Mostrando entradas con la etiqueta Erica Echilley. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Erica Echilley. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de agosto de 2026

PABLO

Erica Echilley

 

“Para Iuri Lotman, la memoria es un mecanismo activo. La memoria no solo es concebida como un almacenador de información, esta reestructura, traduce y logra producir nuevos significados y sentidos dentro de la semiosfera”. La voz del profesor de Semiótica se oía como un susurro lejano: “Es decir, en este caso, los textos o discursos del pasado se reactivan y transforman para dialogar con los debates del presente. En esta dinámica de recuerdo y olvido, todos aquellos elementos pertenecientes a la periferia pueden volver a instalarse en el centro”. Mis pupilas estaban absortas en la ventana que daba al río, mientras yo rogaba que la sinfónica de mis entrañas no se escuchara, las engañaba dándoles otro mate y me perdía una vez más de todos esos conceptos complejos que nunca lograba aprender a tiempo.

Cuando salí de la facultad, caminé por la costanera, pensando cómo iba a costear la carrera y cuánto me quedaba en el banco después de pagar los medicamentos de mi padre. La vida era eso: la matemática pura de la precariedad. Pero yo seguía estudiando. “Vos no vas a dejar de estudiar”, me repetía mi mamá antes de que una neumonía se la llevara para siempre. Qué loco, el plan del progreso: no tendríamos muchos lujos, pero teníamos libros. Hoy lo entiendo, ese era el lujo y lo demás vulgaridad. Contaba las chirolas que me quedaban en el bolsillo sabiendo que ese ansiado sándwich nunca iba a llegar a mis manos, porque o viajaba o comía. Cuando levanté la vista y me dejé atrapar por el vaivén del río, dejaron de existir Saussure, Pierce, Verón, la clínica, mi papá delgado en una cama maltrecha, mi impotencia, la desidia, su jubilación paupérrima y mi sueldo irrisorio. Sentí una calma profunda de esas que no sentimos los prisioneros de la caverna. Me quedé absorta y me pregunté si se sentiría lo mismo ver el mar, porque yo nunca había ido. Hice unos metros más y fui directo a un banco de cemento que me regalaba tranquilidad, lejos de las aulas atestadas de gente. Ahí me senté, sin ganas de escuchar ni una voz que me despertara de este trance. Ahí me quedé tranquila, sin el peso de no llegar a fin de mes. Esa sensación de calma se mudo a mi pecho, también a mi nariz y a mis piernas. Parecía felicidad. De pronto, mis ojos se detuvieron en el brillo de un objeto que no lograba distinguir. Me puse los lentes y vi algo que flotaba en el agua. Era alguien parado sobre el río y brillaba mientras las olas parecían acariciarle los pies. Estoy alucinando, pensé y miré de nuevo. Me froté los ojos como cliché de película y distinguí una figura: tenía los brazos cruzados en la espalda y los pantalones grandes. Estaba parado en medio del agua. Por momentos, el sol hacía que dejara de verlo y después volvía a aparecer. ¿Qué era? ¿Cómo llegó hasta ahí? ¿Quién era? ¿Qué misterio se escondía detrás?

Así estuve un rato, haciendo conjeturas desopilantes. Ya había abandonado la idea de la locura y ahora abrazaba la idea de la arquitectura.

De golpe, un ruido. Tac tac tac tac tac tac. Los pasos lejanos fueron adentrándose en mi rincón seguro a cielo abierto. Sus canas recorrían cada rincón de su cabeza. El suéter gris cubría su inmensidad. Con pasos plomizos, se acercó lentamente en silencio como quien entra a la sala de descanso eterno de algún difunto. Rompió mi idílico silencio con el ruido de un “Hola, buenas tardes”. Siguió de largo y se quedó inerte observando lo mismo. Yo estiraba el cuello en señal de que su presencia estaba interfiriendo mi contemplación. La mujer se dio cuenta y me pidió disculpas.

—¿Vos también estás mirándolo?, vení. —Tenía la apariencia de esas abuelas que te hablan en las paradas de colectivos, con la celeridad de aquellos que no tienen a nadie. Al principio la miré con el recelo que siente alguien que quiere cinco minutos a solas y se ve invadida. Pero mi poca capacidad de socializar se vio empañada por su tono cálido. Me acerqué desconfiada, apoyé mis manos en la baranda y juntas contemplamos ese cuerpo inerte que era arropado por Poseidón. Mi mamá decía que yo transmitía confianza, que por eso la gente se sentía cómoda hablando conmigo. Cuando crecí, me volví tan apática que el solo hecho de que alguien desconocido me hablara era señal de alerta. Pero no importaba cuán alta fuese la muralla que yo construía con mi apatía, la gente siempre me hablaba igual. Quizás mamá tenía razón: se puede ser refugio de otro, aun siendo nuestra propia jaula.

—Pablo tenía catorce años, ¿sabías? Siempre sonreía sin importar el horror que lo rodeara. La oscuridad se desintegraba con solo verlo, brillaba. Así como ahora. Tenía una luz, una sencillez, una valentía. Ojalá hubiera podido hacer algo más.

—¿Quién? —pregunté sospechando que era una de esas abuelas y que me estaba contando la historia de su nieto. Ya me veía escuchando hasta cuando perdió su primer diente.

—Pablo —dijo mirándome y señalando con el dedo hacia el infinito—. Nos contábamos historias, sabés. Tratábamos de escapar del Averno inventando cuentos, hablando sobre lo que más deseábamos. Él amaba mucho a su mamá y estaba ilusionado con volver a ver a su papá. Era demasiado amable, soportaba mucho para su corta edad. Creo que todos deseábamos nuestra propia libertad, pero también deseábamos la libertad de él. Creíamos que sería libre. Entre tanta podredumbre, aún creíamos en la esperanza. Qué ingenuos fuimos esperando piedad de los asesinos. Un día Pablo desapareció y nunca más lo vimos. Aún lo recuerdo con sus ropas enormes y su cuerpo flaquito.

Ahora entendía mucho menos, pero por ese afán de buena educación que me inculcaron mis padres, no podía interrumpir la catarata de palabras que salían de los labios de esa señora. No me dejaba margen para meter un bocado. Ahora había asesinos en su historia poética y filosófica. No sabía quién era ese Pablo, pero para mí ni siquiera existía. A decir verdad, deseaba que no existiese. La señora estaba senil, no había dudas.

—No puedo imaginármelo a la deriva. No puedo imaginarme la crueldad que hay que tener para matar la inocencia. Sabes, por las noches gritaba y pedía por su mamá, era un niño. Intenté protegerlo siempre, pero los mal nacidos se llevaron a la tumba todos los secretos.

Mi desconexión se esfumó y un escalofrío me recorrió cada parte de este saco de huesos. Yo también había pedido por mi mamá. Yo también había deseado volver a verla. Yo también, así como ella con Pablo, mantenía intacta en mi mente la imagen de mamá. Sus gritos se hicieron eco en mis oídos. Su rostro desencajado apareció ante mí como una epifanía. Su desesperación. Su delgadez. Su ropa grande. Quería saber más, pero no me animaba a preguntar, porque temía confirmar que ella estuviera fuera de sus cabales o estuviera viendo algo que no estaba ahí como hacía mi papá. O, peor aún, temía descubrir que la locura en realidad era virtud y que estaba diciendo una verdad intolerable. Pero la curiosidad se apoderó de mis cuerdas vocales y, con la arrogancia de la juventud y siguiéndole el juego, le pregunté:

—¿Y ese Pablo está acá con nosotros? —dije en un tono burlón que ella no entendió.

—Ese es Pablo. —Estiró su dedo y señaló la figura inerte que flotaba sobre el río.

De súbito, los estruendo de los aviones que salían de Aeroparque amenizaron el mediodía, sobrevolando nuestras cabezas mientras los ojos de la señora se cargaron de nubarrones a punto de estallar. 

Erica Echilley es una escritora oriunda de Ezeiza, profesora en Lengua y Literatura y diplomada en escritura creativa. En su trayectoria, ha obtenido varios galardones literarios nacionales e internacionales: 2do premio en el concurso Binacional Osvaldo Bayer, 2do premio en el Concurso Literario De la Universidad de Ezeiza, finalista en el concurso Internacional Don Benito Diverso en España, entre otros. En sus obras, desde un enfoque realista y alegórico asume la escritura como denuncia, crítica y expresión. Su narrativa, desde una perspectiva intimista, nostálgica y de ruptura, explora la pobreza, la diversidad, el amor, la desigualdad social, entre otros temas, concibiendo el texto literario como una representación situada de la realidad social. Por su parte, sus obras han sido publicadas en diversas antologías de cuento a nivel nacional e internacional. Actualmente se desempeña como docente en escuelas secundarias de la Prov. de Buenos Aires donde promueve la producción literaria en el aula, llevando a cabo hace cuatro años un proyecto literario que impulsa la participación de estudiantes en certámenes literarios como los Torneos Bonaerenses de Cultura del municipio de Ezeiza. 

 

 

PABLO