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domingo, 25 de enero de 2026

EL MEJOR DE LOS NOMBRES

 Néstor Darío Figueiras

El viejo Raspapiel gesticuló con ambas manos como para dar un aire aún más grave a la exhortación:

—No se trata de elegir un nombre así nomás. Hay que llevar al niño a la Cúpula, para que los Ancianos remonten la corriente de la Previsión, y entonces den a la criatura el mejor de los nombres, aquél que marque su kishaf.

—Pero es que nosotros queremos llamarlo Cazador del Alba —La pareja sostenía en alto al bebé rollizo de ojos verdes que miraba con curiosidad a sus abuelos. Rocío de Ámbar, nuera de Raspapiel, había hablado con temor, pues sabía que la sugerencia que traían ella y su esposo Tambor Hondo podía ser considerada como una temeridad intolerable.

El viejo seguía inspeccionando al pequeño, que a su vez le clavaba esos curiosos ojazos de jade, idénticos a los de su madre. Miró a su hijo con severidad.

—Tambor Hondo, sabes muy bien que el kishaf de un hombre lo es todo. Ningún hombre más angustiado que aquel que carga con un nombre que lo ha desviado de su sendero.

—Padre, sabes que no lo ignoro. Y te agradezco por haberlo tenido en cuenta al presentarme a los Ancianos, hace veinte años. De otra manera mi alma nunca se habría disuelto en el frenesí de la música. Pero Rocío y yo sabemos que Cazador… Perdón. Sabemos que nuestro hijo encontrará por sí solo su kishaf —Rocío de Ámbar asintió enérgicamente, enfatizando las palabras de su esposo.

—¡Idioteces! —gritó Protector de Aves, el padre de la joven—. ¡Sólo los Ancianos pueden navegar por el torrente de la Previsión para configurar el kishaf de un hombre! ¿Qué ideas extrañas se están metiendo en las cabezas de los jóvenes de Lotrán? ¡Raspapiel, consuegro, espero tu apoyo completo en esta cuestión! Debemos llevar al crío delante de los Ancianos hoy mismo… —El viejo exasperado revoleó sus grandes brazos con un gesto de impaciencia, y las aves (las de hojalata, las de porcelana y las de hueso y plumas) agitaron las alas nerviosamente y chillaron en sus jaulas de humo, aunque estaban acostumbradas a los exabruptos de Protector de Aves.

Raspapiel respondió con un prudente “claro, por supuesto, consuegro”, pero en su interior sabía que su hijo Tambor Hondo no había hablado en vano. Él y Rocío de Ámbar eran jóvenes inteligentes, y sus palabras eran siempre palabras con sustancia.

¿Sería posible que los jóvenes hubieran entrevisto un destello de la Previsión? Meditaba en esta cuestión mientras mesaba su barba cenicienta.

Las abuelas, que según la tradición no podían opinar sobre el nombre del niño, inmediatamente empezaron a preparar las viandas para el viaje que el cortejo haría hasta la Cúpula.

Una vez que las ofrendas estuvieron listas, empezaron a marchar sobre las calles de piedra siguiendo el orden que prescribía la tradición: los dos abuelos adelante, orgullosos y con donaire, en medio los padres con la criatura, sonrientes, y por último las abuelas, cargando las viandas de ofrenda para los Ancianos, quienes habrían de configurar el kishaf del pequeño (su camino y destino), por medio de un nombre revelado. El mejor de los nombres.

A su paso hombres y mujeres aplaudían y los rociaban con sangre de venado tripa como augurio de larga vida al crío. La procesión avanzaba entre la algarabía de la multitud que gritaba a una voz “¡La sangre nueva los rodea, la sangre nueva los rodea!”. Los abuelos recibían de muy buen grado los goterones espesos y calientes que salpicaban sus melenas y sus ropas, mostrando así la inmensa alegría de saber extendida su estirpe. Protector de Aves ya imaginaba a su nieto domesticando a las más ariscas harpías de Livaria, embotando a los huidizos halcones de latón con maestría y oficio. Raspapiel se decía que su nieto sería un curtidor muy talentoso, cuyo arte para trabajar la piel correosa del águila camaleón sería elogiado en todas las ciudades de la costa. Las sonrisas se les dibujaban en los rostros empapados mientras se perdían en sus ensoñaciones.

Detrás de ellos, Rocío de Ámbar y Tambor Hondo arropaban al bebé con esmero. Se obligaban a ocultar tras las risitas forzadas una pesada inquietud. De algún modo ellos sabían que su hijo estaba signado para un propósito grande y único; que Cazador del Alba —porque en sus corazones él ya tenía nombre— sería el eje de los cambios próximos, sería la intersección de los odios y amores de miles de hombres y mujeres, sería la visión encarnada del mundo nuevo a la que muchos que estaban por venir ansiarían consagrarse. Cazador del Alba sería un líder, un conductor de hombres, un soñador capaz de contagiar los corazones con un reguero de bravura y esfuerzo. Sería todo aquello que quizás hubiera tocado ser a cualquier niño nacido en Lotrán. Un destino glorioso es algo que cualquier hombre y mujer merecen por el solo hecho de atreverse a salir de su diminuto cosmos materno y ver por primera vez el ancho y prodigioso mundo.

Ajenas a las cavilaciones de los padres, las abuelas se ajetreaban cuidando que el contenido de las canastas de mimbre se mantuviera a resguardo de la lluvia de sangre. Ambas serían avergonzadas si la ofrenda preparada para los Ancianos (una torta de bijurrias, diez piezas de pan de sorizal y carne asada de shylanuga) se echaba a perder bajo el rojo ungimiento que les arrojaban sus vecinos.

El domo de mármol negro fue ascendiendo delante de un cielo rosado y ocre, rasgado por vetas de un azul nocturno. El anochecer veraniego de Lotrán se abatía sobre la ciudad vasta como los velos de una doncella que se escurren caprichosamente hacia el suelo durante el juego de seducción.

Al fin la Cúpula se alzó imponente delante del cortejo fatigado y expectante. Los guardias abrieron las rechinantes puertas de madera y condujeron a la familia hacia la estancia principal. Los siete Ancianos estaban sentados sobre sus sitiales de hueso, lujosos tronos con incrustaciones de pedrería hechos de una pieza, labrados en las muelas de enormes gnadoris. Muchos Cazadores habían perdido la vida al atrapar a esos monstruos temibles para que los primeros artesanos de Lotrán construyeran los relucientes tronos ancestrales.

Raspapiel y Protector de Aves, cubiertos de sangre reseca, hicieron la reverencia con profunda emoción. Estaban en el recinto sagrado una vez más. Sus padres los habían traído al nacer, y los nombres revelados al Previsor Myrrien en la ceremonia habían delineado sus vidas, decretando las pasiones y los placeres, dictando los desamores y las penurias. También habían venido acompañados de sus progenitores, cada vez que sus esposas habían parido, para presentar a sus hijos. Y ahora venían para invocar el kishaf de su primer nieto. Y seguramente Myrrien también configuraría el kishaf de los nietos de sus hijos. Los Ancianos sometían sus cuerpos a los tratamientos y conjuros de los dioses a fin de hacer observar durante varias centurias las tradiciones en Lotrán.

Los dos abuelos inspiraron profundamente el aire cargado de aromas evocadores y se emocionaron profundamente, cada uno a su modo, pero ambos lucharon por contener las lágrimas. Estaban en el lugar donde se escribían las historias de todos los hombres. Por medio de la ceremonia del kishaf, se aseguraba la felicidad de todos los habitantes de Lotrán. No había frustraciones para aquel que tuviera el nombre que le marcara el sendero y destino, para aquel que tuviera el mejor de los nombres.

Rocío de Ámbar y Tambor Hondo miraron en dirección a los tronos marfileños y ambos pensaron que tal vez la Previsión les diera la razón, y que su hijo finalmente sería llamado Cazador del Alba. Si sus vislumbres proféticas habían sido veraces… Repentinamente el corazón de ambos se vio henchido de esperanzas, a pesar del aspecto terrorífico de los siete Ancianos. Mientras tanto, el niño dormía plácidamente en brazos de su madre, y su leve respiración parecía acompasarse al ritmo febril de los futuros que lo acechaban.

En ese momento Myrrien, quien estaba sentado justo en medio de los siete tronos, habló con una voz que estremeció los quiciales.

—Raspapiel, Protector de Aves. Vienen por un nombre para su nieto. Congratulaciones. Que los padres traigan a la criatura —Sus ojos refulgían en la penumbra de la sala.

Rocío de Ámbar y Tambor Hondo depositaron al pequeño durmiente sobre los brazos esqueléticos. Los seis Ancianos restantes empezaron a recitar una letanía espectral, tan vieja como el mundo mismo, y el lugar se colmó de fuerzas terribles. Entonces el bebé abrió los ojos verdes, y miró fijamente al Previsor. La tensión creciente que brotaba de la comunión profunda de los Ancianos llegó a un punto culminante, y entonces se produjo la ruptura de la visión terrenal. Myrrien llevó la cabeza hacia atrás con violencia y abrió desmesuradamente esos fulgurantes ojos sin iris y sin pupilas. Sólo cuando volvió a inclinar el rostro sobre el niño, Tambor Hondo y Rocío de Ámbar se percataron de la ceguera del Previsor.

Un ciego cadavérico. Nadie más podía navegar con facilidad en los torrentes violentos de la Previsión y salir cuerdo de tal trance.

—¡Te llamarás…! –Pero la voz se le quebró y su rostro se demudó. La letanía se disgregó en desatinos inarmónicos y la comunión se disolvió. Angustiosamente los Ancianos miraron a Myrrien con ojos inquisitivos. Algo imprevisto y terrible había conmovido al Previsor. Él podía sentir la expectación perturbadora que se proyectaba sobre el niño: los deseos egoístas de los abuelos, los sueños peligrosos de los padres… ¡Los padres! Ahí residía el riesgo más grande.

¡Esos dos tenían centelleos de la Previsión!

¡Y ese bebé ya tenía un nombre! Ya habían invocado un kishaf para él. Su destino era terrible, un futuro que Lotrán no resistiría. Volvió a sumergirse en la corriente feroz de la Previsión:

 

…las llamas que bailoteaban en medio de la ciudad.

…un guerrero bravo y feroz, con ojos como esmeraldas, que golpeaba una y otra vez con su espada, seguido por multitudes.

…el lamento y el lloro de miles que subían hacia la cima del Pico Mayor.

…las ruinas de piedra que eran carcomidas por el viento y la arena.

…un enorme y plateado osario que deslumbraba a los viajeros a decenas de kilómetros.

¡Los perros relamiéndose la sangre que manchaba sus hocicos…!

 

Myrrien se estremeció ante las imágenes. Supo que si pronunciaba el nombre que el niño había recibido de sus padres, el kishaf que habían invocado imprudentemente sobre él sería configurado definitivamente, y Lotrán sería condenada. Las corrientes turbulentas de la Previsión le habían mostrado la destrucción de la ciudad pétrea a manos de ese niño.

Intentó evitar ese horror futuro deshonrándose.

—Te llamarás… Abridor de Surcos, y serás un labrador incansable que segará con creces una y otra vez… Conocerás los secretos de la tierra y la semilla, y enriquecerás a causa de los frutos inigualables que cosecharás… He ahí tu kishaf… —mintió Myrrien. Trabajo duro para consumir el cuerpo y riqueza para ablandar y envilecer el alma. El Previsor pensó que eso tenía que bastar para abortar el porvenir caótico que bullía detrás de esos ojos verdes. Tendió el bebé a su madre.

Los abuelos se ahogaron en su desilusión. Tambor Hondo y Rocío de Ámbar retuvieron las lágrimas que se agolpaban en el abismo de los párpados al ver cómo el futuro de su hijo era cercenado. Las abuelas nada dijeron, y con una sonrisa aprendida a fuerza de sumisión, presentaron las viandas a los Ancianos.

—No es necesaria vuestra ofrenda… —El tono esquivo de la vergüenza de Myrrien no pasó desapercibido a los oídos de los seis Ancianos, que se asombraban en silencio.

El cortejo, entre confundido y angustiado, regresó en plena noche. Los reflejos anaranjados de las antorchas hacían sonrojar al pulido empedrado de las calles de Lotrán, ahora vacías. Raspapiel y Protector de Aves callaron durante todo el trayecto, imponiendo el silencio a los demás. Decepcionados, empezaron a aceptar con amargura que su primer nieto no prolongaría sus quehaceres, como tampoco lo habían hecho sus hijos. Una vez más la sangre reseca había sido una molestia inútil.

Rocío de Ámbar abrazaba con fuerza a su hijo. Tambor Hondo secaba las lágrimas de ella, y los abrazaba a ambos.

Las abuelas se preguntaban qué harían con tanta comida. ¿Por qué Myrrien no había aceptado la ofrenda…?

 

Abridor de Surcos creció equívocamente, esforzándose cada día desde antes del alba hasta después de la puesta del sol. Con el tiempo, aprendió a juguetear con las semillas, y se congració con el arado. Cuando se hizo adulto, atesoró los callos de sus palmas, que lo habían enriquecido. Conocía como nadie la vida secreta de la semilla que se desnudaba bajo los terrones húmedos y el pulso casi cardíaco de los frutos carnosos. Pero, como bien había dicho su abuelo Raspapiel, no hay hombre más angustiado que aquel que carga con un nombre que lo ha desviado de su sendero. Su felicidad engañosa sólo fue una domesticación de impulsos misteriosos que él nunca llegó a precisar. Era como, cuando niño, veía a su otro abuelo embotar a uno de esos pájaros de lata, y aquietándolo, le robaba su fiereza y majestad. Ocasionalmente soñaba con tremendas guerras en las que dirigía a los soldados sangrantes contra una ciudad siniestra, con la espada en alto. Pero nunca habló de sus sueños con nadie. ¿Cuál era la majestuosa fiereza que le habían robado?

Ni aun en el lecho de muerte sus padres le mencionaron su otro nombre, el nombre impronunciable. Pero poco importó, porque una vez que los hubo enterrado a ambos, siguiendo una intuición incierta pero irresistible, abandonó sus propiedades y despidió a sus sirvientes; y partió rumbo al desierto que se extiende detrás de las montañas. Eligió una mujer berikasha, de tez oscura y curvas como dunas y la dejó encinta. Su hijo nació libre y salvaje, al amanecer, cuando el desierto es todo fuego, como un crisol entre el cielo y la tierra. Lo llamó Wun’deran, que en lengua berikasha significa “el que apresó la aurora”.

Wunderan, el Cazador del Alba, el de los Ojos de Jade, amado por mil mujeres, admirado por un millón de hombres, odiado y temido por todos los habitantes de las ciudades y las aldeas de la costa hasta las tierras oscuras de Livaria. Fue un hombre irrefrenable y carismático, capaz de triunfar en la batalla con una manga de pordioseros mutilados por todo ejército. Él llevó al pueblo berikasha desde el desierto hasta la cima del más vasto imperio jamás recordado. Los veteranos cuentan que, cuando asedió a Lotrán, buscó al deshonrado Myrrien en la Cúpula, y le arrancó los ojos ciegos y resplandecientes, los genitales, las orejas y sus veinte dedos para cebar a los perros de las calles.

Dicen que Myrrien el Previsor hasta hoy se revuelca en una mazmorra infecta cavada en las entrañas rocosas del Pico Mayor, impedido de morir por los dioses, y que no cesa de preguntar, entre imprecaciones y maldiciones:

 —¿Cómo es posible que ese niño haya cambiado el arado por la espada? ¡¿Cómo es posible?!

Y se golpea el rostro contra las paredes de su claustro lamentando haber olvidado que un hombre no dejará de ser lo que es aunque se trate de embotarlo y domesticarlo.

Néstor Darío Figueiras nació en Buenos Aires, Argentina, en 1973. Es escritor, músico, productor musical e ilustrador. Profesa su fe como cristiano evangélico. Su producción literaria se enmarca principalmente dentro del género de la ciencia ficción, aunque también ha escrito obras de terror y fantasía. Ha publicado cuentos, entre otras, en las antologías Los rostros y las tramas (2005) Historia alternativa (2005), Tricentenario (2102), Umbrales y Crepúsculos (2015), Espacio austral (2016), WhiteStar (2016), Latinoamérica en breve (2016), Extremos (2017) y en las revistas Ópera Galáctica, Sensación, Próxima y Catarsi. Fue traducido al francés, catalán, italiano, húngaro y griego. Sus cuentos pueden leerse en publicaciones digitales tales como Necronomicrón, Axxon, NGC 3660, NM, Aurora Bitzine, Alfa Eridiani, miNatura, Crónicas de la Forja. Ha recibido menciones en numerosos concursos, como en la primera ConSur, organizada por el CACyF, dónde ganó una mención de honor con el relato “Organicasa”. Ha publicado dos antologías de cuentos, El cerrojo del mundo está en Butteler (2016), Capricho #43 (2017), Playlist (2022). Plenaluz/Entreluz (Ayarmanot, 2021) fue su primera novela: un libro doble, espejado, un artefacto que reúne narrativa, poesía, música e ilustraciones.

 

viernes, 21 de noviembre de 2025

PICO DE RATING

Néstor Darío Figueiras

 

Aggarth Lam abrió los ojos con dificultad.

La holomem había finalizado. Fue consciente de ello con dolor, y la pena colmó otra vez sus sentidos embotados, como un regusto amargo. La oscuridad era completa, pero no le hacía falta luz para saber que todo seguía igual dentro de su lujosa habitación, que las cabezas disecadas, los trofeos de caza que adornaban las paredes, seguían clavándole su falsa mirada de cristal, contemplando su agonía. Una irónica revancha.

Aún era fresca la visión de las densas tinieblas donde había yacido, aún podía sentir vagos residuos de la cálida paz que reinaba –lo había comprobado una y otra vez– bajo el fango nauseabundo de Estigia.

Con la punta de la lengua tocó los odontopads 11 y 21, implantados en sus incisivos superiores, y uno de los múltiples brazos de su camastro-robot retiró de su médula espinal el dendrax, ya vacío de experiencias.

Entonces lloró. Lo hizo con la rabia de no poder evitar llorar cada vez que volvía a la realidad. Todavía no había aprendido a dominar la secreción de sus glándulas lagrimales. Duchanonn insistía con frecuencia en ese punto: mientras más autocontrol ejerciera sobre su cuerpo –o sobre lo que quedaba de él– mayor autonomía tendría y más beneficio podría sacar de los trastos millonarios que lo asistían en cada acto mínimo y cotidiano. Él podía ejecutar la mayoría de los comandos que gobernaban su habitación robotizada, aunque ésta, de alguna manera razonable, también podía funcionar en modo automático.

El accidente había ocurrido hacía poco más de diez Años Estándar. Todos, incluso él mismo, aludían al suceso como «el accidente». Pero el término resultaba un pobre eufemismo para describir una verdadera masacre: la múltiple mordida de un pejesapo tricéfalo de unos tres o cuatro metros de altura. Había ocurrido en Tizalonia, en la época en la que los planetólogos solicitaban los servicios de los cazadores; cuando todavía la conquista de un nuevo y salvaje mundo como ése tenía el agridulce sabor de la aventura y dependía del valor de los pioneros, y no de los batallones de cabrones supersoldados.

Durante esos viejos y buenos tiempos él había sido famoso en todas las ciudades viciadas de Madretierra, y muchas mujeres hermosas habían rivalizado por pasar una noche en su cama.

Aunque, en verdad, seguía siendo famoso. Lo era más ahora que entonces.

El tullido más famoso, se dijo.

Pero el accidente no le había deparado la misma suerte en lo tocante al sexo. Sus genitales se habían disuelto en los jugos gástricos del pejesapo, y su lecho actual no admitía compañía de ningún tipo.

Su lengua rozó el odontopad 34 –situado en el primer premolar izquierdo inferior– y las persianas se abrieron, dejando pasar la luz halógena que alumbraba el parque del caserón de estilo colonial. Supo entonces que era de noche.

Cuando presionó el odontopad 18 –último molar derecho superior–, se encendieron las luces del cuarto. Frotó con las papilas linguales el velo del paladar y el brillo cegador disminuyó hasta la intensidad deseada. Parpadeó tres veces y se desplegó el plasmóptico, que onduló sobre su cabeza. Echó una mirada al rating sin prestarle mucha atención. El gráfico de barras seguía coronando a Cazador Cazado, su transmisión multisens, aunque Comunión Sex y Desahuciados la seguían de cerca. De cualquier modo, eso era preocupación de Pavlovsky.

La pantalla bombardeó el cuarto en penumbras con las imágenes paganas de Neura y de las otras redes, misceláneas promiscuas cuyo fulgor lastimó sus ojos. Añoró las tinieblas de los sepulcros que lo envolvían cada vez que se enhebraba. Volvió a pestañear, y el plasmóptico se esfumó.

Por enésima vez, miró a los ojos a los trofeos de caza que atestaban las paredes. Sus presas, perseguidas y finalmente atrapadas en mundos inhóspitos, le miraban con ferocidad, como si continuaran luchando por su vida. Esas cabezas multiformes y policromas de bestias alienígenas vigilaban su eterna convalecencia.

Si alguno de ustedes reviviera, furioso y salvaje, y acabara de una vez con esto…

Ninguna combinación de comandos a su alcance le servía para suicidarse. Pavlovsky y su comitiva de adefesios obsecuentes jamás permitirían tal despropósito. Él era la gallina de los huevos de oro. Su seguridad era la prioridad número uno. Hasta Duchanonn, el técnico que supervisaba el funcionamiento de los delicados mecanismos cibernéticos de la costosa habitación, había tenido que firmar un contrato millonario. Cada semana, el pobre viejo era desnudado e inspeccionado de cabo a rabo por los guardias que custodiaban la casona. Lo examinaban con diferentes tipos de detectores, lo entrevistaban psicólogos y sólo Dios sabía cuántos vejámenes más debía soportar para poder entrar al cuarto.

Pero los cancerberos no habían descubierto el destornillador hueco de Duchanonn. Semana a semana, el técnico le traía un obsequio clandestino: un dendrax repleto de holomemorias, de suculentas vivencias ajenas. Él mismo le clavaba en la espalda la diminuta aguja opalescente que hendía sus nervios para inocularle algunas horas de felicidad.

Al principio eran simples holomems sex. Aggarth extrañaba con intensidad las punzantes sensaciones de su vida licenciosa. Decenas de mujeres fantásticas –más bellas y fogosas que las que había seducido antes del accidente– cabalgaron sobre sus sentidos enhebrados. Aunque no siempre la interfaz era por completo satisfactoria: donde no había un brazo, donde una pierna faltaba, la holomem se desdibujaba, y la ilusión se desvanecía. Duchanonn había tenido que pagar a un especialista –un adolescente brillante, nihilista y bipolar, uno de los tantos tecnocriminales que quitaban el sueño a la Polizei del Directorio de Madretierra– para que sintetizara las sensaciones de erección y eyaculación. Esas primeras holomems le habían costado muy caras. Pero Duchanonn se había apiadado del tullido. La misericordia –y la transferencia de una generosa parte de la fortuna del cazador a su cuenta– bastaron para que se tomara tantas molestias.

Sin embargo los antojos de Aggarth se fueron tornando cada vez más sofisticados; y las posibilidades de satisfacerlos, más remotas. Ya ni siquiera se contentaba con un montón de putas encorvándose sobre él. De la autocompasión había pasado al odio extremo. Había empezado a mostrar severos síntomas de depresión aguda, y los primeros rasgos de su nuevo perfil suicida no tardaron en aparecer. ¿Quién quería ser una especie de héroe, un ejemplo de tenacidad y deseos de vivir? No él. No deseaba seguir vivo. Maldecía cada mañana al reventado pejesapo tizalonio, y a su costumbre perversa de empapar a sus presas con esa saliva cuajada que las mantenía vivas para los tiempos de hambruna. Así lo habían hallado, destrozado y momificado, pero vivo de milagro. Y la noticia había causado sensación. Pavlovsky y su séquito no tardaron en descubrir el negocio fabuloso que representaba. Ser el protagonista de una de las transmisiones multisens favoritas del público ya no lo entusiasmaba tanto como al comienzo.

¿Qué clase de imbéciles quiere experimentar lo que siento? Por Dios. Todos desean saber qué significa ser un pedazo de carne inmóvil, sentirse como un maldito hongo… Es fácil, si luego que te desconectas vuelves a tener tus dos brazos y tus dos piernas, y las bolas te siguen colgando entre ellas…

Aggarth empezó a pedirle a Duchanonn holomems post mortem. Era la única manera de morirse que tenía a su alcance. De a ratos. Jodido, dijo el técnico. Demasiado peligroso. Pero no imposible. La guerra perpetua era una fuente inagotable de cuanto pudiera imaginarse. Bastaba con saber dónde y cómo buscar, y cualquier cosa podía encontrarse. El técnico logró comerciar con traficantes que exhumaban chips holomnemónicos escarbando en el asteroide Estigia, el camposanto universal. Esas holomems eran las que necesitaba; las evocaciones de cadáveres putrefactos que podían recabar las sensaciones de la muerte gracias a sus imperecederas neuroplacas. Ninguno de los cibérfilos, cuyos cuerpos se deshacían bajo el azulino barro fermentado, habría podido imaginar que los chips que se habían hecho empotrar en vida seguirían azuzando sus sentidos en la sepultura, ya débiles y amortiguados, pero avivados con una punzada morosa, eterna y sorda. Esta especie de muerte intermitente estaba salpicada de flashbacks cuya única banda de sonido era el raspar crepitante de los cristales catalizadores de abono que no dejaban de nevar sobre los sepulcros comunales.

Gracias a esos resistentes chips, los enhebrados podían experimentar el crecimiento subterráneo de las uñas y del cabello, que persistían en el vano hábito de lo vivo; o la percepción de gusanos royéndoles el vientre mohoso a los cadáveres…

El asunto podría haber llevado a Duchanonn a la prisión: la Polizei perseguía encarnizadamente ese tipo de contrabando. Pero un ángel guardián parecía velar por los caprichos del tullido. Al parecer, el mismo que evitaba que los guardias de la casona detectaran el compartimiento oculto en el destornillador.

Y así el cazador cazado moría cada semana, para terminar retornando a su miserable existencia luego de unas pocas horas de paz.

El rating estallaba. El desesperado deseo de morir de Aggarth Lam era mucho más irresistible que la experiencia multisens de estar dentro de su cuerpo desmembrado, al que sustentaban máquinas infatigables. Los fieles seguidores de Cazador Cazado comprobaron que conectarse a él para experimentar la ilusión de ser un cadáver y luego resucitar era algo infinitamente más seductor que sentir picazón en un pie que ya no estaba, y no poder rascarse. Saborear su aguda desesperación y su frustración hacía que muchos comenzaran a reírse de sus tragedias personales. Algunos se compadecían del cazador desgraciado, del personaje legendario que había contribuido con tanto valor a la expansión de Madretierra y pedían para él una muerte clemente, el fin de su tortuosa existencia. Cientos de millones se pronunciaron a favor o en contra de esta alternativa, a través de encuestas multitudinarias que bullían en Neura y en las demás redes. Tizalonia, devenido en una atracción turística, se aprestaba a recibir cada año a las numerosas retronaves colmadas de excursionistas que querían contemplar a los monstruosos pejesapos tricéfalos desovando en el lodo.

Ajeno al fenómeno del cual era el epicentro, Aggarth se encerró en sí mismo, donde nadie pudiera darle alcance. Llegaría lo más cerca de la muerte que pudiera, hundiéndose en su propio seno oscuro y solitario. Cuando el dendrax se vaciaba, caía en una especie de trance soporífero. Sólo balbuceaba en presencia de Duchanonn, para suplicarle que lo desenchufara, que lo ahogara con una almohada, que le friera los malditos nervios. Que hiciera algo, por el amor de Dios.

Un día, mientras Aggarth deliraba sin cesar, el técnico decidió no enhebrarlo más.

Y entonces, los fans que se conectaban a la adictiva angustia del héroe descubrieron maravillados el tema recurrente que inundaba los sueños de su conciencia vegetante. Una vez fue la embestida de una manada de paquidermos rojizos cuya trompa era rematada por una garra de filosos espolones. Luego, una pareja de basiliscos tricornios de Morthunah lo destrozó. En otra ocasión, una furiosa mantis alada le quitó la vida sobre una de las interminables mesetas laskonianas.

El cazador soñaba con su muerte una y otra vez. Una muerte violenta, sanguinaria con fruición. Y un clamor de misericordia empezó a escucharse en todas las ciudades de Madretierra, y en las colonias. Pavlovsky y su comparsa tuvieron que aceptar que la gallina estaba empollando el último huevo dorado. Era la hora del fin.

Cierta mañana, Duchanonn despertó a Aggarth.

—Cazador, cazador. Despierta. Hoy es tu día —le palmeó las mejillas con suavidad—. ¡Despierta!

—¿Humm? Ah, Duchanonn, por favor, por favor. Desenchufa toda esta mierda… —El tullido entreabrió los ojos vidriosos, emergiendo del letargo.

—Tengo algo mejor que eso, cazador. Mira.

—¿Qué…? ¿Dónde…?

—Mira al frente. Las bestias —La pared, ataviada de cabezas inhumanas, empezó a crujir.

—Las bestias.

—¡Vienen por ti! —La mampostería empezó a rajarse en torno de los cogotes fibrosos. Las bolitas de cristal empezaron a moverse nerviosas en las cuencas, algunas inyectándose de sangre, otras destellando como faros.

—Sí. Vienen.

Unas alas nervudas se desplegaron, cuernos y colmillos relucieron, las lenguas chasquearon como látigos. Las crines se erizaron, las agallas se dilataron, las escamas se crisparon. El caserón tembló bajo la estampida de las fieras revividas. El terror y la furia llameaban en todas las miradas resucitadas, las monoculares, las múltiples, las facetadas.

Aggarth volvió a los viejos y buenos tiempos. Hasta pudo sentir el olor a pólvora y a ozono de las armas. Se preparó para el golpe final. Gritó.

—¡Sí, malditas! ¡Vengan…!

Y las bestias lo aplastaron, y mordieron y laceraron y desgarraron, y envenenaron y quemaron con el fuego de alientos infernales. Por último, lo decapitaron.

 

Duchanonn retiró el dendrax vacío, mientras los enfermeros abrían la bolsa donde depositarían el cadáver.

—¡Maravilloso, espléndido trabajo el de ese jovencito, Duchanonn! ¿De dónde lo has sacado? —Pavlovsky hablaba sin dejar de mirar su plasmóptico portátil, que revoloteaba en torno de ambos—. ¡Por la Madre! ¡Es un pico de rating, viejo, el más elevado de la historia! ¡Maravilloso y espléndido, querido Duchanonn!

—Sí, ese muchacho es un verdadero descubrimiento. Lástima que sea tan inestable…

—Los de su calaña lo son. Casi siempre padecen de trastornos graves. Pero éste es brillante… —Hizo un gesto a una de sus sumisas damas de compañía—. ¿Tu nombre…?

—Patiño, Luka Patiño, señor Pavlovsky.

—Patiñolukapatiño, contrata a ese jovencito. Jornal mínimo. Sin beneficios extras. Que un médico revise sus nervios, debe ser un enhebrado de los peores. ¡Sintetiza holomems! Pónganlo a perfeccionar las emisiones de Comunión Sex. Si la melindrosa de Klaudia Vorak no quiere hacerlo con un supersoldado, que nuestro muchachito sintetice al engendro. O mejor, que la sintetice a ella. Que le haga tetas más grandes y le mejore las piernas. Y ya que está, que la haga aparecer más atrevida con el supersoldado que una ninfómana dentro de un vestidor masculino. ¡Millones de mujeres están pidiéndolo en las encuestas! Quieren saber cómo es tener sexo con los vástagos de la Madre… Ah, y vigílenlo de cerca: alguien con una habilidad tan grande siempre es peligroso. ¡Vamos, vamos, Patiñolukapatiño! ¿Qué esperas? —Mientras Patiño corría, él volvió a dirigirse a Duchanonn, sin despegar sus ojos del plasmóptico—. Aprende Duchanonn, puesto que ahora estás en el mundo del espectáculo: lo que te hace crecer en este negocio es la diligencia. Los empleaduchos nunca entienden esto.

—¿Y la Polizei? ¿No querrá detener a tu nuevo talento?

—¿La Polizei? ¡Ja! ¡La Polizei! Me harán esa pregunta hasta que me arrojen al limo de Estigia, por la Madre… Querido Duchanonn, aquí va la segunda lección: el gobierno nunca interfiere con las prioridades del espectáculo. De otro modo ya estarías encerrado… Grábate esto: la Polizei sólo está para servir a Neura y las otras redes. ¿No es maravilloso? Sí, lo es. Maravilloso y espléndido.

 

La retronave funeraria se impulsó en el revés del continuo hasta Estigia, el asteroide-necrópolis. Sobrevoló el lodazal que escupía fuegos fatuos y géiseres. Entre cientos de miles de bolsas, Aggarth Lam fue arrojado a sus bienamadas tinieblas.

Como rindiendo honores póstumos, una nave-robot soltó una lluvia de cristales fermentantes, que arreció sobre el fangal infinito.


Néstor Darío Figueiras nació en Buenos Aires, Argentina, en 1973. Es escritor, músico, productor musical e ilustrador. Profesa su fe como cristiano evangélico. Su producción literaria se enmarca principalmente dentro del género de la ciencia ficción, aunque también ha escrito obras de terror y fantasía. Ha publicado cuentos, entre otras, en las antologías Los rostros y las tramas (2005) Historia alternativa (2005), Tricentenario (2102), Umbrales y Crepúsculos (2015), Espacio austral (2016), WhiteStar (2016), Latinoamérica en breve (2016), Extremos (2017) y en las revistas Ópera Galáctica, Sensación, Próxima y Catarsi. Fue traducido al francés, catalán, italiano, húngaro y griego. Sus cuentos pueden leerse en publicaciones digitales tales como Necronomicrón, Axxon, NGC 3660, NM, Aurora Bitzine, Alfa Eridiani, miNatura, Crónicas de la Forja. Ha recibido menciones en numerosos concursos, como en la primera ConSur, organizada por el CACyF, dónde ganó una mención de honor con el relato “Organicasa”. Ha publicado dos antologías de cuentos, El cerrojo del mundo está en Butteler (2016), Capricho #43 (2017), Playlist (2022). Plenaluz/Entreluz (Ayarmanot, 2021) fue su primera novela: un libro doble, espejado, un artefacto que reúne narrativa, poesía, música e ilustraciones.

martes, 9 de abril de 2024

REEDUCACIÓN

 Néstor Darío Figueiras


Empezó cuando salieron a la venta los nanites para músicos. Los primeros fueron para los guitarristas. No hubo que practicar más la digitación hasta la tendinitis. Te inyectabas una ampolla de esos microbichitos y ya tocabas mejor que Vai, Gilbert, Morse y Satriani juntos. Así surgieron los Post-músicos. Y luego, cuando la magia microscópica de los nanos se popularizó, los artistas se transformaron en Post-artistas. Hubo Arte y Post-arte. Decían que el Arte se revalorizaría. Pero no fue así. El Post-arte se hizo cada vez más difícil de apreciar, debido a la increíble velocidad de los músicos —volvió la garrapatea, la figura que vale la mitad de una semifusa—; a los prodigiosos saltos de los bailarines, de decenas de metros de altura; al complicado humor metafísico de los comediantes; al hiperrealismo de las pinturas —que al principio no se distinguían de la fotografías, y luego se confundían con la misma realidad, al punto de que muchos procuraban internarse en habitaciones hechas al óleo y abrir puertas rasgando lienzos electrónicos—. Entonces fue necesaria la inoculación de nanites para los espectadores. Los conciertos, el teatro, las muestras de pintura, se convirtieron en sesiones espectrales donde las mentes, abducidas por las fantásticas maquinitas sumergidas en el torrente sanguíneo, deliraban a puro vértigo. De tan veloces, Post-artistas y Post-público permanecían extáticos en cada performance, presos de manipulaciones sinápticas, una respuesta programada por los algoritmos inscritos en los minúsculos insectos que bullían en las células de todos. La expresión y la impresión se maquinizaron. Fueron visibles las resoluciones más altas; se hicieron audibles las frecuencias que antes nunca habían hecho vibrar los tímpanos; pudieron contemplarse estéticas ridículamente perfectas, hasta el paroxismo. Se forzó la percepción más allá de los límites de la cordura.
Esto duró un tiempo, y luego los sistemas nerviosos se llenaron de geles extraños. La gente se vació. El Post-arte había cumplido su ciclo. Y frente a esa consumación, las personas no quisieron buscar más. Todo se había dicho, todo se había hecho. No había más fronteras que cruzar. Hombres y mujeres se encerraron en sí mismos, en un empotramiento infinito, amplificado por los nanos y sus nuevas rutinas autoprogramadas. El mundo se silenció.
Ahora todos duermen, casi inmortales, navegando dentro de sus propios cuerpos.
Y aquí, en las Malvinas, estamos nosotros, los Insomnes, algunas centenas de inadaptados que nos hicimos extraer los nanos a tiempo. Nuestros niños —nacidos puros— nos lideran y nos enseñan.

Hoy tenemos clase de Dibujo. Hace dos semanas que logré hacer unos palotes aceptables. Desde ayer intento dibujar una casa junto a un árbol, y el sol sobre ellos. Al observar mi trabajo, el maestro se saca un moco de la nariz, lo mira con curiosidad y sonríe. Luego me corrige:
—Al sol le faltan los ojitos y la boca —y agarra mi lápiz—. Así, ¿ves? —dice mientras hace unos trazos incomparables sobre el papel arrugado.

Néstor Darío Figueiras, (Buenos Aires, 18 de noviembre de 1973), es un escritor, músico, productor musical e ilustrador aficionado argentino. Su producción literaria se enmarca principalmente dentro del género de la ciencia ficción, aunque también ha escrito obras de terror y fantasía.

EN CASA AJENA (OCHO)