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sábado, 29 de agosto de 2026

LA NIÑA DEL REFUGIO

Aleksandra Filipović

 

Ayer mataron a Kennedy. Han transcurrido diecinueve años, pero aquel día de 1944 continúa persiguiéndome. A veces no logro conciliar el sueño hasta el amanecer. Entonces saco del armario junto a la cama un ejemplar amarillento de Politika y contemplo largamente la fotografía de la niña que me sonríe desde la portada.

Afuera aúlla la košava. Desde la ventana de la buhardilla que alquilo vigilo las oscuras aguas del Danubio. Ondulan como el tiempo. Esta noche me atreveré por primera vez a escribir algunas líneas sobre lo sucedido aquel día. Comenzaré anotando la fecha de hoy en la parte superior de la hoja. Después dejaré todo en manos del pulso tembloroso de la memoria.

Escrito el 23 de noviembre de 1963, en Belgrado.

Durante la Pascua de 1944, el mundo se derrumbó. En los rincones del refugio, situado en el centro de Belgrado, titilaban las llamas de las velas. Los rostros que aparecían bajo los rayos de luz rojiza parecían sus propios reflejos en un espejo espectralmente deformado. La gente respiraba con dificultad y contemplaba la nada con ojos vidriosos. Aferraban desesperadamente a sus hijos, como si pudieran ocultarlos de la muerte que se aproximaba con sus propios cuerpos. Los aviones, las Fortalezas Volantes, habían rugido durante todo el día y convertido en ruinas las calles y las plazas. El refugio temblaba, todo retumbaba a nuestro alrededor y fragmentos de piedra se desprendían del techo y caían sobre nosotros. Sin embargo, nuestro refugio aún resistía. No por mucho tiempo, lo sabía.

Pero en ese momento llevábamos un rato sin oír nada. Me había acurrucado en un rincón apartado del recinto. La llama de una vela crepitaba. No había muchas personas cerca de mí. La humedad reptaba por las paredes y el aire olía a tumba recién abierta. Desde algún lugar del techo, el agua goteaba sobre el suelo de piedra. Me envolví en el abrigo. Temblaba. Presentía que se acercaba el momento en que me convertiría en polvo. Polvo que los vientos enloquecidos dispersarían en el abismo.

De pronto, algo me tocó el hombro. Me volví y vi a una niña. No podía tener más de cuatro o cinco años. Llevaba un vestido claro con flores rojas que me parecieron manchas de sangre. Sus ojos castaños sonreían.

—¿Dónde están tus padres, pequeña? —le pregunté.

—No lo sé —susurró.

Le faltaban los dos incisivos superiores.

—Ven, vamos a encontrarlos.

Mientras me ponía de pie, la niña señaló la multitud de barriles de madera que había detrás de mí. La oscuridad se extendía sobre ellos.

—Allí —murmuró.

Acerqué la vela y empecé a apartar los barriles pequeños y vacíos. Estaba convencido de que detrás descubriría la mano aplastada de una mujer, con el índice extendido como si acusara a alguien. O que vería la rodilla desnuda de un hombre, asomada e inmóvil bajo unos pantalones desgarrados y ensangrentados.

Un murmullo se propagó por el refugio. Sentía que las miradas interrogantes de la gente me quemaban la espalda. La niña seguía atentamente cada uno de mis movimientos. Parecía dar saltitos de impaciencia. Poco después apareció una abertura detrás del montón de barriles. Como unas fauces abiertas, se reveló la entrada de un túnel, lo bastante amplia para que pasara una persona. Aparté todo y una oscuridad ancestral brotó de su interior.

Miré hacia la niña, pero ya no estaba. En el lugar donde había permanecido solo quedaba un periódico arrugado. Me lo guardé en el bolsillo. En tiempos de guerra, el papel era un verdadero tesoro. Me introduje en el túnel. Olía a podredumbre. Como garras nudosas, las raíces de los árboles atravesaban la piedra y la tierra del techo. Entonces, a través del aire condensado por la acumulación del tiempo, me acarició una brisa apenas perceptible.

—Gente... Gente... aquí hay un túnel —balbuceé—. Hay una salida cerca... ¡Rápido, podremos escapar!

Regresé trastabillando hasta el centro del refugio. Daba saltitos y agitaba los brazos.

Todavía hoy me llegan, intactas, las últimas miradas de las personas del refugio. Compasivas y, a la vez, llenas de repugnancia. Personas que después apartaron la vista de aquel loco, o cuando menos bufón, que les suplicaba que lo siguieran por un túnel que podía derrumbarse en cualquier momento. Se apartaron del insensato que pretendía conducirlos a través de oscuros laberintos, donde vagarían como topos hasta que los abandonaran las fuerzas y, uno tras otro, se convirtieran en alimento de ratas y espectros.

Nadie se movió. Busqué a la niña con la mirada. No la vi. Entonces los aviones volvieron a rugir. Una bomba cayó cerca. El techo empezó a derrumbarse. Enloquecido, me precipité dentro del túnel. Dejé a mis espaldas los alaridos y el llanto. Se volvieron cada vez más débiles. Las piedras sepultaron la entrada y ya no pude regresar. No pude salvar a nadie. Todas aquellas personas, todos aquellos niños, muertos, aplastados. Lancé un grito y caí de rodillas. Estalló otra bomba. Todo se estremeció. Me levanté y corrí hacia la oscuridad. No sé en qué dirección. No sé cuánto tiempo vagué por las tinieblas; tropezaba y la boca se me llenaba de barro. Los oídos me retumbaban. La tierra se desmoronaba cada vez que una bomba explotaba en las cercanías.

Mi única guía eran las paredes. Tocaba las piedras viscosas y continuaba avanzando. Estaba convencido de que moriría en aquella oscuridad eterna. Entonces el túnel dejó de descender y comenzó a ascender por una pendiente suave. Me pareció que habían transcurrido años cuando por fin se ensanchó y la luz del día me azotó las pupilas. En ese momento oí un pájaro. Un grito atrapado en la garganta. Nunca antes ni después escuché un canto semejante. Salí del pozo arrastrándome de rodillas.

Ante mí reverdecían los prados primaverales. El aire olía a jazmín. Siempre había sabido que la muerte huele a jazmín. El periódico que había recogido en el refugio se cayó del bolsillo de mi abrigo. Me desplomé y el agotamiento me sumió en el sueño.

Cuando desperté, tenía las hojas apretadas entre las manos. Politika, decía en la portada. Un titular extraño ocupaba toda la página en letras enormes: «Niña muere en su casa por una bomba de la OTAN». Debajo, desde una fotografía, me sonreía la niña que poco antes me había mostrado el túnel en el refugio.

En la parte superior de la página estaba impresa la fecha: abril de 1999.

Aleksandra Filipović (1983) es una escritora serbia galardonada cuyas obras conectan generaciones. Su trabajo se caracteriza por historias intensas e imaginativas, con mundos originales y personajes memorables. Sus libros gozan de igual popularidad entre niños, jóvenes y adultos. Es autora de las novelas infantiles y juveniles. Entre los títulos publicados merecen citarse: O krilima i čudima, Serafina Krin i Srce sveta, Serafina Krin i poslednji grifon, Veštica Noćka u potrazi za zvezdama, Orion Zvezdić i Izvor snova. Sus obras han sido traducidas a varios idiomas, adaptadas para la radio y publicadas en importantes revistas literarias y antologías. 

 

SIN FRENO