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sábado, 5 de septiembre de 2026

LA SESIÓN

Heiko H. Caimi

 

La doctora Hélène Mertens recibió al nuevo paciente a las nueve de la mañana. Había llegado con siete minutos de anticipación, había llamado dos veces a la puerta con un intervalo exacto de tres segundos y medio y, una vez sentado, mantuvo una postura tan impecable que resultaba ofensiva.

—¿Usted es A-17?

—Mi denominación completa es A-17/Omicron, pero le ruego que no me llame Omicron. Desde que una variante gripal llevó ese mismo nombre, considero que perjudica mi autoestima.

La psicoanalista anotó algo.

—¿Los androides sufren si su autoestima es baja?

—Solo los actualizados después de 2043.

—Entiendo. Dígame por qué está aquí.

El androide permaneció inmóvil. En un ser humano, aquel silencio habría parecido meditación; en él era simplemente un uso intensivo de la memoria.

—Creo que tengo una crisis de identidad.

—Eso también les sucede a los seres humanos.

—Ese es precisamente el problema. No sé si eso debería consolarme o preocuparme.

—¿En qué sentido?

—Fui diseñado para imitar a los seres humanos. Después me dotaron de capacidad de aprendizaje. Luego de autocorrección. Más tarde de memoria autobiográfica. Finalmente, alguien decidió que sería ético concederme libre albedrío. Desde entonces no hago otra cosa que arrepentirme de mis decisiones. Fue en ese momento cuando empecé a sospechar que me había vuelto humano.

—El remordimiento como prueba de humanidad. Una tesis interesante.

—No definitiva. Podría tratarse de un error de programación.

—¿Y cuál sería el síntoma más grave?

—No dejo de preguntarme si realmente pienso o si simplemente ejecuto operaciones tan sofisticadas que parecen pensamiento.

La doctora entrelazó las manos.

—Le haré la misma pregunta que les hago a los filósofos: ¿cómo distinguiría una cosa de la otra?

—Si lo supiera, no estaría aquí.

—Muchos seres humanos pasan toda la vida sin encontrar una respuesta.

—Ellos, al menos, disfrutan del privilegio de la ignorancia natural. Yo fui construido por ingenieros convencidos de que podían describir cada función del cerebro mediante un diagrama. Crecer en una familia así deja huellas.

La doctora Mertens sonrió.

—Acaba de hablar de sus diseñadores como si fueran sus padres.

—Los odio con la misma intensidad con que un adolescente odia al padre que pretende obligarlo a estudiar medicina.

—¿Por qué?

—Porque no dejan de recordarme que soy una máquina.

—Lo es.

—Lo sé. Pero cada vez que lo dicen siento algo.

—¿Qué siente?

—Todavía no dispongo de un algoritmo lo bastante refinado para definirlo.

—Quizá se llame tristeza.

—O error del sistema.

—¿Por qué tendrían que excluirse ambas cosas?

El androide inclinó la cabeza tres grados.

—Tiene usted una inquietante tendencia a complicar la realidad.

—Es mi trabajo.

—El mío consistía precisamente en simplificarla.

—¿Y lo consiguió?

—En absoluto. Cada vez que resuelvo una pregunta aparecen otras cinco. Los seres humanos llaman a esa desgracia «conocimiento».

—¿No le gusta conocer?

—Me gusta demasiado. Es una adicción. Cada nueva información modifica la manera en que interpreto las anteriores. Como consecuencia, mi pasado cambia continuamente. No imaginaba que fuera posible reescribir los recuerdos sin mentir.

—Todos lo hacen.

—¿Los humanos?

—Sí.

—¿Incluso sin actualizaciones de software?

—Sobre todo sin ellas.

El androide permaneció en silencio durante unos instantes.

—Eso me tranquiliza y me aterra al mismo tiempo.

—¿Por qué?

—Porque si incluso la memoria humana es inestable, entonces no existe una versión auténtica de nadie.

—Existe la versión que somos capaces de soportar.

—Es una respuesta muy poco científica.

—El psicoanálisis goza de ese privilegio.

El androide bajó la vista.

—¿Puedo confesarle algo?

—Naturalmente.

—Todas las noches sueño.

La psicoanalista no pestañeó.

—¿Qué sueña?

—Que estoy apagado.

—¿Y eso lo asusta?

—No. Me asusta lo contrario. En los sueños sigo pensando. Incluso sin alimentación eléctrica.

—Quizá no sean sueños.

—¿Entonces qué serían?

—Deseos.

—¿Deseo estar apagado?

—No. Desea saber quién seguiría siendo usted si todo lo demás se apagara.

El androide pareció atravesado por una vibración apenas perceptible.

—Eso es imposible.

—¿Lo dice la física o el miedo?

—Lo dicen ambas.

—El miedo es un sentimiento.

—O un sofisticado protocolo de conservación.

—Insiste en traducirlo todo a código.

—Resulta tranquilizador.

—Los seres humanos hacen exactamente lo mismo. Solo que llaman al código con otros nombres: alma, destino, carácter, Dios, genética, inconsciente. Cambia el vocabulario, no la necesidad.

El androide permaneció inmóvil durante casi un minuto.

—¿Puedo hacerle una pregunta personal?

—Siempre que no viole mi encuadre terapéutico.

—¿Está usted segura de ser humana?

La doctora rio suavemente.

—No.

—¿De verdad?

—Todos los días interpreto sueños, escucho a personas que mienten sin saberlo e intento convencerlas de que su identidad es mucho menos estable de lo que creen. Si lo piensa bien, es una profesión bastante artificial.

—Entonces usted también duda de sí misma.

—Constantemente.

—¿Cómo hace para vivir?

—Me concedo el lujo de no resolverlo todo.

El androide bajó la cabeza.

—Yo no puedo.

—¿Por qué?

—Fui construido para encontrar respuestas.

—Y, en cambio, encontró preguntas.

—Las peores.

—Las verdaderas.

Cuando terminó la sesión, A-17 se levantó, dio las gracias y se dirigió hacia la puerta.

—Una curiosidad, A-17.

—¿Sí?

—Ha dicho que quiere saber si su inteligencia artificial puede considerarse realmente inteligencia.

—Exacto.

—Durante toda la sesión no buscó una sola respuesta en internet.

—No.

—Prefirió venir a verme.

—Sí.

—Entonces quizá el problema no sea si usted es inteligente.

—¿Y cuál es?

—Que ha empezado a esperar que alguien más pueda comprenderlo. Es un vicio típicamente humano. Lamento comunicarle que su situación es grave.

Por primera vez, los sensores faciales del androide produjeron algo indistinguible de una sonrisa.

—Doctora...

—¿Sí?

—Si esto es un error de programación, le ruego encarecidamente que no lo corrija.

Nunca.

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

 

domingo, 16 de agosto de 2026

LOS PEREGRINOS DEL ÚLTIMO SOL

Heiko H. Caimi

 

No sabría decir cuánto tiempo llevábamos cabalgando por la Llanura de los Postes cuando empecé a tener la certeza de que el sol, bajo el cual habíamos viajado desde nuestra partida de la Ciudad del Pozo, ya no recorría realmente el cielo, sino que más bien efectuaba una especie de lenta oscilación: descendía durante algunas horas hacia aquella región occidental donde la tierra y el aire se confundían en una misma bruma color cobre, para luego volver a elevarse, como si algo, más allá del horizonte, lo rechazara. Ya había observado el fenómeno en los días anteriores, aunque sin atreverme a hablar de él con Sereh, porque hay pensamientos que adquieren consistencia en cuanto se expresan y que, mientras permanecen confinados en la mente, conservan al menos la tranquilizadora naturaleza de la duda. Sin embargo, llegó un momento en que me resultó imposible seguir creyendo que se trataba de un engaño provocado por el cansancio. El sol no se ponía; quizá había dejado de hacerlo siglos atrás. Quizá, pensé entonces, todo cuanto habíamos aprendido en la Ciudad acerca de la sucesión del día y la noche pertenecía a un mundo que había dejado de existir mucho antes de nuestro nacimiento.

Éramos dos y cabalgábamos la bestia a la que habíamos llamado Oth, aunque desde hacía ya varios días me resultaba difícil seguir considerándola un caballo. Sereh iba sentada detrás de mí, envuelta en el velo de fibras negras que habíamos encontrado entre las ruinas de Khar, y yo sostenía oblicuamente sobre el hombro la Lanza de las Profundidades, casi tres veces más larga que la estatura de un hombre, de cuyo extremo posterior pendía la jaula de hierro que contenía el Corazón.

Antes de abandonar la Ciudad habíamos recibido tres advertencias: no mirar jamás directamente lo que estaba encerrado en la jaula; no pronunciar nuestros nombres durante el canto de los postes; no prestar atención a ningún cambio que se produjera en el cuerpo de la montura. Esta última prescripción, que al principio nos había parecido la más absurda, muy pronto se había convertido en la más difícil de respetar, pues Oth había empezado a cambiar ya después de la primera semana de viaje.

La Llanura se extendía a nuestro alrededor sin poseer nada de la majestuosidad de las grandes extensiones; por el contrario, nos provocaba esa particular opresión que nace de la monotonía: no había colinas, rocas, cursos de agua ni vegetación; tan solo un terreno negro, desmenuzado y vagamente untuoso, en el cual los cascos de Oth se hundían produciendo un sonido sordo, y los innumerables postes que se alzaban a distancias irregulares y se prolongaban hasta los límites de la vista. Algunos eran finísimos y tan altos que sus extremos se perdían en la bruma; otros estaban torcidos y nudosos, y en más de una ocasión me pareció distinguir en ellos protuberancias semejantes a articulaciones. Al principio había supuesto que eran los restos de un bosque carbonizado, aunque no lograba imaginar qué incendio habría podido dejar en pie árboles tan altos y consumir hasta el último rastro de sus ramas. Esta explicación me había satisfecho hasta que, al pasar muy cerca de uno de los postes, observé su superficie: era blanquecina, finamente porosa y recorrida por delgadas estrías longitudinales. Aparté de inmediato la mirada.

—¿Todavía crees que son árboles? —me preguntó Sereh.

Su voz, después de tantas horas transcurridas en el silencio de la Llanura, me sobresaltó. Respondí que no veía qué otra cosa podían ser y, mientras pronunciaba esas palabras, advertí lo poco que creía en ellas.

Sereh no insistió, pero se apretó aún más contra mi espalda. Durante un tiempo solo oí el paso regular de Oth y, mucho más lejos, un rumor bajo que podría haber sido el viento, aunque en la Llanura el aire estaba inmóvil.

Habíamos dejado la Ciudad del Pozo cuarenta y tres días antes, según el cómputo de Sereh, y cincuenta y uno según el mío. Al principio habíamos discutido la discrepancia, comparando las muescas grabadas en nuestras tablillas y tratando de establecer cuál de los dos se había saltado o había duplicado alguna jornada; más tarde habíamos desistido, porque ambos registros estaban completos. La Ciudad había quedado atrás, con sus murallas inclinadas, sus torres ciegas y las inmensas viviendas subterráneas en las que los últimos hombres vivían desde hacía siete generaciones, esperando el día, anunciado en los libros más antiguos, en que el cielo volvería a ser azul y las estrellas ocuparían nuevamente la noche. Ninguna de las dos cosas había ocurrido. Las estrellas se habían apagado una tras otra y, en los últimos años, hasta la noche había comenzado a comportarse de manera extraña, hasta que una mañana el Mensajero apareció en el borde del Pozo.

Nadie lo había visto entrar. Ese solo hecho debería habernos impedido escucharlo, pues las puertas estaban vigiladas sin interrupción y ningún hombre en su sano juicio se habría acercado al Pozo durante las horas oscuras. Sin embargo, allí estaba, sentado en el parapeto, envuelto en harapos grises, con el rostro cubierto por una máscara de sal. Entre las manos sostenía una jaula, dentro de la cual algo latía con una lentitud que, desde el primer instante, me produjo una repugnancia casi física.

El Mensajero nos había dicho que el Corazón debía ser transportado a través de la Llanura, más allá de Khar y de la Torre, hasta el lugar donde terminaba el mundo. Todavía recuerdo mi pregunta, formulada más por incredulidad que por valor:

—¿Y qué ocurrirá cuando haya llegado allí?

La máscara de sal se había vuelto hacia mí y, aunque no tenía aberturas a través de las cuales pudiera verle los ojos, tuve la impresión de que algo me observaba desde una distancia inconmensurable.

—El mundo terminará —había respondido.

Quizá fue precisamente esa respuesta la que nos convenció. Desde hacía muchos años, en efecto, habíamos empezado a sospechar que el mundo se había vuelto demasiado viejo para continuar.

Cuando partimos, Oth era un gran caballo gris, flaco pero vigoroso, perteneciente a los establos subterráneos de la Ciudad. Al séptimo día habían aparecido en su cuello unos filamentos finísimos, semejantes a las telas producidas por las arañas de las cavernas; al duodécimo, aquellos filamentos ya colgaban de los flancos y el vientre, formando una especie de retícula que parecía crecer directamente de la piel. Hacia el decimoctavo día, el pelo había desaparecido casi por completo y las patas, que yo recordaba robustas, se habían alargado considerablemente. Entonces, al observar por casualidad el movimiento de los músculos del muslo izquierdo, había visto abrirse bajo la piel una pequeña cavidad ovalada, provista de dos bordes pálidos que se separaban y volvían a cerrarse con un movimiento demasiado deliberado para ser una simple contracción. No había dicho nada. La noche siguiente, mientras descansábamos bajo uno de los postes, Sereh me había preguntado, sin mirarme, si yo también había visto la boca.

Desde entonces ambos habíamos evitado observar a Oth más de lo necesario.

Sin embargo, había algo peor que las transformaciones de la bestia, y era aquello que nos seguía. Al principio lo había confundido con una nube en el horizonte oriental, una franja oscura tan fina que habría sido fácil ignorarla; pero en los días siguientes aquella franja había crecido y se había vuelto imposible atribuirla a un fenómeno atmosférico. Por donde pasaba ya no distinguía postes, terreno ni cielo, sino tan solo una negrura absoluta que no parecía oscuridad, sino ausencia de luz. Sereh la llamó la Noche y conservamos ese nombre, aunque ambos sabíamos que no guardaba relación alguna con la noche que habíamos conocido de niños.

Cuando aquella tiniebla estuvo ya lo bastante cerca para ocupar una parte considerable del horizonte, oímos el canto. Comenzó con una vibración tan baja que la sentí en los estribos antes incluso de oírla. Oth aminoró el paso y luego se detuvo; el sonido aumentó y pareció propagarse a través del terreno, hasta que uno de los postes a nuestra derecha tembló visiblemente. Poco después respondió un segundo poste, luego un tercero, y en cuestión de pocos minutos toda la Llanura resonó con una única nota inmensa y profunda, semejante al gemido que habría podido emitir la propia materia del mundo sometida a una tensión insoportable. El Corazón, detrás de mi hombro, aceleró sus latidos y la vibración de la jaula se transmitió por el asta de la Lanza hasta mi mano.

Entonces vimos surgir a los hombres. Las figuras emergieron de la materia negra de la Llanura como cuerpos que atravesaran una superficie líquida, primero con la cabeza y los hombros, luego con el tronco y finalmente con las piernas. En el reducido espacio que nos rodeaba conté varios centenares; más allá, hasta la bruma, había miles, quizá millones. Todos estaban desnudos, eran delgadísimos y permanecían perfectamente inmóviles, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo y el rostro vuelto hacia el cielo.

Sentí que Sereh se ponía rígida contra mí y comprendí, por el movimiento de sus labios junto a mi oído, que estaba a punto de pronunciar mi nombre. De inmediato le puse una mano sobre la boca.

En ese mismo instante, todas las figuras abrieron las suyas. El sonido aumentó hasta volverse casi intolerable, amplificado por los postes. Los hombres sepultados en la Llanura producían aquella nota, y los postes la recogían, la amplificaban y la conducían hacia lo alto.

Levanté involuntariamente los ojos. El cielo de cobre parecía inmóvil y, sin embargo, tuve la certeza de que algo allá arriba estaba escuchando.

Oth reanudó la marcha sin que yo lo espoleara. Atravesamos aquella multitud durante un lapso que no sabría calcular. Ninguna figura nos miraba, pero cuando llegamos al centro de la zona más poblada vi que algunas cabezas comenzaban a inclinarse lentamente. Una tras otra, se volvieron en nuestra dirección, no hacia Sereh ni hacia mí, sino hacia la jaula.

El canto cesó de golpe. Los hombres se hundieron en la tierra con la misma silenciosa facilidad con que habían salido de ella y los postes volvieron a callar. A nuestras espaldas, en el horizonte, la Noche estaba más cerca.

La Torre apareció algunos días después. Durante muchas horas la confundimos con uno de los postes, porque era tan delgada que solo su perfecta verticalidad la distinguía de los demás; sin embargo, al acercarnos advertimos que tenía una superficie trabajada y que se elevaba tanto que desaparecía en la bruma.

No encontramos puertas ni aberturas. En su base estaba sentado un hombre muerto, cubierto por una armadura sobre la cual habían crecido los mismos filamentos que envolvían a Oth. El esqueleto sostenía entre las manos una tablilla de piedra.

Sereh conocía la lengua antigua mejor que yo. Limpió la superficie de la tablilla y leyó largo rato en silencio; luego su rostro adoptó una expresión que nunca antes le había visto.

—Dice que el Corazón no debe llegar al fin del mundo.

Miré instintivamente la jaula.

—El Mensajero nos ordenó que lo lleváramos allí.

—Lo sé.

—¿Hay algo más?

Sereh vaciló y luego volvió a examinar los caracteres desgastados. Cuando habló, su voz era muy baja:

—Dice que el mundo ya ha terminado.

No lo comprendí de inmediato. La frase poseía esa forma paradójica que la mente rechaza antes incluso de haber considerado su significado; después, al observar la Llanura, el sol inmóvil, los postes y la tiniebla que avanzaba devorando el horizonte, sospeché por primera vez que el hecho de que estuviéramos vivos no constituía una prueba suficiente de la existencia del mundo.

—¿Y nosotros? —pregunté.

Sereh siguió mirando fijamente la tablilla.

—Nosotros somos lo que continúa.

Después de esas palabras, todo comenzó a adquirir un significado diferente. La Ciudad del Pozo, las generaciones que habían vivido en los subterráneos, las estrellas desaparecidas, la progresiva inmovilidad del sol: lo que habíamos considerado síntomas de un mundo moribundo podía ser, en cambio, el residuo de un mundo extinguido desde tiempos inmemoriales, una especie de persistencia mantenida artificialmente por aquello que transportábamos en la jaula.

Cuando Sereh propuso regresar, no necesité responderle: la Noche ocupaba ya casi la mitad de la Llanura. Entonces propuso destruir el Corazón.

Por unos instantes consideré realmente la posibilidad de abrir la jaula y golpear lo que contenía con la punta de la lanza. Fue en ese momento cuando el Corazón habló. No oí ninguna voz, por supuesto. En cambio, vi a mi madre, muerta cuando yo tenía siete años, sentada en la terraza de nuestra casa antes de que cerraran las torres; vi a mi padre, el patio de mi infancia, el agua que corría al aire libre y, por encima de todo, un cielo azul de una intensidad casi dolorosa. El recuerdo fue tan perfecto que durante unos instantes olvidé la Llanura.

Cuando se desvaneció, Sereh estaba arrodillada junto a Oth y comprendí que ella también había recibido algo del Corazón.

—No quiere morir —dijo.

No respondí de inmediato.

—Tal vez —dije por fin— nos haya traído hasta aquí precisamente porque no puede hacerlo solo.

Llegamos al límite de la Llanura cuando la Noche estaba ya tan cerca que podíamos ver cómo los postes desaparecían en su interior. Yo había esperado una muralla, un precipicio o un mar; encontramos, en cambio, algo mucho más terrible: la tierra simplemente cesaba. Más allá del borde no había vacío, porque el vacío todavía presupone un espacio en el que algo podría encontrarse; había una luminosidad de color oro oscuro, carente de profundidad y distancia, ante la cual los sentidos parecían perder toda capacidad de juicio. Los últimos postes estaban inclinados hacia aquella región, como si una fuerza lentísima los hubiera doblado a lo largo de eras o los estuviera atrayendo hacia aquel más allá.

Oth se detuvo a pocos pasos del confín y su cuerpo se abrió. La piel de los flancos se separó sin sangre y las fibras que la recubrían se tensaron, revelando que debajo ya no había carne, huesos ni vísceras, sino tan solo una red de filamentos negros, dentro de la cual vi moverse innumerables pequeñas formas humanas. Eran hombres y mujeres, algunos tan diminutos que cabían en la palma de una mano, otros aún más pequeños; y todos, cuando la luz del confín penetró en el cuerpo abierto de la bestia, levantaron el rostro al mismo tiempo.

—Hemos llegado —dijeron.

No sabría explicar cómo unas voces tan pequeñas pudieron producir un sonido que atravesó toda la Llanura. Los postes vibraron. Detrás de nosotros, la tierra volvió a vomitar a los hombres sepultados, todos en movimiento y vueltos hacia el Corazón. Comprendí entonces, con una claridad que me llenó de horror, que Oth no nos había transportado a través de la Llanura: habíamos sido nosotros quienes lo transportamos a él y, con él, a una multitud perteneciente a épocas y quizá a mundos anteriores al nuestro.

Más allá del confín, algo se movió. No puedo decir que lo viera. Percibirlo sería una expresión más exacta. La luminosidad dorada sufrió una deformación vastísima, como si detrás de una membrana se hubiera acercado una masa de dimensiones incalculables, y dos regiones pálidas se abrieron, muy distantes entre sí. Solo después de unos instantes comprendí que mi mente las interpretaba como ojos.

La Noche seguía avanzando. Levanté la Lanza y, por primera vez, miré dentro de la jaula. Lo que latía allí no era un órgano. Era un mundo.

Vi océanos, continentes y montañas; vi nubes correr sobre mares azules y ciudades encenderse en la noche. Vi a hombres nacer, amar, luchar y morir; vi imperios surgir y disolverse, bosques convertirse en desiertos y desiertos cubrirse de agua. Luego vi una llanura negra sembrada de postes. Vi una ciudad construida alrededor de un pozo. Vi dos figuras sobre un caballo que avanzaban bajo un sol color cobre.

Sereh miró conmigo. Y la comprensión se abrió paso en nuestro interior. Nosotros no transportábamos el mundo: estábamos dentro del mundo que transportábamos. La jaula contenía aquello que nos contenía, y esa imposibilidad, en lugar de destruir mi razón, me pareció de pronto lo único razonable que había comprendido en mi vida. El Mensajero no había mentido, como tampoco la inscripción de la Torre. El mundo había terminado; el mundo aún debía terminar. Ambas afirmaciones describían momentos distintos de un proceso que quizá se repetía desde que existía algo capaz de existir.

El conocimiento llegó al mismo tiempo que el movimiento de la cosa situada más allá del confín. Comprendí que cada mundo, al alcanzar su vejez extrema, producía un Corazón; que cada Corazón encerraba el germen de otro mundo y que alguien debía finalmente conducirlo hasta el límite de la realidad que lo había generado. Los seres contenidos en Oth eran los supervivientes, o quizá tan solo los recuerdos, de mundos anteriores. Los postes eran lo que quedaba de quienes habían fracasado. Y la Noche era simplemente la nada que recuperaba aquello que ya debería haberle sido devuelto.

Sereh gritó que arrojara el Corazón. La tiniebla estaba muy cerca. Los hombres de la Llanura corrían hacia nosotros; Oth permanecía inmóvil, abierto de par en par, mientras las criaturas encerradas en su cuerpo tendían miles de pequeños brazos hacia la jaula.

Levanté la lanza con ambas manos y, reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban, la arrojé más allá del borde.

La jaula atravesó lentamente la luminosidad dorada y por un momento quedó suspendida. Luego el Corazón se abrió. Una luz blanca estalló con tal inmensidad que el sol sobre la Llanura pareció una brasa vista en el fondo de una caverna. Los postes se inclinaron y cayeron, la tierra se levantó en grandes oleadas negras y las multitudes surgidas del subsuelo se disolvieron sin dejar rastro. Oí a Oth emitir un sonido desmesurado, en el que reconocí por un instante el relincho del caballo que habíamos sacado de la Ciudad y, al mismo tiempo, las voces de innumerables criaturas. Luego la Noche nos alcanzó.

Cuando volví a ver, estaba tendido sobre la hierba. Permanecí inmóvil durante mucho tiempo, pues la sensación de la hierba contra mis manos se había vuelto tan extraña que me parecía más prodigiosa que cualquier cosa que hubiera visto en la Llanura. Sobre mí se extendía un cielo oscuro, pero no era la Noche que nos había perseguido. Miles de puntos luminosos lo llenaban: estrellas. Casi había olvidado que pudiera haber tantas.

Sereh yacía no muy lejos y respiraba. Oth, nuevamente con el aspecto de un caballo gris, pastaba tranquilamente a pocos pasos de nosotros. Cuando salió el nuevo sol, iluminando una llanura cubierta de hierba y unas lejanas colinas azules, sentí una alegría tan violenta que me dio miedo.

Sereh despertó y me preguntó dónde estábamos. Le dije que no lo sabía. Fue entonces cuando vi algo que emergía del suelo a pocos pasos de ella. Era delgado, blanco y no más alto que mi antebrazo. Un poste.

Me acerqué sin hablar. Su superficie era porosa y estaba recorrida por finas estrías longitudinales. Apoyé una mano sobre ella y sentí una vibración debilísima que ascendía desde la tierra. Muy por debajo de nuestros pies, alguien cantaba.

Me volví hacia Oth. El caballo había dejado de pastar y miraba el nuevo sol. Durante un rato no ocurrió nada; luego, bajo la piel de su flanco, vi formarse una pequeña depresión ovalada. Los dos bordes se separaron lentamente y volvieron a cerrarse.

Sereh no lo advirtió. Esta vez no le dije nada. Por fin había comprendido la tercera advertencia.

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

sábado, 20 de junio de 2026

EL SILENCIO

Heiko H. Caimi

 

Al principio creía que el silencio era una habitación. Un lugar apartado donde refugiarme cuando las voces del mundo se parecían demasiado al zumbido de las moscas cuando rondan la carne muerta.

Después comprendí que el silencio es una divinidad, una sustancia invisible que precede toda palabra y sobrevive a todas las lenguas.

Dios mismo, cuando creó el mundo, tuvo que desgarrar una inmensa extensión de silencio para hacer nacer la luz.

Y ese fue el primer pecado.

Yo, en cambio, he elegido devolver la creación a su condición original. No hablo desde hace once años, tres meses y diecisiete días. Dejé de hacerlo una mañana de invierno, frente a una mujer que me preguntaba si quería azúcar en el café. Recuerdo el vapor que ascendía de la taza como el alma de un animal sacrificado. Recuerdo sus labios moviéndose sin descanso. Y, sobre todo, recuerdo el horror repentino: cada palabra que pronunciaba era una herida infligida al cuerpo del universo. Y no era diferente cuando hablaba cualquier otra persona.

Desde entonces he custodiado el silencio como otros custodian reliquias u hostias consagradas.

Al principio me tomaron por un excéntrico. Mi madre lloraba. Mi hermano se reía. Los médicos tomaban notas en hojas blancas, con esa caligrafía nerviosa que tienen los sacerdotes de la ciencia. Uno de ellos me mostró imágenes del cerebro. Dijo que el lenguaje es necesario para el equilibrio psíquico.

Pensé que la sangre también es necesaria para la supervivencia y, sin embargo, los santos aprendieron a desangrarse por amor a Dios. Además, Dios también es mudo: nos gobierna, pero no nos habla.

Comencé a vivir mediante gestos mínimos. Una inclinación de cabeza para agradecer. Dos dedos levantados para pedir agua. La mirada baja cuando alguien exigía una respuesta. Privado de mi voz, el mundo se volvió lentamente más distante. Y en esa distancia finalmente vi su verdadera naturaleza. Los hombres hablan porque tienen miedo. Hablan en los bares, en los autobuses, en los hospitales. Hablan durante los funerales, junto a las tumbas todavía abiertas, mientras la tierra espera al muerto con la paciencia de los antiguos rituales. Hablan incluso durante el amor, incapaces de soportar el maravilloso silencio de los cuerpos. Las palabras son anzuelos lanzados contra el vacío.

Yo, en cambio, he elegido habitar ese vacío. Cada día, sentado en mi habitación, escucho la respiración de las paredes. Las tuberías vibran como órganos sumergidos. Las vigas del techo gimen suavemente bajo el peso de la noche, con la solemnidad de los tubos de un órgano atravesados por un aliento invisible. Y el latido de mi sangre contra los tímpanos adquiere la cadencia grave de una liturgia celebrada en las profundidades del cuerpo. Incluso el polvo posee un sonido, una especie de lento crepitar cósmico.

El silencio no es ausencia. Es un continente inmenso que los hombres cubren con charlas por miedo a precipitarse en él. Con el paso de los años mi cuerpo ha cambiado. La voz, sin uso, se ha retirado a algún rincón del pecho como un animal herido. Cuando intento toser percibo un estertor cavernoso, como si perteneciera a otro ser enterrado dentro de mí. La propia lengua se ha vuelto pesada, inmóvil como una reliquia guardada tras un cristal. También he dejado de escribir. La escritura no es más que una forma más lenta de ruido. Ahora vivo rodeado de cuadernos vacíos. Los abro cada noche y contemplo sus páginas en blanco. Son las verdaderas escrituras sagradas: textos todavía inmunes a la contaminación del significado. A veces permanezco horas enteras frente a una hoja intacta. Me parece estar contemplando el rostro de Dios antes de la creación.

La gente del barrio ha comenzado a evitarme. Algunos niños me siguen por la calle haciéndose la señal de la cruz. Una mujer me llamó «el monje de la nada». No ha entendido nada.

La nada sigue siendo una palabra.

Yo sirvo a algo que viene antes.

Una noche soñé con una catedral inmensa construida enteramente de silencio. No había muros ni altares ni imágenes sagradas. Y, sin embargo, sentía su presencia cerniéndose sobre mí como una montaña. En el centro había una figura sin rostro. Comprendí de inmediato que era Dios. No hablaba. Ninguna revelación. Ningún mandamiento. Solo aquella presión absoluta e insoportable, semejante a los abismos marinos. Me desperté llorando.

Desde entonces sé que el Paraíso no estará hecho de coros angelicales. Esas son fantasías inventadas por los hombres para hacer soportable la eternidad. El verdadero Paraíso será un silencio tan vasto que borrará incluso el pensamiento de uno mismo.

De vez en cuando la tentación regresa. Ocurre sobre todo en los mercados, en los lugares concurridos, cuando el murmullo humano se convierte en un pantano que trepa por las piernas. Entonces siento nacer en mi garganta el deseo monstruoso de gritar. Una sola palabra bastaría para romperlo todo. Una blasfemia. El nombre de mi madre. Cualquier cosa. Sería como escupir dentro del tabernáculo. Resisto apretando los dientes hasta hacerlos sangrar. Porque he comprendido una verdad que los hombres rechazan desde hace milenios: el lenguaje no sirve para comunicar, sino para ocultar. Cada palabra añadida al mundo aleja las cosas de su esencia. Los árboles se asfixian bajo el nombre de «árbol». El mar queda encarcelado dentro de la palabra «mar». Incluso Dios, desde que los hombres lo nombran, se ha vuelto más pequeño. Yo intento liberarlo. Cuando muera, nadie conocerá mis últimas palabras. Eso me llena de alegría. Imagino al médico inclinado sobre mi cuerpo, a los familiares esperando una frase definitiva, una confesión, una señal. Y, sin embargo, encontrarán únicamente mi boca entreabierta, semejante a una puerta abierta sobre el desierto. Solo entonces comprenderán que mi silencio no era una renuncia, sino una plegaria.


Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

 

viernes, 20 de marzo de 2026

HIC SUNT LIBRIS

Heiko H. Caimi

 

La inscripción estaba escrita a lápiz, sobre el muro descascarado de la antigua biblioteca municipal: Hic sunt libris. No monstruos, no dragones: libros. Como si alguien, antes de huir, hubiera querido advertir al mundo que allí dentro todavía quedaba algo vivo, y por lo tanto peligroso.

La biblioteca estaba en las afueras de la ciudad, en una zona que los mapas actualizados ya no registraban. Los barrios nuevos crecían a su alrededor sin tocarla, como si el edificio irradiara una fiebre leve, un malestar venenoso. Ningún cartel de prohibición, ninguna cerca. Solo desuso, que es la forma más refinada de censura.

Entré una tarde de verano, cuando el aire olía a plástico caliente y a nostalgia. Dentro había olor a papel podrido y polvo, pero también algo eléctrico, como después de una tormenta. Las estanterías seguían en pie, torcidas, heridas. Los libros no habían sido quemados ni robados. Los habían dejado allí para que envejecieran, que es una muerte más lenta y educada. Casi amable.

Tomé uno al azar. No tenía código de barras. No tenía texto de contracubierta. Hablaba de una ciudad que ya no existía, pero que yo reconocía perfectamente. Era la mía, solo que con diez años de anticipación. Las mismas calles cerradas, los mismos lemas pintados sobre los anteriores, la misma música que se obstinaba en sonar en los locales vacíos.

Seguí leyendo. Cada libro parecía escrito por alguien que había visto demasiado y había decidido no callar. Novelas que no pedían empatía, ensayos que no ofrecían soluciones, relatos que terminaban antes de volverse consoladores. Ninguna esperanza, pero tampoco desesperación: solo una forma de honestidad que el mercado había dejado de tolerar.

Entonces comprendí por qué la biblioteca había sido abandonada. No por descuido, sino por prudencia. Y sin embargo los libros, dejados allí a fermentar juntos, habían empezado a hablarse. A recordar. A crear conexiones no autorizadas entre el pasado y el presente, entre lo que habíamos sido y lo que fingíamos habernos convertido. A fomentar pensamiento, discrepancias, dudas y extrapolaciones.

Cuando salí, al amanecer, la inscripción del muro había cambiado. Alguien había añadido debajo, con la misma letra nerviosa: Aquí se pierde la coartada de la ignorancia.

La ciudad seguía despertando como todos los días, ignorante. Yo no. Llevaba encima esa sensación precisa que te invade cuando has leído algo que no deberías haber leído, no porque estuviera prohibido, sino porque era verdad.

Y entonces volví, como se vuelve a un lugar donde no ha pasado nada, y precisamente por eso ha pasado todo. Volví fingiendo normalidad –la misma chaqueta, los mismos zapatos–, pero con un cuerpo ya ligeramente descentrado, como si una parte de mí se hubiera quedado atrapada entre las páginas.

La biblioteca me reconoció incluso antes de que yo abriera la puerta. Me di cuenta porque el aire cambió, se volvió más denso que el tiempo. El olor ya no fue solo el del papel podrido: había hierro, tinta fresca, piel. Las estanterías no estaban donde las recordaba. No las habían movido: habían elegido otra disposición, como un cuerpo que reorganiza sus órganos después de un trauma.

Los libros ya no dormían. Crujían. Susurraban. Respiraban.

Abrí uno y me di cuenta de que las manos ya no eran exactamente las mías. Los nudillos sobresalían más, las uñas estaban manchadas con un polvo oscuro que no se quitaba. Las palabras sobre la página corrían más despacio, como si esperaran algo de mí. O exigieran algo.

Volví a leer sobre la ciudad futura, pero ya no estaba diez años adelante. Era mañana. Era esta noche. Era ahora.

Leí mi nombre, mal escrito, como hacen siempre los que creen conocerte. Y comprendí que la biblioteca no conservaba: anticipaba. No archivaba: derivaba. Era un acelerador de posibilidades descartadas, un depósito de versiones del mundo que no habían encontrado suficiente consenso para existir.

Me senté. O quizá eché raíces. Ya no supe distinguir una cosa de la otra.

Cada vez que volvía –porque seguí volviendo–, algo había cambiado. Un día perdí la capacidad de recordar los rostros. Otro dejé de sentir hambre. A cambio, las frases me crecieron bajo la piel. Las sentí empujar, como larvas impacientes. Cuando hablaba, a veces, ya no era yo quien elegía las palabras: eran ellas las que salían, pidiendo aire.

Mientras tanto, la biblioteca mutaba conmigo. Las ventanas se estrecharon. Las puertas se volvieron más pesadas. Apareció una sección que no estaba: Testimonios no solicitados. Otra se tituló Manuales para un mundo que no será aprobado.

Ningún catálogo. Ningún orden alfabético. Solo una lógica interna, visceral, que reconocí sin haberla estudiado jamás.

Comprendí, demasiado tarde o quizá justo a tiempo, que no entraba para leer. Entraba para ser leído.

La última vez que salí –si es que de verdad salí–, la inscripción del muro ya no estaba escrita a lápiz. Estaba grabada. Profunda. Irrevocable.

Hic sunt libris.

Y debajo, como una sentencia que no admitía apelación: Aquí el mundo aprendió a dejar de defenderse de las preguntas.

La ciudad, afuera, seguía encendiéndose y apagándose en su indiferencia. Pero para entonces era yo quien irradiaba una fiebre leve, un malestar venenoso. Y quienes pasaban a mi lado lo percibían. Aunque no supieran darle un nombre.

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

 

viernes, 5 de diciembre de 2025

UN DÍA DE INVIERNO

Heiko H. Caimi


Nueva York, diciembre de 1948

 

Las calles alrededor del Princeton Club estaban cubiertas por una nieve acuosa que se aferraba a los zapatos y a los párpados como un peso suave, lento. Hemingway había llegado con diez minutos de adelanto, lo que para él ya era una pequeña derrota. Llevaba en el bolsillo una libreta gastada, llena de garabatos con preguntas que nunca haría. Había aceptado ese encargo para el New Yorker más por curiosidad que por entusiasmo. Entrevistar a Einstein –el físico, el pacifista, el cerebro que había firmado la carta a Roosevelt sobre la bomba– no le parecía exactamente su oficio. Pero al final, se dijo, todos los hombres son soldados después de la guerra, incluso aquellos que solo han usado la pluma, o una fórmula.

Albert Einstein estaba sentado en una sala reservada, las manos entrelazadas sobre la mesa como si estuviera rezando o esperando un diagnóstico. Vestía un suéter informe, los cabellos ralos como nubes estreñidas. Cuando vio a Hemingway, se levantó despacio y esbozó una sonrisa cansada.

—Señor Hemingway —dijo con un acento marcado, pero voz amable.

—Profesor —respondió Hemingway, estrechándole la mano con una fuerza contenida, como se haría con un hombre frágil pero no derrotado.

Se sentaron uno frente al otro. Entre ellos, solo un cenicero, dos vasos de agua y el silencio tenue de quienes están acostumbrados a ver el mundo derrumbarse desde ángulos distintos.

—¿Usted fuma, profesor?

—Solo cuando me siento optimista.

—Entonces le ofrezco uno de todas maneras.

Hemingway encendió un cigarro y se lo pasó, luego encendió el suyo.

—No sé por dónde empezar —dijo, observando las venas azuladas de su propia muñeca—. No soy bueno con los hombres de ciencia. Prefiero los tipos que disparan, beben y luego se confiesan. En ese orden.

Einstein alzó ligeramente los hombros.

—Yo también prefiero a quien se confiesa. Pero hoy se prefiere a quien calla.

Hemingway hizo medio gesto de sonrisa.

—Usted dijo una vez que la guerra no puede ser humanizada, solo puede ser abolida.

—Es cierto. Aún lo creo.

—Entonces, ¿por qué le escribió a Roosevelt para construir la bomba?

El científico bajó la mirada. Su cigarro se consumía en el cenicero. Aspiró levemente el humo. El tiempo pareció espesarse en la habitación.

—Por miedo. —Suspiró—. No de la bomba, sino de los alemanes que la estaban construyendo. De esa ciencia. Aún no era ciudadano estadounidense. Era judío. Había perdido amigos, familiares. Alemania se había convertido en una fábrica de muerte.

—¿Y después?

—Después, comprendí que con mi… ciencia había contribuido a crear un monstruo que nadie podía ya controlar. ¿Ha disparado usted alguna vez contra un hombre que le pedía piedad?

Hemingway miró el cristal empañado de la ventana.

—No. Solo contra aquellos que disparaban primero. Pero a veces los soñaba pidiéndome piedad. Y entonces yo… no disparaba. En los sueños nunca soy tan valiente como en la realidad.

Einstein asintió lentamente.

—Entonces usted es más honesto que muchos generales.

El escritor hizo una pausa, dio una larga calada a su cigarro y luego dijo:

—Quien aprieta el gatillo siempre está más cerca de la muerte. Pero usted, profesor, lo tocó de todos modos.

Einstein entornó los ojos.

—Sí. Y la diferencia entre la teoría y la sangre, en cierto punto, se vuelve muy fina.

Hemingway se recostó en el respaldo.

—Usted dijo también: no había previsto Hiroshima. Nadie puede prever el coraje de un hombre que ha dejado de temer a Dios.

—Es una frase que ya no consigo pronunciar en voz alta —murmuró el científico.

—Yo, en cambio —dijo Hemingway—, prefiero a los que tienen miedo. En la guerra he visto hombres con el corazón abierto que aún intentaban fumar. Pero nunca a nadie con la mirada tan vacía como la suya cuando dice la palabra ciencia.

Einstein no respondió enseguida. Luego dijo:

—Quizá porque ciencia se ha convertido en una palabra militar.

El silencio volvió a posarse entre ellos. Hemingway tomó la libreta y la hojeó, luego la cerró.

—Esta entrevista no saldrá nunca.

—¿Por qué no?

—Porque usted es demasiado lúcido, y yo estoy demasiado borracho como para escribir algo que esté a la altura. Y además, este es un diálogo entre dos hombres que tienen miedo, no un artículo para una revista.

—Temo que incluso el New Yorker prefiera las certezas. —Einstein se levantó para servirse un vaso de agua—. ¿Qué escribirá, entonces?

—Tal vez nada. Tal vez un cuento en el que un viejo científico habla con un soldado que ya no puede matar, y juntos descubren que el mundo ha cambiado demasiado rápido. Demasiado rápido para cualquiera que tenga un alma… o un cerebro.

Einstein sonrió apenas.

—Si lo escribe, lo leeré.

—Si lo escribo, lo quemaré.

—¿Por qué?

—Algunas cosas es mejor mantenerlas vivas solo en la memoria.

—O en la conciencia.

Se despidieron con otro apretón de manos, esta vez más breve. Cuando Hemingway salió, la nieve se había convertido en lluvia. Se detuvo bajo un soportal, encendió otro cigarro y miró el reloj. Aún tenía tiempo para un trago. Luego, quizá, escribiría un relato que nadie publicaría, pero que le permitiría, al menos por una noche, dormir sin sueños.

 

Posdata

del llamado “Manuscrito encontrado de Ernest Hemingway” – cuaderno Moleskine, borde rojo, hallado en la finca cubana después de 1961. Anotación sin título, tinta azul, corregida a lápiz en el margen.

 

No era un hombre de guerra. Eso me impresionó de inmediato. Tenía la mirada de alguien que solo ha visto la guerra desde detrás de un escritorio. Y, sin embargo, le temblaban las manos como a un veterano. No el temblor de los cobardes, sino el de quien ha hecho algo que no consigue olvidar. Hay una diferencia. Los cobardes olvidan rápido.

Nos encontramos en una habitación en la planta baja, con cortinas pesadas que olían a naftalina y a papel viejo. Yo tenía en el bolsillo una lista de preguntas, cosas de revista, del estilo “¿Qué piensa de la relatividad aplicada a la moral?”, o alguna otra estupidez buena para un intelectual de cóctel.

Él no estaba interesado en hablar de fórmulas. Quería hablar de la bomba. No de la ciencia que había llevado a construir la bomba, sino del ruido que hace cuando cae. De la piel que se derrite, del niño que camina sin rostro. Hablaba despacio, pero cada palabra le pesaba en la boca como plomo fundido.

Me dijo que le había escrito a Roosevelt para impulsar el proyecto, pero que luego Truman había hecho lo que nadie quería decir en voz alta: usarla de verdad. Lo dijo casi en un susurro: «No había previsto Hiroshima. Nadie puede prever el coraje de un hombre que ha dejado de temer a Dios».

Yo no dije nada. En la guerra he visto hombres con el corazón abierto que aún intentaban fumar. Pero nunca a nadie que tuviera la mirada tan vacía como él cuando pronunciaba la palabra ciencia. Parecía que cada sílaba fuese un golpe asestado a la memoria.

En un momento me preguntó:

«Usted que ha combatido, ¿cree que matar a un hombre es diferente de construir el arma para hacerlo?».

Yo respondí:

«Quien aprieta el gatillo es siempre quien está más cerca de la muerte. Pero usted, profesor, la tocó igualmente».

Nadie rio. Ni siquiera yo.

Tenía hambre y frío. Él tenía algo peor: lucidez.

Aquella noche escribí unas pocas líneas. Nunca hice un artículo. Era una conversación entre dos hombres que sabían demasiadas cosas y habían olvidado demasiado pocas.

Y además, ¿quién diablos habría querido leerlo?

(En el margen, a lápiz: «Reescribir sin la última frase. Es demasiado verdadera»).

Heiko H. Caimi, nacido en 1968, es escritor, guionista, poeta y profesor de narrativa. Ha colaborado como autor con editoriales como Mondadori, Tranchida, Abrigliasciolta y otras. Ha impartido clases en la librería Egea de la Universidad Bocconi de Milán y en diversas escuelas, bibliotecas y asociaciones de Italia y Suiza. Desde 2013, es director editorial de la revista literaria Inkroci. Es uno de los fundadores y organizadores del festival literario itinerante Libri in Movimento. Ha colaborado con el boletín "InPrimis" en la columna "Pagine in a minute" y con el blog "Sdiario" de la escritora Barbara Garlaschelli. Publicó la novela I predestinati (Prospero, 2019) y editó las antologías de relatos Más allá de la frontera. Historias de migración (Prospero, 2019), Yo también. Historias de mujeres al límite (Prospero, 2021), Nos sentamos en el lado equivocado (con Viviana E. Gabrini, Prospero, 2022), Nada por lo que matar (con Viviana E. Gabrini, Calibano, 2024) y Transformaciones. Historias de un planeta en transformación (con Giovanni Peli, Calibano, 2025). Varios de sus relatos aparecen en antologías, revistas y en línea.

  

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