Virginia Caramés
Que se te vaya el cuerpo me decía, hay que acompañar con el
cuerpo. Es el cuerpo.
El cuerpo.
Ya chispeaba y yo ahí parada, en Diagonal Norte, mirando los
personajes de piedra Mar del Plata. Me iba a mojar. Se me iba a mojar el
cuerpo... el cuerpo.
Entra Ismene, o sea yo.
Ismene.
Ismene en el cuerpo mío.
Repaso mentalmente mi parlamento mientras miro los seres de
piedra Mar del Plata. Debo dejar que se me vaya el cuerpo.
El ensayo terminó antes por el llamado telefónico. Juntamos
papeles y abrigos y nos dispersamos luego de un saludo rápido.
Ahora chispeaba y a mí no se me iba el cuerpo, me estaba
mojando.
Creonte se fue a tomar el subte, Hemón se iba para el lado de
Corrientes a retirar unas entradas que le habían dejado de cortesía a su nombre
en la boletería del Astral. Eurídice no había ido al ensayo y Antígona, la que
sí ponía el cuerpo, ella, la que se entregaba blandamente a las palabras, a
ella no se la veía por allí. Qué diferencia con los personajes de piedra Mar
del Plata de Fioravanti: duros, erguidos, firmes diría. Esos personajes no se
comunicaban con el cuerpo como Antígona, la que sí sabía hacerlo.
Antígona se había demorado mientras los demás salíamos, yo
caminé unos metros hasta Diagonal y ahí estoy, tiesa, mojándome lentamente como
se están mojando el expresidente de piedra Mar del Plata y los otros. Los otros
miran para otras calles, para Florida por ejemplo, pero para mi lado y por
encima de mi cabeza, el que mira es Sáenz Peña que está rígido y se moja.
Cuando tuvimos la primera reunión en la que nos comunicaron la
propuesta, la protodirectora dijo: vamos a hacer una tragedia.
Antígona, pensé.
Antígona, dijo.
—¿Antígona?
—Antígona.
Hay algo con el cuerpo, algo que no dejo de sujetar.
— ¡Que se te vaya el cuerpo!
Y yo intento..., hay que dominarlo a la vez que hay que dejarlo
ir. Y esa cara de decepción de la directora...
Es odiosa.
Vamos, dice en un tono demasiado enfático. Vamos, que se te vaya
el cuerpo.
¿Cree que no lo intento?
Veo caer la lluvia y de pronto evoco algo de mi niñez. Voy de la
mano de mi padre, ahí mismo, en Diagonal.
"Ahora vas a ver", decía mientras nos acercábamos por
Carlos Pellegrini.
En mis recuerdos el espectáculo empezó no bien
llegamos pero debía estar ya sucediendo. Era diciembre ya entrado y último día
laboral antes de las fiestas, calor, y de pronto la nieve. Una nieve de papeles
que lanzaban manos anónimas desde las ventanas, desde todas las ventanas,
diría, y la calle iba poniéndose blanca. Pasaron varios años hasta que conocí
la nieve de nieve, la de verdad.
Ahora solo quedaba el ensayo de la escena final: Antígona
condenada a muerte, Creonte que no pudo con ella y yo con mi cuerpo a cuestas.
"Que se te vaya el cuerpo" era el eco que se repetía
en mi cabeza.
La mujer con el niño que hizo Fioravanti por detrás de Sáenz
Peña desde donde yo la veo, es tan piedramardelplata como los demás, yo la miro
bajo la llovizna y pienso: ¡Mujer, que se te vaya el cuerpo! ¿En qué idioma, si
no, me estás diciendo qué?
Mi Ismene es piedra Mar del Plata.
No dejo al cuerpo ir hacia la sumisa.
Donde caían papeles, cae la llovizna y yo sin pensarlo arranco a
caminar. Cuando entiendo que Ismene es solo el artilugio de Sófocles para hacer
el contrapunto, ya estoy cruzando Florida.
