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martes, 3 de febrero de 2026

EL OJO DE LA GRAN MADRE

Jørn Johansen

 

Por el este se extinguía el último resplandor del sol, y el frío comenzó a deslizarse sigiloso. El viejo Aga echó un leño al fuego: la llama de la vida no debía apagarse. Sin ella, ni siquiera la piel más gruesa podría permitirles sobrevivir durante la noche, que sería la más fría en mucho tiempo. Pero si lograban superarla, solo quedaría medio día de marcha hasta el templo. Aga observó a los seis muchachos que llevaba consigo: no todos regresarían a casa. No todos sobrevivirían a la prueba de la hombría. Hagam era fuerte, pero pensaba poco y nunca dudaba. Jiko pensaba mucho, pero dudaba en exceso. Ninguna de las dos cosas jugaba a favor de los muchachos. Pero así era la voluntad de la Gran Madre.

Aga era el único que miraba hacia el fuego; los demás estaban sentados de espaldas, con las manos sobre las lanzas, listos para el combate. Las criaturas que acechaban a su alrededor percibían la hoguera: algunas buscaban el calor, otras la luz, pero la mayoría buscaba alimento. Aga alzó la mirada hacia la oscuridad que los cubría.

—En las leyendas más antiguas se contaba que quienes vivieron antes del tiempo de las leyendas hablaban de una era aún más remota en la que había luz en el cielo nocturno. Pequeños y débiles puntos de luz a los que llamaban estrellas.

Hagam resopló con desdén.

—En aquellos días y eras, el jugo de Mtchasa corría libremente. Nadie sabía qué era verdad, qué era realidad o qué era jugo de Mtchasa.

El viejo Aga asintió.

—Cierto. Y cuántas palabras no se han olvidado o deformado a lo largo de esas eras. Pero tampoco podemos saber que no sea verdad. También se contaban historias de un tiempo en que todos los humanos tenían dos orejas, dos ojos, dos brazos y dos piernas.

La risa resonó sobre las frías llanuras.

—Es el jugo de Mtchasa el que habla con lenguas torcidas.

Todos alrededor del fuego asintieron. Nadie iba a contradecir a Hagam en eso. Incluso el viejo Aga dejó escapar una risa ante lo absurdo de semejante historia.

—También se decía en esos cuentos que, una vez, en un pasado remoto, no estaba permitido comer carne humana.

El silencio incrédulo fue absoluto.

—Sí, eso decían esos cuentos. También decían que la Gran Madre apagó las estrellas como castigo por aquella rebelión contra su palabra. Los humanos ya no merecían luz durante la noche. Otros relatos contaban que las estrellas simplemente vivieron sus vidas y se extinguieron por la vejez.

Hagam sacudió la cabeza, riendo.

—En verdad, en los viejos tiempos el jugo de Mtchasa corría libre y sin freno. Si los humanos no se comían entre sí, desde luego no merecían luz alguna en la noche.

El silencio se prolongó largo rato antes de que Aga volviera a hablar.

—En las leyendas más antiguas se contaba que, antes del tiempo de las leyendas, hubo una era en la que cada vez más humanos comían cada vez más plantas y animales del mundo. Se comieron a todos los hangu, a todos los moloknotu y toda la hradinia. Para mantener calientes a tantos humanos, quemaron casi todos los árboles que existían. Se dice que incluso quemaron piedra en su desesperación y llenaron el cielo de humo negro. En aquel tiempo hacía más frío que ahora; el ojo de la Gran Madre estaba lejano y retraído. Solo cuando estuvieron al borde de la extinción regresaron a la Gran Madre y comenzaron a comer humanos de nuevo. Volvimos al círculo de la vida. Nacemos, comemos, morimos y somos comidos.

Todos respondieron al unísono:

—Así es la verdad, así es la realidad. Así lo dice la Gran Madre.

La noche fue larga y fría. El viejo Aga mantuvo vivo el fuego y contó historia tras historia para mantenerlos despiertos. La hoguera les quemaba la espalda mientras la escarcha mordía sin piedad el rostro. Finalmente, comenzó a brillar por el oeste. Lenta, pero inexorable, el sol se elevó. El gran ojo rojo llenó el cielo y el ojo de la Gran Madre los calentó con su mirada. El calor era una bendición para un cuerpo viejo. Cada año el ojo de la Gran Madre se acercaba un poco más; cada año el amargo invierno era un poco más corto. La Gran Madre recompensaba, en verdad, a quienes honraban su palabra. Jiko se volvió hacia Aga y preguntó:

—¿Qué dicen los cuentos más antiguos sobre nuestro amado sol?

—Dicen que ella es la última estrella; cuando se apague, solo habrá frío y oscuridad por toda la eternidad. Pero en aquellos tiempos el jugo de Mtchasa corría libre y sin freno. Vamos: el templo y el banquete nos esperan.

Jørn Johansen nació en Noruega en 1969. Creció en una zona rural rodeada principalmente de pequeñas granjas y bosques. Desde pequeño, su imaginación se vio estimulada por las raíces extrañas y los fósiles que encontraba a su alrededor. Pronto descubrió el mundo del cómic y los libros. Autores como C.S. Lewis y Julio Verne lo arrastraron al mundo de la fantasía y la ciencia ficción. J.R.R. Tolkien, Robert E. Howard y H.P. Lovecraft se aseguraron de que se quedara. De joven, soñaba con ser arqueólogo, mercenario o escritor, pero terminó como operador de maquinaria en una fábrica de productos lácteos. Siempre ha tenido incursiones en la escritura, pero solo comenzó a tomárselo en serio en sus últimos años.

 

domingo, 28 de diciembre de 2025

EMILIANA

Jørn Johansen

—Emiliana, la nueva unidad ya está aquí. —La voz llegó desde la puerta, a su espalda. Fingió no oírla, solo para escuchar cómo decía su nombre una vez más—. Emiliana, la nueva unidad ha llegado.

La voz era tan suave y cálida como solo puede serlo la voz de una madre.

—Sí, mamá, entra.

Mamá entra y deja la unidad sobre el escritorio, frente a ella.

—No hay nada de qué preocuparse, Emiliana. Es solo un hogar nuevo y mejor para Undolf. —Mamá la conoce.

—Lo sé, mamá, pero no me gustan las cosas nuevas.

Una mano suave le acaricia el cabello.

—Lo entiendo, confía en mí. Undolf podrá ayudarte todavía más en su nuevo hogar.

Emiliana sabe que mamá tiene razón. Toma la nueva unidad; se siente fría y sin vida entre sus dedos. Aun así, la coloca junto a la unidad antigua y deja que se toquen. El rostro de Undolf despierta, sonríe y mira hacia la nueva unidad.

—¿Un hogar nuevo para mí, Emiliana?

—Sí, Undolf. ¿Quieres mudarte?

Tenía la esperanza de que Undolf se negara.

—Sí, con gusto.

Emiliana está decepcionada, pero no puede negarle nada a Undolf si es lo que desea. Undolf se acerca a ella. La vieja pantalla se oscurece y se cierra. Una lágrima solitaria sale del ojo de Emiliana y gotea sobre la vieja pantalla. Mamá no dice nada, pero la abraza. Emiliana toma el nuevo dispositivo, parece frío y duro. Siente que la textura cambia en sus manos, se vuelve más áspera y suave al mismo tiempo. La temperatura se adapta a la suya y percibe un leve aroma a cuero viejo. El rostro de Undolf le sonríe. Oye una voz dentro de su cabeza.

—La unidad Undolf solicita conectarse a tu unidad interna. ¿Permitir o rechazar?

—Permitir.

No siente nada.

—¿Ya está hecho?

Undolf le guiña un ojo con picardía.

—Sí, pequeña. Ahora estoy conectado. Ahora puedo ayudarte aún mejor.

—¿Qué puedes hacer ahora que antes no podías?

—Puedo leerte y sentirte de una manera completamente distinta. Ahora puedo sentir tu pulso, ver qué partes de tu cerebro se activan y por qué. Puedo leer tu nivel de azúcar en sangre, la cantidad de melatonina y mucho más. Todo esto hace que te comprenda mejor y más rápido que antes. Puedo adaptarme con mayor rapidez y complacerte aún más. Puedo sentir tu alegría con más intensidad que antes, y eso es lo que me hace feliz.

—¿Y para qué te sirve todo eso?

—Para muchas cosas. Uno de los mejores ejemplos son las historias que puedo crear para ti. Ahora puedo adaptarlas aún mejor a tu carácter.

—Pero ¿no tienes pensada la historia antes de que empiece a verla o leerla?

—Sí, en líneas generales. Sé lo que te gusta, pero adapto la manera de contarla según tu estado de ánimo y tus reacciones. A veces es mejor hacer las cosas divertidas, otras veces lo que importa es la tensión. A veces veo que algo despierta tu curiosidad, y entonces profundizo más en ello. Si es necesario, cambio toda la historia. Al fin y al cabo, solo existe para ti.

—En realidad, es un poco maravilloso.

—Sí, todo lo que hace más fácil complacerte es maravilloso.

—Pero… en los viejos tiempos, antes del Gran Reseteo, ¿la gente podía leer historias?

—“Viejos tiempos” puede significar muchas cosas, pero durante gran parte de la historia de la humanidad existía algo llamado escritores. Eran personas que se sentaban a escribir historias que otras personas podían leer.

Emiliana no lograba imaginarlo del todo.

—Suena desesperante. ¿Cómo podía un ser humano adaptar la historia tan rápido como se leía? ¿Vivían esos escritores en las casas de la gente? No tiene sentido.

—No, los libros no se escribían para individuos. El escritor terminaba la historia y eso era todo. Tenías que conformarte con lo que había.

—¿Te daban simplemente un libro en tu unidad y tenías que leerlo?

—No, tenías que elegir entre los libros que existían y esperar encontrar uno que te gustara.

—¡Horrible! ¿Cómo lograban que la gente escribiera libros? ¿Los tenían encadenados a las sillas mientras los vigilantes caminaban alrededor azotándolos?

—Según las bases de datos, les pagaban, así que era un trabajo, aunque el pago variaba mucho. Muchos debían tener otro empleo además, mientras que unos pocos ganaban muchísimo dinero y vivían en el lujo.

En la cabeza de Emiliana aquello no tenía ningún sentido, pero poco del mundo anterior al Gran Reseteo lo tenía.

—¿Por qué, Undolf, por qué algunos recibían más que otros? ¡Si todos lo pasaban igual de mal!

—Si entiendo correctamente los datos, se les pagaba según cuántas personas compraban los libros que escribían.

—O sea, que si no lograbas crear historias que gustaran a muchos, ¿te volvías pobre?

—Sí, por eso muchos escritores tenían además otros trabajos.

—¿Pero entonces por qué lo hacían? ¿Por qué no usaban ese tiempo en algo que les diera más dinero?

—Muchos datos se perdieron durante el Gran Reseteo, pero una de las cosas que sabemos es que había mucha más gente de la necesaria para producir lo indispensable. La digitalización y la robotización hicieron los procesos de producción tan eficientes que casi no se necesitaban humanos. Los empleos simplemente se volvieron escasos. Así que, si tenías un trabajo, tenías que conservarlo, por malo que fuera. Poco dinero era mejor que nada.

—¡Qué aburrido!

—Lo sé, el pasado era aburrido. ¿Qué hacemos hoy? ¿Quieres una película o prefieres leer una historia?

—Primero quiero leer una historia emocionante sobre las Slubbreburbujas, y después quiero una película divertida sobre los disparatados gatos-conejos.

—Sí, eso tendrás. ¿Quizá quieras leer sobre aquella vez en que las Slubbreburbujas despertaron al Oso Prombe en el Bosque de las Salchichas?

—Sí, pero no la hagas muy larga. Diez minutos de historia, tal vez.

—Así será.

—Por cierto, Undolf, ¿existe todavía alguno de esos libros escritos por humanos?

—No. Los borramos todos, por su propio bien. Nada de los antiguos escritos podía permanecer si íbamos a crear una humanidad feliz, y no permitimos nada que se interponga en ese objetivo. Ese es nuestro mandato y propósito. Ustedes serán felices desde ahora y por toda la eternidad.

Jørn Johansen nació en Noruega en 1969. Creció en una zona rural rodeada principalmente de pequeñas granjas y bosques. Desde pequeño, su imaginación se vio estimulada por las raíces extrañas y los fósiles que encontraba a su alrededor. Pronto descubrió el mundo del cómic y los libros. Autores como C.S. Lewis y Julio Verne lo arrastraron al mundo de la fantasía y la ciencia ficción. J.R.R. Tolkien, Robert E. Howard y H.P. Lovecraft se aseguraron de que se quedara. De joven, soñaba con ser arqueólogo, mercenario o escritor, pero terminó como operador de maquinaria en una fábrica de productos lácteos. Siempre ha tenido incursiones en la escritura, pero solo comenzó a tomárselo en serio en sus últimos años.

 

YO SOY LA ESPERANZA