Patricio Ramos Gatti
El aviso apareció una
mañana, pegado en la puerta del edificio, cerca de la vieja estación del
Ferrocarril Mitre, donde los ruidos metálicos no se iban: quedaban. Se
adherían. Como si el hierro sudara memoria.
Tucumán
ya hervía.
El
aire: espeso, dulzón. Praliné caliente. Escape de ómnibus. Humedad vieja que
entra en la ropa y se queda a vivir ahí.
Del
asfalto subía un vapor leve que torcía la luz. Las veredas temblaban.
Nadie
dijo nada. Nadie preguntó.
Lo
leímos como se leen las cosas que todavía no existen.
No era un
cartel oficial. Era una hoja común, escrita a mano con una prolijidad
inquietante. Letra pareja, sin apuro, como si quien la hubiera escrito tuviera
todo el tiempo del mundo… o no necesitara tiempo.
Decía: “A
partir de hoy, se ruega no tocar nada innecesariamente.”
Nada más.
Sin firma. Sin
contexto. Sin amenaza.
Lo ignoramos. Por
supuesto. Hasta que empezaron los detalles.
Primero fue el
ascensor, uno de esos viejos, con espejo manchado y olor a metal tibio, donde
siempre parecía haber alguien respirando aunque estuvieras solo. Alguien dejó
de presionar los botones con los dedos. Usaba la manga. Después otro. Después
todos. En menos de una semana, nadie tocaba directamente nada compartido:
picaportes, barandas, interruptores. Incluso los buzones se abrían con llaves
sostenidas como si fueran bisturíes.
Había una
coreografía silenciosa de desvíos. No era miedo. Era… decoro. Como si algo
hubiera afinado nuestra conducta sin avisar.
Lo curioso es
que nadie lo había acordado. No hubo reunión de consorcio, ni charla en la
vereda, ni comentario en voz alta. Simplemente empezó a sentirse inapropiado.
Como hablar fuerte en un velorio que todavía no sabés de quién es.
Yo lo noté
tarde.
Una noche,
volviendo a casa, con el calor todavía pegado en la piel, apoyé la mano
completa sobre la pared del pasillo. No por necesidad. Por impulso. Por
cansancio. La pared estaba tibia, húmeda, ligeramente rugosa.
El contacto
fue… demasiado. No porque la pared tuviera algo extraño. Sino porque la
sensación de tocarla directamente, sin mediación, sin filtro, sin distancia…
resultó indecorosamente íntima. Como si hubiera cruzado un límite que no
recordaba haber aprendido.
Retiré la mano.
Miré alrededor. Nadie. Pero igual… me dio vergüenza. Vergüenza física. En la
cara. En el pecho. Como si me hubieran visto. Al día siguiente apareció otro
aviso. Mismo papel. Misma letra.
“El contacto
directo prolongado no es necesario.”
Ahí empezó a
incomodar en serio. Porque implicaba observación. O peor: implicaba criterio. La
gente empezó a modificar pequeñas cosas. No por obligación. Por coherencia.
Puertas abiertas con el pie. Objetos empujados con otros objetos. Incluso
algunos empezaron a usar guantes finos, no por higiene, sino por una especie de
elegancia tácita. El edificio se volvió… preciso. Y extrañamente erótico. No en
el sentido habitual. Nadie se tocaba menos. Pero todo contacto se volvía
consciente. Deliberado. Cargado. Una mano apoyada en una mesa ya no era neutra.
Era una decisión. Y toda decisión… tenía peso.
Empecé a notar
algo más. Las miradas. Porque al eliminar el contacto innecesario, lo necesario
empezaba a destacar. Un roce accidental en el pasillo se volvía insoportable.
Demasiado directo. Demasiado expuesto. La gente se pedía permiso con los ojos
para pasar cerca. Incluso entre vecinos que se conocían de años.
Doña Carmen, la
del 3°B, dejó de dar palmaditas en el brazo cuando hablaba. Don Figueroa, que
siempre saludaba con apretón de manos, empezó a asentir desde lejos, como si el
aire entre cuerpos se hubiera vuelto materia.
Una tarde, en
el hall, con la luz entrando pesada desde la calle y el murmullo lejano de
colectivos y motos, alguien dejó caer las llaves. El sonido fue seco. Metálico.
Demasiado fuerte para ese silencio nuevo. Otro vecino se agachó a levantarlas. Pero
dudó. No por desconfianza. Por protocolo. Las miró. Miró al dueño. Y esperó. El
silencio duró demasiado. Finalmente, el dueño dijo: “Sí.” Y recién ahí el otro
las tomó. Ese “sí”… no era para las llaves. Era para el contacto. Ahí entendí. No
se trataba de evitar tocar. Se trataba de autorizarlo. Y eso cambió todo.
Los avisos
siguieron apareciendo. Siempre de madrugada. Siempre sin que nadie los viera
ponerlos.
“Evite apoyarse
sin intención.”
“El contacto
casual genera ruido.”
“Toda
superficie registra.”
Ese último se
quedó más tiempo que los otros. Nadie lo arrancó. El edificio se volvió
insoportablemente atento. Y también… adictivo. Porque cada contacto permitido
era más intenso. Más preciso. Más… cargado. Como si la espera acumulara algo.
Algo que después se liberaba apenas en el roce. Pero no siempre. A veces
quedaba. Flotando.
Una noche,
escuché algo en la pared. No un golpe. No un vecino. Era más… interno. Como un
leve raspado. Como uñas muy finas arrastrándose del otro lado del revoque.
Apoyé la oreja. Sentí calor. Y algo más. Una vibración mínima. Rítmica. Como si
la pared respirara. Me alejé. No lo volví a hacer.
Esa misma
noche, en el ascensor, quedé con una vecina. Nunca habíamos hablado. No sabía
su nombre. Pero ahora la reconocía por cómo evitaba tocar el pasamanos: usaba
el borde de la cartera.
El espacio era
mínimo. El aire denso, casi húmedo, como si el calor no tuviera a dónde ir. Ninguno
tocaba nada. Ni siquiera los botones. El ascensor subía solo.
En un momento,
nuestras manos quedaron cerca. No se tocaron. Pero la distancia… era corta. La
sentí. No su piel. La posibilidad. Y eso… eso fue peor.
Cuando se abrió
la puerta, ninguno salió inmediatamente. Como si moverse implicara romper algo.
Como si el movimiento fuera también una forma de contacto.
Finalmente,
ella habló. Muy bajo: “¿Está justificado?” No aclaró qué. No hacía falta. La
pregunta quedó suspendida entre nosotros, espesa como el aire.
No respondí. Pero
tampoco me fui. Y en ese pequeño intervalo, algo se volvió insoportablemente
claro: no queríamos tocar, queríamos el permiso.
Esa noche no
dormí. No por ansiedad. Por anticipación. Porque empecé a pensar en otra cosa. Si
toda superficie registra… ¿qué pasa cuando nadie está mirando?
Al día
siguiente, el aviso final apareció. Más grande. Más centrado. Como si hubiera
sido escrito con más presión.
“El contacto
sin testigo carece de valor.”
Eso… eso fue
demasiado. Porque introducía algo nuevo: la necesidad de ser visto. A partir de
ahí, todo se volvió… performático. Los pocos contactos que ocurrían eran
lentos. Visibles. Casi ceremoniales. Un vecino ayudando a otro con una bolsa.
Dos manos coincidiendo en un objeto. Un roce apenas sostenido más de lo
necesario. Pero siempre… con alguien mirando.
Siempre había
alguien en el pasillo. En la escalera. En el reflejo del ascensor. El edificio
entero se convirtió en un sistema de validación. Y lo peor es que funcionaba. Porque
el contacto, así regulado, se volvía insoportablemente intenso. No por lo que
era. Por todo lo que lo precedía. Una acumulación. Una presión. Una espera. Pero
algo más empezó a cambiar. Las paredes. No en apariencia. En respuesta.
Una tarde apoyé
el codo –sin querer– contra el marco de la puerta. Fue un roce mínimo.
Injustificado. Me quedé quieto. Sentí… devolución. No movimiento. Registro. Como
si el contacto no terminara en mi piel. Como si algo… del otro lado… hubiera
tomado nota. Esa noche soñé con manos. No manos humanas. Superficies con forma
de mano. Que tocaban desde adentro. Que empujaban sin salir. Y entendí algo que
me dio asco: no éramos nosotros los que estábamos aprendiendo a tocar; era el
edificio el que estaba aprendiendo a ser tocado. A necesitarlo. A distinguir
entre lo necesario y lo superfluo. A exigir condiciones. A perfeccionar el
contacto.
Después
desapareció el encargado.
Nadie lo
mencionó. Se dijo que se había ido al interior. Pero su departamento quedó…
cerrado desde adentro. Y a veces, al pasar, se sentía ese mismo raspado en las
paredes. Más intenso. Más cerca. Como si ahí adentro… algo practicara.
Hasta que pasó.
Fue en el hall.
De día. Con gente. La misma vecina. Nos miramos. Sin hablar. Nos acercamos. Las
manos… esta vez no dudaron. Se tocaron. Nada más. Un contacto limpio. Directo. Justificado.
Y observado.
Pero el
silencio que siguió… fue absoluto.
No había ruido.
No había contexto. Solo contacto. Y en ese instante, entendí algo que me dejó
completamente inmóvil: no había placer, había… registro. Como si ese toque no
fuera para nosotros. Como si hubiera sido archivado. Como si alguien –o algo–
hubiera estado esperando exactamente eso. Y lo hubiera obtenido. Esa misma
noche, todos los avisos desaparecieron. El edificio volvió a la normalidad. La
gente tocaba cosas sin pensar. Puertas. Paredes. Cuerpos. Todo… otra vez banal.
Demasiado fácil. Demasiado suelto. Como si algo ya no necesitara que cuidáramos
nada. Como si el aprendizaje hubiera terminado. Pero no del todo.
Porque días
después, en el departamento del encargado, apareció algo. La policía entró. No
dijeron mucho. Pero uno de los vecinos juró haber visto las paredes. Hundidas. Marcadas.
Como si cientos de manos hubieran empujado desde adentro… durante mucho tiempo.
Y en el centro del piso, algo más. Una forma. No un cuerpo. Una superficie. Con
textura de piel. Extendida. Fina. Como si alguien hubiera sido… despegado.
Ahora, a veces –muy
de vez en cuando– cuando apoyo la mano en una superficie cualquiera… en la
pared tibia, en el metal caliente, en el vidrio que todavía guarda el día… siento
una mínima resistencia.
No siempre. Solo
a veces. Como si algo del otro lado estuviera evaluando. Midiendo. Comparando. Y
lo peor no es eso. Lo peor es que, algunas noches, cuando el calor no baja y el
silencio se vuelve pesado, siento que la pared… devuelve el gesto. Apenas. Lo
justo. Como si ya supiera exactamente cuánta presión necesito para que quede
registrado.
CUENTO GANADOR DEL CERTAMEN "ENTRE AMIGOS" 2026

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