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viernes, 20 de marzo de 2026

LA MUCHACHA Y LA MUERTE

Szabolcs Benedek 

La vio por primera vez hace más de veinticinco años. Un cuarto de siglo es mucho tiempo, no solo en la vida de una persona, sino también en la del mundo. Hoy en día ya no se ve con buenos ojos –y hay que añadir, con razón– decir que lo primero que le llamó la atención de la muchacha fue, ante todo, su aspecto: largo cabello oscuro y lacio, rostro redondo, mirada cautivadora, labios carnosos, pechos firmes y llenos, estatura mediana, cintura no demasiado delgada, pero tampoco gruesa. Claro que entonces él también era joven, buscaba y perseguía los placeres de la vida; además, en realidad no sabía con exactitud qué era lo que lo había atrapado en ella, más allá de que la había visto varias veces en poco tiempo.

No mucho antes se había mudado al campo, a un pueblo cercano a la ciudad; tras el divorcio no le había quedado dinero para un automóvil y cada día iba al trabajo en autobús. La muchacha siempre se sentaba en el último asiento, con la cabeza inclinada hacia delante, sin mirar ni a la derecha ni a la izquierda, como si no prestara atención a sus miradas nada disimuladas. Su curiosidad por ella se intensificó cuando, pocos días después de su primer encuentro, volvió a verla, esta vez en una de las calles más transitadas, avanzando con porte rígido hacia el centro de la ciudad. A partir de entonces empezó a cruzarse con ella con regularidad: unas veces en el autobús, otras en los alrededores de la estación, otras en distintos puntos de la ciudad.

No logró averiguar de dónde venía la muchacha: cuando él subía al autobús, ella ya estaba sentada, y a la vuelta –porque también entonces viajaban con frecuencia en la misma línea– seguía más allá de la parada donde él bajaba. Eso sería perfectamente normal; después de todo, quizá vivían en la misma zona, tal vez la muchacha se desplazaba desde el pueblo vecino, o desde alguno más lejano. Sin embargo, después de que él se mudó de nuevo a la ciudad, tras un tiempo sin verla, comenzaron otra vez a cruzarse con regularidad. En realidad, la expresión no es exacta: nunca intercambiaron ni una sola palabra. La muchacha ni siquiera parecía dignarse a mirarlo; simplemente seguía adelante con aquella característica inclinación de la cabeza y su postura erguida, mientras con el paso de los años ni una sola parte de su cuerpo parecía ceder. Más aún: en su rostro, que seguía siendo redondo, no aparecían arrugas, y alrededor de su cintura –a diferencia de la de él– no se acumulaban kilos. Era como si el tiempo no tuviera efecto sobre ella.

Empezó a encontrar todo aquello verdaderamente extraño cuando la muchacha –en realidad ya no debería llamarla así, al fin y al cabo habían pasado décadas, pero aun así seguía pensando en ella de ese modo– comenzó a aparecer en los momentos y lugares más inesperados. Por ejemplo, si salía de casa al amanecer, volvía a encontrársela no muy lejos de la parada de metro. Sin embargo, según recordaba, en otros tiempos el autobús en el que viajaban desde la periferia siempre llegaba más tarde. En otras ocasiones se encontraban al anochecer: él regresaba a casa desde el metro, mientras que la muchacha caminaba hacia los suburbios, aunque para entonces la estación de autobuses ya había sido trasladada y las líneas llegaban y partían desde otro lugar. También era un fenómeno recurrente que siempre se cruzaran cuando había poca gente en la calle, o ninguna. A veces pensaba que podría detenerla y hablarle, pero hoy en día cualquier cosa puede tomarse como acoso. Además, ¿qué podría decirle, qué podría preguntarle? ¿Por qué había permanecido en su vida durante veinticinco años? Tal vez sería más sencillo seguirla y ver adónde iba. Pero nunca logró decidirse a hacerlo. Aunque más de una vez jugó con la idea, también le venía a la mente que quizá descubriría algo que hubiera sido mejor no saber. Por ejemplo, que ese famoso Matrix existe y que, como se menciona en la película, la muchacha es un error de software.

Pasaron semanas o meses cuando de pronto se dio cuenta de cuánto tiempo hacía que no se cruzaba con ella. Claro que otras cosas lo mantenían bastante ocupado. Por ejemplo, la respiración que cada vez le costaba más, el cansancio, la lentitud de sus movimientos. Los resultados médicos no prometían nada bueno, y el médico también negó con la cabeza, pensativo. Entonces se le ocurrió que le gustaría ver a la muchacha una vez más. Tal vez esta vez por fin le hablaría. O al menos seguiría su rastro. Averiguaría de dónde venía. Y, más aún, adónde iba. Y él iría con ella, con perseverancia, sin retroceder, hasta el fin de los tiempos y del mundo. Hasta donde alcance el hilo de su vida.

Szabolcs Benedek es un escritor húngaro nacido en Budapest en 1973. Escribe novelas, relatos y ensayos. Ha publicado más de 30 libros. Su obra se caracteriza por su gran variedad, incluyendo novelas históricas y relatos ambientados en la actualidad, así como relatos de ciencia ficción.

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