Erica Echilley
“Para
Iuri Lotman, la memoria es un mecanismo activo. La memoria no solo es concebida
como un almacenador de información, esta reestructura, traduce y logra producir
nuevos significados y sentidos dentro de la semiosfera”. La
voz del profesor de Semiótica se oía como un susurro lejano: “Es decir, en
este caso, los textos o discursos del pasado se reactivan y transforman para
dialogar con los debates del presente. En esta dinámica de recuerdo y olvido,
todos aquellos elementos pertenecientes a la periferia pueden volver a
instalarse en el centro”. Mis pupilas estaban absortas en la ventana que
daba al río, mientras yo rogaba que la sinfónica de mis entrañas no se
escuchara, las engañaba dándoles otro mate y me perdía una vez más de todos
esos conceptos complejos que nunca lograba aprender a tiempo.
Cuando salí de la facultad, caminé por la
costanera, pensando cómo iba a costear la carrera y cuánto me quedaba en el
banco después de pagar los medicamentos de mi padre. La vida era eso: la
matemática pura de la precariedad. Pero yo seguía estudiando. “Vos no vas a
dejar de estudiar”, me repetía mi mamá antes de que una neumonía se la llevara
para siempre. Qué loco, el plan del progreso: no tendríamos muchos lujos, pero
teníamos libros. Hoy lo entiendo, ese era el lujo y lo demás vulgaridad.
Contaba las chirolas que me quedaban en el bolsillo sabiendo que ese ansiado sándwich
nunca iba a llegar a mis manos, porque o viajaba o comía. Cuando levanté la
vista y me dejé atrapar por el vaivén del río, dejaron de existir Saussure,
Pierce, Verón, la clínica, mi papá delgado en una cama maltrecha, mi
impotencia, la desidia, su jubilación paupérrima y mi sueldo irrisorio. Sentí
una calma profunda de esas que no sentimos los prisioneros de la caverna. Me
quedé absorta y me pregunté si se sentiría lo mismo ver el mar, porque yo nunca
había ido. Hice unos metros más y fui directo a un banco de cemento que me
regalaba tranquilidad, lejos de las aulas atestadas de gente. Ahí me senté, sin
ganas de escuchar ni una voz que me despertara de este trance. Ahí me quedé
tranquila, sin el peso de no llegar a fin de mes. Esa sensación de calma se
mudo a mi pecho, también a mi nariz y a mis piernas. Parecía felicidad. De
pronto, mis ojos se detuvieron en el brillo de un objeto que no lograba
distinguir. Me puse los lentes y vi algo que flotaba en el agua. Era alguien
parado sobre el río y brillaba mientras las olas parecían acariciarle los pies.
Estoy alucinando, pensé y miré de nuevo. Me froté los ojos como cliché de
película y distinguí una figura: tenía los brazos cruzados en la espalda y los
pantalones grandes. Estaba parado en medio del agua. Por momentos, el sol hacía
que dejara de verlo y después volvía a aparecer. ¿Qué era? ¿Cómo llegó hasta ahí?
¿Quién era? ¿Qué misterio se escondía detrás?
Así estuve un rato, haciendo conjeturas
desopilantes. Ya había abandonado la idea de la locura y ahora abrazaba la idea
de la arquitectura.
De golpe, un ruido. Tac tac tac tac tac
tac. Los pasos lejanos fueron adentrándose en mi rincón seguro a cielo abierto.
Sus canas recorrían cada rincón de su cabeza. El suéter gris cubría su
inmensidad. Con pasos plomizos, se acercó lentamente en silencio como quien
entra a la sala de descanso eterno de algún difunto. Rompió mi idílico silencio
con el ruido de un “Hola, buenas tardes”. Siguió de largo y se quedó inerte
observando lo mismo. Yo estiraba el cuello en señal de que su presencia estaba
interfiriendo mi contemplación. La mujer se dio cuenta y me pidió disculpas.
—¿Vos también estás mirándolo?, vení. —Tenía
la apariencia de esas abuelas que te hablan en las paradas de colectivos, con
la celeridad de aquellos que no tienen a nadie. Al principio la miré con el
recelo que siente alguien que quiere cinco minutos a solas y se ve invadida.
Pero mi poca capacidad de socializar se vio empañada por su tono cálido. Me
acerqué desconfiada, apoyé mis manos en la baranda y juntas contemplamos ese
cuerpo inerte que era arropado por Poseidón. Mi mamá decía que yo transmitía
confianza, que por eso la gente se sentía cómoda hablando conmigo. Cuando
crecí, me volví tan apática que el solo hecho de que alguien desconocido me
hablara era señal de alerta. Pero no importaba cuán alta fuese la muralla que
yo construía con mi apatía, la gente siempre me hablaba igual. Quizás mamá
tenía razón: se puede ser refugio de otro, aun siendo nuestra propia jaula.
—Pablo tenía catorce años, ¿sabías?
Siempre sonreía sin importar el horror que lo rodeara. La oscuridad se
desintegraba con solo verlo, brillaba. Así como ahora. Tenía una luz, una
sencillez, una valentía. Ojalá hubiera podido hacer algo más.
—¿Quién? —pregunté sospechando que era una
de esas abuelas y que me estaba contando la historia de su nieto. Ya me veía
escuchando hasta cuando perdió su primer diente.
—Pablo —dijo mirándome y señalando con el
dedo hacia el infinito—. Nos contábamos historias, sabés. Tratábamos de escapar
del Averno inventando cuentos, hablando sobre lo que más deseábamos. Él amaba
mucho a su mamá y estaba ilusionado con volver a ver a su papá. Era demasiado
amable, soportaba mucho para su corta edad. Creo que todos deseábamos nuestra
propia libertad, pero también deseábamos la libertad de él. Creíamos que sería
libre. Entre tanta podredumbre, aún creíamos en la esperanza. Qué ingenuos
fuimos esperando piedad de los asesinos. Un día Pablo desapareció y nunca más
lo vimos. Aún lo recuerdo con sus ropas enormes y su cuerpo flaquito.
Ahora entendía mucho menos, pero por ese
afán de buena educación que me inculcaron mis padres, no podía interrumpir la
catarata de palabras que salían de los labios de esa señora. No me dejaba
margen para meter un bocado. Ahora había asesinos en su historia poética y
filosófica. No sabía quién era ese Pablo, pero para mí ni siquiera existía. A
decir verdad, deseaba que no existiese. La señora estaba senil, no había dudas.
—No puedo imaginármelo a la deriva. No
puedo imaginarme la crueldad que hay que tener para matar la inocencia. Sabes,
por las noches gritaba y pedía por su mamá, era un niño. Intenté protegerlo
siempre, pero los mal nacidos se llevaron a la tumba todos los secretos.
Mi desconexión se esfumó y un escalofrío
me recorrió cada parte de este saco de huesos. Yo también había pedido por mi
mamá. Yo también había deseado volver a verla. Yo también, así como ella con
Pablo, mantenía intacta en mi mente la imagen de mamá. Sus gritos se hicieron
eco en mis oídos. Su rostro desencajado apareció ante mí como una epifanía. Su
desesperación. Su delgadez. Su ropa grande. Quería saber más, pero no me
animaba a preguntar, porque temía confirmar que ella estuviera fuera de sus
cabales o estuviera viendo algo que no estaba ahí como hacía mi papá. O, peor
aún, temía descubrir que la locura en realidad era virtud y que estaba diciendo
una verdad intolerable. Pero la curiosidad se apoderó de mis cuerdas vocales y,
con la arrogancia de la juventud y siguiéndole el juego, le pregunté:
—¿Y ese Pablo está acá con nosotros? —dije
en un tono burlón que ella no entendió.
—Ese es Pablo. —Estiró su dedo y señaló la
figura inerte que flotaba sobre el río.
De súbito, los estruendo de los aviones que
salían de Aeroparque amenizaron el mediodía, sobrevolando nuestras cabezas mientras
los ojos de la señora se cargaron de nubarrones a punto de estallar.
Erica Echilley es una escritora
oriunda de Ezeiza, profesora en Lengua y Literatura y diplomada en
escritura creativa. En su trayectoria, ha obtenido varios galardones literarios
nacionales e internacionales: 2do premio en el concurso Binacional Osvaldo
Bayer, 2do premio en el Concurso Literario De la Universidad de Ezeiza,
finalista en el concurso Internacional Don Benito Diverso en España, entre
otros. En sus obras, desde un enfoque realista y alegórico asume la escritura
como denuncia, crítica y expresión. Su narrativa, desde una perspectiva
intimista, nostálgica y de ruptura, explora la pobreza, la diversidad, el
amor, la desigualdad social, entre otros temas, concibiendo el texto
literario como una representación situada de la realidad social. Por su parte,
sus obras han sido publicadas en diversas antologías de cuento a nivel nacional
e internacional. Actualmente se desempeña como docente en escuelas secundarias
de la Prov. de Buenos Aires donde promueve la producción literaria en el aula,
llevando a cabo hace cuatro años un proyecto literario que impulsa la
participación de estudiantes en certámenes literarios como los Torneos
Bonaerenses de Cultura del municipio de Ezeiza.
