Gianluca Vici Torrigiani
—Sí.
—Bien. ¿Cómo se siente?
Hubo un instante de silencio. Su
mirada permanecía perdida en un punto indefinido frente a él.
—No sabría decirlo. Creo que todo
funciona. En fin, supongo que así es como debería sentirme.
—Bien. ¿Podría decirme cuál es el
primer recuerdo que tiene? Le ha llevado casi cuatro días tomar conciencia de
sí mismo, si es que esa expresión puede aplicarse a alguien como usted.
—Luces confusas. Y colores. Luego,
unas voces. Pero al principio no conseguía entender lo que decían.
—Interesante. Dígame, ¿sabe quién
es? ¿Conoce su nombre?
Vaciló unos instantes más.
—Me parece... ¡Sí! Me parece que me
llamo Sujeto 21.
—Sí, en cierto sentido ese es su
nombre. O, mejor dicho, es el nombre de las matrices de personalidad que le han
sido implantadas. Han tardado un poco más de lo previsto en activarse, pero eso
ya no importa. Ahora está aquí y, si se siente con ánimo, querríamos hacerle
algunas preguntas y someterlo a unas pruebas. Siempre que esté de acuerdo.
—Sí, ningún problema.
—Muy bien.
Tomó una cartulina con una mancha
de tinta.
—¿Qué ve?
—Mmm... Parece... Mmm... ¿Una
mariposa? O, al menos, un par de alas.
Gil y Kane, los dos investigadores
que se encontraban detrás de la consola de control, intercambiaron una mirada
de asombro.
—Interesante —continuó el profesor
Ethan—. ¿Y ahora qué ve?
Le mostró otra lámina con una
mancha distinta.
—Dos rostros de perfil.
—Bien. Continuemos. ¿Y ahora?
—Un ángel.
—¿Cómo?
Por un instante, el profesor Ethan
perdió su compostura académica, mientras Gil y Kane volvían a cruzar una mirada
entre sorprendida y desconcertada.
—Disculpe —prosiguió el profesor,
recuperando la serenidad—. ¿Qué ha dicho que ve?
—Un ángel.
—¿Sabe usted qué es un ángel?
—Supongo que sí. O, mejor dicho,
creo saberlo. También ellos son hijos de Dios.
—¿Dios? —exclamó Gil desde la
consola.
—¡Silencio! —lo cortó secamente el
profesor.
—Interesante. Dígame, ¿qué o quién
es Dios?
—Supongo que es el creador de todas
las cosas.
—¿Y qué habría creado exactamente?
—Imagino que todo. A nosotros, por
ejemplo. A usted y a mí.
—¿Así que cree que fue Dios quien
lo creó? Y si yo le dijera que usted es una creación nuestra, ¿eso me
convertiría en Dios?
—No, no lo creo.
—¿Y por qué no?
El Sujeto 21 permaneció en
silencio.
Gil y Kane estaban visiblemente
alterados, mientras el profesor aguardaba sin apartar la vista del ser sujeto
al sillón frente a él.
—Creo —respondió al fin el Sujeto
21— que los complejos procesos naturales que condujeron a nuestra evolución
están más allá del alcance de los individuos.
—Entonces, ¿es consciente de que es
el producto de un proceso, digamos, natural? Aunque haya sido reproducido en un
laboratorio.
—Por supuesto.
—Disculpe, si sabe eso, ¿en qué
sentido Dios sería entonces el creador?
De nuevo guardó silencio, como si
determinadas preguntas lo obligaran a elaborar los conceptos adquiridos antes
de responder.
—No lo sé. Imagino que es una
cuestión de fe.
—¡¿QUÉ?! —estalló Gil, atónito.
—¡Les he dicho que se callen o los
echo de aquí!
—Perdón, profesor.
—¡Y tú cállate de una vez! —susurró
Kane.
—¿Cómo puede saber qué es la fe?
—preguntó Gil en voz baja.
—No lo sé. No lo entiendo. Pero
ahora guarda silencio.
—La fe... —prosiguió el profesor—.
¿Qué sabe acerca de la fe?
—Es la capacidad de las mentes
conscientes para creer en conceptos que trascienden la comprensión obtenida
mediante la observación directa de los procesos naturales.
—Claro... —murmuró el profesor
Ethan, serio y pensativo.
Permaneció unos segundos
reflexionando antes de hacer la siguiente pregunta.
—Y puesto que usted tiene fe, ¿se
ha preguntado alguna vez por qué está aquí?
—Sí.
—¿Y?
—No lo sé. Imagino que existe un
propósito. O, al menos, eso creo.
—Interesante...
Un par de horas más
tarde, Kane contemplaba la ciudad a través de los ventanales del ascensor
exterior. Su mente estaba llena de preguntas. Confusa, como nunca antes lo
había estado.
El silbido de las puertas al
cerrarse se interrumpió de pronto.
Era Gil, que había conseguido
entrar justo antes de que se cerraran.
—Gil.
—Aquí estoy. Se fue.
—¿También este?
—Sí. Un desastre repugnante. La
estructura molecular volvió a colapsar. Había fluidos y material gelatinoso por
todas partes. El profesor estaba especialmente contrariado. Aunque, la verdad,
es la primera vez que lo veo... ¿cómo decirlo?... desconcertado.
—Me pregunto si esto es correcto.
—¿Lo dices por una cuestión ética?
—¿No deberíamos hacerlo? Lo has
visto. Era un ser consciente. Poco importa que la matriz de personalidad fuera
artificial. Pensaba. Era consciente de sí mismo. ¿Y viste lo de las manchas de
tinta? Dios, Gil... ¡Manifestó fe en Dios! ¿Cómo es posible? ¿Cómo pudo
concebir un concepto abstracto como Dios?
—Sí. Solo eran manchas de tinta, y
mira todo lo que fue capaz de proyectar sobre ellas.
—No son como nos habían contado.
Todos creen que eran criaturas despiadadas y frías, calculadoras, dedicadas
únicamente a la guerra y la destrucción. Y, sin embargo... Sin embargo...
Kane guardó silencio.
—Tal vez tengas razón. Quizá hemos
ido demasiado lejos. Lo cierto es que ahora tenemos más dudas que antes.
Permanecieron unos segundos en
silencio mientras el ascensor descendía lentamente.
—Escucha, hagamos una cosa.
Acompáñame al South Mart. Quiero actualizar el firmware.
—¿La versión 387.46b?
—No. Ya vamos por la 387.48. He
leído que incorpora funciones muy interesantes.
—De acuerdo, te acompaño con gusto.
De paso aprovecharé para iniciar un ciclo de mantenimiento ordinario.
—¿Por qué?
—Con la llegada del invierno
empiezo a notar unos ligeros chirridos en las articulaciones de los pistones de
las piernas y del brazo derecho.
—Sí... Todos envejecemos.
—Sí...
Permanecieron un instante
contemplando la ciudad que se extendía bajo ellos.
—Aunque... qué idea tan extraña la
de querer recrear a un ser humano.
Gianluca Vici Torrigiani nació en
Roma, Italia, el 19 de abril de 1979. Escritor, guionista y divulgador,
desarrolla una obra centrada principalmente en la ciencia ficción, el weird
y la exploración de mundos posibles. Es autor de la novela de ciencia ficción Las
sombras de Titán y creador del personaje de Nibani, protagonista del relato
homónimo que obtuvo el XXVI Trofeo RiLL en 2020. Publicado inicialmente en la
antología Oggetti smarriti y posteriormente reeditado en Oltre il
reale (Delos Digital), Nibani está siendo adaptado actualmente a una
miniserie de historietas por la editorial Garage11. Ha colaborado con numerosas
editoriales y publicaciones especializadas, entre ellas Menhir Edizioni, Tabula
Fati, Bertoni Editore, Delos Digital, Acheron Books y Comicus.it, donde también
ejerce como redactor y crítico. Como guionista ha escrito diversas series y
adaptaciones para el mundo del cómic, entre ellas Darwin Awards, Colui
che sta nell’ombra, La lettera U, La leggenda dei sette cadaveri
y La storia del Golem di Benevento. También participa en proyectos de
divulgación científica y cultural. Es creador y conductor, junto con Toni
Viceconti, de la sección Fanta History, realizada en colaboración con la
Asociación Cultural de Estudios sobre Egipto y Sudán (ACSES), y conduce el
programa radial La tisana spaziale con Sam Vega en Radio RedOnAir. Apasionado
por la ciencia ficción y la literatura fantástica, concibe la escritura como
una forma de explorar los territorios aún desconocidos de la imaginación
humana.
