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miércoles, 29 de julio de 2026

GUARDIANES DE SEMILLAS

Tamara Lujak

 

—¿Me está diciendo que vino desde tan lejos solo por las semillas? —preguntó Kolovrat, asombrado. El recién llegado asintió en silencio y se encogió de hombros. El campesino se quitó la gorra, apoyó la azada en el suelo y se rascó la cabeza—. Increíble —suspiró. Luego también se encogió de hombros y le hizo una seña para que lo siguiera.

Sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se secó el sudor del rostro y la tierra de las manos. Cruzaron en silencio el campo recién sembrado. El forastero admiraba la dedicación con la que el campesino trabajaba.

Cuando llegaron a la cabaña de techo de paja y paredes de barro resquebrajadas, Kolovrat se quitó las botas de goma y las dejó junto a la puerta. El recién llegado tuvo que inclinarse para poder entrar. Permaneció encorvado en medio de la habitación hasta que el campesino le ofreció un banquito de tres patas. Era tan alto que, una vez sentado, abrió las piernas y ocupó casi toda la estancia.

La cama estaba a la izquierda de la puerta y el hogar, a la derecha. El resto del mobiliario consistía apenas en un viejo arcón y una pequeña repisa con una vela y un icono. El recién llegado contempló todo con auténtico deleite. Dio un sorbo al aguardiente que le ofrecieron y, apenas el licor le bajó por la garganta, comenzó a toser mientras el rostro se le enrojecía.

—¿Está bueno? —rio de buena gana Kolovrat y le dio una palmada en el hombro al hombre alto.

La fuerza del golpe estuvo a punto de derribarlo. Se atragantó y tomó otro sorbo. Su rostro se iluminó como el de un niño al recibir un regalo inesperado.

—B-bueno —dijo, marcando exageradamente las consonantes, como si hubiera aprendido el idioma hacía muy poco.

El campesino dio unas palmadas sobre sus rodillas, satisfecho, y compartió con el huésped su modesto almuerzo. Después de comer hasta quedar satisfechos, se levantaron y fueron al sótano donde guardaban las semillas para la siembra.

—Aquí están —dijo Kolovrat mientras abría la pesada puerta de dos hojas—. Puede llevarse todas las que quiera.

El recién llegado se balanceaba con cierta inseguridad sobre las piernas y, sin embargo, mantenía un control absoluto de sus movimientos.

—T-tomaré tres de c-cada una. ¿Está b-bien? —preguntó humildemente.

El campesino soltó una sonora carcajada, tomó un puñado de cada saco y se los entregó al forastero. Este los guardó cuidadosamente, cada variedad en una bolsa distinta, las etiquetó y estrechó la mano de Kolovrat con evidente alegría.

—¡Que viva con gloria! —dijo entusiasmado mientras se dirigían hacia la salida.

El campesino restó importancia al agradecimiento con un gesto de la mano.

—No es nada. Si tuviera más, también se las daría, pero estas son todas las que pensaba sembrar el año que viene. Puede visitar a mi vecino; él cultivará otros productos.

Los ojos del recién llegado se abrieron de felicidad.

—Ojalá todos mis c-colegas tuvieran tanta s-suerte como yo —murmuró en voz baja.

—¿Hay más como usted? —preguntó Kolovrat con sorpresa. Pero enseguida continuó hablando para no incomodar al forastero con preguntas innecesarias—. Ni siquiera tiene que volar hasta allí en ese aparato suyo —añadió, señalando la nave espacial estacionada en medio del prado—. Llegará más rápido si cruza el campo caminando.

El recién llegado asintió complacido, saludó con la mano a su anfitrión y emprendió el camino hacia la casa del vecino.

Tamara Lujak, nacida en 1976 en Belgrado, Serbia, escribe cuentos, aforismos, epigramas, haikus, cómics de haikus, obras literarias, etc. Es escritora, periodista, colaboradora y editora de diversas revistas. Su obra ha sido publicada en revistas y antologías, y traducida al inglés, polaco, húngaro, español, alemán, francés y birmano. Entre sus libros publicados se cuentan Vilina planina, 2006; Rečnik straha, 2014; Kako se plaše deca, 2015; Rečnik slovenske mitologije, 2021 y Rečnik srpskih mitoloških bića, 2021.

 

FLORET SILVA NOBILIS