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sábado, 17 de enero de 2026

EL PRÍNCIPE AZUL Y CAPERUCITA ROJA

Sergio Gaut vel Hartman

 

—¡Estoy harto! ¡Total y definitivamente harto! —El Príncipe Azul pateó con tal furia la pata de la mesa que esta se quebró, convirtiendo la tabla en un plano oblicuo que sirvió de tobogán a la vajilla. Lozas, porcelanas, cristales y cubiertos de plata se precipitaron sin moderación y produjeron un estruendo digno de una batalla.

—¿Y ahora qué hice? —sollozó la Princesa Rosa. (En otros cuentos tuvo otros nombres, pero no viene al caso mencionarlos; es este un asunto que bien puede quedar librado a la imaginación de los lectores).

—¿Qué no hiciste? —aulló el Príncipe. La prole, aterrada por los gritos del padre, se refugió entre los pliegues de las faldas, enaguas y volados del vestido de la madre—. No lavaste ni planchaste mis camisas, en lugar de cocinar los manjares dignos de mi paladar negro te la pasas pidiendo comida preparada a los delivery del reino, alegas permanentes migrañas a la hora del sexo y hueles como Hildegarda, la porqueriza. ¿No deberías bañarte de tanto en tanto?

—¿Y cómo sabes cómo huele Hildegarda?

Por toda respuesta, el Príncipe movió el brazo por encima de la cabeza, tomó la Ruger 44 del armero, salió del palacio y montó su corcel blanco como la nieve para partir al galope en dirección al bosque.

Minutos después, un tanto más sereno ante la perspectiva futura de descargar su irritación en el cuerpo de un lobo, descendió del caballo, ató las riendas a un abedul y asiendo con firmeza el arma se internó en la espesura. ¡Mujeres del demonio!,  barruntó el noble caballero mientras pisaba la alfombra de hojas que el otoño había tenido la precaución de colocar bajo sus pies. Uno las mima, les obsequia una posición, las trata como princesas de cuento de hadas y ellas retribuyen con desplantes, indiferencia, dejadez. (Ni por un momento le pasó por la cabeza al Príncipe Azul que esas exigencias machistas habían sido superadas por los cambios que la sociedad humana experimentó en las últimas décadas).

Tan ensimismado estaba en la meditación, que no reparó en que sus pasos lo habían llevado hasta una cabaña enclavada en un claro, que la puerta de la humilde morada estaba abierta, que al transponer el umbral se dio de bruces con una escena esperpéntica y que sus reflejos de guerrero entrenado y hombre de acción lo impulsaron a apuntar y disparar la Ruger. Como consecuencia de esto (no me voy a extender en detalles que el lector seguramente puede completar, llenando los vacíos que mi ineptitud deja en el cuerpo de la historia) el Príncipe Azul se encontró con un lobo muerto, una anciana malherida (que fallecería horas después en el Hospital para Pobres del Reino, hecho que sería considerado en los documentos como “daños colaterales de un accidente”) y una adolescente vestida con un camisón floreado y tocada con una caperuza roja. La niña, determinó sin vacilar el Príncipe Azul, estaba en edad de recibir las atenciones que solo un caballero de noble cuna puede prodigar.

—¡Me has salvado la vida, cazador! —dijo la niña de la caperuza—. ¡Eres un héroe!

El Príncipe tragó saliva, y mientras se sacaba el jubón y la camisa se dijo que ya habría tiempo luego de explicar el equívoco y dejar bien en claro que él no era ningún cazador.   

LA VERDADERA HISTORIA DEL FALSO GATO


Sergio Gaut vel Hartman

 

El molinero tenía tres hijos, y al morir les dejó lo poco que poseía. El molino fue para Pedro, el mayor, el burro le correspondió a Pablo, el segundo. En cambio el menor, llamado Juan, sólo heredó un gato. Mientras los hermanos mayores quedaron satisfechos con su herencia, Juan se preguntó cómo se ganaría la vida.

—Este gato no sirve para nada —razonó en voz alta—. Y para colmo también tendré que alimentarlo a él.

—No te preocupes, amo. —La sorpresa de Juan, cuando escuchó al gato hablar, fue indescriptible—. Tengo un plan para hacernos ricos.

—¿Qué puedes tú? —preguntó Juan—. ¡Eres un simple gato!

—Dame un sombrero fino, un par de botas y un saco. Yo me encargaré de lo demás.

—Bueno, ¿por qué no? —dijo Juan resignado—. No tengo nada que perder.

El gato recibió lo pedido y quedó satisfecho con su apariencia. Dejó a Juan enfrascado en sus pensamientos y partió.

Primero fue hasta el arroyo, se puso en posición y con sus rápidas garras pescó una docena de peces. Luego, con el saco lleno, se dirigió hacia el castillo.

—¿Un gato que quiere hablar con el rey? —preguntó alelado el guardia del puente.

—Le traigo un regalo de parte del marqués de Carabás —dijo el gato. El guardia, aún sin reponerse, le franqueó el paso, y el gato recorrió los pasillos como si los conociera desde siempre. Al llegar al salón principal se inclinó ante el rey Dogofredo, la reina Zimebuta y la hija de ambos, la princesa Cecilia.

—Mi amo, el marqués de Carabás, le envía saludos a su Majestad y le ofrenda estos magníficos pescados de sus arroyos —dijo el gato.

—Dile al marqués que agradezco su generosidad —respondió el rey. Y a continuación, procurando no ser visto por el gato, se inclinó hacia la reina y susurró—: ¿Existen gatos que hablan como los humanos?

—Eso no me preocupa —respondió la reina—. ¿Quién es el marqués de Carabás?

—No tengo la menor idea —respondió el rey—. Jamás he oído hablar de él; extraño: un gato parlante y un marqués que no figura en los registros del reino.

—Esto me huele mal —dijo la reina.

—Debe ser el pescado —acotó Cecilia arrugando la naricilla.

El rey hizo una seña al capitán de la guardia y éste desenvainó la espada y decapitó al gato de un mandoble. El rey tenía muchos enemigos y no era cosa de correr riesgos. Un gato más o menos, parlante o maullante, no era algo que hiciera temblar a Dogofredo.

La familia real no pudo reprimir la sensación de asco producida por la sangre brotando como un surtidor del cuello cercenado del gato. Pero el rey era un hombre sabio y nada tonto. Mandó llamar al médico real y le ordenó hacer la autopsia del extraño animal.

Horas más tarde, concluida la faena, el doctor Opiseculo, otrora médico del conde de Transilvania, expulsado de la corte por haber transgredido la tácita ley que prohibía las disecciones al mediodía, se inclinó ante el rey.

—Majestad —informó—; debo deciros que el gato no es un gato, o por lo menos no lo era.

—¿De qué hablas, insensato? ¿Volviendo a las andadas?

—¡Por favor, Majestad! Juro por el Todopoderoso que no me he apartado un ápice de las normas vigentes en vuestro reino.

—Bien, entonces, habla. ¿Qué es el gato que no es gato?

—No sé qué es, Majestad; sólo sé lo que no es. Y no es gato. La criatura tiene órganos desconocidos, finas hebras que conectan los músculos con cajas diminutas alojadas en los huesos, que parecen de acero...

—¿Dirás que no era tampoco sangre lo que brotó de la herida? —El rey empezaba a impacientarse. Definitivamente, Opiseculo volvía a hacer de las suyas.

—No era sangre, no, majestad. Se trata de una substanciaaaaaaaaaa...

—¿Qué haces, mujer, insensata? —exclamó Charles Perrault al descubrir que Marie le había arrebatado la hoja y lo observaba con su expresión más severa—. Marie Guichon: ¿otra vez espiando mis escritos?

—Charles Perrault —replicó ella sin moderar la expresión original—, ¿otra vez escribiendo tonterías?

—¿Qué sabes tú de estas cosas? Ve a guisar.

—Los pescados de tu gato guisaré, si no escribes algo sensato. ¿Crees que tu editor pagará por esta historia?

—No veo nada de malo en ello. Mi historia es una fantasía.

—¡Fantasías! Razonables fantasías, quiere la gente. Pon que el gato engaña al rey, la reina y la princesa.

—¡Qué gato tan astuto! —se mofó Charles.

—¿Es más increíble que un gato parlante que ni gato es?

—Bien. ¿Y cómo seguiría la historia de tu gato?

—¿Mi gato? ¡Tu gato! —Marie hizo una pausa, miró a su esposo con ojo crítico y bufó—. Pon que como nadie en la corte sabía quién era en realidad el marqués de Carabás, empezaron a inventar historias sobre él, que era el hombre más rico del reino, y el más apuesto. El gato proclamaba a los cuatro vientos los talentos del marqués y les llevó un faisán a la reina y un cervatillo al rey.

—¿Y el rey le creía?

—No tuvo más remedio, ya que el gato, con un astuto ardid, dominó a un ogro y le quitó el castillo.

—¿Un ardid?

—El gato indujo al ogro a convertirse en un ratón y se lo comió de un bocado.

—¡Eso es ridículo! Un ogro poderoso, capaz de mágicas proezas no puede caer en una trampa tan burda. 

—Pero tu editor sí caerá y llenaremos la olla. ¡Vamos! Termina diciendo que Juan se enamoró de Cecilia desde que la vio por primera vez, se casaron a los pocos meses y fueron felices para siempre.

—¿El gato? —dijo Charles socarrón.

—Por supuesto, el gato permaneció con ellos. Apura, que cuando termines ésta debes escribir otra, acerca de la hijastra de una reina malvada que para deshacerse de ella da órdenes a un guardabosques para que la mate... Y nada de rarezas esta vez, por favor. Piensa en tus hijos, hay que comer, ¿recuerdas?

ENGAÑADAS


Sergio Gaut vel Hartman

Las dulces y amorosas princesas, todas ellas embarazadas, caminaban como podían por el bosque. Aurora, Blancanieves y Cenicienta iban en busca de la cabaña en la que, si eran correctos los datos proporcionados por el guardabosque, jugosamente gratificado, hallarían al Príncipe Azul consumando su felonía. Para Blancanieves, más que para las otras dos, el bosque evocaba sucesos dolorosos, pero todas estaban decididas a desenmascarar al infame al precio que fuera. Por fin, cuando ya caía la noche, encontraron la cabaña y, tras recuperar el resuello, golpearon a la puerta.

Casi de inmediato, como si las hubieran estado esperando, se oyó el ruido de movimientos precipitados y confusos. Alguien se estaba escondiendo. Pero las mujeres no se intimidaron por eso. Sabían que las cabañas de los bosques de los cuentos solo tienen una puerta. Toc toc, insistieron.

—Sabemos que estás ahí —dijo Blancanieves con voz resuelta—. Deja de esconderte y da la cara, rufián.

—No seas cobarde —se animó Aurora—. De todos modos has sido descubierto.

Del interior de la cabaña llegaron de nuevo los signos de una actividad alocada y difusa, como si alguien arrastrara muebles de un lado a otro.

—¿Abres la puerta o la echamos abajo? —dijo Cenicienta, quien después de haberlas pasado brutas con la madrastra y las hermanastras no se iba a dejar intimidar por un Príncipe más o menos Azul.

—Abro —dijo una voz rugosa y agitada desde adentro—, ya les abro. —Los pasos revelaron que alguien se acercaba a la puerta y el movimiento del picaporte demostró que el que había hablado no mentía. La puerta se abrió y en el vano pudo verse a un Príncipe Azul un tanto fuera de norma, en camisa y con los botones de las calzas mal prendidos. Poco o nada tenía que ver con el joven elegante que se las había ingeniado para seducirlas. Detrás, la modesta cabaña —sin lugar a dudas indigna de un Príncipe Azul— lucía desordenada y sucia.

—¡Pillo, miserable! —se descargó Blancanieves, sin darle al Príncipe la oportunidad de armar una defensa.

—¡Vil gusano, canalla despreciable, sapo repugnante! —reforzó Cenicienta, duplicando la munición, por si hiciera falta.

—Truhán, basura despreciable, infeliz —triplicó Aurora, más que nada por no quedarse atrás.

—¡Mis amadas esposas! —balbuceó el Príncipe Azul.

—¿Entonces, lo admites? —croó Blancanieves, en la cúspide de la divina indignación.

—¿No esgrimirás ni siquiera una excusa, una mentira? —lloriqueó Aurora, que había empezado a sentir contracciones.

—¿Quién es ella? —soltó Cenicienta, roja como un tomate.

—¿Admitir, excusas, mentiras, ella? —dijo el Príncipe, que nunca se había distinguido por sus dotes oratorias y a quien lo que mejor le salía era repetir las palabras de su interlocutor.

—Si no vas a mentir —dijo Blancanieves con su tono más severo— di de inmediato qué significa esta triple vida, por qué nos engañaste aprovechando nuestra inocencia de doncellas y quién es la dama que has escondido con tanto alboroto.

—Puedo explicarles todo —barbotó el Príncipe tratando de aplacar a las mujeres con algo de humor, pero al ver aquellos ceños adustos extendió los brazos y dijo—: lo que me ocurrió con ustedes...

—Dilo de una vez, hombre —dijo Cenicienta—, ¿o no ves que esta está a punto de romper bolsa?

 —¿A punto de qué? —El Príncipe Azul se rascó la cabeza.

—Déjalo ahora —dijo Aurora—. Quiero saberlo antes de empezar a parir.

—Bien, ya que lo pedís con tanta insistencia... —El Príncipe se llevó los dedos a los labios y silbó como un vulgar carrero.

Los movimientos del interior de la cabaña se resolvieron en crujidos y chasquidos. Una figura de gran porte a la que no era posible imaginar como una doncella, se acercó hasta la puerta.

—Lo nuestro es amor verdadero, cabezas de pájaro —dijo Pinocchio mostrando todo el esplendor de su cuerpo de madera. Avanzó hacia las mujeres y empujando al Príncipe Azul sin miramientos miró a Blancanieves, Aurora y Cenicienta con desprecio, arrogante y aparatoso como siempre—. Ustedes son incapaces de entender lo que sentimos el uno por el otro.

 

jueves, 8 de enero de 2026

TRES VENTANAS

Sergio Gaut vel Hartman


 

Marta vive en la misma casa desde que se casó. En el comedor cuelga un crucifijo gastado y un televisor encendido sin sonido: noticias mudas de un mundo que ya no entiende. Su hija, Laura, llega una vez por semana desde la ciudad con un bolso cargado de cosas y un gesto de apuro. Aimé viene detrás con el celular en la mano y los auriculares en los oídos, como una declaración de independencia.

Esa tarde se desencadena una lluvia inclemente. Las tres quedan atrapadas en la casa.

—Se rompió el techo otra vez —dice Marta, mirando la mancha de humedad—. Si tu padre viviera…

Laura suspira. Sabe que la frase no terminará nunca.

—Podríamos pedir un presupuesto a través de la app de reparaciones —propone Aimé sin levantar la vista de la pantalla.

Marta frunce el ceño.

—¿App? ¿Qué es eso? —pregunta.

—Una aplicación, mamá —explica Laura—. Un programa del teléfono. Te mandan un albañil.

—¿Y cómo sé que no es un ladrón? —Marta se santigua—. Antes uno conocía al vecino, al hijo del vecino. Ahora vienen desconocidos mandados por esa… inteligencia… artificial —dice la última palabra como si escupiera un hueso.

Aimé sonríe apenas.

—No son desconocidos. Hay reseñas, abuela. Todo el mundo lo usa.

Laura se acomoda el pelo, inquieta. Sabe que no todo el mundo lo usa. Ella misma tiene miedo, aunque no lo confiesa.

—Yo prefiero llamar a Ricardo, el de siempre —dice Laura—. Me fío más de una voz conocida que de una máquina.

Aimé alza la vista, molesta.

—¿Ricardo? Ese tipo te cobra de más porque sabe que sos confiada. Yo prefiero algo que analice precios y reputación. Además, la IA no se cansa ni se olvida.

Marta golpea la mesa con la mano huesuda.

—No confío en esas cosas que hablan y escuchan. Nos vigilan. Nos roban el alma.

—Mamá… —Laura sonríe con suavidad, pero siente un eco de verdad en el miedo de Marta. Ella también sospecha que todo está siendo grabado.

Aimé suelta una risa breve.

—Ay, por favor. El alma no existe para la tecnología. Es solo información. Datos. Nos ayudan.

Marta la mira con pena, aunque no logra disimular que el mismo encubra cierto disgusto.

—¿Y eso no te asusta? Que te conviertan en datos.

—No —responde Aimé, segura—. Más me asusta ser invisible. El futuro va por ahí.

Silencio. La lluvia golpea el techo roto. Marta acaricia el mantel con dedos temblorosos. Laura se siente suspendida entre dos mundos: el pasado sólido de su madre y la nube líquida de su hija.

Cuando Aimé se va al cuarto a buscar el cargador, Laura aprovecha.

—Mamá —dice con voz vacilante—, no le tengas miedo. Son tiempos distintos.

—No es miedo —dice Marta—. Es tristeza. Me sacaron el piso de abajo de los pies. Antes la gente hablaba, pedía favores, confiaba. Ahora hablan con una máquina.

Laura no sabe qué contestar. Acaba de ser despedida del trabajo porque una IA hace en minutos lo que ella tardaba horas. Todavía no se lo dijo a Marta; no quiere oír “te lo advertí”.

—Quizá sirvan para cosas buenas —murmura Laura, más para sí misma que para su madre.

—¿Cómo? —pregunta Marta.

—No sé… ayudar en hospitales, enseñar idiomas, hacer compañía… —Pero recuerda las noches frente a la pantalla, buscando empleo sin éxito, y la frase se quiebra, queda inconclusa.

Marta la observa, adivina la grieta.

—Te hizo daño —dice, con una certeza que sólo tienen las madres.

Laura se muerde el labio y no responde.

Aimé regresa agitando el celular.

—Mamá, abuela, miren esto: un chat que escribe historias personalizadas. Le conté nuestra vida y me hizo un cuento con tres mujeres en una tormenta. —Lee en voz alta unas líneas donde aparecen ellas tres convertidas en personajes de fantasía.

Marta escucha incrédula.

—Eso no es escribir. Es… robar palabras de otros.

—No, abuela. Aprende de libros y textos para inventar algo nuevo.

Laura siente un escalofrío: el trabajo que perdió consistía precisamente en editar textos; ahora una máquina hace cuentos sobre su propia familia.

—No me gusta —dice Marta con firmeza—. No entiende lo que se siente; solo junta pedazos.

—¿Y qué somos nosotros? —dice Aimé arqueando una ceja—. Pedazos de recuerdos, de experiencias. También aprendemos de otros.

Laura levanta la vista. Le sorprende la lucidez de la adolescente.

—Quizá tenga razón —admite Laura, aunque le cuesta.

—No, hija —dice Marta moviendo la cabeza—. Nosotros amamos. Dudamos. La máquina no.

—Yo tampoco estoy segura —dice Aimé—. A veces dudo si entiende más de lo que creemos.

La conversación se corta cuando un trueno sacude la casa. La lluvia se intensifica. Aimé sonríe: “Miren, la app dice que la tormenta termina en una hora y que hay albañiles disponibles mañana”. Marta parece a punto de protestar, pero se queda callada, vencida por la humedad y el cansancio.

Por la noche, cada una se queda frente a su ventana. Marta observa el patio empapado. Piensa en su juventud: cartas escritas a mano, visitas de vecinos, un mundo donde todo tenía rostro. Siente que vive en un tiempo que se quebró como un plato caído. Laura mira la ciudad a lo lejos, iluminada por anuncios digitales. Piensa en la dignidad perdida cuando la IA hizo su trabajo mejor y más barato. Se siente partida: necesita adaptarse pero añora lo que era suyo. Aimé contempla la pantalla reflejada en el vidrio. Siente el vértigo de un futuro enorme, lleno de promesas y amenazas que no termina de entender. Quiere avanzar, pero en el fondo teme convertirse en algo que ya no será humano.

Tres mujeres, tres miradas.

Una teme el mañana porque destruyó el ayer.

Otra sobrevive con nostalgia y rabia.

Otra corre hacia el futuro aunque le asuste.

La casa cruje. Afuera sigue lloviendo.

Y, en silencio, cada una comprende —sin decirlo— que viven bajo el mismo techo pero en mundos fragmentados: uno hecho de memorias, otro de pérdidas, otro de algoritmos.

JIYAN Y LA PIEDRA BLANCA

Sergio Gaut vel Hartman

 

La lluvia comenzó del lado equivocado de la frontera.

Jiyan lo pensó así, no porque exista un lado correcto para la lluvia, sino porque ese chubasco trajo el olor de la pólvora, las botas y el metal aceitado de las armas. El niño, Berzan, dormía con el pulgar en la boca y una piedrita blanca cerrada en el puño. El marido de Jiyan la había recogido hacía años, en una caminata temprana por la ladera

—Es lisa como la verdad —le dijo entonces, al entregársela. Ahora Baran estaba enterrado en la cuneta de una carretera, y la verdad era una piedra mojada en la mano de su hijo.

No hubo sirenas, ni discursos, ni banderas claras. Solo el ruido grave de una maquinaria que venía de lejos y el rumor de que los ejércitos vecinos habían decidido, por fin, corregir el mapa a puntapiés y empujones. La palabra independencia se volvió impronunciable; la palabra paz, un residuo, el idioma, veneno en los labios del que osar pronunciarlo. El mercado cerró. El pan subió. Los vecinos dejaron de saludarse, o lo hicieron con la rapidez de quien evita un espejo. Los hombres que no habían muerto se hicieron humo, o sombra. Algunos se pegaron a los milicianos locales, otros se escondieron en las cuevas, otros se hicieron santos de golpe, con medias de lana y ojos enrojecidos.

Jiyan recogió a Berzan, el cuaderno y el mantel que había sido ajuar, y se fue.

No hubo despedidas. ¿A quién despedir cuando todo es próxima ausencia?

La ruta de tierra se hizo barro rápido. Una mujer alta, con el pelo recogido en un pañuelo rojo, caminaba un paso adelante.

—Me llamo Sirin —le dijo a Jiyan sin volverse—; —si nos detenemos, nos comen. —Nadie preguntó quién iba a comerlos. Los que caminan sin papeles hablan poco. Los nombres, incluso, son un lujo: se obsequian en voz baja, como si fuesen velas en un pasillo de hospital.

A la altura del cruce viejo, donde antes se vendían naranjas, había un punto de control improvisado. Jiyan se aferró a Berzan, que ya no dormía y había cambiado la piedrita de mano. Dos soldados los miraron como si fueran posibilidades estadísticas.

—Documentos —dijo uno, con ese acento de ningún lugar de los que visten uniforme. Jiyan sostuvo su carnet en alto, la foto miraba a otra mujer: veinte años, trenza larga, dientes más parejos. El soldado lo observó con aire de estar consultando adivinación barata—. No sirve —concluyó y, sin embargo, se lo devolvió. A Sirin, en cambio, la separaron.

—Está bien —dijo Sirin, y esa no fue una respuesta, fue una forma de no llorar.

Caminaron, siguieron caminando y volvieron a caminar. El barro cedió a una carretera sin marcas, que se hizo piedra, que se hizo nada. Entraron en pueblos con carteles arrancados y perros silenciosos. El agua se vendía en botellas con etiquetas en tres idiomas. En la última tienda abierta, un hombre con panza de patrón les ofreció un lugar en una camioneta a cambio de alianzas.

—Es solo un pequeño tramo —prometió, y su promesa olía a cebolla podrida. Jiyan miró su anillo: lo había heredado de su madre. El hombre agregó—: La lluvia empeorará, mucho. El chico se va a enfermar.

Ella se lo quitó, lo puso sobre el mostrador. El patrón lo hizo bailar en la mesa y sonrió.

—¿Alcanza? —murmuró Jiyan.

—¡Qué bonito dibujo en la plata! —exclamó, como si el precio del anillo alcanzara para pagar un palacio. Les dio agua y pan duro. En la parte de atrás de la camioneta viajaban siete. Uno lloraba sin lágrimas, otro rezaba en voz tan baja que parecía recordar, no pedir. Jiyan apretó la piedra blanca en la mano de su hijo y le habló al oído, en su idioma, como se les habla a los animales para calmarlos.

Azadî, azadî —le dijo. La palabra significaba libertad, y no era una promesa, sino un poco de abrigo.

Llegaron a la costa tras cuatro noches sin luna. Llamar costa a esa orilla era ambicioso: era un borde del mundo. Los traficantes los metieron en una casa de cemento con ventanas tapiadas y una lamparita que colgaba escuálida del techo.

—Se embarcan en Latakia. Esta noche —anunció uno con una sonrisa que no era para nadie. A Jiyan le contaron el precio en números: no en billetes, en vidas. No había rebajas para madres ni niños—. Si no pagan, esperan otro mes.

—¿Esperar a qué? —preguntó, y la respuesta fue el ruido del mar.

—Es un bote grande —mintió el gestor más joven. Tenía ojos verdes de postal barata y un tatuaje que decía Forever. Jiyan quiso creer. No por credulidad sino por estrategia. Siempre, pensó: la palabra que no se cumple... nunca.

Los subieron a la medianoche. El bote no era grande ni pequeño: era un insulto. Olía a combustible y a miedo. Hombres, mujeres, dos bebés con suero improvisado en botellas de plástico. Berzan insistió con su piedra.

—¿La tiro al agua, mamá? Para que flote. Ella negó con la cabeza.

—Es para recordar —dijo.

—¿Recordar qué? —preguntó el niño.

Lo que nos quieren quitar, pensó, pero no halló una forma comprensible de decirlo.

Zarparon. Nadie aplaudió. El motor ronroneó con la timidez de lo robado. A dos metros de la orilla, alguien rezó a gritos; a tres, alguien vomitó; a cinco, todos se volvieron marineros torpes. Jiyan contaba el ritmo de las olas como si fueran contracciones. Sirin no estaba; había quedado en el cruce, o en la estadística.

La tercera madrugada, una luz a lo lejos se volvió faro.

—Creta, Grecia —dijo el hombre que se las daba de capitán. Era una mentira altruista o un consuelo: no se supo. La oscuridad se hizo menos densa.

—¿Cómo se dice vivir en el idioma del mar? —preguntó el niño, sentado entre las piernas de su madre. Jiyan no supo. En su lengua, su nombre significaba —vida—, pero no alcanzaba: no siempre nombrarla te salvaba. Recordó lo que se coreaba en las protestas y se convirtió en una especia de mantra de los kurdos: Jin, Jîyan, Azadî, Mujer, Vida, Libertad.

El bote tocó una playa de piedras. Alguien saltó con la agilidad de quien no lleva nada. Jiyan, en cambio, tardó: debía calcular cómo poner los pies sin caer y al mismo tiempo no soltar a su hijo. Una mujer griega, con una campera hasta las rodillas y un rostro capaz de indignarse sin testigos, les acercó una manta.

—Kaliméra —dijo. No era solo el saludo de la mañana: era el principio de algo, pero Jiyan no lo sabía.

Creta no tenía mar azul en el primer mes. Tenía trámites grises, módulos prefabricados, manos que señalan sin tocar. Jiyan aprendió que hay palabras que hacen fila delante de otras: permiso, admisión, espera, cupo. Aprendió también el mapa mínimo del campamento: la carpa blanca donde le revisaban el peso a Berzan, la oficina donde nadie entendía su apellido, el baño que tenía la mayor fila por la mañana.

—Ustedes vienen en hordas —escuchó decir más de una vez; la palabra le cayó como una piedra, no la piedra blanca de su hijo; como una pesada piedra que te aplasta la cabeza. Le hubiera gustado responder con una frase perfecta, definitiva, pero no tenía diccionario moral. Apenas cargaba a su hijo y la costumbre de no pedir.

El primer trabajo no fue trabajo. Realizó una serie de tareas a cambio de vales: barrer, pelar papas, doblar mantas. En el contenedor del comedor comunitario, una mujer griega con anillos de oro la miraba como se mira una estatua rota.

—Los turcos nos odian a nosotros y nosotros odiamos a los turcos; los turcos los odian a ustedes; el enemigo de mi enemigo… ya sabe. ¡Qué remedio! —Le arrebató los vales con dos dedos para no rozar la mano de Jiyan. Quiso creer en ese —ya sabe— como puente, pero era un foso. Extranjería de doble filo: ser útil para el discurso, inútil en la mesa.

Un día de viento, Jiyan se sentó en el bordillo del muelle con Berzan. El niño le ofreció su piedra.

—Para que te acuerdes, mamá. —Ella cerró el puño.

—¿De qué tengo que acordarme?

—De que somos —dijo él, y la grandeza de esa gramática la dejó sin aliento. Somos: un verbo sin fronteras.

Una pareja de jubilados se detuvo a mirarlos. Él llevaba una gorra con las letras de un club; ella, una bolsa con pan.

—No pueden sentarse aquí —dijo la mujer.

—¿Por qué? —preguntó Jiyan en el griego torpe que empezaba a comprender, haciendo un esfuerzo tan grande como el de cargar una prótesis.

—Porque… —La mujer no supo completar su pensamiento, como si buscara la cláusula exacta en el manual del rechazo. El hombre la ayudó.

—Porque luego vienen todos. —La frase era la hermana educada de otra más vieja. Jiyan se levantó despacio, le dio la mano a su hijo.

—Vamos —le dijo, en su idioma. La anciana, entonces, como disculpándose con su conciencia, dejó un pan en el banco. El gesto tenía dos significados y un mismo resultado: comer.

Conoció a Nikos en la puerta del supermercado. Hacía de todo: reparaba bicicletas, arreglaba persianas, cambiaba caños. Tenía una hija adolescente que dibujaba caballos.

—Si sabes coser, te van a pagar —dijo él, y le señaló una puerta lateral, discreta, casi clandestina. Jiyan sabía coser, sabía cualquier cosa que sirviera para sobrevivir, para obtener comida para su hijo. Aprendió en la casa de su madre, a la luz de un farol que convertía el mundo en un círculo de tela.

El dueño del taller se llamaba Manolis y le decía “mi amor” a todas las mujeres por igual. Pagaba por prenda y nunca a tiempo.

—Aquí no es Siria —le largó Manolis una vez, y ella no se quedó callada.

—Tampoco es el cielo —respondió ella. Manolis se rio: estaba seguro de que no lo había entendido. Ella sí. La risa fue una moneda menos.

Cosió. Cortó. Enhebró. Aguantó la música alta, el olor a pegamento, la humedad que se metía en los huesos. Cuando le dolían los dedos, pensaba en la piedra de Berzan: lisa como una verdad. El niño, mientras tanto, iba a una escuela improvisada por voluntarios. Aprendió a escribir su nombre con letras que parecían bailar. Aprendió canciones. Aprendió, sobre todo, que su idioma era una casa que nadie podría derribar.

Una tarde de febrero, de esas que huelen a pescado y gasolina, un grupo de hombres jóvenes esperó fuera del taller.

—Nos sacan el trabajo —dijeron en voz alta, para que alguien lo oiga y lo repita. Manolis salió con su metro colgado del cuello.

—A mí nadie me saca nada —fanfarroneó, y miró a Jiyan como quien calcula cuánto pierde si la pierde. Los jóvenes se retiraron despacio, prometiéndose coraje para la próxima. Una mujer del barrio los siguió con la vista y escupió al suelo.

—No es por racismo, pero… —Esa frase nunca se completa; es una autopista que termina en un garaje con la puerta cerrada.

Esa noche, de camino a la carpa, un grupo distinto los increpó. Tenían la ropa limpia del domingo, una bandera roja con un símbolo que parecía un laberinto, las bocas deformadas por muecas hostiles.

—Vuelvan por donde vinieron —dijo uno. Jiyan no se detuvo.

—No entiendo— mintió, como se defiende uno de un perro.

—Te entendemos todos —dijeron, y la verdad de ese, de todos, pesó más que cualquier palabra.

Llegó al módulo, contó la respiración de su hijo hasta que se durmió. Pensó en la ruta, en Sirin, en la piedra. Pensó, por primera vez, en salir de la isla.

No todos los griegos eran hostiles como los de Amanecer Dorado —alguien le dijo que así se nombraban—. Eso sería otra mentira tranquilizadora, pero al revés. Algunos, la mayoría silenciosa, ofrecían lo que tenían y lo que no. El maestro de Berzan le regaló un cuaderno con una tapa azul donde se veía un barco.

—Para que dibujes tus mapas —le dijo. El niño dibujó un triángulo: su casa, una línea: la ruta, un rectángulo: el mar. La isla era un punto sin nombre.

Nikos los invitaba a comer una vez por semana. Su hija, Eleni, peinaba a Jiyan sin pedirle permiso, como se peina a una hermana.

—Tienes el pelo fuerte —decía—; tira hacia el cielo. —En esa casa, por un rato, los pronombres dejaban de doler. No eran ellos, esas, aquellos; eran nombres: Eleni, Nikos, Jiyan, Berzan. La diferencia deja de arder cuando se pronuncia bien.

Una mañana, en el taller, Manolis les informó a las mujeres que empezaría a blanquear, en principio a dos, por los controles. Escogería según producción y presentación. Jiyan no supo si su falda contaba como argumento. Una compañera iraquí, le dijo:

—Tú coses mejor que yo. —Jiyan negó con la cabeza—. Tú hablas mejor que yo. —Reían sombreadas por el mismo techo, cortadas por distintos cuchillos.

La selección ocurrió como suelen ocurrir esas cosas: sin explicación, con gesto de trámite. Jiyan no quedó.

—No cumple los requisitos —dijo Manolis, apoyándose en una tabla invisible. Ella no protestó. Pensó en un momento de su vida, en el valle antes de la guerra, donde escogió la tela de su vestido de novia. La dependienta, una mujer de ojos saltones, la había tratado como si supiera de antemano que la ropa se cosía para la foto, no para la vida.

—Que te quede bonito, corazón. —Ahora lo práctico era respirar.

Al mes siguiente, un turista filmó el campamento con un dron. El video se hizo viral. Había casas rodantes, antenas de televisión, niños corriendo tras una pelota.

—Viven mejor que nosotros —dijo un comentario.

—Miren cómo se aprovechan de nuestros impuestos —se quejó otro. La narrativa se escribió sola: invasión, usurpación, abuso. El alcalde dio una entrevista caliente como pan recién salido del horno.

—Hay sombras en nuestra isla —anunció—. La identidad peligra. —No explicó cuál identidad ni cómo se mide el peligro. Al día siguiente hubo una asamblea en la plaza. No fue mucha gente, pero hicieron ruido.

—No es odio —aclaró un hombre que vendía sombrillas—; es supervivencia. —Los aplausos sonaron como las campanas de una iglesia.

Esa misma noche, un grupo entró al campamento con antorchas, y no porque hiciera falta luz. Rompieron dos carpas, incendiaron un cubo de basura, empujaron a un niño que cayó sobre una chapa oxidada y se cortó el pie. Jiyan protegió a Berzan con el cuerpo. Cuando se hizo silencio, los hombres ya no estaban. Quedaba el eco.

—Vuelvan por donde vinieron. ¡Vuelvan por donde vinieron!

A la mañana siguiente, Nikos apareció con una caja de herramientas y tres amigos.

—Arreglaremos lo que rompieron —dijo, y la frase fue lo más cerca que se estuvo, ese día, y en mucho tiempo, de la justicia. El capellán ortodoxo del barrio, que no había abierto la boca en meses, les llevó sopa. Una mujer que se peinaba siempre en la misma peluquería dejó bolsas con ropa.

—Es de mis nietos; les queda chica—. Todo era contradictorio y cierto: rechazo y ayuda, asco y ternura, pan y piedras.

Jiyan decidió, entonces, que hablaría.

No la lengua de la isla —que aprendía palabra por palabra—, sino la suya: hablaría con sus manos. Fue al puerto con un bolso de retazos y agujas. Pidió permiso al dueño de un bar pequeño para sentarse en una mesa lateral y coser. Él la dejó, a cambio de que limpiara el piso al cerrar. Cosió carteras con tiras de colores, fundas para móviles, muñecos suaves con ojos cosidos en X, como marineros borrachos. Los turistas pasaban, miraban, preguntaban de dónde venían esas telas.

—De muchas vidas —respondía ella, y no era una metáfora. A veces compraban. A veces regateaban con soberbia de quien cree comprar también la biografía de la costurera.

Una tarde, un grupo de chicos griegos se acercó y se rio en su cara.

—¡Qué feo! —exclamó. El líder, un rubio que olía a perfume barato, tomó uno de los muñecos y lo lanzó al suelo. Jiyan se agachó, lo recogió sin mirar al chico. Berzan, que había aprendido rápido el idioma, habló despacio.

—Mi mamá hace cosas con lo que ustedes tiran—. El chico se detuvo, no supo si eso era un insulto o una declaración artística.

—¿Y qué? —respondió, al cabo, con un valor que se le notaba prestado y falso.

—Y también puede arreglar lo que ustedes rompen —dijo Eleni, que había llegado sin avisar y se plantó junto a la madre y su hijo como un árbol delgado. Los chicos se fueron sin frase final. Aprendieron una derrota en silencio.

Esa noche, Jiyan cosió un muñeco con una pequeña piedra blanca adentro. Lo llamó “Hijo del Mar”. Se lo regaló a su hijo.

—Para acordarnos —dijo.

—¿De qué?

—De que seguimos —respondió ella, y fue la versión adulta de aquella gramática: somos, seguimos.

Un funcionario vino del continente a contar números y a prometer gestiones. Visitó el taller de Manolis, el puerto, el campamento. Sonrió para las fotos. Dijo “integración” sin explicar en qué consiste. Usó la palabra “diversidad” sin sentirla más que como condimento de una vianda desabrida. Al partir, estrechó la mano de Jiyan.

—Estoy con ustedes —dijo, y el “estoy” se deshizo como vapor camino al ferry.

A la semana, llovió de nuevo.

No era la lluvia mala de la frontera, era lluvia honesta: mojaba a todos igual y dejaba el mismo olor a ropa húmeda en cada habitación. Nikos les prestó un balde; Eleni les llevó pan. En el puerto, una anciana que siempre había fruncido la nariz al verlos se acercó con dos limones enormes.

—Para el té —dijo, y su esfuerzo por no sonreír fue el gesto más tierno del día. Una mujer del taller dejó sobre la mesa una tarjeta con un número.

—Por si necesitas… hablar. —Lo pronunció con torpeza, como quien dice por primera vez la palabra “perdón”.

Jiyan escribió una carta. No a una autoridad ni era un papel que dé derechos, sino a sí misma. La escribió en su idioma, con esa belleza que tienen las palabras que no se rinden.

Me llamo Jiyan. Mi nombre quiere decir “vida”, pero a veces significa resistir. Vine de un lugar donde hay piedras que caben en la mano y verdades que no caben en ningún mapa. Mi hijo se llama Berzan, un nombre que promete altura y fortaleza. Aquí aprendimos otras músicas. Nos miran como si fuésemos el espejo de un miedo, pero también nos tienden algo de pan. Somos dos cosas: la amenaza y el prójimo. No sé qué seremos mañana. Quiero ser vecina. Quiero una llave que no rompa ninguna puerta.

Dobló la hoja y la guardó en la funda del pasaporte, que era una lámina de plástico sin país.

Tiempo después, en el barrio de las lavanderías, la vida se acomodó en su humilde equilibrio. Jiyan ya no miraba al suelo cuando entraba al supermercado. Saludaba. Le devolvían el saludo, a veces. Manolis la llamó de nuevo; le ofreció “regularizar” porque habían pasado los inspectores. Ella aceptó.

—Una firma aquí —señaló él. Firmó como quien cose un borde: sabiendo que no basta, pero ayuda.

Berzan fue invitado al cumpleaños de un compañero de clase griego. Jiyan le compró una camiseta con un caballo azul, aprendida la lección de Eleni. Los niños corrieron detrás de la pelota; nadie pidió papeles en la puerta del patio de juegos. Una madre comentó en voz alta, resabio del principio.

—Habrá que ver si no traen problemas.

Otra respondió.

—Los problemas los traen los hombres con antorchas, losd de Amanecer Dorado, ¿no te enteraste aún?

—No se miraron. Eso también es convivencia: discutir sin tocarse.

Esa noche, al volver, Jiyan encontró pintadas nuevas en el muro cerca del puerto.

Nuestra isla para nuestra gente. Alguien, con letra más pequeña, había escrito debajo: ¿Y nosotros, quiénes somos?

El mar, como siempre, respondió con su rumor.

Berzan, cansado, se durmió con el muñeco de la piedra contra su pecho. Jiyan lo tapó y salió un momento al muelle. Había estrellas sin pronóstico. Recordó el olor del pan de su pueblo y el color del pañuelo de Sirin. Recordó la cuneta, el anillo, la camioneta, el bote, la manta. No abrió la carta porque la sabía de memoria. Se abrazó la cintura, como si se midiera un talle nuevo. Escuchó pasos: era Nikos, que venía con dos cafés.

—Mañana hay reunión en la escuela —le dijo—. Piden ideas para integrar.

La palabra colgó entre ambos, como ropa tendida que espera sol.

—Yo puedo enseñar a coser —dijo Jiyan—. A las niñas y los niños —aclaró.

Nikos asintió

—Y yo, a arreglar bicicletas.

—¿Cree que sirva? —preguntó ella.

—Sirve que nos veamos trabajando juntos —respondió él, y el “juntos” valió mucho más que el verbo “juntar”.

Jiyan miró el agua. Pensó que su nombre, allá, significaba vida. Aquí, con suerte, podía significar también vecindad, salario, rutina, que son formas humildes y sólidas de estar vivo. No quería agradecer como quien paga una deuda impagable; quería corresponder, equilibrar, pertenecer sin dejar de ser. Quería que el día siguiente fuera un hecho, no una hipótesis.

Antes de volver al módulo, lanzó la piedrita de su marido al mar. No como renuncia, sino como mensajera: lisa como una verdad, trazó un círculo, luego otro, como si tejiera.

—Para acordarnos —dijo en voz baja. De que somos. De que seguimos. De que, cuando dejan, también sabemos llegar.

Y la lluvia, al fin, cayó del lado correcto: de arriba hacia abajo, sobre todos.

 

UN VIAJE AL AYER

Sergio Gaut vel Hartman

 

Que el ayer es un territorio inhóspito no lo discute nadie, ni siquiera los nuevos poetas de cibercafé, esos que elucubran sus versos utilizando mecanismos electrónicos implantados en la glotis, mientras avanzan a los tropezones entre toneladas de basura tecnológica. Pero antes de eso lo habían explicado los conductores mediáticos desde las pantallas de plasma de los televisores. Y también lo escribieron en los muros suburbanos los adictos perdidos, rociando las ruinas con ácidos y gel y lo cantaron los viejos programas piratas, carcomidos por la herrumbre. Nada de eso importa, o es otra historia.

Aquí, ahora, el ayer es el tema preferido de unos mesiánicos patéticos, unos tipos de dos por cuatro, muy viejos, viejísimos, aturdidos por el café, la nicotina y otras hierbas en el famoso bar de la calle Corrientes, donde sobreviven de puro guapos.

     —Recuerdo —dijo Fermín, borracho de fármacos genéricos comprados en puestos callejeros— cuando lloraron las orquestas por última vez. Yo tendría... déjenme ver... menos de veinte. Las nubes de ácido gris todavía no se habían descolgado por las paredes descascaradas de los edificios y en las terrazas podían divisarse las noches suaves, alejándose como ruidos de estática, arañándote la mente por dentro, reacias, eso lo digo yo, reacias a morir por completo.

—Eso digo yo también —apoyó Laureano mirándose con asco los implantes que le habían encajado en el Hospital Argerich; implantes de segunda, como siempre, conseguidos clandestinamente—. Mis días de romántico terminaron, carcomidos sin querer por la electrónica y los nuevos saberes, ¿entienden? No sé qué día maldito la bohemia se disolvió entre las imágenes de cristal de fósforo que nos herían las retinas y esos residuos de plástico negro, pero les aseguro que algo se rompió para siempre. La puta que lo parió.

  Morían matando, esos viejos. Nada quedaba de la frágil juventud que habían ostentado en la época anterior al software, las redes y la inteligencia artificial, pero no estaban dispuestos a entregarse. Mientras apuraban copas de ginebra reciclada con gusto a resina o sorbían lentamente el líquido oscuro destilado de escoria de alubias negras, imaginaban cómo fugarse a un universo alternativo.

—Nos queda la fantasía —dijo Bruno. Bruno creía que toda la realidad estaba aprisionada en el espacio comprendido entre sus labios y los de Mimí, un encanto de mujer. Pero Mimí había entrado en el pasado y le resultaría muy difícil sacarla de donde estaba.

—Con la fantasía no se viaja —objetó Wilson. Era, de lejos el más refractario a las búsquedas, el más escéptico. Le decían Wilson porque había vivido en el Gran País del Norte o porque había trabajado en el frigorífico homónimo, no estaba del todo claro. Su verdadero nombre le daba vergüenza y los demás eran muy respetuosos de esas cosas.

—Lo que quebró y destripó los sueños —dijo Laureano, más para ayudar a Bruno que para refutar a Wilson— es que dejamos de creer en ellos. Pensamos que las imágenes electrónicas eran un buen sustituto, el método que venía a reemplazar a los sueños, que tantas veces son pesadillas, y nos cansamos de luchar. Ahora somos demasiado viejos para tomar las armas de nuevo.

—En el bar del barrio sur, ya saben, el de Boedo y San Juan —dijo Fermín, como si no los hubiera escuchado—, Morovic y sus amigos están quemando la ilusión con sueños sintéticos. Se conectan a la red de psicóticos del Borda con terminales térmicas que sacaron de la Quema y alucinan coágulos de oscuridad, herramientas fractales, buzones rojos y taitas muriendo su canción.

—¡Qué poético, che! —dijo Laureano.

Alentado por las palabras de Laureano, Bruno cantó:

—"Mujer de mi poema mejor... Mujer, yo nunca tuve un amor... Perdón, si eres mi gloria ideal... Perdón, serás mi verso inicial..."

La voz de Fermín, reptando en la atmósfera viciada por las drogas sintéticas que el gallego Mouriño mezclaba en la trastienda del bar para agregar a los restos de coñac que exprimía de las botellas casi vacías, sonó para siempre, pegó la vuelta en el codo de Dorrego y se metió de cabeza en una madrugada de agosto, fría como la nariz de un esquimal, sesenta años atrás.

—¿Funcionó? —Wilson estaba perplejo. La calle Corrientes lucía como en la época de Illia, cuando el brillo de las películas de Fellini apagó por un rato la rabia de la derecha demente.

—¡Claro que funcionó! —dijo Bruno—. Aquí tienen el motivo por el cual nunca perdí las esperanzas.

Para corroborar la afirmación, Mimí entró al bar, con su manera sin par de mover las caderas. El cabello rubio le caía sobre los hombros y una sonrisa pícara le bailaba en la boca.

—¿Fuimos nosotros o vino ella? —Laureano tocó las protuberancias que sobresalían de los implantes en dos o tres lugares; no tenía eso sesenta años atrás.

—¿No dije que al amor hay que darle alas de fantasía? ¿Les dije o no les dije? —Bruno estaba eufórico; fue al encuentro de la mujer y la abrazó y la besó en la boca y los ojos.

—¿Dijiste eso? No me acuerdo. —Wilson le hizo una seña a Mouriño para que le trajera un vaso de agua; tenía que tragar algunas gotas de hiadizina para estar seguro de que no se había metido en una nueva alucinación polimórfica.

—Ocurrió cuando él cantó —dijo Laureano señalando a Bruno—. Rubia y dulce Mimí, ¿adónde te habías metido?

La mujer se separó de Bruno sin dejar de sonreír.

—Estuve muerta, todo el tiempo —dijo con toda seriedad.

—¡Al carajo! —gritó Wilson. Barrió los pocillos y las copas con el brazo y los arrojó al piso, lo que obligó a levantar la vista a otros parroquianos, inmersos en sus propios asuntos. La zona liberada crecía como una mancha de polietileno derretido y espirales de hilo negro se elevaban hacia el techo formando una intrincada red de reflejos por efectos del neón de la vidriera.

—¡Pará, loco! —dijo Fermín. No se podía levantar de la silla, pero le resultaba perfectamente claro que lo que estaba sucediendo ya lo había soñado en París, en la época que era un refugiado político, fugado a tiempo de la dictadura fascista.

—Tranquilos —dijo Mimí—. Les puedo explicar todo.

Si la bruma ácida era capaz de recrear sin errores el cuerpo y el alma de los muertos, la nueva pesadilla artificial los tenía agarrados del cogote; una sensación de agobio los cubrió por completo. 

Wilson se serenó, levantó la silla e hizo una seña para detener el universo.

—Si te llevara afuera de este lugar —dijo Bruno con los ojos llenos de lágrimas—, ¿seguirías existiendo?

Mimí no contestó de inmediato. Se acercó a la mesa, retiró una silla y se sentó, anticipándose al gesto galante de Laureano. En sus pasos se adivinaba cierto cansancio, como si hubiera caminado años y años sin parar. Los otros también se sentaron. 

—Si les digo que la gloria del pasado es un fármaco sintético, urdido por un virus creado de apuro, por aquellos muchachos del viejo café...

—¡Ni digas esas cosas, Mimí! —gimió Bruno—. No puedo pensar que tu existencia depende de la ingeniería química, o de un simulacro creado por los diseñadores de sueños... y menos por los caprichos de esos... de esos...

—¿Por qué no? ¿Sería mejor si les dijera que funcionó como un conjuro, a la vieja usanza?

Hasta Mouriño alzó las cejas al oír la palabra que vinculaba el mundo de los sentidos, el mundo que podía manipularse con sustancias de síntesis y el software adecuado, con el impredecible y ambiguo mundo mágico.

—¡No estás hablando en serio! —Fermín buscó con la mirada y halló lo único que cabía en el escenario que habían creado: un elemento disruptor, un factor aleatorio e inesperado que abortara el avance incontenible de una falsa realidad. Recortadas en la puerta del bar, las odiadas figuras de Morovic y sus amigos proyectaban sombras sobre la tenue fosforescencia. Llevaban, como siempre, los cascos de conexión a la red de psicóticos del Borda, aunque a Bruno le parecieron los fantasmas de los drugos de Burgess, con bastos de madera en las manos, listos para hacer un desastre.

Bruno fue el primero que advirtió lo que ocurría. Extendió el brazo para retener a Mimí, pero la mano atravesó el cuerpo de la mujer, quien sin dejar de sonreír empezaba a despedirse.

—Fue hermoso, muchachos —alcanzó a decir. Y antes de que Morovic y sus amigos llegaran a la mesa se había desvanecido en el aire; una formación de reflejos de neón cromático y chisporroteos azules se entrelazaron, ocupando el espacio que un instante antes pertenecía a su cuerpo.

Laureano, con los ojos fuera de las órbitas, advirtió de inmediato que el arabesco de fluidos acuosos que quedó grabado en la bruma era el nombre de la mujer: un nombre escrito por la mano del pasado.

—En la vieja mesa del café del barrio sur, en San Juan y Boedo —dijo Morovic sin pestañear— hemos grabado los nombres de todas las mujeres que conocimos, ¿se dan cuenta de lo que significa?

Bruno dejó colgar los brazos, vencido. ¿La había perdido? ¿Acaso alguna vez la había recuperado? No tenía fuerzas para pelear con Morovic, como había hecho tantas veces. Combate dialéctico. ¿Para qué? Ambos estaban demasiado viejos para seguir esa guerra.

—Váyanse —dijo Wilson—, déjenlo en paz.

Morovic y sus amigos giraron al unísono, como maniquíes montados sobre ejes de cromo, y se perdieron entre las sombras de Corrientes.

—Se van por donde vinieron —dijo Fermín.

—Anoche —dijo Bruno apesadumbrado—, el mismo demonio, en otro lugar. Es una sombra que me persigue.

—Hay que correr algunos riesgos —dijo Laureano—, si uno se empeña en recuperar el pasado.

—Mouriño —dijo Fermín—: traiga algo fuerte, que nos reviente el coco, por favor, gallego. —Mouriño se encogió de hombros. Eran buenos clientes los viejos; siempre pagaban, y ni siquiera discutían el precio. Mezcló un poco de Pernod, que siempre guardaba para las ocasiones especiales, con el contenido de un sobre de novizone. ¿Querían volarse el coco? Les daría con qué. Cubrió la distancia que lo separaba de la mesa y sirvió la mezcla en los mismos vasos sucios de mil sustancias. Por lo que podía importar...

—Al volver... al volver al lugar en el que estaba... —Bruno se atragantó con el Pernod; todavía faltaba mucho para que el novizone le hiciera efecto.

—No estaba en ninguna parte —dijo Laureano—. Tendrás que acostumbrarte a vivir con el recuerdo, como hasta ahora.

—¿Se dieron cuenta de su apariencia frágil, de su tersa juventud, incorrupta? —Bruno estaba a punto de caer al abismo. Fermín lo instó a que bebiera el Pernod con novizone hasta el final y tuvo éxito. La voluntad debilitada por la nueva realidad que empezaba a construirse puertas afuera del bar, evocaba los perfumes y las formas del pasado. Fermín le guiñó el ojo a Laureano y una mueca, lo más parecido a una sonrisa que cabía en los labios del viejo, se dibujó durante un instante.

—De un olvido pueden sacarse varios recuerdos —dijo Wilson, ni más ni menos áspero que otras veces.

—De una mujer que se durmió sin querer pueden sacarse varias vidas vírgenes, sin usar —dijo Bruno, como si estuviera de regreso, victorioso. El novizone estaba haciendo un buen trabajo, aunque casi con seguridad no le permitiría ver la luz del día siguiente.

En el espacio vacío, sobre listones de metal opaco, entre cables retorcidos y programas de estímulo sintético múltiple, los mesiánicos barbudos cantaban sus últimos poemas. Están casi ciegos y casi no se dan cuenta cuando el café de ayer naufragará miserablemente en el mañana. Pero doy fe de que naufraga. Puntualmente. Todos los días. A la misma hora.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Inició su carrera literaria en 1970, publicando en la revista española Nueva Dimensión. En Argentina, fue parte del equipo de la revista El Péndulo y fundó el fanzine Sinergia y dirigió la revista Parsec. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado en 1985 por Ediciones Minotauro. Ha sido finalista del Premio Minotauro 2005 con su novela El juego del tiempo, y del Premio UPC por su novelas cortas Otro caminoCarne verdadera y Otro dios caprichoso. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa y este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. En las últimas semanas ha sido finalista en varios concursos literarios, aunque no ganó ninguno de ellos. 

EN CASA AJENA (OCHO)