo y simplemente se burlaba de él, haciéndole creer que no era el destinatario de sus afanes.

Se alejó de la ventana, se acercó al armario en el que guardaba una botella de licor y buscó un vaso un poco menos sucio que los demás. ¿No era eso lo que hacían los seres abrumados, ya fuera por la culpa, el miedo o el simple y tajante fracaso? Borracho podría anular el efecto de la alucinación, se dijo. Los borrachos ven y dicen la verdad.

El licor le quemó la garganta y, por un instante, el temblor de las manos cedió. Permaneció inmóvil, con el vaso suspendido a la altura del pecho. Entonces lo oyó. No provenía de las vías ni del tren ya perdido en la distancia. Era un golpe seco, cauteloso, sobre la puerta principal. Uno, dos, tres. Como si alguien llamara con los nudillos y esperara una respuesta desde hacía muchos años. Dejó el vaso sobre la mesa, pero el vidrio chocó contra la madera con un tintineo que le pareció escandaloso. Los golpes cesaron. Al abrir, no encontró a nadie. Solo la tierra húmeda del sendero y, marcada con absoluta nitidez sobre el barro reciente, una hilera de huellas que no se acercaban a la casa: se alejaban de ella. Como si quien hubiera llamado hubiese estado siempre del lado de adentro.

La locura. No había considerado la locura como una posibilidad cierta. ¿Acaso la demencia no es un guiso que se cuece en la soledad, aderezado con especias tan abundantes como el rencor, el fracaso, la indiferencia y la sangre invisible que mana de las heridas que no cierran?

Pero si estoy tan perturbado, se dijo, que puedo ver trenes inexistentes y huellas que nunca fueron impresas en el fango, ¿qué importancia tiene que yo crea en lo que proponen mis sentidos?

Se dejó caer pesadamente en el viejo sillón de la sala. Estaba tan deteriorado que al hacerlo sintió que se hundía en una ciénaga y que, finalmente, había encontrado el camino que llevaba hacia la nada.

Cerró los ojos. El silencio regresó poco a poco, como el agua que vuelve a llenar un pozo después de haber arrojado una piedra. Se obligó a respirar despacio. Cuando los abrió otra vez, descubrió que algo había cambiado.

Sobre la mesa descansaba un billete de cartón amarillento. No recordaba haberlo visto nunca. Lo tomó entre los dedos. Era grueso, áspero, con los bordes desgastados por el tiempo. Apenas podía leerse una palabra impresa con tinta casi borrada: IDA.

Del destino no quedaba más que una mancha. Sintió un frío que no provenía de la noche. Buscó una explicación razonable. Tal vez el billete hubiera estado siempre allí, entre los papeles viejos; tal vez lo había recogido días antes en el archivo de la estación y su memoria, cada vez más resquebrajada, había decidido olvidarlo. Era una explicación mediocre, pero seguía siendo una explicación. Sin embargo, el reverso acabó con ella. Había una fecha. No correspondía a ningún calendario ferroviario conocido. Era el día siguiente. Volvió a mirar el reloj detenido. Las doce. Desde afuera llegó el silbato. No sonó lejano, como otras veces. Parecía provenir del jardín. Se acercó lentamente a la ventana. Las vías habían vuelto. Nítidas. Brillantes. Recién colocadas, como si nunca hubieran sido arrancadas. El tren esperaba inmóvil frente al andén. No despedía humo. No había nadie asomado a las ventanillas. La única puerta abierta era la del último vagón. Entonces comprendió qué era lo que lo había inquietado desde la primera noche. Nunca había visto a nadie subir. Solo bajar. Y la figura que se perdía en la niebla siempre caminaba en la misma dirección: alejándose del tren, como alguien que acababa de llegar.

Esta vez era distinto.

La puerta permanecía abierta.

Esperando.

Tomó la única decisión posible. Solo vaciló un instante, debatiendo consigo mismo si era necesario llevar equipaje. Decidió que no.

Caminó los diez o doce pasos que lo separaban de la escalerilla. Apoyó el pie en el escalón metálico y tomó impulso.

Había otros pasajeros, en contra de lo que había imaginado. Todos los asientos estaban ocupados. Todos menos uno. Parecían dormir, profundamente sumidos en sueños imposibles e impenetrables. Algunos roncaban. Había mujeres, algunas jóvenes, otras ancianas. Viajantes de comercio. Un mendigo. Un sacerdote.

Si todos los asientos están ocupados, menos uno, reflexionó, debo aceptar que es el que me está destinado.

Avanzó por el pasillo y se sentó. Pronto estaré dormido, como todos los otros, se dijo, pero antes debo comprobar algo muy importante.

Palpó el bolsillo y notó que el billete estaba donde tenía que estar. No fuera cosa que el guarda se lo reclamara y lo hiciera bajar del tren en movimiento porque carecía de pasaje.

La locomotora silbó.

En la casa vacía, el reloj de pared volvió a funcionar. El minutero avanzó por primera vez en mucho tiempo.



Los autores: Alejandra Burzac (Argentina), Alex S. Johnson (Estados Unidos), Ana Lúcia Merege (Brasil), Betina Goransky (Argentina), Carlos Enrique Saldívar (Perú), Cecilia Aravena Zúñiga (Chile), Claudia Isabel Lonfat (Argentina), Dora Gómez Q (Argentina), Eduardo Contreras Villablanca (Chile), Facundo Martín Desimone (Argentina), Finn Audenaert (Bélgica), Graciela De Mary (Argentina), Heiko H. Caimi (Italia), Iván Bojtor (Hungría), Juan Pablo Goñi Capurro (Argentina), Lu Evans (Brasil), Luciano Doti (Argentina), Luciano Lara (Argentina), Meghashree Dalvi (India), Michael Schmidt (Alemania), Miriam Ootjers (Países Bajos), Oscar de los Ríos (Argentina), Rose Cuello (Argentina), Sergio Gaut vel Hartman (Argentina).

 

 

 

 


 

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