Rafael Blanco Vázquez
Al llegar a casa esa noche, lo
primero que vio el inspector Villena fue a su mujer con una maleta en cada
mano:
—Te dejo a vos y a tu micropene sonrosado. Me voy con Martín
que es géminis.
El inspector Villena no reaccionó. Se limitó a quitarse el
sombrero y la gabardina y a colgarlos en el perchero. Su mujer se fue dando un
portazo.
Había sido un mal día para el inspector. Había visto ocho
cadáveres humanos, dos de gorrión y uno de perro. Peinazo, su compañero del
alma, había perdido el prepucio en un tiroteo. Y su jefe no paraba de gritar
desde que había dejado el tabaco.
Se dio una ducha rápida, se cascó una paja lenta, se preparó
una comida ligera y se sirvió un coñac cargado.
Se puso un disco de jazz y se encendió un buen puro.
—Y ahora a ver si consigo desentrañar ese maldito
minirrelato.
El inspector Villena se había aficionado a los textos
breves. Fue una noche de insomnio en que vio un cortometraje que culminaba con
un aforismo. Le pareció que aquellas pocas palabras que desfilaban por la
pantalla recogían el universo entero. Poniendo en ello la pasión devoradora que
nunca supo que llevaba dentro, pronto se convirtió en un experto en la materia,
y no le importaba que sus compañeros y su mujer se riesen de él, que lo
llamasen el rarito, el niño especialito, el tontolhaba. A él sólo le importaban
sus silogismos, sus microcuentos, sus videominutos.
(¿Por qué nunca le interesaron las canciones ni los poemas?)
No había sido fácil. Todo universo requiere un aprendizaje.
Se había tenido que ir acostumbrando a unos conceptos, a un lenguaje, a una
concisión. Pero lo había logrado, vaya si lo había logrado. Hoy por hoy se
jactaba de comprender cualquier narración, reflexión, meditación (en prosa),
que no superase las cinco páginas o el cuarto de hora.
Hoy por hoy. En fin, mejor dicho hasta la semana anterior.
Y es que hacía exactamente seis días que había leído un
minirrelato de tres páginas cuyo sentido profundo se le escapaba. ¿Cómo era
posible? ¿Se estaba haciendo viejo? ¿Se le estaba derritiendo el cerebro de
tanto trabajar? Lo que estaba claro es que la cosa tenía tres bemoles.
En ese momento sonó el teléfono. Chasqueando la lengua, el
inspector Villena descolgó el auricular.
—Sí.
—Gumersindo, soy tu hermana.
—¿Qué tal estás?
—Mal, me ha dejado Antonio.
—A mí me ha dejado Mariela. Pero yo estoy bien.
—Normal, era una petarda.
—Antonio es un palurdo y ya ves.
—No te permito que hables así del padre de mis hijos.
—Bueno, ¿qué quieres?
—Tienes que curarte, Gumersindo. No puedes seguir así. Te
estás volviendo huraño, hosco, retraído.
—Tampoco es que antes fuera la alegría de la huerta.
—Fíjate cómo le hablas a tu hermana. Me tienes muy
preocupada, que lo sepas. Miniescritores, os odio.
—¿Algo más?
—Sí. ¿Quieres que mañana vaya a tu casa y te haga de cenar?
No es bueno que estés solo.
—No, necesito reflexionar.
—Como quieras. Un beso.
El inspector colgó, se levantó del sillón, fue a la
biblioteca, sacó el volumen en cuestión, lo abrió por la página de marras,
releyó el susodicho minirrelato y se echó a llorar. Lágrimas como huevos de
avestruz. No lo entendía. No había forma ni modo ni manera. No lo entendía.
Arrellanado en su sillón se quedó dormido.
Soñó con su madre muerta. Soñó con su amigo Peinazo,
circuncidado para siempre por un calibre 22. Soñó con todas las veces que la
suerte les había librado de las balas. Soñó con los cuerpos de los gorriones.
Soñó con películas de John Carpenter. Soñó con Un perro andaluz. Soñó con su
infancia, su adolescencia, su primera paja. Soñó con Hitchcock. Por un cielo de
aforismos blancos aleteaba una bandada de minirrelatos que de pronto se
abalanzó sobre los paseantes, todos con sombrero y gabardina.
Se despertó con el cañón de una pistola en la boca. Todo
estaba oscuro. No podía ver la cara de su agresor. Intentó hablar.
—No entiendo nada de lo que dices. Así sin la pistola será
más fácil.
—Que digo que no quiero morir.
—¿Y a mí qué coño me importa?
—¿Quién eres?
—¿Y eso qué coño importa?
—Necesito comprender ese maldito minirrelato.
—Todos necesitamos comprender.
—Pero.
El disparo rompió la calma de la noche.
El cadáver del inspector Villena fue encontrado al día
siguiente por su hermana, que le llevaba un plato de sopa caliente, una chuleta
y un poquito de gazpacho.
Rafael Blanco
Vázquez nació en Huelva (España) en 1972. Vivió algún tiempo en San Isidro,
provincia de Buenos Aires, Argentina, pero ya está de regreso en su tierra. Es
escritor y traductor de francés. Ha traducido a Alexandre Dumas, François
Weyergans, Santiago Auserón, Catherine François, Henri Bergson. Como escritor,
cultiva la literatura breve. Algunos de sus cuentos aparecen en los blogs
“Breves no tan breves” y “Químicamente impuro”. De vez en cuando escribe
poesía. Su cuento “Banda sonora” ha sido seleccionado para la antología “Boxing
Day” de la editorial LCK15. También ha actuado en varios cortometrajes cuyos
guiones ha escrito solo o en colaboración con el cómico Fernando Villena. Su
cuento “Caspa” ha sido adaptado a cortometraje por Carolina Borrero Arias, con
él como protagonista. Su blog es: www.elhamsteryotroscuentos.blogspot.com