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viernes, 10 de julio de 2026

ME ROBASTE EL ALMA

Carlos María Federici

Quién sabe, si supieras

que nunca te he olvidado,

volviendo a tu pasado,

¡te acordarás de mí!

Contursi y Maroni, “La Cumparsita”

 

(Siglo XXI. En cualquier lugar del mundo. Un hombre y una mujer.)

Cuando la criada, una mujercita menuda y anodina, lo hizo pasar, no demo­ró en cap­tar la esencia de aquel ambiente. Pese a su edad, sus percep­cio­nes se mantenían extraordina­riamente agudas. Arrestos de lujo, pero oliendo a rancio, con­clu­yó. Aunque todo eso carecía de importancia frente al acelerado ritmo de los latidos de su corazón.

—Por aquí —dijo la fámula.

Le pareció que la madera del piso crujía desusadamente cuando penetró en el dormitorio de ella, pero con seguridad era una ilusión de sus sentidos, bastante sobreexci­tados.

No pudo reprimir un parpadeo al enfrentarla. Reclinada en su lecho, sus sesenta y pico de años parecían veinte más, debido a la cruel enfermedad que la consumía. ¡Qué diferencia con la imagen que él había atesorado –y manipulado en secreto– desde aquellos años!

La mujer se irguió un poco para mirarlo. Una semisonrisa se esbozó en sus labios marchitos.

—Tienes peluca —lo acusó.

—Para quedar más lindo, ¿viste? ­—repuso él, lanzándole la socorrida respuesta.

Cayó una cortina de silencio incómodo entre ambos. Hasta que ella dijo:

—¿Cómo estás? —y, sin darle tiempo a contestar—: Suprime el “¿y tú?”. Ya ves cómo estoy yo.

Luego le indicó que se sentase, y él obedeció. Trató de acomodarse en la silla; carraspeó. No sabía cómo continuar. Estaba sumamente intrigado. No se explicaba por qué la mujer lo había mandado llamar por aquel abogado calvo, de gruesos anteojos y tono de voz neutro, después de todos aquellos años. Él siempre había supuesto que no abult­aba siquiera como recuerdo casual en la seguramente poblada memoria de ella, cuya agitada vida ya se manifestaba a los veintidós, cuando se conocieron en la agencia publicitaria donde él era diseñador gráfico y ella, modelo contratada.

Ella permaneció largos instantes en silencio. Pero en su mente, la protesta gritaba:

Sueños. ¡Esos sueños recurrentes, noche tras noche; sueños removedores, intensos, absorbentes, perturbadores…, inexplicables! Sueños que le sacudían fibras largo tiempo adormecidas, forzándola, casi violándola. Sueños con él. Como los dos habían sido una vez, mucho tiempo atrás, pero en forma distinta. Lo que nunca había sido, ahora intentaba ser.

No podía decírselo. No encontraba cómo. Pero sabía que finalmente iba a tener que hacerlo; de lo contrario, ¿cómo descubrir lo que le estaba pasando?

Respiró agitada, y se dio cuenta de que su conmoción era perceptible, al punto que él se incorporó en la silla, extendiendo un brazo hacia ella. Lo detuvo levantando una mano (una de aquellas manos cuyo roce, en un tiempo, él había ansiado tanto); una mano ahora delgada y venosa, pero determinada.

—No es nada —dijo—. Estoy un poco nerviosa, pero no es nada. Es que tengo que preguntarte algo… algo que te puede sonar a locura o extravío… y no hallo la manera de expresarlo. Es…

—Yo también tengo que preguntarte algo, y lo haré sin rodeos; es mejor así. ¿Qué te impulsó a llamarme, después de cuarenta años? Te confieso —y no pudo frenar el enroje­cimiento de sus mejillas de octogenario—, que siempre estuviste en mi pensamiento; de hecho, te nombraba todos los días… hasta componía poemas con tu nombre. Pero creía que por tu parte… —y bajó la vista, retorciéndose las manos.

La mujer se volvió de lado, apoyándose en un codo huesudo, para enfrentarlo mejor.

—Tus recuerdos de aquellos días, ¿siguen frescos, entonces?

Él suspiró.

—Me gustaría decir que no… pero mentiría. Aunque poco y nada pasó entre nosotros, ¿sabes?, siempre esperé que algún día… Pero los años se me echaron encima; que­dé solo con mi vida gris y monótona, hasta que… —y se detuvo abruptamente.

No era tiempo aún. Palpó el bulto del teléfono celular en el bolsillo del saco, pero no era el momento aún de sacarlo y mostrárselo. Tal vez no tuviera que hacerlo. Tal vez…

—Sí —dijo ella—. Los años nos aplastaron a los dos, cada uno por su lado. El mundo, además, cambió tanto… No me pude adaptar. Después de que mi marido murió, me recluí en esta casa. Tengo millones en el banco, pero no me sirven más que para mantener a unos cuantos parásitos, entre ellos el abogado que te fue a buscar. ¡Ah, sí! Protestaba. Que cómo iba a hacer para encontrarte, si yo —vaciló un poco— ni tu nombre recordaba… Lo siento, no puedo mentirte ahora. No lo recordaba. Pero con lo que le pagué, ¡claro que sí!, el vejete inútil no podía defraudarme... —Se detuvo. Era evidente que el habla la fatigaba. Pero él notó que la sostenía una extraña excitación, capaz de sobreponerse a la debilidad de su cuerpo. Continuó—: Te estarás quebrando la cabeza para comprender mis motivos. No te critico. Ni yo misma los entiendo… No sé cómo explicarme… Verás. En los últimos tiempos —y el rubor se apoderó de su rostro— tuve unos sueños que… Sueños raros, que…, ¡ay, Dios!, me da vergüenza decírtelo, pero tengo que hacerlo…

Él alzó una mano, interrumpiéndola:

—¿Sueños de nosotros dos? ¿Nosotros dos… como nunca estuvimos?

—¡Sí! ¡Sí! —gimió la mujer—. Besándonos…, ardientemente. Más y más, y… —Sus ojos se abrieron, incrédulos—. ¿Cómo lo sabes? ¿Acaso…?

El viejo asintió con la cabeza. Varias veces. Luego extrajo el celular del bolsillo. Y en voz estrangulada:

—Tengo que hacerte una confesión —musitó—. Posiblemente me odies después. Pero es mi deber decirte todo.

Debió aspirar profundamente un par de veces, antes de que le fuese dable proseguir:

—Como dijiste antes… el mundo ha cambiado. ¡Oh, sí! ¡Y cómo ha cambiado! Vivimos en un contexto que…, ¿cómo expresarlo?... podría tomarse como la “ciencia ficción” de otros tiempos. Hoy existen cosas sorprendentes… jamás imaginadas incluso por los mejores autores de ese género. ¡Y mira que he leído a muchos! —Hizo una pausa, y luego continuó—. Posiblemente tú no sepas, o no te hayas enterado de lo que es la “IA”. Esto es un acrónimo…, una abreviatura, para ponerlo en palabras simples, de “Inteligencia Artifi­cial”.

—Ni idea —repuso la anciana, con voz levente fastidiada. No lograba discernir adónde iba él con esa perorata.

—Te explico: es un programa de informática que permite manipular imágenes… convertirlas incluso en vídeos, a capricho del diseñador. Es decir: que puede obligar a dos o más personas…, ¿cómo te diré?... a hacer algo que nunca hicieron… en forma virtual, claro, aunque muy realista—. Encogió un poco los hombros, insinuando una trémula sonrisa de disculpa—. Y yo…

No pudo continuar. Ella había palidecido intensamente, los ojos muy abiertos.

—No me dirás que…

Asintió, confuso. En su interior, deseaba no haber venido nunca. Pero al punto que habían llegado, comprendió, era imposible retroceder.

—Sí. Lo hice. —Levantó el pequeño y poderoso adminículo que tenía en la mano—. El resultado está aquí. ¡Y no tienes idea de cómo me abrasó la mente! ¡No te lo imaginas! —Y, tras corta vacilación, murmuró—: No podía…, no puedo dejar de mirarlos, una y otra vez…, una y otra…

La mujer estiró un brazo hacia él.

—Muéstramelo.

—Ehh… Mira, no me parece conveniente que lo veas. Tal vez…

Quiero verlo.

Él vio que no cabía discutir. Tecleó en el diminuto aparato, y ella notó que ter­minaba muy pronto. Como si fuese algo a lo que accedía con mucha frecuencia; varias veces al día, quizás.

Se sorprendió al ver una fotografía totalmente “inofensiva”, tomada décadas atrás, cuando trabajaban juntos. Él le mostraba unos dibujos, y ella los miraba con expre­sión aprobatoria. Levantó los ojos hacia él, en demanda de una explicación.

—Toca ese triangulito… en el medio de la imagen. Así.

Y entonces —mágicamente, pensó la mujer—, las figuras cobraron vida, se aproximaron una a la otra y…

Apartó la vista. Era imposible para él, todavía, descifrar la expresión de ella.

—¿Hay más? —fue la pregunta de la anciana.

—Muchos… más. Y cada uno… —enrojeció violentamente, pasando revista mental a aquellas escenas, de intensidad in crescendo…—. ¡No las mires! —exclamó.

—Tengo que verlas. Ahora ya no puedo detenerme por escrúpulos.

Fue una ordalía para ambos. Finalmente, el celular se desprendió de los dedos flojos de ella, cayendo sobre el lecho. Y el hombre vio aquel dedo, largo y artrítico, acusándolo.

—Tú… ¡me robaste el alma!

Él inclinó la cabeza hasta sumirla entre los flacos hombros. Sentía que el mundo entero, y el tiempo, pasado, presente, futuro, giraban en remolino mareante en su cerebro. Pero se recompuso. Alzó el rostro, y mirándola directamente a los ojos, aún asombrosamente azules, respondió:

—Es verdad. ¿Pero sabes por qué lo hice? ¡Porque en aquellos años no me dejas­te que te robase ni siquiera un triste beso!

Carlos María Federici nació en Montevideo en 1941. Diecinueve años después publica su primer cuento llamado “El secreto”, en la revista Mundo uruguayo. En 1968 debutó en la historieta con Barry Coal, una tira diaria donde los lectores debían descubrir al asesino. Desde entonces su labor en ese campo no se detuvo y actualmente es considerado un clásico del comic y de la ciencia ficción en Uruguay. En 1972 debuta como novelista con La orilla roja (Ed. Acme, de Buenos Aires, colección Rastros), donde aparece el detective Dorteros, protagonista de otras dos novelas. Al año siguiente, Federici crea Dinkenstein, una historieta de terror originalmente destinada a los E.E.U.U. pero que finalmente se publicó en Bélgica, Argentina y Uruguay. En 1974, aparece la novela Mi trabajo es el crimen y dos años después el libro Avoir du chien et être au parfum, editado en Bélgica por Bernard Goorden. Su obra literaria aparece en varias antologías de su país y del exterior. En la década de 1980 publicó los libros Dos caras para un crimen y Los ejecutivos de Dios. En 1980 lanza la historieta Jet Galvez, que vuelve a publicarse en 1984. En 1985 publica, en forma de folletín en El Diario, El umbral de las tinieblas, que reaparecerá, en formato libro, en sendas ediciones de 1990 y 1995. Tiempo después aparece El asesino no las quiere rubias, en 1991, Cuentos policiales, El nexo de Maeterlinck en 1993 y Llegar a Khordoora al año siguiente. Se lo considera uno de los pioneros de la ciencia ficción y el relato policial en Uruguay. Federici reconoce como influencias a Ellery Queen, Edgar Wallace, Ray Bradbury y John Dickson Carr.


jueves, 5 de marzo de 2026

DIABÓLICO DESEO

 Carlos María Federici

 

No aguardé a una invocación formal. Esos melindres los dejé de lado cuatro siglos atrás... Bastó un análisis global de valores, la estimación –a ojo de buen cubero– en base a cocientes de integridad, justipreciación de nociones de deber-antepuesto-a-gratificaciones, etcétera. En fin, lo de costumbre... desde que en todo ha terminado por imponerse el dichoso método científico.

—¡Aquí estoy, Zoltan! —anuncié.

Es posible que me haya excedido un poquitín en cuanto al ángulo dramático; pero juzgué que Zoltan Melatián era lo suficientemente vulgar como para impresionarse con la nube de humo verdusco y el olor azufroso...

Mi sombra se proyectaba, gigantesca, sobre las paredes, empequeñeciendo al hombrecito semicalvo y paliducho, que casi se echó de hinojos cuando me vio.

—¡Santo D...!

—Por favor —le atajé—, ¡cuidado con lo que dices! ¡No te imaginas qué efecto me causa por regla general ese (¡ugh!) nombre que estuviste a punto de...!

Siempre resulta: esta confesión de la propia debilidad rompe el hielo y abona el terreno para un diálogo más fluido. Al verlo reponerse, me preparé para la segunda fase.

—¿Eres... de verdad? —musitó Zoltan—. ¿O el pato trufado de la cena...?

Solté una breve carcajada.

—Te aseguro que tu digestión se está operando en forma irreprochable —le dije—. ¡Y me consta que no eres bebedor! Así que... ¡la deducción resulta obvia!

Aún estaba pálido, pero ya aparentaba sentirse algo más dueño de sí. Retrocedió hasta hundirse en un sillón, sin dejar de mirarme con ojos desorbitados, y asintió repetidas veces con la cabeza.

—Eres... real, entonces —murmuró—. ¿Pero por qué...?

Anduve unos pasos por la habitación –una salita decorada a base de muebles baratos y escaso buen gusto– y giré de súbito, para enfrentarlo, entre un ampuloso vuelo de mi capa escarlata.

 

—¿Que por qué vine, Zoltan? ¡Vaya una pregunta! ¿No quisiste tú que yo viniese, acaso? ¿No deseas algo de mí?

El delgado cuello de él se retorcía, a causa de sus esfuerzos por seguirme con la vista. Algunas gotas redondas brillaron en su frente.

—Yo no deseo nada... —sólo atinó a farfullar, sumido en la blandura de su butaca—. ¡Te has equivocado!

Sonreí interiormente. Elevé mis hirsutas cejas y fruncí los labios por debajo del fino bigote puntiagudo, en tanto paseaba la vista en torno.

—Vives bastante bien —reconocí—. Es posible que nada te haga falta, ni... ¡Pero qué veo! ¡Bonito aparato de televisión ese que tienes ahí, Zoltan! —y señalé uno ubicado frente al sillón donde él se acurrucaba—. ¿Puedo...? —insinué.

Sin darle tiempo a oponerse, con sólo un floreo de mi diestra, puse a andar el receptor, por supuesto que sin pararme en minucias tales como interruptores o enchufes.

Como luces maravillosas —condescendí a pensar—. Igual que amalgamas excelsas de curvas y ritmo, de seda y de jazmín...

No eran obra mía, lo confieso, aunque el efecto que provocaban en Zoltan sí lo era, en gran parte... Se hacían llamar "Las Sílfides de Joe", y habría resultado afán imposible el pretender determinar cuál sobrepujaba a cuál en encanto y seducción femenil. ¡Casi llegué a compadecer al pobre individuo!

—¡Vaya un quinteto de preciosidades! ¿Eh, Zoltan?

El aire, bombeado con violencia por sus magros sí que agitados pulmones, literalmente rugía al brotarle por las narices. Se transfiguraba, el hombre... La imagen, claro, era tan multico­lor y realista como únicamente mi intervención podía obtenerla.

—Sería magnífico contemplar a estas... sílfides en vivo, ¿no lo crees, Zoltan? —mi sugestión reptó como áspid susurrante hacia sus ávidos oídos.

Y en un santiamén, a mi influjo, el hechicero grupo se emancipó de la prisión de los rayos catódicos y brincó para posarse en el piso de la sala..., con la misma levedad de copos de algodón imbuidos de mágica animación.

Zoltan se echó para atrás, los ojos convertidos en dos protuberancias gelatinosas de terror.

—¿Qué dia...

¡Zoltan...! lo amonesté, meneando el índice.

Las gráciles figuras crecieron, se hincharon sus formas es­pléndidas, las torneadas piernas se alargaron como deleitables telescopios, y suculentas redondeces a tamaño natural serpen­tearon al compás de un ritmo caribeño.

El hombrecillo era una estatua iconófaga: se le saltaban las pupilas angurrientas, pero su respiración parecía haberse dete­nido, aunque la nuez, desbocada, casi le rasgaba la piel de la garganta.

Sería sólo cuestión de minutos, pensé, y Zoltan ya no contro­laría las manos... En el instante en que las alargó (trémulas y sudorosas), las cinco bellezas se disolvieron con un ¡blip! instantáneo. La pantalla del televisor retomó a su gris pasividad.

Lo siento mucho, Zoltan me excusé. ¡Fue apenas un truquito!.. ¡Ohh! añadí, afectando sorpresa. ¡Deduzco de tu expresión que no estás nada contento! Bueno, bueno... ¿Qué sería menester, pues, para complacerte? ¡Porque tenía entendido que nada necesitabas!

Estaba maduro; bien lo sabía yo. Aguardé un poco más.

¡Ayú-da-me! barbotó él.

¡De manera, Zoltan, que sí necesitas algo, después de todo!

Los tipos como Melatián no hablan gran cosa. De ordinario, suelen limitarse a un vocabulario apenas rudimentariamente utilitario: saludos, nombres de comidas y calles, frases hechas... Pero cuando sufren un sacudón al estilo del que yo acababa de propinarle a Zoltan, al sentirse en el filo de una experiencia jamás soñada, algún resorte oculto se libera en ellos, y se toman elocuentes... casi rebuscadamente líricos.

—¡Que si necesito algo!... Zoltan se abalanzó sobre mí, unien­do ambas manos ante mis ojos, con dedos febrilmente entrelaza­dos. ¡Ay, es mucho más que eso! Es... sed inextinguible, hambre voraz, es... un deseo punzante y enloquecedor, como un prurito del corazón... ¡No me explico cómo he podido resistirlo tanto sin volverme loco, al cabo de todos estos meses! ¡No puedo seguir así! Vaya, si daría incluso...

—¿...Tu alma?lancé, con la misma flameante rapidez con que la salamandra proyecta su elástica lengua.

¡Sí! ¡Hasta eso lo daría con gusto..., por conseguir lo que anhelo! Tú... ¿p-puedes proporcionármelo?

Levanté la mano. Interiormente, reía a más y mejor.

¡No nos precipitemos! dije—. Veo que conoces mi precio, y eso me agrada... Nunca lo cambié, en todos estos siglos. ¡Pero has de ser más preciso en tu petición! Imagino que se relaciona con "Las Sílfides" tu deseo... ¡Ah, tengo razón! Vea­mos... ¿Es que por ventura te has prendado de alguna de ellas? ¿Cuáles han sido los encantos que han mellado tu núbil corazón? ¿El oro del cabello de Rita? ¿La cereza madura que Gloria tiene por boca? ¿Ese par de...?

Su excitación lo llevó a aferrarme por la capa; incluso cometió la indignidad de sacudirme. Pero hasta eso consentí, en aras del buen fin (desde mi punto de vista, por supuesto) a que todo habría de conducir irremisiblemente.

¡Ese caudal áureo que enmarca el rostro de Rita clamó Zoltan, tiene que ser mío! ¡La boca jugosa y fresca de Gloria ha de pertenecerme también! ¡Y no pegaré un ojo hasta tanto no posea las tersas manos de Marly, y las piernas interminables de Ginny, y los ojos de Lilia, más verdes y hondos que el océano! ¡Todo eso me es harto más precioso que el mismo oxígeno vital..., más codiciable que todos los tesoros de esta Tierra... infinitamente más necesario que mi misma bienaventuranza! ¡Llévate mi alma, sí, a la hora de mi muerte, una y mil veces! ¡Pero dame ahora mismo lo que acabo de pedir, Satanás! ¡Si es verdad que lo puedes, dámelooo! y finalizó en un alarido.

Una gota de sangre de tus venas indiqué, ritualmente, y el pacto quedará sellado por toda la Eternidad... ¡Tu sangre, Zoltan!

Loco de codicia, se abrió él mismo una vena, a fuerza de mordiscos. El líquido rojo y caliente goteó con suavidad sobre el trozo de pergamino que jamás omito llevar conmigo.

¡Ahora cumple tu parte! demandó. ¡Ya, ya mismo!

Si es tu deseo, ¡sea!

Y moví ambas manos a un tiempo (las ganchudas uñas negras dibujando arabescos en el ámbito enrarecido, la capa formando pliegues de pesadas ondas carmesíes alrededor de mis velludos antebrazos); y del fondo de mi garganta partieron antiguas y espantosas frases. Se agrietó el Universo, un sector del Caos se entrelazó a la urdimbre de la vida... y ello ocurrió.

¡EEE-AARRGGGHHHHHH!

El grito resultó escalofriante, y aún más por el matiz de lastimado estupor que se agitaba en sus profundidades. No me preocupó: en ningún momento había afirmado yo que el procedimiento sería indoloro, ¿verdad?

Por entre los poros del cráneo de Zoltan Melatián, hebras doradas y ardientes se abrieron paso, como finísimas lombrices de esplendoroso fulgor. Retorcidos hilos escarlata brotaban en cada punto de irrupción, al violarse penosamente la integridad de carne y piel.

Ya son tuyos los cabellos de Rita constaté.

¡UGGHHH-AYYYRRRRRGGGHHHHH!

Sus labios estallaron en una erupción rojinegra, las abultadas curvas de la boca se contorsionaron en espasmos de sufrimiento, hasta formar un adorable arco de Cupido... rezumante de sangre cálida.

La boca de Gloria.

¡GNNN-NNAUUUGGGHHHRRRR! ¡AAUUHHH­OHYYGHHHAAYYY!

Las manos de Marly proseguí. Las piernas de Ginny.

Avanzó en mi dirección, grotesco, indescriptible, chorreando sangre a borbotones y dando trancos sobre tacones aguja de quince centímetros. No veía: las delicadas manecitas de Marly ascendieron hasta estrujar su martirizada cabeza.

¡NO-NO-NOOAAAARRRRGGHHHH­HAUUUNNNGGHHH!

Realmente, aquello tenía que ser insufrible; pero no había forma de evitárselo si en verdad se trataba de complacer al individuo en todo... Un par de glóbulos gelatinosos voló por los aires, para golpear luego contra el piso, con sordo rumor. En las órbitas de Zoltan, entre torrentes granate y bermellón, dos esmeraldas vivas ocuparon su sitio.

Con los ojos de Lilia declaré, he completado mí parte del convenio.

Gimiendo y sollozando, sin oírme, dio ciegas vueltas sobre sí; luego se movió, dando tumbos, a través del cuarto. Comprendí que el último acto estaba próximo.

¡¿QUÉ HAS HECHO DE MÍ, MALDITO?! profirió.

Satisfice los deseos que me formulaste repuse—. No me responsabilices ahora por las consecuencias.

Y fue entonces que se materializaron: cinco espectros muti­lados..., de voces absur­damente melodiosas.

¡Devuélveme mis manos, Zoltan!

¡Me robaste la boca!...

¡Quiero mis piernas, Zoltan!

¡Mis cabellos de oro!

¡Los ojos que me quitaste!

—¡¡Nooooo!!

Pero los entes vengadores cayeron sobre él, inexorables. En contados instantes quedó hecho trizas sobre un charco espeso y rojo... no sin que un débil vestigio de vida palpitase en sus restos, obstinado, amorfo...

—Ahora, Zoltan —reclamé—, ¡entrégame tu alma!

Carlos María Federici nació en Montevideo en 1941. Diecinueve años después publica su primer cuento llamado “El secreto”, en la revista Mundo uruguayo. En 1968 debutó en la historieta con Barry Coal, una tira diaria donde los lectores debían descubrir al asesino. Desde entonces su labor en ese campo no se detuvo y actualmente es considerado un clásico del comic y de la ciencia ficción en Uruguay. En 1972 debuta como novelista con La orilla roja (Ed. Acme, de Buenos Aires, colección Rastros), donde aparece el detective Dorteros, protagonista de otras dos novelas. Al año siguiente, Federici crea Dinkenstein, una historieta de terror originalmente destinada a los E.E.U.U. pero que finalmente se publicó en Bélgica, Argentina y Uruguay. En 1974, aparece la novela Mi trabajo es el crimen y dos años después el libro Avoir du chien et être au parfum, editado en Bélgica por Bernard Goorden. Su obra literaria aparece en varias antologías de su país y del exterior. En la década de 1980 publicó los libros Dos caras para un crimen y Los ejecutivos de Dios. En 1980 lanza la historieta Jet Galvez, que vuelve a publicarse en 1984. En 1985 publica, en forma de folletín en El Diario, El umbral de las tinieblas, que reaparecerá, en formato libro, en sendas ediciones de 1990 y 1995. Tiempo después aparece El asesino no las quiere rubias, en 1991, Cuentos policiales, El nexo de Maeterlinck en 1993 y Llegar a Khordoora al año siguiente. Se lo considera uno de los pioneros de la ciencia ficción y el relato policial en Uruguay. Federici reconoce como influencias a Ellery Queen, Edgar Wallace, Ray Bradbury y John Dickson Carr.


jueves, 18 de diciembre de 2025

TIERRAS LEVANTINAS

Carlos María Federici

 

El alba de los tiempos, cuando el mundo era joven.

Acurrucada entre sus largos brazos, Zwga, con los ojos apretados, abandonándose al deleite del cálido contacto de aquel cuerpo dormido, evocaba instintiva­men­te el momen­to dichoso en que lo había encontrado.

¿Cuántas lunas hacía de eso?... Su estrecha frente se arrugó por el esfuerzo de concen­tración; pero enseguida desistió de ello y la cóncava superficie retomó su lisura. No importaba el tiempo, no importaba el espacio, ni de dónde había venido él, ni quién era, en realidad.

Recordó cómo, al hallarlo tendido a la entrada de la cueva, ahogó un gruñido de teme­­rosa sorpresa. ¿Quién era ese?... Se había acercado, con medrosa precaución, parpa­deando y echando ruidosamente el aire por la ancha nariz aplastada.

Nunca había visto a alguien que se le pareciese; no en toda su tribu, al menos. Comen­zó a rodear, cautelosa, aquella forma yacente, soltando a su pesar ahogados gañidos de asombro. Era más alto y más blanco de carnes que ella o que cualquiera de sus semejantes; su piel estaba cubierta de un suave vello claro, muy distinto a la pelam­bre hirsuta de su gente; y su cara… Una sensación extraña la había recorrido, al contem­plar absorta el cráneo alargado, la nariz finamente modelada y la boca, entreabierta, de labios finos y sensitivos. Zwga, por supuesto, no entendía de nociones de belleza o de armonía, pero cedió a una irre­pri­­mible atracción hacia ese ser desconocido, tan ajeno a todo lo que conocía y tan envuelto en un misterio que intuía casi imposible de desen­trañar.

Parecía casi muerto de hambre y de cansancio. Zwga observó las huellas marcadas en el suelo. Venían del poniente, y eran innumerables. ¿Qué distancia habrían recorrido aquellos pies que, ahora lo notaba, estaban cubiertos por una especie de cueros que los resguardaban del contacto directo con la tierra? Sacudió la cabeza: era demasiado para ella. Lo que urgía, ahora, era prestarle auxilio.

Tomó la calabaza hueca que le colgaba de la cintura y aplicó su cuello a la boca del hombre, levantándole la cabeza para ayudarlo a que sorbiese el agua.

Él reaccionó al sentir el frescor de las primeras gotas. Sus ojos se abrieron lenta­mente, y Zwga dio un respingo, porque eran del color del cielo, y no del de la tierra, como los de ella y los de su tribu.

Por su parte, el hombre se sobresaltó al verla; impulsivamente, se arrastró hacia atrás, apoyán­dose en los codos. Pero la fatiga pudo más. Volvió a caer, desmadejado. Con la cabeza ladeada la miró fijamente unos instantes; luego suspiró y le hizo señas de que deseaba más agua. Zwga le entregó la calabaza, y él apuró un trago interminable. Por fin le devolvió el recipiente, con un “¡Ahhh!...” satisfecho, e intentó esbozar una sonrisa.

Ahora fue ella quien lo miró con desconcierto, pues le era extraña esa expresión facial de grati­tud. Soltó un sonido interrogante:

—¿Uhh?...

Ya más repuesto, el hombre se incorporó hasta quedar sentado. Con sonrisa franca:

—Gracias —musitó—, gracias…

—¿Ahh?...

—Veo que no sabes hablar, monita… Pero fuiste muy buena al darme agua. ¡No podía más de sed! ¿Podrías indicarme dónde estoy? ¡Porque no tengo idea de cuánto anduve! Solo sé que caminé hacia el sol…, días y días…, hasta que no pude más.

Zwga pugnaba por entender aquella extraña lengua, tan sonora y modulada, que agradó a sus oídos. Venciendo su timidez, estiró una mano para dar unas palmadas en el hombro del extraño en señal de amistad. Él pareció comprender sus intenciones, pues movió la cabeza de arriba abajo varias veces, siempre con la boca curvada, y sus dientes, blancos y parejos, brillando al sol. La luz se hizo en el menguado cerebro de Zwga, y entonces palmoteó sobre el suelo, al tiempo que decía:

—Nohd. Nohd.

—Ya veo. Así que esta es tu tierra, ¿eh? ¿Es muy grande tu pueblo? ¿Mucha gente?

Trató de expresarse por medio de gestos y ademanes, a ver si se hacía entender por aquella criatura que parecía de tan escasas luces, pero la respuesta le llegó antes, en forma por demás inesperada.

Una lanza rústica, de madera, pedernal y cuero se clavó en el suelo, rozándole una pierna. Saltó sobre sus pies, alarmado, al verse rodeado por un grupo de seres peludos, semiencorvados y de piernas cortas. Todos esgrimían lanzas, agitán­do­las en manifiesto son de amenaza.

Alzó ambos brazos, con las manos bien abiertas.

—¡Amigo! ¡Amigo!... ¡No quiero pelear! ¡Soy amigo!

Aquello solamente los puso más fuera de sí. Cerró los ojos, sintiendo ya el pedernal hiriéndole las carnes, pero tuvo una defensa inesperada.

Zwga se puso delante de él, escudándolo con su cuerpo, y apostrofando enojada a los otros. Los pechos descubiertos oscilaban al ritmo de su furia. Parecía ejercer alguna autoridad sobre ellos, porque vacilaron y se miraron entre sí, como indecisos sobre qué partido tomar.

—¿Ehú?... ¿Uhé?...

—¡Bahú! ­—gritó Zwga, en tono de mando.

Ellos menearon repetidamente las cabezas, ensayaron algún gruñido de protesta, pero acabaron por someterse. Zwga, entonces (¡lo recordaba con tanta satisfacción!), asió a su protegido por un brazo y lo condujo dentro de la cueva, al mismo tiempo que le dirigía suaves sonidos tranquilizadores. No en vano era la hija de Kwgo, el líder. ¡Guay del que la contrariase!

Kwgo objetó, al principio, como ella lo había esperado. Pero con arrumacos fue debilitando su resistencia. A regañadientes, el intruso fue aceptado entre los miembros de la tribu, aunque los ojuelos de estos siguieron expresando desconfianza, cuando no hostilidad, durante bastante tiempo…

¿Cuántas lunas habrían transcurrido?... Zwga sabía que los días se habían ido desli­zan­do con mucha mayor celeridad desde que él llegara y se juntara con ella, a solas en su refugio. En un comienzo ella no se había atrevido a insinuársele, ¡porque era tan extraño y singular y tenía unas actitudes tan distintas a las que jalonaran la vida de ella y de su gente!... Pero poco a poco captó un efluvio de receptividad de parte de él, venció escrúpulos y, atónita ante su propia osadía, llegó a ofrecérsele, como si se tratase de un tribeño más… No sin cierto pudor instintivo (el “pudor” racional aún no era atributo de aquellas mentalidades) recordó “su primera vez”.

Con delicadeza, él la había disuadido de su postura inicial, y sus fuertes brazos le hicieron girar el cuerpo hasta que quedaron encarándose. No lo entendió, pero como estaba dispuesta a complacerlo en todo, omitió toda resistencia. Y acabó por disfrutarlo, para su sorpresa. Él también “sabía más” de esos asuntos, igual que de todo lo demás.

Paulatinamente había ido introduciendo nuevas prácticas dentro de la tribu. Ahora todos llevaban protección en los pies, y también se cubrían mejor el cuerpo con las pieles, habién­dolos instruido él en la forma de tejerlas, con agujas hechas de ramas de árbol pulidas. No más carne cruda, sino asada a las brasas de ese fuego que, hasta entonces, solo habían usado para calentarse en las noches y para encender teas. También les enseñó a hacer sopas, usando legumbres y los huesos del asado, que antes despre­ciaran. La desconfianza iba desapareciendo; hasta el propio Kwgo, eterno gruñón recal­ci­trante, llegó a apreciarlo, cosa que llenó de alegría a Zwga.

Ella no había dejado de estudiarlo, y cada día que pasaba su misterio la intrigaba más. Aquellos rasgos finos, su caminar erguido, la lengua suelta y dúctil, que pronun­ciaba sonidos mejor modulados y mucho más complejos que las guturales exclamacio­nes del léxico de ellos… Aquel mirar profundo, sombrío, en cuyas azules profundidades se ocultaba quién sabe qué secreto, quién sabe qué enigma, que escapaban al exiguo alcance del razonamiento de ella… Menos lo comprendía, y más atada se sentía a él. Algo le decía que si por alguna causa lo perdiera, ella moriría instantáneamente.

Una vez, en torpe caricia, dejo resbalar sus dedos chatos por la frente de él, y manifestó su curiosidad ante la hendidura que palpaban sus rugosas yemas.

—¿Uhh?... ¿Zug?

—No, monita, no —dijo él con gravedad—. No es una herida… —y en un susurro ahogado­—: Es mucho peor que eso.

—¿Ahh?...

—No te preocupes. Ya no tiene importancia. Piensa mejor en el hijo que vas a tener. Y en los que vendrán después de él… —Soltó una risa baja y acre—. ¿Pero para qué te hablo de todo esto? ¿Qué podrías comprender?

—¿Gug? ¿Pug?

—Sí, ¡hijo! O hija, qué sé yo… Eso ocurre después que uno hace lo que hacemos nosotros casi todas las noches… ¡Ah! ¿No sabías que una cosa deriva de la otra? ¡Mejor así, para que te angusties menos, monita!

...Ahora, apretada junto a él —ese “Kan” o “Can”, como creyó entender que se llamaba—, Zwga se sentía dichosa, aunque al mismo tiempo, desde lo más hondo de su ser —donde moraba un cúmulo de misterios que jamás develaría—, un desasosiego que no alcan­zaba a interpretar se abría paso por entre las dulzuras de sus sensaciones inmediatas, enfrentándola, bien que no se apercibiese de ello, con la incógnita de algún tiempo futuro, para el cual su restringida razón no estaba preparada.

Era de noche en Nohd, y la Historia continuaba…

 

Milenios más tarde. Tennessee, 1925. El Juicio de Scopes, o “del Mono”.

En medio del sofocante calor, que obligaba al exasperado fiscal, William Jennings Bryan, a abanicarse continuamente con una pantalla de lienzo, Clarence Darrow, el abogado del profesor de Secundaria John Scopes  (reo de “corrupción moral”, por haber intentado imbuir de las sacrílegas teorías darwinianas a “cristianas mentes juveniles”), no trepidó en denigrar a la Biblia (aunque bien se había servido de sus versículos, un año atrás, para defender a los homosexuales asesinos, Leopold y Loeb) como argumento principal en contra de la acusación.

Luego de varios irónicos cuestionamientos, levantó en alto el libro y se dirigió a su oponente en tono de suprema ironía:

—Salió, pues, Caín, de delante de Jehová, y habitó en tierra de Nod, al oriente del Edén. Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc… ¿De dónde salió ella, eh? ¡La señora de Caín! ¿De dónde cuernos la sacó, si no había nadie más sobre la Tierra? ¡Contésteme a eso, y luego convendré con usted en que todo lo que hay escrito en este libro (que es un buen libro, pero no es el único libro) es la verdad!...

En su asiento de primera fila, el cínico periodista H. L. Mencken se volvió hacia su vecino con sarcástica sonrisa:

—¿De dónde la sacó? ¡Je-je!... ¡No me extrañaría que ese hijo de mala madre se hubiese acollarado con una Neanderthal!

Carlos María Federici nació en Montevideo en 1941. Diecinueve años después publica su primer cuento llamado “El secreto”, en la revista Mundo uruguayo. En 1968 debutó en la historieta con Barry Coal, una tira diaria donde los lectores debían descubrir al asesino. Desde entonces su labor en ese campo no se detuvo y actualmente es considerado un clásico del comic y de la ciencia ficción en Uruguay. En 1972 debuta como novelista con La orilla roja (Ed. Acme, de Buenos Aires, colección Rastros), donde aparece el detective Dorteros, protagonista de otras dos novelas. Al año siguiente, Federici crea Dinkenstein, una historieta de terror originalmente destinada a los E.E.U.U. pero que finalmente se publicó en Bélgica, Argentina y Uruguay. En 1974, aparece la novela Mi trabajo es el crimen y dos años después el libro Avoir du chien et être au parfum, editado en Bélgica por Bernard Goorden. Su obra literaria aparece en varias antologías de su país y del exterior. En la década de 1980 publicó los libros Dos caras para un crimen y Los ejecutivos de Dios. En 1980 lanza la historieta Jet Galvez, que vuelve a publicarse en 1984. En 1985 publica, en forma de folletín en El Diario, El umbral de las tinieblas, que reaparecerá, en formato libro, en sendas ediciones de 1990 y 1995. Tiempo después aparece El asesino no las quiere rubias, en 1991, Cuentos policiales, El nexo de Maeterlinck en 1993 y Llegar a Khordoora al año siguiente. Se lo considera uno de los pioneros de la ciencia ficción y el relato policial en Uruguay. Federici reconoce como influencias a Ellery Queen, Edgar Wallace, Ray Bradbury y John Dickson Carr.

 

LA FAMILIA BAJO EL AGUA