Mostrando entradas con la etiqueta Sergio Gaut vel Hartman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sergio Gaut vel Hartman. Mostrar todas las entradas

lunes, 28 de septiembre de 2026

EL CRUJIDO DE LA ESCARCHA

Sergio Gaut vel Hartman

 

Estábamos tonteando, con Nute, como siempre, yendo y viniendo por la senda que lleva al pozo de agua. No teníamos nada mejor que hacer; ni siquiera teníamos un cigarrillo que justificara detenerse por el tiempo que se tarda en fumarlo. Hacía mucho frío y la escarcha, obstinada, crujía bajo la suela de los zapatos y nubes de vapor abandonaban nuestras bocas cuando nos animábamos a abrirlas.

—No te asomes, estúpido. —Siempre le digo estúpido cuando nos acercamos al pozo. Sé que un día se caerá adentro y no podremos sacarlo ni con una grúa.

—Hay un tipo en el pozo —dijo Nute con su voz aflautada. Cuando grita o llora es peor: parece la sirena de un barco que parte.

—No hay nadie. Pidámosle un cigarrillo al viejo Frank; una vez me dio.

—El tipo del pozo es Hitler. Hitler está adentro del pozo. Vamos. —Lo dijo con determinación. Me asusté. Sólo me tomo en serio a Nute cuando dice cosas como esa.

Cuando llegamos junto al pozo y nos asomamos vimos que, en efecto, Hitler terminaba de trepar trabajosamente. El limo y el musgo que se adherían a las paredes del pozo las hacían resbaladizas. Busqué con la vista algo con qué golpearle y descubrí una rama gruesa que estaba apoyada contra la puerta de la casa de Helga.

—Que no se vaya —dije sin necesidad. Nute se rio entre dientes. Hitler parecía tener muchas dificultades para completar la ascensión. Regresé con la rama y le golpeé la cabeza  cuatro o cinco veces. La quinta fue inútil; el führer ya había caído a las profundidades del pozo.

—No es profundo —dijo Nute, que siempre me adivina los pensamientos.

—Va a volver enseguida, estúpido —farfullé. Nute se volvió a reír.

—Se va a llevar una sorpresa.

—¿Ah, sí? —Cuando a Nute se le mete algo en la cabeza no hay Cristo que se la pueda extirpar.

—Sí, nos vamos a poner uno a cada lado del pozo y lo vamos a apretar hasta hacerlo papilla.

Me encogí de hombros.

—Bueno.

Cuando Hitler completó la escalada y vimos la tonsura del tamaño de una moneda de veinte kopecs que le coronaba la testa, comprimimos las paredes del pozo con todas nuestras fuerzas. Cuando queremos, Nute y yo somos dos bestias. El estúpido tiene más fuerza que yo, pero no me quedo muy atrás. En el pasado me rompió la nariz de un puñetazo, pero yo me hice el muerto y cuando el desgraciado se inclinó para ver qué me ocurría le mordí un testículo. No como para arrancárselo, pero se lo mordí. Aulló como una fiera y juró que me mataría, pero no hizo nada.

—Ya está —dijo Nute cuando hubimos comprimido el pozo hasta dejarlo reducido al tamaño de una lata de duraznos. Seguía pesando sus buenos setenta kilos, claro, pero adentro estaba Hitler, muerto y hecho un mazacote.

—¿Y ahora?

—¿Ahora quién es el estúpido? —Nute me miró con los ojos negros de rabia. Siempre se pone así cuando comete magnicidios. —Hay que esconder esto en alguna parte. En cuanto los nazis se den cuenta van a venir a buscarlo.

Asentí. Colocamos la lata en una cuna de sogas trenzadas y la llevamos a un rincón del bosque adyacente al pueblo. No es que Frampol tenga un gran bosque, un bosque de fama mundial o algo así, pero cien hayas es un bosque aunque a los puristas les haga doler los huevos.

—No lo podemos enterrar, estúpido —dije cuando vi que Nute empezaba a cavar con la pala que le había robado a Henrik.

—¿Vamos a cargar este bulto de setenta kilos hasta la Segunda Venida de Nuestro Señor? —A veces, cuando Nute se agudiza, me dan ganas de morderle el otro testículo.

—No lo vamos a perder de vista. Si los nazis vienen al bosque y desentierran a Hitler sólo quedará por elegir si queremos ser fritos, hervidos o asados.

Nute bajó la cabeza y tiró la pala bien lejos. Pero no pasó ni un minuto antes de que fuera a buscarla de nuevo. La pala de Henrik nos incriminaba tanto como el cuerpo comprimido dentro del pozo. En realidad todo el universo nos estaba señalando con el dedo. Pero los habíamos librado de Hitler, ¿no?

—No —dijo Nute—. Pondrán a otro igual o peor. Sólo será un respiro.

—Habló el estúpido que se mea encima cuando ve a una mujer. —Ese es el punto débil de Nute, pero como sé que lo humilla más que mis continuas menciones a su estupidez sólo lo disparo cuando es imprescindible.

Arrastramos el pozo que contenía a Hitler dejando un surco polvoriento desde el bosque hasta las casas. Ese surco fue como una herida en el pecho del mundo y apenas pusimos a Hitler hecho puré en el bargueño envié a Nute a borrar la huella.

Los primeros días no nos podíamos separar del bargueño. Era como si temiéramos que el desgraciado fuera capaz de resucitar y salir de su prisión. Cada tantos minutos, Nute o yo decíamos para darnos ánimo:

—Está muerto y bien muerto.

No importaba quién fuera el que lo dijera. Uno de los dos lo decía. Cuando Janche vino a visitarme en busca de su ración de los jueves la eché sin permitirle entrar. Se dio cuenta de que me pasaba algo grave, pero no se caracteriza por la sutileza.

—¿Por fin te pusiste de novio con el estúpido de Nute? ¿Te gusta hacerlo con un estúpido como ése? ¿Se la das por el culo o por la boca?

Le pegué una cachetada y se fue llorando e insultándome. Cerdo machista, me dijo. No sé si fue peor el remedio que la enfermedad. Pero el asunto de Hitler no se podía tomar para el pitorreo como es costumbre entre nosotros.

Los nazis vinieron una semana después. No dijeron una palabra de Hitler y se limitaron a mirar por arriba y por abajo con esas miradas duras y filosas que cortan la respiración. Pero no tocaron nada. El jefe del pelotón, un sueco de veinticinco centímetros de estatura llamado Sven Svergensson ladró órdenes en su idioma, que no entendimos en absoluto. Fue necesaria la intervención de un cabo tan parecido a Nute que estuve a punto de decirle “estúpido” tres veces, para que entendiéramos el propósito de la visita. Querían hacer un censo de vagos y nosotros encajábamos perfectamente. Por qué no trabajan. Porque nos produce cansancio. Ah. Anote. Les gustaría trabajar. No. Saben que el Estado quiere que todo el mundo trabaje. Sí. Pero nosotros no queremos. De acuerdo. Anote.

El que anotaba era un chino. No lo van a creer. Todo el tiempo, que chino astuto, miraba hacia el bargueño, como si fuera capaz de traspasar con su mirada las gruesas puertas de roble. No podía saber que allí lo teníamos envasado a Hitler. Sólo aceptarían que Hitler había sido hecho pasta el día que pudieran medirlo y pesarlo.

—Escriban sus nombres en esta planilla —dijo el sueco. En realidad lo dijo el cabo, traduciendo las órdenes del jefe de la partida. El cabo era un poco duro de oído, por lo que se colocó a Sven Svergensson sobre el hombro. Era tan gracioso verlos, con las piernitas del nazi bamboleándose en el aire y las dos manos aferrando la solapa del abrigo del cabo para no caerse, que Nute se tuvo que cubrir la boca con cinta adhesiva para no estallar en carcajadas. ¡Estúpido!

Pero si el sueco tenía miedo de caerse más miedo teníamos nosotros de que descubrieran que no sólo habíamos asesinado a Hitler, sino que además lo habíamos reducido a pulpa. Era tan ostensible que mirábamos a cada rato el bargueño que el chino empezó a sospechar.

—¿Por qué miran el bargueño? —dijo finalmente.

—Porque tenemos miedo de que lo abran y descubran que escondemos un cadáver en su interior.

El chino lanzó una carcajada como un tsunami y el cabo se contagió de inmediato. Tomó al sueco desprevenido y sobrevino la catástrofe. Sven Svergensson cayó de cabeza desde el hombro del cabo y se estrelló contra el piso de cerámica. Cuando pudo contenerse, el chino pateó el cadáver del sueco hacia un rincón y tomó el mando.

—¡Abran el bargueño!

—(Estúpido) —susurré.

—(No fue mi culpa) —respondió Nute.

Abrí el bargueño. El pozo comprimido con la masa informe que había sido Hitler en su interior relucía como si hubiera sido el Santo Grial. O como hubiera brillado el Santo Grial en el caso de haber sido un copón. Pero al chino eso le importó un comino. Sus ojos brillaron codiciosos cuando vio las cuatro botellas de aguardiente de papa que yo guardaba para celebrar el nacimiento de mi futura hija.

—¡Ese era el secreto, cerdos!

Bajé la cabeza y empecé a manosear la gorra, tal como había visto hacer en una película a un personaje abrumado por la vergüenza.

—¡Confiscación! —aulló el cabo. Hizo un gesto y cuatro soldados se aproximaron taconeando al bargueño y se apoderaron de las botellas.

—En nombre del Partido —dijo el chino— confiscamos estas cuatro botellas de aguardiente de papa. ¿Las guardaba para celebrar el nacimiento de su hija? —Otra vez risas generalizadas, ahora acompañadas por el estúpido de Nute, que se había sacado la cinta de la boca. Tal vez quería mostrarle a todo el mundo que le quedaban seis dientes y tenía las encías más negras que el alquitrán.

—Firmen aquí —dijo el cabo extendiendo un papel mugriento sobre la mesa. Como era de suponerse, la confiscación incluía dos vacas, un samovar y una carreta. Los nazis estaban empezando a blanquear las expropiaciones previas. Tuve que admitir que era una política sensata.

Firmamos para que se fueran. Cuando los nazis se alejaban rumbo a Bilgoraj, apareció Janche, que había estado escondida en el gallinero.

—¿Qué les hicieron? —Ya no se acordaba de la cachetada de la semana anterior y venía por más.

—Yo no puedo atenderte, Janche —le dije tratando de lucir consternado

—Ni ganas tengo de que lo hagas —dijo la chica—. A partir de ahora seré la amante de Nute. — Es extraño, no puedo decir que Janche sea estúpida como Nute, pero hacía una pareja mucho más convincente que conmigo, o eso creo.

—Los juguetitos se fueron—dijo Nute.

—¿Los juguetitos? —Janche se metió un dedo en la nariz y lo retiró desencantada: no había pescado ni un moco enano.

—¡Enano! —Nos acordamos al mismo tiempo del cadáver del sueco. Ya no era sólo el amasijo de Hitler que escondíamos en el pozo comprimido del bargueño; si nos descubrían iríamos a parar a los hornos crematorios de Auschwitz o a la cámara de gas de Majdanek.

—Un momento. —Nute metió la mano en el bolsillo interior del abrigo de Sven Svergensson y retiró los documentos del nazi. Parecían de juguete—. Aquí dice “simulacro clase E; Nº de serie 370285. —Janche se tapó la boca.

—No es humano. Me lo temía.

—¿Lo temías? —dijo Nute—. ¿Cuándo dijiste eso?

—No seas estúpido; lo pensé. Creía que eras capaz de leerme los pensamientos. —Me incliné sobre el cuerpo del enano sueco y metí dos dedos en la fisura del pecho. El muñeco se abrió como una trampera, con un chasquido.

—¿Los nazis hicieron estos cachivaches? —Janche es una muchacha campesina; ni siquiera ve la televisión, aunque a veces hace gala de una inteligencia que me descoloca. En este caso mostraba una digna suspicacia.

—Los nazis no son reales, Janche —dijo Nute.

—¿Acaso sabes distinguir realidad de fantasía, Nute? El jefe, ese Hitler. Estuvo en mi casa el otro día —dijo Janche—, el día que me pegaste. Me dijo que ustedes son unos estúpidos.

—¿Los dos? —pregunté extrañado—. ¿O sólo él?

—Los dos. Dijo que haría bombardear este pueblo en represalia por lo que le hicieron en el pozo. ¿Qué le hicieron?

—Nada —dijo Nute—, no le hicimos nada.

Me dejé caer en una silla, abatido. Con razón a los nazis no les interesaba el Hitler hecho masilla que teníamos en el bargueño; debían tener docenas, cientos de Hitlers. Si nos hubiéramos atrevido a revisar como se debe habríamos encontrado una chapa que dice “simulacro clase H; Nº de serie 456705”.

—Entonces no lo matamos —dijo Nute aliviado—. No matamos a un ser humano.

—Hitler no es un ser humano; estaba seguro de que lo sabías —protesté; pero fue una protesta endeble; ni yo creía eso.

—No puedo saber todo —dijo Nute.

—¿Podrías conseguirme un cigarrillo? —le dije a Janche.

—Está bien, pero no vuelvas a decir que son solo juguetes. ¿Serás de nuevo mi amante?

—Y… sí,  después de que me consigas el cigarrillo podemos volver a intimar.

Nute se encogió de hombros. No le gustaba Janche; decía que es sucia, que huele a cebollas podridas. Se rascó la coronilla durante unos segundos y luego se dirigió al bargueño.

—¿Podrías ayudarme?

Le ayudé a sacar a Hitler. Lo descomprimimos con esfuerzo –mucho más del que habíamos hecho para prensarlo– y lo pusimos sobre la mesa. Las ruedas, correas y engranajes rodaban por todas partes y Janche empezó a separar piezas que le parecieron adecuadas para hacerse una pulsera.

—Esto significa que hay un Hitler de carne y hueso en algún lugar —dijo Nute—. No tendrían simulacros si no fuera así.

—No, estúpido. Esa es una de las tantas ideas sin sentido que se te ocurren. Es posible que Hitler jamás haya existido.

—Está totalmente equivocado, idiota. Así los queríamos agarrar, con las manos en la masa. —En el vano de la puerta se recortó la imponente figura del verdadero Sven Svergensson, el jefe supremo de los nazis de Lublin. Medía casi dos metros y nos apuntaba con una Parabellum de 9 mm, modelo 1908, conocida popularmente como “Luger”.

—¿Puedo ser su amante? —dijo Janche. Se acercó sin miedo al nazi y le bailoteó alrededor. Era un gran gesto el de la muchacha, arriesgando el pellejo para salvarnos de los nazis. Pero estábamos seguros de que no daría resultado; Janche, cuando trata de tapar el olor a cebollas podridas, se baña en el perfume de setas que fabrica la vieja Brane; ahí empieza a oler como una curtiembre abandonada. Y aunque no viene al caso, comento que el sueco tenía una nariz grande como una palta.

—¡Por supuesto! —dijo Sven—. Deme una prueba de su amor.

—¿Por ejemplo? —Janche se detuvo extrañada y dejó de bailotear. El nazi le puso la pistola en la mano y le apretó el puño afectuosamente.

—Mate a estos dos y será mi amante.

—¡Cómo no! —Janche apuntó hacia nosotros. Nute se abrió la camisa, en un gesto estúpido e inútil. Yo cerré los ojos, por lo que cuando sonó el disparo esperé sentir un fuerte dolor en el pecho o algo así. Los abrí y la escena me desconcertó. Janche había matado al sueco de un tiro entre los ojos y luego se había suicidado.

—¿Por qué lo hizo? —dijo Nute.

—Por amor a nosotros, estúpido. —Miré los charcos de sangre y los sequé con un trapo. Tomé la Luger y me la metí en el bolsillo.

—¿Pero son juguetes, son reales o son las dos cosas? —dijo Nute, de pronto agudo y profundo como un barreno.

—¿A qué vienen estas preguntas? ¿Te debo algo?

Nute bajó la cabeza una vez más; el esfuerzo realizado para entender el razonamiento precedente lo había agotado. Pero yo no iba a dejar que las cosas se deslizaran como el barro que baja de la colina un día de tormenta. Me imaginé recorriendo la senda que lleva al pozo de agua. No tenía nada mejor que hacer; ni siquiera tenía un cigarrillo que justificara detener mi marcha por el tiempo que se tarda en fumarlo. Hacía mucho frío; la escarcha, obstinada, crujía debajo de la suela de mis zapatos y nubes de vapor abandonaban mi boca cuando me animaba a abrirla. Imaginé a Nute subiendo por las paredes del pozo, pero no se me ocurrió hacer algo tan bizarro como comprimirlo, tal como habíamos hecho con Hitler. En mi alucinación fui mucho más expeditivo que eso. Saqué la Luger, le apunté entre los ojos y disparé. Me pareció que el cuerpo caía hacia atrás tan lentamente que pude terminar mi discurso antes de que se escuchara el sordo golpe contra el piso. Sacudí la cabeza para alejar las imágenes, me acerqué al pozo de agua y toqué el hombro de Nute, que miraba al vacío, como si hubiera sido desactivado.

—No te quiero ver cerca por un rato, estúpido; por el resto del día, mejor dicho. Hoy viene Janche a visitarme y queremos hacer lo que ya estás pensando, pero en paz.

—¿Janche no se suicidó? —dijo Nute, perplejo.

—¿Cómo se te ocurre? Las mujeres como Janche no se suicidan para salvar a dos idiotas como nosotros. —Saqué un puñado de billetes del bolsillo; había zlotys, rublos y unas pocas libras; no había ni un euro. Le di dinero suficiente como para que se fuera al cine. Justo en ese momento Hitler salió del pozo y me miró con cara de ángel, suplicando la extensión de mi gesto caritativo. Suspiré. Agregué un par de billetes—. No aparezcan hasta la noche, estúpidos —dije.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires, Argentina, el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado por Ediciones Minotauro en 1985. En 2005 su novela El juego del tiempo quedó finalista del Premio Minotauro, aunque en su momento no fue publicada por temas de política editorial. En noviembre de 2009 se publicó su segundo libro de cuentos, Espejos en fuga y en 2011 el tercero Vuelos. En 2017 ganó el premio literario de La máquina que hace Ping! La obra, Avatares de un escarabajo pelotero, fue publicada ese mismo año. Poco después, la editorial chilena Contracorriente publicó la novela Otro camino (que fuera finalista del premio U.P.C.) y en 2018 aparecieron dos nuevos libros de ficción: La quinta fase de la Luna, cuentos, y la ya citada novela El juego del tiempo (publicada en México por PuertAbierta). Sus últimos libros publicados fueron: Cuerpos descartados (2019), Carne verdadera, (2021) y El día que llegamos a Marte (2023). Ha compilado una veintena de antologías y sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés, portugués, italiano, serbio, alemán, ruso, griego, búlgaro, japonés, hebreo y árabe. Es el creador y conductor del blog internacional MICROFICCIONES Y CUENTOS.

martes, 1 de septiembre de 2026

FUGA SIN FINAL

Sergio Gaut vel Hartman

 

Sufro la soledad, pero no conozco un remedio que la cure. Vagaba por las calles de Almatý desafiando el crudo diciembre kazajo, sin mejores opciones que pasar la Navidad en mi habitación del hotel Kazakhtan, en absoluta soledad, cuando la casualidad, suponiendo que tal cosa exista, me ubicó en el camino de Pedro Rivero, jefe de recursos humanos de la empresa de cosméticos en la que trabajé hasta 2012. Ese mismo sujeto que ahora me abrazaba efusivo, tan lejos de casa, me había dado la noticia de que estaba despedido.

—¡Increíble! Coincidir en Kazajistán —dijo Pedro.

—Sí, una gran coincidencia —respondí mordiendo las palabras.

—¿Con quiénes va a pasar la Navidad?

—Con unos amigos peruanos —mentí—. Estoy con ellos para gestionar la venta de un reactor nuclear. —Seguí mintiendo; soy un especialista en la materia.

—¡Pero no, mi amigo! —refutó Pedro sujetando mis brazos con unas manos que parecían tenazas. Olvidé consignar que Pedro es lo más parecido a un luchador de sumo que pueda imaginarse. Con ciento sesenta kilos y la prepotencia de un camión Belaz, podría aplastar un automóvil pequeño de un puñetazo—. Pasará la fiesta con compatriotas. ¿Peruanos? —Hizo un gesto de asco que me molestó enormemente; tengo varios buenos amigos peruanos. Pero no era fácil zafar del apretón de Pedro. Podría decir que me arrastró hasta su casa entre muestras de simpatía y la promesa de un festín pantagruélico. ¿Qué decir? ¿Qué argumentar? ¿Explicarle las razones de mi presencia en Almatý? ¿Manifestar que hacía una semana que perseguía a Irina Makarova, mi esposa durante los últimos siete años, en busca de una reconciliación imposible? Todo lo que había logrado era morirme de frío. El dinero no era problema: podía seguir indefinidamente en Kazajistán pero, ¿para qué?

Pedro me metió en un Lada Granta rojo y recorrimos la Gornaya hasta la avenida Dostyk y nos detuvimos ante un edificio enorme.

—Aquí vivo —dijo Pedro señalando un edificio fastuoso. Ingresamos a la enorme recepción y tras ascender no menos de veinte plantas llegamos al piso donde vivía mi “amigo”. Casi de inmediato, una multitud de niños de tres a doce años se abalanzó sobre nosotros gritando en kazajo y ruso una serie de reclamos, demandas, exigencias y ruegos, que yo fui incapaz de comprender.

—Aunque no conozco ni una frase en el idioma de este país —argüí— presumo que estos niños claman por sus regalos navideños.

—Exacto —respondió Pedro, lacónico.

—¿Son todos suyos?

—¡No! Solo Vania, el varoncito ese, de cinco, y la de siete, Ludmila. —Observé a esos dos niños en particular y terminé aceptando que la propuesta de un tipo al que siempre odié, y al que solo me unía una forzada coexistencia en la misma empresa mientras vivíamos en Buenos Aires, no había sido tan descabellada.

Fui presentado a la multitud y no tardé en verme envuelto en una maraña de abrazos y apretones de manos. La familia de la esposa de mi anfitrión era numerosa y se componía de una docena de adultos y una prole acorde, invariablemente kazajos, que me hablaron con una desconcertante naturalidad, a la que yo replicaba con movimientos labiales que trataban de parecer sonrisas. Raisa, la esposa de Pedro, una mujer rubia, menuda, de enormes ojos azules, me abrazó con una dulzura que me desconcertó.

—Me prometió que pasaría la Navidad entre compatriotas —protesté cuando quedamos solos un momento.

—Lo somos —dijo Pedro—. Mis dos hijos nacieron en Buenos Aires, pero llegamos a Kazajistán cuando eran muy pequeños.

—¿Su esposa habla nuestro idioma?

—Tampoco. —Y tras esta tajante afirmación, Pedro me dio la espalda y se dedicó a los parientes y amigos presentes, dejándome solo y aislado.

Los niños eran todos muy simpáticos, y pude detectar que no se diferenciaban demasiado de los infantes de mi país. Pese a lo temprano de la hora ya habían sabido ingeniárselas para destrozar la mayor parte de los obsequios recibidos. Los observé sin el menor disimulo, aunque eso no pereció alterarlos. En particular despertó mi atención el comportamiento de Ludmila, la hija de Pedro. Era una niña de ojos y cabellos oscuros, como el padre, que no parecía interesada en jugar con los otros. Es probable que alguno de los mayores le hubiera pegado u ofendido, aunque más que agredida lucía molesta y angustiada. Cada tanto suspiraba de un modo que nunca vi en una pequeña de esa edad. Dejé de prestarle atención y me concentré en el aburrimiento que me producía permanecer en esa casa, rodeado de desconocidos. Volví a pensar en Irina y lamenté no haber resistido los embates de Pedro Rivero. Ahora estaría en el lobby del hotel Kazakhtan, conectado a Internet, chateando con mis amigos. Por hacer algo, me dediqué a recorrer las habitaciones, apreciando la decoración y el mobiliario. Rivero parecía haber pegado buena; tal vez seguía en el negocio de los cosméticos, en el que debía haber escalado posiciones gracias a zancadillas oportunamente aplicadas.

Lo cierto es que mi deambular me llevó hasta una habitación que tenía la puerta abierta. Sin recato observé que en el interior la pequeña Ludmila, tapada con una manta, parecía querer aislarse del mundo. Me acerqué con sumo cuidado, tratando de no asustarla, y aunque convencido de que no me respondería, le pregunté en castellano si estaba enojada. Para mi sorpresa, y tras retirar la manta y contemplarme unos segundos como si yo fuera un ser de otro planeta, respondió en mi idioma.

—No estoy enojada; estoy harta de la estupidez humana, de la hipocresía, de los lugares comunes, de los convencionalismos, aquí y en cualquier otra parte. —El comentario me desconcertó. Parecía provenir de un adulto, no de una pequeña de apenas siete años. Y eso sin contar con la cuestión del idioma, una incógnita que me propuse esclarecer de inmediato.

—Te expresaste muy bien en mi lengua; aquí todos hablan kazajo o ruso.

—Viví muchos años en tu país —respondió sin vacilar. ¿Qué podía significar “muchos años” para alguien como ella? Pedro dijo que habían llegado a Kazajistán cuando los niños eran muy pequeños.

—¿Cuántos, exactamente? —pregunté con un dejo de burla.

—Más de treinta. —Lo mencionó como al pasar, sin tomar en cuenta la incongruencia de tal información. Pero antes de que yo pudiera agregar nada, continuó—. Esta es mi novena vida; durante la séptima fui Alfonsina Storni, la poeta. Me suicidé en Mar del Plata el 25 de octubre de 1938.

El universo se dio vuelta como un guante. Jamás, en todo el tiempo que llevo en la Tierra aparentando ser un ser humano común y corriente, había conocido a otra criatura como yo, a otro condenado a un eterno renacer en otro cuerpo, conservando los recuerdos de la vida anterior con una perfección absoluta. Me estremecí ante la idea de que debería esperar por lo menos diez o doce años para entablar con ella una relación fructífera. Pero me tranquilicé de inmediato, ¿qué son diez o doce años para seres como nosotros?

Sergio Gaut vel Hartman, nacido en Buenos Aires, Argentina, en 1947, es el creador y coordinador de MICROFICCIONES Y CUENTOS desde abril de 2024. Además de este, pueden leer otros 25 cuentos publicados anteriormente.


jueves, 6 de agosto de 2026

UN MINUTO DE SU TIEMPO

Sergio Gaut vel Hartman

 

—Espere. Quédese un minuto. —El hombre la miró extrañado; había terminado de vestirse y dio una pitada nerviosa al cigarrillo, como si el pedido fuese algo extravagante.

 —Ya te pagué, ¿no?

—Sólo es un minuto. —Era la primera vez que le pedía eso a un cliente e ignoraba por qué lo estaba haciendo. Un impulso, un manotazo de ahogada.

El hombre tampoco supo por qué accedió, pero se sentó en el borde de la cama y pasó el minuto mirando su reloj de pulsera. Era un reloj barato.

—¿Ya está? —dijo cuando hubo transcurrido el minuto.

—Ya está —dijo ella—. Puede irse, si quiere.

El quinto cliente quiso saber.

—¿Para qué lo hace, chica? —Hablaba raro, con un acento duro, respetuoso y desconfiado a la vez. Pero no la había tratado con delicadeza; era tosco y torpe.

—Todavía no lo sé, señor. Con este son cinco.

—¿Cinco minutos, chica?

—Sí. —No le pareció apropiado agregar nada. El hombre permaneció de pie, en silencio; no miró el reloj; no usaba.

—¿Ya está? —dijo cuando creyó que había transcurrido el minuto. Eso era lo único que los igualaba a todos. Todos preguntaban “¿ya está?”. No importaba si tenían o no reloj.

—Gracias —dijo ella.

El vigésimo tercero —en eso no hay discusión, porque ella contabilizaba escrupulosamente cada minuto obtenido— era un experto lanzador de flechas, un arquero que participaba en competencias. Se sorprendió más que los otros, pero se mostró generoso.

—¿Un minuto? Podrían ser cinco o diez. Es muy agradable.

—¿Diez? —A ella le brillaron los ojos; no esperaba que alguien le diera diez minutos enteros voluntariamente.

—Diez, veinte, los que quieras; nada ni nadie me espera.

—Diez está bien —dijo ella, aturdida.

—Supongo que querrás saberlo. El arquero, el arco, la flecha y el blanco son uno...

Ella no estaba interesada. Pero el arquero quería contarle y continuó con su precisa y minuciosa e innecesaria explicación.

Gracias al arquero y a un anciano muy fino y elegante pudo completar la primera hora. El anciano no estaba a la altura de las circunstancias, pero de todos modos le obsequió media hora completa, en silencio. Sólo le pidió que permaneciera desnuda, quieta, a lo que ella accedió sin chistar. Él pasó la media hora mirando un lunar que ella tenía entre los pechos; no los pezones o la vulva: el anciano miraba el lunar. Fue la primera vez que fue ella quien dijo “ya está”, y no fue una pregunta.

Había llegado el momento de averiguar qué significado tenía la hora completa que había obtenido. Era una hora virgen y absolutamente propia; no tenía que compartirla, ni siquiera tenía que mostrarla, aunque estaba casi segura de que nadie, entre las personas que la rodeaban, sería capaz de percibir la textura sutil de esos sesenta minutos, la frágil trama que formaban los segundos, entrelazados como cristales de nieve. También se preguntaba si era prudente seguir acumulando tiempo o si, por el contrario, debía gastarlo antes de que estallara, como una pompa de jabón.

El regreso fue penoso, como siempre. La aguardaba la misma trama de gritos y reproches; el dinero, lo único que importaba en esa casa, pasó una vez más de sus manos a las de ellos. Pero eso era irrelevante y decidió no gastar el tiempo acumulado en esa dimensión marchita de su vida. Miró los muñones de papá y olió la agria borrachera de mamá como si ambos fueran los actores secundarios de un mal programa de televisión. Salió dando un portazo. Mamá se tambaleó, tratando de detenerla; papá ni siquiera eso.

 

Por una extraña coincidencia completó un día entero con el cliente número mil. Los últimos minutos se los obsequió un marinero liberiano con el que no pudo intercambiar ni una palabra. Pero el hombre entendió lo que ella necesitaba, como si una contigüidad natural con las cosas primordiales le permitiera prescindir de los signos. Fueron once minutos exactos y tuvo un día completo, su treintaidós de enero; un lapso fugitivo apresado gracias a un ardid incomprensible, una celada. Le pertenecía, era suyo, propio, y sólo la inquietaba saber cuándo se animaría a gastarlo.

—Gracias —dijo ella.

Él movió la cabeza, le brillaron los ojos y se humedeció los labios con la lengua. —Gracias —repitió, sin saber lo que decía. Hubiera sido una misteriosa maravilla conocerla sin que el dinero tomara parte del juego. —Gracias —repitió una vez más. Era una bella palabra que rodaba y chasqueaba como un pez atrapado en un anzuelo.

Ella sonrió y le abrió la puerta. Pero él no se fue. Sacó del bolsillo billetes de diferentes países y valores y con ellos escribió palabras dulces que significaban más o menos lo mismo en cualquier idioma.

—No puedo —dijo ella sacudiendo la cabeza—. He completado mi día. Ya no volveré a hacerlo.

Él juntó el dinero formando un ovillo y se lo metió en el bolsillo de nuevo; había entendido. Ella le tomó la mano y lo obligó a que le tocara los párpados húmedos.

—Thomas —dijo el marinero señalándose el pecho.

—Samantha —dijo ella; torció la boca y sacudió la cabeza—. No. No es cierto; me llamo Rosa.

—Rosa —repitió él arrastrando las sílabas hasta convertirlas en un sonido ventoso y áspero, seco como el soplo del aliento en una caña hueca.

—Debes irte; andate —dijo Rosa señalando la puerta. Thomas asintió tristemente. Dio dos pasos arrastrando los pies y asió el picaporte; empujó hacia abajo y giró la cabeza. En ese momento vio el día entero girando entre ondas y espirales de colores alrededor de Rosa. Ella trató de ocultar el día entre los pliegues de la blusa, pero descubrió que estaba desnuda. Demasiado tarde para todo, movió los brazos como aspas, como una mariposa atrapada en mermelada y cerró los ojos, invitando al marinero a hacer lo mismo.

Thomas pestañeó. Veía claramente el día que ella había conseguido. Era una abigarrada fusión de encajes y bordados; en los costados, cerca de los puntos en los que cada minuto se precipitaba en el siguiente, se veían los remaches dorados, con resaltes como garfios y discos apenas perceptibles que giraban a toda velocidad. El conjunto parecía una bestia maligna o por lo menos tortuosa, dispuesta a hacer cumplir su voluntad inexorable. —¿Rosa? —Trató de avanzar y lo detuvo el brazo en alto de la muchacha.

—¡No lo toques!

—¿No? —Thomas, que además de afinidad con las esencias poseía la intuición de los viajeros, supo que ese lugar le estaba vedado; un marinero conoce los puertos prohibidos o de qué taberna saldrá con un tajo en la cara. No es no. Primero se detuvo y luego hizo un gesto indefinido, de desconcierto, o de prevención, pero Rosa no supo interpretarlo, creyó que la mano alzada, como tantas otras veces, se descargaría sobre su rostro y se cubrió con los brazos en cruz.

—¡No! —No es no. Él comprendió y giró como un trompo. Extendió el cuerpo a lo largo de los círculos concéntricos de una premonición brumosa y se hizo un ovillo. No podía expresar con palabras, palabras de otro idioma, que Rosa no hubiera entendido, que él también tenía un día intacto, construido con retazos de mareas, olas, tempestades. ¿Qué es, después de todo, lo que perseguimos a lo largo de toda una vida? Pero tampoco podía decirle que si los juntaban tendrían dos días perfectos, dos gemas que podrían fusionarse hasta perder su identidad y ser mucho más que el doble de sí mismos.

  Rosa intuyó algo de eso, aunque no quiso arriesgarse; no debía exponer su día intacto a los azares de un aliento extraño. La complicada amalgama de espirales giró sobre sí misma para exponer los accesos a la brisa que soplaba desde el lejano mar, y le puso nombre a cada uno de los puntos que latía en la habitación. Un resplandor dorado brilló como las alas de un colibrí que se agitan a toda velocidad.

Thomas, perdido por perdido, convocó a sus amigos de las sombras, se vistió con los destellos de una juventud quebrada en un pueblo llamado Soboe, revivió los infortunios simétricos de un padre borracho y golpeador, una madre violada por los soldados durante una de tantas guerras. Nacer, en Liberia, es lo mismo que ser linchado por una turba sedienta de sangre. Entonces, perdido por perdido, creó un fulgor flexible, subterráneo, sabroso, la clase de materia que empollan en sus nidos las aves invisibles, lo cobijó en el hueco de la mano y lo clavó en el pecho de Rosa. Dijo algo en su lengua, una palabra de disculpa, capaz de expresar todo el amor del universo. Y mientras la mujer se desangraba, él encontró fuerzas para cortarse la yugular con el filo de una ola. El tiempo, convencido de que aquel era el mejor final posible, sumó los días ganados de Rosa y Thomas, y luego los multiplicó por dos, por cuatro, por ocho, por infinito. Más tarde, mucho más tarde, salió de la habitación, cerró con llave y la arrojó a las fauces de un dragón que pasaba casualmente por allí.

Sergio Gaut vel Hartman nació en Buenos Aires, Argentina, el 28 de septiembre de 1947. Es escritor, editor y antólogo. Su primer libro de cuentos, Cuerpos descartables, fue publicado por Ediciones Minotauro en 1985. En 2005 su novela El juego del tiempo quedó finalista del Premio Minotauro, aunque en su momento no fue publicada por temas de política editorial. En noviembre de 2009 se publicó su segundo libro de cuentos, Espejos en fuga y en 2011 el tercero Vuelos. En 2017 ganó el premio literario de La máquina que hace Ping! La obra, Avatares de un escarabajo pelotero, fue publicada ese mismo año. Poco después, la editorial chilena Contracorriente publicó la novela Otro camino (que fuera finalista del premio U.P.C.) y en 2018 aparecieron dos nuevos libros de ficción: La quinta fase de la Luna, cuentos, y la ya citada novela El juego del tiempo (publicada en México por PuertAbierta). Sus últimos libros publicados fueron: Cuerpos descartados (2019), Carne verdadera, (2021) y El día que llegamos a Marte (2023). Ha compilado una veintena de antologías y sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés, portugués, italiano, serbio, alemán, ruso, griego, búlgaro, japonés, hebreo y árabe.

 

miércoles, 8 de julio de 2026

VUELOS

 

Sergio Gaut vel Hartman

 

Después de la muerte de Jorge anduve un tiempo juntando recuerdos por todos los rincones de la casa, como si fueran ropa sucia, y guardándolos en un canasto con la esperanza de sacarlos algún día, lavarlos, tenderlos al sol, plancharlos y tal vez usarlos… como se hace con una vieja camisa, gastada pero cómoda. Pero fue una falsa esperanza; no funcionó.

La tristeza que me impregnaba era tan fuerte que la casa se convirtió en una prisión, y cada minuto empezó a parecerse a los que miden una condena a reclusión perpetua, instantes tan sórdidos que sumados te hacen desear la pena máxima, el final del suplicio. Deambulaba por las habitaciones arrastrando los pies, levantando un objeto para dejarlo de inmediato en su sitio, procurando que no cambiara de posición ni siquiera un milímetro. Hice varios inútiles inventarios y descubrí que las cerámicas y marfiles pueden tener más vida que un ser humano, en especial si ese ser humano está lastimado, si el dolor enquistado en su carne actúa como un veneno que lo paraliza.

Pero algo tenía que hacer para no hundirme por completo, por lo que me obligué a actuar, aconsejada por parientes y amigos, y adquirí la costumbre de caminar por el barrio todos los días, peregrinando por las calles que Jorge y yo habíamos recorrido juntos tantas veces. Caminaba y caminaba contemplando distraída los jardines y fachadas; bares, parques, negocios, monumentos. Pero no obtenía ningún placer haciéndolo. Era agradable, suave, pero no tardé en descubrir que era menos peligroso permanecer encerrada, ya que cada esquina terminaba siendo un puñetazo en la mandíbula propinado por los recuerdos, los benditos y malditos recuerdos…

Así que renuncié a los paseos para quedarme las mañanas, las tardes y las noches mirando televisión, con la mente en blanco, sin el menor interés en lo que estaba viendo. ¿Qué hacer? ¿Mudarme? Me inhibía por completo la sola idea de embalar los objetos y sentir que cada uno de ellos era un pasaje de ida a la nostalgia, una invitación a la melancolía. Una querida amiga sugirió que fuera a un lugar de encuentros, que allí podría conocer a un hombre con el que rehacer mi vida. ¿Rehacer mi vida? Mi vida no estaba deshecha, solo había dejado de existir, era una nulidad, un enorme agujero vacío.

El otoño fue tétrico y el invierno espantoso. Creo que leí una veintena de novelas, aburrida de la televisión y vi mil programas idiotas, harta de las ficciones ridículas en las que la gente padecía problemas más vastos y lacerantes que los míos, pero los resolvía con una facilidad que me aterraba. Sin problemas económicos ni hijos que me requirieran ni nietos a los que amar, seguí hundiéndome en la ciénaga, olvidada en medio de un territorio inhóspito que nadie atravesaba.

¿Preguntan si lloré? Lloré hasta secarme, hasta que me convencí de que llorar no serviría de nada, que Jorge no iba a regresar y que yo no poseía el valor suficiente como para ir en su busca. El peso aplastante de mi falta de fe se hizo sentir en ese momento. Si por lo menos pudiera fantasear con un lugar más allá de la vida, en el que él me estuviera esperando.

 Septiembre no fue mejor que agosto y octubre mucho peor que cualquier mes de cualquier año. Las horas, elásticas, se estiraban con una perversidad digna de monstruos de ficción, y mi ansiedad por abandonar la casa empezó a mezclarse con la imposibilidad de poner un pie fuera de ella. Oscilaba como un péndulo, bipolar, perpleja, aturdida como una liebre encandilada en medio de la ruta. ¿No hay salida? No la hay, respondí a la pregunta que no necesitaba ser contestada.

De todos modos, poco antes de Navidad cerré la casa y partí hacia la playa. Al principio ignoraba mis motivos para hacerlo, aunque tal vez imaginé, refugiada en un cuarto cerrado de mi mente, que poner distancia con los objetos y lugares cotidianos me ofrecería una oportunidad de ver las cosas desde otra perspectiva.

No era cierto. Lo que estaba buscando era recuperar un momento vivido junto a Jorge, tres años atrás. Iba en busca de aquel instante de mágica zozobra, cuando sentados en las gradas de un improvisado anfiteatro, asistimos a las evoluciones de una joven pareja de acróbatas. Aquel verano, acunados por la música perfecta y desolada del Adagietto de la Quinta Sinfonía de Mahler, aquellos chicos giraban y volaban en torno a un armazón metálico, enredándose en lienzos de colores, cayendo hacia los abismos y ascendiendo de nuevo, como pájaros neuróticos. Durante todo el tiempo que duraba la actuación, Jorge y yo permanecíamos tomados de la mano, angustiados, con el corazón en la boca, mientras imaginábamos una historia de amor signada por privaciones y desencuentros, vida de artistas trashumantes, dijimos. Íbamos a verlos todas las noches de aquel, nuestro último verano en la playa, aunque en ese momento no supiéramos que la muerte nos acechaba, gestando el obsequio que nos entregaría tras muchos meses de sufrimiento. Íbamos a presenciar ese espectáculo porque ambos nos enamoramos un poco de aquellos acróbatas, rozando con los dedos casi cincuenta años destejidos de la trama del tiempo. Díganme masoquista, si lo desean, y lo aceptaré sin enojo. Quería volver a verlos y así recuperar un fragmento del pasado vivido junto a Jorge.

Tampoco funcionó. En la plaza había payasos, idiotas con guitarras y armónicas, jugadores de ajedrez, titiriteros, pero ellos no estaban. Tonta de mí, pensé. ¿Qué me hizo suponer que estarían en ese mismo lugar, tres años después, volando y girando en el aire, acunados por la sublime música de Mahler? ¡Hay tantas playas!

Abandoné la plaza y caminé hacia el mar. El verano declinaba. Pronto comenzaría el éxodo; el desierto y el silencio ganarían la batalla. Los muelles, en los que se movían unos pocos pescadores, se hacían eco de mi desolación. Me dirigí por la rambla hacia el puerto, alejándome del centro, tratando de hurgar en la penumbra para hallar a mi fantasma perdido. Pero Jorge no estaba, por supuesto. Mis fantasías seguirían siendo eso, sombras condenadas a permanecer en sus cofres, collares de nada, pájaros de espuma que se disuelven en la noche.

Me acodé en la balaustrada de la rambla y dejé que mis lágrimas corrieran sin ningún pudor. De todos modos, nadie podía verme, y si alguien me viera, me dije… ¿a quién le importa una vieja que llora a su amado muerto? Lo irrecuperable de la situación me tomó por asalto una vez más, pero no me resistí. Así sería hasta el final, y por primera vez deseé que ese final no se demorara demasiado.

Tardé un momento en advertir que, a unos metros de donde yo estaba, un malabarista revoleaba sus clavas con pericia pero sin voluntad. Nadie observaba su acto, y me pareció raro que siguiera lanzando y recogiendo, lanzando y recogiendo, en una repetición mecánica de la rutina. Pero de pronto se detuvo, recogió las clavas y me encaró directamente.

—La estaba esperando —dijo.

—¿A mí? —Mi perplejidad era genuina. Era aquel acróbata, el muchacho que, colgado de un armazón metálico, lanzaba a su pareja entre lienzos rojos y amarillos, le sujetaba la mano o se la soltaba para que se precipitara al abismo; la alzaba y la volvía a soltar, formando una coreografía demente que no parecía tener fin. Era él, por cierto. Pero ¿me estaba esperando? Nunca habíamos cruzado una palabra, no podía recordarme, yo era una sombra más, perdida entre el público, hipnotizada por los giros y la música.

—Sí, a usted —dijo—. ¿Por qué no? Mahler quedó en silencio, ¿sabe? La música se extinguió. Ya no hay un Adagietto sonando en la plaza. No logré sujetarla y ella cayó desde siete metros. —Me tapé la boca con la mano y reprimí un sollozo. No supe qué decir, pero él sí supo—. Yo también me quedé solo, ¿se da cuenta?

Sergio Gaut vel Hartman, Buenos Aires, Argentina, 1947, es escritor, editor y antólogo. Creó y conduce el blog MICROFICCIONES Y CUENTOS y coordina talleres individuales y colectovos. Ha publicado unos treinta libros entre obras de ficción, ensayos y antologías,


jueves, 4 de junio de 2026

SOCIOS, SOSIAS, ALGO COMO ESO

Sergio Gaut vel Hartman

 

La lluvia caía como si alguien estuviera afilando cuchillos contra el cielo.

Vi al hombre por primera vez a las once y cuarto de la noche, bajo la marquesina del bar Atlantic. Llevaba un sombrero oscuro, un impermeable oscuro y una expresión tan oscura como la ropa y la noche. Pero en esta ciudad eso no lo distinguía de nadie.

Lo que me llamó la atención fue que tenía mi mismo rostro. No facciones parecidas. Mi cara. La misma nariz rota en el mismo combate olvidado, tantos años atrás. La misma cicatriz junto a la oreja izquierda. Las mismas arrugas cavadas por el whisky barato, los cigarrillos turcos y las mujeres equivocadas.

Se quedó mirándome desde la otra vereda. Yo también lo miré. Ninguno de los dos cruzó la calle.

Los automóviles levantaban cortinas de agua entre nosotros. Por momentos desaparecía detrás de los faros y volvía a emerger como una fotografía revelándose en un cuarto oscuro. Pensé en un hermano perdido, en un estafador con máscara, en un loco escapado de algún sanatorio. Incluso pensé que del otro lado de la calle alguien se había olvidado un espejo. La noche invitaba a pensar estupideces... y yo soy especialista.

Entonces el hombre levantó lentamente la mano derecha.

Yo no me moví. Él mostró algo que sostenía entre los dedos. Era una fotografía. Aun desde la distancia reconocí la imagen. Era la imagen de la mujer muerta que había encontrado aquella mañana. Y detrás de ella, sonriendo para la cámara, estábamos él y yo. Juntos. Como viejos amigos. Como socios. Como cómplices.

—¡Oiga! —le grité, dispuesto a romper la estasis.

—Podemos tutearnos —respondió—. No se le escapa que…

—¡No! —lo interrumpí. Mi grito sonó desproporcionado, era consciente de que había algo defectuoso en ese sujeto, ese doble, algo fundamental que se me escapaba, un detalle que invalidaba la copia y anulaba la posibilidad de aceptar que aquello fuera real.

—Aceptemos los datos de los sentidos.

Sonó estúpido. Había encontrado el cadáver de Eloísa Murnau luego de perseguirla durante semanas a pedido del marido, un gángster, Marco Robotti. Pero mi doble no había estado allí, conmigo. ¿Por qué estaba en la foto?

—Si tanto me conoce —logré articular—, sabe que no he probado una gota de alcohol en seis meses. —La mitad de mis palabras fueron arrastradas por el viento y la lluvia, lo que no impidió que mi doble no lanzara una sonora carcajada celebrando la torpeza de mi razonamiento. No obstante, la carcajada misma era un artefacto que se jactaba de su propia tosquedad, de mi propia vulgaridad. Traté de pensar en otra cosa, imaginando que eso serviría para ahuyentar el espejismo; ocurrió todo contrario. De pronto, el tipo estuvo a mi lado y me dio un codazo en las costillas, un doloroso codazo.

—¿De dónde sale tu necesidad de convertir cualquier patrón en una historia. Los médicos quieren una explicación patológica. Los periodistas quieren un escándalo. Los lectores quieren una solución. Los policías quieren un asesino. Pero la naturaleza no está obligada a proporcionar soluciones narrativas.

Retrocedí instintivamente y me apoyé contra una pared descascarada. Una rata pasó entre mis piernas y me produjo un escalofrío tan intenso que, por un momento, la imagen de mi sosias osciló como la llama de una vela. Pero no desapareció.

¿Puede existir un fenómeno real, observable y predecible cuya explicación sea inaccesible para la inteligencia humana?

—A fin de cuentas —dije en voz alta, mientras trataba de serenarme—, una alucinación es una alucinación, no más que eso.

—Por supuesto —dijo mi doble—. El problema es que una alucinación tampoco explica nada. —Encendió un cigarrillo. El fósforo iluminó fugazmente su rostro y tuve la desagradable sensación de verme reflejado en una fotografía tomada dentro de diez años—. Las alucinaciones no conocen cosas que el alucinado ignora —agregó, aprovechándose de mi estupor. Metió la mano en el bolsillo del impermeable y sacó una pequeña libreta negra. Mi libreta negra. La misma que había desaparecido de mi escritorio tres semanas atrás. La abrió por la mitad—. Página cuarenta y siete —dijo.

No respondí. O sí. En ese punto me resultaba imposible asegurar si el que hablaba era él o yo.

—No recuerdo…

—Anotaste que Eloísa Murnau tenía miedo de los ascensores desde los nueve años porque quedó atrapada durante tres horas con el cadáver de su tía. Nunca se lo contaste a nadie. Ni siquiera a Robotti.

La lluvia golpeaba los adoquines con una obstinación mecánica y al mismo tiempo perversa. ¿Podría haber sacado alguna conclusión de esa intransigencia? Tal vez la lluvia haya encontrado una manera de ser sentimental y pragmática a la vez, aunque, como tantas otras cosas, dejando el significado al margen de la comprensión humana.

—Podría haberlo averiguado —dije, tratando de salir de la ciénaga filosófica en la que me había metido.

—Claro que podrías haberlo hecho. Pero no lo hiciste. —Pasó algunas hojas—. También anotaste que pensabas abandonar la ciudad apenas terminaras este trabajo. Montevideo. Una pensión cerca del puerto. Pescar de vez en cuando. Dejar de perseguir maridos infieles, esposas infieles y asesinos mediocres.

Sentí un vacío en el estómago. Jamás había escrito aquello. Lo había pensado, pero no lo había escrito. Y eso era mucho peor. Mi doble cerró la libreta.

—De acuerdo. Objetivo cumplido —dije—. Es hora de que desaparezcas, de que te esfumes.

Mi doble no me prestó atención, o fingió no hacerlo.

—Ahora me gustaría saber algo, estimado socio. Si yo soy una invención de tu mente... ¿por qué soy yo quien conoce los secretos que estás empeñado en ignorar? ¿Qué sucio y maloliente enigma estás tratando de enterrar en el sótano más profundo de tu mente? Estabas en el motel en el que Eloísa Murnau fue asesinada. Huiste como una rata al oír las sirenas de los autos policiales. Pero no pudiste evitar el siniestro impulso de sacarte una foto junto al cadáver. Espero que me expliques eso; soy paciente.

—Quiero ver la foto de nuevo. En estos tiempos que corren se pueden fraguar las imágenes y yo…

No terminé la frase. Mi doble ya me estaba entregando la fotografía. La tomé con la mano izquierda. La lluvia había reblandecido los bordes, pero la imagen seguía siendo perfectamente visible. Allí estaba Eloísa Murnau. Muerta. El cuello torcido en un ángulo imposible. La lámpara del motel proyectaba una sombra oblicua sobre la cama. Y detrás de ella estábamos nosotros. Yo. Y yo de nuevo. Mi socio, mi sosias, mi doble. No temí repetir el pensamiento tercamente, como la lluvia golpeando contra el pavimento, no porque la repetición pudiera modificar algo, sino porque la repetición discutía la razón de ser de aquella escena imposible.

Observé la fotografía durante varios segundos. Después la observé otros varios segundos más. Algo estaba definitivamente mal. No en la foto, en mi memoria.

—¿Lo ves? —preguntó el doble.

No respondí. Porque empezaba a verlo. La habitación del motel tenía una sola ventana. Sin embargo, en la fotografía aparecían dos. Una junto a la cama. La otra detrás de nosotros. Una ventana que yo no recordaba haber visto. Una ventana que, estaba seguro, no existía. Sentí que algo se desplazaba lentamente en mi cabeza. Como un mueble pesado arrastrado en una habitación vacía.

—Ahora estamos llegando a la parte interesante —dijo mi doble.

Y por primera vez desde que apareció en la vereda de enfrente tuve la sospecha de que no estaba tratando de convencerme de nada. Estaba tratando de que recordara algo que nunca había ocurrido. Metí la fotografía en el bolsillo del impermeable, separé los dedos de la mano derecha y los punteé con la izquierda.

—El cadáver de Eloísa, Robotti, nosotros, la foto. ¿Qué es lo que me cosquillea en la palma de la mano?

—Menos mal que solo tenemos cinco dedos en cada una —replicó sonriendo—. Temo que excesivas lecturas de Hammett, Chandler y Cain te pudrieron el cerebro, por lo que te sugiero, sin malicia, que te des un baño de Christie y Simenon; tal vez eso clarifique un poco las imágenes oscuras que supiste pergeñar. Un buen programa de retoque de imágenes no te vendría nada mal. Género negro, ¡por favor! A veces parece que te metiste en una burbuja aún más fantasiosa que la que propone la ciencia ficción. La realidad, amigo, es algo simple… en especial si dejamos de lado todo lo que no comprendemos ni comprenderemos jamás.    

—Muchas gracias por la lección —dije—. ¿Va a ayudarme a resolver el asesinato de Eloísa Murnau o solo piensa seguir insultando mis hábitos de lectura?

Mi doble pareció meditar la respuesta.

—Robotti no te contrató para que encontraras a Eloísa.

—Nunca dije que esa fuera la intención de ese mafioso.

—Precisamente. —La lluvia seguía cayendo entre nosotros. Ya no recordaba si estaba empapado o si el agua formaba parte de la misma pesadilla de la que no lograba despertar—. Robotti te pidió que siguieras a su esposa porque sospechaba que tenía un amante. Eso es cierto. Lo que nunca te preguntaste fue por qué Eloísa parecía empeñada en que la siguieran.

Sentí un pequeño sobresalto. No porque la idea fuera brillante, sino porque era obvia. Demasiado obvia. Recordé a Eloísa entrando en cafeterías donde las ventanas permitían verla desde la calle; recordé los taxis que tomaba y abandonaba a las pocas cuadras; recordé los bruscos cambios de itinerario. Durante semanas interpreté aquellos movimientos como maniobras para despistarme. ¿Y si no intentaba despistarme?

—No —murmuré.

—Sí.

—Eso no prueba nada.

—Prueba que quería que alguien reconstruyera un recorrido. —Mi doble señaló el bolsillo donde yo había guardado la fotografía—. Y aún no has comprendido cuál era el destino de ese recorrido.

Por primera vez desde que comenzó aquella conversación imposible sentí algo peor que el miedo; sentí curiosidad.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

Mi doble me contempló, quizá sorprendido por mi repentino cambio de frente. Había llegado a la conclusión de que esa era la pregunta importante. No el qué, el cómo o el cuándo sino el dónde. Sentí que podría desmontar aquel entramado obtuso y desaliñado si lograba determinar la localización del sueño, delirio o alucinación, lo que fuera aquello que me retenía prisionero de una situación absurda. Y mi sosias se dio cuenta de que yo, por primera vez, estaba apuntando en la dirección correcta.

—Apuntar en la dirección correcta —dijo, como si fuera capaz de leer mis pensamientos—. Apuntar con una pistola o con una conjetura que trata de evolucionar hacia una hipótesis certera.

—¿Quién se las está dando de filósofo, ahora? —Por primera vez creí estar tomando la iniciativa, y una iniciativa constante termina dando frutos. Por lo menos eso creí hasta el momento en que mi doble demostró que estaba equivocado—. ¿Dónde estamos? —repetí, ahora con una energía que habría hecho vacilar al más pintado.

—En el mismo lugar donde estuvo Eloísa durante los últimos tres meses.

—No respondió a mi pregunta.

—Sí la respondí. El problema es que todavía estás muy lejos de comprender la respuesta.

Quise replicar, pero algo se interpuso entre mis pensamientos. Una imagen. Apenas un destello. Eloísa sentada sola en la cafetería Venezia. No estaba leyendo el periódico. No estaba esperando a nadie. Miraba a su alrededor. Eso era lo que hacía. Miraba.

Durante semanas la seguí convencido de que intentaba ocultar encuentros clandestinos. Sin embargo, ahora que rebuscaba en mis recuerdos advertía algo extraño. Eloísa observaba las puertas, las ventanas, los espejos. Observaba a los transeúntes. Observaba los reflejos en los escaparates. Observaba como quien teme ser observado. O como quien espera reconocer algo.

—Empezaste a verlo —dijo mi doble.

La lluvia parecía haber disminuido. O quizá yo había dejado de escucharla, de prestarle atención. ¿Acaso cuando uno deja de percibir algo es lo mismo que decretar su inexistencia?

—Hay algo más —murmuré. Y entonces recordé. La última vez que vi a Eloísa con vida. El motel. La habitación. La ventana. No. Las ventanas. Antes de encontrar el cadáver, antes incluso de abrir la puerta, vi a Eloísa a través del cristal. Estaba de pie. Inmóvil. Mirando hacia afuera. Mirando directamente hacia mí. Y sonriendo. No era la sonrisa de una mujer asustada. Era la sonrisa de alguien que, después de una larga espera, por fin había encontrado aquello que llevaba meses buscando.

—¿Te das cuenta ahora de que la sonrisa de Eloísa transforma retrospectivamente toda la investigación?

—No, no me doy cuenta —dijo. Pero solo para disimular que empezaba a descubrir la verdad, escrita con sangre en el revés de la trama.

—Ya no parece una mujer perseguida por un mafioso celoso; parece alguien que estaba esperando que el narrador llegara exactamente hasta ese punto. Estaba agazapada, observando, esperando; tendiendo una trampa o preparando una revelación.

—Nadie necesita que lo asesinen para demostrar que tiene razón… —Sabía que mi argumento era débil, y mi doble remató la situación con una pocas palabras y un puñado de gestos certeros, perfectos.

—No. Pero algunas personas necesitan morir para que alguien empiece a hacerse las preguntas correctas.

Metió la mano en el bolsillo del impermeable y sacó algo más. No era una fotografía. Era una llave. La reconocí de inmediato. La llave de la habitación 17 del motel. La misma que yo le había entregado aquella mañana al sargento Molina. O que creía haberle entregado.

—Eloísa no te estaba esperando —dijo mi doble. —Miré la llave. Miré la lluvia. Miré mi propia cara reflejada en el rostro de aquella imagen, un desconocido, yo—. Te estaba esperando a ti —repitió. Y comprendí. No de golpe. No como una revelación luminosa. Comprendí del mismo modo en que amanece: lentamente, casi a regañadientes. Eloísa observaba ventanas, espejos y escaparates porque buscaba algo imposible. Alguien imposible. Había descubierto la grieta antes que yo, la duplicación, la presencia invisible. Por eso sonrió al verme detrás del cristal. No me estaba reconociendo. Me estaba confundiendo. Nos estaba confundiendo.

Mi doble lanzó la llave al agua acumulada junto al cordón de la vereda.

—¿Quién la mató? —pregunté.

Por primera vez pareció cansado.

—No te sirve de nada seguir creyendo que esa es la pregunta importante. —Después sonrió. Era mi sonrisa. La que aparece en las fotografías cuando ignoro que me están fotografiando. La auténtica. Y entonces ocurrió algo sencillo. Algo tan sencillo que tardé varios segundos en comprenderlo.

La vereda de enfrente estaba vacía.

Permanecí inmóvil bajo la lluvia durante varios minutos más; una eternidad. Luego metí la mano en el bolsillo para asegurarme de que la fotografía seguía conmigo. No estaba, por supuesto. Solo encontré una libreta negra. La abrí, cauteloso, como esperando que de las páginas emergiera un alacrán. En la página cuarenta y siete había una frase escrita con mi letra. Una frase que no recordaba haber escrito.

"Si alguna vez se produce el encuentro con el otro, preguntar cuál de los dos empezó la historia."

Cerré la libreta. La lluvia seguía cayendo, ¿por qué la lluvia debería cesar en esta historia?

Sergio Gaut vel Hartman (Buenos Aires, Argentina, 1947) es escritor, editor y antólogo. Creó y coordina el TALLER 9 de escritura creativa.

 

 

EL mePHONE