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martes, 8 de septiembre de 2026

LA LÍNEA AMARILLA


Erica Echilley

“Ibas a encontrarte con él
[…]

Que partió a la sierra
Que nunca hizo daño
Que partió a la sierra
Y en cinco minutos quedó destrozado
Suena la sirena
De vuelta al trabajo
Muchos no volvieron
Tampoco Manuel”

Víctor Jara

 

Me bajé del taxi, caminé unos pasos, esquivé las bicicletas que se aproximaban con celeridad y subí las escaleras interminables del museo. No dije “buenos días”, porque desde hacía tiempo el mutismo se había apoderado de mis cuerdas vocales y la mala educación se instaló en mi esencia. Caminé lentamente como quien se dirige al entierro de alguien a quien ama. Los pasillos interminables me hacían reverencias a medida que pasaba. ¿Dónde estará Frida?, me pregunté para mis adentros. Ya no quería tapices colgantes de guerras que nunca me pertenecieron ni cabezas sangrantes de Juanes Bautistas que no me interpelaban, tampoco deseaba ver algo imposible de descifrar. Estaba ahí por tu culpa. Nunca me gustaron estos cementerios de ataúdes colgados de la pared, te decía cada vez que me invitabas. Si pensaba que las ruinas de San Ignacio eran un par de ladrillos tirados, ¿qué se suponía que iba a pensar de todas estas cosas? Estos lugares inertes, silentes y en paz jamás me gustaron. Pero vos no, claro. Vos habías heredado esa enfermedad que tenían nuestros viejos. Vos y tu manía casi compulsiva de ver esperanza donde solo existía tristeza. Vos, el único de los hijos que creía que en la lucha existía el sentido de la vida.

Cuando subí al último piso, pensé en llamarte por teléfono, por un segundo mi mente abandonó el presente, esta realidad. Odiaba tantas cosas de vos, pero lo que más odiaba era que fueras libre. No tuviste la responsabilidad de ver morir a nadie, porque ya no había nadie a quien ver morir. Nunca sentiste las manos frías de mamá, ni viste sus ojos opacos por última vez. Jamás tomaste la responsabilidad de sostener un cuerpo mientras lo pasaba a buscar la muerte. No te odiaba, pero te envidiaba.

Mientras trataba de no masticar rabia, recordé aquellos tiempos en los que eras como un padre para mí. Tuviste que crecer de golpe y ayudar en casa. Tuviste que dejar de lado tu adolescencia para tratar de llevar un plato de comida a la mesa. Trato de que esos recuerdos le ganen a la rabia. Y te veo, estás parado en el final del pasillo contemplando la pared. Vos, tu ropa grande y tus zapatillas de temporadas pasadas. Camino sin prisa y te observo a lo lejos: flaco, desgarbado y alto. ¿Qué podías ver en ese cuadro obsoleto que adornaba la pared de este cementerio?

Llegué a donde estabas y me quedé a tu lado observando tu mirada perdida. Contemplabas el lienzo como si quisieras analizar algo más de esa obra que tenía casi cien años. Mirabas inerte y absorto como si pudieras encontrar respuestas en esa pintura anticuada de folletín. Vos y tus idioteces de profesor socialista recién recibido. Vos y tus estupideces de militancia. Vos y esa obsesión compulsiva por seguir tus convicciones. ¿Por qué tuviste que irte?

—Esta obra me recuerda a papá —escuché tu voz lejana como una epifanía. Tu voz grave.

Sentí un frío atroz que me recorrió la espina dorsal y me acarició la nuca. De repente, escuché el ruido de la pava chillando arriba de la hornalla de la cocina de casa. De pronto, papá y mamá se sentaron a la mesa con la resignación escrita en las arrugas de la frente. Así con el ceño fruncido. Así con la mueca de desgano. El ventilador giraba con lentitud, casi famélico. Apenas se movía el cabello de mamá mientras papá chusmeaba por la ventana del comedor hacia la fábrica de Don Raucho. La vida moría en el hipnótico ruido de las manecillas del reloj viejo que colgaba de la pared derruida. Mamá se levantó para buscar la pava que gritaba arriba del fuego de aquella garrafa a la que le rezaban para que llegara a fin de mes. Abrió la alacena y hurgó entre sus recovecos plagados de vacío, el ruido de sus manos era el eco mortuorio que anunciaba que otra vez tendrían que tomarse unos mates con la yerba que habían secado en el techo de chapa. El fantasma del humo de la fábrica les recordaba que antes de eso hubo vida. Las manos de papá reventaron la mesa de madera, mientras madre lo callaba para que no nos despertara. No hagas ruido, los niños duermen, decía con los dientes flojos y las mejillas marchitas. Papá corrió la cortina y siguió mirando hacia la fábrica, quizás alguno de los patrones se dignaba a aparecer para darles la explicación que merecían. Pero él lo sabía: los ricos no piden permiso, no dan explicaciones. Sostuvo un rato más la mirada hasta que unos pasos presurosos rompieron en llanto detrás de la cortina que oficiaba de puerta de habitación. No llores, mi amor, ¿te asustaste?, me preguntó mamá, me tomó en sus brazos y me hizo un mate cocido. De súbito, se abrió la puerta y entraste impoluto, con una luz de esperanza. Abriste tu bolsito, sacaste una muñequita y me la regalaste. Luego papá se abalanzó sobre el pan que pusiste arriba de la mesa. Tenías los ojos cansados y la inocencia muerta. Y de golpe sentí el estruendo. Y de pronto, las botas. Y de repente, el silencio.

—Señorita, por favor, mueva el pie.

— ¿Qué? —pregunté confundida.

—Usted está pisando la línea amarilla. Está prohibido acercarse tanto, por favor, mantenga la distancia.

Miré de nuevo y ya no estabas, solo quedaba la empleada de seguridad que me miraba con cara de pocos amigos. Di un paso hacia atrás y me quedé contemplando la obra que tanto amabas. Yo que nunca pude entenderte, pero que jamás dejé de esperarte.

domingo, 9 de agosto de 2026

PABLO

Erica Echilley

 

“Para Iuri Lotman, la memoria es un mecanismo activo. La memoria no solo es concebida como un almacenador de información, esta reestructura, traduce y logra producir nuevos significados y sentidos dentro de la semiosfera”. La voz del profesor de Semiótica se oía como un susurro lejano: “Es decir, en este caso, los textos o discursos del pasado se reactivan y transforman para dialogar con los debates del presente. En esta dinámica de recuerdo y olvido, todos aquellos elementos pertenecientes a la periferia pueden volver a instalarse en el centro”. Mis pupilas estaban absortas en la ventana que daba al río, mientras yo rogaba que la sinfónica de mis entrañas no se escuchara, las engañaba dándoles otro mate y me perdía una vez más de todos esos conceptos complejos que nunca lograba aprender a tiempo.

Cuando salí de la facultad, caminé por la costanera, pensando cómo iba a costear la carrera y cuánto me quedaba en el banco después de pagar los medicamentos de mi padre. La vida era eso: la matemática pura de la precariedad. Pero yo seguía estudiando. “Vos no vas a dejar de estudiar”, me repetía mi mamá antes de que una neumonía se la llevara para siempre. Qué loco, el plan del progreso: no tendríamos muchos lujos, pero teníamos libros. Hoy lo entiendo, ese era el lujo y lo demás vulgaridad. Contaba las chirolas que me quedaban en el bolsillo sabiendo que ese ansiado sándwich nunca iba a llegar a mis manos, porque o viajaba o comía. Cuando levanté la vista y me dejé atrapar por el vaivén del río, dejaron de existir Saussure, Pierce, Verón, la clínica, mi papá delgado en una cama maltrecha, mi impotencia, la desidia, su jubilación paupérrima y mi sueldo irrisorio. Sentí una calma profunda de esas que no sentimos los prisioneros de la caverna. Me quedé absorta y me pregunté si se sentiría lo mismo ver el mar, porque yo nunca había ido. Hice unos metros más y fui directo a un banco de cemento que me regalaba tranquilidad, lejos de las aulas atestadas de gente. Ahí me senté, sin ganas de escuchar ni una voz que me despertara de este trance. Ahí me quedé tranquila, sin el peso de no llegar a fin de mes. Esa sensación de calma se mudo a mi pecho, también a mi nariz y a mis piernas. Parecía felicidad. De pronto, mis ojos se detuvieron en el brillo de un objeto que no lograba distinguir. Me puse los lentes y vi algo que flotaba en el agua. Era alguien parado sobre el río y brillaba mientras las olas parecían acariciarle los pies. Estoy alucinando, pensé y miré de nuevo. Me froté los ojos como cliché de película y distinguí una figura: tenía los brazos cruzados en la espalda y los pantalones grandes. Estaba parado en medio del agua. Por momentos, el sol hacía que dejara de verlo y después volvía a aparecer. ¿Qué era? ¿Cómo llegó hasta ahí? ¿Quién era? ¿Qué misterio se escondía detrás?

Así estuve un rato, haciendo conjeturas desopilantes. Ya había abandonado la idea de la locura y ahora abrazaba la idea de la arquitectura.

De golpe, un ruido. Tac tac tac tac tac tac. Los pasos lejanos fueron adentrándose en mi rincón seguro a cielo abierto. Sus canas recorrían cada rincón de su cabeza. El suéter gris cubría su inmensidad. Con pasos plomizos, se acercó lentamente en silencio como quien entra a la sala de descanso eterno de algún difunto. Rompió mi idílico silencio con el ruido de un “Hola, buenas tardes”. Siguió de largo y se quedó inerte observando lo mismo. Yo estiraba el cuello en señal de que su presencia estaba interfiriendo mi contemplación. La mujer se dio cuenta y me pidió disculpas.

—¿Vos también estás mirándolo?, vení. —Tenía la apariencia de esas abuelas que te hablan en las paradas de colectivos, con la celeridad de aquellos que no tienen a nadie. Al principio la miré con el recelo que siente alguien que quiere cinco minutos a solas y se ve invadida. Pero mi poca capacidad de socializar se vio empañada por su tono cálido. Me acerqué desconfiada, apoyé mis manos en la baranda y juntas contemplamos ese cuerpo inerte que era arropado por Poseidón. Mi mamá decía que yo transmitía confianza, que por eso la gente se sentía cómoda hablando conmigo. Cuando crecí, me volví tan apática que el solo hecho de que alguien desconocido me hablara era señal de alerta. Pero no importaba cuán alta fuese la muralla que yo construía con mi apatía, la gente siempre me hablaba igual. Quizás mamá tenía razón: se puede ser refugio de otro, aun siendo nuestra propia jaula.

—Pablo tenía catorce años, ¿sabías? Siempre sonreía sin importar el horror que lo rodeara. La oscuridad se desintegraba con solo verlo, brillaba. Así como ahora. Tenía una luz, una sencillez, una valentía. Ojalá hubiera podido hacer algo más.

—¿Quién? —pregunté sospechando que era una de esas abuelas y que me estaba contando la historia de su nieto. Ya me veía escuchando hasta cuando perdió su primer diente.

—Pablo —dijo mirándome y señalando con el dedo hacia el infinito—. Nos contábamos historias, sabés. Tratábamos de escapar del Averno inventando cuentos, hablando sobre lo que más deseábamos. Él amaba mucho a su mamá y estaba ilusionado con volver a ver a su papá. Era demasiado amable, soportaba mucho para su corta edad. Creo que todos deseábamos nuestra propia libertad, pero también deseábamos la libertad de él. Creíamos que sería libre. Entre tanta podredumbre, aún creíamos en la esperanza. Qué ingenuos fuimos esperando piedad de los asesinos. Un día Pablo desapareció y nunca más lo vimos. Aún lo recuerdo con sus ropas enormes y su cuerpo flaquito.

Ahora entendía mucho menos, pero por ese afán de buena educación que me inculcaron mis padres, no podía interrumpir la catarata de palabras que salían de los labios de esa señora. No me dejaba margen para meter un bocado. Ahora había asesinos en su historia poética y filosófica. No sabía quién era ese Pablo, pero para mí ni siquiera existía. A decir verdad, deseaba que no existiese. La señora estaba senil, no había dudas.

—No puedo imaginármelo a la deriva. No puedo imaginarme la crueldad que hay que tener para matar la inocencia. Sabes, por las noches gritaba y pedía por su mamá, era un niño. Intenté protegerlo siempre, pero los mal nacidos se llevaron a la tumba todos los secretos.

Mi desconexión se esfumó y un escalofrío me recorrió cada parte de este saco de huesos. Yo también había pedido por mi mamá. Yo también había deseado volver a verla. Yo también, así como ella con Pablo, mantenía intacta en mi mente la imagen de mamá. Sus gritos se hicieron eco en mis oídos. Su rostro desencajado apareció ante mí como una epifanía. Su desesperación. Su delgadez. Su ropa grande. Quería saber más, pero no me animaba a preguntar, porque temía confirmar que ella estuviera fuera de sus cabales o estuviera viendo algo que no estaba ahí como hacía mi papá. O, peor aún, temía descubrir que la locura en realidad era virtud y que estaba diciendo una verdad intolerable. Pero la curiosidad se apoderó de mis cuerdas vocales y, con la arrogancia de la juventud y siguiéndole el juego, le pregunté:

—¿Y ese Pablo está acá con nosotros? —dije en un tono burlón que ella no entendió.

—Ese es Pablo. —Estiró su dedo y señaló la figura inerte que flotaba sobre el río.

De súbito, los estruendo de los aviones que salían de Aeroparque amenizaron el mediodía, sobrevolando nuestras cabezas mientras los ojos de la señora se cargaron de nubarrones a punto de estallar. 

Erica Echilley es una escritora oriunda de Ezeiza, profesora en Lengua y Literatura y diplomada en escritura creativa. En su trayectoria, ha obtenido varios galardones literarios nacionales e internacionales: 2do premio en el concurso Binacional Osvaldo Bayer, 2do premio en el Concurso Literario De la Universidad de Ezeiza, finalista en el concurso Internacional Don Benito Diverso en España, entre otros. En sus obras, desde un enfoque realista y alegórico asume la escritura como denuncia, crítica y expresión. Su narrativa, desde una perspectiva intimista, nostálgica y de ruptura, explora la pobreza, la diversidad, el amor, la desigualdad social, entre otros temas, concibiendo el texto literario como una representación situada de la realidad social. Por su parte, sus obras han sido publicadas en diversas antologías de cuento a nivel nacional e internacional. Actualmente se desempeña como docente en escuelas secundarias de la Prov. de Buenos Aires donde promueve la producción literaria en el aula, llevando a cabo hace cuatro años un proyecto literario que impulsa la participación de estudiantes en certámenes literarios como los Torneos Bonaerenses de Cultura del municipio de Ezeiza. 

 

 

martes, 28 de julio de 2026

EN SILENCIO

Erica Echilley

 

Llueve. Las gotas se abarrotan en la ventana como quién mira con la ñata en el vidrio todo aquello que no podrá tener. Llueve y la solemnidad de la casa es un arrullo de cuna que adormece mis ganas de querer poner un pie en la cocina. Tengo una tristeza sideral, porque la escala de grises se apoderó de mi manera de ver el mundo desde aquel incidente.

Me voy a levantar, te digo, mientras vos seguís observando el infinito adormecida en tus disociaciones recurrentes. Con pasos silentes, me dirijo hasta la cocina, prendo las luces y pongo un jarrito con agua en el fuego de la hornalla. Saco el frasco de café, agarro una cucharita y coloco los granos necesarios en un filtro que nadie usa. Las cerámicas sostienen los pies descalzos de mi peso muerto.

De pronto, un ruido. De repente, un estrépito. Un grito. Seguramente dejé la televisión prendida de nuevo y eso te aterra. Perdón, suelo olvidarme de que mi cotidianidad no es la tuya. Camino lentamente hasta la habitación y vos hablás por teléfono, otra vez volvió a pasar. Te asusta lo cotidiano.

—Me estoy volviendo loca, Juan. Me estoy volviendo cada día más loca.

No, amor. No es locura, te digo mientras seguís hablando a los gritos sin importar lo que yo te pueda decir.

—No soporto más todo esto, recétame más pastillas. Algo que no me haga sentir que estoy perdiendo la cabeza.

Pero, amor, vos no necesitás nada de eso. Amor, vos no estás loca. Yo estoy loco, yo soy el problema. Yo y mis descuidos.

Con celeridad, corrés a la cocina por un vaso de agua. Tus pasos se apuran con el nerviosismo de alguien que huye. El pitido insolente de tu voz aguda me destruye los tímpanos. Mi amor, no lo vuelvo a hacer, te lo juro, te suplico, mientras vos ordenás todo, apagás la hornalla y sacás el jarrito del fuego.

—No puedo con todo esto. No es real. Nada es real.

¿Qué es real?

Amor, no te alteres, no va a pasar nada. Solo quería sorprenderte. Solo quería…

Tus manos apuradas intentan guardar las cosas en los cajones de la mesada. Luego la rabia hace que abras el blíster con una energía irreverente. Cuando lo lográs, se te caen las pastillas e intentás levantarlas del suelo. Tus manos tiemblan, tu garganta se cierra y tus pupilas se dilatan. Intento abrazarte, pero es como si no lo notaras. Hace tiempo que no notás nada, pienso.

—No lo soporto más. Por favor, vení a buscarme. Necesito que vengas a buscarme ya, quiero ir a dormir con vos. Necesito que vengas a buscarme. Tengo miedo.

¿No soy lo suficiente para vos? No te vayas, prometo no volver a prender la tele ni a despertarte de esa manera. Pero no hice nada malo.

El reloj del salón marca las nueve y media. Suena el timbre de forma incesante. Vos abrís rápido, Juan entra y lo abrazás. Me voy a la habitación y te espero. Amor, no me dejes, te digo, mientras vuelvo a prender la televisión y los ojos de Juan se abren de par en par. No me ignoren.

Te enojás y le gritás como si él solo tuviera la culpa de todo esto. Amor, vos estuviste ahí. Tus manos labraron el acta, mi propia sentencia, coartaron mis ganas, urdieron el plan y ahogaron el último suspiro de mis pulmones agitados mientras mi espalda descansaba sobre aquel respaldo de terciopelo.

El viento agita las cortinas. Me levanto y apago la luz. Voy a la cocina y giro las perillas. Quiero que descanses de esta locura, mi amor. Las ventanas abrazan el viento y se abren como nunca. La humedad de las paredes chorrea en forma de lágrimas negras. Juan intenta abrir la puerta, pero yo sostengo el picaporte. No puedo dejarte ir así. No puedo sentir que todo esto fue en vano. Tus golpes desenfrenados se diluyen en el silencio sepulcral del bosque lejano que alberga nuestra casa. Tu corazón se acelera demasiado. Juan intenta romper el vidrio, intenta con todas sus fuerzas golpear la puerta, pero la luz mortuoria del cuarto se deglute los intentos. Vos repetís que tenías razón y que no estabas loca. No, amor. No estás loca, te digo y me escuchás. La palidez se apodera de tu piel y la desesperación se hace uno con tu carne. Abrazas a Juan y las gotas frías de transpiración le recorren la espalda. Nunca estuviste sola, agrego y me escuchás de nuevo. Dejás de ignorarme por fin. Intenté decírtelo muchas veces, amor. Nunca crucé la luz, porque no puedo alcanzar la gloria sin sentir que existe la justicia.

Los gritos mudos y ahogados se acumulan en tus cuerdas vocales. Los alerces se arrellanan al paso del viento. El silencio se muda a tu boca y nadie oye, nadie espera, nadie busca, nadie escapa. Las gotas se amontonan en la ventana para ver la escena final. Las cortinas terracota observan con morbo a los dos amantes dormidos en silencio.


Érica Echilley (1986): argentina, oriunda de la localidad de Ezeiza. Estudiante avanzada de Lengua y Literatura y ayudante de cátedra de Semiótica en el ISFD y T Nº 35 de Monte Grande. Autora de Cartas en cuarentena, El chat que nunca borro, Líneas de fuga y Conversaciones. Ganadora del concurso internacional de microrrelato “Desafío Literario Nº 12” en 2020.

viernes, 31 de enero de 2025

1957

 

Erica Echilley

 

La colisión se hacía inminente. Intenté aferrarme al asiento, pero las llamas no dejaban nada a su paso. Mi cara solo devolvía la expresión del horror. No iba a salir con vida del fuego que se acercaba y devoraba todo a su andar. Voy a morir pensé, mientras mi pecho bombeaba tan rápido que parecía abandonar mi tórax. Y de pronto una explosión, las partículas de escombros se aproximaban hacia mi retina. Grité y me cubrí el rostro. La brusquedad del movimiento me despertó de mi trance. Mi cuerpo se mecía por el breve oleaje del mar en el que estaba nadando. De cara al cielo, observé la quietud abúlica del día despejado y suspiré. Era otra de esas pesadillas. “Hay que dar gracias por lo que tenemos”, me decía mi madre cuando era pequeña. Por eso, siempre agradecía poder escapar de la hiperproductividad de la oficina y entregarme al placer inigualable de nadar en el Caribe.

Las playas paradisíacas de Punta Cana se reflejaban en mis pupilas azules que se confundían con la tonalidad del agua. Me mecía con los brazos extendidos apuntando mi rostro hacia el camino de las aves. La preocupación solo se hacía carne en mí cuando volvía a volar. Odiaba volar. Odiaba las turbulencias sorpresivas de esos baches en el aire, hasta que aterrizaba en el aeropuerto y me olvidaba de mis pensamientos derrotistas. Tenía vértigo de morir. Así se lo definía a mi psicóloga cada vez que nos veíamos y le contaba sobre mis ataques de pánico cuando volaba. Tenés que vencer tus miedos, me decía con obviedad como un podcast de cualquier psicólogo famoso de turno. Por eso, cuando mis pies tocaban las manos de la madre tierra, daba gracias por un día más de vida, o uno menos. Daba gracias, a veces, a Dios. A veces solo agradecía mirando al celeste ficticio de los cielos.

Mi saco de huesos estaba bronceado. Mi abdomen era un himno a lo bello, pero también al deseo de todas aquellas mujeres a las que les había dicho que no. Las miradas no se dirigían a otro lugar que no fuera a mi inmensidad. Solía caminar con la arena entre mis dedos y sonreír como una rockstar, como si hubiera una cámara mirándome todo el tiempo. Mi postureo exagerado me situaba en la categoría de ególatra, de soberbia, nada más alejado de ser una agradecida. Nunca hay mejor defensa que un buen ataque, pensaba mientras caminaba como si estuviera en una pasarela. Tenía que sobrevivir al mundo, a mis complejos más marcados, tenía que sobrevivir a mis inseguridades y, en definitiva, a todos los fantasmas que yo misma alimentaba. Pero no quería que nadie lo supiera. A eso se debía el postureo, por eso la soberbia.

Ese jueves llovía. El camino de las ballenas estaba más agitado que nunca, pero a mí no me importó. Nadé hasta una cueva llena de corales y me quedé contemplando un punto de fuga en la perspectiva oscura e inhóspita que refractaba la profundidad del lugar. No me percaté de que llovía más fuerte. La cueva se iba llenando cada vez más de agua ante mis ojos curiosos y ambiciosos que querían seguir nadando para ver qué había en el fondo. Parecía el final del túnel. Nunca había pensado en la muerte tanto como en este viaje. ¿Qué habrá más allá del túnel? ¿Qué habrá más allá del sueño eterno? Sorpresivamente, un estruendo ensordecedor me despertó de mis cavilaciones. Cuando quise darme cuenta, el agua de la cueva había subido en segundos. La corriente me llevó hacia adentro. A esa profundidad. Intentaba nadar, pero la inercia del oleaje me succionaba hacia ese punto negro donde la cueva empequeñecía. El terror de mis ojos se transfiguraba en mis piernas que intentaban patear sin éxito y en mis brazos que lanzaban manotazos sin sentido. De pronto, vi a mi madre, a mi padre, al perro que se había perdido y nunca más volvió. Y vi a mi abuela, y a mi abuelo y a los limoneros en los que solía colgarme en el patio de la casa de mi infancia. Tuve miedo, pero seguramente era otro sueño. Me iba a despertar, pero solo sentía paz. Una paz profunda. Una levedad en el cuerpo. Un silencio sepulcral.

Dicen que el ave de hierro cayó a la deriva con sus hélices consumidas por el fuego. Con su pico besó el mar transparente de las playas del Atlántico. Fue una cuestión de segundos. Su cuerpo metálico e impávido se volvió partículas luego de chocar abruptamente contra los dominios de Poseidón. Los restos del naufragio se mecían entre las olas del mar inexplorado. No hubo sobrevivientes. Nadie del vuelo 1957 llegó a las costas de Punta Cana aquel jueves. Nadie pudo. Yo tampoco.


Érica Echilley (1986): argentina, oriunda de la localidad de Ezeiza. Estudiante avanzada de Lengua y Literatura y ayudante de cátedra de Semiótica en el ISFD y T Nº 35 de Monte Grande. Autora de Cartas en cuarentena, El chat que nunca borro, Líneas de fuga y Conversaciones. Ganadora del concurso internacional de microrrelato “Desafío Literario Nº 12” en 2020.

domingo, 26 de enero de 2025

Y VUELVO

 

Erica Echilley

 


Los pasillos mudos albergan mi esnobismo. Me quedo inerte observando las miradas curiosas de todos aquellos que intentan descifrar los mensajes ocultos dentro de cada pintura. Esas ventanas hacia otras vidas y otras muertes. La cabeza de San Juan Bautista descansa ante la contemplación de aquel querubín resignado o asesino. El tapiz cuelga sublime de la pared y refracta el banquete multitudinario de los vencedores, mientras Escipión sonríe, el cartaginés se desangra en otro plano de otra derrota. El monje me ignora con sus ojos oscuros, al mismo tiempo que intento diferenciar el Barroco del manierismo. Y vuelve a ser agosto, y vuelvo a estar sentada en ese pupitre del instituto mirando las mismas diapositivas. Y tus dedos se enredan con los míos. Tus lentes me devuelven el reflejo de la piba que ya no soy y las librerías ya no nos esperan para que sumerjamos nuestras manos en aquellos canastos llenos de libros de la CEAL. La voz hipnótica de la profesora se cuela por los óleos sobre lienzos en los que he reflejado mi vida. Nuestra vida: la historia inconclusa de dos que nunca se amaron demasiado. Por un momento, olvido que no somos artífices de nuestro propio presente y miro a mi lado, pero ya no existen ni tus análisis profundos ni esos chistes que solo vos y yo entendíamos.  Las olas inefables corrompen mis retinas, estoy en el Canal de la Mancha observando el infinito, mientras alguien me pide que haga silencio, porque las olas rompen y grito fuerte como si pudieras escucharme. ¿Dónde estás que no estás oyendo el asfixiante pedido de auxilio de mi sien? ¿Dónde estás que no estás habitando las escuelas y no estás recitando textos de Galeano en el aula? Claro. La muerte. Claro. La misma que debe andar buscando mis restos de vida para besarme con el filo de su finitud.

Los pasos se escuchan más cercanos. Mi rostro no expresa los estruendos funestos que habitan mi mente cuando me acuerdo del estrépito insolente de tu cuerpo contra la vereda. Soy quien contempla El triunfo de la muerte y no tiene a quien comentarle todo lo que conoce de cuerpos caídos, de entrañas desgarradas y de parcas. El encierro voluntario es este mutismo. Suelo parecer tranquila, pero solo quien habita lo inhóspito conoce su propia quietud y su propia furia. Solo yo sé distinguir lo bello del desastre.

Sigo caminando, las cerámicas pulcras sostienen las suelas de mis zapatos. De golpe, me enfrento a la Manifestación de Berni y me recuerda que ya no chancleteo en el pavimento ardiente como en aquel 2001. Tampoco le escapo a los perdigones hambrientos de la boca del Leviatán. Cambié las chalinas por los suéteres y la molotov por la lapicera. Arrastro levemente mi pie izquierdo sin que nadie lo note. La realidad mutila mi esnobismo y mi superficialidad queda maltrecha cuando sobresale de mi tobillo aquella hilera de puntos que surcan mi fémur y mi tibia. El tatuaje de aquellos días en los que le ponía este saco de huesos a las causas justas y mi pecho era nuestro chaleco antibalas parece ser lo único que queda de mi alma joven.

Me dirijo hacia la puerta. Mis pasos plomizos manifiestan el cansancio de los años. Salgo a la vereda de otra ciudad, de otro verano, de otra guerra, de otro siglo. Cronos vomita la relatividad, con la que se maneja, en mi inmensidad traidora y creo oír tu voz. Súbitamente, giro y tu imagen impoluta me asalta la mirada. “Mamá, nos tenemos que ir. El vuelo a Madrid sale en dos horas”, me dice mi hija y vuelvo a tener setenta años. Me extiende la mano, la sujeto y me subo al taxi. Mientras los árboles pasan veloces, pienso que, para sobrevivir(te), tuve que escapar a otros lugares. Pero, para recordarte, siempre vuelvo a mis adentros. Ahí donde el plomo nunca le gana al amor.


Érica Echilley (1986): argentina, oriunda de la localidad de Ezeiza. Estudiante avanzada de Lengua y Literatura y ayudante de cátedra de Semiótica en el ISFD y T Nº 35 de Monte Grande. Autora de Cartas en cuarentena, El chat que nunca borro, Líneas de fuga y Conversaciones. Ganadora del concurso internacional de microrrelato “Desafío Literario Nº 12” en 2020.

LOS GUARDIANES DEL LIBRO