Tamara Lujak
—¿Me está diciendo
que vino desde tan lejos solo por las semillas? —preguntó Kolovrat, asombrado. El
recién llegado asintió en silencio y se encogió de hombros. El campesino se
quitó la gorra, apoyó la azada en el suelo y se rascó la cabeza—. Increíble
—suspiró. Luego también se encogió de hombros y le hizo una seña para que lo
siguiera.
Sacó un pañuelo del bolsillo del
pantalón y se secó el sudor del rostro y la tierra de las manos. Cruzaron en
silencio el campo recién sembrado. El forastero admiraba la dedicación con la
que el campesino trabajaba.
Cuando llegaron a la cabaña de
techo de paja y paredes de barro resquebrajadas, Kolovrat se quitó las botas de
goma y las dejó junto a la puerta. El recién llegado tuvo que inclinarse para
poder entrar. Permaneció encorvado en medio de la habitación hasta que el
campesino le ofreció un banquito de tres patas. Era tan alto que, una vez
sentado, abrió las piernas y ocupó casi toda la estancia.
La cama estaba a la izquierda de la
puerta y el hogar, a la derecha. El resto del mobiliario consistía apenas en un
viejo arcón y una pequeña repisa con una vela y un icono. El recién llegado
contempló todo con auténtico deleite. Dio un sorbo al aguardiente que le
ofrecieron y, apenas el licor le bajó por la garganta, comenzó a toser mientras
el rostro se le enrojecía.
—¿Está bueno? —rio de buena gana
Kolovrat y le dio una palmada en el hombro al hombre alto.
La fuerza del golpe estuvo a punto
de derribarlo. Se atragantó y tomó otro sorbo. Su rostro se iluminó como el de
un niño al recibir un regalo inesperado.
—B-bueno —dijo, marcando
exageradamente las consonantes, como si hubiera aprendido el idioma hacía muy
poco.
El campesino dio unas palmadas
sobre sus rodillas, satisfecho, y compartió con el huésped su modesto almuerzo.
Después de comer hasta quedar satisfechos, se levantaron y fueron al sótano
donde guardaban las semillas para la siembra.
—Aquí están —dijo Kolovrat mientras
abría la pesada puerta de dos hojas—. Puede llevarse todas las que quiera.
El recién llegado se balanceaba con
cierta inseguridad sobre las piernas y, sin embargo, mantenía un control
absoluto de sus movimientos.
—T-tomaré tres de c-cada una. ¿Está
b-bien? —preguntó humildemente.
El campesino soltó una sonora
carcajada, tomó un puñado de cada saco y se los entregó al forastero. Este los
guardó cuidadosamente, cada variedad en una bolsa distinta, las etiquetó y
estrechó la mano de Kolovrat con evidente alegría.
—¡Que viva con gloria! —dijo
entusiasmado mientras se dirigían hacia la salida.
El campesino restó importancia al
agradecimiento con un gesto de la mano.
—No es nada. Si tuviera más,
también se las daría, pero estas son todas las que pensaba sembrar el año que
viene. Puede visitar a mi vecino; él cultivará otros productos.
Los ojos del recién llegado se
abrieron de felicidad.
—Ojalá todos mis c-colegas tuvieran
tanta s-suerte como yo —murmuró en voz baja.
—¿Hay más como usted? —preguntó
Kolovrat con sorpresa. Pero enseguida continuó hablando para no incomodar al
forastero con preguntas innecesarias—. Ni siquiera tiene que volar hasta allí
en ese aparato suyo —añadió, señalando la nave espacial estacionada en medio
del prado—. Llegará más rápido si cruza el campo caminando.
El recién llegado asintió
complacido, saludó con la mano a su anfitrión y emprendió el camino hacia la
casa del vecino.
Tamara
Lujak, nacida en 1976 en Belgrado, Serbia, escribe cuentos, aforismos,
epigramas, haikus, cómics de haikus, obras literarias, etc. Es escritora,
periodista, colaboradora y editora de diversas revistas. Su obra ha sido
publicada en revistas y antologías, y traducida al inglés, polaco, húngaro, español,
alemán, francés y birmano. Entre sus libros publicados se cuentan Vilina
planina, 2006; Rečnik straha, 2014; Kako se plaše deca, 2015;
Rečnik slovenske mitologije, 2021 y Rečnik srpskih mitoloških bića,
2021.
