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martes, 1 de septiembre de 2026

FUGA SIN FINAL

Sergio Gaut vel Hartman

 

Sufro la soledad, pero no conozco un remedio que la cure. Vagaba por las calles de Almatý desafiando el crudo diciembre kazajo, sin mejores opciones que pasar la Navidad en mi habitación del hotel Kazakhtan, en absoluta soledad, cuando la casualidad, suponiendo que tal cosa exista, me ubicó en el camino de Pedro Rivero, jefe de recursos humanos de la empresa de cosméticos en la que trabajé hasta 2012. Ese mismo sujeto que ahora me abrazaba efusivo, tan lejos de casa, me había dado la noticia de que estaba despedido.

—¡Increíble! Coincidir en Kazajistán —dijo Pedro.

—Sí, una gran coincidencia —respondí mordiendo las palabras.

—¿Con quiénes va a pasar la Navidad?

—Con unos amigos peruanos —mentí—. Estoy con ellos para gestionar la venta de un reactor nuclear. —Seguí mintiendo; soy un especialista en la materia.

—¡Pero no, mi amigo! —refutó Pedro sujetando mis brazos con unas manos que parecían tenazas. Olvidé consignar que Pedro es lo más parecido a un luchador de sumo que pueda imaginarse. Con ciento sesenta kilos y la prepotencia de un camión Belaz, podría aplastar un automóvil pequeño de un puñetazo—. Pasará la fiesta con compatriotas. ¿Peruanos? —Hizo un gesto de asco que me molestó enormemente; tengo varios buenos amigos peruanos. Pero no era fácil zafar del apretón de Pedro. Podría decir que me arrastró hasta su casa entre muestras de simpatía y la promesa de un festín pantagruélico. ¿Qué decir? ¿Qué argumentar? ¿Explicarle las razones de mi presencia en Almatý? ¿Manifestar que hacía una semana que perseguía a Irina Makarova, mi esposa durante los últimos siete años, en busca de una reconciliación imposible? Todo lo que había logrado era morirme de frío. El dinero no era problema: podía seguir indefinidamente en Kazajistán pero, ¿para qué?

Pedro me metió en un Lada Granta rojo y recorrimos la Gornaya hasta la avenida Dostyk y nos detuvimos ante un edificio enorme.

—Aquí vivo —dijo Pedro señalando un edificio fastuoso. Ingresamos a la enorme recepción y tras ascender no menos de veinte plantas llegamos al piso donde vivía mi “amigo”. Casi de inmediato, una multitud de niños de tres a doce años se abalanzó sobre nosotros gritando en kazajo y ruso una serie de reclamos, demandas, exigencias y ruegos, que yo fui incapaz de comprender.

—Aunque no conozco ni una frase en el idioma de este país —argüí— presumo que estos niños claman por sus regalos navideños.

—Exacto —respondió Pedro, lacónico.

—¿Son todos suyos?

—¡No! Solo Vania, el varoncito ese, de cinco, y la de siete, Ludmila. —Observé a esos dos niños en particular y terminé aceptando que la propuesta de un tipo al que siempre odié, y al que solo me unía una forzada coexistencia en la misma empresa mientras vivíamos en Buenos Aires, no había sido tan descabellada.

Fui presentado a la multitud y no tardé en verme envuelto en una maraña de abrazos y apretones de manos. La familia de la esposa de mi anfitrión era numerosa y se componía de una docena de adultos y una prole acorde, invariablemente kazajos, que me hablaron con una desconcertante naturalidad, a la que yo replicaba con movimientos labiales que trataban de parecer sonrisas. Raisa, la esposa de Pedro, una mujer rubia, menuda, de enormes ojos azules, me abrazó con una dulzura que me desconcertó.

—Me prometió que pasaría la Navidad entre compatriotas —protesté cuando quedamos solos un momento.

—Lo somos —dijo Pedro—. Mis dos hijos nacieron en Buenos Aires, pero llegamos a Kazajistán cuando eran muy pequeños.

—¿Su esposa habla nuestro idioma?

—Tampoco. —Y tras esta tajante afirmación, Pedro me dio la espalda y se dedicó a los parientes y amigos presentes, dejándome solo y aislado.

Los niños eran todos muy simpáticos, y pude detectar que no se diferenciaban demasiado de los infantes de mi país. Pese a lo temprano de la hora ya habían sabido ingeniárselas para destrozar la mayor parte de los obsequios recibidos. Los observé sin el menor disimulo, aunque eso no pereció alterarlos. En particular despertó mi atención el comportamiento de Ludmila, la hija de Pedro. Era una niña de ojos y cabellos oscuros, como el padre, que no parecía interesada en jugar con los otros. Es probable que alguno de los mayores le hubiera pegado u ofendido, aunque más que agredida lucía molesta y angustiada. Cada tanto suspiraba de un modo que nunca vi en una pequeña de esa edad. Dejé de prestarle atención y me concentré en el aburrimiento que me producía permanecer en esa casa, rodeado de desconocidos. Volví a pensar en Irina y lamenté no haber resistido los embates de Pedro Rivero. Ahora estaría en el lobby del hotel Kazakhtan, conectado a Internet, chateando con mis amigos. Por hacer algo, me dediqué a recorrer las habitaciones, apreciando la decoración y el mobiliario. Rivero parecía haber pegado buena; tal vez seguía en el negocio de los cosméticos, en el que debía haber escalado posiciones gracias a zancadillas oportunamente aplicadas.

Lo cierto es que mi deambular me llevó hasta una habitación que tenía la puerta abierta. Sin recato observé que en el interior la pequeña Ludmila, tapada con una manta, parecía querer aislarse del mundo. Me acerqué con sumo cuidado, tratando de no asustarla, y aunque convencido de que no me respondería, le pregunté en castellano si estaba enojada. Para mi sorpresa, y tras retirar la manta y contemplarme unos segundos como si yo fuera un ser de otro planeta, respondió en mi idioma.

—No estoy enojada; estoy harta de la estupidez humana, de la hipocresía, de los lugares comunes, de los convencionalismos, aquí y en cualquier otra parte. —El comentario me desconcertó. Parecía provenir de un adulto, no de una pequeña de apenas siete años. Y eso sin contar con la cuestión del idioma, una incógnita que me propuse esclarecer de inmediato.

—Te expresaste muy bien en mi lengua; aquí todos hablan kazajo o ruso.

—Viví muchos años en tu país —respondió sin vacilar. ¿Qué podía significar “muchos años” para alguien como ella? Pedro dijo que habían llegado a Kazajistán cuando los niños eran muy pequeños.

—¿Cuántos, exactamente? —pregunté con un dejo de burla.

—Más de treinta. —Lo mencionó como al pasar, sin tomar en cuenta la incongruencia de tal información. Pero antes de que yo pudiera agregar nada, continuó—. Esta es mi novena vida; durante la séptima fui Alfonsina Storni, la poeta. Me suicidé en Mar del Plata el 25 de octubre de 1938.

El universo se dio vuelta como un guante. Jamás, en todo el tiempo que llevo en la Tierra aparentando ser un ser humano común y corriente, había conocido a otra criatura como yo, a otro condenado a un eterno renacer en otro cuerpo, conservando los recuerdos de la vida anterior con una perfección absoluta. Me estremecí ante la idea de que debería esperar por lo menos diez o doce años para entablar con ella una relación fructífera. Pero me tranquilicé de inmediato, ¿qué son diez o doce años para seres como nosotros?

Sergio Gaut vel Hartman, nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1947, es el creador y coordinador de MICROFICCIONES Y CUENTOS desde abril de 2024. Además de este, pueden leer otros 25 cuentos publicados anteriormente.


jueves, 6 de agosto de 2026

UN MINUTO DE SU TIEMPO

Sergio Gaut vel Hartman

 

—Espere. Quédese un minuto. —El hombre la miró extrañado; había terminado de vestirse y dio una pitada nerviosa al cigarrillo, como si el pedido fuese algo extravagante.

 —Ya te pagué, ¿no?

—Sólo es un minuto. —Era la primera vez que le pedía eso a un cliente e ignoraba por qué lo estaba haciendo. Un impulso, un manotazo de ahogada.

El hombre tampoco supo por qué accedió, pero se sentó en el borde de la cama y pasó el minuto mirando su reloj de pulsera. Era un reloj barato.

—¿Ya está? —dijo cuando hubo transcurrido el minuto.

—Ya está —dijo ella—. Puede irse, si quiere.

El quinto cliente quiso saber.

—¿Para qué lo hace, chica? —Hablaba raro, con un acento duro, respetuoso y desconfiado a la vez. Pero no la había tratado con delicadeza; era tosco y torpe.

—Todavía no lo sé, señor. Con este son cinco.

—¿Cinco minutos, chica?

—Sí. —No le pareció apropiado agregar nada. El hombre permaneció de pie, en silencio; no miró el reloj; no usaba.

—¿Ya está? —dijo cuando creyó que había transcurrido el minuto. Eso era lo único que los igualaba a todos. Todos preguntaban “¿ya está?”. No importaba si tenían o no reloj.

—Gracias —dijo ella.

El vigésimo tercero —en eso no hay discusión, porque ella contabilizaba escrupulosamente cada minuto obtenido— era un experto lanzador de flechas, un arquero que participaba en competencias. Se sorprendió más que los otros, pero se mostró generoso.

—¿Un minuto? Podrían ser cinco o diez. Es muy agradable.

—¿Diez? —A ella le brillaron los ojos; no esperaba que alguien le diera diez minutos enteros voluntariamente.

—Diez, veinte, los que quieras; nada ni nadie me espera.

—Diez está bien —dijo ella, aturdida.

—Supongo que querrás saberlo. El arquero, el arco, la flecha y el blanco son uno...

Ella no estaba interesada. Pero el arquero quería contarle y continuó con su precisa y minuciosa e innecesaria explicación.

Gracias al arquero y a un anciano muy fino y elegante pudo completar la primera hora. El anciano no estaba a la altura de las circunstancias, pero de todos modos le obsequió media hora completa, en silencio. Sólo le pidió que permaneciera desnuda, quieta, a lo que ella accedió sin chistar. Él pasó la media hora mirando un lunar que ella tenía entre los pechos; no los pezones o la vulva: el anciano miraba el lunar. Fue la primera vez que fue ella quien dijo “ya está”, y no fue una pregunta.

Había llegado el momento de averiguar qué significado tenía la hora completa que había obtenido. Era una hora virgen y absolutamente propia; no tenía que compartirla, ni siquiera tenía que mostrarla, aunque estaba casi segura de que nadie, entre las personas que la rodeaban, sería capaz de percibir la textura sutil de esos sesenta minutos, la frágil trama que formaban los segundos, entrelazados como cristales de nieve. También se preguntaba si era prudente seguir acumulando tiempo o si, por el contrario, debía gastarlo antes de que estallara, como una pompa de jabón.

El regreso fue penoso, como siempre. La aguardaba la misma trama de gritos y reproches; el dinero, lo único que importaba en esa casa, pasó una vez más de sus manos a las de ellos. Pero eso era irrelevante y decidió no gastar el tiempo acumulado en esa dimensión marchita de su vida. Miró los muñones de papá y olió la agria borrachera de mamá como si ambos fueran los actores secundarios de un mal programa de televisión. Salió dando un portazo. Mamá se tambaleó, tratando de detenerla; papá ni siquiera eso.

 

Por una extraña coincidencia completó un día entero con el cliente número mil. Los últimos minutos se los obsequió un marinero liberiano con el que no pudo intercambiar ni una palabra. Pero el hombre entendió lo que ella necesitaba, como si una contigüidad natural con las cosas primordiales le permitiera prescindir de los signos. Fueron once minutos exactos y tuvo un día completo, su treintaidós de enero; un lapso fugitivo apresado gracias a un ardid incomprensible, una celada. Le pertenecía, era suyo, propio, y sólo la inquietaba saber cuándo se animaría a gastarlo.

—Gracias —dijo ella.

Él movió la cabeza, le brillaron los ojos y se humedeció los labios con la lengua. —Gracias —repitió, sin saber lo que decía. Hubiera sido una misteriosa maravilla conocerla sin que el dinero tomara parte del juego. —Gracias —repitió una vez más. Era una bella palabra que rodaba y chasqueaba como un pez atrapado en un anzuelo.

Ella sonrió y le abrió la puerta. Pero él no se fue. Sacó del bolsillo billetes de diferentes países y valores y con ellos escribió palabras dulces que significaban más o menos lo mismo en cualquier idioma.

—No puedo —dijo ella sacudiendo la cabeza—. He completado mi día. Ya no volveré a hacerlo.

Él juntó el dinero formando un ovillo y se lo metió en el bolsillo de nuevo; había entendido. Ella le tomó la mano y lo obligó a que le tocara los párpados húmedos.

—Thomas —dijo el marinero señalándose el pecho.

—Samantha —dijo ella; torció la boca y sacudió la cabeza—. No. No es cierto; me llamo Rosa.

—Rosa —repitió él arrastrando las sílabas hasta convertirlas en un sonido ventoso y áspero, seco como el soplo del aliento en una caña hueca.

—Debes irte; andate —dijo Rosa señalando la puerta. Thomas asintió tristemente. Dio dos pasos arrastrando los pies y asió el picaporte; empujó hacia abajo y giró la cabeza. En ese momento vio el día entero girando entre ondas y espirales de colores alrededor de Rosa. Ella trató de ocultar el día entre los pliegues de la blusa, pero descubrió que estaba desnuda. Demasiado tarde para todo, movió los brazos como aspas, como una mariposa atrapada en mermelada y cerró los ojos, invitando al marinero a hacer lo mismo.

Thomas pestañeó. Veía claramente el día que ella había conseguido. Era una abigarrada fusión de encajes y bordados; en los costados, cerca de los puntos en los que cada minuto se precipitaba en el siguiente, se veían los remaches dorados, con resaltes como garfios y discos apenas perceptibles que giraban a toda velocidad. El conjunto parecía una bestia maligna o por lo menos tortuosa, dispuesta a hacer cumplir su voluntad inexorable. —¿Rosa? —Trató de avanzar y lo detuvo el brazo en alto de la muchacha.

—¡No lo toques!

—¿No? —Thomas, que además de afinidad con las esencias poseía la intuición de los viajeros, supo que ese lugar le estaba vedado; un marinero conoce los puertos prohibidos o de qué taberna saldrá con un tajo en la cara. No es no. Primero se detuvo y luego hizo un gesto indefinido, de desconcierto, o de prevención, pero Rosa no supo interpretarlo, creyó que la mano alzada, como tantas otras veces, se descargaría sobre su rostro y se cubrió con los brazos en cruz.

—¡No! —No es no. Él comprendió y giró como un trompo. Extendió el cuerpo a lo largo de los círculos concéntricos de una premonición brumosa y se hizo un ovillo. No podía expresar con palabras, palabras de otro idioma, que Rosa no hubiera entendido, que él también tenía un día intacto, construido con retazos de mareas, olas, tempestades. ¿Qué es, después de todo, lo que perseguimos a lo largo de toda una vida? Pero tampoco podía decirle que si los juntaban tendrían dos días perfectos, dos gemas que podrían fusionarse hasta perder su identidad y ser mucho más que el doble de sí mismos.

  Rosa intuyó algo de eso, aunque no quiso arriesgarse; no debía exponer su día intacto a los azares de un aliento extraño. La complicada amalgama de espirales giró sobre sí misma para exponer los accesos a la brisa que soplaba desde el lejano mar, y le puso nombre a cada uno de los puntos que latía en la habitación. Un resplandor dorado brilló como las alas de un colibrí que se agitan a toda velocidad.

Thomas, perdido por perdido, convocó a sus amigos de las sombras, se vistió con los destellos de una juventud quebrada en un pueblo llamado Soboe, revivió los infortunios simétricos de un padre borracho y golpeador, una madre violada por los soldados durante una de tantas guerras. Nacer, en Liberia, es lo mismo que ser linchado por una turba sedienta de sangre. Entonces, perdido por perdido, creó un fulgor flexible, subterráneo, sabroso, la clase de materia que empollan en sus nidos las aves invisibles, lo cobijó en el hueco de la mano y lo clavó en el pecho de Rosa. Dijo algo en su lengua, una palabra de disculpa, capaz de expresar todo el amor del universo. Y mientras la mujer se desangraba, él encontró fuerzas para cortarse la yugular con el filo de una ola. El tiempo, convencido de que aquel era el mejor final posible, sumó los días ganados de Rosa y Thomas, y luego los multiplicó por dos, por cuatro, por ocho, por infinito. Más tarde, mucho más tarde, salió de la habitación, cerró con llave y la arrojó a las fauces de un dragón que pasaba casualmente por allí.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires, Argentina, el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado por Ediciones Minotauro en 1985. En 2005 su novela El juego del tiempo quedó finalista del Premio Minotauro, aunque en su momento no fue publicada por temas de política editorial. En noviembre de 2009 se publicó su segundo libro de cuentos, Espejos en fuga y en 2011 el tercero Vuelos. En 2017 ganó el premio literario de La máquina que hace Ping! La obra, Avatares de un escarabajo pelotero, fue publicada ese mismo año. Poco después, la editorial chilena Contracorriente publicó la novela Otro camino (que fuera finalista del premio U.P.C.) y en 2018 aparecieron dos nuevos libros de ficción: La quinta fase de la Luna, cuentos, y la ya citada novela El juego del tiempo (publicada en México por PuertAbierta). Sus últimos libros publicados fueron: Cuerpos descartados (2019), Carne verdadera, (2021) y El día que llegamos a Marte (2023). Ha compilado una veintena de antologías y sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés, portugués, italiano, serbio, alemán, ruso, griego, búlgaro, japonés, hebreo y árabe.

 

miércoles, 8 de julio de 2026

VUELOS

 

Sergio Gaut vel Hartman

 

Después de la muerte de Jorge anduve un tiempo juntando recuerdos por todos los rincones de la casa, como si fueran ropa sucia, y guardándolos en un canasto con la esperanza de sacarlos algún día, lavarlos, tenderlos al sol, plancharlos y tal vez usarlos… como se hace con una vieja camisa, gastada pero cómoda. Pero fue una falsa esperanza; no funcionó.

La tristeza que me impregnaba era tan fuerte que la casa se convirtió en una prisión, y cada minuto empezó a parecerse a los que miden una condena a reclusión perpetua, instantes tan sórdidos que sumados te hacen desear la pena máxima, el final del suplicio. Deambulaba por las habitaciones arrastrando los pies, levantando un objeto para dejarlo de inmediato en su sitio, procurando que no cambiara de posición ni siquiera un milímetro. Hice varios inútiles inventarios y descubrí que las cerámicas y marfiles pueden tener más vida que un ser humano, en especial si ese ser humano está lastimado, si el dolor enquistado en su carne actúa como un veneno que lo paraliza.

Pero algo tenía que hacer para no hundirme por completo, por lo que me obligué a actuar, aconsejada por parientes y amigos, y adquirí la costumbre de caminar por el barrio todos los días, peregrinando por las calles que Jorge y yo habíamos recorrido juntos tantas veces. Caminaba y caminaba contemplando distraída los jardines y fachadas; bares, parques, negocios, monumentos. Pero no obtenía ningún placer haciéndolo. Era agradable, suave, pero no tardé en descubrir que era menos peligroso permanecer encerrada, ya que cada esquina terminaba siendo un puñetazo en la mandíbula propinado por los recuerdos, los benditos y malditos recuerdos…

Así que renuncié a los paseos para quedarme las mañanas, las tardes y las noches mirando televisión, con la mente en blanco, sin el menor interés en lo que estaba viendo. ¿Qué hacer? ¿Mudarme? Me inhibía por completo la sola idea de embalar los objetos y sentir que cada uno de ellos era un pasaje de ida a la nostalgia, una invitación a la melancolía. Una querida amiga sugirió que fuera a un lugar de encuentros, que allí podría conocer a un hombre con el que rehacer mi vida. ¿Rehacer mi vida? Mi vida no estaba deshecha, solo había dejado de existir, era una nulidad, un enorme agujero vacío.

El otoño fue tétrico y el invierno espantoso. Creo que leí una veintena de novelas, aburrida de la televisión y vi mil programas idiotas, harta de las ficciones ridículas en las que la gente padecía problemas más vastos y lacerantes que los míos, pero los resolvía con una facilidad que me aterraba. Sin problemas económicos ni hijos que me requirieran ni nietos a los que amar, seguí hundiéndome en la ciénaga, olvidada en medio de un territorio inhóspito que nadie atravesaba.

¿Preguntan si lloré? Lloré hasta secarme, hasta que me convencí de que llorar no serviría de nada, que Jorge no iba a regresar y que yo no poseía el valor suficiente como para ir en su busca. El peso aplastante de mi falta de fe se hizo sentir en ese momento. Si por lo menos pudiera fantasear con un lugar más allá de la vida, en el que él me estuviera esperando.

 Septiembre no fue mejor que agosto y octubre mucho peor que cualquier mes de cualquier año. Las horas, elásticas, se estiraban con una perversidad digna de monstruos de ficción, y mi ansiedad por abandonar la casa empezó a mezclarse con la imposibilidad de poner un pie fuera de ella. Oscilaba como un péndulo, bipolar, perpleja, aturdida como una liebre encandilada en medio de la ruta. ¿No hay salida? No la hay, respondí a la pregunta que no necesitaba ser contestada.

De todos modos, poco antes de Navidad cerré la casa y partí hacia la playa. Al principio ignoraba mis motivos para hacerlo, aunque tal vez imaginé, refugiada en un cuarto cerrado de mi mente, que poner distancia con los objetos y lugares cotidianos me ofrecería una oportunidad de ver las cosas desde otra perspectiva.

No era cierto. Lo que estaba buscando era recuperar un momento vivido junto a Jorge, tres años atrás. Iba en busca de aquel instante de mágica zozobra, cuando sentados en las gradas de un improvisado anfiteatro, asistimos a las evoluciones de una joven pareja de acróbatas. Aquel verano, acunados por la música perfecta y desolada del Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler, aquellos chicos giraban y volaban en torno a un armazón metálico, enredándose en lienzos de colores, cayendo hacia los abismos y ascendiendo de nuevo, como pájaros neuróticos. Durante todo el tiempo que duraba la actuación, Jorge y yo permanecíamos tomados de la mano, angustiados, con el corazón en la boca, mientras imaginábamos una historia de amor signada por privaciones y desencuentros, vida de artistas trashumantes, dijimos. Íbamos a verlos todas las noches de aquel, nuestro último verano en la playa, aunque en ese momento no supiéramos que la muerte nos acechaba, gestando el obsequio que nos entregaría tras muchos meses de sufrimiento. Íbamos a presenciar ese espectáculo porque ambos nos enamoramos un poco de aquellos acróbatas, rozando con los dedos casi cincuenta años destejidos de la trama del tiempo. Díganme masoquista, si lo desean, y lo aceptaré sin enojo. Quería volver a verlos y así recuperar un fragmento del pasado vivido junto a Jorge.

Tampoco funcionó. En la plaza había payasos, idiotas con guitarras y armónicas, jugadores de ajedrez, titiriteros, pero ellos no estaban. Tonta de mí, pensé. ¿Qué me hizo suponer que estarían en ese mismo lugar, tres años después, volando y girando en el aire, acunados por la sublime música de Mahler? ¡Hay tantas playas!

Abandoné la plaza y caminé hacia el mar. El verano declinaba. Pronto comenzaría el éxodo; el desierto y el silencio ganarían la batalla. Los muelles, en los que se movían unos pocos pescadores, se hacían eco de mi desolación. Me dirigí por la rambla hacia el puerto, alejándome del centro, tratando de hurgar en la penumbra para hallar a mi fantasma perdido. Pero Jorge no estaba, por supuesto. Mis fantasías seguirían siendo eso, sombras condenadas a permanecer en sus cofres, collares de nada, pájaros de espuma que se disuelven en la noche.

Me acodé en la balaustrada de la rambla y dejé que mis lágrimas corrieran sin ningún pudor. De todos modos, nadie podía verme, y si alguien me viera, me dije… ¿a quién le importa una vieja que llora a su amado muerto? Lo irrecuperable de la situación me tomó por asalto una vez más, pero no me resistí. Así sería hasta el final, y por primera vez deseé que ese final no se demorara demasiado.

Tardé un momento en advertir que, a unos metros de donde yo estaba, un malabarista revoleaba sus clavas con pericia pero sin voluntad. Nadie observaba su acto, y me pareció raro que siguiera lanzando y recogiendo, lanzando y recogiendo, en una repetición mecánica de la rutina. Pero de pronto se detuvo, recogió las clavas y me encaró directamente.

—La estaba esperando —dijo.

—¿A mí? —Mi perplejidad era genuina. Era aquel acróbata, el muchacho que, colgado de un armazón metálico, lanzaba a su pareja entre lienzos rojos y amarillos, le sujetaba la mano o se la soltaba para que se precipitara al abismo; la alzaba y la volvía a soltar, formando una coreografía demente que no parecía tener fin. Era él, por cierto. Pero ¿me estaba esperando? Nunca habíamos cruzado una palabra, no podía recordarme, yo era una sombra más, perdida entre el público, hipnotizada por los giros y la música.

—Sí, a usted —dijo—. ¿Por qué no? Mahler quedó en silencio, ¿sabe? La música se extinguió. Ya no hay un Adagietto sonando en la plaza. No logré sujetarla y ella cayó desde siete metros. —Me tapé la boca con la mano y reprimí un sollozo. No supe qué decir, pero él sí supo—. Yo también me quedé solo, ¿se da cuenta?

Sergio Gaut vel Hartman, Buenos Aires, Argentina, 1947, es escritor, editor y antólogo. Creó y conduce el blog MICROFICCIONES Y CUENTOS y coordina talleres individuales y colectovos. Ha publicado unos treinta libros entre obras de ficción, ensayos y antologías,


jueves, 4 de junio de 2026

SOCIOS, SOSIAS, ALGO COMO ESO

Sergio Gaut vel Hartman

 

La lluvia caía como si alguien estuviera afilando cuchillos contra el cielo.

Vi al hombre por primera vez a las once y cuarto de la noche, bajo la marquesina del bar Atlantic. Llevaba un sombrero oscuro, un impermeable oscuro y una expresión tan oscura como la ropa y la noche. Pero en esta ciudad eso no lo distinguía de nadie.

Lo que me llamó la atención fue que tenía mi mismo rostro. No facciones parecidas. Mi cara. La misma nariz rota en el mismo combate olvidado, tantos años atrás. La misma cicatriz junto a la oreja izquierda. Las mismas arrugas cavadas por el whisky barato, los cigarrillos turcos y las mujeres equivocadas.

Se quedó mirándome desde la otra vereda. Yo también lo miré. Ninguno de los dos cruzó la calle.

Los automóviles levantaban cortinas de agua entre nosotros. Por momentos desaparecía detrás de los faros y volvía a emerger como una fotografía revelándose en un cuarto oscuro. Pensé en un hermano perdido, en un estafador con máscara, en un loco escapado de algún sanatorio. Incluso pensé que del otro lado de la calle alguien se había olvidado un espejo. La noche invitaba a pensar estupideces... y yo soy especialista.

Entonces el hombre levantó lentamente la mano derecha.

Yo no me moví. Él mostró algo que sostenía entre los dedos. Era una fotografía. Aun desde la distancia reconocí la imagen. Era la imagen de la mujer muerta que había encontrado aquella mañana. Y detrás de ella, sonriendo para la cámara, estábamos él y yo. Juntos. Como viejos amigos. Como socios. Como cómplices.

—¡Oiga! —le grité, dispuesto a romper la estasis.

—Podemos tutearnos —respondió—. No se le escapa que…

—¡No! —lo interrumpí. Mi grito sonó desproporcionado, era consciente de que había algo defectuoso en ese sujeto, ese doble, algo fundamental que se me escapaba, un detalle que invalidaba la copia y anulaba la posibilidad de aceptar que aquello fuera real.

—Aceptemos los datos de los sentidos.

Sonó estúpido. Había encontrado el cadáver de Eloísa Murnau luego de perseguirla durante semanas a pedido del marido, un gángster, Marco Robotti. Pero mi doble no había estado allí, conmigo. ¿Por qué estaba en la foto?

—Si tanto me conoce —logré articular—, sabe que no he probado una gota de alcohol en seis meses. —La mitad de mis palabras fueron arrastradas por el viento y la lluvia, lo que no impidió que mi doble no lanzara una sonora carcajada celebrando la torpeza de mi razonamiento. No obstante, la carcajada misma era un artefacto que se jactaba de su propia tosquedad, de mi propia vulgaridad. Traté de pensar en otra cosa, imaginando que eso serviría para ahuyentar el espejismo; ocurrió todo contrario. De pronto, el tipo estuvo a mi lado y me dio un codazo en las costillas, un doloroso codazo.

—¿De dónde sale tu necesidad de convertir cualquier patrón en una historia. Los médicos quieren una explicación patológica. Los periodistas quieren un escándalo. Los lectores quieren una solución. Los policías quieren un asesino. Pero la naturaleza no está obligada a proporcionar soluciones narrativas.

Retrocedí instintivamente y me apoyé contra una pared descascarada. Una rata pasó entre mis piernas y me produjo un escalofrío tan intenso que, por un momento, la imagen de mi sosias osciló como la llama de una vela. Pero no desapareció.

¿Puede existir un fenómeno real, observable y predecible cuya explicación sea inaccesible para la inteligencia humana?

—A fin de cuentas —dije en voz alta, mientras trataba de serenarme—, una alucinación es una alucinación, no más que eso.

—Por supuesto —dijo mi doble—. El problema es que una alucinación tampoco explica nada. —Encendió un cigarrillo. El fósforo iluminó fugazmente su rostro y tuve la desagradable sensación de verme reflejado en una fotografía tomada dentro de diez años—. Las alucinaciones no conocen cosas que el alucinado ignora —agregó, aprovechándose de mi estupor. Metió la mano en el bolsillo del impermeable y sacó una pequeña libreta negra. Mi libreta negra. La misma que había desaparecido de mi escritorio tres semanas atrás. La abrió por la mitad—. Página cuarenta y siete —dijo.

No respondí. O sí. En ese punto me resultaba imposible asegurar si el que hablaba era él o yo.

—No recuerdo…

—Anotaste que Eloísa Murnau tenía miedo de los ascensores desde los nueve años porque quedó atrapada durante tres horas con el cadáver de su tía. Nunca se lo contaste a nadie. Ni siquiera a Robotti.

La lluvia golpeaba los adoquines con una obstinación mecánica y al mismo tiempo perversa. ¿Podría haber sacado alguna conclusión de esa intransigencia? Tal vez la lluvia haya encontrado una manera de ser sentimental y pragmática a la vez, aunque, como tantas otras cosas, dejando el significado al margen de la comprensión humana.

—Podría haberlo averiguado —dije, tratando de salir de la ciénaga filosófica en la que me había metido.

—Claro que podrías haberlo hecho. Pero no lo hiciste. —Pasó algunas hojas—. También anotaste que pensabas abandonar la ciudad apenas terminaras este trabajo. Montevideo. Una pensión cerca del puerto. Pescar de vez en cuando. Dejar de perseguir maridos infieles, esposas infieles y asesinos mediocres.

Sentí un vacío en el estómago. Jamás había escrito aquello. Lo había pensado, pero no lo había escrito. Y eso era mucho peor. Mi doble cerró la libreta.

—De acuerdo. Objetivo cumplido —dije—. Es hora de que desaparezcas, de que te esfumes.

Mi doble no me prestó atención, o fingió no hacerlo.

—Ahora me gustaría saber algo, estimado socio. Si yo soy una invención de tu mente... ¿por qué soy yo quien conoce los secretos que estás empeñado en ignorar? ¿Qué sucio y maloliente enigma estás tratando de enterrar en el sótano más profundo de tu mente? Estabas en el motel en el que Eloísa Murnau fue asesinada. Huiste como una rata al oír las sirenas de los autos policiales. Pero no pudiste evitar el siniestro impulso de sacarte una foto junto al cadáver. Espero que me expliques eso; soy paciente.

—Quiero ver la foto de nuevo. En estos tiempos que corren se pueden fraguar las imágenes y yo…

No terminé la frase. Mi doble ya me estaba entregando la fotografía. La tomé con la mano izquierda. La lluvia había reblandecido los bordes, pero la imagen seguía siendo perfectamente visible. Allí estaba Eloísa Murnau. Muerta. El cuello torcido en un ángulo imposible. La lámpara del motel proyectaba una sombra oblicua sobre la cama. Y detrás de ella estábamos nosotros. Yo. Y yo de nuevo. Mi socio, mi sosias, mi doble. No temí repetir el pensamiento tercamente, como la lluvia golpeando contra el pavimento, no porque la repetición pudiera modificar algo, sino porque la repetición discutía la razón de ser de aquella escena imposible.

Observé la fotografía durante varios segundos. Después la observé otros varios segundos más. Algo estaba definitivamente mal. No en la foto, en mi memoria.

—¿Lo ves? —preguntó el doble.

No respondí. Porque empezaba a verlo. La habitación del motel tenía una sola ventana. Sin embargo, en la fotografía aparecían dos. Una junto a la cama. La otra detrás de nosotros. Una ventana que yo no recordaba haber visto. Una ventana que, estaba seguro, no existía. Sentí que algo se desplazaba lentamente en mi cabeza. Como un mueble pesado arrastrado en una habitación vacía.

—Ahora estamos llegando a la parte interesante —dijo mi doble.

Y por primera vez desde que apareció en la vereda de enfrente tuve la sospecha de que no estaba tratando de convencerme de nada. Estaba tratando de que recordara algo que nunca había ocurrido. Metí la fotografía en el bolsillo del impermeable, separé los dedos de la mano derecha y los punteé con la izquierda.

—El cadáver de Eloísa, Robotti, nosotros, la foto. ¿Qué es lo que me cosquillea en la palma de la mano?

—Menos mal que solo tenemos cinco dedos en cada una —replicó sonriendo—. Temo que excesivas lecturas de Hammett, Chandler y Cain te pudrieron el cerebro, por lo que te sugiero, sin malicia, que te des un baño de Christie y Simenon; tal vez eso clarifique un poco las imágenes oscuras que supiste pergeñar. Un buen programa de retoque de imágenes no te vendría nada mal. Género negro, ¡por favor! A veces parece que te metiste en una burbuja aún más fantasiosa que la que propone la ciencia ficción. La realidad, amigo, es algo simple… en especial si dejamos de lado todo lo que no comprendemos ni comprenderemos jamás.    

—Muchas gracias por la lección —dije—. ¿Va a ayudarme a resolver el asesinato de Eloísa Murnau o solo piensa seguir insultando mis hábitos de lectura?

Mi doble pareció meditar la respuesta.

—Robotti no te contrató para que encontraras a Eloísa.

—Nunca dije que esa fuera la intención de ese mafioso.

—Precisamente. —La lluvia seguía cayendo entre nosotros. Ya no recordaba si estaba empapado o si el agua formaba parte de la misma pesadilla de la que no lograba despertar—. Robotti te pidió que siguieras a su esposa porque sospechaba que tenía un amante. Eso es cierto. Lo que nunca te preguntaste fue por qué Eloísa parecía empeñada en que la siguieran.

Sentí un pequeño sobresalto. No porque la idea fuera brillante, sino porque era obvia. Demasiado obvia. Recordé a Eloísa entrando en cafeterías donde las ventanas permitían verla desde la calle; recordé los taxis que tomaba y abandonaba a las pocas cuadras; recordé los bruscos cambios de itinerario. Durante semanas interpreté aquellos movimientos como maniobras para despistarme. ¿Y si no intentaba despistarme?

—No —murmuré.

—Sí.

—Eso no prueba nada.

—Prueba que quería que alguien reconstruyera un recorrido. —Mi doble señaló el bolsillo donde yo había guardado la fotografía—. Y aún no has comprendido cuál era el destino de ese recorrido.

Por primera vez desde que comenzó aquella conversación imposible sentí algo peor que el miedo; sentí curiosidad.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

Mi doble me contempló, quizá sorprendido por mi repentino cambio de frente. Había llegado a la conclusión de que esa era la pregunta importante. No el qué, el cómo o el cuándo sino el dónde. Sentí que podría desmontar aquel entramado obtuso y desaliñado si lograba determinar la localización del sueño, delirio o alucinación, lo que fuera aquello que me retenía prisionero de una situación absurda. Y mi sosias se dio cuenta de que yo, por primera vez, estaba apuntando en la dirección correcta.

—Apuntar en la dirección correcta —dijo, como si fuera capaz de leer mis pensamientos—. Apuntar con una pistola o con una conjetura que trata de evolucionar hacia una hipótesis certera.

—¿Quién se las está dando de filósofo, ahora? —Por primera vez creí estar tomando la iniciativa, y una iniciativa constante termina dando frutos. Por lo menos eso creí hasta el momento en que mi doble demostró que estaba equivocado—. ¿Dónde estamos? —repetí, ahora con una energía que habría hecho vacilar al más pintado.

—En el mismo lugar donde estuvo Eloísa durante los últimos tres meses.

—No respondió a mi pregunta.

—Sí la respondí. El problema es que todavía estás muy lejos de comprender la respuesta.

Quise replicar, pero algo se interpuso entre mis pensamientos. Una imagen. Apenas un destello. Eloísa sentada sola en la cafetería Venezia. No estaba leyendo el periódico. No estaba esperando a nadie. Miraba a su alrededor. Eso era lo que hacía. Miraba.

Durante semanas la seguí convencido de que intentaba ocultar encuentros clandestinos. Sin embargo, ahora que rebuscaba en mis recuerdos advertía algo extraño. Eloísa observaba las puertas, las ventanas, los espejos. Observaba a los transeúntes. Observaba los reflejos en los escaparates. Observaba como quien teme ser observado. O como quien espera reconocer algo.

—Empezaste a verlo —dijo mi doble.

La lluvia parecía haber disminuido. O quizá yo había dejado de escucharla, de prestarle atención. ¿Acaso cuando uno deja de percibir algo es lo mismo que decretar su inexistencia?

—Hay algo más —murmuré. Y entonces recordé. La última vez que vi a Eloísa con vida. El motel. La habitación. La ventana. No. Las ventanas. Antes de encontrar el cadáver, antes incluso de abrir la puerta, vi a Eloísa a través del cristal. Estaba de pie. Inmóvil. Mirando hacia afuera. Mirando directamente hacia mí. Y sonriendo. No era la sonrisa de una mujer asustada. Era la sonrisa de alguien que, después de una larga espera, por fin había encontrado aquello que llevaba meses buscando.

—¿Te das cuenta ahora de que la sonrisa de Eloísa transforma retrospectivamente toda la investigación?

—No, no me doy cuenta —dijo. Pero solo para disimular que empezaba a descubrir la verdad, escrita con sangre en el revés de la trama.

—Ya no parece una mujer perseguida por un mafioso celoso; parece alguien que estaba esperando que el narrador llegara exactamente hasta ese punto. Estaba agazapada, observando, esperando; tendiendo una trampa o preparando una revelación.

—Nadie necesita que lo asesinen para demostrar que tiene razón… —Sabía que mi argumento era débil, y mi doble remató la situación con una pocas palabras y un puñado de gestos certeros, perfectos.

—No. Pero algunas personas necesitan morir para que alguien empiece a hacerse las preguntas correctas.

Metió la mano en el bolsillo del impermeable y sacó algo más. No era una fotografía. Era una llave. La reconocí de inmediato. La llave de la habitación 17 del motel. La misma que yo le había entregado aquella mañana al sargento Molina. O que creía haberle entregado.

—Eloísa no te estaba esperando —dijo mi doble. —Miré la llave. Miré la lluvia. Miré mi propia cara reflejada en el rostro de aquella imagen, un desconocido, yo—. Te estaba esperando a ti —repitió. Y comprendí. No de golpe. No como una revelación luminosa. Comprendí del mismo modo en que amanece: lentamente, casi a regañadientes. Eloísa observaba ventanas, espejos y escaparates porque buscaba algo imposible. Alguien imposible. Había descubierto la grieta antes que yo, la duplicación, la presencia invisible. Por eso sonrió al verme detrás del cristal. No me estaba reconociendo. Me estaba confundiendo. Nos estaba confundiendo.

Mi doble lanzó la llave al agua acumulada junto al cordón de la vereda.

—¿Quién la mató? —pregunté.

Por primera vez pareció cansado.

—No te sirve de nada seguir creyendo que esa es la pregunta importante. —Después sonrió. Era mi sonrisa. La que aparece en las fotografías cuando ignoro que me están fotografiando. La auténtica. Y entonces ocurrió algo sencillo. Algo tan sencillo que tardé varios segundos en comprenderlo.

La vereda de enfrente estaba vacía.

Permanecí inmóvil bajo la lluvia durante varios minutos más; una eternidad. Luego metí la mano en el bolsillo para asegurarme de que la fotografía seguía conmigo. No estaba, por supuesto. Solo encontré una libreta negra. La abrí, cauteloso, como esperando que de las páginas emergiera un alacrán. En la página cuarenta y siete había una frase escrita con mi letra. Una frase que no recordaba haber escrito.

"Si alguna vez se produce el encuentro con el otro, preguntar cuál de los dos empezó la historia."

Cerré la libreta. La lluvia seguía cayendo, ¿por qué la lluvia debería cesar en esta historia?

Sergio Gaut vel Hartman (Buenos Aires, Argentina, 1947) es escritor, editor y antólogo. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa.

 

 

lunes, 1 de junio de 2026

MILONGA

Sergio Gaut vel Hartman

 

Xen'yudih llegó primero.

La nave descendió sobre el Atlántico Sur una madrugada de invierno de 2047 y permaneció suspendida a treinta metros del agua, como una medusa metálica iluminada desde adentro. Los radares militares argentinos la detectaron durante once segundos. Después desapareció. Los miembros del gobiernos discutieron durante meses si había sido una ilusión óptica, un ensayo militar chino o un fenómeno atmosférico. Nadie imaginó que el visitante ya caminaba por las calles de Buenos Aires.

Xen'yudih había nacido en un planeta cubierto por mares de amoníaco y ciudades excavadas bajo glaciares de metano sólido, de un sorprendente color violeta. Su especie no conocía la música en el sentido humano. La armonía era para ellos una propiedad matemática, no una emoción. Pero durante décadas habían interceptado emisiones terrestres: discursos, guerras, publicidad, partidos de fútbol. Y entre todo aquel ruido había algo que obsesionó a Xen'yudih desde el primer momento en que lo escuchó: el quejido herrumbroso de un bandoneón.

No comprendía por qué aquella secuencia de sonidos imperfectos provocaba en su sistema nervioso una perturbación semejante al vértigo.

Pasó años estudiando el origen de la música y así terminó por descubrir que ese instrumento se utilizaba para interpretar tangos y milongas. Descubrió también algo más inquietante: cuando dos humanos danzaban al compás de esas melodías sus movimientos se sincronizaban, obedeciendo a patrones imprevisibles, imposibles de modelizar incluso para las computadoras de su mundo. Como si durante unos minutos dejaran de obedecer las leyes normales de la causalidad y generaran su propio sistema de coordenadas.

Por eso vino a la Tierra, por eso eligió Buenos Aires, cuna del tango, de Troilo, de Pugliese, de Piazzolla...

Kolo llegó nueve meses después.

Procedía de un sistema situado a casi treinta años luz del mundo de Xen'yudih y pertenecía a una especie reptiliana que había desarrollado el viaje interestelar mucho antes que los humanos. Traía órdenes precisas: localizar al intruso de cráneo blanco y determinar el motivo de su presencia en la Tierra.

Lo encontró en una milonga de San Telmo. Y durante varios minutos olvidó por completo su misión.

No me resulta sencillo traducir el diálogo mental establecido por criaturas de mundos disímiles entre sí y –ambos– tan alejados de lo humano. Pero lo voy a intentar.

—¿Por qué estás aquí, en este mundo, en esta ciudad, en esta milonga? —La pregunta de Kolo eras una mera formalidad para abrir el juego.

—"El tango es un pensamiento triste que se baila" —citó Xen'yudih—. Es una de las definiciones más poéticas y universales de la cultura rioplatense. Y aunque a menudo se le atribuye al escritor Ernesto Sabato, la célebre frase fue acuñada originalmente por el genial compositor, músico y letrista argentino Enrique Santos Discépolo.

—Sé quién es. No me atribuyas una capacidad intelectual inferior. Todo lo que aprendiste está en este cubo.

Kolo había simulado todo lo posible una apariencia humana, por lo que Xen'yudih no se sorprendió cuando la farediana sacó un cubo color turquesa de un orificio entre sus pechos.

—Un punto a tu favor —aceptó Xen'yudih.

—Y aquí me apunto otro, gahu’n: Fernando Sorrentino refuta ese aserto con una sentencia sencilla: yo no creo que la música nazca de pensamientos sino de sentimientos. Luego, lo de triste parece escrito por una persona que nunca hubiera oído un tango.

—Tanto anulado —dijo Xen'yudih generando una especie de sonrisa en su marmóreo rostro—. Eso lo dijo el gran Jorge Luis Borges, que por lo que sé no sentía un afecto desmesurado por Sábato.

—¿Sábato o Discépolo, en qué quedamos, pelandrún?

Ahora la sonrisa del gahu’n se amplió hasta parecerse a una carcajada… en la medida de que los de su especie fueran capaces de tal expresión.

—Veo que te aplicaste, chichipía.

—No vine a buscar camorra —dijo Kolo mientras guardaba el cubo turquesa entre las escamas del escote—. Vine a junar qué corno encontraron en esta música ustedes, los gahu’n. En Sohel-Khâ no hay arte que sobreviva tres ciclos. El tango lleva más de doscientos años vivo y todavía sigue haciendo suspirar a los humanos

Xen'yudih inclinó apenas la cabeza. En la pista, una pareja giraba abrazada bajo las luces ámbar que emitía una esfera colgada del techo. Sonaba La Yumba. El tipo era petiso, medio fulero, con pinta de laburante hecho percha; la naifa, una mina groncha entrada en años que pitaba negros entre tanda y tanda como si estuviera rumiando broncas viejas. Sin embargo, cuando se movían, parecían obedecer a una geometría secreta.

—Porque el tango no se limita a ser música —explicó Xen'yudih—. Es una anomalía cognitiva. Un lenguaje corporal que funciona incluso entre individuos enemistados. Observa a esos dos.

Kolo observó alternativamente al gahu’n y a los bailarines. El tipo y la jermu parecían bardearse aun mientras bailaban. Las mandíbulas tensas. Los ojos llenos de reproches. Y sin embargo cada paso encajaba con precisión sobrenatural.

—Eso pasa en todas las especies sociales —bufó la reptiliana—. Coordinación motriz, empatía refleja...

—No. Esto es otra cosa. —Xen'yudih señaló discretamente alrededor—. Escuchá las conversaciones.

Kolo afinó sus sensores auditivos.

—… el bondi me dejó tirado...

—… qué mina más fulera...

—… este país se va a la mierda, macho...

—… el turro me afanó hasta las ganas de vivir...

Quejas. Renuncia. Bronca. Nostalgia. Pero cuando la orquesta atacó un fraseo de bandoneón, el clima entero de la milonga cambió. Como si una corriente invisible pasara entre las mesas.

—Mirá sus pulsos —susurró Xen'yudih.

Kolo abrió un espectro biológico y quedó patidifusa. Más de cincuenta humanos comenzaban a sincronizar ritmos cardíacos.

—No puede ser...

—Puede. Y ocurre.

Kolo permaneció callada. Un mozo gordito pasó junto a ellos cargando una bandeja.

—¿Van a bailar o vinieron a hacerse los giles? —rezongó.

La reptiliana miró a Xen'yudih.

—Decime una cosa, gahu'n... ¿aprendiste aunque sea el ocho básico o todavía caminás como un boludo recién bajado de la nave?

Xen'yudih volvió a sonreír. Tomó a la farediana de la cintura, buscó con la garra la opuesta de su pareja, y de un tirón la ubicó en el centro de la pista.

La orquesta remató la tanda con un bandoneonazo tristón y arrabalero. Kolo tragó en seco. Después miró la pista como quien mira un abismo.

—Qué fulería... —susurró.

—¿El tango, los humanos?

—No, gil. Que ustedes y nosotros, que nos creemos tan piolas, tal vez seamos mucho más boludos de lo que imaginamos.

El creador de este blog tiene una larga trayectoria como escritor y editor que pueden encontrar en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

 

 

viernes, 15 de mayo de 2026

ESTACIÓN DE ENLACE

 Sergio Gaut vel Hartman

 

Por un perturbador instante creyó que estaba perdido, como en el cincuenta y dos, en la terraza de Ezeiza, cuando el tío Miguel regresó de Brooklyn en un avión de Panagra. Se golpeó la cabeza con la palma de la mano. Tenía noventa y tres, no cinco. Ezeiza ya no existe, se dijo. Esto es una estación de enlace; nuestra familia en pleno emigra a la colonia Bradbury, en Marte.

Contempló la anodina efervescencia, similar a la de todas las estaciones de enlace del planeta y se sobresaltó cuando Bodylan se puso a llorar.

—¿Qué le pasa al niño? —dijo el abuelo.

Samila hizo una mueca de disgusto y se limitó a señalar el holo de noticias que flotaba sobre sus cabezas. “El Vaticano condena enérgicamente la clonación humana”.

—Otra vez —dijo García, el padre Uno del niño—. No paran.

—Pobre criatura —dijo, Igor, el padre Dos.

—Se precipitaron —dijo el abuelo—. ¿Qué necesidad había de decirle? Sólo tiene tres años. ¿No podían esperar?

Nadie hacía caso a las ideas prehistóricas del abuelo. Pero Samila no pudo evitar la queja habitual. —Maldita sea la hora en que se inventó el Gerozac —murmuró.

—¡Si fuera sólo el Gerozac! —dijo Lila-lo, diecisiete recién cumplidos. Usaba una corona Telepac que además de permitirle captar los pensamientos ajenos emitía un flujo aleatorio de partículas que se derramaban por su cuerpo y la hacían parecer vestida—. ¡Miren eso!

Eso era un Modificado, listo para viajar a Titán y respirar su atmósfera de metano.  

—Es feo —dijo el abuelo. Era feo, sin lugar a duda; parecía una cruza de mandril y cortadora de césped. Pero eso era lo que se necesitaba en el satélite de Saturno y así lo habían fabricado.

Mientras el abuelo se preguntaba si era lícito llamar tipo a eso, Bodylan se puso a llorar de nuevo.

—¿Ahora qué le pasa? —dijo el abuelo.

—Tiene miedo —dijo Igor— de que lo modifiquen para vivir en Titán.

Al abuelo le caía mal el padre Dos, pero no podía decir nada porque la Ley de Universal de Matrimonios Temporales autorizaba a las personas a formar tantas parejas legales como su apetito sexual les reclamara y su hija era una máquina insaciable.

De pronto, con urgencia fatal, sonaron las alarmas. Había un tono para cada amenaza y esa, tampoco se podía dudar, era la que correspondía a un ataque químico.

—Sikhs —dijo el abuelo.

—Zapotecas —dijo Samila.

—Hutu —dijo Igor.

—Vascos —dijo García.

Nunca se sabía qué grupo terrorista estaba perpetrando el ataque. Pero de todos modos se pusieron las máscaras, activaron las exodermas y se calzaron los cascos antizyklónicos. Algunas cosas nunca pasan de moda...

—Una noticia buena y una mala —dijo Lila-lo que se había dejado la corona Telepac debajo del casco—. La buena es que BBC, Goosoft, y Al-Jazeera dicen que fue un ataque menor; sólo tres muertos y una docena de intoxicados. La mala —agregó la muchacha antes de que nadie se lo preguntara— es que se trata de un grupo nuevo, los blang azules, que se quieren separar de China para unirse a Myalandia.

—Espero que en Marte no haya terrorismo —dijo Samila.

—Las agencias exageran —dijo García.

Bodylan reanudó su sesión de llanto desconsolado.

—¿Y ahora qué? —dijo el abuelo.

—Se le atascó el casco —dijo Samila—. No había de su medida.

La estación de enlace reanudó las rutinas habituales. Los empleados de Transolar y Ultra Órbita trataban de recuperar el tiempo perdido, aunque las discusiones con los pasajeros estaban a la orden del día. El abuelo se distrajo mirando a una Modificada que seguramente iría a vivir a la Franja, en Mercurio. La chica o chico o lo que fuera usaba una corona como la de Lili-lo, pero no la había activado.

—¿Será posible?

Samila estuvo a punto de hacer otro comentario relacionado con el Gerozac, pero se contuvo. En Marte todo sería peor.

—No te quejes, ma —dijo Lili-lo que había pasado la sintonía de su Telepac a la Red de Iglesias—: el gran Pastor Adámico Universal acaba de anunciar que unos científicos en Kazán resucitaron a un muerto. Está que trina. Dice que eso no se hace. Que eso es peor que el Gerozac y que Dios está muy enojado.

Por fin les llegó el turno. La empleada de Martian Air estaba con un humor de perros porque no había llegado el relevo y los trató como basura. Para empezar hizo llorar de nuevo a Bodylan cuando rechazó el pasaporte del niño.

—En Marte están prohibidos los clonados.

García sacó un flamante disco de mil créditos respaldado por el Banco de Shanghai y la empleada se convirtió en una vehemente defensora de la ingeniería genética.

Pero casi de inmediato el carácter se le volvió a agriar.

—El anciano —dijo señalando al abuelo y haciendo una mueca de asco— debe demostrar que posee conocimientos que serán útiles en la colonia. Marte es para los jóvenes.

—¿No dije que el Gerozac nos daría un disgusto?

García miró consternado a su esposa temporal.

—Pero no quisiste pagarle a ese señor tan gentil de camisa negra y corbata caribeña que se ofreció a... solucionar el problema.

Lili-lo captó los pensamientos pecaminosos de Igor en la banda lateral del Telepac. No sería mala idea, reflexionaba su padrastro Dos, que hubiera una boca menos que alimentar, allá en Burroughs. O dos bocas, y se veía arrojando a Bodylan al espacio por el eyector de materia superflua.

—Soy una persona apta —dijo el abuelo— y mucho más lúcida, a mis noventa y tres, que la mayoría de estos inútiles. Si me lo propusiera podría llegar a ser presidente de Marte.

—¡Maldito Gerozac! —exclamó Samila—. La civilización se hunde por el peso de los viejos. —Tomó la caja de doce pastillas, que mantenía vivo a alguien como el abuelo durante un año y era más cara que un tanque israelí en el mercado negro, y la arrojó al paso de una carreta de equipajes. El abuelo dio un chillido y se sintió succionado por una tromba gigante que lo arrojó a la terraza del aeropuerto de Ezeiza, una fría tarde de 1952, el día en que el tío Miguel regresaba de Brooklyn en un avión de Panagra.

Se sintió perdido y se puso a llorar.

El creador de este blog tiene una larga trayectoria como escritor y editor que pueden encontrar en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

INCIDENTE EN FLANDES