Nino Martino
Nos sentamos a la mesa y comimos
pasta con crema de brócoli.
—Buena —dijo Carlo.
—Pásame el guttiau —le pedí.
—¿Bueno, verdad?
—Mejor que ciertos guttiau
que encuentro en los supermercados en Cerdeña.
Nuestra conversación era amable y
de lo más cotidiana.
Afuera, amortiguado, se oía el
trasiego de una pequeña multitud.
Ya sin pudor se apiñaban en nuestro
sendero, delante de la esfera.
—Intolerable —dijo Carlo.
—Escucha —prorrumpió al fin—, pero
esto del test y del verificador no lo he entendido bien. ¿Qué clase de prueba
representa poner una esfera de dos metros de diámetro en nuestro sendero?
NUESTRO, ¿entiendes?
—Yo me habría hecho una idea.
—A ver.
—Es una pura suposición, claro; si
eso es alienígena, razona como un alienígena y, por definición, se nos escapa
una comprensión verdadera.
—Venga, dispara.
—No sé, una hipótesis como otra
cualquiera. Una civilización alienígena quiere entender cómo somos y nos hace
caer una esfera reluciente en el sendero, aprovechando una tecnología espaciotemporal
completamente desconocida para nosotros, y se queda observando y registrando
cómo reacciona la gente, cómo reaccionamos.
—¿Los simios ante el monolito negro
de 2001: Odisea del espacio?
—Algo así.
—¿Y luego qué hacen con el test?
—Bueno, si estuviéramos en un
relato de ciencia ficción y lo superáramos, nos admitirían en la federación
intergaláctica.
—¿Y si no lo superamos?
—Bah, en general nos ignorarían
para siempre o quizá durante un tiempo, o bien…
—O bien nos destruirían como se
hace con una peste del cosmos —concluyó Carlo.
Eché un vistazo al móvil mientras
tomaba otra lámina de guttiau. Siempre lo he considerado una especie de
droga, cuando es bueno. Me refiero al móvil, no al guttiau.
—Lo están poniendo todo en la red:
Instagram, TikTok, Facebook, etcétera. Mira.
—Ya sabes que las redes sociales me
repugnan.
—Anda, solo echa un vistazo, así
ves cómo está reaccionando la gente; no puede hacerte demasiado daño, venga.
De mala gana tomó mi móvil y miró.
—Estamos acabados —dijo tras un
rato de zapeo entre hilos de asombro, insultos, corazones, TikTok, influencers.
Alguien incluso había subido fotos de gatos maravillosos, los verdaderos
alienígenas, decían, consiguiendo un centenar de “me gusta”.
—No, Carlo. La fruta ya la hemos
terminado.
—Tienes razón. Pero todavía no hay
nada en las noticias de los periódicos, menos mal. No me gusta ocupar un lugar
en la crónica.
—Piensa en los que harían lo que
fuera por estar en nuestro lugar.
—¿Y por qué?
—Llegar, hacerse famosos a
cualquier precio. No dejarían pasar una ocasión como esta. Piensa: entrevistas
en televisión, mesas redondas de charlatanes profesionales, encuentros con…
—Basta así, espero que no pase nada
de eso.
Y sin embargo, llegó una joven
reportera, con camarógrafo incluido. ¿Atraída por el gentío? ¿Por las redes
donde proliferaban reels, TikTok y selfis, incluso audaces y
provocativos?
Lo cierto es que se abrió paso
entre la selva de móviles.
El camarógrafo hizo un zoom sobre
la esfera y luego giró la cámara para encuadrar los rostros excitados.
La reportera se acercó a una joven
elegida al azar, o quizá con el olfato y el arte de una periodista ambiciosa.
—¿Qué está pasando? ¿Nos lo puedes
decir? ¿Qué es esta gran esfera brillante?
La joven estaba emocionada.
—Es la esfera caída del espacio, es
maravillosa, la vi y me dije: “esto no puede existir”, es demasiado hermosa.
—¿La esfera caída del espacio?
—Sí, es así, me lo han dicho
muchos. El primer contacto con un alienígena y yo estoy aquí. Es emocionante,
estoy conmocionada.
—¿Cómo vives esta experiencia?
—O sea, ¿entiendes?, es el otro, lo
que no eres tú, es una esfera, inmóvil, y es una esfera, ¿entiendes?
—Entiendo.
La reportera deambuló de uno a
otro, hizo filmar rostros, movimientos, la gente que se amontonaba, y luego se
dirigió a nuestra puerta y llamó.
—Lo sabía —dijo Carlo—, no es
nuestro día.
—Vamos, abramos y nos hacemos
famosos también nosotros.
Abrí la puerta. La reportera estaba
un poco despeinada de manera estudiada, según la moda reciente, con su túnica
ligera.
—¿Es suya la esfera?
—No, no es nuestra.
—¿Es cierto que viene del espacio?
—preguntó, acercando el micrófono casi a la boca de Carlo.
Carlo estaba cada vez más
impaciente.
—¿Cómo voy a saberlo?
—Pero está en su jardín.
—No sé de dónde viene.
La entrevistadora se apartó y se
dirigió a la cámara.
—Hay reticencia. No quieren hablar.
¿Qué hay detrás de la esfera caída del espacio?
Nos abandonó para correr hacia una
anciana que observaba, atónita, toda la confusión.
—Señora, ¿cómo está viviendo la
experiencia con la esfera caída del espacio?
—Yo estaba en el jardín de al lado,
soy vecina de estos dos, y de repente temblaron las paredes y salí corriendo.
Temía por mis palomas.
—¿Por sus palomas?
—Tengo una jaula con dos palomas.
Los huevos de paloma son buenos.
—Claro, son excelentes. ¿Y conoce
bien a sus vecinos?
—Son dos hombres simpáticos, muy
corteses, cuando me ven me saludan. Personas muy correctas.
—¿No observó nada extraño antes de
hoy?
—No, pero siempre me saludan y me
preguntan cómo están mis palomas. Gente decente, educada. Pero me asusté, pensé
que era un terremoto y salí corriendo.
La reportera volvió a dirigirse a
la cámara.
—Creemos que las autoridades
competentes deben intervenir. ¿Por qué no han intervenido todavía? Damos paso a
la redacción, les mantendremos informados sobre el desarrollo de la situación.
Se alejó mezclándose con la gente.
Ya no oíamos lo que decía.
La señora de las palomas nos miró y
nos guiñó un ojo. Luego hizo el gesto de boca cosida.
—Pero en realidad… —empezó Carlo.
La señora volvió a entrar en su
casa tras otro gesto que podía interpretarse como un “¡eh, pilluelos!”.
Entramos en casa.
—Aquí hace falta una cerveza amarga
—dijo Carlo.
—¿Amarga?
—Con todo el lío que hay en nuestro
patio, hace falta amarga. Una
Guinness.
—¿Tienes una Guinness?
—Siempre tengo una Guinness de
reserva para los momentos difíciles.
—¿Para ustedes son momentos
difíciles? —preguntó una voz armoniosa.
Nos volvimos de golpe. En medio de
la habitación había un punto luminoso azul, tembloroso, transparente, que
distorsionaba lo que había detrás.
—Eres tú, ¿pero no estás afuera?
—dijo Carlo, llevándose una mano al cabello gris.
—Registrada una percepción del
espacio-tiempo muy somera.
—¿Y qué más has registrado hasta
ahora?
—Todo lo que sucede a mi alrededor
en un radio de cien metros.
—¿Por qué? ¡Maldita sea, por qué!
—Soy un verificador.
—¿Y entonces?
—Un verificador debe verificar.
Estoy ejecutando un test según protocolo. ¿Por qué son momentos difíciles para
ustedes?
—Odiamos todo este caos que está
ocurriendo a tu alrededor, seas lo que seas.
—No soy lo que sea, soy un
verificador.
—No sabes lo que está pasando en
las redes —intervine.
—Lo sé perfectamente, estoy
registrando. Eso también forma parte del test.
Nos quedamos mirando, embobados, el
punto azul tembloroso, que se expandía y contraía como un pequeño corazón.
—¿Pero cómo accedes a las redes?
—Registrada una nueva visión
grosera de la realidad.
—No te creo —dije.
—En este momento, en la red social
*** hay dos largos hilos de insultos hacia ustedes, acusándolos de
exhibicionismo; en otro se defiende el orgullo de ser humanos… En algo que
llaman TikTok hay varios videos de danzas que deberían inducir trance, luego…
—Está bien, está bien —corté.
—En otros hilos de discusión,
especialmente en ***, se habla de una invasión en curso de alienígenas
esféricos y de una posible connivencia con dos sucios seres humanos que…
—De acuerdo, de acuerdo…
Intervino Carlo:
—¿Y tú registras todo?
—Claro, forma parte del test.
—¿Pero qué clase de test de mierda
es este?
—Ya se lo he explicado y ahora
registro la necesidad de volvérselo a explicar.
—No, no, detente, no queremos que…
Llamaron a la puerta. Carlo me miró
imperioso.
—Esta es tu casa, podrías abrir tú
de vez en cuando, ¿no? —dije.
Fui a abrir, resignado.
Dos hombres vestidos de gris
mostraron rápidamente una credencial incomprensible y entraron casi por la
fuerza.
—Pero, digo, ¿quiénes son ustedes?
El más alto, con el pelo al
cepillo, mandíbula cuadrada reglamentaria y ojos azules y glaciales, se plantó
ante mí.
—¿De dónde han sacado esta esfera?
Hemos intentado moverla pero parece inamovible.
—No es nuestra.
—¿Y cómo es que está aquí?
—Explíquennoslo ustedes —añadió el
otro—. Una esfera caída del espacio, dicen en las redes.
—¿Pero quiénes son ustedes?
—No les interesa saberlo, seguridad
nacional.
—Ayer hubo un pequeño terremoto
—intenté explicar—, abrí la puerta y encontré la esfera ocupando el sendero de
entrada.
—¿Esa es su versión? —preguntó
Mandíbula Cuadrada.
—Es lo que ocurrió —intervino
Carlo—, no es una versión.
Mandíbula Cuadrada intercambió una
mirada con el otro, que se encogió de hombros.
—Es conocida su simpatía por China
—dijo el otro.
—¿Simpatía por China?
—Hemos realizado una investigación
de seguridad nacional. Hay un expediente sobre sus actividades políticas en el
68.
—Bueno… —empecé.
—Además, con frecuencia, demasiada
frecuencia, reciben paquetes que aparentemente contienen té pu-erh, tanto shu
como sheng, traídos directamente de China y no de uno de los muchos proveedores
europeos o nacionales.
—Soy yo quien bebe mucho té pu-erh
—confesé.
Se miraron de nuevo y sonrieron al
unísono.
—¿Y esto les ha parecido un
excelente truco? —dijeron.
—El que viene del proveedor chino
es el mejor, un poco caro, pero es mejor.
—Ajá.
—¿Ajá?
—Tienen simpatías no acordes con
los objetivos nacionales.
—¿Pero qué tiene que ver eso con la
esfera?
—Eso deben explicárnoslo ustedes.
—No podemos.
—La esfera no ha sido detectada por
la red de vigilancia satelital. No viene del espacio. La esfera caída del
espacio es una patraña que han difundido ustedes —afirmó Mandíbula Cuadrada.
—¿Nosotros? —dije, incrédulo.
—O nos dicen qué es o tendremos que
pedirles que nos acompañen.
—Es un verificador —intervino
bruscamente Carlo.
—¿Qué es un verificador? —preguntó
Mandíbula Cuadrada.
—Un objeto que verifica.
Nos miraron en silencio.
—Se lo preguntamos y nos habló y
nos dijo eso, que él/ella es un verificador.
—Una esfera que habla… —se
burlaron.
—Pregúntenle, y les responderá. Que
uno de ustedes vaya a preguntarle.
No se movieron.
—Pregúntenle, vamos, verán que
habla.
El compañero de Mandíbula Cuadrada
bufó.
—¿Un viejo truco para separarnos?
Ven demasiadas películas de espionaje.
—Odiamos las películas de espionaje
—interrumpió Carlo.
—Pruébenlo ustedes. Nosotros
observamos.
Carlo hizo un gesto de resignación.
—Verificador, habla y diles a qué
has venido.
Esperaron en silencio. No había
ningún punto azul tembloroso. Desde fuera crecía el murmullo.
—¿Una esfera que habla, eh? ¿O
quizá un artefacto nuclear chino?
—¿Un artefacto nuclear chino?
—repetimos atónitos.
—Estamos perdiendo el tiempo —dijo
el compañero de Mandíbula Cuadrada.
Hablaron brevemente, de manera
incomprensible, a un micrófono oculto en la solapa.
—Están bajo arresto domiciliario y
actuará la seguridad nacional.
—¡No hemos hecho nada! —se alteró
Carlo—. No pueden arrestarnos, además ustedes no son la policía.
—Exacto, somos de seguridad
nacional y ustedes quedan bajo arresto domiciliario hasta nueva orden.
—Pero… —intenté decir algo.
Pero ya se habían dado la vuelta al
unísono y salieron. Miraron brevemente la esfera, con cautela, tomaron
fotografías con un reloj que llevaban en la muñeca –o eso creí– y se alejaron
rápidamente, uno junto al otro, saltando ágilmente la valla para evitar la
multitud.
—No puedo creerlo —susurró Carlo—,
parece una serie de televisión basura.
—Me temo que, aparte de la esfera,
vivimos realmente en una realidad que supera con creces la peor basura del
mercado —dije.
—Registro sus afirmaciones —dijo el
punto azul tembloroso, reaparecido de repente.
—¿Por qué antes no hablaste con los
agentes de seguridad nacional?
—Formaba parte del test.
Desde fuera llegaba un coro de
consignas. Entornamos de nuevo la puerta.
La esfera brillaba en el sendero.
Algunos habían intentado moverla sin éxito.
—¡Esfera espacial libre! ¡Esfera
espacial libre! ¡Liberen las esferas espaciales! —gritaba un grupito
beligerante.
Otro grupo estaba de rodillas y
parecía rezar. No oíamos sus palabras.
Cerramos rápidamente la puerta.
—Así estamos, así estamos… —dije
desanimado.
—Test de admisión intergaláctico
concluido —anunció el punto azul tembloroso.
—¿Concluido? —dijimos al unísono
Carlo y yo.
—Todo ha sido registrado y se
adjunta al veredicto del test.
—¿Veredicto? ¿Qué veredicto? —dije.
—¿Hemos superado el test? —preguntó
Carlo, apenas ocultando un hilo de ansiedad.
—Pregunta típica de ansiedad de
aprobación. También se adjunta como confirmación del veredicto.
—Pero… —empezó Carlo.
Hubo como una sacudida sísmica y el
punto azul desapareció.
—Se fue —dije.
—¿Se fue?
—La esfera. Se fue.
Oímos gritos.
Abrimos un resquicio. La gente
seguía huyendo por la sacudida.
Y la esfera ya no estaba.
Cerré la puerta. Nos miramos en
silencio.
Carlo estaba desanimado.
—Me habría gustado saber el
veredicto —dijo al fin.
—¿Por qué? ¿No lo sabes?
—Bueno, yo…
—Eh, no lo sabes, quizás, ¿eh? —lo
apremié.
El cielo afuera estaba despejado,
sin nubes. El seto de aligustres estaba en flor y perfumaba intensamente, y la
gente había desaparecido.
Entonces abrimos otra cerveza y
empezamos a beberla directamente de la botella, en silencio y sin mirarnos
siquiera. Una Guinness cada uno.
Carlo no tenía una cerveza más
amarga que la Guinness.
