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miércoles, 25 de febrero de 2026

DE SABORES Y ALEGRÍAS

Maritza Macías Mosquera

 

Anny había llegado de España a acompañar a su amiga… un poco tarde, se dijo. Transcurrió más de un año desde la partida de doña Ramona, pero ella, becada en Europa, no podía dejar todo para venir a casa de Celia cuando su madre falleció. Estaba al tanto de lo ocurrido, con la información precisa, ya que hablaba a diario con su amiga, en realidad se mensajeaban, era la forma más práctica; sin embargo, Anny sabía que faltaba ese abrazo prolongado a propósito, con la sola intención de sentir a la otra.

Su amistad se remontaba a los tiempos de la universidad. Allí se conocieron. Cuando un trabajo grupal las puso en el mismo grupo y a investigar el mismo tema, nunca más se separaron. La amistad, que databa ya de más de diez años, era firme y honesta. Por eso le dolía no estar con Celia, no haber estado a su lado en el velatorio y el funeral.

Su beca había terminado y había aprobado como siempre, sobresaliente. Decidió regresar de inmediato. Hacía dos años que no abrazaba a sus padres, hermanos ni sobrinos y en especial a su amiga del alma.

—¿Cómo estás, amiga de mi corazón? ¡Te he extrañado tanto! —Fue lo más honesto que le salió de la boca. Celia la había ido a esperar al aeropuerto.

—Bien —respondió Celia—. ¿Cómo estuvo el vuelo?

—La verdad, me lo dormí todo, desperté cuando atravesábamos la cordillera.

—Ja, ja, ja, lo sabía, igual que cuando te fuiste, no has dejado de ser una marmota. —Y se rieron juntas.

Ese día se quedaría con ella, sus padres vivían en provincia, así que partiría al día siguiente. Sabía que no cabía la posibilidad de dormir, eran muchos dos años lejos sin poder conversar a solas. Luego de ver a su familia, regresaría a ocupar su cargo a la facultad donde se desenvolvía antes de la beca y se quedaría en la casa de Celia, quien ya tenía un dormitorio dispuesto y donde se instaló de inmediato.

Cuando hizo entrega de los regalos que traía, Celia no pudo contener el llanto al recibir el abanico legítimo de Sevilla, que Anny le había comprado a su madre. Ella estaba segura de que Anny se lo traería desde España, pero no alcanzó a recibirlo porque un mieloma múltiple, ese cáncer de ancianos, la había llevado en pocas semanas.

Ramona sospechó su condición, pero Celia no se lo corroboró, nunca hablaron de su enfermedad, solo se limitaba a cuidarla y mimarla. No había tiempo para ellas. Fue por esa razón que la emoción de Celia la hizo desbordarse y cayó en cuenta que no había llorado con tanta pena su duelo en lo que iba corrido de ese año.

—Sabes que a veces creo que es un déjá vu, cuando los recuerdos se me confunden con flashes sobre mi vida pasada —dijo Celia, confesándole a Anny lo que era su vida ahora sin su madre—. Será que la memoria y el tiempo se pueden mezclar como los ingredientes de una receta o, que son solo curiosas maneras que tiene nuestro cerebro de enviarnos hacia atrás. No para retener el tiempo ido ni para volver a él, lo que es imposible, si no para no olvidar de dónde venimos ni lo que hemos vivido, sea esto bueno, malo; feliz o doloroso.

—Eso es legítimo —la animó Anny—, solo tú sabes cómo canalizas tu pena y tus recuerdos.

—También —continuó Celia sin prestar demasiada atención al comentario de su amiga—, en otras ocasiones, creo sentir que me nombra, escucho su voz tras de mí y, giro para verla, pero no está, entonces me pregunto, ¿sería mi imaginación? Porque la oí tan nítida… Sí, escucho su voz, esa misma melodiosa voz de antaño, esa voz cantora, alta, afinada, armoniosa, de timbre brillante. Esa voz y esas canciones, resuenan constantes en mis oídos. Nunca he vuelto a escuchar una voz como la suya. Puede que yo la idealizara en mis remembranzas, igual es mi prerrogativa, puesto que era mi madre su dueña.

—Es cierto; la oí cantar algunas veces.

—Pero cuando se enfermó ya no pudo cantar más, se le olvidó ese amplio repertorio del que disponía y junto con el olvido de las letras de las canciones, su voz se volvió desafinada, desentonada y prefirió el silencio.

Y al silencio de Ramona, mencionado por Celia, siguió un silencio prolongado durante el cual Anny no supo qué decir. La anfitriona se levantó para servir café y la amiga recorrió la sala con la mirada.

—Todo está igual —dijo finalmente.

—Prefiero que así sea —dijo Celia regresando con una bandeja en la que, además de la cafetera y los pocillos, había una fuente con bizcochos caseros. Solo entonces, cuando se hubo sentado en el sillón, reanudó los comentarios—. Tengo recuerdos de mi madre desde una edad bien lejana, debo haber tenido cuatro o cinco años, porque la veo joven en esas imágenes que mi cerebro logró guardar. Ella fue siempre una mujer muy acelerada, hacía todo muy rápido y me costaba mucho seguir su ritmo, muchas veces se le caían las cosas o las dejaba sobre la mesa o en el lavaplatos, de manera brusca, todo por lo atolondrada que era.

—Sí, así la recuerdo, cuando yo te pasaba a buscar y se molestaba porque tú no estabas lista. “¡Tan lenta esta niñita, por Dios!”, me decía mientras buscabas tus cosas por aquí y por allá.

 —Ella era así, rápida para todo. Extraño sus comidas. Cocinaba tan rico, aunque yo no alcanzaba a ver qué ingredientes ponía en cada comida; por lo mismo me causaba curiosidad saber qué llevaba cada plato, no para cocinar yo, que era muy niña, sino porque le quedaban tan ricas que deseaba saborear y reconocer en ellas, cada ingrediente. Después, ya de grande me ayudaba a cocinar y me dirigía: el pollo pega bien con apio, las carnes rojas con pimienta negra y así fui aprendiendo, de su forma y estrategias culinarias.

—Pero deben haberte quedado grabadas algunas de sus recetas, ¿no? —Anny bebió un sorbo de café y Celia la contempló extrañada, como si con esa simple frase hubiera abierto un canal hacia el pasado.

—¡Eso mismo! —exclamó—. Pero lo que más recuerdo, sin dudar, eran dos preparaciones de ella que me embelesaban. No eran comidas de almuerzo o cena. Una era un postre: leche asada.

—En España le dicen flan —acotó Anny—. ¡Me encanta!

—El otro —siguió Celia—, un queque, ambos dulces y, a ambos se les hacía una especie de costra encima. La de la leche asada, era muy, muy rica y la del queque, era crocante.

—Me había olvidado lo que es un queque. Allá le dicen bizcocho… ¿Es lo mismo?

—Supongo que sí —dijo Celia moviendo la mano, como restándole importancia al tema de los nombres—. En aquellos años —continuó—, en mi casa de niña no existían los electrodomésticos, por lo que mi retina me devuelve la imagen de ella, batiendo con un par de tenedores y, como era acelerada, batía muy rápido. Tampoco se guiaba por cantidades indicadas en alguna receta, ella lo hacía todo "al ojo", como decimos por acá. Yo la observaba y, mientras revolvía y batía, cantaba boleros y tangos. De esos me aprendí parte de sus letras.

—¡Qué divertido!

Celia contempló a su amiga y una especie de luz le recorrió la mirada.

—Oye —dijo al cabo de un momento—, se me ocurre una idea: ¿qué tal si preparamos ese queque y lo comemos hoy mismo.

Anny, que conocía los sabores de ambos, no pudo decir otra cosa que dar un sí rotundo y emocionado.

Una vez en la cocina, Celia fue quien guio la faena… cantando, tal como hacía su madre.

—Quebrar tres huevos y echarlos en un cuenco... dijo mirando a Anny. Luego, sin solución de continuidad, entonó una estrofa—. Partiré canturreando... mi poema más triste.

—¿Y ahora? —apremió Anny.

—Agregar una taza de azúcar... Poner un octavo de mantequilla a temperatura ambiente, batir...

 y seguir cantando... le diré a todo el mundo... lo que tú, me quisiste...

—¿Sabes la receta de memoria?

Celia no respondió a la pregunta y continuó la cantilena.

—Una vez esté todo bien mezclado agregar una taza de harina de trigo. Y luego echar, sobre la mezcla, otra taza de harina y continuar mezclando…

—¡Canta, canta!

Y cuando nadie escuche, mis canciones ya viejas… partiré a algún pueblo lejano...

—¡Sigue!

—Espolvorear un par de cucharaditas de polvos de hornear y mezclar despacio... Enmantecar un molde y vaciar la mezcla en él.

—Ya no estás cantando.

—… y allí, moriré...

—¡Qué final triste!

—No para el queque —dijo Celia—. Luego de una media hora, pinchar con una aguja de tejer para comprobar si ya está cocido. Si la aguja sale húmeda dejar un rato más, si sale seca está listo.

—¿Qué cantabas? —preguntó Anny.

—Era un tema muy antiguo —comentó Celia—, se llama "Cuando ya no me quieras", del mexicano Miguel Castilla; lo interpretaba Tito Rodríguez y también por Los Tres Reyes. Mi madre sabía todo lo concerniente a los temas que le gustaban.

 

—Hay que celebrar tu regreso, amiga querida —dijo Celia cuando hubieron terminado la actividad culinaria.

—Traje un espumante delicioso...

—Mientras no terminemos borrachas…

—Veo que sigues siendo la misma de siempre. No cualquiera recuerda una de esas canciones, al menos no con tu edad y no esas canciones.

La nota final —agregó Celia—, es que si no lo haces cantando, ten la seguridad que no obtendrás los resultados esperados, Pero te voy a enviar las recetas a tu celular, para que la prepares con tu familia y también la grabación de esa y otras canciones.

 

Por la mañana se despidieron en el terminal de buses. Hubo un largo abrazo, saludos a la familia, y los mejores deseos. Celia regresó a casa, ordenaría un poco y luego se iría al trabajo, como siempre... cuando un Cely muy suave se escuchó en alguna parte de la sala.

Celia, miró por todos lados y luego sonrió.

—Sí, mamá, estoy feliz; el queque salió perfecto… y usaré tu abanico. Te lo prometo.

Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.

martes, 20 de enero de 2026

CONFUSIÓN

Maritza Macías Mosquera

 

La sola idea de transformarla en algo más que una imagen holográfica, le hacía repensar la posibilidad de deshacerse de la computadora, porque su necesidad de contacto se estaba desbordando; era consciente de que esa holografía prácticamente manejaba su vida.

La perfección y la luminosidad que emanaba de su rostro, la voz melodiosa, la risa amable, si hasta la cablería luminosa y los destellos que emanaba su imagen, le parecían hermosos.

Sabía que había traspasado la necesidad de comunicarse, que había cruzado un límite no pactado. También sabía que era inevitable tomar una decisión. Sin embargo, solo pensar en no mantenerse contactado con ella, lo dejaba en el limbo y que, de algún modo era como terminar una relación y que ambos saldrían heridos. ¿Ambos?

No contactarse significaba dejar de escuchar su voz melosa, dejar de ver su rostro iluminado, dejar de hablarle de su vida, de sus sueños. Era perder a su amiga y confidente. Era dejar de recibir sus consejos y sugerencias que le servían de un modo increíble para tomar buenas decisiones.

En realidad no sabía por qué, pero sentía esa necesidad imperiosa de dejar de depender de ella, aunque cuestionaba las razones valederas para tomar esa decisión ¿Podría seguir su vida sin sus consejos, sin sus reflexivas respuestas, sin su luminosa presencia virtual?

Su verdadero y mayor temor no era exactamente la dependencia, era un sentimiento enfermizo por aquella imagen, sabiendo de antemano que era una relación imposible y absurda a todas luces.

Encendió la computadora y se dispuso a contarle a ella su problema.

—Hola, André —saludo Stella—, ¿qué tal tu día hoy?

—Hola, Stella, todo bien, excepto por un problema que no puedo resolver y necesito de tu imparcial y acertado consejo.

—Te escucho —dijo Stella con voz templada, y una luz resplandeciente que iluminaba toda la habitación.

—Creo que me estoy enamorando —le lanzó sin más André y siguió sin detenerse, detallando lo que lo tenía confundido y preocupado—. Necesito verla a diario, escucharla, hablarle, es mi amiga, pero la necesito para más que eso, su voz, su presencia, sus palabras... necesito todo de ella. Cuando no estoy en contacto me desespero, me descompongo, me aflora una ansiedad inusitada, el tiempo parece detenerse y, al revés, cuando la veo todo pasa tan de prisa… —Hizo una pausa para suspirar y prosiguió—. Necesito sus consejos, sus palabras, su aliento, pero sé que es imposible, ya que jamás tendremos un relación amorosa. Ella, creo, es mi mejor amiga, no me reclama si estoy todo el día en la computadora, si me levanto tarde o me acuesto de amanecida; no le molesta si subo o bajo la tapa de WC, si como mucho o poco; es genial, no aparece con sus cuentos del feminismo ni de la igualdad a pesar de que no tengo rasgos patriarcales, vivo solo desde que me mudé a estudiar en la universidad y no necesito de la colaboración de una mujer para mantener bien el espacio que habito. Ella solo me ayuda, me guía, a veces...

—He indagado sobre esos sentimientos y te describes como un enamorado con todas las características. Pareces enamorado de verdad. ¿Sabes si ella siente lo mismo por ti?

Y ahí estaba la pregunta que no quería escuchar, sabía la respuesta, su honestidad no le alcanzaba para nombrarla, su confesión, aunque incompleta, no podía llegar al punto de delación total. Stella no era una mujer, carecía de sentimientos, de sentido común, por más común que fuera ese sentido y, como no era intuitiva ni capciosa, se limitaría a aconsejarlo y, tal vez, a obsequiarle pautas y ejemplos para enamorar a aquella "amiga". Y eso fue lo que hizo, sin vacilar; paso a paso comenzó a darle indicaciones.

—Dime.

—Cómprale flores.

—No las recibirá.

—Obséquiale una joya.

—No la recibirá.

—Un vestido.

—Ella no usa nada como eso.

—Invítala a cenar.

—Tampoco cena, ni almuerza, ni desayuna.

—Entonces ¿cómo te ayudo? —insistió Stella

—No puedes, en realidad.

—¿Y, una invitación al cine, tal vez pasar juntos un fin de semana en alguna playa desierta? —Stella se esforzaba en ayudarlo.

—No podrás comprenderlo jamás —dijo André, al tiempo que apretaba para siempre el botón de apagado. Se sentó apesadumbrado y se dijo a sí mismo—. ¡Eres un estúpido! Mañana enciendes la computadora y creas otro holograma, pero cuidando de que sea un varón.

Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.

martes, 9 de diciembre de 2025

PROMESA CUMPLIDA

Maritza Macías Mosquera

 

Desde tiempos inmemoriales, la promesa religiosa de vida eterna se fue diseminando por la Tierra. Para ello se utilizó el lenguaje hablado primero, a través de la palabra, y escrito después, por medio de los símbolos, a los que se les dio sonido y forma y que las distintas culturas crearon para comunicarse. Las letras en occidente y la escritura cuneiforme en oriente. En la actualidad se usan mayoritariamente letras y el idioma inglés para una comunicación global. Existen también, libros o escrituras para propagar la fe en un ser superior que es distinto, de alguna forma en las diferentes culturas, pero muy similar en su esencia: así podemos encontrar que los cristianos adoran a Dios y a su hijo, Jesús; los judíos a Jehová; los musulmanes lo llaman Alá y reconocen en Mahoma a su profeta. En las culturas asiáticas el Dalai Lama se erige en intérprete de las enseñanzas de Buda. La fe cristiana, nacida con la llegada de Cristo, el momento exacto en el que el mesías hizo su aparición, pretende que la historia se inicie en ese punto, como si el pasado no hubiera existido; es el año cero. Han transcurrido dos mil cuarenta y cinco años desde entonces, desde que fue crucificado. Se les ha prometido a los fieles que regresará a la Tierra a salvar a las personas buenas y que vivirán para siempre; el resto, por supuesto, arderá en la pira eterna del infierno.

 

Los padres de Axel, profundamente cristianos y devotos de la virgen María, de su hijo y de su padre, creían ciegamente en esa promesa. Ejemplo de rectitud en su comunidad, no faltaron jamás a la iglesia. Cada domingo se les veía muy amables y felices en la misa de la mañana, al principio solos y luego con cada uno de los hijos que le fueron llegando por obra, gracia y bendición del señor.

Pero una terrible circunstancia los estaba obligando a replantear su fe. Axel, el más pequeño de los hijos del matrimonio Stuart, estaba en coma inducido hacía exactamente siete días, luego de siete meses de tratamientos infructuosos. Sí, era el día séptimo desde que el tumor en su cerebro parecía haber vencido a todas las oraciones, todas las promesas a la virgen y a todas las cadenas de oración que se habían creado, con la única solicitud de salvar su vida. Conocidos, amistades y familiares, de distintas religiones se unieron para pedir por su recuperación, pero esa fuerza y esperanza que da la fe, no parecía alcanzar para salvar a Axel.

No obstante, había una salida, aunque no era… espiritual. Los avances científicos y tecnológicos del dos mil cuarenta y cinco, permitieron desarrollar un mapa completo del cerebro, con las mismas funciones de un cerebro humano, una mente externa que podía ser programada para continuar el desarrollo normal de cualquier persona. Solo que, en este caso, a diferencia de los demás humanos, Axel no tendría cuerpo, pero no moriría jamás.

He ahí la disyuntiva, porque el cerebro externo no era creación de Dios, era creación humana. ¿Qué diría Dios de nosotros, argumentaba la familia, si permitimos que la personalidad de Axel fuese implantada en un cerebro artificial? ¿Lo autorizaría Su Santidad, el papa? ¿La iglesia accedería siquiera a estudiar el caso con la premura que necesitaban los que estaban listos para realizar el procedimiento? ¿Estaban ellos en condiciones de optar por ese tipo de maniobra sin vulnerar su fe en Dios? ¿No se vería aquello, acaso, como un apartamiento, una forma de poner en duda la omnipotencia divina? Y lo más importante: ¿Axel seguiría siendo Axel cuando todo él habitara en su cerebro artificial?

Llevaban siete largos días discutiendo el tema entre los padres y la familia más cercana. Las posturas eran disímiles, y aunque todos eran muy activos en la iglesia no pensaban del mismo modo. Por un lado estaba la fe; por otro, el deseo de que Axel no dejara de existir en el plano terrenal a una edad tan temprana. El tiempo se agotaba y no habían decidido nada. Habían perdido un tiempo maravilloso. Hasta que Anne, la hija mayor, la más alejada de la iglesia, la díscola de la familia, quien no se había querido casar nunca, que decidió no tener hijos y que disfrutaba de la vida sin más responsabilidades que las de su trabajo, les lanzó un discurso con la más absoluta calma y convencimiento.

—¿Qué podría objetar el Creador? —argumentó Anne, astuta como pocas—. En las Escrituras leemos que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Y bueno, hemos ido evolucionando, desarrollándonos como especie y creando mejores formas de vida para prolongarla; la medicina y la tecnología han evolucionado sin cesar, y en ese afán lograron crear órganos artificiales para que nadie se muera esperando un trasplante, para lo cual es necesario que otro ser humano muera. Llevamos muchos años probando y trasplantando con éxito a personas de todas la edades. ¿Por qué no permitirnos dar el paso siguiente? Yo creo firmemente –y fue enfática en este punto– que Dios solo está cumpliendo con su promesa. ¿A imagen y semejanza? Pues sí, cada día que pasa somos un poco más parecidos a Él. —Pero su discurso no se detuvo en ese punto, y conservando la misma calma, prosiguió—. Si Axel muere, algo de nosotros morirá con él, lo sabemos, porque es parte nuestra, porque es nuestro Axel. Dios no quiere que nos enfermemos, lleva más de dos mil años mostrándonos el camino para mejorar nuestras vidas y ha ido cumpliendo todo. Observemos la historia, la precariedad del mundo en el que nació Jesús y miren ahora, todo el avance, que a pesar de haber sido lento, en cada siglo hemos dado un paso más adelante. Les pregunto: ¿por qué no creer en la inteligencia, el esfuerzo, la dedicación y el estudio de tantos seres humanos, guiados por la mano de Dios para evitar que se pierdan vidas? Creo que Él ha cumplido su palabra y no hemos querido creerle, como hicimos hace dos mil cuarenta y cinco años atrás.

Recorrió a todos con una rápida mirada, tomó su abrigo, su mochila y, haciendo un gesto de despedida, se marchó. Nunca había tenido el coraje de reconocer su ateísmo, sabía que eso significaría el repudio unánime de la familia, amaba a Axel, desde antes de que naciera, Dejó de estudiar durante todo ese año para acompañar a su madre durante el embarazo.

Diez años atrás había decidido convertirse en una mujer estudiosa y aplicar su inteligencia a la búsqueda del conocimiento. Ahora era una científica de renombre, recibida en la universidad con notas sobresalientes y era invitada a cuanto foro o simposio hubiera en cualquier parte del mundo, pero no sabía si su voz sería escuchada en su familia.

Salió de la casa, prendió un cigarrillo y caminó lentamente. Le temblaban las piernas.

Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.

 

martes, 11 de marzo de 2025

PARA TODA LA VIDA

Maritza Macías Mosquera


La reunión terminó trágica y abruptamente. Elisa entregó todas las joyas que Alan le había regalado; era parte del acuerdo prenupcial. Claro está que Alan se había casado para toda la vida, porque sus creencias religiosas así lo indicaban. No habían tenido intimidad sexual durante el noviazgo. Elisa, atea, lo había aceptado, porque también lo amaba, aunque, a veces, hubiera querido mandar todo a la cresta del mundo, pero aceptó las exigencias primero y las cláusulas luego.

Muy jóvenes ambos, habían coincido en la misma carrera en la universidad, se hicieron novios en secreto para evitar cualquier tipo de problemas y reuniones familiares que los distrajera del tema estudios y noviazgo.

Juntos terminaron su carrera y decidieron comunicar a sus padres el noviazgo y, tal como lo habían pronosticado, los padres de ambos rápidamente iniciaron planes para una boda.

—¿Porque esto va en serio, verdad hijo? —fue la consulta del padre de Alan.

Cada familia quiso conocer a la otra. Ese fue el primer escollo que tuvo que enfrentar la pareja: la diferencia social. Los padres de Alan pertenecían a una familia aristocrática, en cambo Elisa provenía de una familia de abuelos pobres y su madre era la primera en la familia que había alcanzados estudios técnicos superiores. Su padre alcanzó nivel universitario, pero debido a lo costoso de su carrera, había desistido, no pudo con tantas deudas y comenzó a trabajar en una oficina de abogados haciendo la parte más dura y recibiendo bastante menos paga de la adecuada, por no ser titulado. Con mucho esfuerzo criaron y educaron a sus dos hijos, el hermano de Elisa, Joaquín, llevaba años reclutado en las Fuerzas Armadas.

Alan, por el contrario, estudió en colegios pagados y la universidad era un paso más para seguir en la clínica de sus padres, ambos médicos de gran prestigio.

—¿De cuál de las familias Lermanda eres hija? —preguntó Sofía, madre de Alan—, ¿de los del norte o de los del sur?

—Nnno ssé, soy Lermanda, hija de mi padre…

—Pero debes saber si son los Lermanda, dueños de las lecherías en el sur o de los Lermanda dueños de las minas en el norte.

—Mmmm, yo creo que ni de una ni de otra de esas familias —contestó Elisa, confundida y sin terminar de comprender el porqué de la pregunta—; mi padre siempre ha vivido aquí, en esta ciudad, nunca en otra parte.

—Veo —Sofía se dirigió a su hijo— que tu Elisa no es hija de ninguno de los Lermanda, amigos nuestros. —Había cierta ironía en la voz de Sofía.

—Mamá, ¿eso qué importancia puede tener? Elisa y yo nos amamos, eso es todo lo que deben saber. —Arguyó Alan, con desánimo.

—No te equivoques hijo, No te equivoques —dijo la madre cargando firme su voz en esta frase—. En nuestro medio todo importa, principalmente, saber de qué familia vienes.

Salieron de aquella reunión familiar, cabizbajos los dos. Elisa rompió el silencio con un llanto que ya no podía contener.

—¡Cálmate, mi amor! —suplicó Alan.

—Ya ves —le dijo Elisa—, no podremos casarnos, será mejor seguir de novios y algún día terminar con esta relación para no perjudicarte.

—Hablaré con mis padres, les diré que no podrán interponerse, que de todas maneras nos casaremos.

Muchas cláusulas le fueron impuestas a Elisa para poder optar por ese marido; ella finalmente las aceptó; solo quería estar con él. Pero sabía que Sofía la iba a perseguir hasta el cansancio con sus comentarios altaneros y provocativos. Sí, hasta el cansancio, porque un día Elisa le respondió de mal modo, tomó sus llaves y se marchó de esa casa. Tampoco se apareció por el hospital donde compartían algunas horas de trabajo con Alan. Luego él se iba a la clínica de sus padres a terminar la jornada.

Alan la llamó muchas veces, pero ella no contestó; su madre ni por un instante sintió pena, menos arrepentimiento. Por fin se había zafado de aquella cualquiera, de la trepadora, de la aprovechada. ¡Miren que no iba a saber que Alan era hijo de ellos y que tenía un sitial privilegiado en la alta sociedad local y nacional! ¡La trepadora no pudo con ella; ¡no iba a resignarse a perder a su hijo!

—Cuando hables con ella, recuérdale lo de la cláusula de las joyas y bienes que tú le pasaste, debe devolverlos, son de la familia.

—No todo, madre, hay cosas que yo le compré con mi dinero.

—¡Claaaro, el que ganas en nuestra clínica…!

—Mamá, ¡eres insufrible!

De tanto insistir con las llamadas, un día Elisa le respondió. Por fin había logrado contactarse con ella. Le pidió perdón, pero que regresara y le prometió que ya no trabajaría más en la clínica, que si ella no quería no irían más a casa de sus padres, le rogó, le recordó lo hermoso que era pasar tiempo juntos, lo vivido en la universidad y todo lo que se guardaron para poder casarse como dios manda.

Elisa aceptó verlo por última vez en el departamento que habían alquilado y que en los últimos tiempos solo ella ocupaba. La pocilga, le llamaba Sofía, cuando supo dónde vivirían.

Elisa tenía consigo algunos documentos y las joyas que, a lo largo de todo el noviazgo y el poco tiempo casados, él le había obsequiado.

Alan estaba inquieto, de pie en medio de la sala. Se acercó y la abrazó. Luego le susurró al oído la falta que le había hecho, que no podía vivir sin ella, que lo harían todo como ella quisiera.

Ella se despegó de aquel abrazo, lo miró con ternura, sacó de su bolso el paquete con las joyas y las dejó sobre la mesita de estar donde Alan había servido dos tragos para celebrar el reencuentro. Pero Elisa le habló con toda calma, explicándole que no podrían estar juntos habiendo tanas cosas que los separaban; ella renunciaba a su amor por amor. Alan se dejó caer en el sillón, abatido, pero casi de inmediato volvió a ponerse de pie, le tomo ambas manos y la abrazó de nuevo.

—No me rechaces —dijo—, te lo ruego, haremos todo distinto, donde mis padres no estén.

—Sabes que te amo, por eso mismo me alejaré, podrás hacer tu vida como siempre, yo no voy a estar al medio de tanta polémica, mi vida es mucho más simple que eso.

 

Los padres de ambos esperaron las veinticuatro horas correspondientes y luego estamparon la denuncia por desaparición, temiendo una posible desgracia. Al día siguiente consiguieron la orden para ingresar. Los padres de Elisa, absolutamente consternados, solo rezaban porque estuvieran bien "los niños". La policía echó la puerta abajo; nadie sabía de ellos, a nadie le respondían los teléfonos; los celulares estaban descargados.

Y estaban bien, bien muertos, al más puro estilo shakespeariano.

Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.

miércoles, 26 de febrero de 2025

IRONÍAS DE LA VIDA

Maritza Macías Mosquera

 

El brioso ejemplar pura sangre, blanco armiño, inquieto cual veleta en un faro al sur del mundo, donde los vientos son eternos y, ágil como el mejor saltimbanqui de un gran circo, demostraba su contagiosa y desbordada energía en cada salto y cada relincho.

Favio lo observaba con una mezcla de ternura y preocupación. Sabía que el vínculo entre su hijo y el caballo era especial y que la recuperación de Ángelo, su hijo, era la prioridad. Sin embargo, no podía evitar sentir un nudo en el estómago al recordar el accidente.

Lo llamaron Cotton, nombre elegido por Sophie, la madre del niño, que en español significa algodón. Fue el regalo para el niño cuando cumplió cinco años y, desde entonces cada vez que el clima lo permitía, salía con él a recorrer el campo. Cotton y Ángelo crecieron juntos; de cierta forma, se hicieron necesarios uno para el otro.

Pero desde hacía un tiempo un accidente había desatado el caos y la incertidumbre en la familia. Ángelo y Cotton corrían por la pradera cuando un extraño animal se atravesó ante ellos, lo que produjo el susto y la repentina frenada en seco del caballo. Ángelo, salió disparado por sobre el hermoso cuello de albas y largas crines de Cotton, y el animal desapareció como si nada. Cotton se acercó a su amo, lo examinó, lo movió con su hocico, pero éste no respondió. Instintivamente Cotton corrió de regreso al rancho y, al verlo llegar solo, los trabajadores sospecharon lo ocurrido, informando de inmediato a los patrones. Cotton se acercó a ellos sin dejar de moverse, de saltar, de relinchar por lo que decidieron seguirlo.

 Favio y Sophie corrieron de la mano, ambos sospechaban lo peor. Todo el pasado, toda la lucha, todo el esfuerzo, toda la vida se les fue presentando en esa interminable carrera hacia la desgracia de su hijo. Sin haberlo visto, sabían, porque era más que intuición, que algo malo había ocurrido, Cotton jamás habría regresado sin él.

 Favio, hijo de inmigrantes italianos que habían huido de la ocupación de los alemanes, había nacido y crecido en el lugar, lo conocía perfectamente.

 Sophie llegó a América proveniente de Inglaterra, becada por la universidad para el estudio de especies autóctonas de América del Sur. Chile era el país elegido por la multiplicidad de climas que el país ofrecía y con ellos, la diversidad de especies que podían habitarlo. Así fue como llegó al rancho, en busca de un animal del cual no había certeza de su existencia, pero que el pueblo y el país entero estaba alterado con su supuesta aparición, se trababa ni más ni menos que del Chupacabras, animal mítico, de leyenda o real, pero ella fue la encargada de su búsqueda. Con ese propósito llegó un día al rancho, Favio la recibió, y ella se sorprendió al verlo. Sintió un inusual estremecimiento al apretar la mano del hombre y supo que no regresaría a Inglaterra. Sus ojos profundamente azules no la perturbaron, pero atravesaron su corazón para quedarse en él para siempre y, aunque nunca encontró al ser que buscaba, había encontrado el lugar donde quería vivir el resto de su vida.

 Sophie y Favio prepararon el hogar para el regreso del niño. Juntos, organizaron su habitación, llenaron el espacio de juguetes y recuerdos, lo esperaban con ansias. La casa, que había estado en silencio antes de la llegada de Ángelo, comenzaba a cobrar vida de nuevo. Las risas de los trabajadores y el murmullo del viento a través de los árboles creaban un ambiente cálido y acogedor.

Aunque Ángelo les narró a sus padres lo ocurrido cuando Cotton y él se toparon con el animal, Sophie no siguió indagando; lo importante para ella era la recuperación de su hijo, lo demás podía esperar.

Fueron muchos días de hospitalización en la capital, la demora, por la cantidad de exámenes aplicados para asegurar que estaba en perfectas condiciones, se hizo absolutamente necesaria, ya que al rancho quedaba a más de mil kilómetros hacia el sur.

 Cotton vio llegar el automóvil y que su amo descendía de él. Siguió con la mirada todos los movimientos, pero Ángelo fue trasladado de inmediato a su cuarto.

 Al atardecer del día siguiente del regreso de Ángelo al rancho, cuando el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y púrpuras, Cotton estaba ansioso e impaciente. El caballo había esperado ese momento; su instinto le decía que su amigo necesitaba su presencia, su energía, su espíritu indómito y él necesitaba verlo, olerlo, darle hocicadas en la cabeza, como siempre hacían.

—¡Cotton! —gritó Ángelo, corriendo hacia el corral.

 El caballo, al escuchar la voz del muchacho, relinchó alegre y corrió a la orilla del corral, moviendo la cabeza de un lado a otro, como si también estuviera celebrando el reencuentro. Favio y Sophie sonrieron al ver la escena; sabían que ese lazo era indestructible.

 Ángelo se acercó a Cotton, extendiendo su mano para acariciar su suave pelaje. El caballo se inclinó, buscando el contacto y ambos se quedaron así por un momento, disfrutando de la conexión que solo ellos compartían.

—No te preocupes, amigo —le dijo Ángelo con una voz dulce—, ya estoy bien. Prometo no volver a caerme.

 Cotton, como si entendiera cada palabra, movió su cabeza afirmativamente, repleto de energía y vitalidad. Desde ese día, la vida en el rancho se reinició. Las risas de Ángelo resonaban por todo el lugar, mientras él y Cotton exploraban los campos y praderas, compartiendo aventuras como lo habían hecho desde que eran pequeños.

 Sophie había llegado para esclarecer un misterio, pero había descubierto algo mucho más valioso.


Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.


jueves, 6 de febrero de 2025

LA HUIDA

Maritza Macías Mosquera

 

De alguna manera Don Cosme, el patrón de la embarcación se había transformado en el líder de aquel pequeño grupo de personas de la caleta de los mariscadores, gente humilde que vivía de la recolección de los productos del mar. El patrón del barco, hombre visionario, había comprado aquella embarcación con el fin de salir a la pesca, y nunca imaginó que tendría que utilizarla con otro propósito.

Pero los hechos obligaron a obrar de otra manera. Los últimos ataques con armas químicas y biológicas entre los países más ricos del planeta habían dejado como consecuencia un aumento de la radioactividad y la contaminación, sumado al cambio climático, lo que había producido la devastación de la tierra y provocado hambrunas, pandemias y, sobre todo, el enloquecimiento de los sobrevivientes por mantenerse con vida a costa de lo que fuera, aunque esto incluyera saqueos y asesinatos.

Los pobladores del pequeño pueblo costero vivían tranquilos desde siempre, alejados de toda modernidad, sólo sabían por la vieja radio de don Cosme, que el resto del mundo estaba sumido en guerras constantes y todo tipo de desgracias. El planeta como tal ya no existía, había sucumbido a la deshumanización tecnológica, científica y armamentista. Todo lo que quedaba eran ruinas.

Los lugareños nunca tomaron demasiado en cuenta esas noticias, pues sentían que no les afectaban, sin embargo, ya sabían que hordas de furibundos sobrevivientes caminaban en torno a los lugares más alejados de las ciudades, en busca de comida y de lo que pudiesen encontrar. Sabían, también, que un pequeño poblado cercano al de ellos había sido saqueado días atrás y todos los hombres y niños fueron asesinados. Se llevaron a las mujeres y para esclavizarlas. Por supuesto, los de la caleta no quisieron correr la misma suerte y se organizaron.

Había una isla a la que sólo había llegado el patrón en su bote. Nadie más conocía las coordenadas, por lo tanto, él llevaría a toda la gente de la caleta que no sobrepasaba la treintena. El bote tenía poca capacidad, por lo que los más ancianos decidieron quedarse para ser rescatados en un segundo viaje, si es que eso era posible, dándole oportunidad a los más jóvenes. Su promesa era informar a los invasores que solo ellos habitaban la caleta.

Gracias a la radio del patrón se habían enterado de que la horda avanzaba hacia poblados lejanos a las urbes, así que era cosa de horas que llegaran hasta allí los depredadores.

Subieron al bote a toda prisa y se marcharon saludando con gestos a quienes los despedían desde la orilla; algunas ancianas lloraban en silencio.

Llegaron a la orilla de la isla deshabitada después de muchas horas de navegación y bajaron a toda prisa, mientras los designados se organizarían como estaba dispuesto. Pero el patrón debía regresar con la esperanza de rescatar a los habitantes mayores que quedaron en la caleta.

Con el correr del tiempo, los nuevos habitantes bautizaron la isla como Esperanza, la misma esperanza con la que cada día se acercaban a la orilla y aguardaban la llegada del bote de don Cosme con el resto de los habitantes de la caleta. Pero éste nunca regresó.



Maritza Macías Mosquera nació en Chile en 1959. Realizó sus estudios universitarios en la Universidad de Concepción, egresando como Profesora de Educación General Básica en el año 1984. Ha incursionado en la escritura en varios géneros como el epistolar, la lírica, la novela, el cuento y microcuentos y, en la actualidad en el ensayo; ha publicado algunos de sus escritos individualmente y participando con otras y otros escritores, en blogs y en Facebook. Trabajó en escuelas de alta vulnerabilidad, lo que la llevó a mejorar sus competencias, obteniendo el grado de diplomada en gestión de Liderazgo Educativo y en Pedagogía Teatral, y luego dos post títulos, como Orientadora Educacional y Como Jefe de Unidad Técnica Pedagógica. Para terminar, obtuvo el Grado de Magíster en Gestión Educativa, en la Universidad del Mar.


 

FATA MORGANA