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sábado, 13 de junio de 2026

EL POZO

Ivana Gavrić

 

Después de varias noches sin dormir, empecé a preguntarme: ¿por qué?, ¿para qué? Estoy en una trinchera. Mi compañero Blaža está a mi lado, pero es como si estuviera solo. Es una sensación extraña. No le temo a la muerte. Solo al dolor y a la impotencia.

Es de noche. Invierno. Estamos equipados con ropa más o menos abrigada y botas que no dejan pasar el agua. Apestan como el mismo demonio, eso sí, pero al menos tengo los pies secos. Me pregunto si quien las usó antes que yo seguirá con vida.

Divago, no logro concentrarme, y debería hacerlo: mi vida depende de ello. Los observamos desde la trinchera. Se mueven. Está oscuro, pero vemos el movimiento.

Nos enviaron en misión de reconocimiento. Estamos en tierra de nadie. Lo bastante cerca como para oír toser a uno de sus centinelas. Su posición está frente a nosotros, en una aldea de unas veinte casitas. Allí hubo una masacre unas noches atrás.

—No, no vayas por ese camino ahora, Boro —me reprendo—. ¡Déjalo!

Desde aquella noche infernal duermo poco. Temo que las imágenes en mi cabeza vuelvan a cobrar vida.

Y el único lugar donde consigo dormir es la trinchera, cuando estoy de guardia.

Veo al enemigo moverse. Están recogiendo leña. Ellos también están metidos en la misma mierda: se están congelando. Sufrimos las mismas penurias, solo que en bandos distintos.

Nosotros también atravesamos aquel pueblo de esa manera. El comandante obligó a la gente a salir de sus casas. No sé qué demonios hacíamos allí, pero me tocó marchar al final de la columna.

El comandante Joksimović. Todos estábamos hartos de él. Los más viejos ya lo conocían antes de la guerra. Lo llamaban Calígula.

Avanzábamos despacio. La anciana del pañuelo negro que iba delante de mí apenas podía caminar. Se detenía cada pocos pasos. Le dolían sus piernas deformadas. El tiempo pasaba y nosotros avanzábamos cada vez más despacio por su culpa. Cuanto más evidente le resultaba al comandante que la anciana se estaba quedando atrás, más nos apuraba. Yo también me rezagaba; caminaba despacio detrás de ella. En silencio. No sabía adónde íbamos ni por qué llevábamos civiles con nosotros. Pero lo sospechaba.

Joksimović podía ver perfectamente que la mujer desfallecía. Se detuvo inmóvil. De pronto sus ojos brillaron cuando miró hacia nosotros. Primero la observó a ella y luego a mí. Se acercó lentamente y le habló casi pegado al rostro:

—Vamos, vieja, más rápido.

La anciana se esforzaba, hacía todo lo posible por seguir adelante, pero su cuerpo envejecido ya no respondía. Entonces cayó sobre la tierra congelada y comenzó a sollozar suavemente.

Me miró. Buscaba protección en mí. Salvación. Le dolía. La palabra NO me desgarraba la garganta, un acto de rebeldía jamás pronunciado.

Sin el menor rastro de compasión, Joksimović le ordenó con voz tranquila que se levantara.

—No puedo, hijo. Quisiera, pero no tengo fuerzas —suplicó la anciana entre jadeos. Entonces Joksimović me miró a mí. Juro que había algo en aquella mirada. Algo que solo había visto allí, en el frente, en ciertas personas y en algunos miembros de los paramilitares que habían estado allí la otra noche.

Se acercó con paso seguro. Lo suficiente para que pudiera oler el perfume barato que usaba.

—¿Y tú, Đurić? ¿Qué estás haciendo? —Disfrutaba viendo cómo los demás le tenían miedo—. ¡Muévela! Esa vieja es ahora tu responsabilidad, muchacho. ¡Muévela! ¡Pégale!

No podía creer lo que me estaba pidiendo. Intenté ayudarla a levantarse.

—No puedo, hijo, no puedo. —La anciana lloraba desconsoladamente.

Joksimović me vio intentando ayudarla.

—¡Alto! —gritó de pronto. Volvió a acercarse. Con la bota sacudió a la mujer—. ¡Vieja, levántate! ¡Por tu culpa vamos retrasados!

—¡No puedo, hijo! No puedo del dolor. Sin mi bastón no puedo caminar, ¡y no me dejaste traerlo!

Joksimović la observó a ella y luego a mí con absoluta calma.

—Đurić, ¿qué estás esperando? ¡Dispara!

Lo miré paralizado.

—No... ella es... de alguien...

—No, hijo. Ya no lo es.

La comisura de sus labios se curvó apenas al mencionar a la familia de la anciana.

—¡Dispara!

Su expresión volvió a endurecerse de golpe. Era una mirada vacía. No podía moverme. Apreté los puños hasta clavarme las uñas en la carne, pero seguí inmóvil. Entonces la tomó del cabello y la arrastró hasta un pozo cercano. Yo observaba petrificado. La anciana gemía de dolor.

—No, hijo, te lo ruego por Dios. No. Por el alma de tu madre. Déjame aquí. Soy demasiado lenta para seguirlos.

—Vamos, vieja. El diablo ha venido a reclamar lo suyo. ¿Ves que no quiere aliviarte? —Me señaló sin apartar los ojos de los míos—. Esta es tu última oportunidad, Đurić. Acaba con su sufrimiento. Aquí no hay mucho que pensar, hijo.

Empecé a respirar agitadamente. Apreté el fusil. Al verlo, él se apartó un poco, esperando con avidez mi siguiente movimiento. Levanté el arma. Vi a la anciana a través de la mira mientras sollozaba en silencio. No me miraba. Ya había aceptado su destino. Permanecí así unos instantes. Y entonces arrojé el fusil al suelo.

—¡No puedo hacerlo!

No me atreví a mirarlo.

—Đurić, ven aquí, hijo.

Estaba perfectamente tranquilo. Aquello me revolvió el estómago. Me acerqué. Él levantó despacio a la anciana y la arrojó dentro del pozo.

—La has condenado, Đurić. Esto es obra tuya.

Mientras hablaba, desde las profundidades se oyó un golpe sordo contra el agua, seguido de chapoteos y gritos de auxilio.

 

Ahora cabeceo en la trinchera y aquello me sobresalta.

—¡Maldita sea!

Blaža me sacude.

—Vamos, despierta. Estás delirando.

Tomo el visor nocturno.

Veo que varios de ellos se dirigen al otro extremo de la aldea.

Pero algo me impulsa a mirar detrás.

Distingo claramente algo moviéndose, algo con forma humana, pero no logro comprender qué es.

Avanza lentamente sobre unas piernas que se doblan en ángulos imposibles.

—¡Blaža, mira eso, demonios!

Blaža observa. No dice una sola palabra.

—¿Qué demonios es eso?

Pregunto antes de atreverme a mirar otra vez. Entonces reconozco el pañuelo negro. Empapado por un agua oscura. Una figura encorvada, cubierta de harapos. La cabeza torcida en un ángulo antinatural, rota. Me mira directamente. Y empieza a acercarse.

La trinchera se vuelve demasiado estrecha y profunda, como un pozo. Me falta el aire. El barro bajo mis pies me impide moverme. No sé cómo, pero consigo salir. Huyo presa del pánico. Disparo a todo lo que me rodea. Tengo que escapar de aquí, aunque me acribillen en el intento. Blaža me llama en voz baja. Pero yo sigo corriendo.

 

Despierto en el puesto médico. Estoy atado a la cama. Todo parece ir más despacio. No sé cuándo ni cómo llegué allí. Miro mis piernas. Estoy entero. Qué alivio. Pero... ¿Qué demonios hago aquí? Me quedo mirando el techo. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Al cabo de un rato entra un médico.

—¿Estás despierto, Đurić?

Me examina, me apunta con una linterna a los ojos, comprueba mis reflejos. Me hacen muchas preguntas. Entre otras cosas, quieren saber si recuerdo lo que vi en la trinchera. Claro que lo recuerdo. La anciana que Joksimović me obligó a matar había vuelto de entre los muertos.

—¿Blaža logró escapar de ella? —pregunto preocupado.

El médico me mira fijamente.

—¿No lo recuerdas? Blaža está muerto. No mirabas adónde disparabas. Te enviaremos a casa. Tendrás que continuar tratamiento psiquiátrico. Tú no sirves para el frente.

Al oír aquellas palabras, fragmentos de recuerdos comenzaron a surgir ante mis ojos. Entonces lo recordé. Yo había disparado en todas direcciones. Yo... Blaža. ¿Qué he hecho?

 

Han pasado meses desde entonces y todavía no soy una persona completamente funcional. Tomo mi medicación con regularidad. Me dejan volver a casa, pero bajo vigilancia constante. Mi madre enfermó de preocupación. También mi Sara. Tuvo que irse. Alejarse de mí. Y llevarse a la pequeña. Dicen que soy inestable. Dicen que una noche las ataqué. Dicen que les gritaba que me dejaran en paz, que yo no había querido arrojarlas allí, que no debían haber salido del pozo. Deliraba. Terminé otra vez en el hospital psiquiátrico. La doctora dice que tendré que tomar medicación toda la vida. Que las psicosis son demasiado fuertes. Que las alucinaciones regresan constantemente a pesar de los potentes antipsicóticos. Cada noche mi madre vela por mí. Es lo único que me queda. Mis tormentos la están matando lentamente. La observo consumirse. Todo lo que ocurrió allí me persigue. A la anciana solo la veo en sueños. Me llama desde el pozo. Me reprocha no haberla protegido. Y luego aparece Blaža, tendido a mi lado en la trinchera, cubierto de sangre. Aquella noche, en la aldea... No me permite olvidarla. No me permite borrarla. Los paramilitares dejaron tras de sí una devastación indescriptible. Yo no estaba allí cuando ocurrió.  Por suerte. Pasamos por allí a la mañana siguiente. Las brasas seguían ardiendo entre los escombros. La blancura de la nieve estaba profanada por la sangre y las cenizas. Los cuerpos de los civiles yacían en los patios y junto a las paredes de las casas, en posiciones que me revolvían el estómago. Entre todas las imágenes que vi, hubo una que se grabó más profundamente que las demás: el cuerpo de una mujer, profanado hasta quedar irreconocible, y el silencio que lo rodeaba. Al ver la escena, un sargento veterano se detuvo para vomitar. Otro suboficial tomó el primer trozo de tela que encontró y me lo puso en las manos.

—Ve a cubrir a la pobre mujer.

Esas imágenes me persiguen en los sueños. Y a veces también a plena luz del día. La guerra terminó hace años. Pero dentro de mí continúa. Ahora me destruye sin ametralladoras ni granadas.

Mi madre ya no está. Mi Sara no quiere verme. Me teme. Y teme también por la pequeña, porque cree que podría hacerle daño durante uno de mis ataques. Pero yo estoy tranquilo. Durante el día. Por la noche me alcanza. La anciana me llama. Todavía escucho sus gritos desde el pozo.

Joksimović se inclina sobre mí.

—Dispara, Đurić —me dice con frialdad—. Sálvala.

Entonces veo unas manos que levantan a la anciana del suelo y la arrojan al pozo. Y son mis manos. Yo lo hice. No lo recuerdo con claridad. ¿De verdad fui yo? ¿Son realmente mis manos.

Ivana Gavrić es una autora de Belgrado, Serbia, propietaria del canal de YouTube "Gavranica". Ha publicado historias en el fanzine Sci&Fi Portal y en la antología de ciencia ficción, fantasía y terror Regia Fantastica.

martes, 12 de mayo de 2026

EL DÍA QUE DESAPARECÍ

Ivana Gavrić

 

—¿A qué le temes más? —En el transcurso de una charla casual, después de una breve pausa, tocaron también este tema.

—Hm… Pues a la enfermedad, sí, eso me aterra de verdad. ¿Y tú? —preguntó el segundo de los tres hombres, mientras, sentados a la mesa, bebían cada uno según sus preferencias.

—Al dolor. —Y luego, como si se hubiera arrepentido, añadió rápido—. A la impotencia.

Al tercero le gustaba filosofar y siempre definir algo y exponer hechos y conclusiones; ese tercero era yo.

—¿Sabían que la raíz de todos los miedos del ser humano es, en realidad, el miedo primario: el miedo a la muerte? Eso, al menos, afirman los psicoanalistas. Yo, sin embargo, tengo una visión distinta del miedo, especialmente después de lo que me ocurrió… Si me preguntas ahora cuál es mi mayor miedo, te diría que, definitivamente, es el miedo a lo desconocido. Aún hoy no lo sé: no puedo explicarlo, no sé dar una explicación lógica y sensata de lo que me pasó y de lo que atravesé. De lo que atravesamos todos: yo como actor principal y ustedes como personajes secundarios, alcanzados por mi papel. ¿Qué me ocurrió aquella primavera lluviosa? —Durante unos instantes más, los tres se quedaron en silencio.

—Bueno, mira, tengo que admitirlo: si nadie lo dice, lo digo yo. Nadie cree que no sepas qué te pasó. —Fue la respuesta sincera de uno de los otros dos hombres.

—Ni Olga, mi propia madre, me cree, y de Ivana ni hablemos. Y siempre fui sincero con ella, desde el principio, incluso antes de pedirle matrimonio… qué digo, desde siempre… Habla y se comporta como si quisiera convencerme de que me cree, pero yo, aun así, en lo más profundo de mi ser siento que nunca me creyó del todo. Me he reconciliado con eso. Nadie me creerá jamás…

Los tres hablábamos ese día del acontecimiento que me sucedió hacía menos de dos años.

 

Era abril de 2022. Un abril lluvioso y falaz. Durante unos días el clima es tan maravilloso, soleado y cálido, que todos, como pueden y saben, se escabullen de sus casas frías y oscuras para, como pequeñas lagartijas de pared, absorber el primer sol de primavera tras un invierno interminablemente largo. Pero abril es el mes en que esos días no duran mucho. Hay un ambiente agradable durante algunas jornadas y luego vuelve la lluvia. Una lluvia larga, otoñal, en pleno abril: esa que no es ni llovizna ni chorreo fino, sino algo entre ambas. Lo suficiente para que uno se confíe y salga sin sombrero, convencido de que no es fuerte, de que se mantendrá seco, y se empapa ya en los primeros minutos. Lluvia y viento de abril: así fue también aquel abril.

Zoran se levantó temprano aquel lunes, a pesar de que la noche anterior se había quedado con Ivana hasta altas horas, pero tenía la costumbre de despertarse temprano. Estaba de mini descanso, un fin de semana medio prolongado, así que no tenía obligaciones. Ivana aún dormía, y a él le daba pena despertarla; sabía lo difícil que era, en el sexto mes de embarazo, encontrar una posición favorable para quedarse dormida, así que solo la besó suavemente y salió en silencio del dormitorio. Justo en días así, cuando estaba libre, sin planes ni ideas para lo siguiente, normalmente pasaba todo el día en casa en pijama, estirándose entre el sillón y el sofá, cambiando canales en la televisión; y cuando el clima era tan gris y lúgubre como aquel día, la sensación de ocio y despreocupación era completa. Por una vieja costumbre que llevaba décadas, Zoran nunca empezaba el día sin el primer café y noticias frescas. Siempre había sido así, desde que podía recordar. Trabajara ese día o no, la rutina tenía que cumplirse; de lo contrario, el resto del día se torcía. La costumbre es algo terrible y peligroso…

La noche anterior, Ivana –la esposa de Zoran– y él habían estado en una parrillada en casa de un compañero suyo del trabajo. Era colega y socio de Zoran; hacía cierto tiempo se habían asociado y puesto en marcha esa historia común que, hasta el día de hoy, funcionaba bien y crecía. Se relajaron un demasiado durante todo ese día y se quedaron hasta tarde. No lo habían planeado así: tenían que hacer la compra del domingo, pero lo dejaron para después de la parrillada. Ni siquiera ellos tenían pensado quedarse tanto. Recién cuando se fueron a casa comprendieron que habían estado de visita nueve horas.

—¡De verdad somos los peores! —concluyó Ivana, impactada al darse cuenta de cuánto tiempo había pasado—. Entenderé si nunca más nos invitan; somos el peor tipo de invitados: los que no saben irse —se justificó sonriendo aquella simpática mujer.

—No pasa nada, se lo vamos a devolver; la próxima vez ustedes vienen a dormir a nuestra casa —agregó Zoran, muy animado y algo ebrio.

—¿A dónde crees que vas? Yo conduzco —dijo Ivana. Por su estado, evitaba el alcohol a distancia, así que esa noche asumió el camino de vuelta. En verdad, siempre habían sido un buen equipo.

Y en el instante mismo en que iban camino a casa, casi al mismo tiempo, coincidieron en voz alta en que parecía que el tiempo había pasado inusualmente más rápido ese día, más rápido que de costumbre. Y siempre es así en buena compañía, o cuando hacemos algo que nos gusta: en esos momentos el tiempo parece cambiar bruscamente su curso.

—Para resumir —dijo Zoran—: primero, cuando llegamos, tomamos café; después Vlajko y yo empezamos a hacer la parrillada, eso duró… —Se quedó pensando, incapaz de recordar cuándo se sentaron a almorzar, pero recuerda que el sol ya estaba declinando—. Luego comimos, hablamos y bromeamos; para entonces ya se había notado el fresco, se hizo de noche, y entramos a la casa. Pero mientras ordenamos y metimos todo lo del patio, eso se llevó una buena hora, seguro. Y, como broche de oro, nos sentamos a jugar Monopol. —Y, en efecto, todos sabemos cómo y cuánto los juegos de mesa, y especialmente el Monopol, pueden devorar tiempo y nervios.

En el camino a casa, aquel día bonito y despejado empezó, durante la noche, a cubrirse con esas nubes pesadas que anunciaban lluvia.

—Otra vez lloverá —añadió Ivana en voz baja.

Al despertarse antes que su esposa esa mañana, Zoran se levantó en silencio para prepararles café a ambos. Abrió el frasco, pero no había café. Ni en el fondo; ni siquiera para raspar y sacar una tacita. Recién entonces le atravesó la cabeza el descuido que habían cometido el día anterior al no ir de compras antes de la parrillada.

—Qué se le va a hacer, ayer no hicimos las cosas según el plan, así que ahora me espera la parte del trabajo que más odio… Ir a la tienda; salir de casa sin lavarme la cara, sin estar despierto del todo. —En su mente se regañaba por ese descuido.

Salió aquella mañana lúgubre con sus viejos zuecos de casa y una bata celeste descolorida. Solo llevó un billete que metió descuidadamente en el bolsillo de la bata. El cielo era plomizo. La lluvia se preparaba de forma amenazante; parecía que en cualquier momento se desplomaría.

Como ya tenía un gusto formado para el café y de verdad disfrutaba el sabor solo cuando mezclaba varias clases distintas de esa bebida aromática, entendió que en el pequeño mercado del vecino, calle abajo, apenas había una de las que usaba para su “cóctel”; y, por supuesto, ya que estaba allí, tomó también varias clases de prensa diaria, bromeando con el vendedor conocido:

—Ya que no tienes mis cafés favoritos, al menos que pueda mezclar las noticias y la información.

El vendedor vecino lo conocía, claro, aunque solo de vista. Sin embargo, no siempre entendía las bromas de Zoran, que este soltaba casi con regularidad. Esa, por ejemplo, no la entendió en absoluto, aun así le sonrió con cortesía. Zoran metió dos sobres de café instantáneo para Ivana y para él en el bolsillo, junto con el cambio, y se colocó los periódicos bajo el brazo antes de salir de la tienda. El vendedor confundido lo siguió mirando un momento, y luego volvió medio perezoso a su trabajo, sin sospechar que aquella mañana sería la última persona que vería a Zoran.

Desde el instante en que salió otra vez a la calle desde el minimercado del vecino, se perdió todo rastro de Zoran.

Aquel lunes perezoso, Ivana se despertó, como de costumbre, más tarde. Ya había pasado el mediodía largo: eran las doce y media, lo cual ese día era esperable, porque se habían acostado tarde y además ella había tardado mucho en dormirse. Se levantó y fue directo al baño, siguiendo su rutina matutina. Al salir del baño se dio cuenta de que la casa estaba extrañamente tranquila y silenciosa. Eso era especialmente raro, porque sabía que Zoran estaba allí, despierto, y normalmente no era tan silencioso.

—Hm… —Al principio se sintió confundida, pero al ver el teléfono de su esposo sobre la mesita de la sala y el frasco de café abierto en la encimera, entendió que probablemente solo había ido un momento a la tienda del vecino.

Se puso a prepararles el desayuno, es decir, a arreglárselas como podía con las sobras. Justo en ese instante pensó, también ella, que el día anterior habían sido imprudentes.

Ya había pasado, seguro, más de media hora, pero Zoran no volvía. Como tenía hambre, empezó a comer; el desayuno ya estaba medio frío. Algo preocupada, pero también esperando, casi con cada bocado miraba el gran reloj de pared. Al terminar, caminó al recibidor y constató que las zapatillas deportivas de Zoran, así como su chaqueta y el paraguas, estaban en su sitio; el coche también estaba en el estacionamiento.

—Está pasando algo extraño… —pensó. Cuando ya había pasado la primera hora, tomó su teléfono y llamó primero a Dragan, el hermano de Zoran, que vivía calle abajo, a un kilómetro aproximadamente. Pero él tampoco lo había visto ni había hablado con Zoran en las últimas veinticuatro horas. Luego llamó a sus suegros, pero su suegra le dijo, confundida, que ellos tampoco habían hablado con él desde la semana anterior.

Ivana empezó a intuir que algo le había ocurrido a su marido en el camino de ida o de vuelta desde la tienda. Miró por la ventana: estaba lloviznando. Se vistió rápido y fue a la tienda. La lluvia ya había formado charcos en la calle; no hacía frío, pero tampoco era agradable.

Qué día tan feo, qué mal tiempo, pensó.

—Buenos días, vecino —saludó al vendedor al entrar—. ¿Mi esposo vino a comprar café hoy?

—Vino esta mañana, compró café y unos periódicos, si mal no recuerdo. ¿No volvió a la casa todavía? —Al oír eso, Ivana se quedó helada. Al ver su reacción, el hombre, con expresión de sorpresa, continuó—: Es extraño: venía literalmente en pantuflas y bata. Fue antes de las nueve de la mañana, y ahora son… —miró el reloj con despreocupación— … pasadas las dos.

Con esas palabras, Ivana salió de la tienda preocupada, en silencio y apresurada.

—Gracias. Adiós —apenas murmuró.

Al llegar frente a la casa, tuvo la esperanza de encontrarse a su esposo adentro, pero al entrar se dio cuenta de que estaba sola.

¡No puede desaparecer así, sin más, un hombre tan grande!, pensó. Y, en efecto, Zoran era corpulento, alto, de tipo deportivo; le gustaba comer bien, pero entrenaba con regularidad; estaba sano, no podía haberle pasado nada. La mujer, desesperada, empezó a sospechar en serio, a preocuparse, a cuestionarse. Tomó el teléfono de él, revisó llamadas y mensajes, pero no encontró nada. Comprendió que ya habían pasado más de seis horas desde que lo habían visto por última vez en la tienda.

Decidió que, aunque ya sabía lo que le dirían, llamaría a la policía. Tenía razón: primero la dejaron en espera, luego la derivaron de un lado a otro, de oficina en oficina, pero al final nadie era competente para un adulto que había desaparecido hacía apenas unas horas y al que todavía “solo” estaba buscando su esposa. Todo tenía ese aire de infidelidad, que, aunque nadie lo dijera, se percibía por el comportamiento y las bromas de los agentes. Ella lo oyó todo; ni siquiera se esforzaban en ocultarlo. Le dijeron que una desaparición de un adulto “sano” se denunciaba oficialmente recién después de cuarenta y ocho horas.

Es inútil discutir con ellos; solo me pondré más nerviosa, pensó Ivana. No me queda más que esperar.

Mientras tanto volvieron a llamar Dragan y Olga, pero nadie tenía datos de Zoran.

Es imposible que un hombre salga en pantuflas y bata y no vuelva… Y aunque hubiera decidido pasar por algún lado, no se habría quedado tanto, lo conozco, pensaba Ivana, cada vez más inquieta.

Al día siguiente oficializaron su desaparición. Dragan recorría la ciudad pegando carteles con una foto de Zoran y el gran texto: “¿ME HA VISTO?”. La policía inició la búsqueda y ya había ido varias veces a la casa de Ivana para preguntarle una y otra vez por todos los detalles. Incluso contactaron a los amigos en cuya casa habían estado la noche del domingo anterior a la desaparición: los interrogaron, los investigaron, buscando una explicación racional, evitando aceptar el hecho de que no había nada racional en toda la situación. Nada estaba claro y todos fueron interrogados por la policía.

Los días pasaban y no había ni rastro ni noticia de Zoran. El tiempo cambiaba. Aquellas lluvias aburridas de abril cesaron. Era el final de ese mes lluvioso. La preocupación y el miedo de Ivana no disminuían, tampoco la esperanza de encontrar a Zoran vivo y sano. Sin embargo, con el paso del tiempo no aparecía ninguna información. La policía hacía lo que podía, pero cuando no existe ni un solo rastro físico de que una persona haya pasado por algún lugar, no se puede hacer mucho.

Era domingo. La mañana estaba nublada, pero agradable. En el momento en que Ivana –perdida de tristeza y dolor en esa desesperación en la que se encontraba– oyó que alguien entraba en la casa, primero pensó, aún somnolienta, que había soñado. Pero cuando volvió a oír que alguien ya estaba dentro, salió corriendo al recibidor y vio lo imposible.

Zoran estaba allí, con sus viejos zuecos de casa y su bata celeste descolorida, con los periódicos bajo el brazo y completamente empapado. Entró y se quedó en el pasillo, mojado, quitándose todo de encima para no mojar el resto de la casa.

—Ah, ya te levantaste. ¿Qué pasa, por qué me miras así? —dijo mientras se apresuraba a sacarse la ropa mojada—. Me agarró la lluvia justo al regresar de la tienda y... — Ivana se quedó petrificada, en shock e incredulidad, mirando a su marido, que se comportaba como si acabara de salir hace un momento, como si no hubiera estado tres semanas completas ausente y denunciado como desaparecido.

Recién cuando él se duchó y se cambió, notó que Ivana no se había movido de su lugar en todo ese tiempo, que seguía con expresión atónita, inmóvil en el recibidor.

—Oye, oye, ¿qué te pasa? —Se acercó con ternura—. ¿Estás bien? ¿O me parece a mí o que tu panza está un poco más grande que esta mañana? —La miró sorprendido; sabía que en el sexto mes crece rápido, que cambia, pero no imaginaba que pudiera ser tan rápido—. Como si desde anoche hasta ahora casi hubieras pasado del sexto al séptimo mes. —Sonriendo, se acercó para besarla.

Aun confundida, después de esas palabras, la joven mujer volvió un poco en sí.

—¿Dónde estabas? —fue todo lo que logró decir.

—Pero si te lo dije: me di una corrida a la tienda por café y periódicos; tenemos que ir a hacer compras. Anoche la arruinamos al no ir al mercado antes de la parrillada —agregó con indiferencia mientras entraba a la cocina—. Me muero de hambre. El alcohol de anoche todavía lo siento; sigo con resaca…

Ivana, sin poder creer lo que oía y veía, lo miraba como si estuviera viendo un espectro.

—¿De verdad no sabes qué fue lo que pasó?

Ahora era Zoran el que estaba confundido, quizá incluso más que Ivana.

—De verdad no sé de qué estás hablando, amor. ¿Qué podría haber pasado en apenas diez minutos?

—¿Diez minutos, dices? ¿Eres consciente de que desapareciste tres semanas, que figurabas como persona desaparecida?

—Cariño, ¿estás bien? ¿Soñaste algo?

El malentendido creció rápido y se transformó en discusión. Pero, como tenían una relación armoniosa y una comunicación sana, se calmaron pronto. Entonces a Ivana se le encendió una idea.

—Dices que no estuviste fuera más que diez minutos, quince como mucho, y volviste empapado, aunque afuera no ha llovido en días.

Tomó los periódicos que Zoran había traído. Estaban sin abrir, olían a tinta fresca, y la fecha en cada uno era la fecha de su desaparición. En ese momento, Zoran miró por la ventana, conmocionado, y comprobó que afuera estaba seco: nublado, pero seco y cálido.

Después de las primeras reacciones, llamaron rápidamente a Dragan y a Olga y avisaron a la policía de que Zoran estaba sano y salvo en casa, y que se negaba a creer que hubiera estado fuera tanto tiempo.

Como suele ocurrir, la policía no se detuvo demasiado en el caso. Aun así, Zoran pasó por entrevistas con psicólogos; insistieron en hacerle una serie de pruebas, un examen médico completo, resonancia, consulta con neurocirujano. Y todo estaba limpio: no había tenido pérdida de conciencia; nada indicaba ataques ni “lagunas” en la memoria; no encontraron rastros de sustancias en su organismo.

Parecía que Zoran había caído en una especie de nudo espaciotemporal, donde a él le parecía que había ido a la tienda y regresado a casa, y que desde su punto de vista habían pasado apenas unos minutos; incluso tenía manifestaciones materiales del clima de aquel día en que desapareció: volvió empapado, y la resaca de la reunión seguía allí… Pero, por otro lado, para los demás –fuera de esa otra dimensión espaciotemporal en la que él había entrado– el tiempo transcurrió de manera normal. Para ellos habían pasado tres semanas; para él, apenas un cuarto de hora.

Pasó mucho tiempo después de eso y, cuando tuvieron al bebé, todo se tranquilizó por completo y las tensiones disminuyeron, aunque de vez en cuando Ivana, ya sea por lo increíble de la situación, ya sea por sus cambios hormonales habituales, a veces sospechaba con incredulidad que Zoran, si no le mentía, al menos le ocultaba dónde y con quién había estado esas famosas tres semanas.

Para no profundizar su desconfianza, él mismo propuso someterse a un polígrafo profesional. Cuando también lo pasó, Ivana y Zoran investigaron durante mucho tiempo el caso y encontraron un mar de datos sobre personas que habían tenido experiencias similares. Algunos desaparecían uno o dos días, otros uno o dos años, pero todos tenían síntomas idénticos a los de Zoran: ni les crecía la barba, ni el cabello, ni las uñas; a ese nivel todo parecía como si realmente hubieran estado ausentes solo los instantes que, en la mayoría de los casos, coincidían con los minutos que “los desaparecidos” sentían que habían pasado.

Cuando entraron en contacto con un especialista, un profesor reconocido del departamento de metafísica y física cuántica de Yale, él, como experto cuya especialidad era precisamente ese espectro espaciotemporal, les explicó que existen las llamadas dimensiones paralelas, de las que, por supuesto, nosotros, especialmente en el plano material, no somos ni podemos ser conscientes. Les habló de una supuesta “superficie” tridimensional, una especie de compuerta, que al parecer habría sido la principal responsable de la excursión de tres semanas de Zoran fuera de nuestro continuo espaciotemporal.

En internet, con frecuencia encontraban el testimonio de un hombre de sesenta años de Toronto que, igual que Zoran, salió en zuecos a comprar cigarrillos a un quiosco y desapareció tres años. No había señales de envejecimiento en él, en su rostro. No se había vuelto más canoso de lo que ya estaba cuando desapareció. Parecía como si hubiera “comprado tiempo” y recibido tres años gratis en términos de salud física, años de vida y aspecto, pero sin saberlo había perdido tres años de su vida. No estuvo presente cuando nació su nieto; no sabía que su hermano había muerto en ese lapso. Todo eso, para él, fue más que impactante.

 

—Así que, si seguimos hablando de miedos, yo sigo teniendo solo uno: le temo a ese nudo temporal, a esa maldita compuerta, o como se llame eso en lo que, sin darme cuenta, caí. Especialmente me aterra que no exista ninguna prueba física de que eso sea real, de que exista. Lo único que tenemos son experiencias de gente en todo el mundo. ¿Es posible que no haya notado ni sentido el instante en que entré allí? Ninguno de los que lo vivimos lo hizo… Yo no era consciente ni de que ya no llovía. Para mí llovía hasta el momento en que crucé el umbral de mi casa y entré…

Terminé mi bebida, me despedí de mis amigos y caminé con paso inseguro hacia la salida.

Ivana Gavrić es una autora de Belgrado, Serbia, propietaria del canal de YouTube "Gavranica". Ha publicado historias en el fanzine Sci&Fi Portal y en la antología de ciencia ficción, fantasía y terror Regia Fantastica.

 

sábado, 21 de marzo de 2026

INSOMNIO

Ivana Gavrić

 

Estoy acostada en la cama. Hace rato que ya pasó la medianoche. Estoy cansada. Ha sido un día agotador. Un entrenamiento extenuante al comienzo de cada jornada, sin falta, seguido de ocho horas de trabajo intenso en la oficina. Entrada de datos, reuniones, información importante y registros que siempre deben enviarse a tiempo y en la dirección correcta. A veces tengo que memorizar montones de números y nombres, y luego introducirlos en la base de datos en ese mismo orden. A veces tomar notas simplemente no ayuda, no llego a escribir todo, así que he entrenado mi memoria rápida. Eso me salva y me ahorra tiempo. Y así todos los días. Desde hace años...

Y aquí estoy, una vez más, pasando por lo mismo. El cuerpo está agotado, pero la mente está tensa, desbordada, imposible de detener. No se calma. En cuanto cierro los ojos, empiezo a pensar en los escenarios más diversos, que no han sucedido y probablemente nunca sucederán. Y solo me doy cuenta de ello al día siguiente.

Curiosamente, al día siguiente ni siquiera pienso en esas cosas. Ni por un segundo me vienen a la mente esos peores escenarios posibles que me atormentan casi todas las noches.

Justo esta noche, se me ocurrió una idea brillante en el momento en que desde el departamento de arriba llegaban unos golpes. Mi vecino decidió ponerse a hacer arreglos en plena madrugada. Los golpes continúan y son cada vez más fuertes... «¿Y si rompe el suelo y el techo se me viene encima y me aplasta?» Me aferro a ese pensamiento y empiezo a imaginar ese escenario con pánico, como si fuera posible.

Y, por supuesto, durante el día todas esas premoniciones oscuras son simplemente imposibles, incluso suenan ridículas, pero por la noche... Siento como si cada noche todo el peso del mundo cayera sobre mis hombros. Y solo yo, con mi vigilia, puedo evitar la catástrofe.

Y todo eso es ansiedad, lo sé. Llevo tiempo trabajando para resolver ese problema, y me sorprendió descubrir cuánta gente padece lo mismo. Pero… hay algo más...

Entonces mis pensamientos empiezan a desviarse en direcciones aún más ilógicas...

Como esta noche. Oigo un crujido que viene de algún lugar de la casa. «Cosas viejas, muebles viejos, Ivana, es normal, eso siempre pasa», me digo en mis pensamientos para tranquilizarme. Pero entonces mi mente empieza a hacerme preguntas lógicas que me erizan cada pelo del cuerpo: ¿cómo es que esto solo se oye por la noche? Durante el día, cuando a veces te recuestas, cuando te tranquilizas, esos sonidos no están... ¿Cómo es eso? ¿Por qué?...

Cuando mi mente me lleva por esos caminos durante la noche, con toda seguridad no vuelvo a dormir hasta el amanecer. Y justo cuando empiezo a convencerme de que ya pasó, de que no es nada, de que seguro solo me lo imaginé, y cuando comienzo a tranquilizarme y a caer en ese primer sueño, tan tenue, lo vuelvo a oír. Ahora está más cerca, más aterrador. Y entonces estoy perdida. Completamente despierta. Escucho atentamente, sin moverme. Tengo miedo. Me invade ese miedo paralizante. Cada célula de mi cuerpo grita alarma, algo peligroso no está bien, ahí, en mi habitación. La atmósfera de la casa ha cambiado. La temperatura en la habitación parece haber bajado al menos dos grados. Y no, no me atrevo a moverme, porque de pronto empiezo a recordar... Como una regla que surge de quién sabe qué rincón olvidado de la memoria: si me muevo, eso me notará, y entonces sí que estaré perdida.

Así que me quedo acostada, escuchando, casi inmóvil, apenas respirando. No abro los ojos porque siento que eso me está observando. Y espera. Solo espera a que cometa un error, que haga el más mínimo ruido o movimiento y así delatarme. Pero soy más inteligente. Todo esto me resulta muy familiar. Esto ya sucedió una vez. No, no una vez... muchas veces. Pero no logro recordarlo con claridad...

Y esa noche, como todas las anteriores hasta entonces, me dormí al amanecer, cuando ya empezaba a clarear. La luz del día trae consigo la victoria y la seguridad. Pero, por desgracia, en apenas una hora y quince minutos tengo que despertarme y empezar el día. Ya estoy al límite de mis fuerzas.

Y justo hoy, mientras introduzco nuevamente secuencias absurdas de números y letras en la computadora, de repente me cruza la mente un pensamiento, un recuerdo. Sí... De niña tenía mucho miedo a la oscuridad. Como cualquier niño. Y recuerdo bien que esa oscuridad tenía forma, estaba viva. Se movía. Y también hacía ruido por la noche, un ruido que evidentemente solo yo escuchaba. Abría las puertas del armario, proyectaba sombras extrañas en el suelo y en las paredes jugando con la luz que entraba desde afuera. Y estoy casi segura de que lo vi entonces, más de una vez. Vi a esa criatura de la oscuridad, pero ahora no logro recordar cómo era...

Y en ese momento se me ocurre una idea. Buscaré más información en internet. Escribo “miedo a la oscuridad en niños” y aparecen un montón de páginas, todas más o menos con el mismo contenido, y cada una comienza con la misma introducción: el miedo a la oscuridad es un miedo natural y funcional, dado evolutivamente. Cuando existe en una forma racional para nosotros, cumple una función protectora. Surge del hecho de que en la oscuridad nuestro sentido de la vista está disminuido...

Recordé cómo mi madre y mi padre me decían que tenía demasiada imaginación, que todo lo inventaba, que me lo imaginaba, que no había nada allí, que estábamos más seguros en nuestra casa, en nuestra cama. Pero ellos no entendían, no querían escucharme. Eso aparecía cuando todos se dormían. Entonces, igual que ahora, me invadía ese miedo paralizante y me quedaba horas tumbada en la cama, en la oscuridad de mi habitación, con los ojos cerrados, mientras mi oído se agudizaba hasta límites incomprensibles. Tenía la sensación de que podía oír incluso a un gato saltando desde un contenedor en la calle.

Seguí leyendo un sitio interesante sobre el miedo a la oscuridad en niños cuando llegué a casa. Parecía que la persona era muy experta en trabajar con niños o que escribía desde su propia experiencia, sus recuerdos. Todo niño teme lo que hay debajo de la cama o en el armario, decía. O quizá esa pequeña rendija en la puerta casi cerrada. Los científicos saben que los niños ven lo que los adultos ya no pueden. Ven cosas que a los adultos se les escapan. Todavía no están condicionados a aceptar solo lo que la sociedad quiere que acepten. Ellos ven lo que realmente existe. Ven monstruos… Dra. Amalija Prodanović, pedagoga especial y asesora CBT, su psicóloga, contacto para consulta presencial al número 064442…, contacto para consulta en línea al correo amalijaprodanovic@…

«¿Por qué no?», pensé.

 

La consulta era luminosa. Demasiado luminosa, incluso. Estaba sentada frente a ella. Sobre la mesa había una placa con su nombre: Dra. Amalija Prodanović — Psiquiatra.

Su voz era tranquila, el tono entrenado. Tenía una manera de tratar que hacía parecer que realmente no juzgaba a nadie ni a nada, pero que tampoco escuchaba con demasiada atención. Todo el tiempo escribía. Le expliqué mi problema con el sueño, o mejor dicho, con la falta de sueño.

—Dígame —dijo—, ¿qué es exactamente lo que no le permite dormir por la noche?

Intenté explicarlo. El cansancio. El insomnio. Los sonidos. La sensación de que alguien me observa. Asentía. Tomaba notas.

—Nada fuera de lo común… Lo que describe —dijo— es un patrón muy frecuente en los trastornos de ansiedad.

Se detuvo.

—El cerebro, cuando está agotado, busca una amenaza. Y la encuentra.

No levantaba la mirada, solo escribía.

—Pero —dije—, esto me pasa desde hace años. Desde la infancia.

Levantó la vista y me miró como si me leyera la mente, o al menos esa fue la sensación que tuve. Tras una pausa significativa, se puso aún más seria.

—¿Tenía miedo a la oscuridad cuando era niña?

Sonreí. Brevemente. Con cierto sarcasmo.

—Mucho.

—Es normal —dijo—. Todo niño pasa por eso.

Luego pronunció la frase que ya había leído innumerables veces:

—El miedo a la oscuridad es natural y funcional. Está condicionado evolutivamente. —Guardé silencio—. Los niños —continuó— tienen una imaginación muy rica. Ven patrones donde no los hay.

La interrumpí.

—¿Y si no es imaginación?

Me miró con más atención.

—¿Qué quiere decir con eso?

Respiré hondo.

—¿Y si los niños no ven más, sino que los adultos ven menos?

No respondió de inmediato.

—Hay fases en el desarrollo —dijo al fin— en las que la frontera entre el mundo interno y el externo no está claramente definida. —Sonaba científico. Seco. Pero entonces añadió, casi en un susurro—: Los niños realmente perciben cosas que los adultos ignoran.

Levanté la cabeza.

—¿Como qué?

Me observó en silencio durante un largo momento, como si buscara las palabras más precisas.

—Como… presencias —dijo—. La atmósfera. La tensión. —Sonrió, como si quisiera suavizar lo que acababa de decir. Y luego añadió rápidamente—: Pero eso no significa que sea… real.

—¿Y las reglas? —pregunté.

—¿Qué reglas? —respondió, interesada.

—Las que sabes cuando eres niño —dije—. Cubrirte. No respirar fuerte. No moverte.

La expresión de interés en su rostro se transformó rápidamente en miedo. La luz de sus ojos desapareció.

—¿Quién le dijo eso? —preguntó con seriedad.

—Nadie —respondí—. Simplemente lo sabía. Desde niña… —Hice una pausa—. Lo recordé hace algunas noches.

En ese momento, la consulta quedó sumida en un silencio sepulcral.

—Sabe —dijo tras unos segundos—, los adolescentes suelen sufrir de insomnio.

—Exacto —respondí con seguridad—. En mi caso todo se intensificó después de los trece años. Sentía que algo estaba ahí, pero ya no podía verlo con claridad en la oscuridad. —Me miró directamente a los ojos—. Hace tiempo —continué— supe que los adolescentes están atrapados en un punto intermedio. Algunos se vuelven completamente insensibles y pierden esas capacidades, pero… algunos, como yo… crecemos con la sensación de que el mundo no es exactamente como parece a simple vista.

La doctora me observaba fijamente, como si me estuviera analizando.

—¿Por qué piensa eso?

—Porque los adultos también permanecemos despiertos, a propósito —dije—. Miramos pantallas. Tecleamos en nuestros teléfonos. Inconscientemente respetamos la regla principal, esperando que la luz del monitor sea suficiente.

Al oír esto, la doctora se levantó nerviosa y se acercó a la ventana. Ajustó la cortina de modo que la luz del sol inundó la consulta con una intensidad casi agresiva.

—La luz ayuda —dijo—. Calma. —Volvió a sentarse—. ¿Qué es lo que más le asusta ahora?

Lo pensé.

—Que ya no estoy segura —dije lentamente— de si realmente hay algo… o si solo lo imagino.

No respondió. Solo miró hacia algún punto por encima de mí.

 

Esa noche, después de la conversación con la doctora, me acosté e intenté aplicar todos esos consejos para dormirme más rápido: respiración, contar, meditación, de todo… pero no funcionaba. Solo volvía una y otra vez la pregunta que me surgió justo al salir de la consulta: si un adulto pudiera tomar prestados por una noche los ojos de un niño y mirar el mundo a través de ellos, ¿qué le pasaría? ¿Qué nos pasaría a todos? Cualquiera enloquecería.

Ver aquello que solo recuerdas vagamente, que solo percibes de vez en cuando, por el rabillo del ojo, nunca cuando miras directamente; oír algo moverse por la casa sin saber por qué ha vuelto ni qué quiere de ti, mientras permaneces inmóvil, paralizado en la cama, con la mente trabajando sin descanso, rogando que no te note… ese reencuentro con esa criatura llevaría a un adulto a la locura. Porque los adultos, con el tiempo, olvidan las reglas. Esta noche, yo las he recordado todas.

Regla número uno: cúbrete. Si tú no puedes verlo, él no puede verte a ti. Aunque te cueste respirar.

Regla número dos: no hagas ruido. Incluso el sollozo más leve puede hacer que te oiga, que te detecte, y entonces estás perdido.

Regla número tres: no te muevas. Cualquier movimiento atrae su atención.

Regla número cuatro: solo la luz puede ahuyentarlo. Y debe ser una luz fuerte. Las linternas solo empeoran las cosas. Los adolescentes están atrapados en el medio. Aún sienten que algo está ahí, pero ya no pueden verlo. Y olvidan las reglas. Por eso hay tantos que sufren de insomnio, que teclean hasta altas horas de la noche, esperando inconscientemente que la luz del monitor los proteja.

No puedo más. Tomo el teléfono a mi lado y empiezo a deslizar contenido en internet. Ya ni sé qué mirar, prácticamente todo me resulta familiar; dejo cosas sin interés solo para tener algo de compañía en la habitación. Pero esa horrible sensación de no estar sola se vuelve cada vez más fuerte. Escucho. Sigue ahí. El parqué cruje en la sala, o en la cocina. Espera. Es persistente. Espera a que me rinda, a que apague la luz y me acueste por fin.

No puedo más. Los párpados me pesan, apenas puedo mantener los ojos abiertos. Y tú también, ahora, mientras estás acostado en la oscuridad de tu habitación leyendo esta confesión… tú también sabes que no estás solo. Aunque todos a tu alrededor ya duerman profundamente.

Intenta recordar tu infancia y ese miedo a la oscuridad que te envolvía por la noche. Recuerda todo lo que oías en esa oscuridad: el crujido de los muebles, del suelo, mientras todo dormía.

Ahora, con esos ojos de niño, atrévete a mirar en la oscuridad de tu habitación, hacia ese rincón más oscuro desde donde oyes ese movimiento.

Mira… e intenta no asustarte…

Ivana Gavrić es una autora de Belgrado, Serbia, propietaria del canal de YouTube Ivy Raven. Ha publicado historias en el fanzine Sci&Fi Portal y en la antología de ciencia ficción, fantasía y terror Regia Fantastica.

 

sábado, 20 de diciembre de 2025

KORONA SPECIAL (Tríptico)

Ivana Gavrić

 

—¿Cree usted en los vampiros, señorita? ¿No? ¿Cómo? ¿De verdad? ¿Y en la inmortalidad? ¿Tampoco? Hmm… ¿El concepto de inmortalidad y de muerto viviente le resulta ajeno, dice? ¿Inaceptable? Interesante… ¿pero por qué? La idea de la existencia de los vampiros es casi tan antigua como la propia humanidad. Y de la extensión de esa misma idea mejor ni hablar. Y eso en una época en la que la información no podía viajar ni de lejos tan fácil y rápido como hoy. Casi entre todas las naciones, culturas y religiones existe desde tiempos inmemoriales la creencia en el muerto que camina y que bebe la sangre de los vivos. ¿Y sabe usted de dónde proceden la palabra y el concepto “vampiro”? Hmm… ESO sí lo sabe, me alegra. Así es: la palabra vampiro proviene precisamente de esta zona, de Serbia, y es la única palabra serbia que ha sido aceptada universalmente desde hace siglos para ese concepto –o mejor dicho, ese fenómeno– tan temible y misterioso. Entonces, ahora esta definición la ha picado un poco, ¿verdad? Ahora esta cadena de información la ha empujado a pensar un poco mejor, más amplio y profundo sobre esto. Quizá justo ahora está hablando con un ejemplar… jajajajaja.

Esta era la típica cantilena con la que me topaba regularmente en las fiestas de Halloween. No sé por qué todas las chicas siempre se esforzaban en vestirse de vampiras: siempre cuanto más corto, más negro y vulgar, mejor. Al final todo se reducía al mal gusto. En cambio, los disfraces originales, ingeniosos, me sorprendían siempre para bien. Aun así, no es parte de nuestra cultura, pero lo reconozco: es divertido. Y yo, desde que tengo uso de razón, adoro los disfraces, aunque nunca me vestí de vampira, eso no me atraía. Esta noche soy monja: una monja caída en desgracia; y he sabido ser Campanilla, bruja, Morticia Addams… No estoy, para ser sincera, acostumbrada a vampiros hombres, sobre todo no a vampiros mayores, no tan mayores. Aun así, me resultaba agradable charlar de una manera un poco más intelectual con alguien, por variar.

—Bueno, lo admito: me ha interesado. Me parece que esto puede ser un camino excelente para abrir más puertas sobre el tema.

Este señor –lo admito, simpático y sexi–, con ese maquillaje tan fuerte, de verdad recordaba irresistiblemente a un vampiro de Hollywood. Tenía cierto encanto oscuro, y yo siempre caía en eso.

—Por ejemplo, si se convirtiera en vampiro alguien que es ateo, ¿le afectarían igual el crucifijo y el agua bendita? O, digamos, un vampiro musulmán: ¿cuál sería el remedio contra esos chupasangres? Tiene que existir algo universal.

—Hablas con sabiduría, niñita —se rio el vampiro, y se alejó visiblemente de mí, aunque por un momento pareció que iba a besarme; se me había acercado muchísimo a la cara—. El ajo. Sí, sí, el ajo es un medio universal.

—¿Pero usted está seguro?

—Oh, sí. En mí funciona. Huyo en cuanto noto que una chica ha comido ajo, aunque sea la más dulce. Pero ese soy solo yo. La saludo, hermosa…

Debo admitir que aquel día, para cenar, justo antes de salir para esta fiesta, comí caballa marinada con bastante ajo. Al parecer me lavé los dientes tres veces al pedo antes de salir: se notaba, en cuanto el vampiro maduro y sexi salió huyendo. Y mi amiga me lo había dicho: que al menos me llevara un chicle.

Aun así, arrastrada por este tema, recordé tres casos en nuestra época moderna, más precisamente en tiempos de covid 2020, y ese año literalmente fue un año de toda clase de maravillas: se acumularon entonces todo tipo de fenómenos, algunos de los cuales ni siquiera hoy sabemos explicarlos. Y esto de esta noche me recordó un encuentro con un vampiro… o al menos con algo que podía parecerse muchísimo a uno.

Esto ocurrió justo después del confinamiento, a finales del verano de aquel duro 2020. Petar era estudiante. Había llegado un año antes desde la provincia a Belgrado para estudiar ingeniería eléctrica. Era aplicado e inteligente. Por el presupuesto modesto del que disponía, alquiló una habitación minúscula en casa de una mujer mayor, en una zona no demasiado prestigiosa de la ciudad, en Krnjača. Le gustaba que hubiera una estación de tren que pasaba con relativa frecuencia con el que llegaba rápido al centro, y desde allí el cielo era el límite.

En una ocasión, acordó que para el próximo examen estudiaría junto con otro compañero que vivía en su propio piso con sus padres, cerca de la facultad. Pero como Petar tenía además sus obligaciones –el gimnasio ineludible al que iba cada día, es decir, cada noche– esa noche tampoco hizo excepción. Después del gym y de ducharse, se dio cuenta de que tenía tiempo justo para ir sin prisa y tomar el último tren hacia Franš. Era un viaje agradable de unos veinte minutos. Sabía que a esa hora el tren estaba vacío; si había alguien en algún vagón, en todo el tren no habría más de cinco pasajeros.

El vagón al que ingresó estaba completamente vacío y sin iluminación, lo cual era raro, pero ocurría. Se acomodó y sacó el teléfono para avisarle a su amigo que ya estaba en camino y cuánto tardaría. De paso puso su canción favorita y disfrutó de la música. El tren arrancó, todavía no había luz, el tren retumbaba en la oscuridad.

En un momento, por el rabillo del ojo, el joven vio que alguien estaba sentado frente a él, al otro extremo del espacio, en un rincón. Se desconcertó y miró: estaba seguro de haber entrado en un vagón totalmente vacío. Y sí: todo parecía como si se lo hubiera imaginado. Volvió a girar hacia la ventana y siguió mirando al vacío; y entonces otra vez, con su visión periférica, notó una figura sentada en el mismo lugar del rincón, mirando en su dirección. Esta vez giró de golpe y realmente vio allí a una figura extraña.

Era una chica de una belleza extraordinaria. Petar estaba convencido de que nunca en su vida había visto una belleza así, ni volvería a ver una mujer joven tan hermosa. Era morena, de ojos oscuros y magnéticos, piel blanca, labios púrpura. Era voluptuosa. Petar, aunque tenía novia, aunque jamás había tenido fama de andar de flor en flor, no pudo evitarlo: algo no se lo permitía. Por más consciente que fuera de que era impropio quedarse mirando así a alguien –sobre todo a una chica en un tren vacío– no podía resistirse; como si esa fuerza que lo atraía hacia ella viniera de fuera, más precisamente de ella.

Sin embargo, en un momento apartó la vista hacia el teléfono, que vibró. Y cuando al instante siguiente volvió a buscar con la mirada a la hermosa desconocida, comprendió que estaba solo en el vagón.

—Debe de haber sido una ilusión fuerte. Un espejismo. —Se rio de aquel pensamiento absurdo.

La noche siguiente sucedió algo casi idéntico. Solo que esta vez se sintió atraído por ella de manera todavía más intensa. Y cuando llegó el momento de bajar del tren, se levantó y caminó hacia la mujer, aunque la puerta del otro lado estaba mucho más cerca: quería comprobar si era real. Y de nuevo, en una fracción de segundo, apartó el foco… y ella volvió a desaparecer. Ahora ya sabía que eso era algo para lo cual su mente lógica no tenía explicación.

Y la última noche fue lo mismo: tren vacío, pero esta vez la luz jugueteaba, el vagón se iluminaba y se apagaba, y en la oscuridad era aún más oscuro por el fallo de iluminación. Y entonces la vio: estaba frente a él en el momento en que entró. Un frío indescriptible y un magnetismo lo dominaron: estaba aterrorizado y a la vez atraído por su cercanía.

—Hola, Petar. —Una voz seductora sonó en su cabeza, en su mente.

Se quitó los auriculares, otra vez pensando que se lo había imaginado. Contra su voluntad dio un paso más y avanzó hacia esa chica enigmática. Ella solo le sonreía, y cuando él se acercó, se dio cuenta de que ella levitaba: se deslizó suavemente hacia él, como si flotara, y efectivamente flotaba. Se le acercó de forma seductora y lo atrapó en un abrazo mortal…

Petar aquella noche no llegó a casa de su compañero con el que iba a preparar el examen, ni al día siguiente se presentó al examen. Solo que, unos días después, los vecinos de Krnjača encontraron en un canal el cuerpo sin vida de un joven, flotando desnudo en el agua y el fango. Más tarde, cuando sacaron el cuerpo, los forenses establecieron que tenía en el cuello heridas punzantes, no características de ningún arma conocida hasta entonces. Estaba completamente seco, sin una sola gota de sangre en el cuerpo.

 

Aleksa conducía un vehículo de aplición. Estaba muy descontento con las condiciones, pero como no había trabajo y como aquello, en ese momento de maldito estado covid y poscovid, era la única solución, no tenía muchas opciones. Conducía durante horas; algunos días, más de 14, especialmente los fines de semana.

Aquel jueves había algo menos de trabajo de lo habitual: invierno, ya estaba peligrosamente oscuro. Lo recuerda: era 11 de enero, los “días no bautizados”. Su madre, cuando él era pequeño, le advertía especialmente que tuviera cuidado en esos días; siempre fue un poco supersticiosa, pero bienintencionada. Recordemos que en ese periodo pasaban cosas muy extrañas, especialmente en los momentos de cierre, con calles bastante vacías: podía suceder cualquier cosa. Y hubo muertes y desapariciones extrañas, todavía sin resolver.

Ese jueves era tarde, seguro que algo antes de la medianoche, y como el día había sido flojo, aunque ya bastante cansado decidió seguir. Para por lo menos juntar una jornada decente. Le faltaban todavía al menos dos viajes de un extremo de la ciudad al otro para reunir una suma decente. No había pedidos; la plataforma parecía bloqueada, de lo muerto que estaba todo. Y entonces, vagando sin rumbo por la ciudad, decidió que desde Tašmajdan –donde estaba dando vueltas– iba a girar por Vuk hacia Bogoslovija para hacer un círculo.

Conducía lento; las calles estaban bastante vacías. En un momento iba incluso demasiado lento, literalmente no había nadie a quien le molestara. Y entonces, en un momento de lentitud mientras pasaba junto al Cementerio Nuevo, de pronto se activó la plataforma: la señal indicaba que alguien justo al lado de él, ahí, junto al cementerio, pedía taxi; parecía un viaje prometedor. Aleksa aceptó al cliente y se detuvo justo en la puerta.

En el acto se decepcionó: no había nadie. Pensó que era un error o que el cliente había desistido. Sin embargo, desde el interior del cementerio se acercó a la puerta una figura, con un paso lento y suave. Estaba completamente envuelta en negro, así que Aleksa no podía distinguir bien ni siquiera si era hombre o mujer.

La figura entró al vehículo sin descubrirse.

—Conduce —dijo con una voz pesada, áspera y dulzona.

Aleksa pisó el acelerador y arrancó, y luego intentó ver en el retrovisor con quién tenía que lidiar esa noche.

—¿Adónde vamos? —preguntó con cautela, sin apartar la mirada de la figura envuelta.

—¿Qué fecha es hoy? —Eso fue todo lo que dijo esa cosa.

En esa atmósfera ya desagradable, solo en las calles vacías, al lado del Cementerio Nuevo, Aleksa ya no sabía cómo reaccionar ni qué hacer; respondió en voz baja y confundido:

—Hoy es jueves, dentro de unos minutos será 11 de enero.

—¿Qué año? —preguntó la voz.

Aleksa miró incrédulo a la figura.

—2021.

Silencio. Un silencio desagradable. Así estuvieron varios minutos.

—Cementerio de Bežanija.

—¿Cómo? —se confundió.

—Llévame al cementerio de Bežanija.

Tragándose un nudo en la garganta, Aleksa giró hacia Novi Beograd y siguió conduciendo en silencio. Era un viaje largo, justo el que esperaba; pero nunca en su vida se había sentido tan mal, tan tenso. Procuraba no apartar la vista del cliente en el retrovisor y, al mismo tiempo, cuidar el camino. Por suerte, las calles estaban realmente vacías aquella noche.

Al llegar, estacionó justo frente a la puerta. La iluminación era escasa. Aparcó, esperó unos instantes.

—Hemos llegado —dijo. El silencio de tumba dentro y fuera del coche era tan siniestro que Aleksa sentía que se le erizaba cada pelo del cuerpo. La figura en el coche no se movía y él tenía miedo de darse vuelta, pero finalmente reunió valor y se volvió hacia el cliente—.  ¿Está todo bien? —añadió con una sonrisa rígida y forzada. Nada—. Hemos llegado, ¿necesita ayuda para bajar?

Esperaba que la respuesta fuera negativa; no quería ningún contacto cercano con esa aberración, al menos no más cercano que el actual.

Cuando se dio cuenta de que llevaba ya unos buenos veinte minutos parado ante las puertas del cementerio y no pasaba absolutamente nada, el miedo empezó a transformarse en ira. Salió del vehículo, rodeó el coche, fue a la puerta trasera derecha y la abrió.

—Por favor, afuera —dijo con aspereza.

Otra vez, nada.

Agarró con furia al pasajero e intentó sacarlo del automóvil, y entonces comprendió que la persona que llevaba era muy pesada y rígida. La ira ya había reemplazado al miedo. Aleksa le desenvolvió la cabeza al pasajero con la intención de ver con quién estaba tratando: “o está loco o está drogado”, pensó.

Pero, para su espanto, la persona en su coche estaba muerta. Desde hacía bastante tiempo: casi semanas. Tenía un rostro flaco y huesudo; los ojos ya se le habían hundido peligrosamente; estaba muy frío. Hasta hoy nadie puede explicar qué fue lo que le ocurrió a Aleksa aquella extraña noche.

 

Maja era una preciosa morena de veintiséis años: alta, delgada, siempre había cautivado por su apariencia. Pero como siempre le gustó vivir a lo grande, ya hacía dos años se había metido en una historia con un conocido proxeneta de Belgrado, y empezó a trabajar para él. Al principio todo fue inocente: primero fue su novia, y con el tiempo, no mucho después de que empezaran a salir, Uroš comenzó a prostituirla. Al principio todo empezó como un “favor”, con excusas de que estaba en problemas, de que era por pagar viejas deudas… y más tarde se convirtió en un proxenetismo típico. Hoy él es su chulo o su proxeneta, como prefieras.

Pero solo la ofrecía a determinados clientes, y solo a aquellos dispuestos a pagar mucho por el servicio. Uroš aún “se guardaba” a Maja para sí; nunca tenía demasiado trabajo. Sin embargo, a causa del coronavirus, el negocio cayó bruscamente: la gente se asustó, pensó que venía una crisis peligrosa y ya no había ni tantas ganas ni tantos recursos para la lujuria; así que el número de clientes disminuyó drásticamente.

Aun así, esa tarde temprano le llegó a Maja un mensaje de Uroš al móvil.

—Gatita, prepárate para esta noche y bríllame como sabes. Apareció un cliente nuevo, no es recomendación directa, pero está dispuesto a pagar bien, así que creo que todo va a estar bien.

Aunque antes nunca aceptaban así, sin más, a desconocidos, la situación era tal que cualquier cliente era bienvenido.

Maja obedeció a Uroš y se arregló de pies a cabeza para esa noche. Tenía tiempo. El coche la esperaba a las once y media frente al edificio. Arreglada y perfumada, seductora como una sirena, entró en la habitación 33 del Hotel Palas.

La habitación estaba a oscuras. Un olor fuerte a flores secas y a sangría, que reposaba en una gran ponchera sobre la barra, se esparcía por el aire en oleadas. La habitación estaba muy fría; de hecho, todo el apartamento estaba notablemente más frío que el vestíbulo y el resto del hotel.

—Hola —dijo Maja con alegría e ingenuidad; ya estaba acostumbrada a clientes excéntricos.

Se sentó en la cama amplia. Pasaron minutos y nadie apareció. Empezaba a perder la paciencia y a temblar de frío.

En un momento oyó unas palabras, aunque no estaba segura de dónde provenía la voz.

—Desnúdate, acuéstate en la cama y cierra los ojos. —No comprendía de dónde venía la voz, pero hizo lo que le ordenaron—. Extiende los brazos y gira las palmas hacia el techo —fue lo siguiente que oyó, literalmente como si esas palabras sonaran dentro de su cabeza, en sus pensamientos.

Hizo lo que le dijeron. En ese instante perdió el conocimiento.

Más tarde, cuando volvió en sí, ya estaba casi amoratada por el frío y sin una pizca de fuerza para moverse; se sentía muy débil. Intentó alcanzar el teléfono que estaba en su bolso, sobre la cama. Ese movimiento le provocó un mareo repentino: estaba demasiado débil.

Uroš la llamó siete veces aquella noche, y ahora mismo estaba delante de la habitación 33 sin poder entrar: estaba cerrada por dentro. Maja sintió un dolor fuerte en un lado del cuello y en el dorso de la mano. Al mirar su mano, comprendió que tenía dos cicatrices extrañas.

Llamó a Uroš. Él, presa del pánico, exigió al personal que abrieran la puerta como fuera. Maja yacía inconsciente, casi sin sangre.

Tras semanas en el hospital, lograron salvarla por poco. Pero Maja ya no recordaba nada: ni quién había sido el cliente que le había sacado la sangre del cuerpo, ni cómo. 

Ivana Gavrić es una autora de Belgrado, Serbia, propietaria del canal de YouTube Ivy Raven. Ha publicado historias en el fanzine Sci&Fi Portal y en la antología de ciencia ficción, fantasía y terror Regia Fantastica.

EL SILENCIO