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martes, 24 de febrero de 2026

CARAMELOS

Sergio Gaut vel Hartman

 

Ahora todo se deforma, como en un sueño mal recordado. Pero mientras sucedía se ajustaba a reglas lógicas, tenía cierta coherencia interior, era creíble.

Empezó cuando llevábamos unos pocos meses de casados. En aquel entonces teníamos tan poco dinero que nuestra única diversión consistía en recorrer las calles y avenidas mirando vidrieras. Irma enfrentaba la tortura de no poder comprar con un buen humor admirable. Invariablemente regresábamos a casa con la sensación de haber perdido algo por el camino.

Una tarde de tantas, hartos de túnicas y sandalias –pero en silencio, porque no teníamos nada mejor que ofrecernos–, nos detuvimos frente a un negocio antiguo, de vidrios sucios e iluminación deficiente que, sin embargo, contenía una buena cantidad de sillones de diseño moderno. Había sillones tapizados en pana y raso, sillones de cuero, con armazones de madera, de cromo, y un juego de hierro forjado con almohadones rojos de seda. Una variedad enorme de sillones colmando un local que cualquier comerciante astuto habría convertido en tres.

Nos pareció raro que no hubiese vendedores a la vista, pero la curiosidad nos venció, y entramos.

—¿No hay nadie? —pregunté en voz alta. Irma se aferró a mi brazo, insegura.

—Para qué llamar, si no vamos a comprar nada.

—Pregunto un precio y salimos. Le quiero ver la cara al vendedor.

—Vayámonos ahora. Este lugar me da miedo.

—Si salimos sin preguntar algo haremos el ridículo.

Pero pasaron dos o tres minutos silenciosos, inmóviles, que sólo sirvieron para aumentar la incomodidad. Irma miraba hacia la calle con los ojos muy abiertos y yo trataba de comprobar si el bulto que yacía en un diván azul, al final del salón, era el bendito vendedor que dormía la siesta. Me armé de valor –aunque sabía que lo único a vencer era mi timidez–, y caminé entre los sillones arrastrando a Irma.

No había dado más de cinco pasos cuando el vendedor se levantó refregándose los ojos y nos miró desconcertado. Como almohada había estado usando una bolsa de caramelos y las irregularidades del celofán le marcaban la cara como cicatrices.

—¿Qué desean?

—Un juego de sillones —dije—. De cuerina, como ésos. —Señalé un par de sillones marrones, vulgares y sin gracia. El vendedor cabeceó sin mirarlos y luego de una pausa dijo una cifra. Era una cifra muy alta, algo más de lo que ganábamos Irma y yo sumando nuestros sueldos.

—Es muy caro —dijo Irma—. Lo vamos a pensar.

—Sí, sí —dijo el vendedor—. Vuelvan cuando quieran. —Era evidente que se había dado cuenta de que no éramos compradores aun antes de interrumpir la siesta, pero no parecía guardarnos rencor por eso. Sonrió desganadamente y pudimos apreciar que no era mucho mayor que nosotros.

—Perdone la molestia —dije dándole la espalda, y tomando a Irma de la mano caminamos hacia la calle—. Buenas tardes —susurré.

—Esperen —dijo el vendedor—. Llévense unos caramelos. —Tomó la bolsa y la rasgó con brusquedad—. Gentileza de la casa.

—No se moleste —dijo Irma.

—No somos aficionados a los dulces —dije, con desconfianza.

—Por favor —dijo el vendedor. Había algo de súplica en el tono con que lo dijo. Volví sobre mis pasos, metí la mano en la bolsa y agarré un caramelo.

—Gracias.

—Agarre más. —Ahora el tono era perentorio—. Usted también... señorita. ¿O señora?

—Señora —dijo Irma extendiendo la mano.

—Lleven para los chicos —dijo el vendedor.

—No tenemos —dije.

—Ya vendrán. Y siempre hay sobrinos, los hijos de los amigos... No sean tímidos.

Terminamos llevando una docena de caramelos. Comimos varios en el camino de regreso a casa, riéndonos de nuestra propia estupidez. Durante aquel otoño recordamos el episodio una que otra vez, y siempre servía como excusa para reír y comer caramelos.

 

—No tenemos donde guardar las cosas —se quejó Irma.

—Liquidá un poco de ropa vieja —dije distraídamente. Irma me miró un momento, como para justificar el tránsito del fastidio a la simpatía.

—¿Sabés que no es una mala idea?

Revolvió el placar a conciencia. Una hora después tenía una montaña titulada "esto puede servir" y un montoncito titulado "esto no sirve para nada"; había perdido demasiado tiempo considerando posibles reformas sin reparar en los años y los kilos transcurridos.

—¿Te acordás de este saco? Acá a la vuelta hacen arreglos...

—Está pasado de moda, Irma. No pensarás que voy a ir a la oficina disfrazado de tanguito.

—Se usan más justos.

—¡Haceme el favor! Tirá esa reliquia a la basura.

Irma se encogió de hombros resignada. Sostuvo el saco de las solapas, tal vez imaginando que podría aprovecharse la tela para hacerle bermudas a uno de los chicos. ¡La ropa está tan cara! Finalmente decidió aceptar mi opinión, pero después de colocar el saco en la pila "esto no sirve para nada" cambió de idea.

—¿Qué hacés? —dije espiando por encima del diario.

—Le reviso los bolsillos. Vos tenés la costumbre de olvidar dinero en cualquier parte.

—Si encontrás algo seguro que está desmonetizado. ¿Sabés cuánto hace que no uso ese saco?

—Años. —Frunció el ceño y sacó algo ovalado de un bolsillo interior.

—¿Qué es?

—¿Recordás estos caramelos?

—Sí. Es uno de los que nos dio el vendedor de la mueblería. Creí que los habíamos comido todos.

—Parece que no. Qué risa. ¿Lo querés?

—Guardáselo a los chicos.

—¿Uno solo? ¿Para que se peleen? Además está viejo. Mejor comételo vos, tenés tripas de hierro. —Irma lo desenvolvió con cuidado y me lo alcanzó. Pero vi algo en el papel que me llamó la atención.

—Hay algo escrito —dije.

—Será una viñeta, como la de los chicles.

—Pero los otros no eran así. —Leí con dificultad; la letra era casi microscópica—. Mira qué raro. Es una invitación a una fiesta campestre.

—¡Qué lástima! Entonces nos la perdimos.

—Es para el sábado que viene —dije con tono sombrío.

—Fue hace como cinco años. Estará equivocado.

—Está impreso, clarito. Sábado 14 de noviembre. A menos que sea un error.

—Si fuera un error no diría sábado. Hace cinco años el 14 de noviembre fue domingo. —Irma hablaba con aplomo de temas matemáticos. Era profesora de un colegio secundario, y jugando con los números me superaba con facilidad. Tenía un calendario perpetuo en la cabeza y manejaba el ábaco con más destreza que yo una calculadora.

—Pero el error pudo cometerse el año anterior.

—Estás equivocado. Hace seis años el 14 de noviembre fue viernes porque los bisiestos saltean un día de la semana a causa del 29 de febrero. La última vez que el 14 de noviembre cayó un sábado fue en 1970.

Me di por vencido. El papelito invitaba a una fiesta campestre a realizarse dentro de dos días en un lugar del oeste bonaerense que yo nunca había oído nombrar.

—Vayamos —dijo Irma contra toda lógica.

—¡Estás loca! No sabemos dónde es, ni quiénes son...

—Vos te metiste en la mueblería de puro curioso. Aquí se indica un punto de reunión muy preciso y ahora la que está intrigada soy yo. Sería interesante comprobar si mantienen la promesa, tanto tiempo después. Dale.

Era un disparate. Y un disparate sin gracia. Pero tampoco tenía argumentos para forzarla a desistir. Cuando a mi mujer se le mete algo en la cabeza es cuestión de seguirle la corriente o soportar las consecuencias.

—De todos modos se me ocurre que no va a haber nadie —insistió para justificar el capricho.

—Sos capaz de levantarnos un sábado de madrugada, el único día que podemos dormir sin remordimientos, para comprobar si un papelito... ¡Por favor!

—No es tan temprano. En el papelito dice "once horas"; con levantarnos a las nueve... Podemos aprovechar bien el día... Si la cita es una broma podemos ir a la quinta de tu sindicato, en La Reja... Hago empanadas.

Claudiqué, perdida toda esperanza.

 

Por lo menos no era una broma. Nunca había visto el puente de Pringles tan concurrido. Parecía una manifestación política, y las caras que me resultaban familiares ya habían superado la media docena. Gente del barrio, seguramente.

—¡Irma! —exclamó una mujer mayor a la que yo conocía de vista; una profesora del colegio, pensé.

—¡Raquel! ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! —Irma estaba encantada.— ¿Cómo te enteraste? —Raquel contó una historia confusa: el primo, un llamado telefónico... Los chicos me pidieron caramelos y perdí el resto de la explicación.

Cuando volví del kiosco Irma estaba hablando con una mujer que habíamos conocido el año anterior mientras veraneábamos en Necochea. Pensé que una gran organización secreta, tal vez una secta religiosa sórdida, estaba detrás de todo el asunto.

—¿Y los chicos? —preguntó Irma.

—Los traje. Miralos.

Había dos tipos con aspecto de sindicalistas sentados en sillas tijera y acodados en una mesita. Contestaban de mal modo a las preguntas de la gente, pero parecían los únicos que estaban al tanto de lo que pasaba. Me acerqué en pie de guerra.

—¿Alguno de ustedes es flautista?

—No —dijo extrañado el más corpulento—. ¿Por?

—Por nada. Y Hamelín, ¿les suena?

—En absoluto —dijo el otro, petiso y calvo. Pero la pregunta le debió sonar graciosa, porque sonrió.

Era la prueba que necesitaba. Hasta ese momento me había sentido como un pobre paranoico, un exagerado que se pone en ridículo por pura falta de imaginación. Pero se trataba de profesionales, sabían cómo manejarnos.

—Aquí hay gato encerrado —le susurré a Irma apretándole el brazo—. No vamos.

—¡Estás loco! Han venido casi todos los profesores del colegio...

—Y muchos vecinos del barrio que me conocen desde chico. Igual no vamos. Es una trampa.

—¡Por favor! Aquí tengo los pasajes.

—¿Encima pagaste?

—Son pasajes gratuitos. ¿Qué mosca te picó a vos?

Los chicos correteaban por el puente. Seguía llegando gente. En algún momento el petiso y calvo se levantó, plegó la silla y señaló una escalera metálica oxidada y vetusta que juro no haber visto antes en ese lugar. La gente empezó a bajar e Irma fue de los primeros por lo que no tuve más remedio que seguirla. Desembocamos en un andén estrecho, precario, formado con tablones colocados sobre una estructura tubular. La masa humana empujaba en todas direcciones, y a pesar de mis esfuerzos me vi separado de Irma y los chicos. Lamenté no haber tenido por lo menos a uno de ellos en brazos: los imaginaba asfixiados por la multitud. Sin embargo Irma estaba tranquila, me hacía continuas señas con la mano y sonreía. Traté de remontar la corriente pero los bolsos de ropa y comida complicaban la tarea. Cuando comprendí que sería imposible acercarme opté por anunciar a los gritos que nos reuniríamos en el tren, que yo ocuparía los lugares necesarios con los bolsos, que no se apuraran, que dejaran subir al resto de la gente. Justamente en ese momento el tren ingresó en la "estación".

Encajonado entre los muros altos y los vagones, y apretujado por la multitud, me sentí el personaje de un film de Losey. Soy el otro señor Klein, pensé. En cualquier momento llegarán los de la Gestapo y me coserán una estrella de David en la manga... Este tren nos reserva un recorrido atípico: Moreno, Luján, Dachau, Treblinka, Auschwitz.

Esta forma de autocompasión no parecía el mejor método para levantarme el ánimo. Por suerte la puerta del vagón quedó cerca de donde yo estaba, y fui uno de los primeros en subir. Ocupé un asiento triple y me asomé por la ventanilla luego de acomodar los bolsos. Me llamó la atención que subiera tan poca gente, pero lo atribuí a las aglomeraciones y desencuentros. Cinco minutos después el vagón seguía casi vacío, y los únicos pasajeros eran hombres solos, separados de sus familias. Estábamos como acorralados, en una situación precaria, hablando a los gritos por sobre un mar de cabezas. Parecíamos reclutas confundidos, a punto de ser enviados al frente sin instrucción militar. Varias veces traté de acordar con Irma puntos de reunión alternativos, pero ella parecía estar cada vez más lejos y mis palabras, mutiladas por la distancia, le llegaban tal vez entrecortadas, imprecisas.

Finalmente comprobé que, en efecto, nos separábamos más y más porque el tren, silenciosamente, se había puesto en marcha. Los vagones posteriores llegaron al extremo del pequeño andén improvisado y la estación quedó atrás. Perdí todo rastro de prudencia y procuré lanzarme del tren, pero una serie de factores tan simples como imprevisibles se confabularon para impedírmelo. Estaba en la parte central del vagón y grandes pilas de bolsos me cerraban el paso en ambas direcciones. Cuando logré sortear los obstáculos encontré trabadas las puertas de ese lado. Y después fue demasiado tarde: el tren marchaba a una velocidad tal que tirarme en esas condiciones habría sido un suicidio.

Descarté la idea de abandonar el tren y decidí esperar una parada o el final del viaje para regresar a casa en el primer servicio descendente disponible. Por el momento no parecía haber mejor entretenimiento que observar a mis compañeros de infortunio. Casi todos tenían un aspecto mustio, marchito. Pero, aunque estaban confundidos y desanimados, no se hubieran diferenciado de la clase de pasajeros que viaja en tren rumbo al trabajo. Habían aceptado la rareza de la situación con filosófica pasividad, y por lo que pude ver ninguno de ellos había tratado de saltar. Me pareció lícito admirarlos en silencio. Contemplaban el paisaje por las ventanillas con absoluto desapego, como si en lugar de un viaje a lo desconocido estuvieran paseando por una galería comercial. O como si esas líneas paralelas de color gris que iban quedando a nuestras espaldas formaran parte de una rutina diaria. Y sí, pensé, por qué no; cuando subí había varios pasajeros acomodados, que bien podían haber abordado el tren en la cabecera confundiéndolo con un suburbano regular.

Pero el tren no paró en ninguna estación.

Es un rápido, pensé para levantarme el ánimo. No tenía sentido atormentarse con ideas negativas. El tren llegaría a destino...

El paisaje fluctuó. Villas de cartón, villas de chapas; zonas residenciales, zonas fabriles, campos hasta el horizonte. Me angustiaba pensar que cuanto más lejos me llevara ese maldito tren, más tardaría en reunirme con Irma y los chicos.

Algunos de mis acompañantes leían el diario y otros dormitaban. No me atrevía a encarar a nadie. Finalmente decidí pasar al vagón contiguo; quizás allí la gente no fuera tan apática y alguien tuviera una explicación para lo que nos estaba pasando.

En el otro vagón había mujeres, no muchas, como si un ordenamiento lógico pero desconocido hubiera separado a las víctimas por sexo. Tenían rostros comunes, casi borrosos, el tipo de cara que resulta difícil de recordar apenas se cierran los ojos. En lugar de personas bien podían ser el producto de una pesadilla.

Y así, la idea que había estado pugnando por entrar en el círculo de la conciencia terminó por imponerse: yo estaba soñando. Uno de esos sueños vívidos, que parecen reales y son capaces de incorporar hasta las reflexiones sobre la naturaleza de los sueños, me había tomado por asalto. Estaba atrapado en una pesadilla capaz de alimentarse de sí misma y al mismo tiempo destruir todos mis intentos por despertar.

—Escúcheme —le dije a una mujer de cierta edad que me pareció confiable—. ¿Usted entiende esto?

—¿Sí? —La mujer no separó la cara de la ventanilla; estaba como hipnotizada. Los cables de alta tensión ondulaban paralelos y cadenciosos entre las torres, configurando un esquema de aislamiento rítmico e inhumano. Comprendí que no lograría nada con ella y me acerqué a otra.

—¿A usted también la cazaron con la trampa de los caramelos? —le pregunté estúpidamente.

—¿Hmmm? —La mujer me miró a los ojos y mis párpados cayeron; noté que se le habían borrado las facciones. O tal vez no fuera así y mis sentidos empezaban a jugarme una mala pasada. Veía planos que se cortaban en puntos distantes, fuera del tren, y formaban ángulos borrosos, inconclusos.

Cuando logré reaccionar y ya me disponía a pasar al vagón siguiente noté que el tren se detenía. Me asomé por la ventanilla y comprobé que entrábamos en una estación de pueblo. Por el tiempo de viaje deduje que no podíamos estar más allá de Merlo, pero el andén, corto e irregular, no se correspondía con ningún lugar que yo conociera. Tal vez, me dije, hayamos tomado por un desvío; debe ser eso.

Traté de leer el cartel que suele haber en los extremos de los andenes o sobre la oficina del jefe, pero no vi nada. Un lugar anónimo. El tren se había detenido sobre una vía única que se perdía en el horizonte, y su arribo debía constituir un acontecimiento importante porque se había congregado una multitud para recibirlo. Hombres y mujeres agitaban los brazos alegremente y voceaban nombres que yo no alcanzaba a identificar. Mis compañeros de viaje, en cambio, parecían aturdidos. Unos pocos se habían levantado de los asientos y miraban hacia afuera extrañados, como si la cosa no fuese con ellos.

Agarré los bolsos y bajé del tren.

Caminé unos pasos por el andén con la intención de preguntar en la boletería si ese u otro tren regresaba a Buenos Aires y cuándo. En virtud de la larga serie de acontecimientos nefastos que parecía perseguirme estaba dispuesto a aceptar respuestas como "mañana", "dentro de una semana" o "ese fue el último viaje"...

Una mujer joven, de largo pelo negro, se desprendió de la multitud y vino rectamente hacia mí, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos.

—¡Bela, por fin!

Cuando dijo Bela sentí que un escalofrío me corría por la espalda. ¿Se estaría refiriendo a mí? Miré a los costados y comprobé que era el único pasajero que había descendido. Pero no me llamo Bela. Hasta ese momento estaba seguro de que mi nombre era otro, aunque no lograba recordarlo. Bela me sonaba a húngaro, un nombre ridículo, como de fantasía, adecuado tal vez para un actor de películas de terror, no para una persona normal.

—¡Querido! —exclamó la mujer abrazándome con fervor y besándome en la boca. Sentí su lengua aguda abriéndose paso entre mis dientes; tenía gusto a naranja—. ¿No estás contento de haber vuelto a casa?

—No. No sé —balbuceé.

—Bela, siempre el mismo atontado. Vamos, no te quedes ahí parado como un pavo.

Tironeó de mi mano riendo con descaro. Era una mujer de belleza silvestre, agresiva, que en otras circunstancias me hubiera atraído irresistiblemente en lugar de amedrentarme. Me limité a seguirla.

Cuando abandonábamos la estación miré hacia atrás y descubrí que era el único que había bajado del tren. La gente se desconcentraba en silencio y la fiesta podía considerarse terminada. El tren se puso en marcha. Era evidente que me había apresurado y estaba aún más comprometido que antes.

La mujer me condujo por la única calle del lugar hasta una especie de supermercado que estaba en la esquina, frente a la estación. Pasamos por delante de una pila de cajones vacíos y ella empujó una puerta vaivén de vidrio. En la caja había un hombre mayor, de unos sesenta años, que nos miró inexpresivamente. Atravesamos el salón de ventas sin saludar a nadie, casi a la carrera, y subimos por una escalera escondida entre latas de dulce de membrillo. La escalera conducía a un entrepiso que bordeaba todo el local, pero ése no parecía ser el punto final de nuestro viaje. La mujer se detuvo ante otra puerta y la abrió con una llave que había sacado del bolsillo del jean.

—Vení —dijo tironeándome una vez más. Era una provocación. Yo sabía lo que venía a continuación, pero todavía no había logrado poner mis pensamientos en orden como para hacer alguna pregunta coherente.

Me llevó a un cuarto en penumbras, bastante limpio a pesar de que se hallaba abarrotado de mercaderías. Dejé los bolsos sobre una mesa y me acerqué a ella. Llevó mis manos hasta sus pechos y me indujo a que se los apretara. Esa conducta me descolocó de tal modo que me moví con mucha torpeza y pateé una hilera de botellas vacías. Las botellas rodaron interminablemente y cayeron a la planta baja rompiéndose con gran estrépito. Contrariamente a lo que supuse, a nadie le preocupó lo sucedido, y nadie nos reprendió; hasta me pareció que había risas divertidas y comentarios intencionados, tal vez referidos a lo que podríamos estar haciendo arriba.

—No sabés cómo te extrañé —dijo la mujer sacándose el suéter de lana. Como imaginé, no usaba sostén. Tenía pechos en forma de gota, con pezones y aureolas diminutos.

—¿Te parece un buen lugar para hacerlo? —Mientras pronunciaba esas palabras sentí un hormigueo en la lengua. Una porción de mi mente pensaba otra cosa, tal vez una respuesta adecuada, algo así como: "No pudiste haberme extrañado porque no nos conocemos."

A partir de ese momento toda la escena se desarrolló en dos planos paralelos: yo decía algo diferente de lo que pensaba y a ella le parecía lo más natural del mundo. Nos conocíamos desde hacía varios años, estábamos casados, vivíamos en los altos del supermercado –aunque durante mi ausencia nuestra habitación se había aprovechado para almacenar mercaderías–, ella era la hija del propietario y se llamaba Mari.

—¿Ganaste mucha plata en Buenos Aires? —Mari me apoyaba los pechos en el brazo; sentí la dureza de los pezones, aunque traté de reprimir mi excitación para no perder la cabeza. Aún confiaba en poder explicarle la verdad de la situación, que estaba confundida...

—Algo. Pero vos sabés que un kiosco de cigarrillos y golosinas no es la clase de negocio que permite hacerse rico en poco tiempo.

—No me escribiste ni una carta.

—Tenía el kiosco abierto día y noche. Dormía en el kiosco. —Yo quería hablarle de Irma, de los chicos; decirle que trabajaba en una inmobiliaria y que me llamaba Abel, no Bela. Ahora ya no pensaba en pesadillas, sino en una larga amnesia, una bifurcación en algún punto del camino. Sin embargo retenía mi pasado, recordaba los años de mi niñez.

—Malo; no me trajiste ni un caramelo. —Era el colmo. Revisé los bolsillos del pantalón y encontré los caramelos que había comprado para los chicos en la esquina del puente de la calle Pringles. Le di uno—. ¡Qué lindo! —dijo Mari—. En el papel hay un mensaje de la buena suerte.

—No sabía que los caramelos venían con mensaje —susurré. Mari terminó de leer el papelito y una sombra le cruzó la cara.

—¡Idiota! —Tiró el envoltorio y salió corriendo, con los pechos al aire, desentendidos de los dramas humanos, felices. Recogí el papelito y leí el mensaje: "Este hombre la engaña con una mujer que se llama Irma."

Bajé tratando de pasar inadvertido. Cuando llegué a las cajas observé que Mari estaba hablando con un hombre joven que yo no había visto al entrar; el hombre no parecía impresionado o molesto o excitado porque Mari tuviera el torso desnudo. Ella ni me miró.

Salí a la calle y vi que ya se estaba poniendo el sol. No tenía objeto volver a la estación de ferrocarril, por lo que me alejé del pueblo a campo traviesa. A lo lejos divisé una ruta por la que pasaban coches y camiones.

No fue difícil hacerme llevar por un transportista de hortalizas que iba a Buenos Aires.

¿Las cosas se estarían encarrilando, por fin? Esperaba que Irma no se hubiera puesto excesivamente nerviosa al ver que me iba en el tren, aunque seguía sin entender por qué ella y los chicos no habían subido. Conté los minutos que me separaban de casa. Todo se arreglaría.

El camionero era muy locuaz e interrumpía continuamente mis pensamientos. Traté de ser educado asintiendo y sonriendo de vez en cuando. Hablaba del precio de la verdura, de mercados de concentración... Quizás algo que él dijo, o mis propios nervios, me llevaron a un descubrimiento. Bela no es otra cosa que un anagrama de Abel. ¡Y Mari de Irma! ¡Ahora los rasgos del sueño se afirmaban! ¿Qué significado puede tener verse separado de la familia por culpa de un envoltorio de caramelo, embarcado en un tren irregular, obligado a realizar un viaje sin sentido hasta un pueblo que no figura en los mapas, tironeado por una loca que dice ser tu mujer...?

Me dejó bastante cerca de casa. Pero me sentía perdido, como si hubiera estado mucho tiempo fuera de la ciudad, y no unas pocas horas. Llegué a casa a eso de las nueve. El portero estaba sacando la basura y ni me miró. El corazón me latía con fuerza; estaba muy ansioso y me pareció que el ascensor se movía con exagerada lentitud.

Cuando por fin llegué al departamento me detuve a escuchar. Aparentemente no había nadie. Estarían todos en la casa de la madre de Irma. Puse la llave en la cerradura y la hice girar. Yo no vivía allí. Nunca había vivido en ese lugar.

Una mujer mayor se me acercó, aterrada.

—¿Usted...?

—Señora —articulé con dificultad—: discúlpeme; me debo haber equivocado... soy nuevo en el edificio, ¿sabe? No entiendo lo que pasó. Mi llave abre su puerta... Es una casualidad. —Le tendí la llave, pero la mujer retiró la mano. La llave cayó sobre la alfombra, en silencio.

¿Seguía el sueño, la pesadilla? La mujer retrocedió, como si yo fuese un aparecido. Le di la espalda y salí corriendo de allí,

Bajé por la escalera y paré un taxi al llegar a la vereda. Iría a la casa de mi suegra. Era el único lugar lógico. No quería ni pensar en lo que acababa de pasar en el departamento. Hablaría con Irma y todo se aclararía.

Pero la sensación de angustia se repitió ante el llamador de bronce de la casa de mi suegra.

Ahora sabía de qué se trataba. Había algo irremediablemente desfasado en el modo en que se habían ido desarrollando los acontecimientos, y un sentido extra, una capacidad ignorada hasta ese momento, me ponía sobre aviso. Ya empezaba a ser capaz de descifrar los mensajes.

Por suerte fue Irma quien atendió a los golpes de la manito de bronce.

—¡Querida! —exclamé temblando—. ¡Por fin! —Irma me miró, primero con asombro, luego con espanto.

—Usted... ¿quién es?

—¡Irma! ¡Soy Abel!

—No lo conozco. ¿Qué quiere? —El tono era duro. Yo podía ser un asesino, un borracho; cualquier cosa menos Abel.

—Escúchame —insistí—. No sé de qué lado de la pesadilla estoy, ni siquiera sé si es una pesadilla. Pero déjame entrar, permitime que te cuente lo que pasó desde el principio.

—¡No! No tengo nada que hablar con usted, ni me interesa. —Irma hizo un intento de cerrarme la puerta en la cara. Vaciló.

—Dame un minuto. Hace de cuenta que soy un desconocido que te para en la calle...

—¡No! —repitió Irma. Cerró la puerta.

—Soy... —Yo ya no era nada. ¿Acaso Irma iba a creer una historia basada en que nos habíamos conocido en un baile, siete años atrás, que habíamos estado tres años de novios, que al principio le había costado quedar embarazada...? Los sucesos del día tenían más consistencia. Mari, el caramelo de la buena suerte, con ese mensaje ridículo. Di media vuelta. No sabía si me emborracharía, si iría a ver a un psicólogo, si me suicidaría, o en qué orden haría todo eso. Entonces la puerta se abrió e Irma se asomó tímidamente.

—Espere.

—¿Sí?

—Recuerdo un sueño —dijo Irma—. Una estación de ferrocarril y mucha gente. Lo raro es que había un hombre muy parecido a usted. Me llamaba desde el tren, y me decía algo, pero yo no le entendía.

No le dije nada. Bajé la cabeza, y me alejé. Estaba seguro de que Irma luchaba contra el deseo de llamarme, de seguir indagando, tal vez por pura compasión. Ya no estaba asustada. Pero todas mis pruebas eran como bruma, o peor, como estigmas.

Caminé una cuadra con los puños crispados en los bolsillos, y pensé en los personajes de la literatura, ésos que visitan un lugar imposible y siempre logran rescatar un objeto testigo, la prueba de que estuvieron allí. No en mi caso. Ni siquiera me servía tener los bolsillos llenos de caramelos, los caramelos que los chicos no habían llegado a comer.

Me planteé seriamente la posibilidad de volver al pueblo de Mari, pero no tenía idea de cómo viajar hasta allí. ¿Atravesando un espejo? ¿Tomando un tren fantasma que saliera de un vigésimo piso?

Es inútil. La situación no tiene remedio. Mi efímera existencia habrá terminado cuando el soñador se despierte por la mañana, y me olvide entre el primer sorbo de café y la lectura del diario.

Soy Sergio Gaut vel Hartman, un escritor, editor y antólogo nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1947. Creé y coordino este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. Los interesados pueden conocer mi trayectoria en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

 

sábado, 17 de enero de 2026

EL PRÍNCIPE AZUL Y CAPERUCITA ROJA

Sergio Gaut vel Hartman

 

—¡Estoy harto! ¡Total y definitivamente harto! —El Príncipe Azul pateó con tal furia la pata de la mesa que esta se quebró, convirtiendo la tabla en un plano oblicuo que sirvió de tobogán a la vajilla. Lozas, porcelanas, cristales y cubiertos de plata se precipitaron sin moderación y produjeron un estruendo digno de una batalla.

—¿Y ahora qué hice? —sollozó la Princesa Rosa. (En otros cuentos tuvo otros nombres, pero no viene al caso mencionarlos; es este un asunto que bien puede quedar librado a la imaginación de los lectores).

—¿Qué no hiciste? —aulló el Príncipe. La prole, aterrada por los gritos del padre, se refugió entre los pliegues de las faldas, enaguas y volados del vestido de la madre—. No lavaste ni planchaste mis camisas, en lugar de cocinar los manjares dignos de mi paladar negro te la pasas pidiendo comida preparada a los delivery del reino, alegas permanentes migrañas a la hora del sexo y hueles como Hildegarda, la porqueriza. ¿No deberías bañarte de tanto en tanto?

—¿Y cómo sabes cómo huele Hildegarda?

Por toda respuesta, el Príncipe movió el brazo por encima de la cabeza, tomó la Ruger 44 del armero, salió del palacio y montó su corcel blanco como la nieve para partir al galope en dirección al bosque.

Minutos después, un tanto más sereno ante la perspectiva futura de descargar su irritación en el cuerpo de un lobo, descendió del caballo, ató las riendas a un abedul y asiendo con firmeza el arma se internó en la espesura. ¡Mujeres del demonio!,  barruntó el noble caballero mientras pisaba la alfombra de hojas que el otoño había tenido la precaución de colocar bajo sus pies. Uno las mima, les obsequia una posición, las trata como princesas de cuento de hadas y ellas retribuyen con desplantes, indiferencia, dejadez. (Ni por un momento le pasó por la cabeza al Príncipe Azul que esas exigencias machistas habían sido superadas por los cambios que la sociedad humana experimentó en las últimas décadas).

Tan ensimismado estaba en la meditación, que no reparó en que sus pasos lo habían llevado hasta una cabaña enclavada en un claro, que la puerta de la humilde morada estaba abierta, que al transponer el umbral se dio de bruces con una escena esperpéntica y que sus reflejos de guerrero entrenado y hombre de acción lo impulsaron a apuntar y disparar la Ruger. Como consecuencia de esto (no me voy a extender en detalles que el lector seguramente puede completar, llenando los vacíos que mi ineptitud deja en el cuerpo de la historia) el Príncipe Azul se encontró con un lobo muerto, una anciana malherida (que fallecería horas después en el Hospital para Pobres del Reino, hecho que sería considerado en los documentos como “daños colaterales de un accidente”) y una adolescente vestida con un camisón floreado y tocada con una caperuza roja. La niña, determinó sin vacilar el Príncipe Azul, estaba en edad de recibir las atenciones que solo un caballero de noble cuna puede prodigar.

—¡Me has salvado la vida, cazador! —dijo la niña de la caperuza—. ¡Eres un héroe!

El Príncipe tragó saliva, y mientras se sacaba el jubón y la camisa se dijo que ya habría tiempo luego de explicar el equívoco y dejar bien en claro que él no era ningún cazador.   

LA VERDADERA HISTORIA DEL FALSO GATO


Sergio Gaut vel Hartman

 

El molinero tenía tres hijos, y al morir les dejó lo poco que poseía. El molino fue para Pedro, el mayor, el burro le correspondió a Pablo, el segundo. En cambio el menor, llamado Juan, sólo heredó un gato. Mientras los hermanos mayores quedaron satisfechos con su herencia, Juan se preguntó cómo se ganaría la vida.

—Este gato no sirve para nada —razonó en voz alta—. Y para colmo también tendré que alimentarlo a él.

—No te preocupes, amo. —La sorpresa de Juan, cuando escuchó al gato hablar, fue indescriptible—. Tengo un plan para hacernos ricos.

—¿Qué puedes tú? —preguntó Juan—. ¡Eres un simple gato!

—Dame un sombrero fino, un par de botas y un saco. Yo me encargaré de lo demás.

—Bueno, ¿por qué no? —dijo Juan resignado—. No tengo nada que perder.

El gato recibió lo pedido y quedó satisfecho con su apariencia. Dejó a Juan enfrascado en sus pensamientos y partió.

Primero fue hasta el arroyo, se puso en posición y con sus rápidas garras pescó una docena de peces. Luego, con el saco lleno, se dirigió hacia el castillo.

—¿Un gato que quiere hablar con el rey? —preguntó alelado el guardia del puente.

—Le traigo un regalo de parte del marqués de Carabás —dijo el gato. El guardia, aún sin reponerse, le franqueó el paso, y el gato recorrió los pasillos como si los conociera desde siempre. Al llegar al salón principal se inclinó ante el rey Dogofredo, la reina Zimebuta y la hija de ambos, la princesa Cecilia.

—Mi amo, el marqués de Carabás, le envía saludos a su Majestad y le ofrenda estos magníficos pescados de sus arroyos —dijo el gato.

—Dile al marqués que agradezco su generosidad —respondió el rey. Y a continuación, procurando no ser visto por el gato, se inclinó hacia la reina y susurró—: ¿Existen gatos que hablan como los humanos?

—Eso no me preocupa —respondió la reina—. ¿Quién es el marqués de Carabás?

—No tengo la menor idea —respondió el rey—. Jamás he oído hablar de él; extraño: un gato parlante y un marqués que no figura en los registros del reino.

—Esto me huele mal —dijo la reina.

—Debe ser el pescado —acotó Cecilia arrugando la naricilla.

El rey hizo una seña al capitán de la guardia y éste desenvainó la espada y decapitó al gato de un mandoble. El rey tenía muchos enemigos y no era cosa de correr riesgos. Un gato más o menos, parlante o maullante, no era algo que hiciera temblar a Dogofredo.

La familia real no pudo reprimir la sensación de asco producida por la sangre brotando como un surtidor del cuello cercenado del gato. Pero el rey era un hombre sabio y nada tonto. Mandó llamar al médico real y le ordenó hacer la autopsia del extraño animal.

Horas más tarde, concluida la faena, el doctor Opiseculo, otrora médico del conde de Transilvania, expulsado de la corte por haber transgredido la tácita ley que prohibía las disecciones al mediodía, se inclinó ante el rey.

—Majestad —informó—; debo deciros que el gato no es un gato, o por lo menos no lo era.

—¿De qué hablas, insensato? ¿Volviendo a las andadas?

—¡Por favor, Majestad! Juro por el Todopoderoso que no me he apartado un ápice de las normas vigentes en vuestro reino.

—Bien, entonces, habla. ¿Qué es el gato que no es gato?

—No sé qué es, Majestad; sólo sé lo que no es. Y no es gato. La criatura tiene órganos desconocidos, finas hebras que conectan los músculos con cajas diminutas alojadas en los huesos, que parecen de acero...

—¿Dirás que no era tampoco sangre lo que brotó de la herida? —El rey empezaba a impacientarse. Definitivamente, Opiseculo volvía a hacer de las suyas.

—No era sangre, no, majestad. Se trata de una substanciaaaaaaaaaa...

—¿Qué haces, mujer, insensata? —exclamó Charles Perrault al descubrir que Marie le había arrebatado la hoja y lo observaba con su expresión más severa—. Marie Guichon: ¿otra vez espiando mis escritos?

—Charles Perrault —replicó ella sin moderar la expresión original—, ¿otra vez escribiendo tonterías?

—¿Qué sabes tú de estas cosas? Ve a guisar.

—Los pescados de tu gato guisaré, si no escribes algo sensato. ¿Crees que tu editor pagará por esta historia?

—No veo nada de malo en ello. Mi historia es una fantasía.

—¡Fantasías! Razonables fantasías, quiere la gente. Pon que el gato engaña al rey, la reina y la princesa.

—¡Qué gato tan astuto! —se mofó Charles.

—¿Es más increíble que un gato parlante que ni gato es?

—Bien. ¿Y cómo seguiría la historia de tu gato?

—¿Mi gato? ¡Tu gato! —Marie hizo una pausa, miró a su esposo con ojo crítico y bufó—. Pon que como nadie en la corte sabía quién era en realidad el marqués de Carabás, empezaron a inventar historias sobre él, que era el hombre más rico del reino, y el más apuesto. El gato proclamaba a los cuatro vientos los talentos del marqués y les llevó un faisán a la reina y un cervatillo al rey.

—¿Y el rey le creía?

—No tuvo más remedio, ya que el gato, con un astuto ardid, dominó a un ogro y le quitó el castillo.

—¿Un ardid?

—El gato indujo al ogro a convertirse en un ratón y se lo comió de un bocado.

—¡Eso es ridículo! Un ogro poderoso, capaz de mágicas proezas no puede caer en una trampa tan burda. 

—Pero tu editor sí caerá y llenaremos la olla. ¡Vamos! Termina diciendo que Juan se enamoró de Cecilia desde que la vio por primera vez, se casaron a los pocos meses y fueron felices para siempre.

—¿El gato? —dijo Charles socarrón.

—Por supuesto, el gato permaneció con ellos. Apura, que cuando termines ésta debes escribir otra, acerca de la hijastra de una reina malvada que para deshacerse de ella da órdenes a un guardabosques para que la mate... Y nada de rarezas esta vez, por favor. Piensa en tus hijos, hay que comer, ¿recuerdas?

ENGAÑADAS


Sergio Gaut vel Hartman

Las dulces y amorosas princesas, todas ellas embarazadas, caminaban como podían por el bosque. Aurora, Blancanieves y Cenicienta iban en busca de la cabaña en la que, si eran correctos los datos proporcionados por el guardabosque, jugosamente gratificado, hallarían al Príncipe Azul consumando su felonía. Para Blancanieves, más que para las otras dos, el bosque evocaba sucesos dolorosos, pero todas estaban decididas a desenmascarar al infame al precio que fuera. Por fin, cuando ya caía la noche, encontraron la cabaña y, tras recuperar el resuello, golpearon a la puerta.

Casi de inmediato, como si las hubieran estado esperando, se oyó el ruido de movimientos precipitados y confusos. Alguien se estaba escondiendo. Pero las mujeres no se intimidaron por eso. Sabían que las cabañas de los bosques de los cuentos solo tienen una puerta. Toc toc, insistieron.

—Sabemos que estás ahí —dijo Blancanieves con voz resuelta—. Deja de esconderte y da la cara, rufián.

—No seas cobarde —se animó Aurora—. De todos modos has sido descubierto.

Del interior de la cabaña llegaron de nuevo los signos de una actividad alocada y difusa, como si alguien arrastrara muebles de un lado a otro.

—¿Abres la puerta o la echamos abajo? —dijo Cenicienta, quien después de haberlas pasado brutas con la madrastra y las hermanastras no se iba a dejar intimidar por un Príncipe más o menos Azul.

—Abro —dijo una voz rugosa y agitada desde adentro—, ya les abro. —Los pasos revelaron que alguien se acercaba a la puerta y el movimiento del picaporte demostró que el que había hablado no mentía. La puerta se abrió y en el vano pudo verse a un Príncipe Azul un tanto fuera de norma, en camisa y con los botones de las calzas mal prendidos. Poco o nada tenía que ver con el joven elegante que se las había ingeniado para seducirlas. Detrás, la modesta cabaña —sin lugar a dudas indigna de un Príncipe Azul— lucía desordenada y sucia.

—¡Pillo, miserable! —se descargó Blancanieves, sin darle al Príncipe la oportunidad de armar una defensa.

—¡Vil gusano, canalla despreciable, sapo repugnante! —reforzó Cenicienta, duplicando la munición, por si hiciera falta.

—Truhán, basura despreciable, infeliz —triplicó Aurora, más que nada por no quedarse atrás.

—¡Mis amadas esposas! —balbuceó el Príncipe Azul.

—¿Entonces, lo admites? —croó Blancanieves, en la cúspide de la divina indignación.

—¿No esgrimirás ni siquiera una excusa, una mentira? —lloriqueó Aurora, que había empezado a sentir contracciones.

—¿Quién es ella? —soltó Cenicienta, roja como un tomate.

—¿Admitir, excusas, mentiras, ella? —dijo el Príncipe, que nunca se había distinguido por sus dotes oratorias y a quien lo que mejor le salía era repetir las palabras de su interlocutor.

—Si no vas a mentir —dijo Blancanieves con su tono más severo— di de inmediato qué significa esta triple vida, por qué nos engañaste aprovechando nuestra inocencia de doncellas y quién es la dama que has escondido con tanto alboroto.

—Puedo explicarles todo —barbotó el Príncipe tratando de aplacar a las mujeres con algo de humor, pero al ver aquellos ceños adustos extendió los brazos y dijo—: lo que me ocurrió con ustedes...

—Dilo de una vez, hombre —dijo Cenicienta—, ¿o no ves que esta está a punto de romper bolsa?

 —¿A punto de qué? —El Príncipe Azul se rascó la cabeza.

—Déjalo ahora —dijo Aurora—. Quiero saberlo antes de empezar a parir.

—Bien, ya que lo pedís con tanta insistencia... —El Príncipe se llevó los dedos a los labios y silbó como un vulgar carrero.

Los movimientos del interior de la cabaña se resolvieron en crujidos y chasquidos. Una figura de gran porte a la que no era posible imaginar como una doncella, se acercó hasta la puerta.

—Lo nuestro es amor verdadero, cabezas de pájaro —dijo Pinocchio mostrando todo el esplendor de su cuerpo de madera. Avanzó hacia las mujeres y empujando al Príncipe Azul sin miramientos miró a Blancanieves, Aurora y Cenicienta con desprecio, arrogante y aparatoso como siempre—. Ustedes son incapaces de entender lo que sentimos el uno por el otro.

 

jueves, 8 de enero de 2026

TRES VENTANAS

Sergio Gaut vel Hartman


 

Marta vive en la misma casa desde que se casó. En el comedor cuelga un crucifijo gastado y un televisor encendido sin sonido: noticias mudas de un mundo que ya no entiende. Su hija, Laura, llega una vez por semana desde la ciudad con un bolso cargado de cosas y un gesto de apuro. Aimé viene detrás con el celular en la mano y los auriculares en los oídos, como una declaración de independencia.

Esa tarde se desencadena una lluvia inclemente. Las tres quedan atrapadas en la casa.

—Se rompió el techo otra vez —dice Marta, mirando la mancha de humedad—. Si tu padre viviera…

Laura suspira. Sabe que la frase no terminará nunca.

—Podríamos pedir un presupuesto a través de la app de reparaciones —propone Aimé sin levantar la vista de la pantalla.

Marta frunce el ceño.

—¿App? ¿Qué es eso? —pregunta.

—Una aplicación, mamá —explica Laura—. Un programa del teléfono. Te mandan un albañil.

—¿Y cómo sé que no es un ladrón? —Marta se santigua—. Antes uno conocía al vecino, al hijo del vecino. Ahora vienen desconocidos mandados por esa… inteligencia… artificial —dice la última palabra como si escupiera un hueso.

Aimé sonríe apenas.

—No son desconocidos. Hay reseñas, abuela. Todo el mundo lo usa.

Laura se acomoda el pelo, inquieta. Sabe que no todo el mundo lo usa. Ella misma tiene miedo, aunque no lo confiesa.

—Yo prefiero llamar a Ricardo, el de siempre —dice Laura—. Me fío más de una voz conocida que de una máquina.

Aimé alza la vista, molesta.

—¿Ricardo? Ese tipo te cobra de más porque sabe que sos confiada. Yo prefiero algo que analice precios y reputación. Además, la IA no se cansa ni se olvida.

Marta golpea la mesa con la mano huesuda.

—No confío en esas cosas que hablan y escuchan. Nos vigilan. Nos roban el alma.

—Mamá… —Laura sonríe con suavidad, pero siente un eco de verdad en el miedo de Marta. Ella también sospecha que todo está siendo grabado.

Aimé suelta una risa breve.

—Ay, por favor. El alma no existe para la tecnología. Es solo información. Datos. Nos ayudan.

Marta la mira con pena, aunque no logra disimular que el mismo encubra cierto disgusto.

—¿Y eso no te asusta? Que te conviertan en datos.

—No —responde Aimé, segura—. Más me asusta ser invisible. El futuro va por ahí.

Silencio. La lluvia golpea el techo roto. Marta acaricia el mantel con dedos temblorosos. Laura se siente suspendida entre dos mundos: el pasado sólido de su madre y la nube líquida de su hija.

Cuando Aimé se va al cuarto a buscar el cargador, Laura aprovecha.

—Mamá —dice con voz vacilante—, no le tengas miedo. Son tiempos distintos.

—No es miedo —dice Marta—. Es tristeza. Me sacaron el piso de abajo de los pies. Antes la gente hablaba, pedía favores, confiaba. Ahora hablan con una máquina.

Laura no sabe qué contestar. Acaba de ser despedida del trabajo porque una IA hace en minutos lo que ella tardaba horas. Todavía no se lo dijo a Marta; no quiere oír “te lo advertí”.

—Quizá sirvan para cosas buenas —murmura Laura, más para sí misma que para su madre.

—¿Cómo? —pregunta Marta.

—No sé… ayudar en hospitales, enseñar idiomas, hacer compañía… —Pero recuerda las noches frente a la pantalla, buscando empleo sin éxito, y la frase se quiebra, queda inconclusa.

Marta la observa, adivina la grieta.

—Te hizo daño —dice, con una certeza que sólo tienen las madres.

Laura se muerde el labio y no responde.

Aimé regresa agitando el celular.

—Mamá, abuela, miren esto: un chat que escribe historias personalizadas. Le conté nuestra vida y me hizo un cuento con tres mujeres en una tormenta. —Lee en voz alta unas líneas donde aparecen ellas tres convertidas en personajes de fantasía.

Marta escucha incrédula.

—Eso no es escribir. Es… robar palabras de otros.

—No, abuela. Aprende de libros y textos para inventar algo nuevo.

Laura siente un escalofrío: el trabajo que perdió consistía precisamente en editar textos; ahora una máquina hace cuentos sobre su propia familia.

—No me gusta —dice Marta con firmeza—. No entiende lo que se siente; solo junta pedazos.

—¿Y qué somos nosotros? —dice Aimé arqueando una ceja—. Pedazos de recuerdos, de experiencias. También aprendemos de otros.

Laura levanta la vista. Le sorprende la lucidez de la adolescente.

—Quizá tenga razón —admite Laura, aunque le cuesta.

—No, hija —dice Marta moviendo la cabeza—. Nosotros amamos. Dudamos. La máquina no.

—Yo tampoco estoy segura —dice Aimé—. A veces dudo si entiende más de lo que creemos.

La conversación se corta cuando un trueno sacude la casa. La lluvia se intensifica. Aimé sonríe: “Miren, la app dice que la tormenta termina en una hora y que hay albañiles disponibles mañana”. Marta parece a punto de protestar, pero se queda callada, vencida por la humedad y el cansancio.

Por la noche, cada una se queda frente a su ventana. Marta observa el patio empapado. Piensa en su juventud: cartas escritas a mano, visitas de vecinos, un mundo donde todo tenía rostro. Siente que vive en un tiempo que se quebró como un plato caído. Laura mira la ciudad a lo lejos, iluminada por anuncios digitales. Piensa en la dignidad perdida cuando la IA hizo su trabajo mejor y más barato. Se siente partida: necesita adaptarse pero añora lo que era suyo. Aimé contempla la pantalla reflejada en el vidrio. Siente el vértigo de un futuro enorme, lleno de promesas y amenazas que no termina de entender. Quiere avanzar, pero en el fondo teme convertirse en algo que ya no será humano.

Tres mujeres, tres miradas.

Una teme el mañana porque destruyó el ayer.

Otra sobrevive con nostalgia y rabia.

Otra corre hacia el futuro aunque le asuste.

La casa cruje. Afuera sigue lloviendo.

Y, en silencio, cada una comprende —sin decirlo— que viven bajo el mismo techo pero en mundos fragmentados: uno hecho de memorias, otro de pérdidas, otro de algoritmos.

FATA MORGANA