miércoles, 5 de agosto de 2026

INSTRUCCIONES PARA NO TOCAR

Patricio Ramos Gatti

 

El aviso apareció una mañana, pegado en la puerta del edificio, cerca de la vieja estación del Ferrocarril Mitre, donde los ruidos metálicos no se iban: quedaban. Se adherían. Como si el hierro sudara memoria.

Tucumán ya hervía.

El aire: espeso, dulzón. Praliné caliente. Escape de ómnibus. Humedad vieja que entra en la ropa y se queda a vivir ahí.

Del asfalto subía un vapor leve que torcía la luz. Las veredas temblaban.

Nadie dijo nada. Nadie preguntó.

Lo leímos como se leen las cosas que todavía no existen.

No era un cartel oficial. Era una hoja común, escrita a mano con una prolijidad inquietante. Letra pareja, sin apuro, como si quien la hubiera escrito tuviera todo el tiempo del mundo… o no necesitara tiempo.

Decía: “A partir de hoy, se ruega no tocar nada innecesariamente.”

Nada más.

Sin firma. Sin contexto. Sin amenaza.

Lo ignoramos. Por supuesto. Hasta que empezaron los detalles.

Primero fue el ascensor, uno de esos viejos, con espejo manchado y olor a metal tibio, donde siempre parecía haber alguien respirando aunque estuvieras solo. Alguien dejó de presionar los botones con los dedos. Usaba la manga. Después otro. Después todos. En menos de una semana, nadie tocaba directamente nada compartido: picaportes, barandas, interruptores. Incluso los buzones se abrían con llaves sostenidas como si fueran bisturíes.

Había una coreografía silenciosa de desvíos. No era miedo. Era… decoro. Como si algo hubiera afinado nuestra conducta sin avisar.

Lo curioso es que nadie lo había acordado. No hubo reunión de consorcio, ni charla en la vereda, ni comentario en voz alta. Simplemente empezó a sentirse inapropiado. Como hablar fuerte en un velorio que todavía no sabés de quién es.

Yo lo noté tarde.

Una noche, volviendo a casa, con el calor todavía pegado en la piel, apoyé la mano completa sobre la pared del pasillo. No por necesidad. Por impulso. Por cansancio. La pared estaba tibia, húmeda, ligeramente rugosa.

El contacto fue… demasiado. No porque la pared tuviera algo extraño. Sino porque la sensación de tocarla directamente, sin mediación, sin filtro, sin distancia… resultó indecorosamente íntima. Como si hubiera cruzado un límite que no recordaba haber aprendido.

Retiré la mano. Miré alrededor. Nadie. Pero igual… me dio vergüenza. Vergüenza física. En la cara. En el pecho. Como si me hubieran visto. Al día siguiente apareció otro aviso. Mismo papel. Misma letra.

“El contacto directo prolongado no es necesario.”

Ahí empezó a incomodar en serio. Porque implicaba observación. O peor: implicaba criterio. La gente empezó a modificar pequeñas cosas. No por obligación. Por coherencia. Puertas abiertas con el pie. Objetos empujados con otros objetos. Incluso algunos empezaron a usar guantes finos, no por higiene, sino por una especie de elegancia tácita. El edificio se volvió… preciso. Y extrañamente erótico. No en el sentido habitual. Nadie se tocaba menos. Pero todo contacto se volvía consciente. Deliberado. Cargado. Una mano apoyada en una mesa ya no era neutra. Era una decisión. Y toda decisión… tenía peso.

Empecé a notar algo más. Las miradas. Porque al eliminar el contacto innecesario, lo necesario empezaba a destacar. Un roce accidental en el pasillo se volvía insoportable. Demasiado directo. Demasiado expuesto. La gente se pedía permiso con los ojos para pasar cerca. Incluso entre vecinos que se conocían de años.

Doña Carmen, la del 3°B, dejó de dar palmaditas en el brazo cuando hablaba. Don Figueroa, que siempre saludaba con apretón de manos, empezó a asentir desde lejos, como si el aire entre cuerpos se hubiera vuelto materia.

Una tarde, en el hall, con la luz entrando pesada desde la calle y el murmullo lejano de colectivos y motos, alguien dejó caer las llaves. El sonido fue seco. Metálico. Demasiado fuerte para ese silencio nuevo. Otro vecino se agachó a levantarlas. Pero dudó. No por desconfianza. Por protocolo. Las miró. Miró al dueño. Y esperó. El silencio duró demasiado. Finalmente, el dueño dijo: “Sí.” Y recién ahí el otro las tomó. Ese “sí”… no era para las llaves. Era para el contacto. Ahí entendí. No se trataba de evitar tocar. Se trataba de autorizarlo. Y eso cambió todo.

Los avisos siguieron apareciendo. Siempre de madrugada. Siempre sin que nadie los viera ponerlos.

“Evite apoyarse sin intención.”

“El contacto casual genera ruido.”

“Toda superficie registra.”

Ese último se quedó más tiempo que los otros. Nadie lo arrancó. El edificio se volvió insoportablemente atento. Y también… adictivo. Porque cada contacto permitido era más intenso. Más preciso. Más… cargado. Como si la espera acumulara algo. Algo que después se liberaba apenas en el roce. Pero no siempre. A veces quedaba. Flotando.

Una noche, escuché algo en la pared. No un golpe. No un vecino. Era más… interno. Como un leve raspado. Como uñas muy finas arrastrándose del otro lado del revoque. Apoyé la oreja. Sentí calor. Y algo más. Una vibración mínima. Rítmica. Como si la pared respirara. Me alejé. No lo volví a hacer.

Esa misma noche, en el ascensor, quedé con una vecina. Nunca habíamos hablado. No sabía su nombre. Pero ahora la reconocía por cómo evitaba tocar el pasamanos: usaba el borde de la cartera.

El espacio era mínimo. El aire denso, casi húmedo, como si el calor no tuviera a dónde ir. Ninguno tocaba nada. Ni siquiera los botones. El ascensor subía solo.

En un momento, nuestras manos quedaron cerca. No se tocaron. Pero la distancia… era corta. La sentí. No su piel. La posibilidad. Y eso… eso fue peor.

Cuando se abrió la puerta, ninguno salió inmediatamente. Como si moverse implicara romper algo. Como si el movimiento fuera también una forma de contacto.

Finalmente, ella habló. Muy bajo: “¿Está justificado?” No aclaró qué. No hacía falta. La pregunta quedó suspendida entre nosotros, espesa como el aire.

No respondí. Pero tampoco me fui. Y en ese pequeño intervalo, algo se volvió insoportablemente claro: no queríamos tocar, queríamos el permiso.

Esa noche no dormí. No por ansiedad. Por anticipación. Porque empecé a pensar en otra cosa. Si toda superficie registra… ¿qué pasa cuando nadie está mirando?

Al día siguiente, el aviso final apareció. Más grande. Más centrado. Como si hubiera sido escrito con más presión.

“El contacto sin testigo carece de valor.”

Eso… eso fue demasiado. Porque introducía algo nuevo: la necesidad de ser visto. A partir de ahí, todo se volvió… performático. Los pocos contactos que ocurrían eran lentos. Visibles. Casi ceremoniales. Un vecino ayudando a otro con una bolsa. Dos manos coincidiendo en un objeto. Un roce apenas sostenido más de lo necesario. Pero siempre… con alguien mirando.

Siempre había alguien en el pasillo. En la escalera. En el reflejo del ascensor. El edificio entero se convirtió en un sistema de validación. Y lo peor es que funcionaba. Porque el contacto, así regulado, se volvía insoportablemente intenso. No por lo que era. Por todo lo que lo precedía. Una acumulación. Una presión. Una espera. Pero algo más empezó a cambiar. Las paredes. No en apariencia. En respuesta.

Una tarde apoyé el codo –sin querer– contra el marco de la puerta. Fue un roce mínimo. Injustificado. Me quedé quieto. Sentí… devolución. No movimiento. Registro. Como si el contacto no terminara en mi piel. Como si algo… del otro lado… hubiera tomado nota. Esa noche soñé con manos. No manos humanas. Superficies con forma de mano. Que tocaban desde adentro. Que empujaban sin salir. Y entendí algo que me dio asco: no éramos nosotros los que estábamos aprendiendo a tocar; era el edificio el que estaba aprendiendo a ser tocado. A necesitarlo. A distinguir entre lo necesario y lo superfluo. A exigir condiciones. A perfeccionar el contacto.

Después desapareció el encargado.

Nadie lo mencionó. Se dijo que se había ido al interior. Pero su departamento quedó… cerrado desde adentro. Y a veces, al pasar, se sentía ese mismo raspado en las paredes. Más intenso. Más cerca. Como si ahí adentro… algo practicara.

Hasta que pasó.

Fue en el hall. De día. Con gente. La misma vecina. Nos miramos. Sin hablar. Nos acercamos. Las manos… esta vez no dudaron. Se tocaron. Nada más. Un contacto limpio. Directo. Justificado. Y observado.

Pero el silencio que siguió… fue absoluto.

No había ruido. No había contexto. Solo contacto. Y en ese instante, entendí algo que me dejó completamente inmóvil: no había placer, había… registro. Como si ese toque no fuera para nosotros. Como si hubiera sido archivado. Como si alguien –o algo– hubiera estado esperando exactamente eso. Y lo hubiera obtenido. Esa misma noche, todos los avisos desaparecieron. El edificio volvió a la normalidad. La gente tocaba cosas sin pensar. Puertas. Paredes. Cuerpos. Todo… otra vez banal. Demasiado fácil. Demasiado suelto. Como si algo ya no necesitara que cuidáramos nada. Como si el aprendizaje hubiera terminado. Pero no del todo.

Porque días después, en el departamento del encargado, apareció algo. La policía entró. No dijeron mucho. Pero uno de los vecinos juró haber visto las paredes. Hundidas. Marcadas. Como si cientos de manos hubieran empujado desde adentro… durante mucho tiempo. Y en el centro del piso, algo más. Una forma. No un cuerpo. Una superficie. Con textura de piel. Extendida. Fina. Como si alguien hubiera sido… despegado.

Ahora, a veces –muy de vez en cuando– cuando apoyo la mano en una superficie cualquiera… en la pared tibia, en el metal caliente, en el vidrio que todavía guarda el día… siento una mínima resistencia.

No siempre. Solo a veces. Como si algo del otro lado estuviera evaluando. Midiendo. Comparando. Y lo peor no es eso. Lo peor es que, algunas noches, cuando el calor no baja y el silencio se vuelve pesado, siento que la pared… devuelve el gesto. Apenas. Lo justo. Como si ya supiera exactamente cuánta presión necesito para que quede registrado.

CUENTO GANADOR DEL CERTAMEN "ENTRE AMIGOS" 2026


Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).


No hay comentarios:

Publicar un comentario

INSTRUCCIONES PARA NO TOCAR