Mostrando entradas con la etiqueta Gerson Lodi-Ribeiro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gerson Lodi-Ribeiro. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de enero de 2026

SIEMPRE PREPARADOS

Gerson Lodi-Ribeiro

 

Esta no es la primera travesía temporal en la que parto con destino ignorado. Ni mucho menos.

En mis siglos de trabajo en Contingencias Retrotemporales, hubo ocasiones en las que tuve que desplazarme al futuro para someterme a sesiones de debriefing. Siempre que una agente es trasladada a un quandónde que constituye futuro para ella, existe todo un conjunto de reglas y procedimientos destinados a evitar que tome conocimiento de hechos que no debería saber y cuya simple consciencia podría generar anacronismos al regresar a su tiempo base.

Sin embargo, esta es mi primera travesía retrotemporal a ciegas. Porque Clío me garantizó que sería enviada al pasado para cumplir una misión de largo aliento; clasificación de sigilo: secreta. Nada nuevo en ese sentido, ya que los viajes al pasado son la norma en la CRT. Las travesías hacia el futuro, en cambio, constituyen la excepción.

De todos modos, me resulta extraño no recibir ningún tipo de instrucción que me oriente respecto de esta misión misteriosa. Aunque no es la primera vez que tropiezo con rarezas en mi trabajo en Contingencias.

¿Qué tan profundo será el salto al pasado esta vez? A juzgar por lo visto, solo lo sabré cuando llegue.

La curiosidad me provoca ansiedad al ingresar en la cabina de translación. El hecho de no portar dispositivos especiales ni vestimenta de época es señal de que seré recibida en alguna base estanca, donde se me proveerán los suministros y utensilios necesarios para cumplir la misión. Trasladarme así, desprovista, me hace sentir insegura y vulnerable.

—Habrá gente nuestra para recibirla en su destino —se despide Clío con una expresión estoica digna de la Gran Esfinge de Guiza grabada en su rostro, por lo general imperturbable.

La translación en sí resulta tan anticlimática como de costumbre. En un milisegundo estoy dentro del cálido y penumbroso interior de la cabina transparente, contemplando el semblante inescrutable de Clío del otro lado; en el siguiente, me encuentro de pie en el centro de un claro rodeado de helechos gigantescos y otros exuberantes fetos arbóreos.

Tras un breve instante de desorientación, recupero la compostura y comienzo a analizar el entorno.

Frente a mí, a unos diez metros de distancia, observo a un sujeto alto, de hombros anchos, piel oscura y cabello corto, vestido con el uniforme negro integral de los cronoperativos, representantes del brazo militar de la CRT.

—Bienvenida, Ártemis —dice mi supuesto anfitrión con una sonrisa radiante—. Soy Douglas, comandante de este nódulo del Proyecto Semper Paratus.

—¿Siempre preparado? —un escalofrío de pánico recorre mi médula ante la primera sospecha del significado último de esa expresión latina.

—Aquí abajo preferimos “siempre listos” —responde con otra sonrisa—. Usted es especialista en Europa grecorromana, ¿verdad?

—Lo soy. —Escruto su fisonomía plácida y juvenil con mis rutinas de análisis conductual en busca de indicios de una trampa—. ¿Douglas, de Contención de Paradojas?

—Trabajé allí. Ahora dirijo este nódulo. Por cierto, puede llamarme Doug.

—Está bien, Doug —asiento, más que recelosa—. ¿Su compañera Antonia está aquí con usted?

—Hasta donde sé, Tony sigue activa en Contención. —Hace un gesto tácito de disculpa—. No recibimos muchas noticias de los amigos aquí abajo.

—¿Y qué quandónde es este “aquí abajo”?

—Pasado remoto, querida.

—¿Qué tan remoto? —abro los ojos al captar la aproximación veloz de dos siluetas de aves rapaces que se lanzan sobre nosotros en vuelo rasante.

Entonces noto que no son águilas ni halcones, sino libélulas monstruosas con casi un metro de envergadura. La vibración de sus alas produce un zumbido intenso.

En el último instante posible, un rayo rojo disparado desde atrás impacta en la forma alargada de una de las libélulas gigantes, derribándola. La otra gira en el aire y se aleja a toda velocidad.

—No se preocupe, Ártemis —Doug hace una reverencia supuestamente tranquilizadora—. Estamos seguros en este claro.

—¿Seguros? —Me llevo las manos a la cintura y resoplo sin disimular la indignación—. ¿En este maldito safari mesozoico?

—Eh… no exactamente —me mira incómodo—. Para empezar, no estamos en el Mesozoico.

—¿Ah, no? —señalo a la libélula agonizante sobre el suelo musgoso—. ¿Y esta cosa?

Meganeura.

—¿Qué?

—La especie de esa libélula supervitaminada que intentó atacarnos.

—Humm —observo al bicho, ahora inerte. Mi neuroimplante heurístico indica que tiene ochenta y un centímetros de envergadura—. Esos insectos gigantes aparecieron antes de los dinosaurios, ¿cierto?

—Exacto.

—Vamos, Doug. ¿Cuándo estamos?

—Período Carbonífero. Trescientos treinta millones de años antes de la Era Común.

—Carajo —silbo, impresionada—. Todavía no hay dinosaurios.

—Ni rastro de ellos —se encoge de hombros—. Solo unos pequeños reptiles que, por cierto, sirven de aperitivo para las meganeuras.

—De acuerdo —suspiro—. ¿Estoy donde creo que estoy?

—Depende, Ártemis —esboza una sonrisa cauta—. ¿Dónde cree que está?

—Espero no estar en una base secreta instalada en el pasado remoto. —Otro escalofrío, más intenso—. Parte de un complejo capaz de tomar represalias definitivas si una o más híper civilizaciones alienígenas de la Égida deciden extinguir a la humanidad en el presente de allá arriba.

—Lamentablemente, está más o menos en un lugar así.

—No entiendo qué papel espera la CRT que asuma en este proyecto. Soy historiadora, agente de campo, no una operativa de Contención de Paradojas.

—¿Su papel? —me mira con seriedad—. Usted fue designada para reemplazarme. Será la nueva comandante de este nódulo del Semper Paratus. Para eso no necesitamos una cronoperativa, sino una agente de campo competente.

—¿Yo? —Miro con desconfianza los helechos que rodean el claro; hace poco juraría haber visto algo moverse—. No me ofrecí como voluntaria para esta misión.

—Así funciona —asiente con aire piadoso—. Nadie se ofrece para misiones de esta naturaleza. Y hay una razón simple: salvo Clío, nadie allá arriba sabe que este proyecto existe.

—No es del todo cierto. He oído rumores.

—Rumores, sí —asiente pensativo—. Funcionan como medidas disuasorias para persuadir a estrategas alienígenas hostiles de que su civilización sufriría consecuencias existenciales catastróficas si intentaran dominarnos u obliterarnos. Claro que, cuando un diplomático alienígena nos pregunta al respecto, negamos categóricamente su veracidad.

—Eso lo entiendo.

—Pero aún no digiere que haya sido usted la elegida.

—Esa vieja traicionera.

—No culpe a Clío. Primero, porque fueron las conciencias artificiales senior de la CRT las que la seleccionaron. Segundo, porque la propia Vieja cumplió una misión similar durante más de medio siglo en un nódulo de represalia.

—¿O sea que no puedo rechazar?

—No sé los términos de su juramento, pero yo no pude.

—Mierda —murmuro, desolada.

—La buena noticia es que en tres años podrá solicitar el envío de un sustituto.

—Claro… —niego con la cabeza—. ¿Cuánto tiempo lleva aquí abajo?

—Catorce años, diez meses y diecinueve días.

—Hmm… Entonces no basta con pedir la sustitución.

—En absoluto. Tras los tres años, basta con pedirla. Yo lo hice la semana pasada y aquí está usted.

—No entiendo por qué se quedó tanto tiempo.

—No fue por gusto —me dedica una mirada enigmática—. Tranquila, le explicaré todo durante el período de traspaso de funciones. Créame: las cosas aquí son más simples de lo que parecen.

—Ah, sí… —cuando intento formular una respuesta mordaz, un animal cuadrúpedo enorme, de cola larga y aspecto reptiliano, irrumpe corriendo hacia nosotros.

—¿Qué es eso? —giro instintivamente, intentando interponerme entre el cronoperativo y el depredador.

—Tengo el placer de presentarle al eryops —Doug se inclina teatralmente, imperturbable ante el ataque inminente—. La cima de la cadena alimentaria de los ecosistemas terrestres del Carbonífero.

—¡Haga algo! —grito detrás de él cuando el eryops está a unos doce metros.

—Mantenga la calma —Doug alza la mano derecha, abierta. Sin duda, a punto de conjurar el mismo aparato que abatió a la meganeura minutos atrás—. Creo que sé qué es lo que nuestro amigo quiere.

Me quedo detrás de él. El depredador anfibio es más robusto y rechoncho que los cocodrilianos de allá arriba, con los que ya me crucé tanto en el Egipto ptolemaico de comienzos de la Era Común como en un viaje de vacaciones a la Amazonia de mi propio quandónde. En lugar de la coraza de escamas dorsales típica de los yacarés y cocodrilos actuales, el animal frente al cronoperativo exhibe la piel rugosa de un sapo toro. Pese a su dentadura formidable, esa cabezota me recuerda un poco a la de un sapo. Aunque es posible que piense así solo porque sé que es anfibio.

El eryops reduce la velocidad hasta detenerse a dos metros de nosotros. Entonces abre su boca enorme y engulle el cadáver de la libélula gigante, masticándolo y tragándolo con un vigor impresionante.

Observo a la bestia por encima del hombro del cronoperativo a quien, al parecer, me veré obligada a reemplazar.

Un minuto después, terminado el festín, no queda ni rastro: ni siquiera las alas de la meganeura para contar la historia.

Saciado, el eryops da media vuelta y se retira del claro con pasos arrastrados, sin dedicarnos la menor atención.

—Vamos, Ártemis —Doug señala hacia una escotilla que acaba de volverse visible entre dos salientes rocosas—. Debe de estar explotando de curiosidad.

—No tanto. Estoy en estado de shock. —Suelto una risita nerviosa—. Todavía ni siquiera tengo preguntas.

De repente siento un mareo extraño.

—¿Qué pasa, querida? —Avanza y me toma del antebrazo, sosteniéndome hasta que recupero el equilibrio.

—No sé. Un aturdimiento raro. —Con las piernas flojas, estiro la mano y me apoyo en su hombro izquierdo—. Casi como si estuviera borracha. —Me da un acceso de tos—. Una quemazón justo aquí. —Me llevo la mano al esternón.

—Relájese —Doug me sujeta del brazo—. Está hiperoxigenada.

—¿Qué?

—Es normal. Esta atmósfera es un sesenta y cinco por ciento más rica en oxígeno que la de allá arriba. Vamos a entrar en el refugio subterráneo. La conciencia artificial que gestiona esta instalación reprogramará su metabolismo en un instante.

—¿Oxígeno? —balbuceo, definitivamente mareada.

—Eso. De hecho, el alto contenido de oxígeno es lo que permite la aparición de artrópodos gigantes como la meganeura.

 

—Me resistí bastante a pedir un sustituto porque no me sentía cómodo con la idea de que me editaran la memoria —me aclara Doug apenas nos acomodamos en sillones dentro de la sala de las estrechas instalaciones de este nódulo, después de mi recalibración metabólica en la enfermería—. Pero tras casi quince años aquí abajo, pesó más el deseo de reintegrarme al contexto cultural de la humanidad de mi propia época.

—Edición de memoria —pronuncio la expresión despacio, como si las palabras me quemaran el paladar.

—Sí. —Me contempla con la resignación de quien ya pasó mucho tiempo pensando en eso—. Al fin y al cabo, ¿cómo cree que la CRT consigue mantener en secreto la existencia de los nódulos de represalia?

—¿Cuántos nódulos de esos existen?

—Hasta donde sé, el Proyecto Semper Paratus comprende al menos tres complejos o nódulos. Uno en el Precámbrico profundo; este, aquí, en el Carbonífero; y un tercero en Valles Marineris, en el planeta rojo de hace mil millones de años. En cuanto a este complejo en particular, la mayoría de las instalaciones en la Tierra son subterráneas, porque no queremos llamar la atención de sondas alienígenas durante visitas eventuales al Sistema Solar.

—No entiendo por qué tanta precaución, si las híper civilizaciones alienígenas que frenan nuestra expansión estelar allá en el presente todavía no existen aquí abajo.

—Es cierto —asiente Doug, circunspecto—. Sus precursores ancestrales aún no evolucionaron hacia la racionalidad. Pero, aun así, conviene precaverse de lo que pueda existir en la vecindad solar.

—El rumor que escuché allá arriba decía que, una vez recibida la mala noticia de la extinción de la humanidad, el nódulo activado iniciaría la construcción de arsenales y astilleros orbitales para fabricar las sondas estelares capaces de concretar nuestro contraataque.

—En rigor, no sería un contraataque, sino un ataque preventivo, ya que se iniciaría para neutralizar una amenaza existencial en curso. —Doug se aferra a filigranas terminológicas de la misión que intenta transferirme; tarea no siempre simple en cuestiones que implican bucles retrotemporales—. Pero lo importante es que las bases orbitales y planetarias ya están listas y camufladas por todo el Sistema Solar.

—Espere un momento. Eso significa que… —boquiabierta, tardo un instante en concluir lo obvio—. ¿Cuánta gente hay aquí abajo?

—Solo puedo responder por este nódulo.

—Entonces responda por este.

—Mil doscientos treinta y siete humanos orgánicos en estado de animación suspendida. Trescientas quince conciencias artificiales, la mayoría en estasis. Además, cuarenta y dos agentes despiertos distribuidos por las bases orbitales e instalaciones de superficie, por decirlo así. La mayor parte de ese personal en disponibilidad inmediata se encuentra ahora mismo fuera de la Tierra.

—No imaginaba que hubiera tanta gente aquí abajo.

—Si lo piensa bien, no es un número tan alto, considerando la naturaleza de nuestra misión.

—¿No acaba de decir que las instalaciones de ataque preventivo ya están listas?

—Todo el aparato ofensivo está en estado de disponibilidad —asiente Doug—. De acuerdo con los protocolos ejecutivos, si algún día deja de recibir informes horarios de rutina desde allá arriba durante más de veinticuatro horas; si recibe la noticia de que la humanidad sufrió un ataque existencial; o si recibe comunicaciones que nuestras C.A. no identifiquen como de procedencia humana, deberá inicializar el proceso de represalia. Sondas estelares autoconscientes partirán del Sistema Solar y de otros puntos hacia los planetas bióticos que, en un futuro remoto, albergarán las biosferas en las que las especies atacantes evolucionaron.

—Dependiendo del blanco, el ataque solo se iniciará decenas de milenios más tarde —murmuro casi para mí—. Obviamente, nuestras sondas cargadas con ojivas de antimateria –y solo el Espíritu Galáctico sabe qué más– atravesarán el espaciotiempo einsteiniano a velocidades cercanas a la de la luz. Pero, como dicta la premisa estratégica gastada: tendremos todo el tiempo del universo para desatar nuestra venganza.

—Nuestra represalia. —Doug esboza una sonrisa feroz—. Pero sí. La idea es esa.

—De acuerdo. Pero todavía no entiendo por qué tanta gente. ¿Los sistemas de armas y de control no son todos automáticos?

—Lo son —otra sonrisa, más suave—. En teoría, usted podría desencadenar los biosfericidios de las diecisiete híper civilizaciones que lideran la Égida prácticamente sola.

—Si es así, entonces por qué…

—¿Tanta gente? —Su expresión se vuelve de pronto grave—. Ártemis, si ocurre lo peor, después de liberar las sondas biosfericidas es cuando comenzará la parte más importante de su misión.

—¿Cómo que la parte más importante? ¿La misión no es impedir que existan antes de que evolucionen para exterminarnos?

—Desde luego: eliminar las amenazas existenciales en sus semilleros. Pero… ¿y después?

—Después, yo y los demás podremos relajarnos, tranquilos por haber asegurado la supervivencia de la humanidad.

—Sí. Solo que no podrán regresar al presente.

—Lo sé. Porque la humanidad que estaría allá arriba sería otra distinta de la nuestra. Una humanidad que habría establecido su civilización cósmica sin la especie o especies que nos habrían atacado. Es posible que esa otra humanidad acabe enfrentándose a otras alianzas de civilizaciones alienígenas, algo similar a la Égida.

—Es posible. Pero lo más importante es que deben tener en mente que nada allá arriba volverá a importarles.

—Una idea desoladora.

—Coincido —asiente—. Pero no vivirán sin propósito aquí abajo. Tendrán que restablecer las bases de la civilización humana en el Sistema Solar de trescientos millones de años antes del presente.

—¿Cómo? ¿Qué? —Tardo un instante en reaccionar—. ¿Eso también está en esos malditos protocolos que no se cansa de citar?

—Por supuesto. De hecho, es la parte crucial de esos protocolos.

—Ya veo.

—Durante los primeros milenios, ustedes y sus descendientes deberán ser cautelosos. Al menos, hasta estar seguros de que los blancos fueron realmente aniquilados. Más adelante, será necesario orientar la diáspora estelar de esa humanidad del Carbonífero de manera que no interfiera con el progreso futuro de la gente de allá arriba. Los protocolos que ya está maldiciendo sin conocer prevén la fusión de la población del nódulo ejecutor de los biosfericidios con las poblaciones de los demás.

—Para elevar nuestra masa crítica y aumentar la diversidad poblacional.

—Exacto. Entonces, otra posibilidad es que reciban la convocatoria para fusionarse al nódulo ejecutor. —Suspira hondo antes de proponer—. Y bien, ¿lista para iniciar las inspecciones en las bases e instalaciones camufladas por todo el sistema?

—Qué remedio…

 

Douglas regresó a su presente ayer por la tarde, después de un mes dedicado al traspaso de funciones.

Las inspecciones que realizamos juntos podrían haberse hecho perfectamente por holopresencia, si los protocolos –que ahora conozco de memoria– no lo prohibieran.

Por eso, en este último mes viajé más por el Sistema Solar que en todos mis siglos de vida anteriores. Descendimos hasta el fondo del Kraken, uno de los mares de metano de Titán; inspeccionamos bases excavadas en tres núcleos cometarios; bajamos al infierno sulfúrico de Phoebe Regio en Venus para revisar un hangar blindado contra las inclemencias hiperbáricas del planeta; verificamos el estado de otros dos hangares de sondas camuflados bajo los géiseres de dióxido de azufre de Ío; penetramos en el interior de trece asteroides excéntricos inflados a fuerza de detonaciones termonucleares; visitamos instalaciones camufladas en los anillos de Saturno; inspeccionamos el Complejo Melkor, oculto en el interior de la fotosfera solar; y aun hubo tiempo para que me familiarizara con escorpiones gigantes (Pulmonoscorpius kirktonensis), ciempiés de casi tres metros de longitud (Arthropleura armata) y otros representantes de la fauna sobredimensionada del Carbonífero.

Según lo establecido en nuestros protocolos, Doug tuvo que efectuar la translación temporal inconsciente. En cuanto alcanzó su quandónde de destino, antes de ser reanimado, fue sometido a una edición de memoria cuidadosa para borrar todos los recuerdos relacionados con el Proyecto Semper Paratus. Tal como me sucederá a mí algún día, cuando decida regresar al presente, una vez cumplido el período mínimo de tres años. Dos años, trescientos sesenta y cuatro días, ahora.

El problema es que, igual que Doug, me siento pésimo con la idea de que me editen los recuerdos.

Ah, los extremos que nos vemos obligados a soportar en nombre de la humanidad.

 

Ojalá nunca tenga que emitir la orden fatídica que determine la extinción de la biosfera que daría origen a una especie racional. Porque no se trata de eliminar una sola especie alienígena enemiga, sino de obliterar todos los seres vivos de una biosfera planetaria compleja.

Sin embargo, si llega el momento, espero tener que ordenar la obliteración de una única biosfera planetaria, y no de varias.

Antes de la partida de Douglas, me sometieron a una batería de vivencias psicointeractivas aceleradas para probar mis reacciones ante lo inevitable. En cierto modo –al menos en un entorno simulado, por más detallado y realista que fuera, incluso más que la realidad– yo ya aniquilé la biosfera del planeta natal de los elfos. Así como los mundos originales de los demigods, de los xantofílicos y de los coprófagos. En esas performances descubrí que cumplir con el deber no nos exime del pesar ni del sentimiento de culpa.

Por eso, hasta cierto punto, sé de lo que hablo cuando afirmo que será mucho peor si no sé qué híper civilización perpetró la extinción de la humanidad. Porque, en ese caso, me veré obligada a jugar sobre seguro y ordenar la aniquilación de las biosferas en las que evolucionaron las diecisiete especies líderes de la Égida. Si ese peor absoluto llega a ocurrir, me convertiré en la mayor genocida de la periferia galáctica.

Mientras ruego que esa hipótesis absurda no se concrete, trabajo en mantener mi cordura y convivo serenamente con mis peores pesadillas.

Gerson Lodi-Ribeiro es un escritor brasileño de ciencia ficción, con títulos en Ingeniería Electrónica y Astronomía por la UFRJ. Sus primeros cuentos aparecieron en fanzines como Boletim Antares y Somnium en la década de 1980, pero su debut profesional como escritor se dio, de hecho, con la noveleta “Alienígenas Mitológicos”, publicada en la edición brasileña de la Isaac Asimov Magazine n.º 15. En el n.º 25 de la misma revista también publicó “A Ética da Traição” (1993), un cuento largo del subgénero de historia alternativa que también apareció en la revista semiprofesional francesa Antarès—Science Fiction sans Frontieres, y en la antología O Atlântico Tem Duas Margens (1993). Esta obra es reconocida como un clásico moderno de la ciencia ficción brasileña. En 1996, Lodi-Ribeiro recibió el Premio Nova al Mejor Trabajo de Ciencia Ficción y Fantasía por O Vampiro de Nova Holanda y, en 1999, el Premio Nautilus a la Mejor Noveleta por A Filha do Predador, escrita bajo el seudónimo de Daniel Alvarez y publicada ese mismo año en el fanzine Intrepid. El autor también recibió el Premio Argos Especial por el conjunto de su obra y, en 2012, el Premio Argos al Mejor Novela de Ciencia Ficción y Fantasía por A Guardiã da Memória. En 2018 volvió a recibir el Premio Argos a la Mejor Novela de Ciencia Ficción y Fantasía por Octopusgarden. Entre 2004 y 2010, el autor trabajó en el desarrollo del universo ficcional del juego Taikodom. En abril de 2009 se publicó el libro Taikodom: Crônicas por Devir Livraria. Entre sus últimas obras publicadas pueden citarse Estranhos no Paraíso (novela, 2015), la ya citada novela Octopusgarden (2017) y Pecados Terrestres (novela corta, 2022). 

 

domingo, 23 de noviembre de 2025

TEMPORADA ALTA

Gerson Lodi-Ribeiro

 

—Conexión de Capella en la línea ansible. Es la gobernadora de los elfos en este sector de la periferia galáctica. Ya sabe lo que ellas quieren, ¿no? —El humano oye al programa maestro de la agencia susurrar dentro de su mente.

—Por desgracia. Vamos a dejarla en stand-by.

—Ella no apreciará en absoluto esa descortesía humana.

—Tal vez sirva para ablandarla un poco.

—¿Ablandar a una lady-elfo? Bueno, jefe, usted es quien manda.

El humano, alto y esbelto parpadea con la nítida impresión de que el sentido del humor del programa maestro de la agencia se está volviendo cada vez más sutil y afilado con el paso de los años.

Le pide al sistema oculto bajo el panel de roble sintético que reduzca la velocidad de transmisión de datos a su mente. Abre sus ojos azul claro y observa el paisaje desplegado en la ventana panorámica de su despacho.

Anochece en ese hemisferio de Marte. El panorama del crepúsculo rojo sobre aquellas mesetas serenas, visto desde la cima del volcán Olympus Mons, es un espectáculo incomparable en todo el Sistema Solar. Vastas llanuras rojas se extienden decenas de kilómetros en todas las direcciones, recortadas por cauces secos de ríos de un pasado muy antiguo y salpicadas aquí y allá por oasis verdes, lugares donde los trabajos de terraformación ya están avanzados.

Un alienígena que se encontrara con ese paisaje magnífico, visto desde los amplios ventanales polarizados de la oficina general de la agencia de turismo temporal, difícilmente imaginaría que se trata de una holografía ingeniosa proyectada desde el interior de la sala.

La estancia fue excavada en el núcleo de un pequeño asteroide; una roca que describe una órbita circular muy ajustada, cuyo radio es menos de una décima parte del radio de la órbita de Mercurio.

Una roca de apenas unos pocos kilómetros de longitud había sido remolcada hasta aquel lugar, donde permanece no sólo debidamente camuflada bajo el intenso flujo de la fotosfera, sino que además aprovecha una fracción sustancial de la energía incidente.

La ubicación exacta de la agencia es uno de los secretos mejor guardados de la humanidad y uno de sus pocos triunfos. Algunas civilizaciones galácticas imaginan que la agencia se encuentra en Honolulu, la capital de la Tierra. Otras creen que sus instalaciones están en la cima del volcán más grande del Sistema Solar. Apenas dos de las varias localizaciones falsas disponibles.

—¿Y entonces, Arthur? —La pregunta del programa maestro retumba en su mente, desviando su atención de la tarea que realiza con la ayuda de la otra IA. Suprime el bloqueo telepático para hacer la invasión menos dolorosa—. ¿Puede atender a la jerarca de los elfos ahora? La criatura viene mostrando señales claras de impaciencia y, sinceramente, no parece dispuesta a esperar más.

Contrariado, el humano da por concluido el diálogo que viene manteniendo con la IA residente en el panel frontal. Las actividades de rutina en la gestión de la agencia de turismo deben ser dejadas de lado una vez más en favor de las buenas relaciones diplomáticas de la humanidad con una de las civilizaciones galácticas dominantes en este sector de la periferia.

Pasa las manos por su largo cabello desordenado, intentando arreglarlo lo mejor posible. Levemente molesto, emite dos breves órdenes mentales. La primera, para que su sillón gire ciento ochenta grados, quedando frente al holotanque de comunicaciones. La segunda, para que la iluminación ambiental se atenúe bastante. La agudeza visual de los elfos es muy superior a la de los humanos sin implantes retinianos.

—¿No puede retenerla un poco más?

El programa maestro suelta una risita baja, que uno diría entre dientes, si los tuviera. Arthur sospecha que él también se está volviendo más voluntarioso a cada actualización, y a medida que los siglos pasan y los administradores humanos se suceden.

—Ella ya está harta de mi conversación. Y, a decir verdad, el sentimiento es recíproco. Amenazó con interrumpir la comunicación tres veces y está, en este preciso instante, insinuando que la demora podría llegar a tener consecuencias bastante desagradables para el progreso tecnológico de la humanidad.

—El viejo discurso de siempre. Ya sabe lo que pienso de la política de tratar a esos alienígenas con la deferencia debida a ministros plenipotenciarios del Espíritu Universal.

—Lo sé, lo sé. Dicen sus principios personales que no sirve de nada tratarlos bien, porque jamás nos proporcionarán la tecnología de los viajes hiperespaciales. Sin embargo, nosotros también tenemos algo que ellos ansían, ¿no es cierto?

—Exceptuando su tono sarcástico, eso mismo. Lo peor es que siempre soy yo quien se somete a esas sesiones de amenazas y promesas. Los resultados son invariablemente nulos. Cuando no son los elfos, son los demigods u otros alienígenas de cualquier civilización galáctica.

—Sí, pero estos elfos se han mostrado más insistentes a lo largo de este siglo. Está también la cuestión del interés religioso... Ah, en este mismo momento está profiriendo una larga serie de improperios en su idioma nativo. ¿Le gustaría una traducción simultánea?

—Muchísimas gracias. Basta de charla. Pasa la conexión.

—Con todo gusto. Diviértase.

—Quédate cerca.

—No me perdería el espectáculo por nada de este lado de la periferia galáctica.

Los elfos son una especie típicamente humanoide. Su constitución delicada es un indicio claro de que evolucionaron en un mundo de baja gravedad. Sus rostros y brazos están en general recubiertos por cortos pelillos marrones, semejantes al pelaje de un caballo. Sus orejas afiladas, peludas como las de un gato, albergan aparatos auditivos más sensibles que los humanos. En esta especie las hembras son indiscutiblemente más grandes, vigorosas y agresivas.

Los humanos bautizaron a esos seres como “elfos” por una vaga y supuesta semejanza con los elfos oscuros de la obra de Tolkien.

Unos enormes ojos rojos de lémur brillan cuando su dueña se da cuenta de que está mirando al administrador de la agencia. La gobernadora gesticula nerviosa con los seis dedos finos de la mano izquierda, haciendo un saludo descuidado, normalmente empleado por su pueblo al tratar con especies racionales subalternas.

—Por fin se dignó a comparecer. ¡Y ni siquiera es una hembra!

—¿Cómo ha estado, gobernadora? —Arthur esperaba un comentario sexista de ese tipo, tratándose de una lady-elfo—. Como Vuestra Excelencia sin duda sabe, entre los humanos los machos también desempeñan funciones de responsabilidad política y diplomática.

—Respeto las idiosincrasias de su pueblo. Sin embargo, todavía preferiría tratar directamente con una hembra humana. Nada personal, se lo aseguro.

—La señora solicitó hablar personalmente con el administrador de la agencia, ¿no es así?

—No imaginé que las humanas permitieran a sus machos ejercer un cargo así. —Los hombros estrechos de la alienígena se remueven como si sintiera incomodidad—. Pero, si usted está seguro de que está calificado para representar a su especie, vamos a lo que interesa.

—Perfectamente.

La alienígena parece tragar en seco, como preparándose para abordar un asunto embarazoso y desagradable.

—La humanidad es la única civilización conocida que domina la tecnología de los viajes temporales al pasado. Deseamos aprender con las humanas y estamos dispuestas a recompensar a su especie por las enseñanzas que nos impartan, proporcionándoles técnicas y productos que hace tiempo ambicionan.

—Nuestros dos pueblos ya han discutido ese asunto antes. En realidad, podemos decir que emprender viajes retrotemporales es un viejo anhelo de los elfos, ¿no es cierto? Un sueño casi tan antiguo como el de los humanos de aprender las técnicas que posibiliten viajes estelares a velocidades superiores a la de la luz. Pues bien, señora, los términos no han cambiado.

—Las humanas son una especie tozuda e insensata. —Las irises de los ojos de la gobernadora centellean como hierro al rojo vivo. Arthur ni siquiera necesitaría de su formación en xenopsicología aplicada para saber lo que eso significa—. Ya les dijimos que estamos impedidas de proporcionarles el vuelo hiperespacial. Todas las civilizaciones avanzadas de este sector de la periferia decidieron de común acuerdo que las especies más jóvenes de la comunidad galáctica deben desarrollar esa tecnología por sí mismas.

—Ya hemos escuchado ese discurso de boca de muchos pueblos distintos. Los que se autoproclaman “comunidad galáctica” ven el desarrollo de esa técnica como una prueba de madurez. Es sabido, sin embargo, que sólo una civilización tecnológica de cada mil parece capaz de descubrir las técnicas de navegación hiperespacial sin ayuda. Aunque existan actualmente más de treinta especies que construyen hipernaves, esta tecnología sólo fue desarrollada de forma independiente cuatro veces, de acuerdo con los registros de todas las especies civilizadas con las que hemos establecido contacto. Y, en los cuatro casos, se trató de un descubrimiento accidental. Un hallazgo difícilmente reproducible mediante un esfuerzo de investigación.

—Sus estimaciones no están lejos de la realidad. Existe, sin embargo, una lógica tras esa ley que impera desde hace cientos de miles de sus años. No nos atrevemos a permitir que la periferia sea inundada por un aluvión de especies inmaduras.

—Comprendemos su posición. A cambio, esperamos que acepten la nuestra. La tecnología del viaje retrotemporal es potencialmente muy peligrosa. Ni siquiera hace falta recordarle los riesgos implicados en la creación de paradojas temporales negativas. Los elfos saben tan bien como nosotros que una paradoja de ese tipo podría originar una serie de catástrofes de alcance cósmico.

—¿Está insinuando que mi especie no tendría la madurez para lidiar con esos riesgos y tomar providencias para evitar que ocurran?

—Lejos de mí tal idea. Sin embargo, póngase en nuestro lugar. Confieso que abrigamos temores sobre lo que podría ocurrir si una tecnología tan peligrosa como esa cayera en poder de ese aluvión de civilizaciones inmaduras que habitan nuestro sector de la periferia.

—No apreciamos las manifestaciones groseras de aquello que las humanas consideran sentido del humor.

—Lo siento muchísimo, Vuestra Excelencia.

—Mi pueblo ya contaba con esa negativa a cedernos la tecnología temporal. Sin embargo, hay otro asunto igualmente importante que deseamos tratar con usted.

Mientras presiona al administrador humano, la alienígena enrolla distraídamente un mechón de su larga cabellera pelirroja en una de las garras retráctiles de la mano derecha.

Arthur sabe que el largo del cabello constituye una excelente medida de la posición social que una lady-elfo ocupa en la jerarquía de su pueblo. Y el cabello de la gobernadora es particularmente largo, cayendo hasta la mitad de sus hombros. Se pregunta si el hecho de mantener el cabello largo no habrá confundido a la alienígena.

Ella mira al humano con una expresión que pretende ser amistosa.

—¿Es cierto que están patrocinando viajes turísticos a su pasado histórico?

—En efecto, ese tipo de servicio se está ofreciendo de forma experimental.

—¿Y podría ser contratado por no humanos?

—Sí. Ya hemos tenido varios turistas alienígenas en visita a algunos pocos eventos históricos de nuestra fase monoplanetaria.

—Algunas filósofas élficas están interesadas en asistir a un determinado evento del pasado humano.

—De acuerdo. La crucifixión de Cristo, ¿verdad?

—Exacto. ¿Cómo lo supo?

—Somos la única especie racional que creó el concepto de religión. Los alienígenas que nos visitan se muestran, en general, encantados y muy curiosos con un fenómeno socioantropológico de esa envergadura. También somos los únicos capaces de efectuar viajes al pasado. Es natural que los turistas quieran presenciar ciertos eventos cruciales in loco, para discriminar mejor los mitos de la realidad. En cuanto a la crucifixión de Cristo, parece ser el punto central de esa curiosidad morbosa, por así decirlo.

—¿Quiere decir que otros alienígenas ya han estudiado ese evento histórico?

—Ah, sí. La crucifixión es una especie de temporada alta en lo que concierne al turismo retrotemporal. A decir verdad, tuvimos algunos problemas de contención de paradojas con ese evento en particular.

—Prometemos tomar todas las medidas de seguridad posibles.

—No será necesario. La agencia Contingencias Retrotemporales, nuestra agencia madre por así decir, se encargará de la seguridad.

La gobernadora cierra lentamente sus estrechos labios correosos. Aparentemente, no contaba con una supervisión humana en las investigaciones de sus filósofas.

—Además, todos los alienígenas viajarán disfrazados de humanos y vestidos como los nativos de Jerusalén en los primeros años del Imperio Romano. Deberán también aprender los idiomas latín y arameo tal como se articulaban en la época.

—Naturalmente. No habrá ningún problema con eso, siempre que podamos contar con la orientación humana. No pretendemos de ninguna manera interferir en su pasado histórico.

—¿Cuántas estudiosas elfas irían?

—Unas cinco o seis. Nos gustaría que asistieran al evento disfrazadas de legionarias romanas.

—Eso no será posible. Las plazas para legionarios romanos ya están todas ocupadas por historiadores y arqueólogos humanos. No podemos alterar eso, dado que ellos ya han estado allí en el pasado y, efectivamente, ya han presenciado la crucifixión.

—Eso es lamentable. Bueno, debo confesar que yo misma conozco relativamente bien ese período de la historia de su pueblo. ¿Qué tal, entonces, mercaderes sirios?

—Ya tenemos siete jerarcas demigods disfrazados de mercaderes y otros quince alienígenas de cuatro especies distintas. Nuestro cupo de mercaderes sirios galácticos está completo.

—Siempre podríamos asumir el papel de campesinos o pequeños artesanos locales. Al parecer, varios centenares de ellos acompañaron el evento.

—Es verdad. Pero pocos lo presenciaron de principio a fin. Y esos pocos estaban dispersos en la multitud que siguió el cortejo de la cruz por las callejuelas de Jerusalén. Sería absurdo dispersar a un pequeño grupo de elfos en una turba de humanos semibárbaros. Sería invocar un paradoja negativa.

—Estoy dispuesta a intentar reducir el número de filósofas élficas a dos o tres, si usted me asegura los lugares de las otras dos crucificadas.

—Eso es simplemente inaceptable. No podemos andar crucificando alienígenas impunemente en nuestro pasado.

—Parece que todos los buenos lugares ya están ocupados. ¿Todavía queda alguna nativa auténtica en ese evento histórico?

—Esa misma crítica pertinente ha sido presentada por los programas autoconscientes que gestionan los viajes retrotemporales y procuran evitar la aparición de paradojas negativas.

—Se están preocupando demasiado. El Universo no es tan frágil. El continuo espaciotemporal posee un poder de cicatrización admirable. ¿Recuerda aquel incidente del Cruce del Mar Rojo?

Arthur se sorprende con el conocimiento de la lady-elfo. Un punto para el servicio de inteligencia de la representación diplomática de los elfos en el Sistema Solar.

De hecho, cuando los historiadores visitaron por primera vez el lugar espaciotemporal donde debía haberse producido el cruce del Mar Rojo, se toparon con un grupo de campesinos hebreos en fuga, liderados por un anciano que presentaba una vaga semejanza con el Moisés bíblico. Los fugitivos acabaron acorralados entre las tropas del faraón y la playa. No había salida y fueron masacrados. Los pocos supervivientes regresaron a Egipto como esclavos.

En el presente, la leyenda de la apertura de las aguas del Mar Rojo siguió sin una explicación plausible. Algunos años más tarde, otra expedición, esta vez compuesta por un equipo mixto de humanos y alienígenas, volvió al punto donde la travesía de los hebreos había fracasado. Programado de forma errónea, un generador de campo alienígena se disparó solo, formando un túnel de energía cilíndrico que conectó accidentalmente las dos orillas, por debajo de las aguas del Mar Rojo. Ávidos por un milagro, los hebreos se lanzaron al interior del túnel creado por el campo defensivo. Comprendiendo el alcance del acontecimiento, el programa maestro que coordinaba aquella visita al pasado recomendó mantener el campo energético activado hasta que los seguidores de Moisés llegaran sanos y salvos al otro lado. Y esa interferencia del futuro en el pasado generó una paradoja temporal positiva, cuya única consecuencia concreta fue el milagro conocido como la Apertura de las Aguas del Mar Rojo.

—Aquello fue distinto. Una paradoja positiva. No hubo alteración del pasado, sino un refuerzo de lo que ya estaba registrado en algunas de nuestras fuentes históricas.

La alienígena lanza una mirada fulgurante a Arthur. Un indicio claro de que está a punto de perder la calma.

—¿Y qué nos queda entonces?

El humano suspira hondo antes de responder.

—Mire, sé que pueden incluso sentirse ofendidas, pero en realidad no nos han sobrado muchas opciones. Si están de acuerdo, no tendrán que preocuparse por el arameo y el latín. Descubrimos la presencia de dos animales de tiro que arrastraban una pequeña carreta de dos ruedas, confiscada por un decurión romano que estaba de franco ese día y decidió presenciar de cerca todo el espectáculo de la crucifixión.

—¿Podríamos embarcar en ese vehículo? Pensé que una carreta era demasiado pequeña para transportar a más de una persona. No se preocupe por si nos sentimos ofendidas. Percibo que la situación es crítica y no tomaré a mal la sugerencia de que embarquemos como pasajeras de un vehículo tan primitivo.

—La sugerencia no es exactamente esa. Hace algunos años, nuestros neuropsicólogos desarrollaron una técnica segura para implantar temporalmente la conciencia de una criatura inteligente en el cerebro de un animal superior.

—¿Qué? ¿Está sugiriendo que visitemos el pasado humano embarcadas en las mentes de animales de carga? Seríamos objeto de bromas maliciosas en todo el Grupo Local hasta el fin de la Gran Expansión.

—Bueno, sé que puede parecer...

—¡Escuche bien, macho humano estúpido! Ya perdí la paciencia con su sentido del humor idiota. Si pudiera tomar sola una decisión de esa envergadura, ordenaría que el Sol fuera convertido en un agujero negro.

—Sabía que la señora se sentiría ofendida.

—Y aun así articuló su propuesta. Eso es típico de ustedes. Después preguntan por qué los consideramos inmaduros para colonizar la Vía Láctea.

La gobernadora hace un gesto brusco con la mano izquierda y el holograma se disuelve en un destello verdoso.

—Vaya, jefe, ni siquiera se despidió. Creo que esta vez se pasó un poco.

—Eso no va a alterar significativamente las relaciones entre humanos y elfos. Además, después de nuestra agradable conversación, le garantizo que nos dejarán en paz durante algunas décadas.

—En eso tiene razón —el tono del programa maestro es de alivio sincero—. Ya estaba visualizando el momento en que propondría cambiar el lugar de Jesús en la crucifixión por el secreto del vuelo hiperespacial.

—Ya hemos caído en ese cuento antes. Los demigods aseguraban que era completamente seguro. Al fin y al cabo, su agente especial convivió varios años con los nativos de la Judea precristiana. Todo parecía perfecto, ¿recuerda?

—Sólo de pensar en la multitud aterrorizada, presenciando aquella sangre azul verdosa chorreando por el cuerpo de Cristo, cruz abajo. Y en las docenas de antenas serpentinas que brotaron de la corona de espinas cuando el demigod perdió el control. Sin mencionar el tumulto y las muertes por pisoteo que se siguieron al incidente.

—Y en el trabajo que dio limpiar todo aquel desastre de los registros históricos únicamente con los recursos de que disponíamos en el pasado. Una carrera alucinada para evitar un tremendo paradoja negativa que, sin duda, barrería de la Espiral a la civilización humana tal como la conocemos.

—Sí, jefe, quizá tenga razón. El pasado humano es demasiado frágil para permitir que esos turistas alienígenas anden paseándose libremente por nuestros libros de historia.


Título original en portugués: "Alta temporal"

Traducción: Sergio Gaut vel Hartman

Gerson Lodi-Ribeiro es un escritor brasileño de ciencia ficción, con títulos en Ingeniería Electrónica y Astronomía por la UFRJ. Sus primeros cuentos aparecieron en fanzines como Boletim Antares y Somnium en la década de 1980, pero su debut profesional como escritor se dio, de hecho, con la noveleta “Alienígenas Mitológicos”, publicada en la edición brasileña de la Isaac Asimov Magazine n.º 15. En el n.º 25 de la misma revista también publicó “A Ética da Traição” (1993), un cuento largo del subgénero de historia alternativa que también apareció en la revista semiprofesional francesa Antarès—Science Fiction sans Frontieres, y en la antología O Atlântico Tem Duas Margens (1993). Esta obra es reconocida como un clásico moderno de la ciencia ficción brasileña. En 1996, Lodi-Ribeiro recibió el Premio Nova al Mejor Trabajo de Ciencia Ficción y Fantasía por O Vampiro de Nova Holanda y, en 1999, el Premio Nautilus a la Mejor Noveleta por A Filha do Predador, escrita bajo el seudónimo de Daniel Alvarez y publicada ese mismo año en el fanzine Intrepid. El autor también recibió el Premio Argos Especial por el conjunto de su obra y, en 2012, el Premio Argos al Mejor Novela de Ciencia Ficción y Fantasía por A Guardiã da Memória. En 2018 volvió a recibir el Premio Argos a la Mejor Novela de Ciencia Ficción y Fantasía por Octopusgarden. Entre 2004 y 2010, el autor trabajó en el desarrollo del universo ficcional del juego Taikodom. En abril de 2009 se publicó el libro Taikodom: Crônicas por Devir Livraria. Entre sus últimas obras publicadas pueden citarse Estranhos no Paraíso (novela, 2015), la ya citada novela Octopusgarden (2017) y Pecados Terrestres (novela corta, 2022). 

TRES VENTANAS