Gerson Lodi-Ribeiro
Esta no es la
primera travesía temporal en la que parto con destino ignorado. Ni mucho menos.
En mis siglos de trabajo en
Contingencias Retrotemporales, hubo ocasiones en las que tuve que desplazarme
al futuro para someterme a sesiones de debriefing. Siempre que una
agente es trasladada a un quandónde que constituye futuro para ella,
existe todo un conjunto de reglas y procedimientos destinados a evitar que tome
conocimiento de hechos que no debería saber y cuya simple consciencia podría
generar anacronismos al regresar a su tiempo base.
Sin embargo, esta es mi primera
travesía retrotemporal a ciegas. Porque Clío me garantizó que sería enviada al
pasado para cumplir una misión de largo aliento; clasificación de sigilo:
secreta. Nada nuevo en ese sentido, ya que los viajes al pasado son la norma en
la CRT. Las travesías hacia el futuro, en cambio, constituyen la excepción.
De todos modos, me resulta extraño
no recibir ningún tipo de instrucción que me oriente respecto de esta misión
misteriosa. Aunque no es la primera vez que tropiezo con rarezas en mi trabajo
en Contingencias.
¿Qué tan profundo será el salto al
pasado esta vez? A juzgar por lo visto, solo lo sabré cuando llegue.
La curiosidad me provoca ansiedad
al ingresar en la cabina de translación. El hecho de no portar dispositivos
especiales ni vestimenta de época es señal de que seré recibida en alguna base
estanca, donde se me proveerán los suministros y utensilios necesarios para
cumplir la misión. Trasladarme así, desprovista, me hace sentir insegura y
vulnerable.
—Habrá gente nuestra para recibirla
en su destino —se despide Clío con una expresión estoica digna de la Gran
Esfinge de Guiza grabada en su rostro, por lo general imperturbable.
La translación en sí resulta tan
anticlimática como de costumbre. En un milisegundo estoy dentro del cálido y
penumbroso interior de la cabina transparente, contemplando el semblante
inescrutable de Clío del otro lado; en el siguiente, me encuentro de pie en el
centro de un claro rodeado de helechos gigantescos y otros exuberantes fetos
arbóreos.
Tras un breve instante de
desorientación, recupero la compostura y comienzo a analizar el entorno.
Frente a mí, a unos diez metros de
distancia, observo a un sujeto alto, de hombros anchos, piel oscura y cabello
corto, vestido con el uniforme negro integral de los cronoperativos,
representantes del brazo militar de la CRT.
—Bienvenida, Ártemis —dice mi
supuesto anfitrión con una sonrisa radiante—. Soy Douglas, comandante de este
nódulo del Proyecto Semper Paratus.
—¿Siempre preparado? —un escalofrío
de pánico recorre mi médula ante la primera sospecha del significado último de
esa expresión latina.
—Aquí abajo preferimos “siempre
listos” —responde con otra sonrisa—. Usted es especialista en Europa
grecorromana, ¿verdad?
—Lo soy. —Escruto su fisonomía
plácida y juvenil con mis rutinas de análisis conductual en busca de indicios
de una trampa—. ¿Douglas, de Contención de Paradojas?
—Trabajé allí. Ahora dirijo este
nódulo. Por cierto, puede llamarme Doug.
—Está bien, Doug —asiento, más que
recelosa—. ¿Su compañera Antonia está aquí con usted?
—Hasta donde sé, Tony sigue activa
en Contención. —Hace un gesto tácito de disculpa—. No recibimos muchas noticias
de los amigos aquí abajo.
—¿Y qué quandónde es este
“aquí abajo”?
—Pasado remoto, querida.
—¿Qué tan remoto? —abro los ojos al
captar la aproximación veloz de dos siluetas de aves rapaces que se lanzan
sobre nosotros en vuelo rasante.
Entonces noto que no son águilas ni
halcones, sino libélulas monstruosas con casi un metro de envergadura. La
vibración de sus alas produce un zumbido intenso.
En el último instante posible, un
rayo rojo disparado desde atrás impacta en la forma alargada de una de las
libélulas gigantes, derribándola. La otra gira en el aire y se aleja a toda
velocidad.
—No se preocupe, Ártemis —Doug hace
una reverencia supuestamente tranquilizadora—. Estamos seguros en este claro.
—¿Seguros? —Me llevo las manos a la
cintura y resoplo sin disimular la indignación—. ¿En este maldito safari
mesozoico?
—Eh… no exactamente —me mira
incómodo—. Para empezar, no estamos en el Mesozoico.
—¿Ah, no? —señalo a la libélula
agonizante sobre el suelo musgoso—. ¿Y esta cosa?
—Meganeura.
—¿Qué?
—La especie de esa libélula
supervitaminada que intentó atacarnos.
—Humm —observo al bicho, ahora
inerte. Mi neuroimplante heurístico indica que tiene ochenta y un centímetros
de envergadura—. Esos insectos gigantes aparecieron antes de los dinosaurios,
¿cierto?
—Exacto.
—Vamos, Doug. ¿Cuándo estamos?
—Período Carbonífero. Trescientos
treinta millones de años antes de la Era Común.
—Carajo —silbo, impresionada—.
Todavía no hay dinosaurios.
—Ni rastro de ellos —se encoge de
hombros—. Solo unos pequeños reptiles que, por cierto, sirven de aperitivo para
las meganeuras.
—De acuerdo —suspiro—. ¿Estoy donde
creo que estoy?
—Depende, Ártemis —esboza una
sonrisa cauta—. ¿Dónde cree que está?
—Espero no estar en una base
secreta instalada en el pasado remoto. —Otro escalofrío, más intenso—. Parte de
un complejo capaz de tomar represalias definitivas si una o más híper civilizaciones
alienígenas de la Égida deciden extinguir a la humanidad en el presente de allá
arriba.
—Lamentablemente, está más o menos
en un lugar así.
—No entiendo qué papel espera la
CRT que asuma en este proyecto. Soy historiadora, agente de campo, no una
operativa de Contención de Paradojas.
—¿Su papel? —me mira con seriedad—.
Usted fue designada para reemplazarme. Será la nueva comandante de este nódulo
del Semper Paratus. Para eso no necesitamos una cronoperativa, sino una
agente de campo competente.
—¿Yo? —Miro con desconfianza los
helechos que rodean el claro; hace poco juraría haber visto algo moverse—. No
me ofrecí como voluntaria para esta misión.
—Así funciona —asiente con aire
piadoso—. Nadie se ofrece para misiones de esta naturaleza. Y hay una razón
simple: salvo Clío, nadie allá arriba sabe que este proyecto existe.
—No es del todo cierto. He oído
rumores.
—Rumores, sí —asiente pensativo—.
Funcionan como medidas disuasorias para persuadir a estrategas alienígenas
hostiles de que su civilización sufriría consecuencias existenciales
catastróficas si intentaran dominarnos u obliterarnos. Claro que, cuando un diplomático
alienígena nos pregunta al respecto, negamos categóricamente su veracidad.
—Eso lo entiendo.
—Pero aún no digiere que haya sido
usted la elegida.
—Esa vieja traicionera.
—No culpe a Clío. Primero, porque
fueron las conciencias artificiales senior de la CRT las que la seleccionaron.
Segundo, porque la propia Vieja cumplió una misión similar durante más de medio
siglo en un nódulo de represalia.
—¿O sea que no puedo rechazar?
—No sé los términos de su
juramento, pero yo no pude.
—Mierda —murmuro, desolada.
—La buena noticia es que en tres
años podrá solicitar el envío de un sustituto.
—Claro… —niego con la cabeza—.
¿Cuánto tiempo lleva aquí abajo?
—Catorce años, diez meses y
diecinueve días.
—Hmm… Entonces no basta con pedir
la sustitución.
—En absoluto. Tras los tres años,
basta con pedirla. Yo lo hice la semana pasada y aquí está usted.
—No entiendo por qué se quedó tanto
tiempo.
—No fue por gusto —me dedica una
mirada enigmática—. Tranquila, le explicaré todo durante el período de traspaso
de funciones. Créame: las cosas aquí son más simples de lo que parecen.
—Ah, sí… —cuando intento formular
una respuesta mordaz, un animal cuadrúpedo enorme, de cola larga y aspecto
reptiliano, irrumpe corriendo hacia nosotros.
—¿Qué es eso? —giro
instintivamente, intentando interponerme entre el cronoperativo y el
depredador.
—Tengo el placer de presentarle al eryops
—Doug se inclina teatralmente, imperturbable ante el ataque inminente—. La cima
de la cadena alimentaria de los ecosistemas terrestres del Carbonífero.
—¡Haga algo! —grito detrás de él
cuando el eryops está a unos doce metros.
—Mantenga la calma —Doug alza la
mano derecha, abierta. Sin duda, a punto de conjurar el mismo aparato que
abatió a la meganeura minutos atrás—. Creo que sé qué es lo que nuestro
amigo quiere.
Me quedo detrás de él. El
depredador anfibio es más robusto y rechoncho que los cocodrilianos de allá
arriba, con los que ya me crucé tanto en el Egipto ptolemaico de comienzos de
la Era Común como en un viaje de vacaciones a la Amazonia de mi propio quandónde.
En lugar de la coraza de escamas dorsales típica de los yacarés y cocodrilos
actuales, el animal frente al cronoperativo exhibe la piel rugosa de un sapo
toro. Pese a su dentadura formidable, esa cabezota me recuerda un poco a la de
un sapo. Aunque es posible que piense así solo porque sé que es anfibio.
El eryops reduce la
velocidad hasta detenerse a dos metros de nosotros. Entonces abre su boca
enorme y engulle el cadáver de la libélula gigante, masticándolo y tragándolo
con un vigor impresionante.
Observo a la bestia por encima del
hombro del cronoperativo a quien, al parecer, me veré obligada a reemplazar.
Un minuto después, terminado el
festín, no queda ni rastro: ni siquiera las alas de la meganeura para
contar la historia.
Saciado, el eryops da media
vuelta y se retira del claro con pasos arrastrados, sin dedicarnos la menor
atención.
—Vamos, Ártemis —Doug señala hacia
una escotilla que acaba de volverse visible entre dos salientes rocosas—. Debe
de estar explotando de curiosidad.
—No tanto. Estoy en estado de shock.
—Suelto una risita nerviosa—. Todavía ni siquiera tengo preguntas.
De repente siento un mareo extraño.
—¿Qué pasa, querida? —Avanza y me
toma del antebrazo, sosteniéndome hasta que recupero el equilibrio.
—No sé. Un aturdimiento raro. —Con
las piernas flojas, estiro la mano y me apoyo en su hombro izquierdo—. Casi
como si estuviera borracha. —Me da un acceso de tos—. Una quemazón justo aquí.
—Me llevo la mano al esternón.
—Relájese —Doug me sujeta del
brazo—. Está hiperoxigenada.
—¿Qué?
—Es normal. Esta atmósfera es un
sesenta y cinco por ciento más rica en oxígeno que la de allá arriba. Vamos a
entrar en el refugio subterráneo. La conciencia artificial que gestiona esta
instalación reprogramará su metabolismo en un instante.
—¿Oxígeno? —balbuceo,
definitivamente mareada.
—Eso. De hecho, el alto contenido
de oxígeno es lo que permite la aparición de artrópodos gigantes como la meganeura.
—Me resistí
bastante a pedir un sustituto porque no me sentía cómodo con la idea de que me
editaran la memoria —me aclara Doug apenas nos acomodamos en sillones dentro de
la sala de las estrechas instalaciones de este nódulo, después de mi
recalibración metabólica en la enfermería—. Pero tras casi quince años aquí
abajo, pesó más el deseo de reintegrarme al contexto cultural de la humanidad
de mi propia época.
—Edición de memoria —pronuncio la
expresión despacio, como si las palabras me quemaran el paladar.
—Sí. —Me contempla con la
resignación de quien ya pasó mucho tiempo pensando en eso—. Al fin y al cabo,
¿cómo cree que la CRT consigue mantener en secreto la existencia de los nódulos
de represalia?
—¿Cuántos nódulos de esos existen?
—Hasta donde sé, el Proyecto Semper
Paratus comprende al menos tres complejos o nódulos. Uno en el Precámbrico
profundo; este, aquí, en el Carbonífero; y un tercero en Valles Marineris, en
el planeta rojo de hace mil millones de años. En cuanto a este complejo en
particular, la mayoría de las instalaciones en la Tierra son subterráneas,
porque no queremos llamar la atención de sondas alienígenas durante visitas
eventuales al Sistema Solar.
—No entiendo por qué tanta
precaución, si las híper civilizaciones alienígenas que frenan nuestra
expansión estelar allá en el presente todavía no existen aquí abajo.
—Es cierto —asiente Doug,
circunspecto—. Sus precursores ancestrales aún no evolucionaron hacia la
racionalidad. Pero, aun así, conviene precaverse de lo que pueda existir en la
vecindad solar.
—El rumor que escuché allá arriba
decía que, una vez recibida la mala noticia de la extinción de la humanidad, el
nódulo activado iniciaría la construcción de arsenales y astilleros orbitales
para fabricar las sondas estelares capaces de concretar nuestro contraataque.
—En rigor, no sería un
contraataque, sino un ataque preventivo, ya que se iniciaría para neutralizar
una amenaza existencial en curso. —Doug se aferra a filigranas terminológicas
de la misión que intenta transferirme; tarea no siempre simple en cuestiones
que implican bucles retrotemporales—. Pero lo importante es que las bases
orbitales y planetarias ya están listas y camufladas por todo el Sistema Solar.
—Espere un momento. Eso significa
que… —boquiabierta, tardo un instante en concluir lo obvio—. ¿Cuánta gente hay
aquí abajo?
—Solo puedo responder por este
nódulo.
—Entonces responda por este.
—Mil doscientos treinta y siete
humanos orgánicos en estado de animación suspendida. Trescientas quince
conciencias artificiales, la mayoría en estasis. Además, cuarenta y dos agentes
despiertos distribuidos por las bases orbitales e instalaciones de superficie,
por decirlo así. La mayor parte de ese personal en disponibilidad inmediata se
encuentra ahora mismo fuera de la Tierra.
—No imaginaba que hubiera tanta
gente aquí abajo.
—Si lo piensa bien, no es un número
tan alto, considerando la naturaleza de nuestra misión.
—¿No acaba de decir que las
instalaciones de ataque preventivo ya están listas?
—Todo el aparato ofensivo está en
estado de disponibilidad —asiente Doug—. De acuerdo con los protocolos
ejecutivos, si algún día deja de recibir informes horarios de rutina desde allá
arriba durante más de veinticuatro horas; si recibe la noticia de que la
humanidad sufrió un ataque existencial; o si recibe comunicaciones que nuestras
C.A. no identifiquen como de procedencia humana, deberá inicializar el proceso
de represalia. Sondas estelares autoconscientes partirán del Sistema Solar y de
otros puntos hacia los planetas bióticos que, en un futuro remoto, albergarán
las biosferas en las que las especies atacantes evolucionaron.
—Dependiendo del blanco, el ataque
solo se iniciará decenas de milenios más tarde —murmuro casi para mí—.
Obviamente, nuestras sondas cargadas con ojivas de antimateria –y solo el
Espíritu Galáctico sabe qué más– atravesarán el espaciotiempo einsteiniano a
velocidades cercanas a la de la luz. Pero, como dicta la premisa estratégica
gastada: tendremos todo el tiempo del universo para desatar nuestra venganza.
—Nuestra represalia. —Doug esboza
una sonrisa feroz—. Pero sí. La idea es esa.
—De acuerdo. Pero todavía no
entiendo por qué tanta gente. ¿Los sistemas de armas y de control no son todos
automáticos?
—Lo son —otra sonrisa, más suave—.
En teoría, usted podría desencadenar los biosfericidios de las diecisiete híper
civilizaciones que lideran la Égida prácticamente sola.
—Si es así, entonces por qué…
—¿Tanta gente? —Su expresión se
vuelve de pronto grave—. Ártemis, si ocurre lo peor, después de liberar las
sondas biosfericidas es cuando comenzará la parte más importante de su misión.
—¿Cómo que la parte más importante?
¿La misión no es impedir que existan antes de que evolucionen para
exterminarnos?
—Desde luego: eliminar las amenazas
existenciales en sus semilleros. Pero… ¿y después?
—Después, yo y los demás podremos
relajarnos, tranquilos por haber asegurado la supervivencia de la humanidad.
—Sí. Solo que no podrán regresar al
presente.
—Lo sé. Porque la humanidad que
estaría allá arriba sería otra distinta de la nuestra. Una humanidad que habría
establecido su civilización cósmica sin la especie o especies que nos habrían
atacado. Es posible que esa otra humanidad acabe enfrentándose a otras alianzas
de civilizaciones alienígenas, algo similar a la Égida.
—Es posible. Pero lo más importante
es que deben tener en mente que nada allá arriba volverá a importarles.
—Una idea desoladora.
—Coincido —asiente—. Pero no
vivirán sin propósito aquí abajo. Tendrán que restablecer las bases de la
civilización humana en el Sistema Solar de trescientos millones de años antes
del presente.
—¿Cómo? ¿Qué? —Tardo un instante en
reaccionar—. ¿Eso también está en esos malditos protocolos que no se cansa de
citar?
—Por supuesto. De hecho, es la
parte crucial de esos protocolos.
—Ya veo.
—Durante los primeros milenios,
ustedes y sus descendientes deberán ser cautelosos. Al menos, hasta estar
seguros de que los blancos fueron realmente aniquilados. Más adelante, será
necesario orientar la diáspora estelar de esa humanidad del Carbonífero de
manera que no interfiera con el progreso futuro de la gente de allá arriba. Los
protocolos que ya está maldiciendo sin conocer prevén la fusión de la población
del nódulo ejecutor de los biosfericidios con las poblaciones de los demás.
—Para elevar nuestra masa crítica y
aumentar la diversidad poblacional.
—Exacto. Entonces, otra posibilidad
es que reciban la convocatoria para fusionarse al nódulo ejecutor. —Suspira
hondo antes de proponer—. Y bien, ¿lista para iniciar las inspecciones en las
bases e instalaciones camufladas por todo el sistema?
—Qué remedio…
Douglas regresó a
su presente ayer por la tarde, después de un mes dedicado al traspaso de
funciones.
Las inspecciones que realizamos
juntos podrían haberse hecho perfectamente por holopresencia, si los protocolos
–que ahora conozco de memoria– no lo prohibieran.
Por eso, en este último mes viajé
más por el Sistema Solar que en todos mis siglos de vida anteriores.
Descendimos hasta el fondo del Kraken, uno de los mares de metano de Titán;
inspeccionamos bases excavadas en tres núcleos cometarios; bajamos al infierno
sulfúrico de Phoebe Regio en Venus para revisar un hangar blindado contra las
inclemencias hiperbáricas del planeta; verificamos el estado de otros dos
hangares de sondas camuflados bajo los géiseres de dióxido de azufre de Ío;
penetramos en el interior de trece asteroides excéntricos inflados a fuerza de
detonaciones termonucleares; visitamos instalaciones camufladas en los anillos
de Saturno; inspeccionamos el Complejo Melkor, oculto en el interior de la
fotosfera solar; y aun hubo tiempo para que me familiarizara con escorpiones
gigantes (Pulmonoscorpius kirktonensis), ciempiés de casi tres metros de
longitud (Arthropleura armata) y otros representantes de la fauna
sobredimensionada del Carbonífero.
Según lo establecido en nuestros
protocolos, Doug tuvo que efectuar la translación temporal inconsciente. En
cuanto alcanzó su quandónde de destino, antes de ser reanimado, fue
sometido a una edición de memoria cuidadosa para borrar todos los recuerdos
relacionados con el Proyecto Semper Paratus. Tal como me sucederá a mí
algún día, cuando decida regresar al presente, una vez cumplido el período
mínimo de tres años. Dos años, trescientos sesenta y cuatro días, ahora.
El problema es que, igual que Doug,
me siento pésimo con la idea de que me editen los recuerdos.
Ah, los extremos que nos vemos
obligados a soportar en nombre de la humanidad.
Ojalá nunca tenga
que emitir la orden fatídica que determine la extinción de la biosfera que
daría origen a una especie racional. Porque no se trata de eliminar una sola
especie alienígena enemiga, sino de obliterar todos los seres vivos de una
biosfera planetaria compleja.
Sin embargo, si llega el momento,
espero tener que ordenar la obliteración de una única biosfera planetaria, y no
de varias.
Antes de la partida de Douglas, me
sometieron a una batería de vivencias psicointeractivas aceleradas para probar
mis reacciones ante lo inevitable. En cierto modo –al menos en un entorno
simulado, por más detallado y realista que fuera, incluso más que la realidad–
yo ya aniquilé la biosfera del planeta natal de los elfos. Así como los mundos
originales de los demigods, de los xantofílicos y de los coprófagos. En
esas performances descubrí que cumplir con el deber no nos exime del pesar ni
del sentimiento de culpa.
Por eso, hasta cierto punto, sé de
lo que hablo cuando afirmo que será mucho peor si no sé qué híper civilización
perpetró la extinción de la humanidad. Porque, en ese caso, me veré obligada a
jugar sobre seguro y ordenar la aniquilación de las biosferas en las que
evolucionaron las diecisiete especies líderes de la Égida. Si ese peor absoluto
llega a ocurrir, me convertiré en la mayor genocida de la periferia galáctica.
Mientras ruego que esa hipótesis
absurda no se concrete, trabajo en mantener mi cordura y convivo serenamente
con mis peores pesadillas.
Gerson Lodi-Ribeiro es un escritor brasileño de ciencia ficción, con títulos en Ingeniería Electrónica y Astronomía por la UFRJ. Sus primeros cuentos aparecieron en fanzines como Boletim Antares y Somnium en la década de 1980, pero su debut profesional como escritor se dio, de hecho, con la noveleta “Alienígenas Mitológicos”, publicada en la edición brasileña de la Isaac Asimov Magazine n.º 15. En el n.º 25 de la misma revista también publicó “A Ética da Traição” (1993), un cuento largo del subgénero de historia alternativa que también apareció en la revista semiprofesional francesa Antarès—Science Fiction sans Frontieres, y en la antología O Atlântico Tem Duas Margens (1993). Esta obra es reconocida como un clásico moderno de la ciencia ficción brasileña. En 1996, Lodi-Ribeiro recibió el Premio Nova al Mejor Trabajo de Ciencia Ficción y Fantasía por O Vampiro de Nova Holanda y, en 1999, el Premio Nautilus a la Mejor Noveleta por A Filha do Predador, escrita bajo el seudónimo de Daniel Alvarez y publicada ese mismo año en el fanzine Intrepid. El autor también recibió el Premio Argos Especial por el conjunto de su obra y, en 2012, el Premio Argos al Mejor Novela de Ciencia Ficción y Fantasía por A Guardiã da Memória. En 2018 volvió a recibir el Premio Argos a la Mejor Novela de Ciencia Ficción y Fantasía por Octopusgarden. Entre 2004 y 2010, el autor trabajó en el desarrollo del universo ficcional del juego Taikodom. En abril de 2009 se publicó el libro Taikodom: Crônicas por Devir Livraria. Entre sus últimas obras publicadas pueden citarse Estranhos no Paraíso (novela, 2015), la ya citada novela Octopusgarden (2017) y Pecados Terrestres (novela corta, 2022).

