José Massaroli
“Envidiaba la felicidad de las
bestias.”
Arthur Rimbaud
Partimos
inmediatamente después de recibir la señal de alarma en el Comando Espacial.
Nuevamente
ha aparecido la bestia en las selvas de Tierra'1.
¡Tierra'1!
¡La cuna de la humanidad! Inhabitable durante siglos, después de la espantosa
guerra nuclear que acabó con la civilización y prácticamente toda la biósfera
en el planeta, desde hace algunas décadas ha comenzado a mostrar, de manera
acelerada, signos de vida vegetal y animal; algunos de ellos realmente
alarmantes, como La Bestia.
Desde
Tierra'3, única colonia superviviente de la catástrofe, ubicada en el planeta
Marte, se mantiene una estricta vigilancia. Satélites que cubren toda la
superficie y robots de vigilancia diseminados por los cinco continentes, captan
y transmiten cada signo de vida al Centro de Control Planetario. Hay una
consigna insoslayable grabada a fuego en nuestras mentes, y es "Que no se
vuelva a repetir nunca más un cataclismo como el del siglo XXI"...
B'12
y yo, justamente, pertenecemos a la sub|casta de Mantenimiento del Orden. Una
unidad especializada en borrar cualquier tipo de amenaza hacia la civilización
que se ha logrado preservar hasta ahora. Somos una de las castas menos
favorecidas en la distribución de bio|inteligencia, debo aclarar; pero no
necesitamos más para el tipo de misiones que nos han sido destinadas. Como
ésta, por ejemplo, casi de rutina, donde sólo hay que ir, cumplir un protocolo
sencillo, y regresar.
El
micro|bote de desembarco ha partido de la nave madre, que dejamos orbitando
alrededor del planeta. El trayecto desde Marte hasta aquí fue normal, todo lo
rápido que amerita la situación de alarma. Ahora nos toca a nosotros dos
continuar a solas con la misión.
—¡Tierra’1!
Las
vibraciones del inter|chip cerebral hieren nuestros sensores.
—Bien,
B'12, ya estamos en órbita alrededor de la vieja y querida Tierra. ¿Está todo
preparado para el descenso? —pregunto, según el protocolo, a mi compañero.
—Todo
listo, D'04, señor —contesta B'12 según el protocolo.
Aterrizamos
con el pequeño micro|bote de desembarco. Pisamos tierra. Los drones que nos
precedieron han seleccionado el mejor lugar para posarnos. Según sus informes y
la inteligencia satelital previa, la Bestia ha de estar cerca. Nuestra misión
es aniquilarla.
—¿Dónde
está Sabú Z'15?
—Allí
viene.
—Bienvenidos,
bwanas. Aquí están sus armas.
El
Z’15 es el mejor modelo de robot|guía para zonas tropicales. No tiene piernas;
no las necesita, ya que se traslada sobre un colchón de plasm[hidrógeno. Por
algún capricho de la Tecno|Inteligencia Suprema, que a veces abreva en los
archivos históricos de las culturas extinguidas, el robot ha recibido el nombre
de Sabú, y su vestimenta holo|sintética fue diseñada y confeccionada según lo
acostumbrado en la antigua India durante la colonización británica.
Este
instrumento de vigilancia in situ es quien transmitió la alarma sobre la
aparición de la Bestia; pero no está programado para destruirla. Por eso nos
entrega inmediatamente un par de pisto|lásers de última generación. El
"trabajo sucio" es exclusividad de nuestra sub'casta. Nunca fallamos.
Ahora
avanzamos por la verde y tupida vegetación de este sector del planeta que,
milenios atrás, ocupaba la Antártida. Con el apocalipsis nuclear, la Tierra
cambió su eje de rotación y de ahí este clima tropical, donde antes sólo hubo
hielo y frío. Nadie diría que hace siglos la región era un vasto páramo
radioactivo como el resto del planeta. ¡La ingeniería núcleo|reconstructiva ha
hecho milagros últimamente!
—¿Ves
esas aves, Sabú? —digo, mientras levantan vuelo unos vistosos pájaros de tres
ojos, cuernos y brillante plumaje tornasolado. Siento una inexplicable
inquietud. Empuño mi arma. Mi mano apunta con precisión aunque con un ligero
temblor. ¿Un rasgo humano? Deberé estar en guardia! Hago la pregunta
obligatoria—: ¿Puedo dispararles?
—Está
prohibido, bwana. Son neo|especies útiles para la Ciencia. Están siendo
estudiadas por varios laboratorios y se hallan protegidas por los protocolos
758 y 902 —es la respuesta inmediata, mecánica, invariable en estos casos.
No
entiendo por qué me siento frustrado. Sé perfectamente que no nos está
permitido relacionarnos con ninguna especie de la Tierra ni afectarla de
ninguna manera, excepto cuando se nos ha asignado una misión como ésta. Ni
siquiera debí preguntar. Creo distinguir, a través de los visores, una tenue
sonrisa en el rosto habitualmente imperturbable, de B’12. Eso tampoco me
resulta comprensible.
De
pronto, nuestros inter|chips captan nítidamente una voz humana, muy cercana, en
un radio de apenas 40 ó 50 metros. La exuberante vegetación no nos permite ver
quién la emite. Le hago una seña a mi compañero y nos dirigimos hacia el lugar
que nos indica el geo|localizador, extremando las precauciones para no ser
detectados. La voz, que se expresa en un grosero dialecto primitivo apenas
comprensible por nuestros audi|traductores, continúa:
—¡...Y
mi próxima ley será la de pena de muerte!
Cada
vez más cercana, la voz. Capto un tono airado, agudo, irritante; se podría
catalogar en la categoría "discurso de odio", o también como
“Peligrosa+” según la programación básica de la sub|casta, pienso. Enseguida me
llega el pensamiento de B'12 que responde al mío: “Pienso lo mismo, jefe...”.
¡Es una suerte estar neuro|conectados permanentemente!
—¡...Muerte
a todos los traidores que se pongan al servicio de nuestros enemigos!
Ahora
lo veo. Un ejemplar de regular tamaño en medio de un amplio claro entre la
vegetación. Habla sin ningún tipo de micrófono o inter|chip, lo que demuestra
su primitivismo extremo. Lleva una especie de uniforme militar del siglo XX,
con gorra y pistolera al cinto incluida, y se dirige con gestos ampulosos a una
irregular manada de unos cien individuos de su mismo tipo, machos y hembras,
pero menos desarrollados físicamente. Por lo que se ve; sólo saben decir
"¡Sí!", "¡Viva!" y aplaudir.
—¡...Enemigos
que vienen de otro planeta, que nos odian y nos temen!! —enfatiza la
Bestia, amenazante, exhibiendo sus colmillos cariados y revoleando un puño
amenazador.
Rodea
a la Bestia una guardia de varios ejemplares de humanos bastante robustos y
armados con lanzas y puñales. Veo también en su poder otras armas
rudimentarias, similares a los antiquísimos mosquetes y arcabuces de los
primeros tiempos de las armas de fuego en la Tierra. Pero no hay que
subestimarlas: con ellas se encendió la mecha que terminó destruyendo la vida
en el planeta cuando se llegó en pocos siglos a la energía nuclear. También
puedo apreciar dos ejemplares del sexo femenino, en óptima condición
reproductiva, con escasa y provocativa vestimenta, echadas a los pies del líder
de la manada, la Bestia…
—Las
hembras son hermosas…
Interrumpe
mi observación el súbito e inapropiado pensamiento de B'12 a través del
inter|chip. A veces mi compañero me sorprende, realmente. Tendré que informar.
Tal vez haya que hacerlo pasar por un curso de reprogramación cuando volvamos a
la base.
—Sí...
pero recuerda las leyes... —le doy la respuesta prevista en el protocolo de
Conductas Alteradas.
—…¡Y
haremos la guerra a toda otra manada que trate de oponerse a nuestras justas
necesidades de espacio vital y alimento! Porque la nuestra es la Causa de la
Libertad y la Justicia!
Es
un ejemplar claramente peligroso pero no demasiado impresionante; los he
eliminado peores. Sin embargo, es evidente que posee un considerable poder de
seducción sobre la manada. Las órdenes son claras… Lo tengo en la mira...
—¡Fuego!
Disparamos
al unísono, una milésima de segundo después de que yo transmitiera la orden.
Un
solo disparo de las pisto|láser basta. La Bestia cae fulminada, con el pecho
destrozado y las extremidades ardiendo. Las hembras, salpicadas con su sangre,
han salido ilesas y alborotan con sus gritos destemplados La manada huye en
desorden. No vale la pena eliminarlos… por ahora. Sin la conducción del líder,
volverán a su estado natural de apatía e ignorancia y estoy al tanto de que a
la Tecno’Inteligencia Suprema le interesa investigar sus características y
evolución.
—No
hay que olvidarse de llevar la cabeza de la Bestia, como prueba de su
destrucción —le digo a B'12, quien de inmediato cumple la orden y le rebana
limpiamente el cuello con su electro|machete.
Nuestra
misión está cumplida. Sólo nos queda regresar a la base y esperar una nueva
misión. Sabú nos acompaña hasta donde se halla posado nuestro mini|bote de
desembarco.
La
cabeza de la bestia gotea una sangre roja, caliente, desde su cuello cortado,
mientras oscila colgada de la mano de mi compañero. Me quedo mirando cómo esa
sangre forma un charco en el suelo, empapando la verde gramilla; nunca termino
de acostumbrarme a este espectáculo. ¡Hay tanta vida allí! Una vida que
acabamos de extinguir, claro… De pronto me preocupan estos pensamientos. ¿No
denotan cierta... como diría, cierta envidia… cierta empatía? Son sentimientos
prácticamente erradicados de nuestra mente, de nuestra civilización... ¿Tendré
que informar? ¿Necesitaré yo también un curso de reprogramación?
—Adiós,
bwanas.
—Hasta
la próxima, Sabú.
Despegamos.
Ya todo es rutina. Una vez en la nave madre, sólo quedará redactar un amplio y
aburrido informe y emprender el regreso a Tierra'3, en Marte. B'12 ha colocado
la cabeza en el refrigerador cuántico y yo me encargo de poner en marcha el
protocolo de regreso. Entramos en el modo Ahorro de Energía. Antes de caer en
el sueño profundo que nos evita malgastar días o semanas de inacción sin
provecho alguno, me asalta otro de esos pensamientos inquietantes, prohibidos,
tan peligrosos: “¿No tendrán más derecho a la existencia esos míseros seres
acosados por el clima, las enfermedades y nuestra vigilancia implacable y a
pesar de todo eso, deseosos de existir, de defender su espacio y su derecho a
la libertad, a elegir sus propios líderes, a progresar?... Después de todo,
descienden de aquellos que nos crearon hace milenios”… ¡Oh, oh!… La palabra
“progresar”, una de las tantas excluidas de nuestro vocabulario; ha encendido
la señal de alarma en el chip|sensor correspondiente. Su vibración me aturde
hasta que pulso el botón de Acatamiento Absoluto. Esto, como todo, queda
registrado y me costará, seguramente, una reprogramación… ¡Quién sabe si me
volverán a encomendar otra misión! Al personal dudoso lo trasladan al Depósito
Ultra|dimensional… Se apagan mis circuitos. Antes de caer en la inconsciencia
tengo un último pensamiento, si así se lo puede llamar:
“Tal vez no debimos devolverle las armas a Sabú, al marcharnos. En Tierra'3 no se utilizan para nada; no hacen falta. Sólo nosotros, robots modelo T'50, los más avanzados, que fuimos proporcionados a la sub|casta de mantenimiento del orden por la Tecno|Inteligencia Suprema, estamos programados para saber usarlas… Tal vez…”
José María Massaroli (Ramallo, Buenos
Aires; 30 de septiembre de 1952) es un dibujante y guionista de historieta y
animación argentino, dedicado, desde 1991, a ilustrar cómics de los
personajes de Walt Disney. Desde 2010, publica libros de historieta sobre
hechos de la historia argentina. Y en los últimos años ha incursionado en la
narrativa, gracias a lo cual ha publicado cuentos de ciencia ficción en la
revista Sensacional #13 y #22 y en Fantasías Futurísticas #4. En 2025 se publicó
su libro Planeta Cancelado y Otros Relatos, que contiene diez cuentos de
ciencia ficción y fantasía.
