Suray Annys
Tras
trabajar como obrero toda su vida, Floreal se había jubilado. Su esposa estaba
enferma y murió al poco tiempo. Desconsolado no encontró motivos para vivir, salvo
seguir cuidando el pequeño jardín de rosas que ella cultivaba. Canceló todo
tipo de encuentros y reuniones y redujo sus salidas al aprovisionamiento
esencial. Sus conocidos y cercanos comenzaron a preocuparse. Se turnaban para
visitarlo e intentaban motivarlo para que saliera, sin lograrlo. Después de un
par de años de insistencia y aburrido de la soledad, Floreal accedió a
encontrarse en un café con un amigo. Este le presento a Jazmín en esa ocasión.
Era fresca y grácil, bonita e inteligente, pero la olió desde la entrada del
local. Tomó su copa en estado nauseoso y huyó prontamente alegando un malestar
completamente real. De las infusiones que cosechaba su difunta, la única que
jamás había elogiado era la de jazmín. De hecho ella compartía ese té
únicamente cuando se encontraba con sus amigas. Él olía ese aroma aún varias
horas después cuando regresaba de su trabajo a casa. Así que ella sahumaba con
cascarillas y preparaba un café fuerte y un refresco de rosas.
De todo el jardín solo conocía las rosas y era lo
único que le importaba cosechar. Una en particular, la rosa té. Una variedad
que ella atesoraba. Bebía ese té cada vez que la extrañaba. Le sobraba tiempo.
Sus días continuaban en una paz a la que no se acostumbraba. Los cercos de su
jardín comenzaron a antojársele estrechos. Emprendió caminatas a lugares más
silvestres encontrando que le gustaba y le hacía bien.
Junto a un sendero umbrío en un banco medio derruido
de un bosquecillo, leía Violeta. Un ensayo filosófico, por supuesto. El quedó
petrificado cuando la vio, esperaba encontrar ese banco siempre vacío. Pero
quedó sin aliento cuando ella lo miró. Era sólo ojos. De un azul noche.
—¿Quiere sentarse?
Agradeció emocionado y comenzaron una respetuosa
charla. Él supo que podía, si quería, enamorarse del abismo. Todo era
estimulante. Era una mujer madura, menuda, rutilante y a la vez
aterciopeladamente profunda. Sin embargo algo de ella le repelía. Mientras
dialogaba pudo liberarse de esos ojos hipnóticos y lo descubrió. Su piel… esa
piel no veía, desde hacía mucho tiempo, el sol. Se dijo a si mismo que a su
edad no debía pensar en estas cosas. Regresó a las fauces de esos ojos y a esa
voz. Ya no entendía de qué le hablaba y sintió que era momento de irse. Dijo
como excusa que debía atender su jardín. Entonces ella entre risas idiotas le
dijo que nada vivo sobrevivía bajo su cuidado… que no tenía suerte con esas
cosas… e imbecilidades así que no terminó de oír.
Cambió de recorridos hasta que los paisajes aún con
personas le resultaron vacíos. Tanta belleza y nadie con quien compartirlo. Se
encerró más durante un tiempo. Buscó distracciones comunes pero el porno y el
alcohol le dejaban dolores y malestares que prefirió discontinuar.
Abelia llamó a su puerta y algo cambió. Era una beata
regia que predicaba la palabra de dios, con la misma pasión con que una gitana
lee las palmas de las manos.
Primero sintió vergüenza. Esa voz madura y dulce como
agua de melón requería al menos que se aseara.
—¡Vuelva mañana! —le gritó y ella prometió hacerlo.
Limpió la casa y el jardín. Se bañó se afeitó y esperó con té de rosas en la
tetera. Llegó puntual y hablo de Dios y las Santas Escrituras. A él no le
interesó ni le molestó. Cuando lo invito a la congregación él se negó. Ella se
invitó a visitarlo regularmente y cumplió. Todas las tardes bebían té. El viudo
escuchaba mansamente una voz que quería adoctrinarlo. Siempre se despedían
entre risas de alivio y condescendencia, hasta que Floreal advirtió que pasaba
de tonto; esa mujer seguro esperaba algo más de él
La esperó con masitas de la panadería. Cuando ella
estaba por soltar la lectura de algún párrafo de la Biblia, se acercó y la
besó. Ella se irguió como un resorte. Cuál hiedra venenosa comenzó a vociferar
cosas del infierno y que ella solo estaba casada con Dios. Se fue y no volvió.
Floreal decidió que no se involucraría más. Sus huesos
anunciaban el cambio de las estaciones. Los muros se fueron poblando de
enredaderas por fuera y de moho por dentro. Solo el jardín permanecía siempre
prolijo y saludable.
—No es bueno quedarse solo —le había dicho el
ferretero—, sin alguien que te ponga paños fríos cuando te afiebrss.
Y le dio fiebre. Maldito envidioso, pensó, él tenía
ibuprofeno. Esa noche soñó algo que tenía mucho de recuerdo. Era el cumpleaños
de Lila, su hermana. Estaba vestida con sus ropas modestas de fiesta. De
espaldas, con su diadema de flores, podía olerla, fragante. Pero al darse
vuelta no era Lila, era Alelí su primer amor. Con un bebe muerto en sus manos.
Se despertó con palpitaciones. Se preparó un té y volvió a dormir.
El invierno se adelantó ese año. Su prima Petunia lo
visitaba en cada evento familiar. El día de su cumpleaños llegó con una torta
de manzanas casera, y acompañada de Margarita, su mejor amiga. Más empalagosa
que la torta, no se fue hasta que Petunia la arrastró en estado de ebriedad.
A partir de entonces encontraba a Margarita hasta en
la sopa. En el Rapipago, en el súper, en el cajero, en la carnicería. Siempre
alegre y parlanchina. Vestida con más bijou que ropa. Con una capacidad de
razonamiento inversa al espesor de su maquillaje. Ruidosa y disonante hasta
para los ojos. ¡Y su risa! Un granizo sobre un techo de chapas era menos
inquietante. La eludía con palabras corteses y severas, con una agilidad de
paso propia de un bailarín. Tras varios meses de asedio se apareció en su
puerta un domingo. Lucía un enorme moño fucsia sobre la toca platinada. Traía
en un primoroso paquetito las más húmedas masas finas que había probado. Está
claro como el agua que un té no se le niega a nadie. Escupiendo torta en el
parloteo tragaba el té como quien hace un pastón de concreto. Floreal deseaba
que se fuera. Ella hablaba… hablaba… y de pronto, después de un sorpresivo
silencio, con un cambio novelero en la voz, confesó. Hacia años lo quería. Él
tenía que rehacer su vida y ella estaba allí para eso. No pudo contenerse y la
expulsó. Margarita se fue vociferando.
Fue un invierno silencioso. Se cobijó en el interior
ignorando el jardín. Ni se percató de los ciclámenes que se anticiparon a las
azaleas. En esos tiempos recordaba a Hortensia. ¡Hortensia! Tenía de todo,
incluso carnes blancas y generosas que le sacaban el frío. No lo había elegido,
quería a otro. Para cuando sus huesos dejaron de doler, el sol calentaba. Los
rosales brotaban y la maleza era dueña de todo. Volvió a ocuparse de las
plantas y a tomar paseos. Adelgazó y se compró zapatillas especiales. Comenzó
un taller de narrativa en la biblioteca del barrio. Era el único hombre de su
grupo y se horrorizada de la sangre y el horror de los textos de sus
compañeras. El no acababa ningún escrito. Quería contar sus recuerdos. Ponerles
finales felices a tantas historias tristes.
A fines de la primavera Azucena ingresó al taller. Rosada,
hasta sus canas eran de un gris rosado. Y gris. ¡Pero su risa tenía una
fragancia! Era muy alta y delgada y su voz clara y melodiosa tendía a la
picardía y el misterio. Pronto mostró unos cuentos cortos que mezclaban cierta veta
tragicómica con ínfulas filosóficas. Encantado, se esmeró en vano en hacer
algún relato con que impresionarla. A fin de año todos compartieron sus
escritos y sus inconclusos fueron ignorados. Pero todos recibieron de él una rosa.
Quería darle una rosa a Azucena antes de terminar el año pero lo avergonzaba y
darles a todos era más generoso. Fue la segunda vez que ella se fijó en el… La
primera vez fue cuando se presentó.
Ese hombre descuidado con mirada esquiva y piel sucia
la miraba con fijeza. Es viudo, le dijeron. Ella lo escucho balbucear varios
fragmentos de eventos triviales. El resto del tiempo lo ignoró. Pero finalmente
Floreal se atrevió a hablarle. Personalmente.
Estas rosas son de mis cultivos —le dijo—. Bueno. Eran
de mi esposa que murió. Elegí el pimpollo más grande para usted para que le
dure más. —Azucena no dijo ni una palabra. Tomó su pimpollo lo abrió quitando
el cáliz y se lo comió. Arrojo al suelo el resto y se retiró. En ese grupo
tampoco volvieron a verla. Los demás compañeros lo atiborraron de tortas, sándwiches
y golosinas. Si bien él, en general, estaba contento, le producía una fea
sensación recordar, sin quererlo, el gesto de Azucena.
No sé amilanó. Después de todo era verano y decidió ir
al balneario a ver cómo vive la gente. Y claro, ver a todas esas personas felices…
suspendiendo trabajos, enfermedades, trámites, para permanecer durante algunos
días en esa cápsula temporal… Para Floreal, ver converger esa manada humana en
los abrevaderos estivales, era como mínimo curioso y pintoresco, aunque en
definitiva era casi lo mismo que pasear por los pasillos de un shopping: mirar
lo que nunca se necesitó y que nunca se esforzará por tener.
Sentado bajo un árbol, con el mate y el termo, fijó la
vista en una joven pareja y recordó sus días con Flor. Ella era morena, rojo
pasión como esta chica. Sí… debía aceptar que una vez compró en el mercado de
la vida y le gustó. Estaba como estos dos seres, en su burbuja, sin saberlo. Y
el perfume del recuerdo lo conmovió.
Regresó a su casa. Quería un baño con pétalos y un té
de rosa mosqueta con caña y arrope de uva. Tal vez una sopa bien acuosa o tal
vez no.
Curiosamente era un verano frío, aunque la alerta de
la ola de calor mantenía a la gente en sus casas o en lugares sombreados.
Por eso, en las mañanas, muy temprano Floreal caminaba
por las calles del barrio. Sin gente, podía pensar mejor y disfrutar más de sus
fantasmas. Muchas veces hasta se animaba a imaginar que se mojaba los pies en
el mar...
Regresaba con las compras ya cansado y se acostaba. Al
caer la tarde se ponía a cocinar afuera bajo las glicinas y las parras.
Sin embargo, había dejado de podar y desmalezar. Las
plantas se chamuscaban con la radiación aunque las regaba. Taciturno y hosco
alejó a todos los que quisieron verlo… cenaba y miraba televisión hasta la
madrugada. Dormía un rato y se levantaba. Todos los días igual. Su jardín se
había llenado de yuyos y los rosales florecían incultos y enfermos. Fue
espaciando sus paseos y con el otoño abandonó el jardín. Adelgazó más y comenzó
a debilitarse. Pasaba más tiempo acostado que de pie. Una mañana se obligó a
levantarse. Tenía hambre. Maldita existencia. ¿Por qué no se moría de una buena
vez. Sentíase abandonado por la vida en una sala de espera… o abandonado por la
muerte… no lo sabía, no estaba nada claro.
Desayunó solo té y puso la radio mientras se bañaba.
Era ruido sin el menor significado, la nada misma, como si los locutores hablaran
en un lenguaje extraterrestre. Salió a buscar provisiones. Frente a su casa había
un camión de mudanza y una cuadrilla trabajando.
Solo deseó que los nuevos inquilinos fueran menos
ruidosos que los anteriores.
En el bar del barrio se sorprendieron al verlo. No era
el de siempre; estaba desaliñado y descolorido. Le obsequiaron un bocadillo. De
allí pasó por el mercado y regresó. En la casa vecina ya no había movimiento.
Se sintió un poco más animado, lo suficiente para cocinar y darse un baño… anochecía
cuando llamaron a la puerta. La nueva vecina venía a presentarse. Era una mujer
fea. Bastante rolliza. Baja, oscura, canosa. Pero cuando habló su voz
encantadora trinó esperanza y misericordia. Rosa, Rosita para los amigos. Venía
a ofrecerse para cuidar su jardín. Se especializaba en el cultivo de rosas, en
particular de la rosa té. Floreal, el viudo, lloró esa noche; fue la última vez
que lloró. Pudo vivir contento el resto de sus días y tuvo al fin por quién
hacer su testamento.
Suray Annys usa el apellido materno para escribir y publicar. Es profesora de artes, ecologista arboricultora y jardinera y paisajista autodidacta. Escribe, actúa, y dibuja desde los seis años. Es anarquista, no cree en el mercado, las religiones, la civilización iluminada por la ciencia... Por ende, regala y comparte su producción artística burlándose del valor monetario del arte, el lavado de dinero a través de este, los egos del derecho de autoría y la arrogancia consumista de hacer arte por el arte o pretender vivir de él. Vivir con arte y poner este al servicio de la comunicación y el conocimiento es su interés. Deja siempre inacabada su obra, transfiriendo al interlocutor/consumidor los interrogantes. Le gusta pasearse como en la vida misma por diversos géneros y materias. Aunque destaca que prefiere las ficciones filosóficas y la literatura fantástica porque la realidad es demasiado absurda y bizarra. No publicó nada en ningún lado, a excepción de revistas autogestivas y redes sociales. Utiliza seudónimos múltiples para diferentes producciones y rara vez colabora en creaciones colectivas. Para acceder a su trabajo el único modo es el azar o el contacto directo.



