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viernes, 17 de julio de 2026

GOLGO

Nino Martino

 

No, esta no era la Cerdeña que recordaba y que tanto había amado.

Las encinas seguían allí, en la llanura de Golgo, junto con los lentiscos y el su murdegu, el jara sarda. Todo parecía salvaje, natural, adecuadamente primitivo. Pero ya era pura ficción. Una gigantesca maquinaria mediática destinada a los turistas adinerados, y solo a ellos. Las playas blanquísimas, el mar azul, los escollos y los farallones. Y luego el interior de la isla. Todo estaba cuidado hasta el más mínimo detalle.

Había desaparecido cualquier forma de industria o de actividad productiva que no estuviera estrictamente vinculada con la agricultura biológica o con una ganadería controlada. Toda la costa, y también el Supramonte del interior, estaba preparada para un turismo de lujo, ese que ama la ficción de una naturaleza salvaje e incontaminada. Una naturaleza más auténtica que la antigua naturaleza. Quien tiene dinero debe poder relajarse en armonía, sincronizarse con la energía positiva y respirar las fragancias silvestres.

En algún lugar estaba la sima de Golgo, la gran atracción del Supramonte de Baunei. Había estado allí una vez, cuando era niño. Yo también había arrojado una piedrita y durante mucho tiempo no la oí rebotar.

—No la oyes porque es muy profunda —me dijeron.

—¿Qué tan profunda?

—Cientos de metros. Tan profunda que la piedra tarda bastante en golpear una roca.

—¿Y si alguien se cae?

—A veces sucede.

—¿Y cómo hace para salir?

—No. Nadie que haya caído allí ha vuelto a ser rescatado.

La puerta de la lanzadera oruga se abrió con un leve silbido.

—Adiós, señor Parodi, y felices vacaciones. Ya verá, será una estancia maravillosa. Es uno de los mejores lugares. Incluso tiene un toque de misterio. Ya sabe... la sima de Golgo...

Bajé y me volví para mirar al piloto.

—¿Misterio? ¿Qué tiene de misteriosa?

—Oh, se cuentan cosas muy extrañas sobre la sima de Golgo.

Con otro suave resoplido la puerta se cerró. La lanzadera eléctrica giró, retomó el camino de tierra y desapareció, rápida y silenciosa, detrás de una curva.

Un hombre vestido con el traje tradicional sardo salió del hotel y vino a mi encuentro.

—Buenos días. Usted debe de ser el señor Antonio Parodi.

—Así es.

—Lo estábamos esperando. Permítame llevar su equipaje.

Tomó la gran valija que contenía todo mi equipo científico y nos encaminamos hacia la entrada.

—¿Cuánto tiempo piensa quedarse?

—El necesario.

Hice un gesto impreciso con la mano.

Subimos un par de escalones de falsa madera y atravesamos un pórtico antes de entrar en la pequeña recepción.

La mujer que estaba detrás del mostrador era alta, morena, de ojos negros. También llevaba una versión moderna del traje tradicional sardo. Conservaba el estilo, aunque el corte era más sobrio, elegante y ligero.

—Buenos días. Apoye la mano, por favor. —Adelantó una pequeña caja negra con el lector de identificación—. Discúlpeme, es por razones de seguridad. Ya comprende.

—Lo comprendo.

Apoyé la mano sobre el lector, que emitió un débil pitido. Se encendió una pantalla holográfica con una serie de datos y cifras.

—Perfecto. Su habitación ya ha sido asignada. Le transfiero la acreditación. —Oí el leve sonido de mi dispositivo portátil dentro del bolsillo—. Todavía llega a tiempo para el almuerzo. Falta menos de media hora. Desde su habitación podrá elegir el menú. Chiara Settembrini, quien lo convocó, almorzará con usted.

—Muy bien.

—Le recomiendo el cochinillo asado...

—¿Cochinillo?

—Reconstruido y sintetizado a partir de algas, naturalmente. Nosotros respetamos la naturaleza. En cambio, podrá ver a nuestros verdaderos cochinillos correteando libremente por el bosque. —Sonrió con una extraña curvatura en los labios. En la muñeca llevaba la pulsera identificativa: género femenino, libre y disponible—. La dirección y todo el personal esperamos mucho de usted. No comprendemos qué ha sucedido. Permítame darle la bienvenida en nombre de todos.

—Gracias.

La habitación era amplia. Las paredes estaban revestidas de corcho. Un enorme ventanal daba al bosque. En cuanto entré, la habitación me reconoció y apareció una pantalla holográfica con el menú.

Elegí el cochinillo asado y una selección de verduras crudas, garantizadas como biológicas y cultivadas en el lugar.

Me quedé contemplando el bosque más allá del doble vidrio.

Era un auténtico encinar. A algunos árboles les habían retirado hacía poco la corteza y mostraban el tronco rojo como la sangre. El sotobosque crecía aparentemente libre y salvaje, en una ficción impecable. Una inmensa maquinaria mediática. Naturaleza Incontaminada. Esa era la auténtica vocación de Cerdeña, proclamaban los folletos. Una vocación que, liberada de las ataduras del falso progreso, había emprendido por fin el vuelo, igual que sus centenares de halcones peregrinos.

Un sonido suave, casi de flauta, me anunció que el almuerzo sería servido en pocos minutos en el comedor común. Me cambié rápidamente, me puse un traje ajustado de color gris acero y salí.

El comedor era pequeño y estaba elevado sobre el terreno. Uno de sus lados era una inmensa pared de doble vidrio desde la que se podía contemplar el bosque. Guiándome por las indicaciones de mi dispositivo portátil, fui hasta la mesa que me habían asignado, una de las mejor ubicadas. Volví a mirar hacia el exterior. En algún sitio debía de estar el sendero apenas insinuado que conducía a la sima de Golgo.

Entró un grupo de tres personas y ocupó una mesa cercana.

La mujer era alta, esbelta y muy rubia. Llevaba descubierto el pecho izquierdo, donde se veía el tatuaje identificativo de género. Los dos hombres vestían elegantes monos de color gris antracita y tenían esa expresión desdeñosa de quienes poseen mucho poder... o fingen poseerlo.

Miraban alrededor, contemplaban el paisaje y reían. Parecían inmensamente felices y seguros de sí mismos.

—Me perderé en el bosque —dijo la mujer echando la cabeza hacia atrás, radiante—. Quien me encuentre me tendrá.

—¿Y si te encontramos los dos? —preguntó el más bronceado de los hombres. Su piel tenía un tono dorado.

—Oh... —rio ella—. Entonces... —Acarició al más bronceado y le lanzó un beso al otro—. Adoro esta naturaleza. Tiene una vibración tan positiva... Fue una idea excelente venir.

—Entonces, perdámonos.

La mujer volvió a reír, mostrando una lengua vivaz.

—Me perderé... Nos perderemos en el bosque...

Aparté la mirada. La Cerdeña de mi infancia se había perdido para siempre en el gran vacío del tiempo.

Entonces la vi entrar.

Era menuda, de piel clara, sin maquillaje, con un vestido elegantemente escotado que se ceñía a su cuerpo. Le preguntó algo al camarero, quien le señaló mi mesa.

Se acercó con paso rápido y se sentó frente a mí de un movimiento ágil.

—Soy Chiara Settembrini y tú eres Antonio Parodi.

—Hola, Chiara.

Notó que miraba la pulsera que llevaba en la muñeca.

—No te hagas ideas raras. La llevo solo por protocolo. Estamos aquí para trabajar, no para otra cosa. Soy la responsable del sector informático y del hardware.

Sonreí.

—La sima de Golgo y los problemas que han surgido. Traje todo mi equipo.

—Después iremos. ¿Qué elegiste del menú?

—Cochinillo asado y verduras.

—Yo también.

—No eres sarda.

—No. Pero tú tampoco.

—Hace mucho tiempo mis padres trabajaron una temporada en Cerdeña.

—Bueno... desde entonces han cambiado unas cuantas cosas.

—Sí.

—Ahora Cerdeña es, por fin, una tierra libre, controlada y natural.

Me dedicó una sonrisa torcida, como si esperara mi complicidad.

En ese momento llegó un camarero vestido con traje tradicional sardo. Llevaba una gran corteza de corcho con forma de cuenco natural. Sobre el mirto fresco descansaban las tajadas de cochinillo asado.

El aroma me envolvió.

—Parece auténtico cochinillo asado.

—¿Lo conocías?

—Claro.

—Yo no, hasta que empecé a trabajar aquí. Pero está muy bueno. Ya lo he probado.

—Buen provecho —dijo el camarero antes de alejarse.

—Lo importante —dijo Chiara mientras empezaba a comer con verdadero apetito— es ofrecerles a los visitantes exactamente aquello que creen necesitar. —Hablaba sin parar. De vez en cuando blandía el tenedor para dar énfasis a alguna frase—. La sima de Golgo está rodeada de muchas leyendas antiguas. ¿Las conoces?

—¿A cuáles te refieres?

—Por ejemplo, antiguamente se decía que de la sima salía un dragón que exigía el sacrificio de siete muchachas, a las que luego raptaba y se llevaba al fondo.

—Vírgenes, supongo.

Chiara volvió a sonreír con aquella característica sonrisa torcida.

—Supongo que sí, aunque la leyenda no lo aclara. Después construyeron una pequeña iglesia dedicada a San Pedro, justo en el lugar donde el dragón se llevaba a las muchachas, y desde entonces cesaron los sacrificios.

—Interesante. Y, si no recuerdo mal, la iglesia sigue allí, construida con piedra volcánica.

—Claro. Hay otra leyenda que cuenta que, cierta vez, un pastor decidió no asistir a la fiesta de Baunei para conmemorar la construcción de la iglesia, y como castigo la sima se lo tragó junto con todos sus bueyes.

—Nunca conviene enfrentarse a la Iglesia.

—¿No eres católico?

—No me planteo el problema.

—Ah, yo tampoco.

Tomó una falsa costilla con las manos.

—Es increíble cómo lograron reproducir el sabor de la grasa alrededor de la costilla y hasta del falso hueso.

—Sí, no está nada mal.

—La sima siempre ha estado rodeada de misterio. Los primeros doscientos metros son un pozo vertical abierto en el basalto volcánico, pero durante mucho tiempo nadie consiguió descender hasta el fondo. Después descubrieron una plataforma donde se acumulaban los restos de quienes caían allí. Huesos, piedras, arena...

—Pero también se hablaba de un acceso al mar, ¿no?

—Sí. Según la tradición popular existía un conducto que descendía varios cientos de metros más, atravesando la roca caliza, pero nunca fue encontrado.

—Se formularon muchas teorías sobre el origen de la sima, ¿verdad?

—La más aceptada sostiene que el agua erosionó la roca caliza bajo el basalto y este terminó desplomándose. —Notó mi expresión de duda—. Bueno... al menos es la teoría más difundida.

—¿Y los primeros doscientos metros tienen una forma elíptica, con dimensiones constantes hasta llegar a la base calcárea? No sé...

—La naturaleza es extraña, ¿no te parece?

—¿Puedes contarme cuál es el problema?

—Después del almuerzo te llevaré a la sala de control. En apariencia todo funcionaba perfectamente y, de pronto... —Sacudió la cabeza—. Es un verdadero desastre. Tenemos muchísimas reservas. Gente muy rica e importante. Vienen de todo el mundo.

—Sí, me lo imagino.

—Es el misterio de esta sima lo que atrae y fascina al turista... quiero decir, al visitante.

—Naturaleza salvaje y un toque de misterio.

Me miró desconcertada. Tal vez el tono de mi voz no había sido el adecuado.

—¿No estás de acuerdo?

—Oh, sí, por supuesto. Les han dado exactamente lo que esperaban.

Me observó unos segundos.

—La armonía con la naturaleza que encuentran aquí necesita un pequeño toque de misterio. La armonía de la creación siempre tiene algo de misterioso, ¿no creés?

—Me dijiste que hace dos semanas el sistema dejó de funcionar por completo y que me llamaron como supervisor.

—Parece que eres el mejor en este campo.

Seguía observándome con cierta desconfianza.

—Eso dicen. Me informaron que habían creado una especie de lamento acompañado por la proyección holográfica de un dragón fantasmal que surgía de la sima, flotaba unos instantes sobre ella y luego desaparecía.

—Es una obra muy delicada. La diseñaron nuestros artistas. Solo la activamos los días de maestral.

—El viento seco y limpio del noroeste.

—Exactamente. Pero hace dos semanas...

—¿Qué ocurrió?

—El dragón apareció flotando sobre la sima y, de pronto, explotó en miles de chispas azules.

—¿Cómo puede explotar un holograma?

—No puede. Debe de haber sido algún problema interno del software o del hardware. Desde entonces no funciona absolutamente nada. Hay un fallo en el sistema instalado dentro de la sima, en el tramo inicial, perfectamente oculto entre el basalto.

—Quiero ver la sala de control.

—¿Ahora?

—¿Y cuándo, si no?

Naturalmente no comprendió la cita. Era demasiado ajena a este maldito sistema.

Me condujo hasta la sala de control. Había innumerables pantallas desde las que podía supervisarse cada rincón de toda la zona de Golgo. Me mostró el funcionamiento del truco holográfico. Ahora estaba fuera de servicio, pero conservaban las grabaciones. El resultado era realmente impresionante por su realismo. También aparecían las multitudes de turistas contemplándolo, extasiadas. Un campo eléctrico hacía que se erizaran los vellos de los brazos y el cabello de los espectadores. Se oían pequeños gritos, falsos desmayos, abrazos tiernos.

Algunos iban elegantemente vestidos; otros lucían una estudiada desnudez cubierta de tatuajes, según la moda más reciente entre los muy ricos.

El espectáculo había funcionado durante algunos días. Después todo el sistema colapsó y el holograma del dragón explotó.

—Un poco kitsch, ¿no te parece?

—A la gente le encantaba.

—Entonces el problema está en la sima de Golgo. ¿Puedo bajar?

—¿Bajar? —preguntó, sinceramente sorprendida—. Está "el Huevo". Algunas personas lo utilizan para experimentar la emoción de descender al subsuelo. Cobramos muy caro esa experiencia. Pero solo puede bajar una persona por vez.

—¿Quieren resolver el problema?

—Claro, pero...

—Según los datos que nos enviaron, se produjo una tormenta electromagnética originada en las profundidades. Quizá tenga que llegar hasta la plataforma inferior. Sustituiré los componentes quemados, pero necesito averiguar el origen de esa enorme perturbación. La electrónica del dragón debe de haber interferido con algo... —Chiara me observaba como si yo estuviera un poco loco—. Ya sabes... muchas veces los que parecen un poco locos son precisamente los que terminan resolviendo los problemas.

—Si tú lo dices...

—Lo digo yo. ¿Por qué crees que soy tan bueno en lo mío?

Organizó el descenso a toda prisa. Se había vuelto fría como el hielo.

 

En cuanto descendí unos metros por debajo de la boca irregular de la sima apareció el sistema electrónico. Algunos componentes estaban literalmente calcinados. Los sustituí.

Después continué bajando, mientras mis sofisticados instrumentos analizaban las paredes de la sima sin detectar ninguna anomalía.

El descenso me pareció interminable. Las paredes eran, por tramos, lisas y negras, de basalto volcánico. El Huevo se detuvo por fin en el fondo. La plataforma estaba cubierta de piedras, arena, escombros y huesos. Huesos de animales. Y también huesos humanos. La cálida luz de los LED de mi casco iluminó la cavidad. Monté el equipo mientras seguía observando los alrededores. En un punto se había producido una especie de derrumbe y se había abierto otro hueco. Consulté rápidamente la base de datos. No. Aquel conducto no figuraba en ninguna exploración anterior. Era reciente. Acerqué los sensores de campo. El hueco conducía a una segunda cámara situada bajo la plataforma. La exploración subterránea terminó y una pantalla holográfica se iluminó automáticamente. Entonces apareció.

Un amasijo metálico, parcialmente destruido. Pero en la base de datos de las exploraciones anteriores no existía nada semejante. Solo figuraba la plataforma de arena y piedras. Extraño. Si el basalto hubiera colapsado por la erosión del agua sobre la roca caliza, habría sido imposible que todos los materiales hubieran terminado únicamente sobre aquella plataforma. Y, además... ¿Por qué aquella forma elíptica, tan regular? Tomé parte de mi equipo y me introduje en el hueco. Descender resultó fácil. Demasiado fácil. No había escalones. Solo una pared lisa en espiral, de suave pendiente. Bajé varios metros hasta llegar a la cámara que había visto en la pantalla. La estructura ocupaba prácticamente todo el espacio de la cavidad. Estaba gravemente dañada. Había fragmentos esparcidos por todas partes. Consulté, incrédulo, mi dispositivo portátil. La inteligencia artificial reconstruyó de manera aproximada la forma original de aquello que estaba viendo. Integró rápidamente los nuevos datos de los sensores con toda la información disponible. Luego formuló varias hipótesis. Miré atónito la primera de ellas, señalada como la más probable.

Era una nave. Una nave espacial. De una forma extraña, elíptica. Desde un rincón llegaba un olor a quemado. Me acerqué. Había algo completamente destruido por el fuego. Como todo lo demás, resultaba imposible comprender de qué se trataba. Uno de los sensores, activado automáticamente por la inteligencia artificial, realizó una datación aproximada. Miles de años. Aunque me parecía imposible, quizá acababa de descubrir el verdadero origen de la sima de Golgo. A mis espaldas sonó un ruido breve y seco. Di un salto hacia un lado mientras me volvía. Entonces apareció la Cosa. Parecía una especie de foca. Tenía pequeños miembros anteriores rematados por finos tentáculos y, en lugar de patas, unas aletas. Poseía unos discos que parecían ojos compuestos y una especie de párpado que se abría y cerraba con rapidez. Parte de su cuerpo era, sin embargo, claramente metálica. La Cosa avanzó arrastrándose hasta detenerse fren te a mí. De pronto me invadió una inmensa ola de nostalgia. Una nostalgia ajena. La nostalgia de un mundo absurdo, con tres lunas, un cielo violeta y un mar profundísimo.

No. Ya no regresaré. No estoy vivo ni soy una máquina. Estoy atrapado. Todo está destruido. Nunca podré volver. Continúo transmitiendo los datos que recojo, pero ya no sé adónde llegan. Yo... yo he terminado. Todo terminó para siempre. Algo se quemó dentro de mí.

La oleada me atravesó... y desapareció. La Cosa se desplomó. De ella comenzó a brotar un líquido negro y maloliente. Me arrodillé ante aquel ser mientras registraba todos los datos. La datación también era increíble. Miles de años. Entonces todo empezó a desintegrarse. Algo que había mantenido unida aquella materia dejó de existir. La Cosa se convirtió en polvo. También la nave. Los fragmentos metálicos, las estructuras retorcidas, las ramificaciones de lo que parecían tubos... Todo se pulverizó.

Retrocedí apresuradamente hacia el túnel mientras el polvo invadía toda la cámara. Poco después estaba otra vez sobre la plataforma, entre las piedras arrojadas por los visitantes y los huesos de animales y personas. Respiré hondo varias veces. El hueco desapareció tras un nuevo derrumbe. Hubo un ligero temblor. Me pareció que la plataforma descendía unos centímetros.

Luego todo quedó inmóvil.

Había terminado. Consulté la inteligencia artificial. Todo había sido registrado. Sin embargo, la nueva exploración holográfica ya no mostraba absolutamente nada. La nave había desaparecido. También el extraño ser parecido a una foca. Más abajo todavía aparecía una especie de profundo canal que probablemente conducía, en efecto, hasta el mar.

Dejé de temblar. Yo seguía vivo. Y volvería a subir. Arriba me esperaban el sol, la gente, la vida. Aquella transmisión de imágenes había sido espantosa. Una melancolía. Una añoranza inmensa. ¿Era ese el verdadero origen de Golgo? Imaginé una nave precipitándose por alguna razón, excavando con su impacto aquella sima elíptica en el basalto. Quedó detenida allí, irremediablemente destruida. Ninguna posibilidad de regresar para quien parecía ser un explorador.

Había sobrevivido... miles de años. Quizá era en parte un organismo mecánico. Tal vez él mismo había excavado el conducto que llevaba hasta el mar. Quizá era la legendaria foca monje que, de vez en cuando, algunos aseguraban haber visto antes de desaparecer misteriosamente durante años.

Y luego la electrónica del falso dragón había entrado en resonancia, en una tremenda realimentación positiva, con alguno de los sistemas de aquella estructura. Ambos se habían destruido mutuamente. Entré en el Huevo y programé el ascenso. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿A quién iba a contárselo? Mi inteligencia artificial contenía todos los datos. ¿Crearían una nueva atracción turística para aquel mundo demente? ¿Y los científicos...? Pero ¿qué científicos? A veces uno toma decisiones impulsivas.

—IA, elimina todos los datos.

—Solicito confirmación.

—Confirmo. Elimina todos los datos. También la copia de seguridad.

—Copia de seguridad eliminada.

Regresé a la superficie.

—¿Y bien? —preguntó Chiara—. Perdimos la comunicación y pensamos que te había ocurrido algo.

—Todo solucionado. Ahora volverá a funcionar como ustedes quieren.

—Entonces...

—Sus equipos entraron en interferencia y resonancia con una veta metálica existente dentro del basalto. Esa resonancia quemó el sistema.

Mentí.

—¿Podría volver a ocurrir?

—No.

No volverá a suceder.

Regresamos a la sala de control. Chiara activó rápidamente los mandos. El dragón, etéreo e ilusorio, apareció durante unos instantes flotando sobre la sima de Golgo. Un grupo de turistas se encontraba junto al borde.

—¡Oooh!...

Exclamaron maravillados mientras el campo electrostático les erizaba el cabello. La gran maquinaria mediática había vuelto a ponerse en marcha. La armonía. La naturaleza salvaje. El dragón de la tradición popular. La pequeña iglesia de piedra vigilándolo todo. Todo había vuelto a la normalidad.

Chiara se ofreció a acompañarme en una excursión turística, pero rechacé la invitación.

El importe acordado fue acreditado en mi cuenta.

—¿Por qué no te quedas unos días? Estar aquí cuesta muchísimo dinero. Supongo que normalmente no podrías permitírtelo...

—No, gracias. Ya me han pagado.

Sonrió con aquella sonrisa apenas torcida.

—Si quieres... ahora que el trabajo terminó... podríamos... —Su pulsera se iluminó un instante—. Me llaman a otro sitio. De todos modos, gracias.

Entonces llegó la lanzadera oruga eléctrica. La puerta se abrió con un suave silbido. Subí.

Mientras el vehículo se alejaba por el camino de tierra, me volví para mirar. Chiara seguía de pie. Parecía desconcertada. No se despidió. Yo tampoco. Pensé en la inmensa nostalgia de un mundo que jamás volvería a existir. Pensé en aquella muerte, fuera lo que fuese aquel ser, desaparecido para siempre después de miles de años cumpliendo una misión cuyo sentido quizá ya ni siquiera existía para su propia lógica alienígena.

Después vi grupos de turistas guiados por senderos apenas marcados por expertos cicerones que los conducían a experimentar las supuestas vibraciones positivas del bosque de Golgo.

Entonces el camino dobló en una curva. La sima de Golgo y el hotel desaparecieron de mi vista.


Nino Martino creció en Génova, donde se licenció en Física. Profesor de matemáticas y física, ha vivido y trabajado en Milán, Lipari y Cagliari. En la década de 1960, publicó relatos de ciencia ficción en las revistas Oltre il cielo, Galaxy y Galassia; posteriormente, cofundó y codirigió dos revistas: Il Gioco della materia e delle idee para el Departamento de Física de Génova y Asterischi di Fisica en Cagliari. Publicó el ensayo «Educazione scientifica e curricolo verticale» (Educación científica y currículo vertical) (2015) y gestiona la web La Natura delle Cose, donde publica sus trabajos junto con un grupo de científicos, filósofos y críticos literarios. Actualmente jubilado, continúa su labor como formador de docentes y ha retomado su gran pasión: la ciencia ficción.

 

domingo, 14 de junio de 2026

GUERRA SANTA

Nino Martino

 

1

La cafetera burbujea mientras prepara el café. En mi cocina desnuda cuelga una jaula, y dentro de la jaula hay un canario malinois. Es extraordinario que, en una sociedad que parece destinada al desastre total, todavía haya gente que críe canarios.

Fui a buscarlo a Alpe Devero. Antiguamente era una localidad turística; se dejaba el automóvil antes de la meseta y se continuaba a pie, entre senderos y pistas de esquí.

El criador era un joven barbudo llamado Ernesto.

—¿Cómo haces para vivir aquí arriba? —le había preguntado.

—¿Y tú cómo haces para vivir allá abajo?

—Estoy obligado a vivir en la ciudad.

—No me interesa por qué. Yo vivo aquí e intento sobrevivir aquí. Cuando todo se vaya al desastre, espero arreglármelas.

—Crías canarios.

—Los canarios cantan. Y yo soy feliz con su canto.

—Están enjaulados.

—Todos estamos enjaulados.

—Pero queremos salir.

—El canario no quiere salir. Afuera no sobreviviría.

—Estás perpetuando una especie que quiere permanecer en una jaula.

—Entonces, ¿por qué quieres comprar uno?

—Porque su canto me tranquiliza.

—¿Ves?

—¿Cuánto quieres por él?

—Te lo regalo.

—¿Por qué?

—No vivo de vender canarios. Cultivo lo que necesito. Ya casi no queda nadie por aquí. La especie humana también es una especie que quiere permanecer en una jaula.

—¿Qué jaula?

—Hay muchas maneras de estar en una jaula. Cada cual tiene la suya. —Guardó silencio un instante y luego añadió—: Siempre se está solo al amanecer.

Así fue como me lo regaló.

En realidad, había subido hasta allí porque la noticia de aquel criadero me proporcionaba una cobertura perfecta. Mientras descendía había instalado un nodo de la red negra, camuflado entre los árboles. Desde ese punto podían mantenerse conexiones seguras con buena parte de la llanura y con la base lunar.

Ahora la habitación empieza a iluminarse. El sol aún no ha salido, pero el primer resplandor invade el cielo y el canario comienza su largo trino modulador.

La olovisión está frente a mí y permanece apagada. Si fuera un buen ciudadano debería encenderla, pero instalé un dispositivo que simula su funcionamiento y nadie puede saber que he renunciado al derecho-deber de estar informado.

Me sirvo el café.

El canario picotea las semillas. Le introduzco entre los barrotes una hoja de achicoria silvestre. Adora las hierbas amargas; todos los canarios adoran las hierbas amargas.

La taza tiene un motivo azul: dos avefrías asomadas. Es una taza hecha en Cerdeña. Aparto los recuerdos. No es el momento. Me acerco a la ventana.

Desde el último piso veo los tejados de la ciudad, los dos rascacielos, la torre de telecomunicaciones y la catedral sobre el islote en medio del río.

El amanecer es rojo, de un rojo violento. Hermoso de contemplar, aunque provocado por el polvo atmosférico que regala atardeceres y amaneceres magníficos.

Comienza otro día y no sé qué traerá.

—Bach, Suite n.º 4, Sarabanda, Casals.

La habitación se llena con el sonido del violonchelo. Observo cómo despierta la ciudad. Las luces se apagan una tras otra. Empieza el tráfico.

Pablo Casals hace mucho que es menos que polvo, pero su música sigue existiendo. El canario intenta imponerse sobre ella. Junto a la jaula, una luz azul comienza a palpitar.

—Conexión.

El holograma aparece en el centro de la habitación.

Rafaela está sentada ante su escritorio. Los cabellos rizados le cubren parte del rostro. Sus ojos son negros y directos.

—Que la fuerza del amanecer te acompañe —susurra con ironía.

—Donde tú estás todavía debe de ser de noche.

—Noche avanzada.

Sonríe.

—¿Qué te impulsa a buscarme en mitad de la noche? —pregunto.

—Desde luego, no el deseo de verte. —Se ríe echando la cabeza hacia atrás—. Quién sabe. En cualquier caso, ya estás despierto, escuchando a Bach y probablemente mirando el amanecer.

—Como siempre.

—Y, como siempre, tu canario está cantando.

—Nunca fuiste una defensora de los canarios.

—Un canario. En estos tiempos. —Suspira—. Pero no, no estás loco.

Me observa un instante.

—Hay noticias importantes desde la base lunar y desde la expedición a Marte.

—No sé nada.

—Lo imaginaba. Debes ir adonde sabes. Quizá sea necesaria una intervención.

—¿Tan grave es?

—Requerirá toda la potencia de la red. —Guarda silencio un instante—. Ya hemos enviado los datos a vuestra sede. Tú tienes el segundo código.

—Entonces sí es una emergencia.

—Bastante.

Sonrío.

—Y me avisan desde Brasil.

—Un lugar vale tanto como cualquier otro. Es la red. —Permanece callada unos segundos—. Tal vez algún día nos veamos en persona.

—Me gustaría.

—Escucharemos juntos tu Bach. Y contemplaremos esta ciudad desde tu ventana.

—Eso espero.

—No lo esperes. Haz que ocurra. —Vuelve a sonreír—. Que la fuerza del día te acompañe.

El holograma desaparece y, mientras el malinois retoma su canto, termino mi café, me visto y salgo.

La calle discurre entre edificios que ocultan parte del cielo. El tráfico ya es intenso. Personas que van al trabajo, transportan datos, producen datos, consumen datos. La vida continúa bombardeada por noticias.

Busco las calles secundarias.

En las vías estrechas la publicidad holográfica es menos invasiva. Cuando me veo obligado a pasar por una avenida más amplia, los anuncios se agolpan a mi alrededor: perfumes, noticiarios, promesas de felicidad, crisis internacionales.

Todo es información. Incluso la publicidad es información. La hiperinformación que borra la realidad.

La multitud aumenta.

Algunos rechazan las tecnologías avanzadas y se refugian en pequeñas comunidades de resistencia; otros sobreviven como pueden en los márgenes de la ciudad. Estoy casi llegando cuando un hombre con la capucha bajada sobre el rostro se acerca.

—Dame todo lo que llevas.

Empuña una navaja.

—No seas idiota —le siseo.

La hoja se despliega.

Abro el abrigo y le muestro la señal luminosa de los blumen.

Vacila.

—¿Un bluman...?

—Exacto.

Otro hombre, a cierta distancia, le grita:

—¿Te has vuelto loco?

La navaja desaparece.

—Tengo hambre, amigo.

—Consérvala.

Sigo caminando. Nadie me sigue.

Esta es la ribera izquierda. Una ciudad que vive en estado de guerra permanente, incluso cuando no caen bombas. La guerra por trabajar, la guerra por sobrevivir, la guerra por controlar el relato del mundo. Y, de pronto, me sorprendo imaginando un paseo junto al mar con Rafaela. Romanticismos de otra época. Me detengo frente a un portal que parece de madera desgastada. En realidad es blindado. Un sensor invisible me reconoce. Una pequeña abertura aparece en la superficie y vuelve a cerrarse tras de mí. Atravieso otros niveles de seguridad y desciendo a las entrañas de la ciudad, por lo que antaño fueron los canales de las viejas alcantarillas. Finalmente entro en la sala. Hologramas, datos, pantallas suspendidas. Mi segundo mundo. Bach y el canario han quedado lejos.

Y Ambra ya está allí esperándome.

 

2

Ambra está sentada en su sillón y unas gafas de realidad aumentada enmarcan sus ojos azules. Hoy lleva el cabello del color del cielo.

—Hola. Hay novedades —me dice.

—Lo sé. Aquí estoy. ¿Son buenas?

—No. —Se quita las gafas y se frota los ojos—. ¿No viste la olovisión?

—No.

Me mira sorprendida.

—Es obligatoria.

—Precisamente.

Se ríe.

—Has hackeado la olovisión.

—Me pareció un uso razonable de nuestros protocolos.

—Podrías perderte algo importante.

—Lo dudo. Estamos librando una gran batalla por la civilización y la democracia. Nuestras tropas combaten la barbarie. Mediante un ataque preventivo defensivo hemos aniquilado una posible amenaza en XXX; dos corzos han sido rescatados y ahora reciben los amorosos cuidados de YYY. ¿Olvido algo?

—No. El tono ha sido perfecto. —Se pone seria—. Hay dos noticias. Una tiene que ver con Marte. La otra con una posible guerra.

—Marte.

—Lo sabía.

—Marte.

—De acuerdo.

Se recuesta en el respaldo.

—La expedición vinculada a la base lunar ha encontrado enormes depósitos de níquel-60.

—¿Y qué?

—El níquel-60 procede de la desintegración del cobalto-60.

Permanezco inmóvil.

—El cobalto-60...

—Exactamente.

Por primera vez desaparece por completo su sonrisa.

—Hemos descubierto por qué Marte se convirtió en lo que es.

—Un desierto.

—Una guerra nuclear.

Las palabras quedan suspendidas entre nosotros.

—¿Están seguros?

—Casi. El níquel fue solo la primera pista. Después llegaron otras. Demasiadas.

Observo los hologramas flotando en la sala.

Códigos, coordenadas, señales. El futuro y el pasado mezclados en la misma habitación.

—Así que este fue su final.

—Sí.

Marte. Un planeta muerto y desertificado no por una catástrofe natural, no por el destino, sino por decisión propia. Por una guerra. Durante un momento nadie habla. Veo las imágenes, los datos, los gráficos, y me parece estar contemplando la Tierra desde muy lejos, desde otro tiempo.

—¿Y la otra noticia?

Ambra suspira.

—Los medios están inundados de noticias sobre un inminente ataque de la Federación Oriental. Vídeos, testimonios, imágenes de atrocidades. La mayoría son falsas; otras han sido modificadas y animadas mediante inteligencia artificial.

—Siempre dicen lo mismo.

—Sí. Y siempre funciona.

—Debemos defender la civilización.

—Exactamente.

—De la barbarie.

—Exactamente.

—Golpeando primero.

—Exactamente. —Me mira—. La nuestra es una guerra santa.

—Ellos dicen lo mismo.

—Todos tienen siempre una guerra santa que cumplir.

Permanecemos en silencio.

Observo su cabello azul.

—Hoy está azul.

—Me gusta recordar el color del cielo.

—Hace mucho que el cielo dejó de ser azul.

—Pero alguna vez lo fue.

—Y no volverá a serlo.

—Eres pesimista.

—No. Soy observador.

Ambra baja la mirada.

Cuando vuelve a alzarla ya no sonríe.

—Todavía no conoces lo peor.

—Dispara.

—Han puesto en alerta la red de misiles nucleares.

La frase cae en la habitación como un peso. Por un instante solo oigo el zumbido de los equipos. Tenemos una gran base lunar, puestos avanzados en  Marte, inteligencias artificiales, las tecnologías más avanzadas jamás construidas... Y al mismo tiempo la vieja tentación de siempre. La guerra.

—Quizá haya llegado el momento de activar la red.

—Con todos los riesgos que implica.

—Quizá ya no tengamos elección.

Aún estaba hablando cuando un holograma rojo se encendió en el centro de la sala. La señal de emergencia. Aparece Rafaela. Su rostro está pálido.

—Se ha lanzado un misil nuclear. La Federación Occidental ha lanzado un misil nuclear.

El silencio se rompe.

—Que vuelen los estorninos. La clave. La frase que esperábamos no tener que utilizar jamás.

—Que vuelen los estorninos.

Las luces de la sala se multiplican. Nuestras inteligencias artificiales despiertan. Una tras otra. Como una constelación que cobra vida. Rafaela sigue hablando. Su voz permanece controlada, pero percibo la tensión.

—Desde la Luna confirman el lanzamiento. —Traga saliva—. Todavía no consigo creerlo.

—¿Objetivo?

Por un instante vacila.

—No es la Federación Oriental.

—¿Entonces quién?

—París.

Nadie dice nada. París. No una base militar. No una flota. París.

—Quieren atribuir la culpa a los otros —dice Rafaela—. Provocar una reacción. Si lo consiguen, será el final.

La gran pantalla de la sala se enciende y el mapa del mundo aparece ante nosotros. Puntos luminosos. Redes. Trayectorias. Millones de datos en movimiento. Y nosotros ya estamos dentro de la tormenta.

—París. —La palabra queda suspendida en el aire. Rafaela inspira lentamente.

—Quieren culpar a la Federación Oriental. Los troles, una marea de troles, ya se han activado. Las noticias falsas están inundando la red. Si la gente las cree, la guerra comenzará de verdad.

En la pantalla aparece la trayectoria del misil. Una línea luminosa que atraviesa el mar.

—¿Podemos detenerlo? —pregunta Ambra.

Nadie responde de inmediato. Llevábamos años preparándonos para aquel momento. Años construyendo la red. Años desarrollando inteligencias artificiales independientes. Años imaginando lo inimaginable. Pero prepararse para una posibilidad no significa estar listo cuando llega.

—Lo intentaremos —dice finalmente Rafaela.

Las luces azules se multiplican una tras otra. Son nuestras inteligencias artificiales entrando en acción. Nodos que se conectan. Sistemas que despiertan. Una red invisible que emerge de las sombras mientras, en la pantalla, el misil continúa su recorrido. París. Pienso en las calles, los puentes, las casas. Pienso en las personas que están comenzando su jornada sin saber nada. Pienso en Marte. Quizá toda civilización llegue siempre al mismo punto. Quizá la diferencia resida únicamente en lo que decide hacer cuando llega allí. Rafaela habla con rapidez. Órdenes. Confirmaciones. Coordenadas. Ambra sigue el flujo de datos. Yo observo cómo las luces azules se propagan por el mapa. La Gran Operación. Aquella que esperábamos no tener que utilizar jamás. Si fracasamos, la guerra comenzará. Si triunfamos, nadie podrá seguir ignorando nuestra existencia. En cualquiera de los dos casos, el mundo cambiará. El tiempo parece ralentizarse. Entonces Ambra se pone de pie de golpe.

—¡Lo tenemos!

En la pantalla la trayectoria se quiebra. Un punto luminoso se desvía. Desciende. Desaparece. Durante un instante nadie habla.

—Ha caído al mar —susurra.

Rafaela cierra los ojos. Cuando vuelve a abrirlos, brillan.

—Lo hemos conseguido.

En algún lugar, en la Luna, ya lo saben. En algún otro lugar, los gobiernos intentan comprender qué ha sucedido. Las luces azules siguen creciendo. La red está despierta. Ya no podrá volver a dormir. Un mensaje atraviesa los canales clandestinos e inunda la red: la responsabilidad de la intervención es nuestra. Ninguna federación. Ningún ataque enemigo. Ninguna represalia, por el momento. El holograma de Rafaela sonríe, pero es una sonrisa cansada.

—Ahora llega la parte difícil.

—Nos toca a nosotros —digo.

Asiente.

—Nuestras inteligencias artificiales han salido a la luz. Hemos impedido una guerra. Ahora debemos impedir todo lo demás.

—La historia está llena de fracasos.

—Lo sé.

—Y aun así seguimos adelante.

—Es lo único sensato que podemos hacer.

Por primera vez la tensión parece aflojarse.

Rafaela me mira.

—Será necesario que vaya a visitarte.

Oigo a Ambra reír por lo bajo.

—Por fin.

—Te llevaré a Alpe Devero —digo.

—¿Con tu criador de canarios?

—Exactamente.

—Me gusta la idea.

—Tal vez te regale un canario.

—Y tal vez escuchemos a Bach.

—Por favor, continúen —interviene Ambra—. Resulta muy edificante.

Sonrío.

—A veces buscar un momento de serenidad parece casi un delito.

Rafaela niega con la cabeza.

—No. Es todo lo contrario.

Permanece callada unos segundos.

—Creo que es justo seguir soñando. Sabiendo cuánto cuesta hacerlo.

Sus palabras quedan flotando en la habitación. Sueños. Luchas. Derrotas. Amores. Tal vez la historia de la humanidad nunca haya sido otra cosa.

—Entonces está decidido —digo—. Vendrás.

—¿Estás seguro de que quieres conocerme de verdad?

—Precisamente. Pongamos las cartas sobre la mesa.

Se ríe.

—Siempre he querido ver París.

—¿Yo solo sería un pretexto?

—El pretexto es el caos que está a punto de comenzar.

—¿Y Alpe Devero?

—Eso lo doy por descontado.

Durante un instante nadie habla. Fuera de nuestra sala, los medios ya se han vuelto locos. ¿Quién lanzó el misil? ¿Por qué cayó al mar? ¿Quién intervino? Las versiones se multiplican y las acusaciones rebotan de un extremo al otro del mundo, intentando desesperadamente desviar la atención, ocultar, minimizar. Pero bajo la superficie circula también otra verdad. Alguien ha detenido la guerra. Alguien que no pertenece a ninguno de los dos bandos.

Rafaela me mira.

—Quién sabe cómo terminará todo esto.

—Siempre está en equilibrio.

—Basta una pequeñez.

Asiento.

—Pero, por ahora, no acabaremos como Marte. —Sonríe.

En mi habitación hay un canario malinois. Alpe Devero sigue existiendo, lejos de las grandes ciudades. Allí arriba, Ernesto cría canarios, cultiva plantas y contempla cómo el sol se eleva sobre las montañas. Y estoy casi seguro de que, en mi cocina ahora vacía, el canario sigue cantando. Quizá realmente no terminemos como Marte.


Nino Martino creció en Génova, donde se licenció en Física. Profesor de matemáticas y física, ha vivido y trabajado en Milán, Lipari y Cagliari. En la década de 1960, publicó relatos de ciencia ficción en las revistas Oltre il cielo, Galaxy y Galassia; posteriormente, cofundó y codirigió dos revistas: Il Gioco della materia e delle idee para el Departamento de Física de Génova y Asterischi di Fisica en Cagliari. Publicó el ensayo «Educazione scientifica e curricolo verticale» (Educación científica y currículo vertical) (2015) y gestiona la web La Natura delle Cose, donde publica sus trabajos junto con un grupo de científicos, filósofos y críticos literarios. Actualmente jubilado, continúa su labor como formador de docentes y ha retomado su gran pasión: la ciencia ficción.

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