Johan Klein Haneveld
Tres haces de luz
solar se clavaban como dedos a través del dosel y palpaban con descaro el suelo
de agujas rojizas y musgo esponjoso. El rocío en esos puntos se transformaba en
vapor y la neblina danzaba con el polvo entre los troncos. Lentamente, los rayos
anaranjados avanzaban en dirección a una rama rota, con el extremo aún
deshilachado, entre las agujas apiñadas medio verde oscuro, medio marrones.
Trepaban por la corteza y por los musgos y helechos adheridos a las grietas,
que por un instante relucían como engastados con diamantes. El haz central
iluminaba el hueco bajo el tronco. La tierra suelta había sido removida
formando un semicírculo a su alrededor. La sombra bajo la madera se disipó y el
brillo de la luz matinal alcanzó los rincones más profundos. El espacio estaba
ocupado en su mayor parte por un bulto oscuro de bordes desflecados. La luz
rozó una fosa nasal, en la punta de un largo hocico escamoso. Su borde sensible
se contrajo y volvió a expandirse, y a continuación se oyó un estornudo
amortiguado. De la masa emergió una larga pata con tres garras curvadas hacia
atrás entre un abanico de plumas de color marrón claro y herrumbre. Las uñas
rasparon varias veces la nariz. Mientras tanto, en el costado de la cabeza se
abrió un ojo. La pupila redonda se contrajo al instante hasta convertirse en un
diminuto punto dentro de un círculo dorado.
Al instante siguiente, el hueco
bajo el tronco estaba vacío. El utahraptor que hasta hacía un momento dormía se
encontraba ahora despierto y alerta sobre una rama lateral quebrada, medio
oculto tras las agujas moribundas. Con cuidado se alisó las plumas, sobre todo
las de su cola de dos metros de largo, que luego volvió a erguirse como una
antena. El dinosaurio aún no estaba completamente desarrollado, pero sus
flancos ya adquirían el característico brillo rojo intenso de los machos, y
alrededor de sus ojos relucían escamas de un azul iridiscente. En lo alto de la
cabeza llevaba una cresta de plumas rojoanaranjadas, todavía no tan grande como
la de los individuos dominantes, pero sí mayor que la de sus congéneres de edad
similar.
El raptor mantenía el brazo
izquierdo apretado contra el cuerpo, y las garras de ese lado colgaban
flácidas. Sin embargo, la herida no parecía limitarlo en sus movimientos. Una
vez terminada la limpieza, corrió por la rama caída hasta el extremo astillado
y desde allí saltó más de tres metros hacia arriba, hasta un viejo tocón del
tronco. Siguió otro salto y las garras curvas de sus patas traseras se
engancharon firmemente en la corteza áspera del árbol. El raptor volvió a
impulsarse, sujetándose ahora también con su pata delantera sana. Un salto más
y aterrizó en una rama baja. La recorrió hasta que el extremo se volvió
demasiado delgado para soportar su peso. En un solo movimiento saltó hacia el
árbol siguiente, con las plumas de la cola extendidas, de modo que incluso
pareció flotar por un instante.
Ese era su territorio: la maraña de
ramas y troncos en la luz verde amortiguada, y los pequeños reptiles del
bosque, las aves coloridas y los mamíferos planeadores huían de él. Una
criatura de cola desnuda llegó demasiado tarde. Con un rápido movimiento de
cabeza, el raptor la lanzó al aire y atrapó el cuerpecillo roto entre los
dientes. Si no hubiera estado herido, se habría atrevido a subir más alto,
hacia las ramas delgadas, las autopistas del bosque, que se cruzaban con las
rutas de los grandes herbívoros y los gigantes cornudos. Pero ya se había caído
una vez, no hacía mucho, y ahora era vulnerable. No era el único que utilizaba
esos caminos elevados.
Dos saltos, un aterrizaje
intermedio en el suelo del bosque –en el que casi perdió el equilibrio– y
rápidamente volvió a trepar a otro árbol y vio un círculo oscuro en la corteza.
El raptor inclinó la cabeza mientras golpeaba la mancha decolorada con una uña
curva. El sonido lo satisfizo, y hábilmente rasgó la corteza. Gruesos
escarabajos estaban apiñados alrededor de sus larvas, zumbando ante la perturbación.
Los fue atrapando uno a uno y los aplastó con la lengua contra el paladar.
Demasiado poco para saciar por completo su hambre, pero suficiente para
ayudarlo a pasar la mañana.
Los últimos jirones de neblina se
disiparon y las aves por fin cesaron sus ruidosas discusiones en el techo del
bosque. La penumbra verde entre los troncos se volvió lentamente espesa por el
calor. El raptor se acuclilló contra el tronco de un gigante del bosque, oculto
bajo un manto de manchas de luz y sombra; su único movimiento era el abrir y
cerrar de las fosas nasales. Tenía los ojos fijos en el suelo de la floresta
que se extendía debajo, con los músculos tensos para lanzarse en cualquier
momento, aunque hacía horas que no pasaba ninguna presa. La única vida a su
alrededor consistía en tres moscas que zumbaban de forma irritante alrededor de
su cabeza. Ni siquiera se movió para espantarlas. Lo que estaba esperando podía
llegar en cualquier momento.
Crujidos. No desde abajo, sino
desde arriba a la derecha, a dos árboles de distancia. Ramas que se azotaban.
El dinosaurio giró la cabeza para poder ver entre las hojas. Una mancha rojo
intenso tomó forma definida: una cresta de plumas erguida, fauces llenas de
dientes y dos patas traseras recogidas. El utahraptor dominante, una vez y
media más grande que él, descendía sobre su posición.
Justo a tiempo, el raptor se dejó
caer de su rama. Una garra curva rasgó sus plumas, pero no alcanzó la piel.
Aterrizó entre las agujas secas del suelo del bosque y lanzó su brazo sano
hacia afuera para mantenerse en pie. Sin mirar atrás, huyó del árbol. Un grito
de frustración sonó tras él. Fue respondido desde otra dirección. Un macho
dominante nunca cazaba solo, sino siempre acompañado de hembras y subordinados.
Dos de ellas colgaban cabeza abajo de un tronco, de un marrón discreto contra
el fondo. Cuando el raptor en fuga pasó junto a ellas, se dejaron caer.
Las dos hembras quedaron justo
detrás de él y se intercambiaron señales excitadas. Un medio adulto herido
significaba una presa fácil. El raptor mantuvo la cabeza baja, cerca del suelo.
Su única oportunidad era sorprender a sus perseguidores. Así que se lanzó hacia
la derecha, entre dos helechos, saltó sobre un árbol caído, zigzagueó entre
ramas muertas y de pronto giró bruscamente a la izquierda. Su respiración
empezó a fallar. Detrás de él se seguía oyendo un roce constante. Los tres
adultos se separaron y comenzaron a cercarlo lentamente.
Pronto el raptor quedó exhausto. Su
brazo herido empezó a arder y a ambos lados de su campo visual aparecieron
manchas negras. Volvió a desviarse, esta vez hacia la izquierda. Bajo él se
abrió una pendiente vertical y, por reflejo, saltó desde las rocas antes de
poder asimilar bien el entorno. Abajo crecían más árboles y vio algo azul. Tal
vez agua. Con suerte podría aterrizar en una rama. Pero con una sola ala no
podría corregir la caída. Descendía demasiado rápido. Su cuerpo se haría añicos
contra el suelo y sería despedazado por sus propios congéneres.
El raptor aleteó desesperadamente.
En pleno aire, las garras de sus dedos tocaron de pronto una superficie dura.
Chocó con el pecho contra ella y la mandíbula inferior se cerró dolorosamente
contra la superior. Pero esta vez no se rompió ningún hueso. Se deslizó cuesta
abajo por una pendiente tan lisa que no podía encontrar agarre. Un reflejo casi
perfecto lo había engañado. Como en un estanque, pero más liso de lo que jamás
había visto, las copas de los árboles apuntaban hacia abajo. Y la superficie no
era como el agua, sino más dura que el hielo. Era un disco enorme, de al menos
veinte longitudes corporales de diámetro, inclinado entre los troncos. El borde
inferior desaparecía en el suelo y a la izquierda un árbol había arrancado un
fragmento de él. Sin costuras visibles, la madera y el material brillante
parecían fundirse entre sí, como si el objeto no se hubiera incrustado desde
fuera en el tronco, sino que hubiera aparecido de pronto en ese lugar.
En lo alto de la pendiente, sus
tres perseguidores se habían detenido en seco. Una de las hembras inclinó la
cabeza. Los raptores emitieron suaves gorjeos, claramente indecisos a la hora
de dar el salto. El macho dominante erizó las plumas. No tardaría en perder el
miedo. El hambre era una motivación mucho más poderosa que el respeto.
Mientras tanto, el raptor se había
deslizado casi hasta el borde inferior del disco. Comenzó a incorporarse,
preparándose para saltar desde allí al suelo. En ese momento, su rodilla
presionó una sección flexible. Algo retumbó bajo él y se abrió un hueco cuadrado.
Intentó aferrarse al borde con una garra, pero falló y cayó en la oscuridad. El
polvo se alzó en una nube a su alrededor.
Pasaron unos segundos antes de que
los ojos del raptor se adaptaran a la penumbra. Se encontraba en una cueva,
pero con paredes lisas y rectas y un suelo que ascendía en pendiente. Este
último era lo bastante áspero como para clavar las garras. Desde arriba llegó
un golpe resonante y un grito nasal triunfal. Rasguños de garras. Poco después,
dos impactos más. Era solo cuestión de tiempo antes de que sus perseguidores
descubrieran también la abertura hacia abajo.
El raptor no dudó y comenzó a
trepar por la extraña gruta. A no más de unas pocas longitudes corporales, el
pasaje terminaba en una bifurcación. Giró a la izquierda, donde podía aferrarse
con las uñas al suelo, que de pronto se había convertido en una pared a su
derecha. Al mismo tiempo, la pared lisa a su lado pasó a ser el suelo. Solo
podía avanzar con pequeños saltos. El aire había permanecido allí inmóvil
durante mucho tiempo y olía a procesos de descomposición, aunque su hedor era más
dulce de lo habitual. La fetidez no lo detuvo. Desde arriba llegaba un
resplandor rojo, apenas visible.
El pasillo se curvaba y no mucho
después el suelo áspero volvió a quedar debajo de él, como correspondía. La luz
provenía de una abertura rectangular a un lado del raptor. De allí emanaban
también los olores más intensos. Trepó hacia el interior.
Este nuevo espacio era
considerablemente más amplio. El suelo descendía en pendiente hacia una pared
con superficies negras y brillantes. De ellas emanaba luz roja, producida por
pequeños signos densamente agrupados sobre el fondo oscuro. Del suelo sobresalían
dos objetos. El raptor saltó y aterrizó sobre el más cercano. Bajo el segundo
colgaba un cadáver, sujeto en su lugar por correas. El cráneo amarillento era
sorprendentemente redondo, sin hocico y con dientes cuadrados. Los huesos de
los brazos eran largos, con dedos extendidos en los extremos, pero sin garras.
La extraña criatura carecía de cola. Estaba casi reducida a un esqueleto,
aunque aún cubierta por una extraña piel brillante. Abajo, contra la pared,
yacían más huesos y un rostro de mueca grotesca. Nunca había visto nada
parecido.
El cadáver no olía a algo
comestible, concluyó el raptor. De pronto llegaron ecos resonantes desde el
pasillo que acababa de abandonar. Miró hacia la abertura en la pared sobre él.
Golpeteos de garras sobre metal. Claramente tres individuos. El sonido cambió
cuando alcanzaron la bifurcación y, como él, treparon por el pasaje izquierdo.
Evidentemente veían las marcas que sus garras habían dejado. Emitían suaves
sonidos para coordinar el ataque. Entonces, de pronto, todo quedó en silencio.
El raptor saltó y recogió las patas
traseras en el aire. Había elegido el momento justo. Además, tenía la ventaja
de disponer de suficiente luz para ver, mientras los otros se movían en la
oscuridad. La cabeza de una de las hembras apareció por la abertura, seguida de
dos brazos emplumados. La pata trasera derecha del raptor se lanzó hacia
adelante en ese preciso instante. Su garra curva desgarró la garganta de ella,
justo bajo el mentón, y la sangre caliente salpicó en un semicírculo.
Gorgoteando, su atacante cayó hacia
atrás. Resonó un grito de sobresalto y el sonido de una lucha. El raptor
también había retrocedido y cayó sobre una de las superficies con los signos
rojos. Una punzada de dolor atravesó su brazo herido. Al incorporarse, presionó
con una de sus garras un saliente redondo. Retiró la pata sobresaltado. Detrás
de él, los brillantes símbolos rojos comenzaron a moverse. Cambiaron de forma,
ocuparon otras posiciones. El suelo empezó a vibrar, primero suavemente, pero
cada vez con mayor intensidad, acompañado de un zumbido cada vez más agudo.
Fuera de su campo visual, el macho
dominante gritó. Pero no de miedo. Sus garras volvieron a golpear el material
liso de la pared y se acercaban con rapidez. El raptor sacudió la cabeza como
si se quitara telarañas, luego saltó al objeto que sobresalía del suelo –el que
sostenía el cuerpo debajo– y desde allí a la segunda abertura en la pared,
opuesta a la que había entrado. Por el rabillo del ojo vio movimiento: sus
perseguidores. Pero les llevaba ventaja.
Estaba oscuro, pero el pasaje tenía
la misma forma que el del otro lado, y el raptor se deslizó cuesta abajo por la
superficie lisa. Abajo llegó a una bifurcación en T. En el lado opuesto yacía
un cuerpo de raptor, con la cabeza torcida en un ángulo extraño. No se detuvo,
sino que siguió descendiendo. El temblor del suelo se había convertido en bruscas
sacudidas, y el zumbido se tornaba irritante. Con las últimas fuerzas, se
impulsó y salió disparado por la abertura sobre él hacia el mundo exterior. La
luz repentina le hirió los ojos. Detrás de él se acercaban los dos raptores
restantes. Sabía que debía actuar rápido, pero su energía estaba realmente
agotada. Aleteando con su brazo sano, se deslizó cuesta abajo por el disco. Sus
perseguidores podían seguirlo al exterior en cualquier momento.
La abertura en el material
brillante detrás de él se cerró. Los dos raptores quedaron separados de él. Ya
no podía ni oírlos. Solo un golpe sordo, que parecía provenir de muy lejos.
Otros sonidos quedaron ahogados por los chirridos y traqueteos del disco. El
raptor estaba a punto de alcanzar el borde del extraño objeto. Pero antes de
poder saltar, este desapareció bajo él. Donde antes había una superficie
impenetrable y reflectante, ahora solo quedaba el vacío y el suelo seco del
bosque dos metros más abajo. Tan sobresaltado estaba que cayó de costado.
Confundido, sacudió el polvo de sus plumas. El disco ya no reflejaba el cielo;
ahora podía ver simplemente los árboles. Un hoyo en el suelo y una muesca en
uno de los troncos eran los únicos rastros que quedaban del objeto. El zumbido
que durante un instante había dominado todos los demás sonidos dio paso a un
silencio profundo. La máquina del tiempo había regresado a su momento de
partida.
Lentamente, el raptor se incorporó.
Esperó. No ocurrió nada más. El olor de una pequeña criatura peluda alcanzó sus
fosas nasales. Saltó, alcanzó una rama baja y desapareció entre las agujas.
Johan Klein Haneveld (nacido en
1976) es un escritor neerlandés de ciencia ficción, fantasía y terror. Su
primera novela, Neptunus, se publicó en 2001. Desde entonces, ha
publicado 31 novelas, novelas cortas y colecciones de relatos. Su díptico
fantástico De Krakenvorst y la colección de ciencia ficción Conquistador
recibieron críticas positivas. Sus relatos se pueden leer en numerosas
antologías y revistas. Ganó el Premio EdgeZero en 2022 por su relato " ‘Ontsnappingspoging".
Ha editado tres antologías, entre ellas las antologías climáticas Voorbij de
storm y Welkom in de broeikaswereld. Reseña ciencia ficción y
fantasía holandesa para la revista Fantastische Vertellingen. Johan se gana la
vida como editor jefe de la Tijdschrift voor Diergeneeskunde (Revista de
Medicina Veterinaria). El tiempo libre que le queda, además de leer y escribir,
lo dedica al cuidado de sus cuatro acuarios y a una creciente colección de
cactus, suculentas y plantas carnívoras. Visita regularmente los jardines
botánicos. Vive con su esposa en Delft, con una hermosa vista desde el
decimoquinto piso.
