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miércoles, 4 de marzo de 2026

VIVIENDO AL BORDE DE LA OSCURIDAD

Gareth D. Jones

 

Un soplo de polvo fue la primera advertencia, muy lejos, al otro lado de la llanura, con la fuente oculta por los matorrales intermedios. Aparecieron más penachos, que derivaban y se desvanecían hacia arriba en una estela que apuntaba hacia el poblado. Vincent manoteó en busca del catalejo; sus nudillos, retorcidos por la edad, lo agarraron con dolor, y lo llevó a su ojo sano. Tardó un instante en encontrar la estela de polvo, y para entonces ya se veían tres figuras corriendo, levantando tierra. Intentó mantenerlos en la mira mientras extendía la mano hacia la cuerda de la campana, pero no la encontró. Dejó el catalejo con impaciencia sobre la repisa de madera áspera, agarró el tirador de la campana y empezó a tocar.

No era una campana muy melodiosa ni muy potente. Hacía sonar su alarma con golpes metálicos que reverberaban por la hondonada en forma de cuenco del poblado. Abajo, unas figuras se movieron en el calor de la tarde y caminaron sin prisa hacia las compuertas al pie de la pendiente. Vincent volvió a concentrarse en los corredores.

Ya estaban lo bastante cerca para revelar sus identidades. Fernando iba delante, bombeando los brazos, con el rostro encendido por la huida. Detrás venían Raquel y Bebe, con expresiones más temerosas. Tras ellos –probablemente recortando distancia, aunque era difícil saberlo– rodaba una bestia rodante. Era enorme, quizá de dos metros y medio; la más grande que Vincent había visto en décadas. Docenas de púas, una docena de garras, dientes afilados como navajas: todo eso era invisible en el borrón de su carga rodante sobre la llanura. No había escapatoria frente a una máquina tan enorme, tan veloz y asesina; no había dónde esconderse en la inmensidad plana de las estepas. El único lugar seguro estaba en una de las pocas simas que salpicaban esa desolación, y solo si conseguías detenerte antes de resbalar por la pendiente y caer al interior de la tierra que te abrazaba debajo.

Antes de estar lo bastante cerca como para oír el golpeteo de los pies, un grito de júbilo llegó a los oídos de Vincent. Fernando. Fernando, travieso e incontenible. Vincent sabía que el joven no haría caso de que en cualquier momento podía ser aplastado, desgarrado y devorado. Solo pensaría en la persecución, en su velocidad juvenil y en que quizá Raquel se impresionaría con su valentía. Vincent estaba bastante seguro de que no lo haría; Fernando era un idiota.

Estaban a menos de cien metros. Vincent miró cuesta abajo: las compuertas estaban abiertas. Fernando iba cinco metros por delante de los otros dos, y solo les sacaban al monstruo otros diez. Vincent se inclinó sobre el poblado desde su pequeña plataforma en el borde de la sima.

—¡Ahí vienen!

Fernando alzó la vista hacia Vincent al aproximarse, sonrió como un lunático y se lanzó por el borde con un salto magnífico. Cayó unos tres metros más abajo en la pendiente, dio dos zancadas más, exageradas, agarró el poste del pasamanos y se columpió hasta ponerse a salvo. Raquel venía segundos detrás, derrapando sobre la superficie arenosa y deslizándose alrededor de las barreras hasta caer de espaldas.

Bebe falló el apoyo. Tropezó al caer, se desplomó sobre el pecho y, como pudo, se recuperó con una voltereta hacia adelante. Rodó más allá del pasamanos de seguridad. Sin detenerse, la enorme bestia rodante pasó por el borde del poblado y se precipitó hacia su perdición. La criatura no tenía idea de su destino, concentrada solo en su presa. Mientras Bebe se deslizaba impotente cuesta abajo, parecía que la criatura podría lograr su objetivo justo antes de llegar al agujero en el centro del poblado.

Raquel lanzó un grito de advertencia. Bebe gritó. Un brazo enorme y musculoso salió disparado y agarró al desafortunado cazador por la túnica, arrancándolo hacia el pasamanos inferior. Félix el constructor, el hombre más fuerte del poblado.

En un silencio siniestro, la bestia rodante siguió rodando, ganando velocidad, y desapareció por el borde de la sima que ocupaba el centro del poblado. Vincent se sentó en su banco, y el alivio le drenó las fuerzas. El silencio duró unos segundos más, hasta que Fernando rugió con una carcajada exultante y levantó a Raquel. Raquel le dio un puñetazo en el pecho, llamándolo idiota y otras cosas que se perdieron en el tumulto general de los aldeanos hablando y gritando todos a la vez. Félix puso a Bebe en pie, y el muchacho sonrió con valentía, contando y volviendo a contar su historia mientras su madre le limpiaba las raspaduras y él intentaba apartarla. Raquel se alejó furiosa hacia su cabaña, dejando a Fernando para que le explicara al jefe de dónde saldría la comida de la noche, ya que habían regresado con las manos vacías. Hubo exclamaciones estruendosas por el tamaño de la bestia rodante; muchos aldeanos levantaban las palmas muy por encima de la cabeza para ilustrar la altura ante los desgraciados que se habían perdido el incidente. La mayoría de los doscientos habitantes del poblado oyó la historia varias veces antes de que todos se fueran dispersando para retomar sus tareas interrumpidas.

Vincent permaneció sentado y sonrió ante sus propios recuerdos. Ah, correr libre por la llanura otra vez, cazar snarebits, huir de bestias rodantes. Impresionar a las chicas. Se quedó dormido.

 

—Hora de mudarse, viejo —dijo Félix al entrar en la cabaña de Vincent—. El lugar nuevo ya está listo.

Detrás de él, Fernando, Bebe y Raquel estaban listos para ayudarlo a llevar sus pertenencias cincuenta metros cuesta arriba, hasta la cabaña nueva.

—No estoy seguro de estar listo para mudarme todavía —dijo Vincent, alzando la vista desde su antiquísimo sillón.

Félix suspiró, como si lo esperara.

—En unas pocas semanas podrás escupir por la ventana de atrás directamente al agujero —dijo.

—Sí —aceptó Vincent—, pero viví aquí cincuenta años. Tengo cosas que ordenar, cosas que empacar.

—Por eso traje a este grupo servicial. —Félix hizo un gesto por encima del hombro con el pulgar. Fernando sonrió, dispuesto a ayudar.

—Hay cosas con las que ellos no pueden ayudar. —Vincent recorrió con la mirada la pequeña sala—. Dora vivió aquí conmigo cuarenta años, ¿sabes? Eso no se empaca en un día.

—Lo sé, viejo. —Félix miró al suelo—. Vendremos mañana. Se echó hacia atrás hasta la puerta; se detuvo, se volvió y se fue.

Un instante después, Vincent se dio cuenta de que Fernando todavía estaba allí.

—¿Puedo entrar?

—Claro, muchacho. —Señaló la otra silla y Fernando se sentó con cautela; no dijo nada durante un rato.

—Dicen que el agujero no lleva a ninguna parte.

—Eso dicen.

—¿Eso es lo que tú crees?

—No sabría decirlo. Nunca he bajado ahí.

—Pensé que tal vez tú sabrías —dijo Fernando—, siendo que tú eres tan…

—¿Viejo? —Vincent soltó una risita.

—Bueno, iba a decir sabio. —Se puso de pie y dio dos pasos hasta la ventana, donde el agujero se abría enorme a pocos pies de distancia: seis metros de ancho, negro como la noche por dentro—. Es que tu casa se va a caer pronto. Me hizo pensar, ¿sabes?

—Me hizo pensar durante mucho tiempo. —Se incorporó con esfuerzo y se colocó junto a Fernando—. Me mudé cuando esta casa era nueva.

—¿Bajaste toda la pendiente? —La idea parecía asombrar a Fernando. El trayecto de cincuenta años que tardaba un edificio en deslizarse desde el borde de la hondonada hasta el borde de la sima estaba muy lejos de su experiencia.

—Dicen que antes tardaba cien años —dijo Vincent.

Fernando inclinó la cabeza.

—¿De verdad?

—Eso dicen.

Fernando señaló, al otro lado del agujero, los restos desmoronados de la antigua casa familiar de Bebe, que se había derrumbado dos meses antes y en su mayor parte había desaparecido por el borde.

—No quieres estar en casa cuando pase eso.

—No. —Vincent volvió a sentarse—. Ahora, muchacho, si no te importa, tengo que echar una siesta.

Cerró los ojos antes de que el chico se fuera.

 

—¿Qué haces aquí afuera? —preguntó Fernando.

Vincent miró la llanura sin rasgos, fresca y aparentemente amigable a la luz de la mañana. Estaba a casi un kilómetro del poblado, más allá de los cultivos y de los colectores de rocío; demasiado lejos como para escapar si aparecía una bestia rodante en el horizonte. A lo sumo podía arrastrar un paso cojo, no como en los viejos tiempos, cuando corría vueltas por el borde del poblado por diversión.

—Mirar —dijo al fin.

Fernando se quedó a su lado en silencio, contemplando el horizonte.

—¿Mirar qué?

—Mi vida.

—Ajá. —Parecía que Fernando, pese a su juventud, quería entender algo más profundo—. ¿Vincent?

—¿Sí?

—¿Qué hay en el agujero?

—Nadie lo sabe.

—¿Alguien ha intentado bajar?

—Nadie que quisiera volver a subir. —Dora, atravesada por el dolor, alejándose del final de su jardín, cayendo fuera de la vista. Él la había besado en la puerta y la había visto irse.

—¿Qué pasa con las bestias rodantes que caen por el borde?

—No vuelven. —Se dejó caer al suelo con un crujido, junto a una flor amarilla brillante—. Mira esto.

Fernando se agachó a su lado. Vincent tiró con cuidado, despacio, y la flor salió de la tierra con una raíz larga y gruesa. Señaló el pequeño agujero que había quedado. Se llenó enseguida de polvo y arenilla.

—¿A dónde fue el polvo? —preguntó.

Fernando se quedó en blanco.

—A la tierra.

—Exacto.

—Pero no es lo mismo que la sima. Esa nunca se llena.

Vincent se incorporó con esfuerzo, y Fernando saltó para ayudarlo.

—“Nunca” es mucho tiempo.

—¿Quieres decir que un día se llenará?

Vincent empezó a caminar hacia el poblado. Despacio.

—Tendrán que caer muchas casas primero.

—¿Pero dónde viviremos? ¿Cómo escaparemos de las bestias rodantes?

—Yo no me preocuparía, muchacho. Falta mucho para eso.

Fernando caminó pensativo a su lado un rato. Se detuvieron en la cima de la hondonada, mirando hacia abajo la cabaña nueva. Félix saludó con la mano desde el umbral, con un pequeño grupo de ayudantes y bienintencionados detrás.

—Ya subimos todo —gritó.

—Gracias. —Vincent cruzó con cuidado el borde, se agarró del pasamanos al bajar y entró en la casa nueva. Era igual que la antigua, pero vacía de cualquier cosa que Vincent conociera.

Félix sonrió con orgullo y luego con inseguridad.

—¿Está bien?

—Gracias, Félix. Está bien. —Acarició el brazo de su sillón viejo—. Está todo bien. Se sentó y miró cómo una docena de aldeanos deambulaba por su nueva sala, felicitando a Félix por sus dotes de constructor y a Vincent por su nueva vivienda, bebiendo jugo de raíz y admirando la vista elevada desde la ventana. A más de uno le habría encantado quedarse con el lugar cuando él ya no estuviera. Pronto se fueron, y lo dejaron en paz.

 

Llegó el mediodía, y Vincent se levantó de la silla con el desasosiego clavado en el cuerpo. Bajó con cuidado por la pendiente, asintiendo con sequedad a los pocos aldeanos que se cruzaban o lo observaban desde sus ventanas. La casa vieja seguía allí, triste y abandonada al pie de la pendiente, esperando su zambullida final en la sima. La puerta chirrió cuando la empujó, y entró.

Esa casa tampoco estaba bien ya. No quedaba nada que le perteneciera. Pero había familiaridad: las tablas del suelo crujían en el lugar correcto, una grieta ondulaba por el techo, el hollín manchaba la pared alrededor de la chimenea. La casa nueva tenía todas sus pertenencias, pero ninguna huella de su historia.

Vio movimiento afuera, por la ventana trasera. Vincent entrecerró los ojos ante el resplandor y caminó hasta la puerta de atrás. No la habían abierto desde hacía tiempo: estaba demasiado cerca del agujero. Empujó, se apoyó, hizo fuerza, hasta que se soltó del marco deformado y se abrió.

Los restos de la cerca de su jardín iban desde la pared hasta el borde de la sima. Un par de piernas se enroscaba en el poste más alejado, sosteniendo a una figura inclinada sobre la oscuridad abismal. Vincent carraspeó fuerte.

—¿Qué estás haciendo?

Con un forcejeo de brazos y piernas y tierra que se corría, Fernando se apartó del borde. Tenía el catalejo de vigilancia apretado en una mano.

—Intento ver —dijo.

Vincent se arrastró hasta la cerca y avanzó con cautela, sin fiarse de sus piernas temblorosas tan cerca del agujero.

—¿Ves algo ahí?

—Solo oscuridad. —Fernando alzó el catalejo—. Incluso con esto, nada. —Señaló el sol, implacable sobre sus cabezas—. Esperé al mediodía, para tener mejor luz.

—No verás nada —dijo Vincent.

—¿Tú miraste?

—Claro que miré. —Se rascó la barbilla—. Todos miran. Con el tiempo.

Fernando frunció el ceño y volvió a mirar el agujero.

—Quiero bajar ahí.

—No hay nada ahí abajo.

—Pero… —Fernando miró alrededor: la casa desmoronada, la cerca, el agujero—. Pero, si atara una cuerda a la cerca, podría bajar…

Vincent lo miró unos segundos. Inspiró hondo.

—¿Hasta dónde crees que llegarás?

—No lo sé. Hasta donde pueda.

—No es suficiente. No hay cuerda en todo el poblado que te lleve hasta el fondo.

—¿Se ha intentado?

—Muchacho: aquí vive gente desde antes de que naciera mi abuelo. ¿Crees que eres el primero que quiere bajar?

Fernando se desinfló.

—Supongo que no.

Vincent le dio la espalda al agujero.

—Ahora ayúdale a un viejo a subir la pendiente.

 

Semanas de vivir en la casa nueva no lograron que Vincent la sintiera más como un hogar. Otra sección de la cerca del jardín cayó en la sima, y luego el último tramo se desprendió de la pared y desapareció por el borde. Vincent se sentaba y dormitaba en su sillón favorito, y cumplía de vez en cuando su turno de vigilancia en el borde cuando los aldeanos salían a cazar o a atender los cultivos.

Esta vez lo alertó un grito a lo lejos. Levantó el catalejo maltrecho y fijó la vista en tres figuras en la distancia: otra vez Fernando, Bebe y Raquel. Fernando cojeaba mucho, arrastraba una pierna, sostenido por los otros dos. Bebe agitaba un brazo con urgencia y volvió a gritar. Vincent tocó la campana.

Para cuando Félix y otros hombres atravesaron los cultivos y llegaron hasta los tres jóvenes, Fernando ya se había desplomado. Lo levantaron y lo llevaron de vuelta al poblado. Cuando todos estuvieron a salvo tras el borde, Vincent dejó su puesto y avanzó cojeando hasta la mitad del cuenco, hacia la casa de Fernando. Raquel y Bebe estaban fuera, con los rostros desfigurados por el miedo.

—Lo mordió una serpiente dardo —dijo Raquel cuando él se acercó.

Vincent se detuvo; los hombros se le hundieron más de lo habitual. Las serpientes dardo eran mala noticia. Aunque llegaran a tiempo a la mordida, sería terrible para Fernando.

Mucho más tarde, después de los gritos de Fernando y del llanto de muchos otros, dejaron que Vincent lo viera. El joven yacía en la cama, pálido y sudoroso, el cabello pegado hacia atrás y los ojos vidriosos. Había trapos ensangrentados alrededor del muñón donde le habían amputado la pierna izquierda.

Vincent se sentó en silencio y le tomó la mano. Fernando rodó los ojos, sonrió con temblor y quedó inmóvil.

 

Vincent no vio a Fernando durante muchos días. Incluso Bebe y Raquel le dijeron que no lo vería. Un hombre con una sola pierna en un poblado en forma de cuenco no tiene mucha libertad. Vincent se abrió paso a la fuerza al cabo de dos semanas.

—Vete —fue toda la respuesta que obtuvo cuando Fernando le dio la espalda.

Vincent se sentó y ahuyentó a la madre de Fernando, que se veía demacrada.

—Tu pierna —dijo Vincent— cumplió tu sueño por ti. Bajó al agujero.

Fernando soltó una risa corta y amarga.

—Es el único lugar donde debería estar —dijo un momento después—. ¿De qué sirvo ahora?

—¡Fernando! —la voz angustiada de su madre desde la otra habitación.

—Silencio —dijo Vincent, a ambos—. Fernando, esto no tiene por qué ser el final. Silencio—. Ahora tienes que encontrar tu propio propósito.

Un gruñido fue la única respuesta.

—Volveré —dijo Vincent.

 

Llegó el otoño y Fernando empezó a moverse por el poblado, apoyándose torpemente en una muleta, cayéndose a menudo y rodando cuesta abajo. No hablaba con nadie.

Con el clima más fresco y la humedad frecuente, las piernas de Vincent se le trabaron, y se encontró tan inmóvil como el amputado. Era peor que el año anterior. Mucho peor. No podía hacer guardia en el borde, apenas podía entrar y salir de la cama. Nunca creyó llegar a ser tan viejo.

Un día la puerta chirrió al abrirse, mientras él yacía indefenso en el suelo, magullado y sacudido por una caída desde la cama. Fernando entró a saltos, sosteniéndose del marco.

Vincent alzó la vista con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué quieres, muchacho?

Fernando avanzó arrastrándose, se sentó en el suelo y tomó la mano de Vincent.

—Te ayudaría a levantarte, pero… —señaló el lugar de su miembro perdido.

Los dos miraron el espacio vacío y luego, como si quisieran compensar semanas de silencio, se echaron a reír. Vincent no se había reído tanto en años, no desde que Dora lo dejó. Se rio hasta quedarse sin aliento y se secó las lágrimas. Fernando hizo lo mismo con la manga.

—A ver —dijo al fin. Se incorporó hasta el borde de la cama, agarró el brazo de Vincent y tiró hasta dejarlo sentado a su lado.

Vincent se acomodó mejor contra la pared.

Fernando recobró el aire, luego se movió hacia el sillón. Se sentaron en silencio durante mucho tiempo.

—¿Fernando? —su madre asomó por la puerta desde afuera, ya oscureciendo. Sonrió a Vincent—. Pensé que vendrías aquí.

—Entra —dijo Vincent.

—¿Quieres que te ayude a volver a casa?

Fernando negó con la cabeza.

—Vincent y yo estamos hablando.

La madre dudó un instante.

—Bien. ¿Te veré pronto?

—Sí, mamá. Te veré pronto.

Ella se fue, asintiendo para sí.

—¿Sabes? —dijo Fernando después de otro largo silencio—. Creo que encontré mi propósito.

Vincent lo miró, interrogante.

—Si eso es lo que tú quieres —dijo Fernando despacio.

Vincent suspiró, largo y suave.

—Creo que sí.

La oscuridad era completa cuando salieron de la cabaña, con el brazo de uno alrededor de la cintura del otro, apoyándose en los marcos de puerta y en los pasamanos. Avanzaron lentamente hasta la antigua cabaña de Vincent, ahora balanceándose de forma precaria en el borde de la sima.

Dentro, la vieja sala de Vincent estaba ahogada en sombra. El suelo crujía mucho más que antes. Tropezaron hasta la puerta trasera y se apoyaron con fuerza. Vincent temblaba de pie, aferrado a la pared, mientras Fernando luchaba con la puerta, endurecida por el marco deformado. Poco a poco cedió y la empujó hasta abrirla.

Vincent miró hacia la oscuridad impenetrable que comenzaba apenas pasado el umbral.

—¿Seguro que quieres averiguar qué hay ahí abajo, muchacho?

Fernando asintió.

—¿Listo, viejo?

Atravesaron juntos la puerta.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

 

martes, 23 de diciembre de 2025

LA SEGUNDA SEMANA DE CUARENTENA

Gareth D. Jones

 

Lunes

 

Grilt y Sly yacían sobre roca quebrada en lo alto de una pendiente escabrosa, mientras la tibia brisa de la mañana temprana recorría sus cueros cabelludos desnudos. A sus espaldas se extendían crestas desoladas que conducían a una llanura seca y a una existencia dura, de subsistencia. Frente a ellos, el otro lado de la ladera descendía abruptamente: la roca afilada se transformaba en hierba y luego se inclinaba suavemente hacia un valle verde y acogedor, con un pequeño pueblo enclavado entre arroyos y bosquecillos de robles.

—Ahí viene Randal —dijo Grilt. Era una de las principales expertas en el Pueblo y había pasado buena parte de su vida estudiándolo—. Todos los lunes, como un reloj.

Un pequeño coche azul de cinco puertas avanzó por la carretera principal que salía del pueblo y se detuvo donde se habían levantado barreras de madera y un coche de policía cruzaba la calzada. Una figura vestida de azul descendió del vehículo policial.

—Esa es la agente Fletcher, la esposa de Randal —dijo Sly.

—Tienes razón.

Grilt le dio una palmada en el brazo con una mano en forma de aleta.

Un hombre alto –Randal– se desplegó desde el asiento delantero del coche azul y se acercó a la policía. Hablaron durante unos minutos, se abrazaron brevemente y luego Randal volvió a marcharse en el coche. La agente Fletcher rodeó el vehículo, se apoyó unos minutos en la barrera y después regresó a su patrulla.

—¿Qué dicen? —preguntó Sly, parpadeando con su único ojo.

—No tenemos todas las palabras, porque no siempre están en el ángulo adecuado para verles los labios, pero más o menos él dice: “Te he echado de menos esta mañana”, y ella responde: “Lo sé, pero la cuarentena no durará mucho y volveré a los turnos de día”. Hablan de la cena de esta noche; él dice: “Te veré pronto”, y ella: “Cuídate”.

—No parece muy importante —dijo Sly.

—No sabemos qué es importante —replicó Grilt con severidad—. Ya no tenemos los prismáticos ni los dispositivos de escucha que solíamos usar, pero aun así podríamos aprender algo que nos ayude a poner fin a esto.

Se acomodaron para otro día de observación, añorando los tiempos en que podían entrar en el valle sin ser aniquilados por las IA protectoras del pueblo y su biotecnología militarizada.

 

Martes

 

Randal sorbía el té ruidosamente mientras recorría sin mucho interés una hoja de cálculo exageradamente grande, picando de vez en cuando una celda flotante con un dedo delgado. Tras los primeros días de inquietud, la gente se había calmado y ahora, en la segunda semana de cuarentena, la mayoría de los habitantes del pueblo había vuelto a sus rutinas habituales, deseando que el tiempo pasara hasta que retiraran de nuevo las barreras.

—Estoy segura de que ya he hecho esto antes —murmuró Esther desde el escritorio contiguo.

—Conozco esa sensación —dijo Randal. Replegó la pantalla virtual hasta su proyector y estiró el brazo.

—No —dijo Esther—. Me refiero a este informe semanal. Estoy segura de que ya lo entregué.

—El de la semana pasada probablemente era igual.

Esther frunció el ceño y se frotó la frente con el pulgar y el dedo medio.

—La mayoría de las semanas sí, son prácticamente iguales.

Abrió los ojos y volvió a frotarse la frente, como si de repente fuera consciente de las arrugas—. Pero el informe de esta semana es un desastre, teniendo en cuenta el caos en el que estábamos.

—Déjà vu —sentenció Randal, apurando el resto de su té.

—Tal vez —dijo Esther, y volvió a fruncir el ceño.

 

Miércoles

 

Randal volvió a despertarse solo, pero Rhian le había pedido que dejara de visitarla en la barrera; debía seguir su rutina normal, como había dicho el alcalde. Se afeitó con movimientos rítmicos y se cortó el labio superior. Cuando terminó y se lavó la cara, la herida ya había dejado de sangrar. La biotecnología se ocupaba de las lesiones leves y de la mayoría de las enfermedades. La biotecnología domesticada. Fuera del valle, algo había ocurrido relacionado con la biotecnología. Los detalles se mantenían en secreto; las noticias eran sorprendentemente escasas en especificaciones. Su pueblo era una de varias comunidades experimentales biointegradas y había sido puesto en cuarentena a raíz de problemas surgidos en otros lugares. Se miró al espejo y se preguntó qué podría hacer la biotecnología con los pocos cabellos grises que empezaban a aparecerle en las sienes.

Se vistió despacio, sin demasiado entusiasmo ante otro día embrutecedor en la oficina. Mejor que quedarse en casa preocupado por la cuarentena. Mejor que pasarse el día entero en la barrera, como su pobre esposa. Su trabajo era, en realidad, solo una fachada. Más allá de la cresta del valle era donde, según se decía, el ejército había establecido la verdadera cuarentena. Nadie podía llegar hasta allí para comprobarlo.

Se preparó una taza de té y se quedó quieto al devolver la leche al frigorífico. La botella parecía haber durado días.

 

Jueves

 

En el calor familiar del pub, Randal estaba sentado mascando maníes de una bolsita mientras Guy iba a por otra ronda. Rhian dormía; su ciclo de sueño estaba completamente desfasado. Era temprano al atardecer, pero ya se habían bebido un par de pintas cada uno. Baz hacía girar un posavasos con destreza, mientras Smitty sacaba restos compactados de patatas fritas de sus molares.

—Vamos a ver la barrera —dijo Baz, asintiendo hacia Guy mientras este dejaba cuatro pintas de cerveza amarga sobre la mesa, derramando un poco de cada una sobre la madera oscura y brillante.

—Seguro que a Rhian le alegrará verlos —dijo Randal con solemnidad.

—No. —Baz bajó la voz—. La barrera del ejército. Solo para… ya sabes, mirar.

—No dejarán que se acerquen —dijo Smitty, observando algo vagamente crujiente en la punta de su dedo—. No los dejarán acercarse —repitió.

Se metió el dedo en la boca y chupó.

—Iremos esta noche, cuando esté oscuro —dijo Baz.

—¿Eso no hará que sea más difícil ver algo? —preguntó Randal.

—Ja —dijo Baz.

—No se lo dirás a Rhian, ¿verdad? —preguntó Guy.

—No —suspiró Randal—. No se lo diré a Rhian.

Se echó otro maní a la boca.

 

Viernes

 

—Mi cabeza no está bien —dijo Esther.

La mitad del personal no había acudido a trabajar, por ser viernes y el final de la segunda semana de cuarentena. Todos estaban en el centro del pueblo, en una protesta tibia mezclada con fiesta callejera frente al ayuntamiento. Había empezado a lloviznar poco después de comer, así que Randal se alegró de no haber ido. Pobre Rhian, atrapada junto a la barrera.

—Es solo esta sensación rara… como si algo estuviera manipulando mi cerebro.

—Ajá.

Randal ordenó los objetos de su escritorio: una placa por diez años de servicio, un pisapapeles de peltre –aunque no tenía papel– y un cubo de Rubik que se resolvía solo y cambiaba constantemente de colores para derrotarse a sí mismo.

—Hablo en serio —dijo Esther—. Siento que algo me está tocando la cabeza.

—Deberías hacer que revisen tu biotecnología —dijo Randal—. Puede que necesite calibración. —Movió ligeramente el pisapapeles—. O puede que se haya descontrolado.

Como decían algunos periodistas especializados que había ocurrido en otros sitios.

—Gracias, qué alentador.

Esther se levantó.

—Me voy a casa —dijo.

Randal miró la oficina vacía y se preguntó cuántos volverían a trabajar la semana siguiente.

 

Sábado

 

Rhian volvía a trabajar, así que Randal no se sintió culpable por escaparse al pub para una pinta rápida a la hora de comer. Sus tres compañeros habituales estaban allí, como no podía ser de otro modo.

—¿Cómo fue la expedición? —preguntó.

Baz resopló con fuerza.

—Un desastre —dijo Smitty, pronunciando cada sílaba con claridad.

—Tampoco fue un desastre —dijo Guy—. Baz resbaló en la parte alta de la pendiente y se deslizó casi hasta abajo. Después de eso no pareció que valiera la pena seguir.

—¿Que no valía la pena? ¿No se suponía que era tu gran expedición?

Baz y Guy lo miraron con expresión perpleja, como si el plan hubiera sido idea suya.

—¿Has visto lo último? —Smitty sonrió con amargura—. Dicen que la cuarentena durará mucho más de lo que pensábamos. Dicen que la situación está fuera de control.

—Dicen muchas cosas.

Randal cuidó su pinta, preguntándose si deberían racionar la cerveza amarga o bebérsela toda antes de que alguien más lo hiciera y se acabara. Si el asedio realmente iba a continuar. Decidió pedir otra, por si acaso.

 

Domingo

 

Randal se despertó tarde por la mañana y se sorprendió gratamente al descubrir a Rhian durmiendo a su lado. No la había oído llegar a casa. Permaneció inmóvil un rato, escuchando el silencio, roto solo por su respiración suave.

Ella abrió los ojos.

—¿Es hora de levantarse?

—No hay prisa —dijo él—. Me gustan los domingos. Todo el tiempo del mundo.

 

Lunes

 

Randal condujo su pequeño coche azul hasta el límite del pueblo, hacia la barrera policial. En realidad era el coche de Rhian, por eso tenía que plegarse casi por la mitad para entrar o salir. Se detuvo y observó cómo Rhian bajaba de su patrulla, sonriendo para sí.

Se apeó con esfuerzo y se acercó a ella.

—Te he echado de menos esta mañana —dijo.

—Lo sé, pero la cuarentena no durará mucho y volveré a los turnos de día.

—¿Estarás en casa para cenar esta noche?

—Eso espero, pero puede que esté dormida cuando llegues.

Le dedicó su mejor sonrisa apesadumbrada y él la abrazó con fuerza.

—Te veré pronto.

—Cuídate —dijo ella.

Randal volvió al coche y regresó al pueblo, camino de la oficina. Era la segunda semana de cuarentena y el alcalde les había pedido a todos que siguieran con su vida normal siempre que fuera posible.

 

Lunes

 

—¿Cuántas veces has visto este día? —preguntó Sly. Se rascó la barbilla escamosa, uno de los muchos resultados de la biotecnología descontrolada que había conquistado casi todo el planeta. Excepto este enclave.

—He perdido la cuenta —dijo Grilt.

Algún día, esperaba, podrían acceder a la IA que controlaba la biotecnología y pedirle que les ayudara. Había quienes decían que eso no podría ocurrir, que la IA estaba atrapada en un bucle protector y que nunca pondría fin a la cuarentena.

—¿De verdad vamos a ver algo nuevo?

—Eso espero —dijo Grilt—. Casi todas las semanas, al menos uno de los habitantes del pueblo se da cuenta de que algo no va bien.

Eso era lo que las mantenía en marcha, a ella y a sus predecesores: observar cómo la misma semana se repetía una y otra vez en el pueblo. La IA controlaba la información que recibían los habitantes; todo intento de infiltración era respondido con una negación eficiente. La biotecnología mantenía sus cuerpos renovados y sus suministros llenos. También reiniciaba sus recuerdos cada semana. No tenían ni idea de que la segunda semana de cuarentena llevaba durando mil quinientos años. Pero algún día podrían saberlo.

Grilt observó a Sly con atención, sin estar segura de que tuviera la paciencia necesaria para el trabajo. Podía volverse muy repetitivo.

Una tibia brisa matinal recorrió su cuero cabelludo desnudo y volvió a mirar cómo la agente Fletcher regresaba a su coche. Otra vez.

Gareth D. Jones es científico ambiental británico, escritor y padre de cinco hijos, dos de los cuales también son autores publicados. Su primer relato corto se publicó en 2004 y, desde entonces, ha publicado más de 200 obras en 36 idiomas, lo que lo convierte, extraoficialmente, en el segundo autor de relatos de ciencia ficción más traducido del mundo. ¿Por qué extraoficialmente? Porque no existe una clasificación oficial. Por su experiencia en este campo, cree estar en segundo lugar, pero podría estar equivocado.

GODOT INTER ASTRA