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jueves, 4 de junio de 2026

SOCIOS, SOSIAS, ALGO COMO ESO

Sergio Gaut vel Hartman

 

La lluvia caía como si alguien estuviera afilando cuchillos contra el cielo.

Vi al hombre por primera vez a las once y cuarto de la noche, bajo la marquesina del bar Atlantic. Llevaba un sombrero oscuro, un impermeable oscuro y una expresión tan oscura como la ropa y la noche. Pero en esta ciudad eso no lo distinguía de nadie.

Lo que me llamó la atención fue que tenía mi mismo rostro. No facciones parecidas. Mi cara. La misma nariz rota en el mismo combate olvidado, tantos años atrás. La misma cicatriz junto a la oreja izquierda. Las mismas arrugas cavadas por el whisky barato, los cigarrillos turcos y las mujeres equivocadas.

Se quedó mirándome desde la otra vereda. Yo también lo miré. Ninguno de los dos cruzó la calle.

Los automóviles levantaban cortinas de agua entre nosotros. Por momentos desaparecía detrás de los faros y volvía a emerger como una fotografía revelándose en un cuarto oscuro. Pensé en un hermano perdido, en un estafador con máscara, en un loco escapado de algún sanatorio. Incluso pensé que del otro lado de la calle alguien se había olvidado un espejo. La noche invitaba a pensar estupideces... y yo soy especialista.

Entonces el hombre levantó lentamente la mano derecha.

Yo no me moví. Él mostró algo que sostenía entre los dedos. Era una fotografía. Aun desde la distancia reconocí la imagen. Era la imagen de la mujer muerta que había encontrado aquella mañana. Y detrás de ella, sonriendo para la cámara, estábamos él y yo. Juntos. Como viejos amigos. Como socios. Como cómplices.

—¡Oiga! —le grité, dispuesto a romper la estasis.

—Podemos tutearnos —respondió—. No se le escapa que…

—¡No! —lo interrumpí. Mi grito sonó desproporcionado, era consciente de que había algo defectuoso en ese sujeto, ese doble, algo fundamental que se me escapaba, un detalle que invalidaba la copia y anulaba la posibilidad de aceptar que aquello fuera real.

—Aceptemos los datos de los sentidos.

Sonó estúpido. Había encontrado el cadáver de Eloísa Murnau luego de perseguirla durante semanas a pedido del marido, un gángster, Marco Robotti. Pero mi doble no había estado allí, conmigo. ¿Por qué estaba en la foto?

—Si tanto me conoce —logré articular—, sabe que no he probado una gota de alcohol en seis meses. —La mitad de mis palabras fueron arrastradas por el viento y la lluvia, lo que no impidió que mi doble no lanzara una sonora carcajada celebrando la torpeza de mi razonamiento. No obstante, la carcajada misma era un artefacto que se jactaba de su propia tosquedad, de mi propia vulgaridad. Traté de pensar en otra cosa, imaginando que eso serviría para ahuyentar el espejismo; ocurrió todo contrario. De pronto, el tipo estuvo a mi lado y me dio un codazo en las costillas, un doloroso codazo.

—¿De dónde sale tu necesidad de convertir cualquier patrón en una historia. Los médicos quieren una explicación patológica. Los periodistas quieren un escándalo. Los lectores quieren una solución. Los policías quieren un asesino. Pero la naturaleza no está obligada a proporcionar soluciones narrativas.

Retrocedí instintivamente y me apoyé contra una pared descascarada. Una rata pasó entre mis piernas y me produjo un escalofrío tan intenso que, por un momento, la imagen de mi sosias osciló como la llama de una vela. Pero no desapareció.

¿Puede existir un fenómeno real, observable y predecible cuya explicación sea inaccesible para la inteligencia humana?

—A fin de cuentas —dije en voz alta, mientras trataba de serenarme—, una alucinación es una alucinación, no más que eso.

—Por supuesto —dijo mi doble—. El problema es que una alucinación tampoco explica nada. —Encendió un cigarrillo. El fósforo iluminó fugazmente su rostro y tuve la desagradable sensación de verme reflejado en una fotografía tomada dentro de diez años—. Las alucinaciones no conocen cosas que el alucinado ignora —agregó, aprovechándose de mi estupor. Metió la mano en el bolsillo del impermeable y sacó una pequeña libreta negra. Mi libreta negra. La misma que había desaparecido de mi escritorio tres semanas atrás. La abrió por la mitad—. Página cuarenta y siete —dijo.

No respondí. O sí. En ese punto me resultaba imposible asegurar si el que hablaba era él o yo.

—No recuerdo…

—Anotaste que Eloísa Murnau tenía miedo de los ascensores desde los nueve años porque quedó atrapada durante tres horas con el cadáver de su tía. Nunca se lo contaste a nadie. Ni siquiera a Robotti.

La lluvia golpeaba los adoquines con una obstinación mecánica y al mismo tiempo perversa. ¿Podría haber sacado alguna conclusión de esa intransigencia? Tal vez la lluvia haya encontrado una manera de ser sentimental y pragmática a la vez, aunque, como tantas otras cosas, dejando el significado al margen de la comprensión humana.

—Podría haberlo averiguado —dije, tratando de salir de la ciénaga filosófica en la que me había metido.

—Claro que podrías haberlo hecho. Pero no lo hiciste. —Pasó algunas hojas—. También anotaste que pensabas abandonar la ciudad apenas terminaras este trabajo. Montevideo. Una pensión cerca del puerto. Pescar de vez en cuando. Dejar de perseguir maridos infieles, esposas infieles y asesinos mediocres.

Sentí un vacío en el estómago. Jamás había escrito aquello. Lo había pensado, pero no lo había escrito. Y eso era mucho peor. Mi doble cerró la libreta.

—De acuerdo. Objetivo cumplido —dije—. Es hora de que desaparezcas, de que te esfumes.

Mi doble no me prestó atención, o fingió no hacerlo.

—Ahora me gustaría saber algo, estimado socio. Si yo soy una invención de tu mente... ¿por qué soy yo quien conoce los secretos que estás empeñado en ignorar? ¿Qué sucio y maloliente enigma estás tratando de enterrar en el sótano más profundo de tu mente? Estabas en el motel en el que Eloísa Murnau fue asesinada. Huiste como una rata al oír las sirenas de los autos policiales. Pero no pudiste evitar el siniestro impulso de sacarte una foto junto al cadáver. Espero que me expliques eso; soy paciente.

—Quiero ver la foto de nuevo. En estos tiempos que corren se pueden fraguar las imágenes y yo…

No terminé la frase. Mi doble ya me estaba entregando la fotografía. La tomé con la mano izquierda. La lluvia había reblandecido los bordes, pero la imagen seguía siendo perfectamente visible. Allí estaba Eloísa Murnau. Muerta. El cuello torcido en un ángulo imposible. La lámpara del motel proyectaba una sombra oblicua sobre la cama. Y detrás de ella estábamos nosotros. Yo. Y yo de nuevo. Mi socio, mi sosias, mi doble. No temí repetir el pensamiento tercamente, como la lluvia golpeando contra el pavimento, no porque la repetición pudiera modificar algo, sino porque la repetición discutía la razón de ser de aquella escena imposible.

Observé la fotografía durante varios segundos. Después la observé otros varios segundos más. Algo estaba definitivamente mal. No en la foto, en mi memoria.

—¿Lo ves? —preguntó el doble.

No respondí. Porque empezaba a verlo. La habitación del motel tenía una sola ventana. Sin embargo, en la fotografía aparecían dos. Una junto a la cama. La otra detrás de nosotros. Una ventana que yo no recordaba haber visto. Una ventana que, estaba seguro, no existía. Sentí que algo se desplazaba lentamente en mi cabeza. Como un mueble pesado arrastrado en una habitación vacía.

—Ahora estamos llegando a la parte interesante —dijo mi doble.

Y por primera vez desde que apareció en la vereda de enfrente tuve la sospecha de que no estaba tratando de convencerme de nada. Estaba tratando de que recordara algo que nunca había ocurrido. Metí la fotografía en el bolsillo del impermeable, separé los dedos de la mano derecha y los punteé con la izquierda.

—El cadáver de Eloísa, Robotti, nosotros, la foto. ¿Qué es lo que me cosquillea en la palma de la mano?

—Menos mal que solo tenemos cinco dedos en cada una —replicó sonriendo—. Temo que excesivas lecturas de Hammett, Chandler y Cain te pudrieron el cerebro, por lo que te sugiero, sin malicia, que te des un baño de Christie y Simenon; tal vez eso clarifique un poco las imágenes oscuras que supiste pergeñar. Un buen programa de retoque de imágenes no te vendría nada mal. Género negro, ¡por favor! A veces parece que te metiste en una burbuja aún más fantasiosa que la que propone la ciencia ficción. La realidad, amigo, es algo simple… en especial si dejamos de lado todo lo que no comprendemos ni comprenderemos jamás.    

—Muchas gracias por la lección —dije—. ¿Va a ayudarme a resolver el asesinato de Eloísa Murnau o solo piensa seguir insultando mis hábitos de lectura?

Mi doble pareció meditar la respuesta.

—Robotti no te contrató para que encontraras a Eloísa.

—Nunca dije que esa fuera la intención de ese mafioso.

—Precisamente. —La lluvia seguía cayendo entre nosotros. Ya no recordaba si estaba empapado o si el agua formaba parte de la misma pesadilla de la que no lograba despertar—. Robotti te pidió que siguieras a su esposa porque sospechaba que tenía un amante. Eso es cierto. Lo que nunca te preguntaste fue por qué Eloísa parecía empeñada en que la siguieran.

Sentí un pequeño sobresalto. No porque la idea fuera brillante, sino porque era obvia. Demasiado obvia. Recordé a Eloísa entrando en cafeterías donde las ventanas permitían verla desde la calle; recordé los taxis que tomaba y abandonaba a las pocas cuadras; recordé los bruscos cambios de itinerario. Durante semanas interpreté aquellos movimientos como maniobras para despistarme. ¿Y si no intentaba despistarme?

—No —murmuré.

—Sí.

—Eso no prueba nada.

—Prueba que quería que alguien reconstruyera un recorrido. —Mi doble señaló el bolsillo donde yo había guardado la fotografía—. Y aún no has comprendido cuál era el destino de ese recorrido.

Por primera vez desde que comenzó aquella conversación imposible sentí algo peor que el miedo; sentí curiosidad.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

Mi doble me contempló, quizá sorprendido por mi repentino cambio de frente. Había llegado a la conclusión de que esa era la pregunta importante. No el qué, el cómo o el cuándo sino el dónde. Sentí que podría desmontar aquel entramado obtuso y desaliñado si lograba determinar la localización del sueño, delirio o alucinación, lo que fuera aquello que me retenía prisionero de una situación absurda. Y mi sosias se dio cuenta de que yo, por primera vez, estaba apuntando en la dirección correcta.

—Apuntar en la dirección correcta —dijo, como si fuera capaz de leer mis pensamientos—. Apuntar con una pistola o con una conjetura que trata de evolucionar hacia una hipótesis certera.

—¿Quién se las está dando de filósofo, ahora? —Por primera vez creí estar tomando la iniciativa, y una iniciativa constante termina dando frutos. Por lo menos eso creí hasta el momento en que mi doble demostró que estaba equivocado—. ¿Dónde estamos? —repetí, ahora con una energía que habría hecho vacilar al más pintado.

—En el mismo lugar donde estuvo Eloísa durante los últimos tres meses.

—No respondió a mi pregunta.

—Sí la respondí. El problema es que todavía estás muy lejos de comprender la respuesta.

Quise replicar, pero algo se interpuso entre mis pensamientos. Una imagen. Apenas un destello. Eloísa sentada sola en la cafetería Venezia. No estaba leyendo el periódico. No estaba esperando a nadie. Miraba a su alrededor. Eso era lo que hacía. Miraba.

Durante semanas la seguí convencido de que intentaba ocultar encuentros clandestinos. Sin embargo, ahora que rebuscaba en mis recuerdos advertía algo extraño. Eloísa observaba las puertas, las ventanas, los espejos. Observaba a los transeúntes. Observaba los reflejos en los escaparates. Observaba como quien teme ser observado. O como quien espera reconocer algo.

—Empezaste a verlo —dijo mi doble.

La lluvia parecía haber disminuido. O quizá yo había dejado de escucharla, de prestarle atención. ¿Acaso cuando uno deja de percibir algo es lo mismo que decretar su inexistencia?

—Hay algo más —murmuré. Y entonces recordé. La última vez que vi a Eloísa con vida. El motel. La habitación. La ventana. No. Las ventanas. Antes de encontrar el cadáver, antes incluso de abrir la puerta, vi a Eloísa a través del cristal. Estaba de pie. Inmóvil. Mirando hacia afuera. Mirando directamente hacia mí. Y sonriendo. No era la sonrisa de una mujer asustada. Era la sonrisa de alguien que, después de una larga espera, por fin había encontrado aquello que llevaba meses buscando.

—¿Te das cuenta ahora de que la sonrisa de Eloísa transforma retrospectivamente toda la investigación?

—No, no me doy cuenta —dijo. Pero solo para disimular que empezaba a descubrir la verdad, escrita con sangre en el revés de la trama.

—Ya no parece una mujer perseguida por un mafioso celoso; parece alguien que estaba esperando que el narrador llegara exactamente hasta ese punto. Estaba agazapada, observando, esperando; tendiendo una trampa o preparando una revelación.

—Nadie necesita que lo asesinen para demostrar que tiene razón… —Sabía que mi argumento era débil, y mi doble remató la situación con una pocas palabras y un puñado de gestos certeros, perfectos.

—No. Pero algunas personas necesitan morir para que alguien empiece a hacerse las preguntas correctas.

Metió la mano en el bolsillo del impermeable y sacó algo más. No era una fotografía. Era una llave. La reconocí de inmediato. La llave de la habitación 17 del motel. La misma que yo le había entregado aquella mañana al sargento Molina. O que creía haberle entregado.

—Eloísa no te estaba esperando —dijo mi doble. —Miré la llave. Miré la lluvia. Miré mi propia cara reflejada en el rostro de aquella imagen, un desconocido, yo—. Te estaba esperando a ti —repitió. Y comprendí. No de golpe. No como una revelación luminosa. Comprendí del mismo modo en que amanece: lentamente, casi a regañadientes. Eloísa observaba ventanas, espejos y escaparates porque buscaba algo imposible. Alguien imposible. Había descubierto la grieta antes que yo, la duplicación, la presencia invisible. Por eso sonrió al verme detrás del cristal. No me estaba reconociendo. Me estaba confundiendo. Nos estaba confundiendo.

Mi doble lanzó la llave al agua acumulada junto al cordón de la vereda.

—¿Quién la mató? —pregunté.

Por primera vez pareció cansado.

—No te sirve de nada seguir creyendo que esa es la pregunta importante. —Después sonrió. Era mi sonrisa. La que aparece en las fotografías cuando ignoro que me están fotografiando. La auténtica. Y entonces ocurrió algo sencillo. Algo tan sencillo que tardé varios segundos en comprenderlo.

La vereda de enfrente estaba vacía.

Permanecí inmóvil bajo la lluvia durante varios minutos más; una eternidad. Luego metí la mano en el bolsillo para asegurarme de que la fotografía seguía conmigo. No estaba, por supuesto. Solo encontré una libreta negra. La abrí, cauteloso, como esperando que de las páginas emergiera un alacrán. En la página cuarenta y siete había una frase escrita con mi letra. Una frase que no recordaba haber escrito.

"Si alguna vez se produce el encuentro con el otro, preguntar cuál de los dos empezó la historia."

Cerré la libreta. La lluvia seguía cayendo, ¿por qué la lluvia debería cesar en esta historia?

Sergio Gaut vel Hartman (Buenos Aires, Argentina, 1947) es escritor, editor y antólogo. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa.

 

 

lunes, 1 de junio de 2026

MILONGA

Sergio Gaut vel Hartman

 

Xen'yudih llegó primero.

La nave descendió sobre el Atlántico Sur una madrugada de invierno de 2047 y permaneció suspendida a treinta metros del agua, como una medusa metálica iluminada desde adentro. Los radares militares argentinos la detectaron durante once segundos. Después desapareció. Los miembros del gobiernos discutieron durante meses si había sido una ilusión óptica, un ensayo militar chino o un fenómeno atmosférico. Nadie imaginó que el visitante ya caminaba por las calles de Buenos Aires.

Xen'yudih había nacido en un planeta cubierto por mares de amoníaco y ciudades excavadas bajo glaciares de metano sólido, de un sorprendente color violeta. Su especie no conocía la música en el sentido humano. La armonía era para ellos una propiedad matemática, no una emoción. Pero durante décadas habían interceptado emisiones terrestres: discursos, guerras, publicidad, partidos de fútbol. Y entre todo aquel ruido había algo que obsesionó a Xen'yudih desde el primer momento en que lo escuchó: el quejido herrumbroso de un bandoneón.

No comprendía por qué aquella secuencia de sonidos imperfectos provocaba en su sistema nervioso una perturbación semejante al vértigo.

Pasó años estudiando el origen de la música y así terminó por descubrir que ese instrumento se utilizaba para interpretar tangos y milongas. Descubrió también algo más inquietante: cuando dos humanos danzaban al compás de esas melodías sus movimientos se sincronizaban, obedeciendo a patrones imprevisibles, imposibles de modelizar incluso para las computadoras de su mundo. Como si durante unos minutos dejaran de obedecer las leyes normales de la causalidad y generaran su propio sistema de coordenadas.

Por eso vino a la Tierra, por eso eligió Buenos Aires, cuna del tango, de Troilo, de Pugliese, de Piazzolla...

Kolo llegó nueve meses después.

Procedía de un sistema situado a casi treinta años luz del mundo de Xen'yudih y pertenecía a una especie reptiliana que había desarrollado el viaje interestelar mucho antes que los humanos. Traía órdenes precisas: localizar al intruso de cráneo blanco y determinar el motivo de su presencia en la Tierra.

Lo encontró en una milonga de San Telmo. Y durante varios minutos olvidó por completo su misión.

No me resulta sencillo traducir el diálogo mental establecido por criaturas de mundos disímiles entre sí y –ambos– tan alejados de lo humano. Pero lo voy a intentar.

—¿Por qué estás aquí, en este mundo, en esta ciudad, en esta milonga? —La pregunta de Kolo eras una mera formalidad para abrir el juego.

—"El tango es un pensamiento triste que se baila" —citó Xen'yudih—. Es una de las definiciones más poéticas y universales de la cultura rioplatense. Y aunque a menudo se le atribuye al escritor Ernesto Sabato, la célebre frase fue acuñada originalmente por el genial compositor, músico y letrista argentino Enrique Santos Discépolo.

—Sé quién es. No me atribuyas una capacidad intelectual inferior. Todo lo que aprendiste está en este cubo.

Kolo había simulado todo lo posible una apariencia humana, por lo que Xen'yudih no se sorprendió cuando la farediana sacó un cubo color turquesa de un orificio entre sus pechos.

—Un punto a tu favor —aceptó Xen'yudih.

—Y aquí me apunto otro, gahu’n: Fernando Sorrentino refuta ese aserto con una sentencia sencilla: yo no creo que la música nazca de pensamientos sino de sentimientos. Luego, lo de triste parece escrito por una persona que nunca hubiera oído un tango.

—Tanto anulado —dijo Xen'yudih generando una especie de sonrisa en su marmóreo rostro—. Eso lo dijo el gran Jorge Luis Borges, que por lo que sé no sentía un afecto desmesurado por Sábato.

—¿Sábato o Discépolo, en qué quedamos, pelandrún?

Ahora la sonrisa del gahu’n se amplió hasta parecerse a una carcajada… en la medida de que los de su especie fueran capaces de tal expresión.

—Veo que te aplicaste, chichipía.

—No vine a buscar camorra —dijo Kolo mientras guardaba el cubo turquesa entre las escamas del escote—. Vine a junar qué corno encontraron en esta música ustedes, los gahu’n. En Sohel-Khâ no hay arte que sobreviva tres ciclos. El tango lleva más de doscientos años vivo y todavía sigue haciendo suspirar a los humanos

Xen'yudih inclinó apenas la cabeza. En la pista, una pareja giraba abrazada bajo las luces ámbar que emitía una esfera colgada del techo. Sonaba La Yumba. El tipo era petiso, medio fulero, con pinta de laburante hecho percha; la naifa, una mina groncha entrada en años que pitaba negros entre tanda y tanda como si estuviera rumiando broncas viejas. Sin embargo, cuando se movían, parecían obedecer a una geometría secreta.

—Porque el tango no se limita a ser música —explicó Xen'yudih—. Es una anomalía cognitiva. Un lenguaje corporal que funciona incluso entre individuos enemistados. Observa a esos dos.

Kolo observó alternativamente al gahu’n y a los bailarines. El tipo y la jermu parecían bardearse aun mientras bailaban. Las mandíbulas tensas. Los ojos llenos de reproches. Y sin embargo cada paso encajaba con precisión sobrenatural.

—Eso pasa en todas las especies sociales —bufó la reptiliana—. Coordinación motriz, empatía refleja...

—No. Esto es otra cosa. —Xen'yudih señaló discretamente alrededor—. Escuchá las conversaciones.

Kolo afinó sus sensores auditivos.

—… el bondi me dejó tirado...

—… qué mina más fulera...

—… este país se va a la mierda, macho...

—… el turro me afanó hasta las ganas de vivir...

Quejas. Renuncia. Bronca. Nostalgia. Pero cuando la orquesta atacó un fraseo de bandoneón, el clima entero de la milonga cambió. Como si una corriente invisible pasara entre las mesas.

—Mirá sus pulsos —susurró Xen'yudih.

Kolo abrió un espectro biológico y quedó patidifusa. Más de cincuenta humanos comenzaban a sincronizar ritmos cardíacos.

—No puede ser...

—Puede. Y ocurre.

Kolo permaneció callada. Un mozo gordito pasó junto a ellos cargando una bandeja.

—¿Van a bailar o vinieron a hacerse los giles? —rezongó.

La reptiliana miró a Xen'yudih.

—Decime una cosa, gahu'n... ¿aprendiste aunque sea el ocho básico o todavía caminás como un boludo recién bajado de la nave?

Xen'yudih volvió a sonreír. Tomó a la farediana de la cintura, buscó con la garra la opuesta de su pareja, y de un tirón la ubicó en el centro de la pista.

La orquesta remató la tanda con un bandoneonazo tristón y arrabalero. Kolo tragó en seco. Después miró la pista como quien mira un abismo.

—Qué fulería... —susurró.

—¿El tango, los humanos?

—No, gil. Que ustedes y nosotros, que nos creemos tan piolas, tal vez seamos mucho más boludos de lo que imaginamos.

El creador de este blog tiene una larga trayectoria como escritor y editor que pueden encontrar en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

 

 

viernes, 15 de mayo de 2026

ESTACIÓN DE ENLACE

 Sergio Gaut vel Hartman

 

Por un perturbador instante creyó que estaba perdido, como en el cincuenta y dos, en la terraza de Ezeiza, cuando el tío Miguel regresó de Brooklyn en un avión de Panagra. Se golpeó la cabeza con la palma de la mano. Tenía noventa y tres, no cinco. Ezeiza ya no existe, se dijo. Esto es una estación de enlace; nuestra familia en pleno emigra a la colonia Bradbury, en Marte.

Contempló la anodina efervescencia, similar a la de todas las estaciones de enlace del planeta y se sobresaltó cuando Bodylan se puso a llorar.

—¿Qué le pasa al niño? —dijo el abuelo.

Samila hizo una mueca de disgusto y se limitó a señalar el holo de noticias que flotaba sobre sus cabezas. “El Vaticano condena enérgicamente la clonación humana”.

—Otra vez —dijo García, el padre Uno del niño—. No paran.

—Pobre criatura —dijo, Igor, el padre Dos.

—Se precipitaron —dijo el abuelo—. ¿Qué necesidad había de decirle? Sólo tiene tres años. ¿No podían esperar?

Nadie hacía caso a las ideas prehistóricas del abuelo. Pero Samila no pudo evitar la queja habitual. —Maldita sea la hora en que se inventó el Gerozac —murmuró.

—¡Si fuera sólo el Gerozac! —dijo Lila-lo, diecisiete recién cumplidos. Usaba una corona Telepac que además de permitirle captar los pensamientos ajenos emitía un flujo aleatorio de partículas que se derramaban por su cuerpo y la hacían parecer vestida—. ¡Miren eso!

Eso era un Modificado, listo para viajar a Titán y respirar su atmósfera de metano.  

—Es feo —dijo el abuelo. Era feo, sin lugar a duda; parecía una cruza de mandril y cortadora de césped. Pero eso era lo que se necesitaba en el satélite de Saturno y así lo habían fabricado.

Mientras el abuelo se preguntaba si era lícito llamar tipo a eso, Bodylan se puso a llorar de nuevo.

—¿Ahora qué le pasa? —dijo el abuelo.

—Tiene miedo —dijo Igor— de que lo modifiquen para vivir en Titán.

Al abuelo le caía mal el padre Dos, pero no podía decir nada porque la Ley de Universal de Matrimonios Temporales autorizaba a las personas a formar tantas parejas legales como su apetito sexual les reclamara y su hija era una máquina insaciable.

De pronto, con urgencia fatal, sonaron las alarmas. Había un tono para cada amenaza y esa, tampoco se podía dudar, era la que correspondía a un ataque químico.

—Sikhs —dijo el abuelo.

—Zapotecas —dijo Samila.

—Hutu —dijo Igor.

—Vascos —dijo García.

Nunca se sabía qué grupo terrorista estaba perpetrando el ataque. Pero de todos modos se pusieron las máscaras, activaron las exodermas y se calzaron los cascos antizyklónicos. Algunas cosas nunca pasan de moda...

—Una noticia buena y una mala —dijo Lila-lo que se había dejado la corona Telepac debajo del casco—. La buena es que BBC, Goosoft, y Al-Jazeera dicen que fue un ataque menor; sólo tres muertos y una docena de intoxicados. La mala —agregó la muchacha antes de que nadie se lo preguntara— es que se trata de un grupo nuevo, los blang azules, que se quieren separar de China para unirse a Myalandia.

—Espero que en Marte no haya terrorismo —dijo Samila.

—Las agencias exageran —dijo García.

Bodylan reanudó su sesión de llanto desconsolado.

—¿Y ahora qué? —dijo el abuelo.

—Se le atascó el casco —dijo Samila—. No había de su medida.

La estación de enlace reanudó las rutinas habituales. Los empleados de Transolar y Ultra Órbita trataban de recuperar el tiempo perdido, aunque las discusiones con los pasajeros estaban a la orden del día. El abuelo se distrajo mirando a una Modificada que seguramente iría a vivir a la Franja, en Mercurio. La chica o chico o lo que fuera usaba una corona como la de Lili-lo, pero no la había activado.

—¿Será posible?

Samila estuvo a punto de hacer otro comentario relacionado con el Gerozac, pero se contuvo. En Marte todo sería peor.

—No te quejes, ma —dijo Lili-lo que había pasado la sintonía de su Telepac a la Red de Iglesias—: el gran Pastor Adámico Universal acaba de anunciar que unos científicos en Kazán resucitaron a un muerto. Está que trina. Dice que eso no se hace. Que eso es peor que el Gerozac y que Dios está muy enojado.

Por fin les llegó el turno. La empleada de Martian Air estaba con un humor de perros porque no había llegado el relevo y los trató como basura. Para empezar hizo llorar de nuevo a Bodylan cuando rechazó el pasaporte del niño.

—En Marte están prohibidos los clonados.

García sacó un flamante disco de mil créditos respaldado por el Banco de Shanghai y la empleada se convirtió en una vehemente defensora de la ingeniería genética.

Pero casi de inmediato el carácter se le volvió a agriar.

—El anciano —dijo señalando al abuelo y haciendo una mueca de asco— debe demostrar que posee conocimientos que serán útiles en la colonia. Marte es para los jóvenes.

—¿No dije que el Gerozac nos daría un disgusto?

García miró consternado a su esposa temporal.

—Pero no quisiste pagarle a ese señor tan gentil de camisa negra y corbata caribeña que se ofreció a... solucionar el problema.

Lili-lo captó los pensamientos pecaminosos de Igor en la banda lateral del Telepac. No sería mala idea, reflexionaba su padrastro Dos, que hubiera una boca menos que alimentar, allá en Burroughs. O dos bocas, y se veía arrojando a Bodylan al espacio por el eyector de materia superflua.

—Soy una persona apta —dijo el abuelo— y mucho más lúcida, a mis noventa y tres, que la mayoría de estos inútiles. Si me lo propusiera podría llegar a ser presidente de Marte.

—¡Maldito Gerozac! —exclamó Samila—. La civilización se hunde por el peso de los viejos. —Tomó la caja de doce pastillas, que mantenía vivo a alguien como el abuelo durante un año y era más cara que un tanque israelí en el mercado negro, y la arrojó al paso de una carreta de equipajes. El abuelo dio un chillido y se sintió succionado por una tromba gigante que lo arrojó a la terraza del aeropuerto de Ezeiza, una fría tarde de 1952, el día en que el tío Miguel regresaba de Brooklyn en un avión de Panagra.

Se sintió perdido y se puso a llorar.

El creador de este blog tiene una larga trayectoria como escritor y editor que pueden encontrar en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

jueves, 26 de marzo de 2026

FACTOR COMÚN

Sergio Gaut vel Hartman

La casa no estaba mal. Tal vez tenía más habitaciones de las necesarias y un carácter lúgubre que podría corregirse con flores y plantas y algunos chicos corriendo por los pasillos y el patio. Me pregunté si tendría ocasión de hallar algo mejor y también a cuantos otros empalagosos vendedores inmobiliarios tendrían que soportar antes de dar con la casa ideal, el lugar soñado.

—¿Qué tal, qué le parece? —dijo el vendedor frotándose las manos. Había fabricado una sonrisa tan falsa que amenazaba con perpetuarse en su rostro, condenándolo al rigor mortis en vida—. No tendrá ocasión de hallar algo mejor —insistió tras leerme los pensamientos. Trucos de vendedor, sospeché; soy demasiado infantil en esas cuestiones. Iba a replicar, lo juro, pero en ese momento sonó el teléfono móvil del tipo quien, tras musitar una disculpa, se retiró a la habitación contigua para atender la llamada.

Quedé solo y me dediqué a observar los techos, altos y blancos. Unas molduras de yeso marcaban nítidamente la separación con las paredes, feas, pintadas de apuro. Pensé que era una casa original, estrafalaria, tal vez urdida por un arquitecto esnob. Avancé unos pasos hacia la habitación siguiente, alejándome del vendedor. El lugar parecía en cierto modo ilógico, y me evocaba un cuento que había leído tiempo atrás. Por un momento pensé que podía quedar atrapado en esa geografía singular, perdido en espacios con los que no estaba familiarizado en absoluto, pero alejé esos argumentos tontos de inmediato. El vendedor seguía hablando, tal vez discutía o recibía instrucciones para rematar la operación, por lo que volví a centrar mi atención en la casa. Había demasiadas habitaciones, me repetí; las paredes rezumaban humedad, los pisos estaban desparejos y la ventilación era escasa. Esas razones me llevaron a decidir que tenía suficiente como para terminar allí mismo con todo el asunto. Me acerqué a una puerta y la abrí. Daba a una pieza vacía. Volví sobre mis pasos y abrí otra puerta. Esta habitación, más pequeña, estaba poblada por dotaciones de muebles apolillados y decrépitos, malolientes; sentí náuseas. A punto de desembocar en un patio en el que se había acumulado una masa de luz dorada, advertí una puerta disimulada tras una cortina azul raída y sucia. Vacilé entre salir al patio, a ojos vista el final ciego de la línea, ya que no podía existir un número ilimitado de habitaciones o concentrar mi atención en esa puerta. Venció la segunda idea.

Tanteé el picaporte tras la cortina y sentí la frialdad del bronce; tal como imaginaba, no estaba cerrada con llave; ninguna de las puertas de la casa lo estaba, después de todo. La abrí y me enfrenté a la primera sorpresa.

La suposición natural, no sé por qué, había sido pensar que la habitación estaba vacía y que la luz del patio se colaba oblicuamente por una ventana, iluminando partículas de polvo y delimitando un trapecio de claridad en el piso oscuro. No era así.

La pieza no tenía ventanas. La crudeza blanca de varios tubos fluorescentes resplandecía sobre los objetos negándoles el derecho a la sombra. Pero esos detalles no eran ni de lejos tan extraordinarios como lo demás. Sentado en una silla de respaldo alto, con los codos apoyados en una mesa de madera y los puños bajo el mentón, había un hombre de edad indefinible, con el cabello canoso y una red de arrugas en el rostro que parecían remedar el laberinto de la casa. Miraba hacia la puerta, como si me hubiera estado esperando, pero al verme ni siquiera parpadeó.

—Buenas tardes —dije—. No sabía que hubiera alguien aquí.

—Buenas. Soy Juan Salvo —dijo, arrastrando las palabras. Mencioné mi nombre y él se encogió de hombros. Permanecí unos segundos clavado en el piso, prestando atención a los ruidos, apenas roces, que se producían en una habitación contigua que se comunicaba con la que estábamos por una abertura sin puerta.

—¿Hay alguien más? —dije señalando la abertura con el dedo.

—Sí —dijo Salvo—, Guevara; está preparando mate. Aguardamos a Rosa para empezar. —Pareció observarme con mayor atención durante un segundo, pero perdió el interés de inmediato. —A usted no lo esperábamos. ¿Tenía que venir? ¿Quién lo mandó? —Las palabras denotaban suspicacia y recelo, pero el tono cansado desmentía cualquier matiz en esa dirección.

No supe qué contestarle, por lo que me situé a la defensiva, con la guardia bien alta.

—¿Quienes son ustedes? —pregunté, siempre atento a lo que el tal Guevara hacía en la habitación vecina; por lo visto no tenía ningún apuro. Dos o tres veces escuché tintineos, como si golpeara una cucharita contra un vaso.

—Ya le dije: Rosa, que llegará de un momento a otro, Guevara y yo, Salvo. Siéntese, no se quede ahí parado. ¿Seguro que no lo mandó alguien? A lo mejor Guevara sabe.

Detecté una silla idéntica a la que usaba Juan y la arrastré sin miramientos hasta ubicarla junto a la mesa. Me senté a un costado, de espaldas a la pared que daba al patio y de frente a la arcada por la que, de un momento a otro, aparecería Guevara.

—Usted cita los nombres de esa gente —dije—, y el suyo propio, pero a mí no me dicen nada. ¿Tendría que conocerlos?

—Para mí tampoco significa nada el suyo —dijo Salvo—. ¿Qué importa? Si yo le dijera que Guevara y Rosa son luchadores, personas que han imaginado un mundo mejor y tratan de forzar las cosas para que se concrete, ¿cambiaría algo?

Miré a Salvo desorientado, buscando en mi memoria una razón lógica para encajar el disparate que el hombre sugería. —Espere un momento —balbuceé—. Si lo que usted dice fuera cierto estaría hablando de personas que murieron hace años. Ese Guevara murió en Bolivia, en el monte, hace tiempo. Y ni siquiera me atrevo a pensar que la Rosa que menciona sea la revolucionaria, la alemana de principios del siglo XX que luchó...

—Es polaca, no alemana —dijo Salvo.

—No es, fue. Está muerta —insistí—. Rosa Luxemburgo. —Paladeé el nombre, un nombre épico, como Dolores Ibarruri, como otras damas quijotescas de la historia. El tipo estaba loco.

—Vivo, muerto —dijo Salvo moviendo la cabeza—. ¿Usted qué sabe?

—No esperará que crea que es un fantasma. —Traté de reír, pero mis labios se torcieron de un modo anormal y formaron una mueca despectiva.

—Por el momento, amigo —dijo Salvo—, no espero nada. —Salvo me pareció en ese momento agobiado por un cansancio mayor del que cualquier hombre pudiera soportar, como si una lucha larga e inútil lo hubiera consumido. Iba a replicar; soy una persona racional y esa clase de supersticiones me alteran hasta lo indecible, pero los hechos no se dieron como yo pensaba. Un estrépito me obligó a girar la cabeza. La pared sin ventanas se abrió como si fuera el diafragma de una cámara fotográfica. Chis, chas. No se vio el patio en ningún momento, y de todos modos lo que pude percibir fue, como un fogonazo, que un volumen oscuro atravesaba el iris con paso firme, como si la pared directamente no existiera.

Cuando pude girar todo el cuerpo descubrí junto a mí a una muchacha joven, de unos veinticinco años, tal vez menos; era menuda, de tez muy blanca y se movía nerviosamente, como si le faltara el tiempo para hacer todo lo que tenía planeado.

—Hola, Rosa —dijo Salvo, tan inexpresivo como siempre.

—Hola, Rosa —repetí; podía darme el lujo de ser educado. Estaba fascinado por la idea de que esa mujer fuera la mítica Rosa Luxemburgo, la fundadora del espartaquismo. Pero Rosa había sido asesinada en 1919, ¿cómo era posible...?

La muchacha me miró entre sorprendida e irritada. Por lo visto no le hacía gracia que un intruso ocupara un lugar en torno a la mesa, y menos que la tratara con familiaridad, como si la conociese de antes. Puso los brazos en jarras, en una pose tan afectada que parecía de una heroína de película y me señaló moviendo la barbilla.

—¿De dónde salió, éste, quién es? —dijo con un fuerte acento alemán, lo que confirmó, de alguna manera, lo que había manifestado Salvo.

—Debe ser uno que visita la casa para comprarla —dijo Guevara, saliendo de la otra habitación con un termo bajo el brazo y una calabaza forrada de cuero en la mano izquierda. No me miró; tal vez miraba más allá de la pared, el patio, o más allá de la casa, un paisaje invisible para mí. Por lo visto esa gente sabía y podía cosas que me estaban vedadas. Guevara se sentó y le hizo un gesto a Rosa para que desarmara ese gesto tan adusto, semejante al que emplea un fanático cuando está con alguien que no profesa su fe. Después apoyó la calabaza en una diminuta cesta de mimbre y vertió el agua en un chorro único y preciso, demostrando que tenía el pulso entrenado; dio tres largas chupadas sin mover el recipiente y volvió a cebar, empujando la calabaza hacia Salvo.

—¿Nos sirve para algo? —dijo Rosa. Aunque se le habían ablandado un poco los rasgos, la hostilidad de la muchacha podría haberse pescado en el aire de un manotazo. Sentí el impulso de levantarme de un salto y salir sin saludar, pero el misterio era demasiado precioso, como una gema.

—¿Tienen una misión? —Lo dije sin pensar, una intuición pura como el agua pura; una intuición absurda y sin fundamento. Pero los tres alzaron las cabezas y clavaron los ojos en mí. Hasta Salvo pareció perder la piel de abulia que lo envolvía y Guevara apoyó el termo y Rosa adelantó el cuerpo pequeño, casi rozándome.

—¿Qué sabe de todo esto? —dijo Guevara—. ¿Quién le habló de nosotros?

—Todos tenemos alguna guerra por pelear —dije, ciego, esperando que ese camino llevara a alguna parte—. Estoy buscando la mía.

Suspiraron aliviados, los tres; fue casi cómico. Salvo sacudió la cabeza y me pareció que sonreía. Rosa puso su mano en mi brazo y apretó, como si deseara borrar con ese gesto toda la desconfianza previa.

—Dudo mucho de que esta sea la suya —dijo Guevara. Volvió a echar agua en la calabaza y me la tendió. Aunque no suelo tomar mate acepté. Intuía que si me plegaba a los manejos de esa gente aumentarían mis posibilidades de entender lo que estaba ocurriendo.

—Para saber si estamos en la misma guerra —dije, al azar—, habría que definir primero quién es el enemigo.

Contra lo que esperaba ninguno me contestó. Tal vez mi pregunta había sido demasiado directa y eso me colocaba de nuevo bajo sospecha. ¿Los estaba espiando? Yo sabía que no. Rosa soltó mi brazo; sólo en ese momento advertí que había estado apretando de tal modo que sus uñas atravesaron la tela de mi camisa. 

Guevara se preparó como si se dispusiera a disertar ante un conjunto de jóvenes ansiosos e ignorantes.

—¿Sabe qué pasa? —dijo por fin, aunque sin mirarme, tras dar dos largas chupadas—. El enemigo... no importa mucho quien es el enemigo. Podemos juntar las cabezas y creer que el enemigo es uno solo, y en cierto modo es así, pero la lucha debe darse en cada punto, en cada intersección, ¿entiende? Entonces importa menos. Usted luche su propia guerra y cada uno de nosotros hará algo parecido. Hemos coincidido por casualidad; tal vez ni siquiera pertenecemos al mismo tiempo, todavía no lo pudimos averiguar. En realidad sólo nos juntamos a tomar mate. —Se rió de un modo extraño.

—No se le escapa que no entiendo de qué está hablando —dije.

—No, no se me escapa —dijo Guevara—. Era una posibilidad. ¿Sabe quién soy?

—¿Tendría que saber? ¿Es alguien... importante? Si usted fuera el mismo Guevara... sería imposible. —No quise decir que ese Guevara estaba muerto; me pareció una grosería.

Guevara sonrió. Después se palmeó el muslo.

—Juan sabe mucho más de esto que Rosa y yo porque él existe en otro plano, independiente, más cerca del conocimiento central —dijo—. Dice que en algunas líneas soy alguien importante, tal vez decisivo, o por lo menos influyente. Pero las líneas son eso, líneas. Usted recorre un pasillo, abre una puerta y entra a una habitación. Tal vez estoy, tal vez no. Quizá triunfé o fui asesinado o no nací, ¿entiende?

—No. ¿Por qué no me lo explica él? —dije señalando a Salvo—. Si usted mismo acepta que sabe mucho más que usted.

—Estamos perdiendo el tiempo —dijo Rosa. Había recompuesto su expresión anterior, aunque potenciada por una urgencia que salía del temor, como si toda la escena corriera el riesgo de reventarse como una pompa de jabón.

—El tiempo no se pierde —dijo Salvo—, somos nosotros los que nos perdemos en el tiempo. —Me estaba cansando de esas frases vacuas, deliberadamente enigmáticas, formadas para impresionarme. Empecé a pensar que, más allá del truco de Rosa y la pared, de las menciones a la guerra o lo que fuera que se proponían hacer, un acto terrorista, una emboscada, un asesinato, esa gente disimulaba una operación concreta: ocupar la casa para utilizarla como base para sus actividades, o algo por el estilo. El recuerdo de los tiempos del Proceso me llegó de golpe y tuve miedo.

—¿Tienen la autorización del dueño o de la inmobiliaria para estar en este lugar o son unos vulgares intrusos? —Mi frase sonó insulsa, y ellos, los tres, aún antes de terminar el párrafo, comenzaron a reírse.

—Si supiera lo vencidas que suenan sus palabras —dijo Guevara cuando pudo serenarse—. Esto es un punto de inflexión, una anomalía. ¿Se cree que algo tan nimio como usurpar una casa puede prevalecer sobre el fenómeno que nos hace coincidir, aquí, ahora, a los cuatro?

—Hablaron de una guerra —dije, tratando de hacer pie nuevamente.

—Usted habló —dijo Salvo—. Para nosotros la guerra, cualquier guerra, pasó a segundo plano hace mucho. ¿Qué guerra se cree capaz de imaginar? ¿Una con soldados, aviones, tanques, misiles? Siento desilusionarlo; no tenemos esa clase de guerras en existencia. —A las palabras de Juan concurría un índice tan elevado de amargura que por un momento creí que iba a estallar, salpicándome, empapándome de veneno azul, letal.

—¿Alguno de ustedes me va a decir con claridad por qué están en este lugar? —Medio me incorporé en la silla; estaba dispuesto a apurarlos y definir, aún a costa de dejar algunos jirones en el intento.

—Ya se lo dije —insistió Guevara—, sólo nos juntamos a tomar mate. —Rosa fue todavía más elocuente: desenfundó el dedo y lo apuntó hacia mí, acusadora, aunque supongo que ni ella sabía de qué me acusaba. Dijo dos o tres palabras en alemán, supongo; sonaron como un insulto.

—Rosa, por favor —dijo Juan Salvo desganadamente—, dejemos esas zonceras.

—Si me explica el truco de la pared —dije sin prestarle atención a la muchacha que seguía gesticulando, a pesar de la reconvención de Salvo, tal vez estancada por falta de palabras en nuestro idioma—, me voy y los dejo en paz. Los encontré por casualidad y no me interesan. Preferiría estar en la biblioteca, leyendo un buen libro. ¿Se dan cuenta? Por otra parte el vendedor me debe estar buscando.

Salvo miró a Guevara, como pidiendo ayuda, pero éste hizo un gesto elocuente, restándole importancia.

—El vendedor es peligroso, él es el enemigo, ya que lo quería saber —dijo Guevara. Entonces Salvo se levantó y poniendo los puños sobre la mesa habló como un dirigente político que negocia el apoyo a su peor adversario.

—Es el tiempo, señor, el mayor impostor, una ficción. Salga de aquí, mientras le sea posible, antes de quedar atrapado en la telaraña de los hechos. ¿Se cree que yo siempre fui esta pálida sombra? Soy un hombre de acción y espero mi oportunidad. Pero usted me perturba, me traba.

—¿Quienes son ustedes? —repetí por enésima vez, casi furioso. Yo también tenía los puños apretados, y a pesar de haber sido siempre una persona pacífica tenía ganas de atropellarlos, de forzarlos a que me explicaran toda la historia.

—Ya se lo dijimos —dijo Guevara; parecía ser muy paciente, un tipo acostumbrado a las empresas complicadas.

—No me alcanza con los nombres; no sé quiénes son ustedes por conocer sus nombres, los que por otra parte podrían ser meros seudónimos. Se usa mucho, últimamente.

Rosa parecía, por primera vez, en paz consigo misma, pero renunció a hablar.

—Supongamos por un momento —dijo Salvo— que somos avatares independientes que se encontraron, que por puro azar dieron con el factor común que les permite coincidir en un espacio ficcional, ¿le alcanza con eso?

—¿Avatares? Hablan como si esto fuera un juego. No, no me alcanza —dije, y era sincero; estaba tan a oscuras como al principio. Tal vez yo sea una persona limitada para comprender lo abstracto o lo fantástico, pero no conseguía anudar a esas tres personas; quizá no hubiera logrado hacerlo ni aun conociendo sus motivos y pasiones—. De acuerdo, cuéntenme sus historias, una de las tres historias, por lo menos.

—No —dijo Guevara, rompiendo un silencio de varios minutos—, no nos queda tiempo. —Trató de verter el agua en la calabaza y descubrió que el termo estaba vacío. Sin vacilar y sin mirar atrás se dirigió hacia la otra habitación. Al verlo desaparecer se me ocurrió que él tenía la respuesta y la escondía, o que me estaba provocando. De un salto crucé el espacio que nos separaba sin que Rosa o Juan trataran de detenerme. Alcancé la arcada y recibí un impacto demoledor: Guevara caminaba hacia un monte de arbustos oxidados, bajo un sol ceniciento y débil; más allá, al costado de un arroyo, se divisaba una especie de campamento en el que algunos hombres y mujeres rodeaban una hoguera. Lo llamé a los gritos, pero él ni siquiera se dio vuelta, como si estuviera transitando un espacio sin conexión. Advertí que había perdido un tercio de realidad, tal vez para siempre, o quizá no era real en absoluto, no lo había sido nunca, ¿cómo saberlo? Giré bruscamente, preparado para descubrir que la arcada que conducía a la casa que había pensado comprar había desaparecido, pero no: la arcada seguía en el mismo lugar; por fortuna no estaba perdido en un universo alternativo, sin posibilidades de regreso. Vacilé un segundo. Lo arruinaría todo si no acertaba con el movimiento correcto, pero tampoco podría seguir viviendo con la duda sobre los hombros.

No obstante, cuando volví a mirar la pieza, Rosa y Salvo habían desaparecido. La habitación estaba vacía, como tantas otras de la casa. No había rastros de la mesa y las sillas y un enorme ventanal daba a un patio en el que los últimos vestigios de una luz cobriza se arrugaban como la piel de una fruta que se pudre. La puerta se abrió y alcancé a oír la voz del vendedor de la inmobiliaria.

—¿Señor? —dijo con voz vacilante—. ¿Está por aquí?

No era posible, nada era posible. Salí al exterior y miré hacia el campamento. Guevara ya me había sacado unos buenos cien metros.  Pero la realidad está atada a leyes lógicas, me dije; no puede ser que la gente aparezca y desaparezca así.

—Sí, estoy aquí —dije, entrando resueltamente a la habitación. El vendedor suspiró aliviado—. Estaba curioseando —agregué.

—Esto da al parque —dijo él señalando la arcada por la que había salido Guevara. Acomodé la idea en mi cabeza. Llamar parque a un monte de matorrales con arroyo propio se me antojaba disparatado, pero era la lógica del vendedor inmobiliario, no la mía o la de los otros tres.

—Hermoso parque —dije por decir algo. Me moví para superar la línea del vendedor, pero él me tomó del brazo.

—¿Vio algo que no tendría que haber visto? —La expresión del tipo había cambiado drásticamente. Desaparecida la sonrisa de plástico, me miraba con dureza, descaradamente, como suele mirar la policía a un sospechoso. La presión sobre el brazo se acentuó; pensé en Rosa y en que todo el mundo parecía interesado en mantenerme sujeto, no sólo en esa casa y en ese momento.

—¿Me va a soltar? ¿Qué se cree?

—No —dijo el tipo, obstinado; ahora me costaba pensar en él como un simple vendedor inmobiliario; era otra cosa, sin duda, como había dicho Guevara; el vendedor es peligroso, dijo, él es el enemigo. El vendedor lo confirmó de inmediato, con cuatro palabras enigmáticas y concluyentes—. ¿Quién es la mujer?

—¿Qué mujer? No vi ninguna mujer.

—No sea imbécil. —Aumentó aún más la presión sobre el brazo y con un movimiento vertiginoso sacó un arma y me la apoyó en la frente.

—¿Qué hace?

—No estoy jugando; ellos tampoco. ¿No le dijeron que esto es una guerra?

Me reí con la mayor naturalidad posible. —¡Usted está loco! Vine a comprar la casa.

—Esa fue la idea primitiva, pero las cosas cambiaron desde que se encontró con esos tres. —La contundencia de la afirmación desmoronó mi esquema. Sabía todo, no era un truco; era capaz de leer la mente con absoluta eficacia. Decidí dar un golpe de timón, un manotazo de ahogado.

—Ah, esos, iba a preguntarle, justamente. ¿La casa está ocupada? ¿Cómo los saco de aquí? Si la compro, ¿me veré envuelto en cuestiones judiciales?

El tipo me soltó y retrocedió un paso, aunque sin dejar de apuntarme con el arma.

—¿Qué estaban haciendo?

—Están ahí afuera, tomando unos mates —dije con la mayor naturalidad—. ¿No lo sabía? ¿No era que usted lee las mentes?

—¿Yo? ¿Cómo lo sabe? —La vacilación duró un instante, pero por lo visto en las zonas francas alcanza con eso. Una pared volvió a abrirse como un diafragma, chis, chas, no la misma, donde ahora había una ventana, sino la que daba al pasillo, pero esta vez pude verlo sin dificultad. Rosa saltó como una pantera y sujetó la mano del vendedor que empuñaba el arma. Pero eso no fue todo. Hubo otro chis, chas, en el techo, y Salvo se descolgó en cámara lenta, como si se hundiera en un gran volumen de plumas de cisne. Esa morosidad no parecía ser importante, ya que el vendedor estaba paralizado. Su rostro había quedado congelado en una expresión de atónito terror, como si su cerebro fuera incapaz de ordenar otra cosa. Salvo blandía un cuchillo de monte de hoja muy ancha, y lo usó para abrir al tipo del ombligo al cuello.

—¡Guarda que sale! —anunció Salvo.

Del interior del vendedor salió una criatura monstruosa, un esferoide de color azafranado, un ser que no se parecía a nada que viviera en la Tierra. El monstruo no tenía extremidades y se precipitó torpemente, cayendo al suelo sin hacer ruido. No sabía si sorprenderme por lo que estaba viendo o por la forma en que Rosa y Salvo manejaron la situación. Me pareció increíble que la criatura se alojara en el interior del cuerpo de un humano y que, tal vez, no sé, conjeturo, hubiera tomado posesión del mismo para manipularlo.

—Salga, si es impresionable —dijo Salvo—. No miento si le digo que lo que sigue es bastante desagradable. —Iba a preguntar qué quería decir con eso, cuando Guevara volvió a entrar por el mismo lugar que había usado para salir. Traía una bolsa de plástico negro y sin dar ninguna explicación vertió el contenido sobre la criatura. Una cascada blanca cayó sobre el esferoide, que empezó a menguar, al tiempo que se desgajaba, tornándose gris y despidiendo un olor nauseabundo, el mismo que había percibido en la habitación llena de muebles.

—¿Es sal? —dije, estúpidamente.

—Es cocaína —dijo Guevara—. No es una guerra barata. Cada uno de estos bichos nos cuesta una fortuna. —La criatura no tardó en quedar reducida a un montón de cenizas. Salvo se acuclilló para remover los restos con el cuchillo. Rosa se ocupó del vendedor, pero yo tuve que apartar la vista; parecía como si el monstruo que había albergado en su interior le hubiera devorado los órganos. Decir que el tipo estaba muerto era una inocentada.

—Así que esta es la guerra —dije.

—Una de las guerras —dijo Salvo.

—Me usaron miserablemente —protesté—. Sabían que el tipo vendría a buscarme; estaban cebando la trampa.

—Cebar trampas, cebar mate —dijo Guevara—. Qué se le va a hacer. Hay cosas peores. ¿Sabe lo que pasaría si estos logran reproducirse?

—No, pero lo imagino. Veo una legión de vendedores inmobiliarios avanzando sobre las grandes capitales.

—¿Es estúpido? —dijo Rosa. Cuando se enojaba el acento alemán se hacía muy ostensible. Por un momento creí que podía saber quiénes eran realmente esos tres, aunque la historia jamás fue mi fuerte. Tal vez eran nomás los de los libros, con nombres y apellidos y hazañas completos.

—No soy amigo de dar consejos —dijo Guevara—, pero le voy a dar uno: no compre la casa si no quiere vivir en medio de un campo de batalla. —Juntó lo que quedaba de la criatura utilizando la bolsa de plástico en la que había traído la cocaína y lo envolvió sin tocarlo con las manos. Después sacó un rollo de cinta de embalar y le dio varias vueltas. Todo el paquete no abultaba mucho más que una pelota de fútbol.

—Me sacaron las ganas. —Traté de sonreír y no pude.

—Entonces no sé si nos volveremos a ver —dijo Salvo tendiéndome la mano. Se la estreché. Rosa movió la cabeza y fue la primera en salir de la habitación. Chis, chas, ya saben.

—Lo mío es un poco más complicado —dijo Salvo—. Sólo funciona cuando no queda nadie. —No pregunté más; seguramente el techo, convertido en una gran boca, se lo deglutiría. Vi que Guevara salía por la arcada, como todas las otras veces y un par de piezas encajaron: sólo podían encontrarse en ese lugar, en ese punto de intersección y por eso habían necesitado que yo atrajera al vendedor. Igual me sentí una porquería.

Salí de la casa y me propuse seguir el consejo de Guevara al pie de la letra.

Soy Sergio Gaut vel Hartman, un escritor, editor y antólogo nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1947. Creé y coordino este blog, MICROFICCIONES Y CUENTOS. Los interesados pueden conocer mi trayectoria en la Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sergio_Gaut_vel_Hartman

 

EL BESO DE LA DRÍADA