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lunes, 2 de marzo de 2026

EL LABERINTO ESTRECHO

Cristian Carstoiu

 

Se dice que, cuando morimos, nuestras almas viajan hacia el Laberinto Estrecho, donde se decide su destino eterno. Suena a fábula, destinada a mantenernos en el camino recto, pero el hombre con ropas andrajosas que caminaba a mi lado por el bazar abarrotado de Baia de Oțel juraba que era cierto.

—El Hostigador, él es quien arrebaña las almas —me dijo con voz temblorosa—. Te azotará con relámpagos hasta que corras tan rápido que tus pies apenas toquen el suelo.

El hombre, que se había negado a decirme su nombre, me desgranaba la historia de su vida. De algún modo había logrado escapar del ojo vigilante del Hostigador, para luego huir del Laberinto. Al principio había parecido una conversación más, pero poco a poco se convirtió en una súplica por su propia vida. Al final volvió a su tema favorito, el Hostigador.

—Tiene un gran libro con todos los nombres de los muertos —dijo—. No sé si el mío sigue allí después de que escapé, pero de cualquier forma estoy huyendo. No quiero que note que mi nombre falta y venga a buscarme.

Inesperadamente, el aire se cargó de electricidad estática. A pesar del cielo despejado, se vio un relámpago. Y, de pronto, el hombre desapareció de mi lado.

Así comenzó todo.

El bazar de Baia de Oțel nunca duerme por completo. Incluso al amanecer, cuando el sol asoma detrás de las torres altas y el aire huele a ozono, el mercado palpita de vida. La gente viene aquí a intercambiar todo aquello que no puede comprarse en ningún otro lugar: relojes de arena cuya contenido fluye hacia atrás, reliquias que susurran himnos cuando las sostienes en la palma, jaulas de vidrio que contienen relámpagos cautivos. La ciudad misma es una paradoja, construida tanto sobre circuitos como sobre superstición. Los sacerdotes llevan máscaras de cromo, los mendigos adivinan el futuro en códigos, y los callejones vibran con plegarias disfrazadas de transmisiones.

Yo estaba allí solo para deambular. Mi ocupación, si puede llamarse así, es recolectar historias. Escribo los mitos olvidados de la ciudad, los rumores que se aferran a las torres como hiedra salvaje. Pero nunca había oído una como la de aquel hombre.

Se me había acercado mientras yo observaba el contenido de un puesto de insectos metálicos que tic-tacaban como relojes. La voz del sujeto crujió como papel arrugado.

—Eres de los que escriben historias, ¿verdad? —me preguntó, con los ojos clavados en la pluma que llevaba sujeta a la muñeca.

—Escribo, es cierto —respondí—. Pero no sobre fantasmas, por lo general.

Sonrió, mostrando los dientes torcidos.

—¿Fantasmas? No, no. Soy carne. Al menos eso creo.

Entonces comenzó a hablarme del Laberinto.

Al principio pensé que estaba borracho o aquejado por alguna fiebre. Sus ropas eran jirones remendados con fibras que brillaban tenuemente, como si estuvieran vivas. Tenía la piel pálida, como solo la he visto en quienes han permanecido demasiado tiempo en los niveles inferiores, donde no penetra el sol. Sin embargo, cuando hablaba, había en su voz una convicción cruda y temblorosa, pero indudablemente auténtica.

—El Laberinto no es como dicen los predicadores —susurró, acercándose hasta casi rozarme el oído—. Dicen que es solo una prueba, un lugar donde el alma se demuestra a sí misma. Pero no es un sitio de juicio, es solo un lugar de clasificación. El Hostigador no mira si eres bueno o malo. Solo quiere que avances, que los corredores no se obstruyan. —Rio entonces, sin alegría—. Lo he visto, ¿sabes? He visto el látigo en su mano. Luz que corta. Empuja a los lentos hasta que arden.

—Entonces, ¿cómo escapaste? —le pregunté.

Sus ojos se movían de izquierda a derecha. El bazar estaba lleno de gente: comerciantes, peregrinos, mercenarios. Sin embargo, nadie parecía notarlo. Pasaban junto a nosotros como si fuéramos niebla.

—No fue por mérito mío —dijo—. El Laberinto se agrietó por un instante, creo que la tormenta lo partió. Tal vez el Hostigador parpadeó. Tal vez la corriente falló. Solo sé que corrí, y el Laberinto se derrumbó detrás de mí como si nunca hubiera existido.

Se frotó las muñecas como si aún sintiera el peso de cadenas invisibles.

—Desperté en los subterráneos inferiores, junto a las tuberías. Nadie me vio salir. Habrán pensado que era solo una rata de alcantarilla. Pero yo sé la verdad. No debería estar aquí.

El aire a nuestro alrededor vibraba levemente, y sentí cómo el vello de mis brazos se erizaba. Una carga eléctrica, como antes de una tormenta.

—Dices que el Hostigador tiene un libro —dije, forzando una calma que no me pertenecía—. ¿Qué hay escrito en él?

—Nombres —susurró—. Cada nombre que ha existido alguna vez. Probablemente también el tuyo. Los revisa cada amanecer, marca quién ha cruzado al otro lado. Si falta un nombre, sale a buscarlo. He visto lo que ocurre cuando encuentra a uno escondido. El Laberinto crea un nuevo corredor, y el mundo pierde a una persona. —Se detuvo y se humedeció los labios—. Por eso me muevo siempre. Nunca duermo en el mismo lugar. Y tú, no te mires demasiado en los espejos. No dejes que el relámpago te toque.

—¿Espejos? —pregunté, incrédulo.

—El Hostigador se mueve a través de los reflejos. La luz es su puerta. ¿Has visto alguna vez tu rostro temblar en el vidrio cuando no hay viento? Ese es el momento en el que él observa. —Su voz descendió hasta convertirse en un susurro apenas audible—. A veces no espera a que mueras como es debido. A veces simplemente…

Chasqueó los dedos y entre ellos apareció una chispa azulada, viva.

Reí sin ganas.

—¿Cuentas esta historia a menudo?

—Nunca dos veces —respondió—. Nunca a los mismos oídos.

El bullicio del bazar pareció desvanecerse, sustituido por un zumbido de baja frecuencia. Los insectos metálicos del puesto contiguo comenzaron a moverse al unísono, sus alas vibrando como si un viento invisible los rozara. Sentí un sabor metálico en la boca.

—Quizá deberías descansar —le dije—. Tienes mal aspecto.

Negó con violencia.

—No puedo. El descanso es el momento en que te atrapa. —Luego me tomó del brazo. Su mano estaba fría, anormalmente fría, como una moneda olvidada en la nieve. Sus ojos, antes apagados, ahora brillaban con reflejos de tormenta—. Me crees, ¿verdad?

Quise responder que sí, aunque fuera para tranquilizarlo, pero algo en mi garganta se negó a pronunciar la palabra.

—Creo que tú lo crees.

Rio de nuevo, más bajo.

—Es suficiente.

Un niño pasó corriendo junto a nosotros, persiguiendo un juguete flotante que se balanceaba como un globo de vidrio vivo. El juguete golpeó la pierna del hombre y se rompió sin emitir sonido alguno. El niño se detuvo, confundido. Su madre lo reprendió, tirando de su mano, pero noté lo extraño: ninguno de los dos parecía ver al hombre en absoluto.

Se volvió hacia mí, frunciendo el ceño.

—¿Ves? No pueden. No hasta que el Hostigador termine conmigo.

Quise preguntar más, pero el zumbido en el aire se intensificó. En algún lugar sobre nosotros, las antenas de las torres chisporroteaban con relámpagos débiles, aunque el cielo seguía despejado. El olor a ozono se hizo más fuerte. La voz del hombre casi se extinguió.

—Está cerca.

Giré la cabeza instintivamente, examinando la multitud. Pero solo veía comerciantes pregonando sus mercancías, telas relucientes y la pulsación lenta de las holo-lámparas.

—¿Quién está cerca? —pregunté.

No respondió. Comenzó a retroceder, con los ojos fijos en el oeste, donde el cielo sobre las torres de la ciudad se oscurecía con inusual rapidez. Las sombras se alargaron. Un silencio ominoso se extendió por el bazar, el tipo de silencio que hace que incluso el más incrédulo susurre una oración.

Entonces llegó el latigazo. Una sola línea de relámpago cegador cortó el aire, sin que la siguiera trueno alguno. Un olor agrio, como de caucho derretido y aire rancio, me llenó las fosas nasales.

Cuando mi vista se aclaró, el hombre había desaparecido.

Solo una leve marca de quemadura quedó en el suelo donde había estado, encorvada en los bordes como papel antiguo.

No podía dejarlo así. La historia debería haber terminado con la desaparición de un loco. Sin embargo, sus palabras se me habían adherido como hollín.

El Laberinto Estrecho. El Hostigador. El libro de los nombres.

Durante dos días vagué por los archivos en busca de alguna mención del Laberinto. No encontré nada. Ni en las escrituras de los sacerdotes de vidrio, ni en los códices prohibidos de las bibliotecas inferiores, ni en la red oscura donde los muertos intercambian recuerdos como monedas. Y, sin embargo, dondequiera que mirara, algo cambiaba. Los expedientes desaparecían de los estantes en el momento en que los tocaba. Las luces parpadeaban cuando susurraba el nombre del Hostigador. Una vez, un dron de mantenimiento se detuvo en el aire y me habló con una voz que no le pertenecía.

—Corre más rápido —dijo, con el tono de una radio interferida—. Está detrás.

Luego cayó, y su carcasa estalló en chispas inofensivas.

Aquella noche la lluvia regresó, pero parecía provenir no de las nubes, sino de las torres. Vapor condensado brotaba de los altos tubos de hormigón, brillando mientras caía, como si el cielo llorara luz. Toda la ciudad vibraba con una frecuencia profunda, de duelo.

Salí de nuevo a las calles, incapaz de descansar. Pensé que quizá el bazar me ofrecería respuestas, o tal vez solo quería ver un lugar vivo para convencerme de que aún existía cierta normalidad. Baia de Oțel es otro mundo por la noche. Los puestos están cerrados, las pasarelas apenas iluminadas, y en el aire persiste débilmente el olor de aceites aromáticos e incienso.

Algo me esperaba.

No puedo decir cómo lo supe. El aire mismo parecía contener la respiración. La sensación de electricidad estática regresó, más intensa, trepando por mi piel como escarcha. Los charcos a mis pies comenzaron a agitarse, aunque no soplaba viento alguno. Miré mi reflejo en uno de ellos: una figura temblorosa, coronada por un halo azul pálido apenas visible.

Entonces una voz habló, no con sonido, sino a través de la corriente que llenaba la calle. El aire olía a metal.

—Has escrito su nombre.

Me quedé paralizado.

—¿Quién eres? —logré balbucear.

—Has escrito su nombre y, al escribirlo, lo has recordado. Así se ensancha el Laberinto.

Una forma se delineó en la oscuridad. Más alto que un hombre, su cuerpo estaba hecho de una red de luz cambiante. En lugar de rostro tenía una superficie espejada en la que se reflejaba un corredor interminable de muros pálidos que se extendían hasta el infinito.

El Hostigador.

No huí. Una parte de mí, quizá la parte insensata que se llama a sí misma el narrador, quería verlo.

La mano de la figura se alzó. Entre sus dedos se enroscaba un filamento de relámpago, vivo y susurrante. No era un arma, pero sabía que podía aniquilarme.

—Te llevaste a alguien que debía pasar al otro lado —dije—. Solo tenía miedo. ¿Por qué me persigues ahora?

El rostro-espejo se inclinó, contemplando. La luz que lo componía se intensificó hasta mostrar formas en movimiento: personas corriendo en silencio por el Laberinto, en filas interminables.

—El miedo ralentiza la corriente —dijo la voz—. Y la demora trae degradación. El Laberinto debe fluir.

Tragué saliva.

—¿Y qué soy yo para ti?

—Has escuchado. —Se acercó. Los reflejos en su superficie se multiplicaron hasta que vi mi propia imagen entre los corredores—. Al narrarlo, entraste en el flujo. El Laberinto recuerda a los narradores.

Sentí algo retorcerse en mi pecho, como un hilo tensado alrededor del corazón. El zumbido de la ciudad creció hasta convertirse en un estruendo.

—No pertenezco allí —respondí—. Estoy vivo.

—Vivo… Una palabra para un trabajo inconcluso.

El látigo de luz cruzó el aire una vez, sin golpearme, solo trazando una línea en el suelo. El asfalto brilló rojo y blanco donde fue tocado y luego se enfrió, formando un patrón de corredores interconectados. La imagen del propio Laberinto.

—Camina —dijo.

—No quiero.

—Entonces correrás.

El mundo se estremeció como en una convulsión. Los relámpagos estallaban rítmicamente desde las torres, como si cosieran el cielo a la calle. El ruido no era trueno, sino voces: millones hablando a la vez, demasiadas y demasiado rápido para comprenderlas. Caí de rodillas, cubriéndome los oídos, pero el sonido estaba dentro de mí. A través del resplandor que atravesaba mis párpados cerrados vi innumerables figuras como el Hostigador, cada una reuniendo corrientes de luz en portales invisibles.

En medio de la tormenta, sonó una segunda voz, delgada y desesperada.

—¡No dejes que me lleve!

El hombre andrajoso estaba allí, cojeando en una calle lateral, con ojos de demente. Sus ropas humeaban y su cuerpo era semitransparente, como si solo una parte de él hubiera cruzado el umbral.

—¡Huye! —me gritó—. ¡No puede llevarnos a los dos si uno logra escapar!

El Hostigador se volvió hacia él. El látigo se alzó, vivo con fuego blanco.

No sé por qué me moví. Quizá por compasión, quizá por la necesidad de demostrar que aún poseía la capacidad de elegir. Lo tomé del brazo y tiré de él hacia mí. Por un instante su carne se sintió sólida, luego dejó de serlo. Mi mano atravesó humo. Sus ojos se encontraron con los míos, llenos de una tristeza más profunda que cualquier súplica.

—Demasiado lento —alcanzó a susurrar.

El látigo de luz descendió. Un destello efímero acompañado de un chasquido, y desapareció por completo. Ni siquiera quedó ceniza. Solo un tenue olor a plástico quemado y ozono.

Luego la tormenta se replegó como absorbida por el cielo y el silencio volvió.

—El flujo ha sido restablecido —dijo la voz.

Me observó durante largo tiempo, como si me pesara y midiera. Entonces el espejo de su rostro onduló, y en él vi cómo se pasaba una página de un libro inmenso, con pergamino negro como hollín y líneas de fuego blanco escribiendo nombres más rápido de lo que el ojo podía seguir.

Una línea se detuvo a la mitad. Mi nombre. Mitad escrito, mitad borrado.

—Tu lugar permanece incierto —dijo el Hostigador—. Continúa caminando, narrador. Cuando te detengas, el Laberinto te encontrará.

Y con eso se disolvió. La luz de su cuerpo se apagó como niebla dispersada por el sol.

No sé cuánto tiempo permanecí allí, en la calle vacía. Cuando me moví de nuevo, el amanecer ya cubría la ciudad con luz de oro y cobre. La ciudad parecía más luminosa y, al mismo tiempo, más frágil. La gente iba y venía con prisa, ignorando las marcas de quemadura que dibujaban patrones laberínticos a sus pies.

Regresé a casa en silencio. Al llegar al apartamento, encontré un trozo de papel bajo la puerta. Viejo, quemado en los bordes, con textura de hojas secas. En él, con letras de luz que se desvanecían mientras leía, estaba escrito mi nombre, mitad presente, mitad desaparecido.

Lo levanté hacia la ventana, a la luz. El papel comenzó a desmoronarse, convirtiéndose en un polvo fino que olía a ozono. Observé cómo dejaba en mi palma una marca apenas visible, en forma de laberinto.

Desde entonces intento escribir lo ocurrido. Pero cada vez que lo hago las palabras se desvanecen. Los dispositivos fallan. Las páginas se oscurecen. Sin embargo, la historia exige ser contada, porque así mantengo el movimiento.

Por la noche, cuando el cielo parpadea con relámpagos mudos, a veces distingo un reflejo que no me pertenece. Me observa, paciente, eléctrico, esperando que me detenga demasiado tiempo.

Quizá el hombre tenía razón cuando decía que el Hostigador guarda un libro con todos nuestros nombres y lo revisa cada amanecer. Quizá el Laberinto Estrecho no sea un lugar de muerte, sino de memoria, y nosotros, los que recordamos, seamos sus errantes.

No lo sé. Solo sé que esa vibración grave nunca abandonó mis huesos y que, cuando camino por el bazar, los espejos tiemblan a mi paso.

Si alguna vez encuentras un trozo de papel con tu nombre, medio quemado y aún tibio, no lo pienses. Arrúgalo, escóndelo, sigue caminando, porque en algún lugar, en el silencio entre el relámpago y el trueno, algo cuenta los pasos que das. Y cuando te detengas, el mundo hará lo mismo.

Cristian Carstoiu debutó en la literatura de ciencia ficción con una colección de cuentos titulado Noopali (2020), seguida de las novelas Discontinuum (2022), La extraña luz del eclipse (2023), El cielo de Sirio B (2024) y El hombre sin cara (2025). Cristian es médico y tuvo una exitosa carrera en el mundo editorial rumano antes de mudarse a Estados Unidos con su mujer y su hijo. Vive en Atlanta, Georgia, le encanta leer, especialmente ciencia ficción y thrillers, realizar actividades al aire libre (ciclismo y esquí), jugar a videojuegos con su hijo y tomar café espresso. 

 

miércoles, 21 de enero de 2026

EL AMO DE LA TORMENTA

Cristian Carstoiu

 

Mirando atrás en el tiempo, no creo que yo estuviera destinado a caminar junto a Kaelen Dain. Pocos lo habrían estado, de hecho. Cuando lo vi por primera vez, estaba solo al borde de las Dunas de Cristal, allí donde la luz se quiebra y el aire vibra de recuerdos. El viento llevaba susurros –de esos que llegan antes de las tormentas o de las revelaciones– y él los escuchaba como si hablaran en una lengua que era el único que recordaba.

Los adhari dicen que nació bajo un cielo silencioso, cuando ambas lunas se habían ocultado detrás de las montañas que rodeaban Zerathul. Algunos lo consideraban un hereje, pero, según otros, era el guardián de la llama olvidada. Yo lo he llamado de varias maneras en mis notas: errante, profeta, o incluso loco. De algún modo, ninguno de esos nombres es incorrecto.

Me enviaron a registrar su viaje, aunque nadie me dijo por qué. Tal vez creyeron que el acto de escribir lo anclaría a este mundo. O quizá esperaban que, cuando al fin se encontrara con los poderes invisibles que en otro tiempo quebraron a nuestro pueblo, quedara alguien para recordar lo que sucedió.

 

El sonido de la arena roja que cruje bajo mis botas se armoniza con los estallidos del cielo tormentoso sobre las llanuras desiertas de las alturas de Zerath. Cada paso se hunde en el polvo color cobre, que palpita débilmente bajo los relámpagos, como brasas avivadas en un hogar invisible. El aire huele a hierro y a lluvia lejana, aunque las tormentas casi nunca llegan al interior del continente.

A mi lado se arrastra un shoplâk de piel escamosa, marcada por el mismo tono rojo oxidado que la tierra. Sobre él va montado Kaelen Dain. Su estatura es baja para un adhari, más bien esbelto que imponente, pero hay una fuerza serena en la forma en que sostiene su bastón: un largo artefacto metálico que centellea como un relámpago cautivo, danzando sobre bobinas alineadas como cuentas.

Yo no soy más que el cronista, enviado por la Academia de Mar’Keth para documentar sus actos. Pasé años registrando las grandes potencias de esta era –los amos de las bestias de Yul, los sacerdotes de las brasas de Ghaal, los escultores de sueños de las Islas Despiertas–, pero nunca había visto a un hombre hablar con el propio cielo.

—Debo admitirlo —grito por encima del viento—, tu dominio de las tormentas no tiene igual.

—Mi pueblo ha estudiado el arte de la tormenta durante generaciones —dice, sin mirar atrás—. Cuando expulsaron a los adhari nómadas del desierto alto de sus tierras, solo las tormentas nos recibieron. Entendimos sus humores. Aprendimos sus voces.

La gente suele interesarse más por el clima cuando debe vivir en medio de sus caprichos. Un relámpago desgarra el horizonte, seguido de un viento tan violento que levanta un muro de arena. Me cubro el rostro, pero los granos se me clavan en la piel como agujas. Kaelen Dain no parpadea. La tormenta gira a su alrededor –literalmente a su alrededor– como si lo protegiera una esfera invisible.

—No fui yo quien hizo esto —dice, riendo—. A veces el tiempo puede ser juguetón. Pero no te preocupes. Si se hubiera enfurecido contigo, lo sabrías.

Otra ráfaga me abre la mochila y desparrama los papeles. El viento arranca mis notas sobre las Crónicas de las Regiones Exteriores y las hace rodar sobre las dunas. Maldigo y corro tras ellas, hundiendo las botas en la arena cambiante.

Kaelen Dain no espera. Detiene a la criatura, y su voz resuena a través de la tormenta.

—Yo buscaría refugio, cronista. Se acerca una tormenta.

Apenas alcanzo la sombra de una ruina cuando el vendaval estalla con toda su fuerza. El viento aúlla y el cielo se tiñe como sangre seca. Los relámpagos bailan sobre la llanura como serpientes vivas. La ruina antigua pudo haber sido una torre de vigilancia de un imperio olvidado, con la cima caída desde hacía siglos, y las piedras gastadas, medio enterradas en la arena roja.

Kaelen Dain se queda en la entrada, con el bastón de relámpagos clavado en el suelo. Su shoplâk estornuda y enrosca la cola como protección.

—Te mueves más lento que el trueno —dice.

—No estoy hecho para este terreno —replico mientras consigo esbozar una sonrisa forzada—. Pero espero que mi pluma se mueva lo bastante rápido como para compensarlo.

—Una pluma. Ja… El arma de la memoria.

Dentro, la ruina huele a polvo viejo y a ozono. Acampamos bajo un arco derrumbado. Kaelen Dain saca de su mochila un trozo de metal que parece parte de un mecanismo antiguo. Lo clava en la arena y, tras hacerlo girar, noto que empieza a vibrar. Pequeñas chispas saltan entre las crestas, formando un fuego azul tenue, sin humo.

—El fuego de la tormenta —dice, con un gesto breve—. Se alimenta del propio aire.

Tomo notas a toda prisa.

—¿Cómo… lo atrapas? ¿Cómo lo controlas?

Se encoge de hombros.

—No se atrapa el relámpago. Se lo invita. Se le da forma. Es un ser vivo, no un sirviente.

Un relámpago atraviesa el techo roto. Por un instante, veo su rostro iluminado: cicatrices profundas en la frente, sellos tatuados en las mejillas. Cada línea parece palpitar con suavidad.

—Mi padre intentó controlarlo —dice en voz baja—. Creía que la tormenta podía domarse. Pero la tormenta lo destruyó.

Afuera, el trueno retumba como un tambor gigantesco. Cuando el viento se calma, Kaelen Dain se arrodilla y susurra palabras en lengua adhari, quizás una oración, o una invocación secreta. La arena vibra débilmente bajo mis palmas.

—¿Qué haces? —pregunto.

Responde sin abrir los ojos.

—Escucho. La tormenta habla incluso cuando duerme. Recuerda a quienes la respetan.

Esa noche, acostado en la ruina, juraría que yo también la oigo: un susurro eléctrico y grave que se desliza entre las dunas como un suspiro.

 

Por la mañana, la tormenta se ha retirado y deja la llanura extrañamente silenciosa. Las dunas han cambiado: colinas enteras parecen haber sido desplazadas durante la noche. En algunos lugares, el relámpago ha fundido la arena en crestas oscuras y vítreas, brillantes como espejos.

Kaelen Dain vuelve a montar a su criatura.

—Estamos cerca —dice.

—¿Cerca de qué? —pregunto.

—De los Ojos de Zerath. El corazón de la tormenta.

Atravesamos cañones tallados por el viento. Las paredes muestran vetas de vidrio verde, liso como metal fundido. Comprendo que no fue el agua quien lo moldeó, sino el relámpago. Al mediodía cruzamos una cresta donde enormes costillas metálicas emergen de la arena. La tormenta ha enterrado a medias una ciudad antigua, y el silbido del viento entre las vigas huecas suena como un coro.

—¿Qué es este lugar? —pregunto.

—El Cementerio de las Máquinas —responde Kaelen Dain—. Hace mucho tiempo, los Antiguos intentaron construir una ciudad que absorbiera el cielo. Forjaron torres capaces de sorber el relámpago. Pero se volvieron codiciosos. La tormenta los derribó, y su ciudad quedó sepultada bajo las dunas.

Toca con reverencia una de las costillas de hierro.

—Se llamaba Voln-Rek, la Ciudad de Cristal y Trueno.

El aire vibra aquí con suavidad, como una carga eléctrica antes de una tormenta. Cada vello de mis brazos se eriza. Mi pluma tiembla cuando intento escribir.

Kaelen Dain se vuelve hacia mí.

—Ten cuidado dónde pisas. La arena recuerda la muerte.

A medida que avanzamos, veo restos de estatuas: una mano colosal aquí, un rostro medio enterrado allá. Todo está fundido, como atrapado en medio de la destrucción. El paisaje no parece embrujado por fantasmas, sino por energía: ecos de una inteligencia que creyó poder dominar el cielo. Y quizá, pienso, Kaelen Dain intenta lo mismo.

 

Al caer la tarde subimos una cresta y lo vemos: un cráter inmenso que brilla débilmente, emitiendo una luz azulada. Los relámpagos golpean sin cesar un pilar negro en el centro; las descargas son atraídas como polillas a la llama. La energía que ondula en el aire alrededor del cráter es casi palpable.

—Aquí está —dice Kaelen Dain—. La Espira de la Tormenta. Mis antepasados vinieron aquí a aprender. Se fueron quebrados y ciegos. Yo haré lo que ellos no pudieron.

Su voz es serena, pero sus ojos centellean entre el asombro y la locura.

Descendemos al cráter. La tierra vibra bajo nosotros, viva, con pulsaciones intensas. Kaelen Dain baja del shoplâk y clava su bastón. Saltan chispas entre él y la espira.

—La espira no es metal —dice—. Está viva. La tormenta la usa como corazón. Si puedo hablar con ella, quizá repararemos lo que se rompió entre el cielo y la tierra.

Comienza su cántico en adhariano, palabras que no entiendo, pero que hacen que el aire se espese. Un relámpago se desprende hacia él y golpea el bastón; otro, su pecho. El hombre se tambalea, pero no cae.

—¡Kaelen Dain! —grito—. ¡Vas a morir!

No responde. Los relámpagos se reúnen, girando en torno a él en una esfera de luz pura. Sus tatuajes arden en blanco. Su voz asciende hasta convertirse en un grito devorado por el trueno.

Y entonces, algo cambia. El relámpago deja de golpearlo. Gira a su alrededor, orbitándolo. Levanta el bastón y la tormenta se curva siguiendo su gesto. La propia espira empieza a resplandecer; aparecen líneas de escritura antigua a lo largo de su superficie. Me doy cuenta de que coinciden con los signos de la piel de Kaelen Dain.

El rugido del viento que aúlla me produce un dolor agudo en los oídos, que se hunde hasta el cerebro. El dolor se transforma en visiones que me inundan la mente: la ciudad de Voln-Rek viva, torres bebiendo energía de las nubes y calles brillando con pequeñas tormentas cautivas. Luego el cielo se oscurece, relámpagos blancos desgarran la negrura, las torres estallan, y sobre la ciudad llueve vidrio fundido. Los supervivientes huyen hacia las dunas. Son los nómadas adhari cargando fragmentos del antiguo oficio.

Y en el centro de todo, una figura –ni humana ni adhari– hecha de energía pura, observando en silencio. Cuando parpadeo, veo a Kaelen Dain allí donde estaba la criatura, con el bastón alzado, como un faro de llama blanca.

El relámpago se apacigua. El aire se vuelve pesado y quieto. Kaelen Dain baja el bastón, respirando con dificultad. El resplandor azul de la espira se atenúa hasta quedar reducido a un brillo tenue. Se vuelve hacia mí; sus ojos centellean débilmente, y su voz es más bien un murmullo que me vibra en el pecho.

—La tormenta no es mi enemiga —dice—. Es mi maestra. Lo recuerda todo: traición, compasión, equilibrio. Mi pueblo creyó que era ira. Pero solo era dolor. —Hace un gesto a su alrededor, y añade—: Este mundo estuvo, en otro tiempo, unido a los cielos. Los Antiguos rompieron ese vínculo. Yo lo he restaurado.

No comprendo del todo sus palabras. Tal vez nadie llegue a comprenderlas jamás. Pero las anoto, cada sílaba, cada gesto, con toda la precisión que me permite la mano temblorosa.

Luego alza el bastón de nuevo y lo suelta. El artefacto se eleva en el aire, girando lentamente. El relámpago se enrosca a su alrededor como una cinta.

—¿Volverás? —pregunto.

—La tormenta no se queda. Se mueve. Yo debo hacer lo mismo.

Sonríe apenas y, con eso, el suelo bajo sus pies empieza a brillar. Un torbellino de luz blanca azulada lo envuelve, y cuando se desvanece, él ya no está. Solo queda el bastón, flotando un instante y luego cayendo despacio en la arena, inerte.

Horas después, el viento se calma. Sobre las dunas vuelve a caer el silencio. Me encuentro solo al borde del cráter, mirando el bastón medio clavado en la arena. Vibra débilmente cuando lo toco. El aire sobre él chisporrotea con una electricidad inofensiva. Lo he registrado todo: el viaje, la tormenta, la ruina, la espira, sus últimas palabras. Dibujo runas, describo los patrones de luz, el sabor del ozono, el calor del relámpago casi suficiente para derretir mi capa. Cuando cierro el diario, me doy cuenta de que mis manos aún tiemblan. Kaelen Dain ha desaparecido… o quizá se convirtió en aquello que buscaba. Nunca intervengo en las cosas que registro. Esa es la primera regla del cronista. Sin embargo, cuando dejo el cráter y miro atrás, siento el peso de lo que he vivido.

 

El cielo sobre Zerath es diferente ahora. Las tormentas siguen llegando, pero ya no desgarran el desierto. Traen lluvia. Las dunas están más oscuras, húmedas. La vida reaparece, cautelosa, en la inmensidad.

Las tribus adhari que recorren estas llanuras hablan de él no como de un hombre, sino como de una presencia en el viento: el Amo de la Tormenta de Zerath, que camina con el trueno y lo guía hacia donde no hará daño.

Algunas historias no necesitan un final. Solo necesitan un testigo. Leo (¿por cuántas veces ya?) la última página, donde escribí:

«Mucho antes del exilio, cuando las estrellas aún cantaban a la humanidad, existió un pueblo que buscó enlazar la propia luz. Se llamaban Adharim, del antiguo vocablo Adhar, que significa “encender” o “lo que arde en lo invisible”. Pero la luz que encendieron se volvió demasiado poderosa. Sus ciudades brillaban como soles, y sus mentes alcanzaron lo que no debía ser alcanzado. Por esa osadía, las fuerzas antiguas los expulsaron más allá de las tierras conocidas, hacia las soledades silenciosas de Zerath, un reino donde la luz se quiebra y el recuerdo se escurre en la arena. Allí, bajo cielos que temblaban en auroras fragmentadas, los Adharim perduraron. Se despojaron de sus títulos y se volvieron simplemente Adhari: “los encendidos”, “los que aún arden”. Pasaron generaciones. Su exilio se convirtió en su juramento. Aprendieron a leer el pulso de Zerath, a extraer su poder no de las estrellas, sino de la vibración profunda del mundo. Se dice que cada adhari lleva en la sangre una chispa de la luz detenida: un brillo apenas visible en los ojos cuando pronuncian la lengua antigua, un susurro que mueve las arenas cuando sueñan. En las altas llanuras de Zerath, el cielo y la tierra volvieron a hablar. Un solo hombre escuchó lo suficiente para oír su voz verdadera. Y cuando lo hizo, se convirtió en su eco.»

Cristian Carstoiu debutó en la literatura de ciencia ficción con una colección de cuentos titulado Noopali (2020), seguida de las novelas Discontinuum (2022), La extraña luz del eclipse (2023), El cielo de Sirio B (2024) y El hombre sin cara (2025). Cristian es médico y tuvo una exitosa carrera en el mundo editorial rumano antes de mudarse a Estados Unidos con su mujer y su hijo. Vive en Atlanta, Georgia, le encanta leer, especialmente ciencia ficción y thrillers, realizar actividades al aire libre (ciclismo y esquí), jugar a videojuegos con su hijo y tomar café espresso. 

 

viernes, 5 de diciembre de 2025

EL ANCIANO JUNTO AL FUEGO

Cristian Carstoiu

 

Lo encontré al amanecer, acurrucado junto a un fuego que apenas titilaba, tratando de hacer hervir una tetera desvencijada. Parecía cualquier viejo vagabundo: frágil, envuelto en pieles raídas, los labios agrietados por el viento, las manos manchadas del color de la tinta vieja. Su caballo, un semental ceniciento, flaco y con los ojos demasiado brillantes, sacudía la cabeza con nerviosismo y golpeaba la arena helada. El anciano tarareaba algo sin melodía mientras se ocupaba del té, pero en su murmullo había un ritmo, como si estuviera hablando con los bordes del tiempo.

«Que no te engañe el viejo Orrinval», me había advertido un cazador dos noches antes, en una taberna del paso de montaña. Se había inclinado hacia mí, con los dedos largos aferrados a una jarra de barro, y había bajado la voz hasta que apenas podía oírlo. «Parece un anciano chiflado. En una noche sin estrellas me había perdido en el espesor del bosque y me topé con él en un claro. De pronto, ¡paf!, las nubes se rompieron y Velis brilló en el cielo como una linterna. Encontré el camino gracias a su luz. Es un hombre muy extraño.»

Cuando me acerqué, el anciano inclinó lentamente la cabeza. Tenía los ojos turbios, pero la mirada afilada. Soltó una risita seca, como el crujir de una hoja marchita. Señaló el amanecer, una línea delgada de oro pálido derramándose sobre el horizonte como aceite.

—Hermoso, ¿verdad? —dijo—. Nada mal, si se me permite opinar.

Detrás de él, el caballo resopló, enviando al aire de la mañana un denso penacho de vapor. Su bastón estaba apoyado en una roca cercana. Me parecía que atrapaba la luz del alba y la retenía en su interior, emanando un resplandor íntimo, como brasas bajo la ceniza. Al principio creí que era solo un juego de luces. Luego noté una pulsación sutil bajo el resplandor: latidos finos, precisos, como los de un corazón.

Orrinval sirvió el té de la tetera con manos temblorosas, pero sin torpeza. Me ofreció una taza y bebimos en silencio, como dos compañeros de viaje, mientras el mundo se llenaba de luz.

—La primera luz antes era más veloz —murmuró, más para sí que para mí—. La primera luz corría como una criatura con carácter. —Entonces sonrió, como si recordara un viejo chiste que solo él conocía.

Había algo en su manera de ser que me inquietaba, más incluso que aquel extraño bastón. Hablaba del amanecer con la gravedad nostálgica de alguien que estuvo allí cuando el mundo aprendió a darle un nombre a la luz. Me dije que solo era una manifestación de la melancolía propia de la vejez. Aun así, tomé nota de todo –por costumbre, por oficio, por superstición–, porque el deber de un cronista es reunir las rarezas antes de que se disipen.

 

Orrinval dijo que se dirigía hacia el este, a un lugar al que llamaban las dunas de Surael, murmuró.

—Voy a donde se cruzan las lunas —dijo, alzando la vista hacia el cielo.

Dos formas pálidas colgaban arriba: Velis, plateada y llena, y la otra, Marru, un disco rojizo, como una vena. Las dos se deslizaban por el firmamento en una danza silenciosa y lenta.

—Ahí duermen los viejos observatorios. Solía… trabajar allí.

—¿Fuiste astrónomo? —pregunté, y la palabra me pareció pequeña y simple frente a lo que él insinuaba.

—Lo fui —respondió—. Antes de que la luz se volviera lenta.

No tenía ninguna medida sencilla para calibrar la verdad de aquella frase. ¿Qué significa ya la verdad en un mundo en el que la memoria misma es heredera del polvo? Y sin embargo, lo seguí. No pretendo haber sido valiente; la curiosidad y la costumbre del cronista de coleccionar rumores han sido siempre mi vocación. Al fin y al cabo, si un hombre sostiene que la propia luz ha sido cambiada, ¿quién no querría ver eso con sus propios ojos?

Montamos juntos sobre Murr, su caballo, y emprendimos el camino. Decía que el animal era «medio mortal», nacido bajo ambas lunas. Tenía nombres para todas las cosas pequeñas, como si les regalará un árbol genealógico.

Las dunas nos recibieron primero como una ondulación suave de ocre y rojizo, luego como olas gigantes, más altas y duras que los tejados de las casas. El horizonte se transformó en un muro de luz y sombra.

El viento traía un sonido cuyo origen, al principio, no supe identificar: un murmullo bajo y continuo que parecía venir no del aire, sino de la propia arena. Se te metía en los huesos, haciendo el sueño fino y frágil. Orrinval escuchaba y sonreía sin alegría.

—Cantan —dijo—. Cada grano de arena recuerda el primer amanecer. Lo tararean, como brasas que no quieren morir.

Lo había dicho con naturalidad, como si hablara de la lluvia. Tomé nota e intenté sentir la vibración en el pecho, captar su ritmo. Tenía la sensación de que el mundo aquí llevaba a cuestas un recuerdo cuya carga producía esas vibraciones.

Aquella noche, el cielo estuvo irrealmente claro: Velis colgaba como una moneda perfecta, fría y plateada; Marru, más pequeña y amoratada, sangraba una luz apagada cerca del horizonte. Mantuve el fuego bajo. La luz de la luna proyectaba sombras largas y extrañas, como manos extendidas buscando algo oculto en la arena.

 

Al tercer día, las dunas se volvieron violentas. Una tormenta que yo no hubiera sabido nombrar se alzó desde el horizonte. Llegó como un muro: un viento como un cuchillo, la arena golpeando con el sonido de piedra contra piedra. El mundo se redujo a un solo acorde de ruido y aspereza.

Descendimos a toda prisa por la vertiente resguardada de una duna y apreté la mochila contra el pecho hasta que se me entumecieron los dedos. El viento desgarraba la tela y arañaba la piel. A través del aullido de la tormenta vi a Orrinval, solo y erguido, con el bastón clavado en la arena. Su resplandor era una lanza constante contra el caos. La tormenta cambiaba de forma a su alrededor, plegándose como una vela en torno a un mástil.

Hubo un momento en que el sonido cambió: dejó de ser el grito caótico del viento para convertirse en un murmullo bajo, estratificado, como si muchas voces hablaran al mismo tiempo. Los granos de arena parecían susurrar y, en aquel susurro, creí oír la gramática del mundo: pequeñas sílabas repetidas que podrían haber sido nombres.

Orrinval alzó la mano; nada dramático, ni siquiera muy alto. Su gesto era el de alguien que sabe de antemano cómo termina una disputa. El viento pasó de largo junto a él como si alguien le hubiera tallado un sendero. Allí donde se retiró, quedó una quietud profunda, como la ausencia que sigue al final de un acorde prolongado.

Cuando la tormenta pasó, el aire olía a metal quemado y a agua fría. Ni un solo grano de arena se había posado en el cabello o en la ropa de Orrinval. Se sentó y se frotó las manos.

—Solo le he recordado adónde tenía que ir —dijo, como si hablara de una olla que se resiste a hervir—. El viento olvida, a veces.

Se durmió enseguida después de eso, acurrucado junto a Murr.

Yo permanecí despierto hasta que murieron las últimas chispas y me quedé mirando el bastón. Latía. Al principio, su ritmo coincidía con el de mi corazón; luego, con una lentitud arrogante, como algo que decide su propia medida, empezó a imponerme el suyo. Dejé de contar en el momento en que sentí que comenzaba a obedecerle.

 

Al mediodía, las dunas cedieron ante el basalto. La arena interminable se transformó en una cuenca de piedra negra, lisa como un mar congelado. En medio de aquella extensión lustrosa se alzaban ruinas: círculos, torres desmoronadas y un vasto núcleo vacío donde antaño un observatorio entero se alzaba hacia el cielo.

Or-Thain, así lo habían llamado los hombres, en un mapa que había visto una vez en Thalmeron. El Último Observador. Las ruinas tenían la dignidad de un lugar abandonado a propósito; ninguna de las piedras esparcidas parecía estar allí por azar. Esculturas en espiral giraban como galaxias sobre la superficie del basalto, talladas tan hondo que atrapaban la sombra y la dejaban vivir dentro de ellas.

Orrinval se movía entre ellas como un hombre que vuelve a casa tras un exilio demasiado largo. Tocaba las runas como un sacerdote toca los altares. Yo lo seguía con una libreta y un lápiz, con la inútil seguridad de que el lenguaje pudiera ser un talismán.

Encontramos un espejo enorme, medio enterrado en un pedestal quebrado. Su superficie no era vidrio como lo conocemos nosotros; había profundidad allí donde el vidrio no la tiene. Bajo la gruesa capa de polvo, la superficie desprendía una tenue luz azul, que se movía como si algo nadara dentro. No reflejaba el cielo de arriba, sino una duplicación estratificada de este: dos lunas girando en torno a una oscuridad invisible.

—No mires demasiado —me advirtió Orrinval, despacio.

Desde luego, miré. No pude evitarlo. El reflejo parecía mirarme a su vez y, por un instante cegador, las lunas abandonaron su movimiento natural y se enroscaron alrededor de un eje invisible. Se me revolvió el estómago, se me aflojaron las rodillas. La cabeza se me llenó de un sabor antiguo, como de hierro. Extendí la mano y el mundo se inclinó.

Cuando abrí los ojos, la noche se había posado con su acostumbrada paciencia. Orrinval estaba junto a mí, con su rostro impenetrable bajo la luz tenue.

—Has tocado la memoria del cielo —dijo—. Pocos pueden soportarla. Es una carga pesada, demasiado pesada para quienes necesitan dormir.

Su voz tenía un matiz de compasión y algo más: una camaradería antigua que ya no pertenece a los hombres.

 

Al día siguiente, Orrinval trabajó con la paciencia de la piedra para enderezar un gran armilar formado por anillos de cobre tan grandes como una casa, mascullando algo ininteligible mientras encajaba dientes gastados y fijaba en su lugar un perno corroído.

—Velis lleva la memoria de la creación —dijo sin volverse hacia mí, mientras sus manos seguían trabajando—. Marru lleva lo que debe ser olvidado. Tienen que danzar juntas. Si Marru se ralentiza, Velis recuerda demasiado.

—¿Y qué ocurre si Marru se detiene? —pregunté, porque mi costumbre es hacer preguntas.

Se detuvo; sus manos quedaron suspendidas sobre una rueda que ya no movía nada. El anciano que había en él se recogió en otra forma: un guardián, un veterano de largas conversaciones con la verdad.

—Entonces el mundo se ahoga en su propio pasado —dijo—. Imagínate todos los errores, todos los dolores y todas las alegrías repitiéndose a la vez: una memoria sin piedad. Sería como vivir en el centro de una herida.

Me habló de otro tiempo, de los primeros albores, cuando la luz era líquida y veloz, atravesando los vacíos sin vacilar; cuando la curiosidad era el motor y el miedo, el freno.

—La curiosidad ralentizó la luz —dijo—. Y el miedo también. Le enseñamos a ser precavida. Le enseñamos a demorarse. Las fuerzas la obligaron a detenerse en lugares donde no debía.

Me habló de su trabajo en los observatorios: de cómo alineaba los espejos y anotaba las respiraciones de las lunas. Dijo que su título había sido una vez Guardián de la Primera Luz, aunque sospecho que ese título había vivido muchas otras vidas antes de que yo lo escribiera. Hablaba de los nombres como de herramientas finas: que el nombre adecuado para una estrella puede hacer que recuerde su propósito.

Esa noche, Velis y Marru parecían más cercanas que nunca. Su brillo unido hacía que la arena reluciera apagada, como monedas viejas bajo el agua. Las ruinas proyectaban nuevas sombras y el murmullo de la arena crecía hasta convertirse en un susurro que rozaba los huesos. Cuando me quedé solo junto al fuego, me sentí observado por cosas pacientes y me sentí pequeño, muy pequeño, pero cerca de todo.

 

Bajo una losa rota encontré una escalera. Descendía cada vez más fría, hasta que el mundo de arriba se volvió difuso y lejano. El aire bajo el observatorio olía a antigüedad y hierro, a tormentas encerradas y a respiraciones contenidas demasiado tiempo.

Al final de la escalera se abría una sala tan vasta que la mente tropezaba al verla. El techo reflejaba una noche que no era la nuestra: las constelaciones se movían como peces lentos bajo cristal. En el centro del suelo había una pileta de vidrio negro, calma como un ojo. A su alrededor, montaban guardia estatuas de piedra, vestidas con ropajes esculpidos; sus rostros eran lisos, como si hubieran sido tallados antes de que el cincel aprendiera a nombrar un rostro.

—Aquí convocaban a las lunas —dijo Orrinval—. Un lugar de encuentro entre la memoria y el olvido.

Alzó el bastón. La pileta respondió: finas arrugas surcaron su superficie mientras las constelaciones se movían y se reordenaban en nuevas formas: ojos, puertas, la sugerencia de una boca. El aire se espesó, como si la sala aspirara profundamente.

Por un instante olvidé cómo pensar en términos humanos. Los símbolos se ordenaban como un lenguaje que casi conocía. En mi interior brotaron imágenes: orígenes, migraciones de la luz, un tiempo en que Velis y Marru estaban más cerca que los amantes y eran más jóvenes que los niños.

El reflejo de Orrinval también cambió. Ya no era solo un anciano. A la luz de la pileta recuperaba una postura perdida: los hombros rectos, la mirada encendida. Uno de sus ojos parecía circundado de plata, el otro de brasas.

—No eres humano —me oí decir.

Él sonrió con ironía.

—No en el sentido en que tú lo dices. Puede que alguna vez lo haya sido. Puede que todos lo hayamos sido: barro y aliento. Pero hicimos juramentos que nos cambiaron. Yo juré ralentizar la luz. Aprendimos cómo encerrar el amanecer en un espejo.

Abandoné aquella cámara con el sabor de antiguas tormentas en la lengua y con un eco extraño de pensamientos que me hacía vibrar los dientes. Sentí, de un modo nuevo, lo que significan los pactos que sobreviven al cuerpo.

 

La noche cayó como un manto empapado. Orrinval recogió los restos de la comida: huesos limpios, una lámpara que parpadeaba con una llama azulada y una pequeña urna ennegrecida.

—El tiempo no dará marcha atrás en círculos —dijo—. Siento que la arena se detiene en el reloj de las mundos. Cuando eso ocurre, el fuego debe reavivarse en su propio núcleo.

Puso ceniza en la palma de la mano, sopló sobre ella y, de aquella ceniza, se alzó una llama sin color, como un recuerdo de luz. No daba calor, pero cortaba el aire como una hoja.

—Este es el fuego que no quema —dijo—. Solo lo usamos cuando queremos que el mundo recuerde el principio. Para los hombres, se parece a la muerte; para mí, es solo el retorno del primer aliento.

Cuando levantó la llama, las sombras de las ruinas se quebraron y se inclinaron hacia él. Alrededor, la arena comenzó a girar lentamente, arrastrada en círculos concéntricos, como si obedeciera una orden antigua. En los ojos de Orrinval se reflejaron ambas lunas –Velis y Marru– y, por un instante, vi a través de ellas: dos espejos en los que se reflejaban todas las vidas posibles.

 

Las ruinas empezaron a vibrar. Desde bajo nuestras plantas ascendían palabras: no dichas, sino grabadas en la propia estructura de la piedra. Las sentía a través de las plantas de los pies, de la piel, de los huesos. Era un lenguaje de cimientos, hablado por las montañas y escuchado por los mares.

Orrinval se arrodilló y apoyó la frente en el suelo.

—Aquí me senté por primera vez —me dijo—. Aquí hice el pacto de vigilar el paso entre la memoria y el olvido. Pero ya ves, nada se guarda para siempre. Hasta la luz olvida el camino de regreso a sí misma.

Le pregunté qué sería del mundo si él se marchaba.

—¿Yo? No me voy a ninguna parte —respondió, soltando una risita—. Me transformo. La vigilancia pasa a otra forma. Quizá a ti, quizá a otro que sepa escuchar con paciencia.

Y entonces las piedras se iluminaron desde dentro. No eran ruinas, sino un corazón enorme que aún latía.

 

La mañana llegó sin cielo. Una niebla blanca envolvía el mundo, como si la luz se hubiera dispersado dentro de sí misma. Orrinval estaba sentado al borde del despeñadero, y la llama sin color flotaba entre sus palmas. Me miró.

—Si he hecho bien lo que había que hacer, el mar aprenderá de nuevo a cantar, y la luz volverá a ir despacio, no por miedo, sino por compasión. Tú contarás la historia. Esa es tu parte del juramento. Cada mundo necesita un testigo.

Luego lanzó la llama al aire. El cielo se abrió como una almeja y, por un instante, lo vi todo: las lunas, las ciudades sumergidas, los rostros de todos los que velaron antes que nosotros. Cuando parpadeé, Orrinval había desaparecido. Solo quedaba su bastón, medio carbonizado, aun temblando de vida.

Permanecí largo rato junto al fuego apagado. El viento se calmó y las ruinas dejaron de susurrar.

He escrito todo esto en piel de pergamino, para que no se pierda cuando mi memoria flaquee. A veces, por la noche, miro las dos lunas. Siguen danzando, más despacio ahora, pero juntas. Y a veces, en el intervalo entre latidos, oigo la voz de Orrinval: «Vigila el paso entre la memoria y el olvido. No por gloria, sino por sosiego.»

Así termina la historia del anciano junto al fuego. Pero el fuego, creo, no se ha apagado de verdad.

Solo ha elegido otro sueño en el que arder.

Cristian Carstoiu debutó en la literatura de ciencia ficción con una colección de cuentos titulado Noopali (2020), seguida de las novelas Discontinuum (2022), La extraña luz del eclipse (2023), El cielo de Sirio B (2024) y El hombre sin cara (2025). Cristian es médico y tuvo una exitosa carrera en el mundo editorial rumano antes de mudarse a Estados Unidos con su mujer y su hijo. Vive en Atlanta, Georgia, le encanta leer, especialmente ciencia ficción y thrillers, realizar actividades al aire libre (ciclismo y esquí), jugar a videojuegos con su hijo y tomar café espresso. 

 

 

FATA MORGANA