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jueves, 18 de junio de 2026

EL HAMBRE

Roxana Ruscior

 

Las nubes mordían el fino cuerno de la Luna, extendiendo la bruma sobre los fértiles campos que rodeaban el castillo. Desde abajo, al pie de la colina sobre la que se alzaba el torreón de piedra blanca, resonaban cada vez más lastimeros los aullidos de perros famélicos. Los mendigos que día tras día pedían alimentos detrás de la puerta de hierro se habían marchado, dejando atrás apenas unos cuantos cuerpos demasiado debilitados para seguir el paso. Muy poca carne para una jauría hambrienta.

Los ojos agudos del cuervo posado sobre las almenas observaban atentamente las dos pequeñas siluetas, envueltas en oscuras sotanas monásticas, que salieron del patio del castillo y se dirigieron hacia el bosque del valle. Con su áspera voz les gritó desde lo alto, inquieto por el peligro que sentía cercano, pero hasta sus oídos humanos no llegó más que un molesto graznido. Volvió a gritar una vez más, luego se lanzó desde la torre y voló tras ellos hasta verlos desaparecer en las entrañas del bosque, donde él encontraba alimento en abundancia, porque cuando los hombres y los animales pasan hambre, los cuervos prosperan.

Los primeros rayos de luz devoraron con avidez las sombras de la noche.

 

El fuego de la chimenea que calentaba el comedor del castillo lanzaba de vez en cuando sus lenguas chisporroteantes hacia el sombrío rostro del barón, abrasándole el alma. Nada podía calmar los furiosos latidos de su corazón, que parecía dispuesto a romperle el pecho justo donde estaba la herida recibida en combate y luego curada con amor por su señora. En su estómago, repleto hasta el exceso, se abría un vacío imposible de llenar.

Sus pequeños ojos se entrecerraron aún más a la luz de las llamas y los labios afilados se apretaron dolorosamente bajo la nariz aguileña. Ya no se oía sonido alguno en la vasta estancia donde, apenas unas horas antes, habían resonado voces alegres, habían chocado copas de vino y se habían vaciado platos rebosantes.

El hombre volvió su pesado cuerpo hacia los sirvientes que aguardaban órdenes, con las cabezas inclinadas y las espaldas encorvadas. Criaturas sin rostro ni voz, tan acostumbradas al miedo y a las privaciones que ni siquiera se atrevían a mirar los restos de comida sobre la mesa, sobras que para ellos habrían sido un festín de varios días.

La penetrante mirada de su señor se detuvo unos instantes en la alta silla situada en la cabecera de la mesa, donde se había sentado orgulloso junto a ella, su elegida, y junto a él, su huésped. El vientre redondo, hinchado por la gula, se le contrajo dolorosamente al recordar aquellos momentos: los ojos negros del monje, ojos de demonio, siempre bajos, clavados en el suelo, pero que no habían dejado de examinar en varias ocasiones el rostro de su esposa, demorándose con insolencia en el velo blanco de seda que ocultaba sus trenzas rubias, luego en el corpiño rojo de su vestido y en las estrechas mangas.

¡Qué descaro el de aquel muchacho que había llegado a pedir, en nombre del abad del monasterio del valle, provisiones para sus hermanos en Cristo en aquellos tiempos de sequía y hambre!

Le había prometido una carreta cargada de los mejores alimentos de sus fértiles tierras. Se los ofrecería con la misma humildad con que había entregado a la Iglesia la franja de terreno donde se había levantado la casa de Dios. Tan solo debía seguir rezando el santo abad por su salud y prosperidad.

Al oír aquello, el monje de ojos negros como el Infierno le había besado las manos, asegurándole que el buen Dios conocía su devoción y generosidad y que, por ello, para que nadie atentara contra sus riquezas, le había enviado un ángel guardián encarnado en la criatura más humilde.

Cuando pronunció esas palabras, los serenos ojos de la baronesa, que reflejaban el cielo del mediodía, se habían alzado hacia el rostro cubierto de sudor y polvo del joven y se habían detenido en él un instante más de lo conveniente.

Aquel muchacho parecía terriblemente hambriento, pero no era comida lo que ansiaba. Un hambre abrasadora lo consumía en otra parte, más abajo del vientre. Él lo había visto perfectamente, pero no podía negar hospitalidad a un enviado del Señor.

Y así se habían dado un festín en el castillo, compartiendo el mismo alimento y la misma...

Cansado, apartó la mirada de las llamas que le quemaban los ojos y vio el tapiz que presidía la chimenea adornada con flores de piedra. De hilos de lana y seda, blancos, rojos, azules y dorados, tejidos con maestría, había tomado forma un ángel que sonreía orgulloso junto a un espejo en el que contemplaba sus vestiduras nupciales, luciendo un anillo de oro formado por dos manos entrelazadas que sostenían una gema.

Toda su riqueza.

—¡Que la tierra los trague para que desaparezcan! —rugió.

Arrancó el tapiz de la pared y lo arrojó al fuego.

Ni el estallido de las llamas ni la maldición escaparon a la vigilancia del cuervo, que se posó en el alféizar de la ventana abierta, justo frente a la chimenea y, tan furioso como el señor del castillo, le gritó dónde se escondían los dos fugitivos. Pero los oídos del barón, acostumbrados únicamente a escuchar el vino correr de los toneles y la carne asarse en el espetón, no distinguieron más que un graznido insoportable.

Espantó al ave y ordenó que cerraran inmediatamente las ventanas, que aumentaran el fuego de la estancia, porque comenzaba a helársele el corazón.

 

En el bosque, protegidos por los árboles resecos de la sequía que había agrietado la tierra, los dos cuerpos se unían con avidez, tendidos sobre las sotanas monásticas arrojadas apresuradamente al suelo.

Los dedos sucios y curtidos del muchacho recorrían temblorosos los muslos firmes que jamás habían visto el sol ni una mirada ajena. Cuanto más se alimentaba de los tentadores pechos de la baronesa, cuanto más profundamente penetraba en su vientre suave y cálido, con mayor intensidad sentía aquel deseo atormentador que le consumía las entrañas y le oscurecía la razón.

Cada caricia y cada beso recibido de aquellos labios delicados lo quemaban más intensamente por dentro, hasta que su cuerpo cayó presa de espasmos dolorosamente placenteros.

No sabía cuánto tiempo había permanecido así, con la mejilla apoyada sobre su pecho desnudo, que se elevaba suavemente mientras acariciaba aquella piel fina y pálida que se estremecía de placer bajo el fresco de la mañana.

Con la respiración aún debilitada, la joven le levantó lentamente la barbilla y sus miradas hambrientas volvieron a encontrarse.

Por primera vez, la baronesa sentía un deseo incontenible de ser amada, adorada, protegida. Comprendió que hasta entonces no había tenido nada, aunque siempre se le hubiera ofrecido todo, y que ahora había recibido de él cuanto podía haber deseado.

Quiso darle algo también.

Se quitó del dedo el anillo de oro con la gema sostenida entre dos manos entrelazadas y se lo tendió sonriendo.

Un graznido furioso desvió por unos instantes su atención hacia lo alto del cielo, donde el cuervo giraba sobre las marchitas copas de los árboles.

La sortija escapó de la mano de la mujer, rodó por el suelo y cayó en una grieta, una herida que la sequía de aquel año había abierto en la carne de la tierra.

Desde la colina descendió un viento frío y cortante.

Tiritando, los dos cuerpos desnudos se abrazaron.

El grito del ave se deslizó entre los troncos, haciéndolos vibrar como un poderoso eco. Penetró en la corteza arrugada y descendió hasta las raíces, que lo devoraron con hambre.

Entonces comenzaron a moverse, mendigando vida.

Se desprendieron de su prisión de tierra reseca y apresaron a los dos fugitivos.

Sus brazos se agitaron desesperadamente buscando liberarse. Sus ojos se encontraron por última vez, como en un espejo roto por el terror. Sus labios se abrieron en vano en un grito silencioso, implorando una salvación que no llegaría y el aire que jamás volvería a llenarles los pulmones.

La tierra se abrió para recibirlos en su vientre famélico y los cubrió con terrones secos que habrían de convertirse en sus vestiduras de boda.

Enloquecido, el cuervo se lanzó sobre la grieta que se cerraba cada vez más sobre los cuerpos desnudos, ocultando toda huella de su infamia.

Comenzó a golpear desesperadamente con el pico, a rasgar con sus garras afiladas y curvadas, apartando terrones de barro entre los que se retorcían lombrices arrancadas de las profundidades.

Cavó sin descanso. Más. Cada vez más.

Hasta que su pico chocó contra la preciada pieza de metal que buscaba.

Arrancó el anillo de oro con la gema de entre las raíces que absorbían la savia de aquellos cuerpos aún tibios y luego se elevó victorioso hacia el torreón del castillo para devolver a su amo la riqueza que le había sido robada.

Roxana Ruscior, nacida en Bucarest, Rumania, en 1982, comenzó a escribir relatos cortos a los 12 años. Durante su etapa en el instituto, formó parte del círculo Sagitario, dirigido por el poeta y crítico literario Tudor Opriș, donde ganó varios premios de prosa y dramaturgia en el concurso literario Tinere Condeie. Debutó en 2013 con la novela Armata Domnului, inspirada en un hecho real: el secuestro de periodistas rumanos en Irak. En 2021, publicó la novela de ciencia ficción Un nou Pâmânt, que narra la aventura de los últimos supervivientes de la Tierra que, tras la destrucción del planeta, emprenden la búsqueda de otro. En mayo de 2023, publicó la novela histórica El diablo de Freisetzburg, que se convirtió en el libro más vendido de la colección Biblioteca de Prosa Contemporánea de la editorial Litera en la Feria del Libro Bookfest 2023. Ha colaborado con textos en varias revistas literarias, especialmente en Ficțiunea. Le gusta escribir fantasía, ciencia ficción, pero también prosa realista, con especial atención a la psicología de los personajes. Busca que sus historias planteen preguntas, no que ofrezcan respuestas.

 

EL HAMBRE