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domingo, 4 de enero de 2026

ENCHUFOS, GOFRES Y NUDOS

Michael Haulică

 

Todo el mundo me llama Ollie. No sé por qué, porque a mí me llamo Sylvester. Todo el día los oigo: Ollie, no te olvides, el lunes a las siete. O: mañana a las seis, Ollie.

Yo soy stalker. Eso, en la jerga, significa una especie de guía. En realidad, sin mí estarían perdidos. Ninguno de los que entraron solos en el Nudo 14 volvió jamás. No sé qué demonios hacen ahí dentro para no dar con las puertas. Al fin y al cabo es sencillo. Miras hacia delante, esperas veinte segundos, das dos pasos y despiertas del otro lado. Después miras a la derecha, esperas ocho segundos y, tras medio paso, estas en otro “otro lado”.

Lo que acabo de decir no hay que tomarlo al pie de la letra, fue solo un ejemplo, porque, claro, cada vez es distinto. Pero no entiendo cómo los demás no se dan cuenta. Parecen todos unos imbéciles.

Ahora llevo a un grupo de enchufos. En lugar de quedarse, carajo, con los sockets clavados en la cabeza y los ojos en blanco, les dio por salir de paseo. Oyeron que después de la Puerta del Dragón aparece de vez en cuando un chino con unos sockets más especiales. ¡Bah! Ya una vez metí a un enchufo en un grupo y casi pierdo la clientela por cuestiones de moral. Por suerte soy el único stalker de verdad y no tienen alternativa: si quieren volver del otro lado, tienen que contratarme. Y al final, ¿estas excursiones no son también una forma de droga? ¿Cuál es la diferencia entre su necesidad-placer de viajar por las puertas más allá del Nudo 14 y las alucinaciones de los que caen en estado de postración después de meterse los sockets en la cabeza? Drogadictos, todos. Yo soy el único sano.

Podrían preguntarme por qué hago esto, de todos modos. Por qué los guío. Bueno, por un sentimiento de deber y gratitud hacia mis semejantes. Su necesidad me hace sentir útil. Conocen esa sensación, ¿no? Es maravillosa. Mi razón de ser es traer de vuelta a casa a los excursionistas. Porque ir, igual irían. Hay algo allí que los llama… No sé qué es, yo no siento esa llamada. Yo solo los llevo a donde quieren y me aseguro de que regresen. Ya les dije que solos no pueden.

Llegó la hora acordada. Son cinco, como quedamos. Nunca tomo más, me cuesta controlarlos. Las tentaciones son enormes para ellos y en cualquier momento puedo verme sorprendido por sus reacciones. Observo a mis clientes y ellos me miran con miedo; saben que les revuelvo los rincones del cerebro y les hago olvidar ciertos pensamientos. Por eso en sus miradas hay una mezcla de temor y respeto. ¡Qué ingenuos son estos chicos! Sé perfectamente que siempre descubro a los que quieren quedarse del otro lado y aun así, cada vez, les encuentro planes de fuga escondidos por todos lados. Algunos están muy bien armados, seguramente diseñados por esos canallas del Sur que cobran mucho dinero por hacerlo.

Listo. A tres de ellos ya les saqué de la cabeza la idea de quedarse. Ahora podemos irnos. Se lo anuncio y, como por orden, los cinco se colocan enchufes antiemocionales que los dejarán afectivamente inertes durante las primeras tres puertas. Reconozco el diseño y el color. ¡Yo mismo se los traje anteayer desde la Puerta Gerocco 6! Vendí cien en dos horas. Estos cinco no podían dejar pasar la oportunidad, claro.

No sé qué llevaron como moneda de cambio. Todos cargan sacos de plastimet. Creo que se enteraron de que no puedo ver a través de eso. Uno de ellos sonríe. Se dice a sí mismo: “Te la hice, Ollie”, y añade esa expresión cuyo significado no conozco y que nadie quiere explicarme. Cuando pregunto, todos estallan en carcajadas. Entonces me enfurezco y a ellos les empieza a doler la cabeza. Se la golpean contra las paredes y gritan como descerebrados. Normalmente me voy y los dejo solos. No soporto el dolor ajeno. La verdad es que vivimos en un mundo muy mal hecho, y la gente es, muchos de ellos, la mayoría, muy indefensa. A mí nunca me duele nada. Solo a ellos. ¿Por qué será?

Ya dejamos atrás tres puertas. Los cinco están alrededor mío, ¡gracias a Dios! Estamos cerca de la Puerta del Dragón. Ahora debo estar muy atento: los enchufos van a buscar al chino que vende sockets. Alguno podría equivocarse de momento al entrar.

¡Ahí está! ¡La puerta! ¡Ahora!

Esta vez hay que entrar en un charco. Está ahí. Les grito y corro detrás de ellos como si fueran gallinas. No es nada fácil. Al final consigo meterlos a todos. Si me demoraba dos segundos más, perdía la puerta. Me quedaba como un idiota en medio del charco.

Estamos en la Tierra del Dragón. Una calle estrecha y polvorienta. Puesto tras puesto frente a casas bajas pero de dos pisos. En los puestos, de todo, lo que quieras y lo que no. Ayer tuve a uno que se llenó los bolsillos de integradores de sensaciones. No era revendedor, se llevó uno de cada modelo. Cualquiera le habría servido para hacer el amor sin importar la raza de la pareja. Creo que era un maniático sexual. Debería haberlo denunciado a la policía. No lo hice. Tampoco me gustan los policías.

Consigo mantener a los enchufos dentro de mi campo. Les prometí llevarlos con el chino. Y los llevo. Él me da cien por cada cliente. Y todos van a comprarse ese socket con la toneziana… Dejar que esa mujer te vista, sentir cada milímetro cuadrado de su piel… ¡es una cosa increíble! Se los mostré anoche. Dejé que cada uno se lo pusiera una vez. Evidentemente ninguno había hecho el amor con una toneziana. Me hice rogar y al final acepté llevarlos a que se compraran uno también. Qué se le va a hacer. Yo también consigo clientes como puedo.

Ahí está el chino. En el fondo de su cerebro me hace una señal cómplice. “Sí, son estos. Cinco enchufos.” Le envío el pensamiento y se superpone a su señal. Hasta le ahorro memoria. Mientras mis enchufos se esfuerzan por recordar que la posición normal de las mandíbulas es “cerrada”, continúo la conversación con el chino:

—Queda el 10 %, ¿sí?

—Como acordamos.

—¿Nada más?

—Eso no lo acordamos.

—Podemos acordarlo ahora. Al fin y al cabo, los chicos pueden arrepentirse. O exigir más. ¿Quién sabe qué se les pasa por la cabeza?

—¿Puedes influir sobre ellos?

—Depende.

—Tengo un socket colectivo. ¿Qué te parece?

—¿De qué?

—Violación en grupo.

—Hm.

—Comando.

—Hm.

—Seppuku. Para dos, con posibilidad de cambio de roles.

—Eso sí. ¿Cuánto?

—5 % del negocio.

—Me parece justo. Voy a ver qué puedo hacer.

No fui del todo sincero con el chino. Sabía que bastaba con enumerar los temas. Les gustó lo de la violación. ¡Chicos! Los convencí de que les conseguía descuento si compraban el socket individual y la entrada al colectivo. También les saqué un 5 % a ellos.

Literalmente los arrastro conmigo. Tengo que meterme en sus cabezas, infiltrarme en el programa del socket para convencerlos de completar todo el itinerario contratado. Con su mentalidad, volverían de inmediato a casa. En cierto modo los entiendo. Es difícil hacerlo caminando. Pero nadie los obligó a ponerse los sockets ahí mismo. Mejor los dejo apoyados contra una pared y los recojo a la vuelta. Tengo que pasar obligatoriamente por los Estudios. Mañana tengo un grupo de actores.

Eso hago. Les digo que me esperen un poco y salgo de sus cabezas. Los veo deslizarse por una pared, con caras estúpidas, inconscientes. ¡Drogados!

La puerta más idiota es la que lleva a los Estudios. Está junto a una carreta que se mueve sin parar. Hay que caerse de la carreta para acertar la puerta. En el momento justo, claro, porque si no cualquier imbécil podría atraparla por casualidad.

Aquí, de este lado del Nudo 14, nada es casual.

Siempre tuve problemas con los actores. Están acostumbrados a que en escenas peligrosas los doblen. Imagínense lo difícil que es convencerlos de que se caigan de una carreta en movimiento. Pero les lanzo al cerebro la imagen de la portada de ESTRELLA DE CINE, con ellos sosteniendo la Estrella en las manos, y listo. ¿Quién no soñó alguna vez con ganar el trofeo?

A veces también les doy un empujoncito.

¿Pero dónde demonios está esa carreta?

No está. Doy vueltas como un loco. No hay nada.

Alguien se la habrá robado.

Tengo que concentrarme bien para encontrarla. Por ahora veo su rastro en el aire. Subo la calle. Oigo su traqueteo. Casi la paso de largo; el ruido de las ruedas sobre el empedrado está disimulado como un susurro de hojas, pero eso es trabajo de aficionados. Mercancía barata. Solo el borracho de Harry Longo mueve cosas tan malas. O bueno, yo entiendo de estas cosas y me fue fácil darme cuenta.

Entro por una gran puerta verde y, del otro lado, la carreta con la puerta gira en círculos. En ella hay unos ocho tipos que de vez en cuando se tiran. Pero aparte de despellejarse y oír crujir sus huesos, no consiguen nada.

¡Así no, chicos! ¡Si no saben cómo, no lo hagan!

Estoy en la carreta. Nada. Ese larguirucho de allá se adueñó de ella. Cinco monedas el intento. ¡Maldito tipo! Le metes la moneda en el bolsillo y vas a romperte los huesos. En este patio jamás van a encontrar la puerta.

Por cien alquilo la carreta un cuarto de hora. Salgo a la calle y me dejo llevar.

Siento cómo me tiemblan las aletas de la nariz. Huele a madera barnizada y a aserrín. Parece que alguien hablara por un megáfono. Sé que apenas es mediodía, pero tengo la sensación de que cae la noche. ¡Ahora! Salto de la carreta y entro en los Estudios.

Es de noche. Se está filmando. El decorado de madera está recién barnizado. También se siente el olor del aserrín. Los actores fingen no notarlo. Total, el director ya les grita por el megáfono. Los actores me miran con gran respeto. Yo les arreglé el asunto. Cinco por ciento. En sus mentes encuentro también pensamientos de agradecimiento, porque con mi aparición, Il Maestro dejó de regañarlos.

El director se me acerca. Sé lo que quiere. Dos actores y tres actrices. Mañana por la mañana.

—Quiero dos hombres y tres mujeres.

—¿Cuándo?
Me hago el desentendido. Igual no lo entendería.

—Mañana por la mañana.

—¿Cuánto?
—Lo de siempre, cien por cabeza.

—Trato hecho.

—Hay algo más. A la noche necesito unas veinte chicas. Lindas. Humanas.

—¿Veinte humanas? Eso cuesta.

—Lo sé. Pero eso quiero.

Salgo por el espejo del baño. Si me quedaba negociando el precio de las veinte, perdía la puerta de regreso. El precio lo fijaré en la entrega.

Me deslizo junto a dos tipos que fingen no verme. Claro que me reconocieron. Qué idea, hacer la puerta en una cama de hotel. Menos mal que no aparecí debajo de ellos. Habría sido incómodo.

Los enchufos están donde los dejé. Unos cuantos chicos los miran. Y con razón. ¡Son ridiculísimos! Por cómo se ríen y menean el trasero, creo que se pusieron el socket colectivo de la violación. Niños… Me uno al grupo y se tranquilizan, confundidos. Como si quisieran disculparse, pero los tomo rápido y los hago desconectarse para poder irnos. Les hacen gestos obscenos a los espectadores.

Nos vamos. En la primera esquina nos cruzamos con una zorgata y el recuerdo del programa común que acaban de consumir les altera los instintos. Ninguno se contiene: todos le manosean la joroba al pasar. Agradecida, la zorgata silba detrás de ellos por todos sus orificios. Qué se le va a hacer, ¡chicos jóvenes!

Pasamos por el puesto del chino. Los enchufos se dan codazos y le sonríen cómplices. Él finge no conocerlos y, mentalmente, me da las gracias. Junto a ese mensaje encuentro la información de que en dos días recibirá algo “gordo” de Kalotronia. De primera mano. Original.

Miente. Nunca nadie de su linaje tuvo en la mano un producto original de Kalotronia. Pero le mando un pensamiento de agradecimiento y la seguridad de que “sí, sin duda iré”. Ya veré. Por ahora quiero sacarme de encima a estos mocosos. Parece que se volvieron idiotas. Ninguno logra sacarse de la cabeza lo de la violación. Creo que serían capaces de hacerlo de verdad. Debería hablar con su profesora de comportamiento. Es zorgata. Al menos que sepa a qué podría enfrentarse. Quién sabe, quizá le doy una buena noticia.

Nos queda una puerta. Me meto en sus cabezas y les ordeno que se pongan los sockets antiemocionales. No quiero problemas ahora. Me miran de reojo. Con odio, casi. Pero ¿qué pueden hacer? Me necesitan para sacarlos de aquí.

Se ponen los sockets, obedientes. Demasiado obedientes. Ahí está el pozo. Uno por uno los arrojo dentro. Tras el último corrí bastante, pero al final lo atrapé. Primero con el pensamiento. Luego con la mano.

—¡Gofre asqueroso!

Otra vez. ¿Qué demonios es eso?

Hace mucho que me lo dicen, pero nadie quiere explicarme qué significa.

Paso yo también por la puerta y salgo.

He vuelto. Los cinco están sentados sobre un muro derruido. Cuando aparezco, despliegan todo su arsenal de gestos obscenos y salen corriendo a los gritos.

—¡Ollie gofre! ¡Ollie gofre!

No voy a rebajarme a su nivel.

Michael Haulică, nacido en 1955 en Armășești, Vâlcea, Rumania, se graduó en la Facultad de Matemáticas, especializándose en Informática, de la Universidad Transilvania de Brașov. Fue programador durante 25 años, y luego se dedicó por completo a la escritura. Actualmente es editor en Art Publishing House y coordinador de las colecciones de ciencia ficción y fantasía de Paladin Publishing House. Es el editor jefe de la revista Argos. Desde 2010 es miembro de la Unión de Escritores Rumanos. Entre sus obras publicadas se cuentan Madia Mangalena (1999, 2011, 2015); Despre singurătate și îngeri (2001); Așteptînd-o pe Sara (2005, 2006, 2012, 2016); Nu sînt guru (2007); Povestiri fantastice (2010, 2011); ... nici Torquemada (2011); Transfer (2012, 2013, 2014); O hucă în minunatul Inand, (2014) y 9 1/2 elegii (2016).

 

lunes, 24 de noviembre de 2025

SIHADA

Michael Haulică

 

Era uno de los restaurantes más selectos del Tiempo. Más allá del nudo Pitt, marcado en cualquier mapa cronotópico de las Oficinas Especiales de Turismo, se accedía a un inmenso vestíbulo gótico, con paredes de piedra maciza en colores helados que reverberaban, de forma iterativa, los acordes del célebre adagio de la Misa Solemne.

Cada persona que llegaba allí –Turista o Habitual– era recibida como un viejo amigo por el camarero elegante y afable, y luego conducida a un salón: al Dorado, Plateado, Azul, Malva o incluso Negro, según su estado de ánimo.

El-Eftis, un Habitual, fue conducido al Salón Azul.

Los muros modulares, que simulaban inmensidad, estaban incrustados, en un aparente desorden, con zafiros grandes y centelleantes. Sobre ellos descansaba la bóveda del techo, formada por esferas de cristal, en cuyo interior se agitaban graciosamente las delicadas corélidas, volviéndose luminiscentes cuando alguien se detenía o simplemente pasaba bajo ellas.

Apliques de palisandro en brote, revestidos en oro, acariciaban con su luz los paneles de caoba imperial, azul perla, cuyos suaves arabescos sugerían la sensación de la Génesis Universal.

Aquí y allá, incrustadas en la ferretería agresiva –programada especialmente para atenuar el síndrome de inedia–, las chimeneas esféricas de metacristal donde ardían, a fuego lento, crías de kollodoc traídas de contrabando desde Galla aseguraban, con sus trinos desgarradores, un ambiente agradable y rentable.

Dispersas según ciertas leyes esotéricas, sobre el suelo de ébano petrificado se encontraban las mesas, con patas delicadamente arqueadas como si soportaran el peso de los tableros de mármol de Kyanos; y, alrededor de ellas, los sillones biomorfos revestidos en piel de impala. Trampas luminosas señalaban los lugares donde se mantenían las inocencías de desecho, unas plantas carnívoras particularmente simpáticas, fruto de experimentos de ingeniería genética finalmente abandonados.

En el corazón del salón, un oasis de vegetación. Azul, por supuesto: los nativos hemocianóticos liberados de las arenas de Opallonia manifestaban así su gratitud, puesta en valor por las fuentes. Estas, mediante surtidores de luz hábilmente dosificados, sostenían a los bailarines cuyas torpes y pesadas evoluciones, reflejadas en los espejos líquidos con marcos de marfil dorado, se volvían elegantes y maestras.

Pero El-Eftis conocía todo aquello. Él había sido el arquitecto. Los programadores de interiores no habían hecho más que seguir sus indicaciones. Y el restaurante se había alzado magnífico, un autorretrato perfecto. Era la representación material de su alma, realizada con absoluta sinceridad. No se había omitido ningún detalle. La idea general según la cual cada salón era parte y totalidad del conjunto expresaba, por lo demás, el principio básico de su estructura interior.

El-Eftis se sentía en aquel espacio como en sí mismo.

Incluso los androides del personal de servicio eran creación suya: copias fieles de las personalidades más de moda.

De hecho, la moda se establecía allí. Nadie era realmente una estrella si en el local no existía al menos un camarero que llevara su rostro. Para conocer las nuevas apariencias del personal o asegurarse de la continuidad de las antiguas –estatus que ponía en juego sumas fabulosas, carreras, vidas– el restaurante era frecuentado, pese a sus precios exorbitantes, por todos los que se creían estrellas, aspiraban a serlo o tenían poder sobre ellas: deportistas, artistas, programadores, políticos, empresarios.

El-Eftis se detuvo en el límite de la zona de levitación, programó la mesa para un solo sillón y se sentó. El aura azulada de la corélida situada encima, más intensa en torno a los tentáculos, lo envolvió en una luz cálida que se le adhería a la cara, coloreándolo, integrándolo al salón. Extendió la mano hacia el folleto que contenía el menú y hojeó con calma las páginas de auténtico papel, con viñetas que representaban la planta o criatura de la que estaban preparados los platos. Se abandonó a los aromas que emanaban de cada página y trató de discernir para hacer su pedido.

La papada de anacrodón, los crujientes xérii, las alitas de estafilógeno eran todas tentaciones. Por no hablar de los verdaderos placeres que prometían las ensaladas, artísticamente preparadas, de almias, fitohelias o morfostilos.

Pero los dulces... Y las compotas... Los linfodocios glaseados...

Fue arrancado de su delirio olfativo por la señal luminosa y sonora que reclamaba su pedido y su preferencia para el androide sirviente. De entre la multitud de combinaciones culinarias, eligió la indicada como QI520; luego examinó en la pequeña pantalla de la mesa la disponibilidad del archivo de personal. Se detuvo en la hermosa Tas’k Mee, conocida también como la Gata Persa, por el papel que había interpretado en una serie de filmes polemográficos que habían derribado, aunque fuera parcialmente, prejuicios, mitos, gobiernos.

A pesar de los puristas e incluso de las leyes que prohibían usar con fines comerciales todo aquello que pudiera tener alguna relación con el instinto belicoso de la especie humana, la polemografía se había ganado definitivamente a millones de fans, que saturaban las líneas de comunicación con peticiones de grabaciones solo para admirar, en breves secuencias, una bala del calibre 38 o el cañón de un tanque, o, en las películas más recatadas, una pelea a puñetazos. Las empresas que intermediaban este comercio, fundadas al calor de la vergüenza inicial de los solicitantes, habían desaparecido hacía tiempo, comenzando a obtenerse las grabaciones mediante pedidos directos a las productoras.

Mientras tanto, habían aparecido decenas, cientos de revistas clandestinas, y la literatura polemográfica se imprimía en tiradas impresionantes. El fenómeno social existía, y los sociólogos preveían mutaciones esenciales en la vida de la sociedad.

En una mesa cercana tenía lugar el Ritual Final. El camarero, una copia del récord absoluto de los psiridictores, asistía condescendiente a su cliente, quien, para concluir el festín, olía una vez más, a modo de recapitulación, el Estimulante: el equivalente natural de los alimentos consumidos.

Un tintineo suave anunció la aparición de tres ejemplares con la apariencia de Tas’k Mee. Se alinearon frente a El-Eftis, presentándole las bandejas con lo que había pedido.

En platos de porcelana azul de Kaloghera, en cuyos bordes estaban finamente trazadas, en un juego de líneas doradas, helioplantusas estilizadas, se le ofreció el Estimulante. Olfateó, uno por uno, cada uno de los componentes que lo formaban, cumpliendo el Ritual Inicial. Luego hizo la Primera Señal. Podían comenzar.

La primera Tas’k Mee colocó ante él el crisol con la Sopa Total. De la fuente con la sopa-Estimulante se elevaban vapores con los aromas de todas las sopas del Universo Conocido. Empezó a comer sin apartar la mirada del rostro de la muchacha.

Rumor en la sala.

El-Eftis comía el Estimulante.

La Gata Persa declamaba líneas conocidas de Machete, amor mío, que, mediante las imágenes evocadas, actuaban sobre los jugos gástricos del consumidor, potenciando el efecto del Estimulante. Al final, le tendió la servilleta de lino en la que, con letras doradas, estaban impresas las palabras: «Disfruta de la comida de hoy».

El-Eftis hizo la Segunda Señal.

La siguiente Tas’k Mee colocó sobre la mesa el crisol con el Estofado de Setas.

Las miradas de todos los demás clientes del local se fijaron en él en una total inmovilidad, como si cenaran en el jardín lleno de estatuas de Litowski, el escultor que, adepto del Movimiento Humanista, había revolucionado el arte de la época al colocar en el centro de atención al Hombre.

Esta vez, la Gata lucía el traje de Sobre las alas del bombardero, una de las superproducciones más costosas de todos los Tiempos. Él la observaba, escuchaba sus frases, mientras el estofado se derretía, y cuando en el fondo del plato solo quedaban unos rastros de salsa, sintió un impulso violento de chuparse los dedos. Pero se contuvo.

El murmullo se volvió general.

Había consumido también el segundo Estimulante.

Los clientes más antiguos, de las mesas cercanas, se retiraron ostentosamente.

Tras ellos quedaron frases sueltas como «más soportables son esas horribles polemografías» y «al fin y al cabo, ¿cómo puede ser más repugnante un bazuka que esto?».

Ese tipo se secaba los labios con una servilleta de pelo de cassarg dorado en la que estaba escrito, con letras redondas: «Comer es humano».

Pero era demasiado.

Hasta el mayordomo, un androide que llevaba el rostro eternamente sonriente, zombón, del Regente de la Confederación, había llegado a esa conclusión. Y él había visto mucho en su vida: la había visto una noche a la verdadera Tas’k Mee aparecer en un espléndido traje transparente, ceñido al cuerpo perfecto y, prueba del regreso a la moda de los adornos de la antigüedad, combinado con el color del cabello y los ojos, es decir, azul, y con un diminuto cinturón de castidad Mitsuki, modelo deportivo, del que pendía una pistolita pequeña, muy pequeña… pero pistola.

Y El-Eftis hizo la Tercera Señal.

La última Gata le trajo una naranja perfecta. Pero él acercó el plato donde, algo mustia y sin el brillo bien conocido de la cáscara, humilde, acomplejada casi, estaba la naranja-Estimulante.

¡A la legua se veía que era natural!

Extendió la mano y la tomó del plato.

Se oyó un golpe seco. En la segunda mesa a la izquierda había desmayado un señor.

Él desprendió la naranja de la cáscara y se la comió lentamente, admirando los pechos de la muchacha, ligeramente caídos, sobre los que estaban pintadas dos grandes manos verdes, las manos de tres dedos de un nikeniano.

Ella permanecía frente a él, erguida, desnuda y cianótica como en Gun Story,

lentamente,

donde la audacia de los realizadores había alcanzado el umbral de la acromanía,

lentamente,

ofreciendo a los espectadores una secuencia en la que, durante diez segundos, podía verse en primer plano una hermosa y primitiva ametralladora.

Muy lentamente comió la naranja. Luego recogió las cáscaras y las estrujó entre los dedos, salpicándose el rostro, perfumándose la barba...

—¡Ha comido el Estimulante, señor director!

—¿Y qué? —respondió el director del restaurante, el único humano de todo el personal—. ¡Es nuestro cliente, es su amo! ¿Tú te vas a poner a discutir los gustos del consumidor? Y además… de todos modos, lo hace con su propio dinero, así que… ¡su dinero, nuestro dinero!

—Sí, pero es inmoral… —replicó el Mayordomo, manteniéndose en las mismas coordenadas de su eterna sonrisa.

Con aire cansado, el director extendió una mano flácida y formó el código del Neurodomo. La figura parecida a un terminal del doctor Madock apareció crispada en una mueca. Probablemente había aceptado la llamada por reflejo; se veía que estaba en una situación delicada, intentando esconder detrás de la espalda algo que parecía ser el último número de la revista Play War. Conectado a varios terminales, seguro que trabajaba en los nuevos experimentos. El invento que había anunciado, el bioterminal, era mencionado cada vez más en los trabajos de disuasión científica publicados últimamente.

Resumidamente, se le comunicó lo sucedido.

—¿Qué? ¿Comida natural? —saltó Madock como si lo hubieran quemado, y salió disparado por la puerta sin desconectarse, sin apagar el holófono, dejando al director en compañía de las doce gatas siamesas que irrumpieron en el gabinete del doctor peleándose por ocupar un lugar frente a los teclados.

Tres minutos después, una ambulancia frenó bruscamente frente al Nudo Pitt. De ella bajaron dos matones seguidos, a distancia respetuosa, por Madock, que aún se arrancaba del cabello conectores, cables, hilos. Entraron en el salón en el momento en que El-Eftis arrojaba sobre la mesa la servilleta de seda natural de idioptero en la que, entre florecillas de nomeolvides, estaban bordadas las palabras «Cada bocado se parece a una despedida», y comenzaba a contar a las tres Tas’k Mee el sueño en el que...

¿Qué?

No llegó a contar lo que había ocurrido en su sueño.

Llevado de urgencia a la clínica, su estado empeoró día tras día y, tras tres meses, El-Eftis murió, convirtiéndose en el primer caso registrado de SIHADA*.

 

 

* SIHADA (Síndrome Inmuno-Hipnótico Acentuado Degenerativo de Alimentación) fue una enfermedad que causó estragos en los años cuarenta. Se manifestaba mediante la ingestión de alimentos naturales, es decir, los estimulantes que acompañaban la comida habitual, lo cual provocaba la muerte en un máximo de seis meses, pese a todos los esfuerzos realizados en las clínicas para alimentar a los enfermos con los productos más nutritivos de las plantas bioquímicas del planeta.

Desde la perspectiva del presente, la historia de esta enfermedad no tiene nada espectacular. Podría representarse mediante una curva suave cuya ecuación ni siquiera vale la pena mencionar.

Como no se podía renunciar al Estimulante natural (ello habría tenido como efecto una propagación anabiótica del klisten en sentido hermaniano, que habría conducido a mutaciones genéticas inimaginables, por tanto catastróficas), el flagelo del siglo –como se acostumbraba a etiquetar cualquier enfermedad nueva– puso a los sabios a trabajar y, tras algunos años de investigación intensa, se descubrió el agente portador: un virus que se propagaba por vía onírica. Lo llamaron hipnovirus.

Unos años después apareció en el mercado Exonir. A tiempo, pues la gente, aterrorizada, había renunciado a dormir, a soñar... Convertido a su vez en el negocio del siglo, el Exonir garantizaba descanso a un precio astronómico. Sin sueños, pero ¿a quién le interesaba ya eso?

Así terminó la historia de la SIHADA, una de las enfermedades del siglo.

Nadie la recordaba ya unos años más tarde, cuando una multitud aturdida, exhausta, de miradas tristes, protestaba en las calles uniendo sus voces apagadas en el canto de la nueva generación:

«¡Denle una oportunidad al sueño!»


Michael Haulică, nacido en 1955 en Armășești, Vâlcea, Rumania, se graduó en la Facultad de Matemáticas, especializándose en Informática, de la Universidad Transilvania de Brașov. Fue programador durante 25 años, y luego se dedicó por completo a la escritura. Actualmente es editor en Art Publishing House y coordinador de las colecciones de ciencia ficción y fantasía de Paladin Publishing House. Es el editor jefe de la revista Argos. Desde 2010 es miembro de la Unión de Escritores Rumanos. Entre sus obras publicadas se cuentan Madia Mangalena (1999, 2011, 2015); Despre singurătate și îngeri (2001); Așteptînd-o pe Sara (2005, 2006, 2012, 2016); Nu sînt guru (2007); Povestiri fantastice (2010, 2011); ... nici Torquemada (2011); Transfer (2012, 2013, 2014); O hucă în minunatul Inand, (2014) y 9 1/2 elegii (2016).

 

TRES VENTANAS