Shweta Taneja
—¡Hermano, eres el
hombre del momento! —Sardar Singh golpeó a Asim en el hombro, haciéndolo
tambalear y toser—. ¡Qué suerte, yaar! Yo he tenido siete hijas, siete perras
costosas. Mi Lalli es una yegua fértil, pero no, ni una sola ha heredado lo
suyo ni ha derramado una gota de sangre. Pero tú, ¡diste en el blanco con la
primera, eh! ¡Maldito suertudo! —Sardar le guiñó un ojo.
Asim miró alrededor con
desconfianza, esperando desesperadamente que nadie hubiera oído. Justo cuando
su suerte parecía haber cambiado, iba y se encontraba con el mayor chismoso del
distrito.
—¿Cómo supiste…? —Asim se
interrumpió. Sacó su pañuelo bordado, cuidadosamente doblado, y se secó el
sudor de la frente, acomodándose el cabello engominado mientras se alejaba un
poco de su ruidoso compatriota—. Mira, aquí no, por favor.
Sardar arrastró a Asim hacia un
rincón, apartándolos del mar burbujeante de humanidad que hacía fila para
entrar al mercado de fertilidad.
—¡Eres una auténtica bestia
escondida! —el susurro de Sardar resonó con fuerza junto a su oído.
Asim era un hombre bajo y delgado,
con una pequeña barba puntiaguda destinada a ocultar un mentón poco notable.
Sardar, en cambio, era enorme: alto, ancho y gordo, con una abundante barba
salpicada de canas.
—Francamente, cuando te casaste con
esa Alia pensé: qué desperdicio de una raza perfecta. Ella es una campeona,
claro, todo el mundo lo sabía. Todas las mujeres de su familia habían parido
hijas sangrantes. ¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que hubo sangre en tu
familia, eh? —Sardar le clavó el codo en las costillas, haciéndolo encogerse—.
Pero tú demostraste ser un lobo disfrazado de oveja, ¿eh? ¿Cuántas hijas tienes
ahora?
—Cuatro —respondió, frotándose la
costilla dolorida.
—¿Doce años y ya cuatro hijas? ¿Y
todas menores que la sangrante? ¿Cuántos años tiene ella? ¿La hija que sangra?
—Once.
—¿Sangrando a los once? Bueno,
bueno, bueno. ¿Estás usando Fertible…?
—¡Jamás! —Los labios de Asim se
torcieron con disgusto.
—Entonces estás tomando esa poción
de Hanif Hakeem, ¿eh? Cuéntanos también a nosotros, yaara, queremos conocer el
secreto. A nuestra Lalli todavía le quedan algunos años de sangrado. Tal vez
podamos humedecer también nuestras tierras estériles.
—¡Sardar!
—Escucha, hermano —Sardar le pasó
el brazo por los hombros, con las cejas brillantes de sudor—. Como sabes, mi
hijo Karkat ya está listo para una sangrante. Nosotros, los hombres del
distrito, tenemos un entendimiento entre nosotros, ¿verdad? No querrás que tu
hija vaya a la casa de un extraño donde Alia ya no pueda verla, ¿no? ¿Quién
sabe qué costumbres perversas tienen los de otros distritos? Si es alguien del
distrito cuatro podrían incluso…
Asim apretó el asa de su preciosa
conservadora y contuvo una respuesta mordaz. Todo el distrito conocía al simple
hijo de Sardar. Llevaba meses ofreciendo a su primogénito en el mercado para
conseguir una sangrante. ¿Quién en su sano juicio entregaría una hija
sangrante, y además virgen, a ese idiota? Asim tenía grandes esperanzas para su
Gaia. Quería que tuviera tantos hijos como fuera posible. Necesitaba un
semental fértil para ella. No el hijo de Sardar, que no parecía tener ni semen
en los testículos ni cerebro en la cabeza.
—Mira, tengo que irme. Tengo un
turno en la subasta…
—¿Hora de subasta? ¿Conseguiste
entrar? —Sardar le dio una palmada en la espalda que casi hizo caer la
conservadora—. ¡Eso sí que son buenas noticias, hermano! ¡Imagínate! ¡Uno de mi
propio distrito convertido en un auténtico subastador! ¿Por qué no lo dijiste
antes?
Le arrebató la conservadora de las
manos.
—Mira, Sardar —intentó recuperarla
Asim—, seguramente tendrás otras cosas que hacer. No quiero molestarte…
—¡Ajee, no te preocupes! ¿Quién va
a ayudar si no es un hermano? ¿A qué hora dijiste que era tu subasta?
—A las cinco.
—¡Eso es dentro de unas pocas
horas! Vamos, vamos, tenemos que apresurarnos.
Lo arrastró de nuevo hacia la
multitud que avanzaba hacia el mercado de fertilidad.
—Ahora que eres subastador tendrás
a toda clase de buitres revoloteando sobre tu cabeza, listos para falsificar tu
nombre y quitarte el puesto. Debes estar alerta y… ¡Fuera! ¡Fuera! —Sardar
apartó a empujones a un par de vendedores ambulantes que se acercaban con
amuletos—. ¡Es un auténtico subastador, con sangre auténtica! ¡Mantengan esas
porquerías lejos de él, sanguijuelas hambrientas!
Asim lo siguió sin alternativa.
—…y nunca sonrías a los compradores
—gritaba Sardar sobre el estrépito, avanzando por el centro del pasillo como un
elefante—. Ellos no te están haciendo un favor; eres tú quien les hace un favor
al considerar sus ofertas por tu sangrante. Mejor todavía: déjame hablar a mí.
Mi tío Bunny Chacha, ¿lo conoces, verdad?
Asim asintió de mala gana.
Todo el mundo conocía al tío de
Sardar, un respetado Anciano. Todos acudían a Bunny Chacha para pedir consejo
sobre la venta de muchachas sangrantes. Corría el rumor de que una vez había
vendido una muchacha a un jeque.
—Lo he ayudado muchas veces…
incluso pensé en dedicarme a ser agente para todos esos padres que acudían a
él, pero no, no hay suficiente gente que confíe en uno… no como en ti, hermano…
ni siquiera mires a los otros subastadores. Así es como consigues…
Asim maldijo entre dientes. Apenas
una hora antes, cuando el funcionario finalmente le había entregado un turno,
había creído que su suerte cambiaba. Había besado el relicario de sangre que
había comprado el día anterior, se había puesto su mejor ropa y había corrido a
buscar un buen lugar en la subasta para exhibir sus muestras de sangre. Y ahora
estaba atrapado con Sardar.
—¿Oyes eso, Dada? —gritó Sardar,
dirigiéndose a un anciano encorvado, cuyos brazos parecían ramas secas
cubiertas de talismanes y amuletos—. ¡Un hombre de mi propio distrito! ¡La
primera hija sangrando a los once!
El viejo miró a Asim mientras movía
la boca como si rumiara.
—Ajee, en nuestros tiempos había
muchas más sangrantes. Podías casarte con cualquier muchacha y ella te daba más
sangrantes.
—¿Sin subasta? Eso es imposible
—bufó Asim, incapaz de contenerse.
Presumidos. Había muchos
últimamente. Estériles fanfarrones con hijas secas o, peor aún, sin hijas.
—Subasta, subasta —el anciano hizo
una mueca—. Todas esas son cosas nuevas. ¡Ramu! —llamó a un hombre que, si era
posible, parecía aún más viejo, con el rostro derretido como una vela—.
Cuéntales cómo nos casábamos en nuestros tiempos. ¿Pedíamos todas estas
muestras de sangre y tonterías?
—No, ji —gritó el derretido Ramu—.
Antes de las bioguerras no necesitábamos análisis de sangre. En nuestros
tiempos podías casarte con cualquier mujer, ¡con cualquiera!, y ella te daba
hijas sanas y sangrantes durante toda su vida fértil. Ahora ya no queda
calidad. ¡Las muchachas son más estériles que el centro del desierto de Gobi!
Escupió en el suelo, dejando una
larga estela roja de paan sobre el pijama de alguien.
—Yo les digo: si quieren una
muchacha fértil, compren mi surma. Así nací yo y mi padre antes que yo. Este
surma es mágico, ji. Hace que una muchacha sangre más rápido de lo que uno
tarda en ir al baño después de un banquete.
—¿De verdad? Dame una muestra —dijo
Sardar.
Se apartó de la fila. Asim recuperó
su conservadora y avanzó rápidamente, esperando haberse librado para siempre de
su compatriota. El tiempo era esencial.
Le había tomado un mes entero,
angustioso y lleno de pánico, llegar hasta allí. Primero, esperar mes tras mes
a que el ciclo menstrual de su hija apareciera. Correr al laboratorio con una
muestra de sangre. Rezar.
Muchas muchachas del distrito,
después de las bioguerras, sangraban uno o dos meses y luego dejaban de
hacerlo.
—Sangrado psicológico —decían los
médicos—. Eso no significa que sea fértil.
Su bendita Gaia había sangrado
durante cinco meses completos antes de que él corriera al Banco Estatal de
Subastas para registrarse en una subasta nacional.
Alia le había dicho que no se
molestara y que vendiera a Gaia en el mercado del distrito, pero él había
insistido. Gaia era su primera hija. Le debía algo mejor que terminar en una
familia como la de Sardar. Merecía a alguien educado y rico. Alguien que pudiera
darle hijos hermosos y amarlos a todos. Alguien como un jeque.
Por eso Asim había pedido un enorme
préstamo a un prestamista y había internado a Gaia en el Centro de Fertilidad
de la Ciudad mientras esperaba que el Banco Estatal le asignara un turno.
El Centro de Fertilidad era
terriblemente caro, pero no podía arriesgarse. Había oído historias espantosas
sobre bandas que secuestraban muchachas sangrantes y a sus madres, asesinaban a
los hombres de la familia y luego vendían a las mujeres a compradores privados
en el extranjero.
Y tampoco confiaba en el Estado
para proteger a las muchachas ni a él de los depredadores.
Tenía que vender a su hija ese
mismo día. Si no lo lograba tendría que regresar, conseguir nuevas muestras de
sangre, volver a solicitar turno al Banco Estatal y esperar otra vez. O peor
aún: vender a su hija en el mercado negro para conseguir dinero.
—Jamás —susurró—. Mi sangre es
auténtica. Mi hija sangra de verdad.
No como ese Sardar Singh y aquellos
vendedores geriátricos. Desocupados que acudían al mercado día tras día
arrastrando a sus hijas estériles, obligándolas a probar métodos quirúrgicos,
pociones o medicinas en un intento desesperado por volverlas fértiles.
¡Idiotas infértiles y sin dinero!
Sí, hoy concretaría una venta,
costara lo que costase.
Una cacofonía de conversaciones,
discusiones acaloradas y gritos anunció el Mercado Fértil antes incluso de que
pudiera verlo. Un único torniquete permitía el ingreso de las personas mientras
los guardias verificaban las tarjetas de identificación.
Como de costumbre, el aire
acondicionado del bazar no funcionaba, de modo que el espacio sellado por
paredes de vidrio resultaba sofocante y abrasador.
Asim avanzó entre los pasillos
llenos de vendedores que exhibían sus mercancías sobre alfombras o toallas, y
compradores que revolvían, escogían muestras, las examinaban, regateaban o
negaban con la cabeza.
Al fondo del salón, frente a las
filas de puestos, estaba la sección de Subastas, separada del bazar principal
por una bruma de aire frío.
El bazar de la élite.
Asim caminó hacia allí con el
corazón golpeándole el pecho.
—¡Hermano! —Sardar apareció detrás
y le aferró el hombro—. ¡Vamos a conseguirle un jeque a tu hija, yaara!
Jeque.
La idea casi hizo tropezar a Asim.
Si conseguía un jeque podría… tener
una casa propia, mantener a toda su familia con comodidad, incluso comprar
gasolina para la moto y llevar a Alia a la feria de primavera. ¡Su hija
vestiría joyas y sus nietos recibirían educación!
Un jeque sería…
—¿Viene contigo? —preguntó un
guardia, señalando a Sardar mientras Asim mostraba su tarjeta de subasta.
Era el momento. Un simple
movimiento negativo de cabeza y Sardar desaparecería de encima como caspa.
Sin embargo, algo hizo que Asim
asintiera.
Sardar le dio una palmada en la
espalda mientras entraban.
—¿Preparaste tu discurso?
—preguntó—. Eso es lo primero para atraerlos hacia tus muestras de sangre.
Puedes tener las muestras de la yegua más rara del mundo, pero ¿de qué sirve si
nadie se acerca?
La zona de subastas tenía cubículos
más amplios para cada vendedor, con rincones destinados a las negociaciones.
Los padres ya estaban abriendo sus
conservadoras y acomodando las muestras de sangre sobre los escritorios
asignados. Daban instrucciones a amigos, familiares o compatriotas que habían
llevado consigo; colgaban carteles sobre el historial familiar y de fertilidad
tanto del padre como de la madre; exhibían el certificado de probabilidad que
otorgaba el Estado, indicando qué tan probable era que la muchacha reprodujera
futuras hijas sangrantes.
El puesto asignado a Asim estaba en
diagonal frente al escenario. Al fondo del escenario se encontraba la zona
acordonada para los compradores VIP.
Jeques, susurró una voz melosa en
su cabeza.
—¿Cómo se convierte uno en
comprador? —preguntó mientras miraba a uno de los jeques.
—Hay que ser rico, hermano
—respondió Sardar, quitándose el turbante para limpiar la mesa—. Al menos diez
cajas bancarias del tamaño de nuestras casas, llenas hasta el borde de monedas.
¿Trajiste carteles? ¿O alguna foto de tu hija sangrante?
—No.
—¡Mira a los demás! —Sardar agitó
la mano a su alrededor mientras volvía a colocarse el turbante—. ¡Hasta
trajeron a sus hijas, exhibiéndolas como si esto fuera un mercado de camellos!
—escupió—. ¿Y tú? ¿Ni siquiera una foto? ¿Cómo atraerás compradores, eh? ¿Con
el olor de su sangre?
Asim apretó los labios y comenzó a
sacar las muestras cuidadosamente, acomodándolas con pulcritud sobre la mesa.
—No exhibiré a mi hija como si
fuera un animal —dijo.
—Tú, el testarudo del distrito…
Un hombre se acercó al puesto.
—¿Es auténtico ese rojo? —preguntó.
Vestía un elegante traje negro.
—Cien por ciento auténtico, ji
—respondió Sardar antes de que Asim pudiera abrir la boca—. Pero antes dinos
quién eres, eh. No pareces comprador.
—Sardar —susurró Asim, pero Sardar
continuó.
—¿Quién eres para preguntar por la
sangrante? ¿Tienes siquiera monedas suficientes para formular la pregunta?
El hombre se alejó cabizbajo.
—No conoces a estos tipos —continuó
Sardar, ignorando el ceño de Asim—. Desperdician sangre valiosa oliéndola o
tragándola, y se hacen llamar agentes. Voy a conseguirnos compradores.
Salió al pasillo y comenzó a hablar
con la gente. Cada pocos minutos regresaba acompañado de alguien, susurrando:
—¡Muestras frescas y auténticas de
una virgen sangrante, ji! ¡Solo once años!
Pronto se formó una fila de
compradores que pedían gotas de sangre para probarlas con sus flamantes
hemoglins y registrar los resultados en sus tabletas. Algunos preferían
degustarla, tocando la gota roja con la punta de la lengua antes de asentir o
negar con la cabeza.
Un par de horas desaparecieron en
un aturdimiento.
Asim miró la lista que había
preparado. Ochenta y cinco personas habían probado la muestra.
—¿Puedo tener una muestra, por
favor? —preguntó una voz suave.
Asim levantó la vista. Era una
mujer de unos veinte años, vestida con un sari estampado. Tragó saliva.
—Represento al jeque Numansin —dijo
ella con voz ronca mientras Asim presionaba el tubo para dejar caer una gota de
sangre sobre la palma de la mujer.
Ella lamió la gota con su pequeña
lengua sin dejar de mirarlo.
—Poderosa —susurró, dedicándole una
suave sonrisa.
—¡No eres bienvenida aquí! —bramó
Sardar, que acababa de regresar con otro comprador.
—¡Sardar! —exclamó Asim.
—Hemos oído historias sobre tu
jeque. No nos interesa —dijo él, despidiéndola.
La mujer se alejó guiñándole un ojo
a Sardar.
—Asim, ¡es hora de impresionarlos
con tu discurso!
Asim caminó hacia el escenario,
nervioso, manoseando el papel que Alia le había dado, esperando recordar todo.
Deseó que su esposa estuviera allí.
Alia tenía experiencia en esas cosas. Después de todo, había asistido a muchas
subastas antes de que su padre aceptara vendérsela a él en el bazar local, y
solo porque la suerte de Asim había cambiado el día que encontró una caja de
naranjas frescas abandonada durante su turno como vigilante nocturno.
¿Él?
Aquella había sido su primera y
última vez en una subasta, y encima en un bazar local. Era la primera vez que
participaba en una subasta de ciudad.
Se secó el sudor de la frente y
pensó si no sería mejor pedirle a Sardar que hablara en su lugar. Él sí parecía
seguro y fuerte, un macho alfa capaz de criar hijas sangrantes como moscas.
El registrador pronunció su nombre
y Asim subió al escenario trastabillando.
Contempló un mar de rostros:
hombres de largas barbas, turbantes, cabellos largos, bigotes amenazantes.
Comenzó a recitar torpemente las
líneas aprendidas de memoria. Algo sobre la familia de su esposa, la suya
propia y su hija virgen de apenas once años, que llevaba ya seis meses
sangrando.
Todo el tiempo fue dolorosamente
consciente de que estaba arruinándolo.
Y cuanto más desesperado se sentía,
más se equivocaba.
El público –un grupo de hombres
urbanos, elegantes y refinados– pronto perdió el interés.
Una risita. Un bostezo. Un murmullo
en voz alta.
¿Sonaba demasiado simple?
¿Demasiado campesino?
La mujer que había pasado antes por
su puesto le susurró algo al hombre sentado junto a ella en la sección VIP.
El jeque.
Asim siguió murmurando mientras
desordenaba sus papeles, intentando contar un chiste que Alia había preparado y
olvidándolo a mitad de camino.
—¡Es de mi distrito! —gritó Sardar
desde abajo del escenario, mientras se golpeaba el pecho—. ¡Distrito cuatro!
—Su voz retumbó por toda la sala—. ¡Tenemos las muchachas más hermosas del
país! ¡Tiene once años y es virgen!
—¿Y para qué queremos belleza si
son estériles como un mar de arena? —gritó un hombre del público.
Las risas estallaron.
—¿Dónde está tu hija? ¿Cómo sabemos
si es bonita?
—¿Cómo sabemos que es virgen?
—Nosotros no exhibimos a nuestras
hijas de donde venimos —gritó Sardar.
—¿Quién compra una verdura sin
tocarla un poco antes? —gritó otro.
—Tenemos la sangre —murmuró Asim,
sintiendo que el corazón le subía a la garganta.
El público empezó a abuchear y
reír.
—¡Idiotas de pueblo!
—No parece capaz de fecundar ni una
mosca, mucho menos una muchacha sangrante.
Las carcajadas fueron seguidas por
un rugido de Sardar.
—¡¿Quién dijo eso?!
Sardar saltó hacia la zona VIP.
—¡Sardar! ¡No!
Asim bajó apresuradamente del
escenario.
Los guardias estatales uniformados
se movieron de inmediato, abalanzándose sobre Sardar y descargándole bastonazos
eléctricos. Él se retorció y golpeó a uno de los guardias con su pesado brazo.
—¡Basta! —dijo una voz atravesando
el tumulto.
Los guardias quedaron inmóviles.
Los ojos de Asim parecieron salirse
de las órbitas.
Era la misma mujer de antes.
—El jeque Numansin comprará a esta
muchacha —anunció con suavidad.
La mujer condujo a un aturdido Asim
hacia un rincón.
—Está interesado —dijo.
Asim miró al jeque sentado en la
primera fila de la sección VIP, mordiendo una manzana.
Un jeque auténtico. Tan auténtico
como la manzana que comía.
Era la primera vez que veía un
jeque, y una manzana.
Tragó saliva.
—Eres realmente afortunado —dijo
ella, advirtiendo su expresión—. Pero tiene una condición.
—¿Cuál?
—Quiere firmar un contrato contigo.
Esta muchacha y todas las futuras muchachas sangrantes.
—Eso no…
—No está dispuesto a esperar.
Puedes pedir cualquier suma, cualquier…
Se detuvo mientras él calculaba
mentalmente.
—Será bueno con ella, Asim —dijo
suavemente—. Créeme.
—¡No lo hagas, hermano! —Sardar
llegó rengueando—. ¡He oído historias sobre este jeque! ¡Lo llaman el Jeque
Coleccionista!
La mujer le dedicó una sonrisa
sombría y se volvió.
—Estaremos quince minutos más en la
sección VIP —dijo mirando a Asim—. Es una buena vida.
—Encontraremos otro comprador
—gritó Sardar—. Uno mejor, alguien con…
—¿Mejor que un jeque? —exclamó
Asim, temblando de ira—. ¿Te escuchas a ti mismo, Sardar? Te respeto, pero ¿qué
demonios te pasa?
—Escúchame, ese hombre no está
bien. No lo está. ¡Tu hija viviría una media vida! Dámela a mí. Tú y Alia nos
conocen. Ella vivirá con mi hijo, con mi familia. Podrán verla todos los días.
—¿Y cuántas monedas tienes, Sardar?
—¡Las suficientes para que vivas
una vida normal, hermano!
—Es un jeque, Sardar. Y tú… tú eres
un patán comparado con él.
—¡No dejaré que desperdicies una
muchacha sangrante de nuestro distrito!
—¡Es mía! ¿Entiendes? ¡Mía! ¡Mía
para venderla o no, como yo quiera! Y no voy a vendértela a ti, Sardar. Ni en
un millón de años secos. ¡Ni aunque tu hijo fuera el último muchacho con
esperma sobre la Tierra!
Sardar retrocedió como si lo
hubieran golpeado físicamente.
—¡La maldición de Banjar caerá
sobre ella! —dijo antes de alejarse.
Asim se estremeció.
Maldito padre estéril, sin hijas
sangrantes que vender. Queriendo darle órdenes a él, un padre de una muchacha
sangrante.
A Alia todavía le quedaban algunos
años fértiles. Tal vez tendrían otra sangrante, tal vez no. Pero él ya estaba
recibiendo dinero adelantado por todas las futuras.
No más subastas.
Todo lo que tendría que hacer sería
llamar y obtendría un jeque para cualquier futura hija sangrante.
Y podría darle una buena vida a su
familia.
Demonios, incluso podría
convertirse en el jefe del distrito, un hombre respetado e influyente. ¡Un
Anciano como Bunny Chacha! Un hombre al que todos acudían para pedir consejo
sobre cómo vender hijas sangrantes.
Todo lo que tenía que hacer era
firmar un papel.
¿Qué había de malo en eso?
Sardar solo estaba celoso.
Caminó hacia la sección VIP
envuelto en una bruma de sueños y firmó donde la mujer le indicó.
Ya estaba hecho.
No había marcha atrás.
—Iré a buscarla al Centro de
Fertilidad de la Ciudad —dijo al jeque.
El hombre no le había dirigido ni
una sola palabra. Aunque tampoco tenía por qué hacerlo. Pero habría sido
agradable.
—No hace falta —dijo la mujer,
apoyándole una mano en el hombro y sonriendo con cortesía—. Podemos llevárnosla
ahora que los documentos de propiedad están firmados.
—Pero… ¿la boda…?
Miró al jeque.
—Al jeque le gustan las cosas
discretas. Nada de caballos ni bailes.
—Pero… ella es mía.
—Ya no —dijo la mujer con suavidad.
—La cuidarán, ¿verdad? —preguntó
Asim, dirigiéndose al jeque. De hombre a hombre.
El jeque miró a Asim como alguien
que repara en una lagartija en una esquina del cuarto.
—El distrito cuatro es muy raro
—respondió.
La mujer entregó a Asim una caja
llena de monedas.
—Este es el primer pago. Le
enviaremos una mensualidad durante el resto de su vida. Llámenos si vuelve a
haber una sangrante en su familia. Haré que alguien recoja a la muchacha en su
aldea. Ni siquiera tendrá que venir a la ciudad.
—Lo harán, ¿verdad? —preguntó otra
vez.
—Mi colección necesitaba un
espécimen del distrito cuatro —raspó el jeque.
—Pero la amarán y educarán a los
niños, ¿no? —preguntó Asim mientras ellos se levantaban para marcharse.
La mujer se inclinó y acomodó los
pliegues de la túnica del jeque.
—¿Niños? —frunció el ceño el jeque
mientras se alejaba.
—¡Ahora sí lo arruinó todo!
—exclamó la mujer con voz cortante—. ¿Cómo pudo ser tan insensible?
Y se apresuró detrás de él, dejando a Asim solo con su caja de oro.
Shweta Taneja es una autora y
periodista india galardonada, conocida principalmente por su exitoso libro de
ciencia para niños, ¿Qué hicieron? ¿Qué encontraron?, y por la aclamada serie
de fantasía, Los misterios tántricos de Anantya. A través de sus obras, que
abarcan desde la no ficción hasta la ficción especulativa, explora la relación
en constante evolución entre la ciencia, el alma y la sociedad moderna. Fue
finalista del prestigioso premio francés Grand Prix de l’Imaginaire, becaria de
escritura de Charles Wallace y ha impartido charlas sobre ciencia y ficción en
China, Reino Unido e Irlanda. Su obra ha sido traducida al chino, bengalí,
francés, rumano, kannada y neerlandés. Como periodista, escribe sobre
tecnología avanzada, ciencia e inteligencia artificial para el Hindustan Times.
Cuando no está escribiendo, pasea por los bosques, hace senderismo y observa
aves con binoculares. Pueden encontrarla en línea con su nombre de usuario
@shwetawrites.
