jueves, 5 de marzo de 2026

DIABÓLICO DESEO

 Carlos María Federici

 

No aguardé a una invocación formal. Esos melindres los dejé de lado cuatro siglos atrás... Bastó un análisis global de valores, la estimación –a ojo de buen cubero– en base a cocientes de integridad, justipreciación de nociones de deber-antepuesto-a-gratificaciones, etcétera. En fin, lo de costumbre... desde que en todo ha terminado por imponerse el dichoso método científico.

—¡Aquí estoy, Zoltan! —anuncié.

Es posible que me haya excedido un poquitín en cuanto al ángulo dramático; pero juzgué que Zoltan Melatián era lo suficientemente vulgar como para impresionarse con la nube de humo verdusco y el olor azufroso...

Mi sombra se proyectaba, gigantesca, sobre las paredes, empequeñeciendo al hombrecito semicalvo y paliducho, que casi se echó de hinojos cuando me vio.

—¡Santo D...!

—Por favor —le atajé—, ¡cuidado con lo que dices! ¡No te imaginas qué efecto me causa por regla general ese (¡ugh!) nombre que estuviste a punto de...!

Siempre resulta: esta confesión de la propia debilidad rompe el hielo y abona el terreno para un diálogo más fluido. Al verlo reponerse, me preparé para la segunda fase.

—¿Eres... de verdad? —musitó Zoltan—. ¿O el pato trufado de la cena...?

Solté una breve carcajada.

—Te aseguro que tu digestión se está operando en forma irreprochable —le dije—. ¡Y me consta que no eres bebedor! Así que... ¡la deducción resulta obvia!

Aún estaba pálido, pero ya aparentaba sentirse algo más dueño de sí. Retrocedió hasta hundirse en un sillón, sin dejar de mirarme con ojos desorbitados, y asintió repetidas veces con la cabeza.

—Eres... real, entonces —murmuró—. ¿Pero por qué...?

Anduve unos pasos por la habitación –una salita decorada a base de muebles baratos y escaso buen gusto– y giré de súbito, para enfrentarlo, entre un ampuloso vuelo de mi capa escarlata.

 

—¿Que por qué vine, Zoltan? ¡Vaya una pregunta! ¿No quisiste tú que yo viniese, acaso? ¿No deseas algo de mí?

El delgado cuello de él se retorcía, a causa de sus esfuerzos por seguirme con la vista. Algunas gotas redondas brillaron en su frente.

—Yo no deseo nada... —sólo atinó a farfullar, sumido en la blandura de su butaca—. ¡Te has equivocado!

Sonreí interiormente. Elevé mis hirsutas cejas y fruncí los labios por debajo del fino bigote puntiagudo, en tanto paseaba la vista en torno.

—Vives bastante bien —reconocí—. Es posible que nada te haga falta, ni... ¡Pero qué veo! ¡Bonito aparato de televisión ese que tienes ahí, Zoltan! —y señalé uno ubicado frente al sillón donde él se acurrucaba—. ¿Puedo...? —insinué.

Sin darle tiempo a oponerse, con sólo un floreo de mi diestra, puse a andar el receptor, por supuesto que sin pararme en minucias tales como interruptores o enchufes.

Como luces maravillosas —condescendí a pensar—. Igual que amalgamas excelsas de curvas y ritmo, de seda y de jazmín...

No eran obra mía, lo confieso, aunque el efecto que provocaban en Zoltan sí lo era, en gran parte... Se hacían llamar "Las Sílfides de Joe", y habría resultado afán imposible el pretender determinar cuál sobrepujaba a cuál en encanto y seducción femenil. ¡Casi llegué a compadecer al pobre individuo!

—¡Vaya un quinteto de preciosidades! ¿Eh, Zoltan?

El aire, bombeado con violencia por sus magros sí que agitados pulmones, literalmente rugía al brotarle por las narices. Se transfiguraba, el hombre... La imagen, claro, era tan multico­lor y realista como únicamente mi intervención podía obtenerla.

—Sería magnífico contemplar a estas... sílfides en vivo, ¿no lo crees, Zoltan? —mi sugestión reptó como áspid susurrante hacia sus ávidos oídos.

Y en un santiamén, a mi influjo, el hechicero grupo se emancipó de la prisión de los rayos catódicos y brincó para posarse en el piso de la sala..., con la misma levedad de copos de algodón imbuidos de mágica animación.

Zoltan se echó para atrás, los ojos convertidos en dos protuberancias gelatinosas de terror.

—¿Qué dia...

¡Zoltan...! lo amonesté, meneando el índice.

Las gráciles figuras crecieron, se hincharon sus formas es­pléndidas, las torneadas piernas se alargaron como deleitables telescopios, y suculentas redondeces a tamaño natural serpen­tearon al compás de un ritmo caribeño.

El hombrecillo era una estatua iconófaga: se le saltaban las pupilas angurrientas, pero su respiración parecía haberse dete­nido, aunque la nuez, desbocada, casi le rasgaba la piel de la garganta.

Sería sólo cuestión de minutos, pensé, y Zoltan ya no contro­laría las manos... En el instante en que las alargó (trémulas y sudorosas), las cinco bellezas se disolvieron con un ¡blip! instantáneo. La pantalla del televisor retomó a su gris pasividad.

Lo siento mucho, Zoltan me excusé. ¡Fue apenas un truquito!.. ¡Ohh! añadí, afectando sorpresa. ¡Deduzco de tu expresión que no estás nada contento! Bueno, bueno... ¿Qué sería menester, pues, para complacerte? ¡Porque tenía entendido que nada necesitabas!

Estaba maduro; bien lo sabía yo. Aguardé un poco más.

¡Ayú-da-me! barbotó él.

¡De manera, Zoltan, que sí necesitas algo, después de todo!

Los tipos como Melatián no hablan gran cosa. De ordinario, suelen limitarse a un vocabulario apenas rudimentariamente utilitario: saludos, nombres de comidas y calles, frases hechas... Pero cuando sufren un sacudón al estilo del que yo acababa de propinarle a Zoltan, al sentirse en el filo de una experiencia jamás soñada, algún resorte oculto se libera en ellos, y se toman elocuentes... casi rebuscadamente líricos.

—¡Que si necesito algo!... Zoltan se abalanzó sobre mí, unien­do ambas manos ante mis ojos, con dedos febrilmente entrelaza­dos. ¡Ay, es mucho más que eso! Es... sed inextinguible, hambre voraz, es... un deseo punzante y enloquecedor, como un prurito del corazón... ¡No me explico cómo he podido resistirlo tanto sin volverme loco, al cabo de todos estos meses! ¡No puedo seguir así! Vaya, si daría incluso...

—¿...Tu alma?lancé, con la misma flameante rapidez con que la salamandra proyecta su elástica lengua.

¡Sí! ¡Hasta eso lo daría con gusto..., por conseguir lo que anhelo! Tú... ¿p-puedes proporcionármelo?

Levanté la mano. Interiormente, reía a más y mejor.

¡No nos precipitemos! dije—. Veo que conoces mi precio, y eso me agrada... Nunca lo cambié, en todos estos siglos. ¡Pero has de ser más preciso en tu petición! Imagino que se relaciona con "Las Sílfides" tu deseo... ¡Ah, tengo razón! Vea­mos... ¿Es que por ventura te has prendado de alguna de ellas? ¿Cuáles han sido los encantos que han mellado tu núbil corazón? ¿El oro del cabello de Rita? ¿La cereza madura que Gloria tiene por boca? ¿Ese par de...?

Su excitación lo llevó a aferrarme por la capa; incluso cometió la indignidad de sacudirme. Pero hasta eso consentí, en aras del buen fin (desde mi punto de vista, por supuesto) a que todo habría de conducir irremisiblemente.

¡Ese caudal áureo que enmarca el rostro de Rita clamó Zoltan, tiene que ser mío! ¡La boca jugosa y fresca de Gloria ha de pertenecerme también! ¡Y no pegaré un ojo hasta tanto no posea las tersas manos de Marly, y las piernas interminables de Ginny, y los ojos de Lilia, más verdes y hondos que el océano! ¡Todo eso me es harto más precioso que el mismo oxígeno vital..., más codiciable que todos los tesoros de esta Tierra... infinitamente más necesario que mi misma bienaventuranza! ¡Llévate mi alma, sí, a la hora de mi muerte, una y mil veces! ¡Pero dame ahora mismo lo que acabo de pedir, Satanás! ¡Si es verdad que lo puedes, dámelooo! y finalizó en un alarido.

Una gota de sangre de tus venas indiqué, ritualmente, y el pacto quedará sellado por toda la Eternidad... ¡Tu sangre, Zoltan!

Loco de codicia, se abrió él mismo una vena, a fuerza de mordiscos. El líquido rojo y caliente goteó con suavidad sobre el trozo de pergamino que jamás omito llevar conmigo.

¡Ahora cumple tu parte! demandó. ¡Ya, ya mismo!

Si es tu deseo, ¡sea!

Y moví ambas manos a un tiempo (las ganchudas uñas negras dibujando arabescos en el ámbito enrarecido, la capa formando pliegues de pesadas ondas carmesíes alrededor de mis velludos antebrazos); y del fondo de mi garganta partieron antiguas y espantosas frases. Se agrietó el Universo, un sector del Caos se entrelazó a la urdimbre de la vida... y ello ocurrió.

¡EEE-AARRGGGHHHHHH!

El grito resultó escalofriante, y aún más por el matiz de lastimado estupor que se agitaba en sus profundidades. No me preocupó: en ningún momento había afirmado yo que el procedimiento sería indoloro, ¿verdad?

Por entre los poros del cráneo de Zoltan Melatián, hebras doradas y ardientes se abrieron paso, como finísimas lombrices de esplendoroso fulgor. Retorcidos hilos escarlata brotaban en cada punto de irrupción, al violarse penosamente la integridad de carne y piel.

Ya son tuyos los cabellos de Rita constaté.

¡UGGHHH-AYYYRRRRRGGGHHHHH!

Sus labios estallaron en una erupción rojinegra, las abultadas curvas de la boca se contorsionaron en espasmos de sufrimiento, hasta formar un adorable arco de Cupido... rezumante de sangre cálida.

La boca de Gloria.

¡GNNN-NNAUUUGGGHHHRRRR! ¡AAUUHHH­OHYYGHHHAAYYY!

Las manos de Marly proseguí. Las piernas de Ginny.

Avanzó en mi dirección, grotesco, indescriptible, chorreando sangre a borbotones y dando trancos sobre tacones aguja de quince centímetros. No veía: las delicadas manecitas de Marly ascendieron hasta estrujar su martirizada cabeza.

¡NO-NO-NOOAAAARRRRGGHHHH­HAUUUNNNGGHHH!

Realmente, aquello tenía que ser insufrible; pero no había forma de evitárselo si en verdad se trataba de complacer al individuo en todo... Un par de glóbulos gelatinosos voló por los aires, para golpear luego contra el piso, con sordo rumor. En las órbitas de Zoltan, entre torrentes granate y bermellón, dos esmeraldas vivas ocuparon su sitio.

Con los ojos de Lilia declaré, he completado mí parte del convenio.

Gimiendo y sollozando, sin oírme, dio ciegas vueltas sobre sí; luego se movió, dando tumbos, a través del cuarto. Comprendí que el último acto estaba próximo.

¡¿QUÉ HAS HECHO DE MÍ, MALDITO?! profirió.

Satisfice los deseos que me formulaste repuse—. No me responsabilices ahora por las consecuencias.

Y fue entonces que se materializaron: cinco espectros muti­lados..., de voces absur­damente melodiosas.

¡Devuélveme mis manos, Zoltan!

¡Me robaste la boca!...

¡Quiero mis piernas, Zoltan!

¡Mis cabellos de oro!

¡Los ojos que me quitaste!

—¡¡Nooooo!!

Pero los entes vengadores cayeron sobre él, inexorables. En contados instantes quedó hecho trizas sobre un charco espeso y rojo... no sin que un débil vestigio de vida palpitase en sus restos, obstinado, amorfo...

—Ahora, Zoltan —reclamé—, ¡entrégame tu alma!

Carlos María Federici nació en Montevideo en 1941. Diecinueve años después publica su primer cuento llamado “El secreto”, en la revista Mundo uruguayo. En 1968 debutó en la historieta con Barry Coal, una tira diaria donde los lectores debían descubrir al asesino. Desde entonces su labor en ese campo no se detuvo y actualmente es considerado un clásico del comic y de la ciencia ficción en Uruguay. En 1972 debuta como novelista con La orilla roja (Ed. Acme, de Buenos Aires, colección Rastros), donde aparece el detective Dorteros, protagonista de otras dos novelas. Al año siguiente, Federici crea Dinkenstein, una historieta de terror originalmente destinada a los E.E.U.U. pero que finalmente se publicó en Bélgica, Argentina y Uruguay. En 1974, aparece la novela Mi trabajo es el crimen y dos años después el libro Avoir du chien et être au parfum, editado en Bélgica por Bernard Goorden. Su obra literaria aparece en varias antologías de su país y del exterior. En la década de 1980 publicó los libros Dos caras para un crimen y Los ejecutivos de Dios. En 1980 lanza la historieta Jet Galvez, que vuelve a publicarse en 1984. En 1985 publica, en forma de folletín en El Diario, El umbral de las tinieblas, que reaparecerá, en formato libro, en sendas ediciones de 1990 y 1995. Tiempo después aparece El asesino no las quiere rubias, en 1991, Cuentos policiales, El nexo de Maeterlinck en 1993 y Llegar a Khordoora al año siguiente. Se lo considera uno de los pioneros de la ciencia ficción y el relato policial en Uruguay. Federici reconoce como influencias a Ellery Queen, Edgar Wallace, Ray Bradbury y John Dickson Carr.


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