martes, 1 de septiembre de 2026

FUGA SIN FINAL

Sergio Gaut vel Hartman

 

Sufro la soledad, pero no conozco un remedio que la cure. Vagaba por las calles de Almatý desafiando el crudo diciembre kazajo, sin mejores opciones que pasar la Navidad en mi habitación del hotel Kazakhtan, en absoluta soledad, cuando la casualidad, suponiendo que tal cosa exista, me ubicó en el camino de Pedro Rivero, jefe de recursos humanos de la empresa de cosméticos en la que trabajé hasta 2012. Ese mismo sujeto que ahora me abrazaba efusivo, tan lejos de casa, me había dado la noticia de que estaba despedido.

—¡Increíble! Coincidir en Kazajistán —dijo Pedro.

—Sí, una gran coincidencia —respondí mordiendo las palabras.

—¿Con quiénes va a pasar la Navidad?

—Con unos amigos peruanos —mentí—. Estoy con ellos para gestionar la venta de un reactor nuclear. —Seguí mintiendo; soy un especialista en la materia.

—¡Pero no, mi amigo! —refutó Pedro sujetando mis brazos con unas manos que parecían tenazas. Olvidé consignar que Pedro es lo más parecido a un luchador de sumo que pueda imaginarse. Con ciento sesenta kilos y la prepotencia de un camión Belaz, podría aplastar un automóvil pequeño de un puñetazo—. Pasará la fiesta con compatriotas. ¿Peruanos? —Hizo un gesto de asco que me molestó enormemente; tengo varios buenos amigos peruanos. Pero no era fácil zafar del apretón de Pedro. Podría decir que me arrastró hasta su casa entre muestras de simpatía y la promesa de un festín pantagruélico. ¿Qué decir? ¿Qué argumentar? ¿Explicarle las razones de mi presencia en Almatý? ¿Manifestar que hacía una semana que perseguía a Irina Makarova, mi esposa durante los últimos siete años, en busca de una reconciliación imposible? Todo lo que había logrado era morirme de frío. El dinero no era problema: podía seguir indefinidamente en Kazajistán pero, ¿para qué?

Pedro me metió en un Lada Granta rojo y recorrimos la Gornaya hasta la avenida Dostyk y nos detuvimos ante un edificio enorme.

—Aquí vivo —dijo Pedro señalando un edificio fastuoso. Ingresamos a la enorme recepción y tras ascender no menos de veinte plantas llegamos al piso donde vivía mi “amigo”. Casi de inmediato, una multitud de niños de tres a doce años se abalanzó sobre nosotros gritando en kazajo y ruso una serie de reclamos, demandas, exigencias y ruegos, que yo fui incapaz de comprender.

—Aunque no conozco ni una frase en el idioma de este país —argüí— presumo que estos niños claman por sus regalos navideños.

—Exacto —respondió Pedro, lacónico.

—¿Son todos suyos?

—¡No! Solo Vania, el varoncito ese, de cinco, y la de siete, Ludmila. —Observé a esos dos niños en particular y terminé aceptando que la propuesta de un tipo al que siempre odié, y al que solo me unía una forzada coexistencia en la misma empresa mientras vivíamos en Buenos Aires, no había sido tan descabellada.

Fui presentado a la multitud y no tardé en verme envuelto en una maraña de abrazos y apretones de manos. La familia de la esposa de mi anfitrión era numerosa y se componía de una docena de adultos y una prole acorde, invariablemente kazajos, que me hablaron con una desconcertante naturalidad, a la que yo replicaba con movimientos labiales que trataban de parecer sonrisas. Raisa, la esposa de Pedro, una mujer rubia, menuda, de enormes ojos azules, me abrazó con una dulzura que me desconcertó.

—Me prometió que pasaría la Navidad entre compatriotas —protesté cuando quedamos solos un momento.

—Lo somos —dijo Pedro—. Mis dos hijos nacieron en Buenos Aires, pero llegamos a Kazajistán cuando eran muy pequeños.

—¿Su esposa habla nuestro idioma?

—Tampoco. —Y tras esta tajante afirmación, Pedro me dio la espalda y se dedicó a los parientes y amigos presentes, dejándome solo y aislado.

Los niños eran todos muy simpáticos, y pude detectar que no se diferenciaban demasiado de los infantes de mi país. Pese a lo temprano de la hora ya habían sabido ingeniárselas para destrozar la mayor parte de los obsequios recibidos. Los observé sin el menor disimulo, aunque eso no pereció alterarlos. En particular despertó mi atención el comportamiento de Ludmila, la hija de Pedro. Era una niña de ojos y cabellos oscuros, como el padre, que no parecía interesada en jugar con los otros. Es probable que alguno de los mayores le hubiera pegado u ofendido, aunque más que agredida lucía molesta y angustiada. Cada tanto suspiraba de un modo que nunca vi en una pequeña de esa edad. Dejé de prestarle atención y me concentré en el aburrimiento que me producía permanecer en esa casa, rodeado de desconocidos. Volví a pensar en Irina y lamenté no haber resistido los embates de Pedro Rivero. Ahora estaría en el lobby del hotel Kazakhtan, conectado a Internet, chateando con mis amigos. Por hacer algo, me dediqué a recorrer las habitaciones, apreciando la decoración y el mobiliario. Rivero parecía haber pegado buena; tal vez seguía en el negocio de los cosméticos, en el que debía haber escalado posiciones gracias a zancadillas oportunamente aplicadas.

Lo cierto es que mi deambular me llevó hasta una habitación que tenía la puerta abierta. Sin recato observé que en el interior la pequeña Ludmila, tapada con una manta, parecía querer aislarse del mundo. Me acerqué con sumo cuidado, tratando de no asustarla, y aunque convencido de que no me respondería, le pregunté en castellano si estaba enojada. Para mi sorpresa, y tras retirar la manta y contemplarme unos segundos como si yo fuera un ser de otro planeta, respondió en mi idioma.

—No estoy enojada; estoy harta de la estupidez humana, de la hipocresía, de los lugares comunes, de los convencionalismos, aquí y en cualquier otra parte. —El comentario me desconcertó. Parecía provenir de un adulto, no de una pequeña de apenas siete años. Y eso sin contar con la cuestión del idioma, una incógnita que me propuse esclarecer de inmediato.

—Te expresaste muy bien en mi lengua; aquí todos hablan kazajo o ruso.

—Viví muchos años en tu país —respondió sin vacilar. ¿Qué podía significar “muchos años” para alguien como ella? Pedro dijo que habían llegado a Kazajistán cuando los niños eran muy pequeños.

—¿Cuántos, exactamente? —pregunté con un dejo de burla.

—Más de treinta. —Lo mencionó como al pasar, sin tomar en cuenta la incongruencia de tal información. Pero antes de que yo pudiera agregar nada, continuó—. Esta es mi novena vida; durante la séptima fui Alfonsina Storni, la poeta. Me suicidé en Mar del Plata el 25 de octubre de 1938.

El universo se dio vuelta como un guante. Jamás, en todo el tiempo que llevo en la Tierra aparentando ser un ser humano común y corriente, había conocido a otra criatura como yo, a otro condenado a un eterno renacer en otro cuerpo, conservando los recuerdos de la vida anterior con una perfección absoluta. Me estremecí ante la idea de que debería esperar por lo menos diez o doce años para entablar con ella una relación fructífera. Pero me tranquilicé de inmediato, ¿qué son diez o doce años para seres como nosotros?

Sergio Gaut vel Hartman, nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1947, es el creador y coordinador de MICROFICCIONES Y CUENTOS desde abril de 2024. Además de este, pueden leer otros 25 cuentos publicados anteriormente.


EL JUGUETERO

Volker Dornemann

 

¿Lo ves, amor mío? ¡Todo vuelve a estar bien! ¿No te dije que todo volvería a estar bien? ¡Deberías haber confiado en mí! Nos habríamos ahorrado mucho sufrimiento.

Pero... ¡ay!, quizá todo tenía que suceder así. Porque ¿acaso no estamos ahora incluso mejor que antes? Casi como cuando nos conocimos.

¡Qué grande, qué maravilloso fue nuestro amor durante aquellos primeros días! No te importaba que yo fuera apenas un humilde juguetero. No te importaba que tu padre se negara a bendecir nuestra unión. Tenías tus propias ideas y seguías a tu corazón, sin preocuparte por las consecuencias.

¡Me sentía tan orgulloso de ti, tan feliz! ¡Los dos lo éramos!

¿Cómo pudo desvanecerse aquella felicidad? ¿Cómo pudo nuestro amor convertirse en todo lo contrario?

Debería haber reconocido las señales. ¡Las reconocí demasiado tarde! Tu temperamento, tu fuerte voluntad, tu carácter indomable... todo eso lo admiraba en ti. ¡Admiraba que, desafiando todas las convenciones sociales, antepusieras nuestro amor a cualquier otra cosa!

Debería haber comprendido que ese carácter, ese temperamento, también podía ser destructivo. Que era necesario refrenarlo. Porque en el matrimonio una mujer debe obedecer a su marido, tal como Dios lo ha querido y dispuesto. Como ha sido desde tiempos inmemoriales y como siempre ha sido.

Sé que no puedo culparte únicamente a ti. Yo estaba cegado. Y no lo comprendí hasta que fue demasiado tarde.

¡Casi! ¡Gracias a Dios, solo casi! Porque ¡míranos ahora! Todo vuelve a estar en orden. ¡Y así seguirá, si el destino lo quiere, hasta el fin de nuestros días!

Nuestra última discusión estuvo a punto de separarnos. Querías abandonarme. No te importaba el estigma que pesa sobre una mujer divorciada. Como entonces frente a tu padre, también ahora tu obstinación era más fuerte que cualquier razonamiento.

Yo no quería hacerte daño. ¿Verdad que lo sabes, chérie? Pero yo también tengo cierto temperamento. ¡Un hombre tiene su orgullo! Tus palabras me habían herido profundamente. ¡Y al final hasta te reíste de mis sentimientos lastimados! Seguramente fue la histeria que afecta a las mujeres cuando sus humores se desequilibran.

¡Yo no quería golpearte! ¡No con tanta fuerza como para que perdieras el equilibrio y cayeras al suelo! ¡Tú lo sabes! No soy un mal hombre.

Fue un accidente que, al caer, tu cabeza golpeara de tan mala manera contra el borde de la cómoda. De eso no cabe ninguna duda. Y si hubieras muerto, cualquier juez lo habría considerado de la misma manera.

Pero tu herida no fue mortal, ¡gracias a Dios! Hoy sé que Él, en su sabiduría, dispuso que así fuera.

Solo tu mente se había marchado. Se había desvanecido hacia regiones del más allá. Y con ella, tu carácter rebelde. También desaparecieron las facultades más elementales que posee hasta un niño: el habla, los movimientos coordinados. En tu envoltura de carne no había quedado nada salvo el vacío.

Y comprendí: ¡esta era nuestra oportunidad!

Porque el vacío podía volver a llenarse. Y esta vez únicamente con cosas buenas, allí donde antes habitaban las malas. Con orden allí donde antes reinaba el caos.

Solo soy un juguetero, es cierto, ¡pero gozo de gran prestigio entre los de mi oficio! No me limito a crear sencillas figuras talladas o muñecas inanimadas. ¡Oh, no! Conozco y utilizo las leyes de la mecánica, poseo los conocimientos y la destreza de la relojería. ¡Creo maravillas mecánicas dotadas de vida!

También esto contribuye a nuestra buena fortuna: vivimos en una época de grandes descubrimientos e invenciones. Con la fuerza del vapor impulsamos colosos de acero a través de los mares; con montgolfieras y dirigibles vencemos la gravedad de la Tierra, que nos mantuvo encadenados durante milenios. Medimos el tiempo con precisión mediante engranajes y resortes metálicos.

Engranajes y resortes. Y una llave para dar cuerda al mecanismo y poner en movimiento unos miembros inertes.

Tus movimientos ya no poseen la gracia con que antaño parecías flotar sobre el suelo cuando bailabas. Todavía no. Tendré que introducir algunas mejoras.

Confía en mí: ¡el progreso no se detiene!

Echo un poco de menos las conversaciones que manteníamos cuando nuestro amor todavía era joven. Las palabras tiernas que susurrabas a mi oído. Sin embargo, no extraño los crueles insultos que terminaste lanzándome.

Ahora se me ocurre algo...

¿Recuerdas el grafófono que compré para nosotros, para conservar eternamente nuestros juramentos de amor, inmortalizándolos en cera? Tú me convenciste de comprarlo, aunque aquel pequeño aparato era caro y consumió buena parte de nuestros ahorros. Fue una idea maravillosa, aunque ni tú ni yo podíamos saber entonces hasta qué punto aquel cilindro llegaría a sernos útil algún día.

¡Ahora será tu voz! ¡Y tus dulces palabras hablarán únicamente de amor!

¡Ah, qué hombre tan feliz soy! ¡Qué pareja tan feliz seremos! ¡No más discusiones, no más contratiempos! ¡Nunca más!

Quizá solo falte una cosa para que nuestra felicidad sea completa. ¡Para que no seamos únicamente una pareja feliz, sino una familia feliz!

¿Conoces la historia de la marioneta de madera que deseaba convertirse en un niño de verdad?


Volker Dornemann reside en Bochum, Alemania, y trabaja como autor independiente de ciencia ficción, terror y otros géneros fantásticos. Publica sus relatos en diversas revistas como c't, Space, Spektrum der Wissenschaft, Phantastisch, Exodus y Weltenportal, así como en antologías y en sus propios libros. Hasta la fecha, ha publicado siete colecciones de relatos, tres de las cuales contienen 200 microrrelatos cada una (con un máximo de 500 palabras por relato). Otras dos se encuentran actualmente en preparación.

ALICE

Alex S. Johnson

 

Hay cierto ritual, cierta manera de ser ella que a la vez la revela y la oculta. Siente que se le corta la respiración, como si alguien le hubiera pisado el empeine. Se siente vulnerable, pero no tiene miedo porque los tranquilizantes le calman la mente, la envuelven en un baño de algodón, la apaciguan y reconfortan.

Y entonces entra en la sala y sabe que el mar atmosférico está llegando, porque vio los informes de las noticias y no dejaba de esperar que dijeran algo sobre Tony. Pero Tony estaba... Tony se había ido, así, sin más, como si nunca hubiera existido.

Era cierto que él y ella nunca habían sido muy cercanos, salvo durante aquel verano, pero descubrieron que compartían el amor por De Kooning. Algo en la serie «Woman» conmovía a ambos, la manera en que los pasteles estaban embadurnados, el rostro de la mujer contorsionado detrás de otra capa de máscaras sobre máscaras.

Encontraron claridad detrás de la pared de copas de vino a través de la cual se espiaban aquella noche tan tranquila y, al día siguiente, como un preludio, él se había ido, un preludio musical.

Ella pensaba que debían de haber sido primos. Pensaba que debían de haberse conocido en el pasado, quizá en otra vida. Pensaba que en aquella otra vida él había sido Alice y ella Tony. Pensaba muchas estupideces.

Había llegado el momento, el momento de adornarse con la máscara. Por supuesto que se había preparado, se había preparado detrás de la máscara que le presentaban los espejos, pero siempre había algo sutilmente equivocado, quizá alienígena, en la base de maquillaje, que hacía que el colorete y todo lo demás, todo lo demás, resbalaran sobre su rostro, cayeran y tropezaran, tropezaran y cayeran.

Se sentía mareada. Metió la mano en el bolso y aferró el frasco. Era un frasco verde de medicamentos recetados y había tironeado y arrancado la etiqueta con las uñas, que estaban ligeramente descascaradas y quebradas y, oh, ¿por qué no iba a una manicura, por qué no se las cortaba? Algo se había desplazado, algo había resbalado, y sentía inestables los tacones bajo los pies y el vestido de cóctel debía de estar puesto al revés, porque las miradas y las sonrisas astutas que percibía por el rabillo del ojo le mostraban, le decían, le revelaban que Tony ya no estaba en el aire.

El mar atmosférico también había aparecido aquel día y se lo había llevado en forma atómica, partes de él arrastradas, partes de él demoradas, del mismo modo que ella se preguntaba si los viajes en avión no dejaban varadas versiones nuestras de líneas temporales alternativas en diversos puntos de intersección... quizá una Alice más ingeniosa, menos frágil, más mundana estuviera sentada en un café de París o Ámsterdam y ¿seguirían existiendo los cafés de hachís? Siempre se lo había preguntado, había experimentado un poco en la universidad, pero ahora que era adulta, que estaba ahí afuera por su cuenta, aquello le parecía algo superficial y fuera de su alcance. No comprendía nada, no veía nada y no parecía aprender nada sobre sí misma. Pensó en empezar de nuevo, regresar a casa y conseguir un trabajo en la zona. Cualquier cosa. Ser práctica. Ahorrar algo de dinero. Pero había insistido en marcharse y seguir adelante en la Gran Ciudad, y ahora subalquilaba un lugar que sabía que no podría pagar.

Aunque tampoco estaba bien regresar a Poughkeepsie con el rabo entre las piernas. ¿Qué iba a hacer, quedarse en el sótano viendo dibujos animados los sábados por la mañana y comiendo cereales de chocolate como durante su adolescencia suburbana?

Tony estaba sentado dentro del enjambre atmosférico. Ella vio su sombrero revolotear a través de los ojos de su médula y después él estaba sobre la mesa y luego ya no podía verlo con claridad, estelas de vapor azul bailando en los bordes de su visión. Y después se había ido, ido, ido, por el sendero blanco del conejo, ido.

Se había puesto el vestido de fiesta aunque en realidad no era esa clase de fiesta, si entienden a qué me refiero, y podía sentir los ojos sobre ella, el juicio; ellos sabían que ella no encajaba allí y pronto tendría que empezar a inventar excusas o sencillamente marcharse, de manera abrupta, y si en realidad nunca la habían querido allí, sin duda todos exhalarían un suspiro de puro alivio: oh, miren, esa ya se fue, todo en ella estaba mal, no era ingeniosa, no era la adecuada, era aburrida con su vestido de cóctel... una flor de pared vestida para emerger por las grietas pero cayendo cada vez más y más hacia el interior de la estela de vapor, y Tony estaba allí, al final de la estela, con algo en la palma, algo apretado en la palma, y ella no quería verlo...

No quería ver el guion... su guion, despertar ahogándose con el lodo de pastillas que su cuerpo había asimilado increíblemente una y otra vez, aunque... Tony tenía el frasco de pastillas en la mano y se lo empujaba delante de la cara: mira la dosis, querida, mira aquí, ahora ya es demasiado tarde...

El río atmosférico corría a través de su médula y el dolor se abría paso a martillazos por su garganta, pero no encontraba una salida, no encontraba por dónde escapar, y entonces ella quedó sola entre los brazos del vapor azul.

Apodado "el Baudelaire de nuestro tiempo" por el padrino del cyberpunk John Shirley (guionista principal de la película de culto de terror El Cuervo), Alex S. Johnson es autor de numerosas obras de ficción, ensayos y poesía, y su obra se encuentra archivada en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, que también alberga los Primeros Folios de William Shakespeare. Entre sus colaboradores se encuentran Sandy DeLuca, Jarboe, Pickles, Tricia Warden, Nicole H. Sixx, Juliet Cook, Michael A. Koby y Pat Cadigan. Ha sido entrevistado por R.U. Sirius, cofundador de la revista Mondo 2000, y por John Maggiore del programa de YouTube Maggiore on Bowie. Johnson vive en Carmichael, California, con su familia.

 

 

FUGA SIN FINAL