Rafael Blanco
Vázquez
—Caballero. Tiene usted sida.
—¿Está seguro, doctor?
—Los análisis no dejan lugar a
dudas.
—Pero eso cómo va a ser, si yo
soy virgen.
—Debe de ser el estrés.
—Ah, claro.
—Veamos. ¿Está usted muy
estresado últimamente?
—La verdad es que no. Yo vivo
de puta madre.
—Ése es el peor estrés, el
estrés inconsciente.
—No me lo puedo creer. ¿Y
ahora cómo le digo yo esto a mi gato?
—Lo lamento mucho, señor
Suárez.
—Yo no soy el señor Suárez.
—¿Ah no?
—Mi documento no deja lugar a
dudas. Yo soy el señor Mansilla.
—Uy qué error más tonto. Es
que llevo unos días que ni le cuento. ¿Tiene usted hijos?
—No.
—Qué suerte. Quién pudiera.
Los hijos sólo dan estrés. Veamos pues los análisis del señor Mansilla. A ver
por dónde andan. Aquí están.
—Soy todo oídos.
—Señor Mansilla. Lo que usted
tiene es un cáncer como la copa de un pino.
—Pues me viene fatal en estos
momentos. ¿Y cáncer de qué?
—De pulmón. ¿Fuma usted?
—No.
—Debe de ser el estrés. ¿Tiene
usted hijos?
—No.
—Pues debería. Los hijos son
la sal de la vida.
—Es que yo soy de tensión
alta.
—Está bien, le perdono.
—Gracias.
—Volviendo a su cáncer,
algunos sostienen que es algo que se suele heredar. ¿Hay en su familia
antecedentes de estrés?
—Mi madre era bastante
nerviosa.
—Ya está. No me diga más.
—Pero mi madre nunca tuvo
cáncer.
—Le he dicho que no me diga
más. No tengo toda la tarde y sí una fila de pacientes esperando. Un beso a sus
hijos de mi parte.
—Adiós, doctor.
—Siguiente. Hombre, señor
González. ¿Qué le trae por aquí?
—Creo que me he roto un brazo.
—Debe de ser el estrés.
—¿Usted cree?
—A ver que yo vea ese brazo.
Pues sí que está roto, sí.
—Que me he caído, doctor, esta
mañana al salir de casa. Iba yo tan tranquilo, pasaron dos tipos corriendo, me
empujaron y ya ve.
—Si es que hay mucho estrés en
esta vida. En fin. Usted no se preocupe y tómese estos comprimidos.
—¿Y no me escayola el brazo?
—¿Usted no se estará
estresando?
—Yo no.
—Que no me entere yo. Adiós,
señor González.
—Adiós, doctor.
—Enfermera.
—Sí, doctor.
—Queda usted despedida.
—¿Pero qué he hecho, doctor?
—Estoy harto de que sólo me
envíe gente enferma. ¿Qué se ha creído que es esto?
—Pero doctor.
—Ni doctor ni hostias. Quítese
de mi vista. A ver si mi mujer contesta al teléfono.
—Sí.
—Querida. ¿Qué hay para cenar
esta noche?
—Esta noche como siempre.
Sopita caliente, un cachete en los cojoncillos y a la cama.
—Así me gusta.
—Ya sabes que yo por darte
gusto a ti, cariñito.
—Salgo para allá. Un beso,
linda.
—Un beso, amor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario