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viernes, 3 de julio de 2026

EL RÍO

Yusuf Abu Alfawz

 

La puesta de sol abraza el entorno. El tiempo está ventoso y el río parece molesto, jugueteando a su antojo con los botes de los pescadores. Las gaviotas inquietas buscan donde resguardarse y emiten intensos graznidos, como llamadas de auxilio.

En paralelo al río circulan los coches a toda velocidad. Las puertas están cerradas, las cortinas corridas, abarrotados de pasajeros o vacíos, pero todos pasan deprisa, salvo un vehículo de pasajeros que se detiene frente al muelle viejo. Su conductor rebusca en el motor con mala cara y junto a él su ayudante permanece de pie, tiritando por el frío y la confusión.

En la orilla se ha parado un joven que mira hacia el río enfadado, indiferente al frío o al viento. Dentro del vehículo, los pasajeros consultan sus relojes una y otra vez y el descontento se hace visible en sus rostros.

El hombre grueso que va sentado en la parte delantera del vehículo se inclina sobre su vecino, el de la Samsonite, y con un tono audible y señalando con su mano ruda hacia la orilla, exclama:

—¡Pero que hace ese trastornado allí con este tiempo!

El compañero de la maleta comenta con una voz ronca:

—Un loco.

Ambos se ríen en voz alta y se agitan en sus asientos. Las miradas de los otros pasajeros se dirigen hacia donde ha señalado el hombre grueso. Vislumbran a un joven, plantado como el mástil de una bandera y al viento ondeando su ropa.

Una joven viuda, enlutada de pies a cabeza, le dice a su vecina, la de las trenzas largas:

—Pobrecillo, parece que está muy solo.

La vecina, enredando su trenza con nerviosismo, le responde:

—Tal vez… o puede ser que sufra por un amor no correspondido, o quién sabe, igual en este momento esté pensando en el suicidio.

Detrás de ella va sentado un joven con una camisa blanca adornada con unas flores delicadas. Suspira profundamente. Quiere responderles, pero considera que eso sería inmiscuirse en la conversación, así que se dirige a su vecino, el de la cara picada de viruelas.

—Esas dos están equivocadas. Está esperando a su novia. Seguro que hay un motivo para que se retrase. Un tiempo como este no lo aguanta más que un enamorado.

 El vecino de las marcas en la cara se le queda mirando. Analiza su rostro detenidamente y luego se pronuncia, indiferente.

—Puede.

Seguidamente, gira la vista para fijarse bien en ese joven que sigue allí, de pie en la orilla y se dice para sus adentros: Estáis todos equivocados, desgraciados, con mi sexto sentido yo me huelo otra cosa. Es probable que ese miserable sea un conspirador y tenga una cita.

Desde atrás, se inclina sobre ellos un hombre afeitado y educadamente, tensando el final de las palabras, dice:

—Disculpen, puede que me esté metiendo donde no me llaman, pero ¿no pueden pensar que ese joven tal vez quiera cruzar a la otra orilla?

Por la parte trasera del vehículo, un anciano agita su brazo descarnado y grita con una voz honda:

—En lugar de la conferencia esta de posibilidades, ¿no sería mejor dar con la avería para que salgamos cuanto antes de este sitio?

Por un momento reina la calma, tiempo en el todos miran al anciano con perspicacia, aunque cada uno carga en sus miradas un significado. Luego, la voz del conductor, esforzándose por esbozar una sonrisa que parece pálida, interrumpe la calma:

—¡Hermanos! Nos retrasaremos un poco, solo tengan paciencia. Si Dios quiere, al final nos moveremos.

En la orilla, el joven se frota las manos y se dice: Va a venir. Tiene que llegar, mientras observa cómo las barcas pelean contra las olas para alcanzar la otra orilla. El río, las barcas, el viento y el ser humano. Todo esto lo puedo usar para escribir un cuento nuevo.

Siente que algo crece en su interior y acapara todo lo que provoca el frío y el viento. ¡Llegó!, chilla y agita las manos como un niño al contemplar la barca alcanzando la orilla. Abandona el lugar y una sensación abrumadora se apodera de él; percibe que otro viento más intenso retumba en lo más profundo de él y que el río grita con fuerza en sus células. Con un movimiento ágil, hábil, salta la barandilla baja de hierro hacia la calle, llega hasta el autocar, pasa por de delante sin prestarle atención. Los pasajeros no le quitan ojo.

El hombre grueso murmura:

—No tiene cara de loco.

El de la maleta levanta los hombros:

—Puede.

La viuda le dice a su vecina, la de las trenzas:

—No tiene cara de sentirse solo.

A lo que la chica le responde suspirando:

—Y no parece que esté pensando en el suicidio.

El joven de la camisa blanca dice:

—Parece que un asunto importante haya hecho a su novia aplazar la cita.

El de la cara con viruela, añade:

—No parece tan sospechoso como había imaginado.

El hombre del bigote afeitado murmura:

—Parece que va a usar el puente para cruzar el río.

El anciano grita:

—¿Estaba escrito que nos quedáramos aquí tirados?

El joven de la camisa blanca responde:

—¡Pues eso parece!

Y sigue con la mirada al joven que estaba en la orilla y que corre ahora hacia delante a lo largo de la calle, paralela al río, alejándose hacia el corazón de la ciudad.

Yusuf Abu Alfawz nació en Samawah, al sur de Iraq, en 1956. Abandonó su país en 1979 y desde principios de 1995 reside en Finlandia. Además del árabe (su lengua materna) habla kurdo, inglés, ruso y finés. Es miembro de la Unión de Literatos y Escritores de Iraq y del Pen Club en su sección finlandesa. Cultiva la novela y el relato, entre sus obras se destacan: Iraquíes (1985), El pájaro de la sorpresa (1999), Aquellos pueblos (2007), Las pesadillas de Helsinki (2011).

 

EL RÍO