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sábado, 21 de marzo de 2026

INSOMNIO

Ivana Gavrić

 

Estoy acostada en la cama. Hace rato que ya pasó la medianoche. Estoy cansada. Ha sido un día agotador. Un entrenamiento extenuante al comienzo de cada jornada, sin falta, seguido de ocho horas de trabajo intenso en la oficina. Entrada de datos, reuniones, información importante y registros que siempre deben enviarse a tiempo y en la dirección correcta. A veces tengo que memorizar montones de números y nombres, y luego introducirlos en la base de datos en ese mismo orden. A veces tomar notas simplemente no ayuda, no llego a escribir todo, así que he entrenado mi memoria rápida. Eso me salva y me ahorra tiempo. Y así todos los días. Desde hace años...

Y aquí estoy, una vez más, pasando por lo mismo. El cuerpo está agotado, pero la mente está tensa, desbordada, imposible de detener. No se calma. En cuanto cierro los ojos, empiezo a pensar en los escenarios más diversos, que no han sucedido y probablemente nunca sucederán. Y solo me doy cuenta de ello al día siguiente.

Curiosamente, al día siguiente ni siquiera pienso en esas cosas. Ni por un segundo me vienen a la mente esos peores escenarios posibles que me atormentan casi todas las noches.

Justo esta noche, se me ocurrió una idea brillante en el momento en que desde el departamento de arriba llegaban unos golpes. Mi vecino decidió ponerse a hacer arreglos en plena madrugada. Los golpes continúan y son cada vez más fuertes... «¿Y si rompe el suelo y el techo se me viene encima y me aplasta?» Me aferro a ese pensamiento y empiezo a imaginar ese escenario con pánico, como si fuera posible.

Y, por supuesto, durante el día todas esas premoniciones oscuras son simplemente imposibles, incluso suenan ridículas, pero por la noche... Siento como si cada noche todo el peso del mundo cayera sobre mis hombros. Y solo yo, con mi vigilia, puedo evitar la catástrofe.

Y todo eso es ansiedad, lo sé. Llevo tiempo trabajando para resolver ese problema, y me sorprendió descubrir cuánta gente padece lo mismo. Pero… hay algo más...

Entonces mis pensamientos empiezan a desviarse en direcciones aún más ilógicas...

Como esta noche. Oigo un crujido que viene de algún lugar de la casa. «Cosas viejas, muebles viejos, Ivana, es normal, eso siempre pasa», me digo en mis pensamientos para tranquilizarme. Pero entonces mi mente empieza a hacerme preguntas lógicas que me erizan cada pelo del cuerpo: ¿cómo es que esto solo se oye por la noche? Durante el día, cuando a veces te recuestas, cuando te tranquilizas, esos sonidos no están... ¿Cómo es eso? ¿Por qué?...

Cuando mi mente me lleva por esos caminos durante la noche, con toda seguridad no vuelvo a dormir hasta el amanecer. Y justo cuando empiezo a convencerme de que ya pasó, de que no es nada, de que seguro solo me lo imaginé, y cuando comienzo a tranquilizarme y a caer en ese primer sueño, tan tenue, lo vuelvo a oír. Ahora está más cerca, más aterrador. Y entonces estoy perdida. Completamente despierta. Escucho atentamente, sin moverme. Tengo miedo. Me invade ese miedo paralizante. Cada célula de mi cuerpo grita alarma, algo peligroso no está bien, ahí, en mi habitación. La atmósfera de la casa ha cambiado. La temperatura en la habitación parece haber bajado al menos dos grados. Y no, no me atrevo a moverme, porque de pronto empiezo a recordar... Como una regla que surge de quién sabe qué rincón olvidado de la memoria: si me muevo, eso me notará, y entonces sí que estaré perdida.

Así que me quedo acostada, escuchando, casi inmóvil, apenas respirando. No abro los ojos porque siento que eso me está observando. Y espera. Solo espera a que cometa un error, que haga el más mínimo ruido o movimiento y así delatarme. Pero soy más inteligente. Todo esto me resulta muy familiar. Esto ya sucedió una vez. No, no una vez... muchas veces. Pero no logro recordarlo con claridad...

Y esa noche, como todas las anteriores hasta entonces, me dormí al amanecer, cuando ya empezaba a clarear. La luz del día trae consigo la victoria y la seguridad. Pero, por desgracia, en apenas una hora y quince minutos tengo que despertarme y empezar el día. Ya estoy al límite de mis fuerzas.

Y justo hoy, mientras introduzco nuevamente secuencias absurdas de números y letras en la computadora, de repente me cruza la mente un pensamiento, un recuerdo. Sí... De niña tenía mucho miedo a la oscuridad. Como cualquier niño. Y recuerdo bien que esa oscuridad tenía forma, estaba viva. Se movía. Y también hacía ruido por la noche, un ruido que evidentemente solo yo escuchaba. Abría las puertas del armario, proyectaba sombras extrañas en el suelo y en las paredes jugando con la luz que entraba desde afuera. Y estoy casi segura de que lo vi entonces, más de una vez. Vi a esa criatura de la oscuridad, pero ahora no logro recordar cómo era...

Y en ese momento se me ocurre una idea. Buscaré más información en internet. Escribo “miedo a la oscuridad en niños” y aparecen un montón de páginas, todas más o menos con el mismo contenido, y cada una comienza con la misma introducción: el miedo a la oscuridad es un miedo natural y funcional, dado evolutivamente. Cuando existe en una forma racional para nosotros, cumple una función protectora. Surge del hecho de que en la oscuridad nuestro sentido de la vista está disminuido...

Recordé cómo mi madre y mi padre me decían que tenía demasiada imaginación, que todo lo inventaba, que me lo imaginaba, que no había nada allí, que estábamos más seguros en nuestra casa, en nuestra cama. Pero ellos no entendían, no querían escucharme. Eso aparecía cuando todos se dormían. Entonces, igual que ahora, me invadía ese miedo paralizante y me quedaba horas tumbada en la cama, en la oscuridad de mi habitación, con los ojos cerrados, mientras mi oído se agudizaba hasta límites incomprensibles. Tenía la sensación de que podía oír incluso a un gato saltando desde un contenedor en la calle.

Seguí leyendo un sitio interesante sobre el miedo a la oscuridad en niños cuando llegué a casa. Parecía que la persona era muy experta en trabajar con niños o que escribía desde su propia experiencia, sus recuerdos. Todo niño teme lo que hay debajo de la cama o en el armario, decía. O quizá esa pequeña rendija en la puerta casi cerrada. Los científicos saben que los niños ven lo que los adultos ya no pueden. Ven cosas que a los adultos se les escapan. Todavía no están condicionados a aceptar solo lo que la sociedad quiere que acepten. Ellos ven lo que realmente existe. Ven monstruos… Dra. Amalija Prodanović, pedagoga especial y asesora CBT, su psicóloga, contacto para consulta presencial al número 064442…, contacto para consulta en línea al correo amalijaprodanovic@…

«¿Por qué no?», pensé.

 

La consulta era luminosa. Demasiado luminosa, incluso. Estaba sentada frente a ella. Sobre la mesa había una placa con su nombre: Dra. Amalija Prodanović — Psiquiatra.

Su voz era tranquila, el tono entrenado. Tenía una manera de tratar que hacía parecer que realmente no juzgaba a nadie ni a nada, pero que tampoco escuchaba con demasiada atención. Todo el tiempo escribía. Le expliqué mi problema con el sueño, o mejor dicho, con la falta de sueño.

—Dígame —dijo—, ¿qué es exactamente lo que no le permite dormir por la noche?

Intenté explicarlo. El cansancio. El insomnio. Los sonidos. La sensación de que alguien me observa. Asentía. Tomaba notas.

—Nada fuera de lo común… Lo que describe —dijo— es un patrón muy frecuente en los trastornos de ansiedad.

Se detuvo.

—El cerebro, cuando está agotado, busca una amenaza. Y la encuentra.

No levantaba la mirada, solo escribía.

—Pero —dije—, esto me pasa desde hace años. Desde la infancia.

Levantó la vista y me miró como si me leyera la mente, o al menos esa fue la sensación que tuve. Tras una pausa significativa, se puso aún más seria.

—¿Tenía miedo a la oscuridad cuando era niña?

Sonreí. Brevemente. Con cierto sarcasmo.

—Mucho.

—Es normal —dijo—. Todo niño pasa por eso.

Luego pronunció la frase que ya había leído innumerables veces:

—El miedo a la oscuridad es natural y funcional. Está condicionado evolutivamente. —Guardé silencio—. Los niños —continuó— tienen una imaginación muy rica. Ven patrones donde no los hay.

La interrumpí.

—¿Y si no es imaginación?

Me miró con más atención.

—¿Qué quiere decir con eso?

Respiré hondo.

—¿Y si los niños no ven más, sino que los adultos ven menos?

No respondió de inmediato.

—Hay fases en el desarrollo —dijo al fin— en las que la frontera entre el mundo interno y el externo no está claramente definida. —Sonaba científico. Seco. Pero entonces añadió, casi en un susurro—: Los niños realmente perciben cosas que los adultos ignoran.

Levanté la cabeza.

—¿Como qué?

Me observó en silencio durante un largo momento, como si buscara las palabras más precisas.

—Como… presencias —dijo—. La atmósfera. La tensión. —Sonrió, como si quisiera suavizar lo que acababa de decir. Y luego añadió rápidamente—: Pero eso no significa que sea… real.

—¿Y las reglas? —pregunté.

—¿Qué reglas? —respondió, interesada.

—Las que sabes cuando eres niño —dije—. Cubrirte. No respirar fuerte. No moverte.

La expresión de interés en su rostro se transformó rápidamente en miedo. La luz de sus ojos desapareció.

—¿Quién le dijo eso? —preguntó con seriedad.

—Nadie —respondí—. Simplemente lo sabía. Desde niña… —Hice una pausa—. Lo recordé hace algunas noches.

En ese momento, la consulta quedó sumida en un silencio sepulcral.

—Sabe —dijo tras unos segundos—, los adolescentes suelen sufrir de insomnio.

—Exacto —respondí con seguridad—. En mi caso todo se intensificó después de los trece años. Sentía que algo estaba ahí, pero ya no podía verlo con claridad en la oscuridad. —Me miró directamente a los ojos—. Hace tiempo —continué— supe que los adolescentes están atrapados en un punto intermedio. Algunos se vuelven completamente insensibles y pierden esas capacidades, pero… algunos, como yo… crecemos con la sensación de que el mundo no es exactamente como parece a simple vista.

La doctora me observaba fijamente, como si me estuviera analizando.

—¿Por qué piensa eso?

—Porque los adultos también permanecemos despiertos, a propósito —dije—. Miramos pantallas. Tecleamos en nuestros teléfonos. Inconscientemente respetamos la regla principal, esperando que la luz del monitor sea suficiente.

Al oír esto, la doctora se levantó nerviosa y se acercó a la ventana. Ajustó la cortina de modo que la luz del sol inundó la consulta con una intensidad casi agresiva.

—La luz ayuda —dijo—. Calma. —Volvió a sentarse—. ¿Qué es lo que más le asusta ahora?

Lo pensé.

—Que ya no estoy segura —dije lentamente— de si realmente hay algo… o si solo lo imagino.

No respondió. Solo miró hacia algún punto por encima de mí.

 

Esa noche, después de la conversación con la doctora, me acosté e intenté aplicar todos esos consejos para dormirme más rápido: respiración, contar, meditación, de todo… pero no funcionaba. Solo volvía una y otra vez la pregunta que me surgió justo al salir de la consulta: si un adulto pudiera tomar prestados por una noche los ojos de un niño y mirar el mundo a través de ellos, ¿qué le pasaría? ¿Qué nos pasaría a todos? Cualquiera enloquecería.

Ver aquello que solo recuerdas vagamente, que solo percibes de vez en cuando, por el rabillo del ojo, nunca cuando miras directamente; oír algo moverse por la casa sin saber por qué ha vuelto ni qué quiere de ti, mientras permaneces inmóvil, paralizado en la cama, con la mente trabajando sin descanso, rogando que no te note… ese reencuentro con esa criatura llevaría a un adulto a la locura. Porque los adultos, con el tiempo, olvidan las reglas. Esta noche, yo las he recordado todas.

Regla número uno: cúbrete. Si tú no puedes verlo, él no puede verte a ti. Aunque te cueste respirar.

Regla número dos: no hagas ruido. Incluso el sollozo más leve puede hacer que te oiga, que te detecte, y entonces estás perdido.

Regla número tres: no te muevas. Cualquier movimiento atrae su atención.

Regla número cuatro: solo la luz puede ahuyentarlo. Y debe ser una luz fuerte. Las linternas solo empeoran las cosas. Los adolescentes están atrapados en el medio. Aún sienten que algo está ahí, pero ya no pueden verlo. Y olvidan las reglas. Por eso hay tantos que sufren de insomnio, que teclean hasta altas horas de la noche, esperando inconscientemente que la luz del monitor los proteja.

No puedo más. Tomo el teléfono a mi lado y empiezo a deslizar contenido en internet. Ya ni sé qué mirar, prácticamente todo me resulta familiar; dejo cosas sin interés solo para tener algo de compañía en la habitación. Pero esa horrible sensación de no estar sola se vuelve cada vez más fuerte. Escucho. Sigue ahí. El parqué cruje en la sala, o en la cocina. Espera. Es persistente. Espera a que me rinda, a que apague la luz y me acueste por fin.

No puedo más. Los párpados me pesan, apenas puedo mantener los ojos abiertos. Y tú también, ahora, mientras estás acostado en la oscuridad de tu habitación leyendo esta confesión… tú también sabes que no estás solo. Aunque todos a tu alrededor ya duerman profundamente.

Intenta recordar tu infancia y ese miedo a la oscuridad que te envolvía por la noche. Recuerda todo lo que oías en esa oscuridad: el crujido de los muebles, del suelo, mientras todo dormía.

Ahora, con esos ojos de niño, atrévete a mirar en la oscuridad de tu habitación, hacia ese rincón más oscuro desde donde oyes ese movimiento.

Mira… e intenta no asustarte…

Ivana Gavrić es una autora de Belgrado, Serbia, propietaria del canal de YouTube Ivy Raven. Ha publicado historias en el fanzine Sci&Fi Portal y en la antología de ciencia ficción, fantasía y terror Regia Fantastica.

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

KORONA SPECIAL (Tríptico)

Ivana Gavrić

 

—¿Cree usted en los vampiros, señorita? ¿No? ¿Cómo? ¿De verdad? ¿Y en la inmortalidad? ¿Tampoco? Hmm… ¿El concepto de inmortalidad y de muerto viviente le resulta ajeno, dice? ¿Inaceptable? Interesante… ¿pero por qué? La idea de la existencia de los vampiros es casi tan antigua como la propia humanidad. Y de la extensión de esa misma idea mejor ni hablar. Y eso en una época en la que la información no podía viajar ni de lejos tan fácil y rápido como hoy. Casi entre todas las naciones, culturas y religiones existe desde tiempos inmemoriales la creencia en el muerto que camina y que bebe la sangre de los vivos. ¿Y sabe usted de dónde proceden la palabra y el concepto “vampiro”? Hmm… ESO sí lo sabe, me alegra. Así es: la palabra vampiro proviene precisamente de esta zona, de Serbia, y es la única palabra serbia que ha sido aceptada universalmente desde hace siglos para ese concepto –o mejor dicho, ese fenómeno– tan temible y misterioso. Entonces, ahora esta definición la ha picado un poco, ¿verdad? Ahora esta cadena de información la ha empujado a pensar un poco mejor, más amplio y profundo sobre esto. Quizá justo ahora está hablando con un ejemplar… jajajajaja.

Esta era la típica cantilena con la que me topaba regularmente en las fiestas de Halloween. No sé por qué todas las chicas siempre se esforzaban en vestirse de vampiras: siempre cuanto más corto, más negro y vulgar, mejor. Al final todo se reducía al mal gusto. En cambio, los disfraces originales, ingeniosos, me sorprendían siempre para bien. Aun así, no es parte de nuestra cultura, pero lo reconozco: es divertido. Y yo, desde que tengo uso de razón, adoro los disfraces, aunque nunca me vestí de vampira, eso no me atraía. Esta noche soy monja: una monja caída en desgracia; y he sabido ser Campanilla, bruja, Morticia Addams… No estoy, para ser sincera, acostumbrada a vampiros hombres, sobre todo no a vampiros mayores, no tan mayores. Aun así, me resultaba agradable charlar de una manera un poco más intelectual con alguien, por variar.

—Bueno, lo admito: me ha interesado. Me parece que esto puede ser un camino excelente para abrir más puertas sobre el tema.

Este señor –lo admito, simpático y sexi–, con ese maquillaje tan fuerte, de verdad recordaba irresistiblemente a un vampiro de Hollywood. Tenía cierto encanto oscuro, y yo siempre caía en eso.

—Por ejemplo, si se convirtiera en vampiro alguien que es ateo, ¿le afectarían igual el crucifijo y el agua bendita? O, digamos, un vampiro musulmán: ¿cuál sería el remedio contra esos chupasangres? Tiene que existir algo universal.

—Hablas con sabiduría, niñita —se rio el vampiro, y se alejó visiblemente de mí, aunque por un momento pareció que iba a besarme; se me había acercado muchísimo a la cara—. El ajo. Sí, sí, el ajo es un medio universal.

—¿Pero usted está seguro?

—Oh, sí. En mí funciona. Huyo en cuanto noto que una chica ha comido ajo, aunque sea la más dulce. Pero ese soy solo yo. La saludo, hermosa…

Debo admitir que aquel día, para cenar, justo antes de salir para esta fiesta, comí caballa marinada con bastante ajo. Al parecer me lavé los dientes tres veces al pedo antes de salir: se notaba, en cuanto el vampiro maduro y sexi salió huyendo. Y mi amiga me lo había dicho: que al menos me llevara un chicle.

Aun así, arrastrada por este tema, recordé tres casos en nuestra época moderna, más precisamente en tiempos de covid 2020, y ese año literalmente fue un año de toda clase de maravillas: se acumularon entonces todo tipo de fenómenos, algunos de los cuales ni siquiera hoy sabemos explicarlos. Y esto de esta noche me recordó un encuentro con un vampiro… o al menos con algo que podía parecerse muchísimo a uno.

Esto ocurrió justo después del confinamiento, a finales del verano de aquel duro 2020. Petar era estudiante. Había llegado un año antes desde la provincia a Belgrado para estudiar ingeniería eléctrica. Era aplicado e inteligente. Por el presupuesto modesto del que disponía, alquiló una habitación minúscula en casa de una mujer mayor, en una zona no demasiado prestigiosa de la ciudad, en Krnjača. Le gustaba que hubiera una estación de tren que pasaba con relativa frecuencia con el que llegaba rápido al centro, y desde allí el cielo era el límite.

En una ocasión, acordó que para el próximo examen estudiaría junto con otro compañero que vivía en su propio piso con sus padres, cerca de la facultad. Pero como Petar tenía además sus obligaciones –el gimnasio ineludible al que iba cada día, es decir, cada noche– esa noche tampoco hizo excepción. Después del gym y de ducharse, se dio cuenta de que tenía tiempo justo para ir sin prisa y tomar el último tren hacia Franš. Era un viaje agradable de unos veinte minutos. Sabía que a esa hora el tren estaba vacío; si había alguien en algún vagón, en todo el tren no habría más de cinco pasajeros.

El vagón al que ingresó estaba completamente vacío y sin iluminación, lo cual era raro, pero ocurría. Se acomodó y sacó el teléfono para avisarle a su amigo que ya estaba en camino y cuánto tardaría. De paso puso su canción favorita y disfrutó de la música. El tren arrancó, todavía no había luz, el tren retumbaba en la oscuridad.

En un momento, por el rabillo del ojo, el joven vio que alguien estaba sentado frente a él, al otro extremo del espacio, en un rincón. Se desconcertó y miró: estaba seguro de haber entrado en un vagón totalmente vacío. Y sí: todo parecía como si se lo hubiera imaginado. Volvió a girar hacia la ventana y siguió mirando al vacío; y entonces otra vez, con su visión periférica, notó una figura sentada en el mismo lugar del rincón, mirando en su dirección. Esta vez giró de golpe y realmente vio allí a una figura extraña.

Era una chica de una belleza extraordinaria. Petar estaba convencido de que nunca en su vida había visto una belleza así, ni volvería a ver una mujer joven tan hermosa. Era morena, de ojos oscuros y magnéticos, piel blanca, labios púrpura. Era voluptuosa. Petar, aunque tenía novia, aunque jamás había tenido fama de andar de flor en flor, no pudo evitarlo: algo no se lo permitía. Por más consciente que fuera de que era impropio quedarse mirando así a alguien –sobre todo a una chica en un tren vacío– no podía resistirse; como si esa fuerza que lo atraía hacia ella viniera de fuera, más precisamente de ella.

Sin embargo, en un momento apartó la vista hacia el teléfono, que vibró. Y cuando al instante siguiente volvió a buscar con la mirada a la hermosa desconocida, comprendió que estaba solo en el vagón.

—Debe de haber sido una ilusión fuerte. Un espejismo. —Se rio de aquel pensamiento absurdo.

La noche siguiente sucedió algo casi idéntico. Solo que esta vez se sintió atraído por ella de manera todavía más intensa. Y cuando llegó el momento de bajar del tren, se levantó y caminó hacia la mujer, aunque la puerta del otro lado estaba mucho más cerca: quería comprobar si era real. Y de nuevo, en una fracción de segundo, apartó el foco… y ella volvió a desaparecer. Ahora ya sabía que eso era algo para lo cual su mente lógica no tenía explicación.

Y la última noche fue lo mismo: tren vacío, pero esta vez la luz jugueteaba, el vagón se iluminaba y se apagaba, y en la oscuridad era aún más oscuro por el fallo de iluminación. Y entonces la vio: estaba frente a él en el momento en que entró. Un frío indescriptible y un magnetismo lo dominaron: estaba aterrorizado y a la vez atraído por su cercanía.

—Hola, Petar. —Una voz seductora sonó en su cabeza, en su mente.

Se quitó los auriculares, otra vez pensando que se lo había imaginado. Contra su voluntad dio un paso más y avanzó hacia esa chica enigmática. Ella solo le sonreía, y cuando él se acercó, se dio cuenta de que ella levitaba: se deslizó suavemente hacia él, como si flotara, y efectivamente flotaba. Se le acercó de forma seductora y lo atrapó en un abrazo mortal…

Petar aquella noche no llegó a casa de su compañero con el que iba a preparar el examen, ni al día siguiente se presentó al examen. Solo que, unos días después, los vecinos de Krnjača encontraron en un canal el cuerpo sin vida de un joven, flotando desnudo en el agua y el fango. Más tarde, cuando sacaron el cuerpo, los forenses establecieron que tenía en el cuello heridas punzantes, no características de ningún arma conocida hasta entonces. Estaba completamente seco, sin una sola gota de sangre en el cuerpo.

 

Aleksa conducía un vehículo de aplición. Estaba muy descontento con las condiciones, pero como no había trabajo y como aquello, en ese momento de maldito estado covid y poscovid, era la única solución, no tenía muchas opciones. Conducía durante horas; algunos días, más de 14, especialmente los fines de semana.

Aquel jueves había algo menos de trabajo de lo habitual: invierno, ya estaba peligrosamente oscuro. Lo recuerda: era 11 de enero, los “días no bautizados”. Su madre, cuando él era pequeño, le advertía especialmente que tuviera cuidado en esos días; siempre fue un poco supersticiosa, pero bienintencionada. Recordemos que en ese periodo pasaban cosas muy extrañas, especialmente en los momentos de cierre, con calles bastante vacías: podía suceder cualquier cosa. Y hubo muertes y desapariciones extrañas, todavía sin resolver.

Ese jueves era tarde, seguro que algo antes de la medianoche, y como el día había sido flojo, aunque ya bastante cansado decidió seguir. Para por lo menos juntar una jornada decente. Le faltaban todavía al menos dos viajes de un extremo de la ciudad al otro para reunir una suma decente. No había pedidos; la plataforma parecía bloqueada, de lo muerto que estaba todo. Y entonces, vagando sin rumbo por la ciudad, decidió que desde Tašmajdan –donde estaba dando vueltas– iba a girar por Vuk hacia Bogoslovija para hacer un círculo.

Conducía lento; las calles estaban bastante vacías. En un momento iba incluso demasiado lento, literalmente no había nadie a quien le molestara. Y entonces, en un momento de lentitud mientras pasaba junto al Cementerio Nuevo, de pronto se activó la plataforma: la señal indicaba que alguien justo al lado de él, ahí, junto al cementerio, pedía taxi; parecía un viaje prometedor. Aleksa aceptó al cliente y se detuvo justo en la puerta.

En el acto se decepcionó: no había nadie. Pensó que era un error o que el cliente había desistido. Sin embargo, desde el interior del cementerio se acercó a la puerta una figura, con un paso lento y suave. Estaba completamente envuelta en negro, así que Aleksa no podía distinguir bien ni siquiera si era hombre o mujer.

La figura entró al vehículo sin descubrirse.

—Conduce —dijo con una voz pesada, áspera y dulzona.

Aleksa pisó el acelerador y arrancó, y luego intentó ver en el retrovisor con quién tenía que lidiar esa noche.

—¿Adónde vamos? —preguntó con cautela, sin apartar la mirada de la figura envuelta.

—¿Qué fecha es hoy? —Eso fue todo lo que dijo esa cosa.

En esa atmósfera ya desagradable, solo en las calles vacías, al lado del Cementerio Nuevo, Aleksa ya no sabía cómo reaccionar ni qué hacer; respondió en voz baja y confundido:

—Hoy es jueves, dentro de unos minutos será 11 de enero.

—¿Qué año? —preguntó la voz.

Aleksa miró incrédulo a la figura.

—2021.

Silencio. Un silencio desagradable. Así estuvieron varios minutos.

—Cementerio de Bežanija.

—¿Cómo? —se confundió.

—Llévame al cementerio de Bežanija.

Tragándose un nudo en la garganta, Aleksa giró hacia Novi Beograd y siguió conduciendo en silencio. Era un viaje largo, justo el que esperaba; pero nunca en su vida se había sentido tan mal, tan tenso. Procuraba no apartar la vista del cliente en el retrovisor y, al mismo tiempo, cuidar el camino. Por suerte, las calles estaban realmente vacías aquella noche.

Al llegar, estacionó justo frente a la puerta. La iluminación era escasa. Aparcó, esperó unos instantes.

—Hemos llegado —dijo. El silencio de tumba dentro y fuera del coche era tan siniestro que Aleksa sentía que se le erizaba cada pelo del cuerpo. La figura en el coche no se movía y él tenía miedo de darse vuelta, pero finalmente reunió valor y se volvió hacia el cliente—.  ¿Está todo bien? —añadió con una sonrisa rígida y forzada. Nada—. Hemos llegado, ¿necesita ayuda para bajar?

Esperaba que la respuesta fuera negativa; no quería ningún contacto cercano con esa aberración, al menos no más cercano que el actual.

Cuando se dio cuenta de que llevaba ya unos buenos veinte minutos parado ante las puertas del cementerio y no pasaba absolutamente nada, el miedo empezó a transformarse en ira. Salió del vehículo, rodeó el coche, fue a la puerta trasera derecha y la abrió.

—Por favor, afuera —dijo con aspereza.

Otra vez, nada.

Agarró con furia al pasajero e intentó sacarlo del automóvil, y entonces comprendió que la persona que llevaba era muy pesada y rígida. La ira ya había reemplazado al miedo. Aleksa le desenvolvió la cabeza al pasajero con la intención de ver con quién estaba tratando: “o está loco o está drogado”, pensó.

Pero, para su espanto, la persona en su coche estaba muerta. Desde hacía bastante tiempo: casi semanas. Tenía un rostro flaco y huesudo; los ojos ya se le habían hundido peligrosamente; estaba muy frío. Hasta hoy nadie puede explicar qué fue lo que le ocurrió a Aleksa aquella extraña noche.

 

Maja era una preciosa morena de veintiséis años: alta, delgada, siempre había cautivado por su apariencia. Pero como siempre le gustó vivir a lo grande, ya hacía dos años se había metido en una historia con un conocido proxeneta de Belgrado, y empezó a trabajar para él. Al principio todo fue inocente: primero fue su novia, y con el tiempo, no mucho después de que empezaran a salir, Uroš comenzó a prostituirla. Al principio todo empezó como un “favor”, con excusas de que estaba en problemas, de que era por pagar viejas deudas… y más tarde se convirtió en un proxenetismo típico. Hoy él es su chulo o su proxeneta, como prefieras.

Pero solo la ofrecía a determinados clientes, y solo a aquellos dispuestos a pagar mucho por el servicio. Uroš aún “se guardaba” a Maja para sí; nunca tenía demasiado trabajo. Sin embargo, a causa del coronavirus, el negocio cayó bruscamente: la gente se asustó, pensó que venía una crisis peligrosa y ya no había ni tantas ganas ni tantos recursos para la lujuria; así que el número de clientes disminuyó drásticamente.

Aun así, esa tarde temprano le llegó a Maja un mensaje de Uroš al móvil.

—Gatita, prepárate para esta noche y bríllame como sabes. Apareció un cliente nuevo, no es recomendación directa, pero está dispuesto a pagar bien, así que creo que todo va a estar bien.

Aunque antes nunca aceptaban así, sin más, a desconocidos, la situación era tal que cualquier cliente era bienvenido.

Maja obedeció a Uroš y se arregló de pies a cabeza para esa noche. Tenía tiempo. El coche la esperaba a las once y media frente al edificio. Arreglada y perfumada, seductora como una sirena, entró en la habitación 33 del Hotel Palas.

La habitación estaba a oscuras. Un olor fuerte a flores secas y a sangría, que reposaba en una gran ponchera sobre la barra, se esparcía por el aire en oleadas. La habitación estaba muy fría; de hecho, todo el apartamento estaba notablemente más frío que el vestíbulo y el resto del hotel.

—Hola —dijo Maja con alegría e ingenuidad; ya estaba acostumbrada a clientes excéntricos.

Se sentó en la cama amplia. Pasaron minutos y nadie apareció. Empezaba a perder la paciencia y a temblar de frío.

En un momento oyó unas palabras, aunque no estaba segura de dónde provenía la voz.

—Desnúdate, acuéstate en la cama y cierra los ojos. —No comprendía de dónde venía la voz, pero hizo lo que le ordenaron—. Extiende los brazos y gira las palmas hacia el techo —fue lo siguiente que oyó, literalmente como si esas palabras sonaran dentro de su cabeza, en sus pensamientos.

Hizo lo que le dijeron. En ese instante perdió el conocimiento.

Más tarde, cuando volvió en sí, ya estaba casi amoratada por el frío y sin una pizca de fuerza para moverse; se sentía muy débil. Intentó alcanzar el teléfono que estaba en su bolso, sobre la cama. Ese movimiento le provocó un mareo repentino: estaba demasiado débil.

Uroš la llamó siete veces aquella noche, y ahora mismo estaba delante de la habitación 33 sin poder entrar: estaba cerrada por dentro. Maja sintió un dolor fuerte en un lado del cuello y en el dorso de la mano. Al mirar su mano, comprendió que tenía dos cicatrices extrañas.

Llamó a Uroš. Él, presa del pánico, exigió al personal que abrieran la puerta como fuera. Maja yacía inconsciente, casi sin sangre.

Tras semanas en el hospital, lograron salvarla por poco. Pero Maja ya no recordaba nada: ni quién había sido el cliente que le había sacado la sangre del cuerpo, ni cómo. 

Ivana Gavrić es una autora de Belgrado, Serbia, propietaria del canal de YouTube Ivy Raven. Ha publicado historias en el fanzine Sci&Fi Portal y en la antología de ciencia ficción, fantasía y terror Regia Fantastica.

UNA SOMBRA EN LA LUNA