Michael Haulică
Todo el mundo me llama Ollie. No sé por qué, porque a mí me llamo Sylvester. Todo el día los oigo: Ollie, no te olvides, el lunes a las siete. O: mañana a las seis, Ollie.
Yo soy stalker. Eso, en la
jerga, significa una especie de guía. En realidad, sin mí estarían perdidos.
Ninguno de los que entraron solos en el Nudo 14 volvió jamás. No sé qué
demonios hacen ahí dentro para no dar con las puertas. Al fin y al cabo es
sencillo. Miras hacia delante, esperas veinte segundos, das dos pasos y despiertas
del otro lado. Después miras a la derecha, esperas ocho segundos y, tras medio
paso, estas en otro “otro lado”.
Lo que acabo de decir no hay que
tomarlo al pie de la letra, fue solo un ejemplo, porque, claro, cada vez es
distinto. Pero no entiendo cómo los demás no se dan cuenta. Parecen todos unos
imbéciles.
Ahora llevo a un grupo de enchufos.
En lugar de quedarse, carajo, con los sockets clavados en la cabeza y los ojos
en blanco, les dio por salir de paseo. Oyeron que después de la Puerta del
Dragón aparece de vez en cuando un chino con unos sockets más especiales.
¡Bah! Ya una vez metí a un enchufo en un grupo y casi pierdo la clientela por
cuestiones de moral. Por suerte soy el único stalker de verdad y no
tienen alternativa: si quieren volver del otro lado, tienen que contratarme. Y
al final, ¿estas excursiones no son también una forma de droga? ¿Cuál es la
diferencia entre su necesidad-placer de viajar por las puertas más allá del
Nudo 14 y las alucinaciones de los que caen en estado de postración después de
meterse los sockets en la cabeza? Drogadictos, todos. Yo soy el único sano.
Podrían preguntarme por qué hago
esto, de todos modos. Por qué los guío. Bueno, por un sentimiento de deber y
gratitud hacia mis semejantes. Su necesidad me hace sentir útil. Conocen esa
sensación, ¿no? Es maravillosa. Mi razón de ser es traer de vuelta a casa a los
excursionistas. Porque ir, igual irían. Hay algo allí que los llama… No sé qué
es, yo no siento esa llamada. Yo solo los llevo a donde quieren y me aseguro de
que regresen. Ya les dije que solos no pueden.
Llegó la hora acordada. Son cinco,
como quedamos. Nunca tomo más, me cuesta controlarlos. Las tentaciones son
enormes para ellos y en cualquier momento puedo verme sorprendido por sus
reacciones. Observo a mis clientes y ellos me miran con miedo; saben que les
revuelvo los rincones del cerebro y les hago olvidar ciertos pensamientos. Por
eso en sus miradas hay una mezcla de temor y respeto. ¡Qué ingenuos son estos
chicos! Sé perfectamente que siempre descubro a los que quieren quedarse del
otro lado y aun así, cada vez, les encuentro planes de fuga escondidos por
todos lados. Algunos están muy bien armados, seguramente diseñados por esos
canallas del Sur que cobran mucho dinero por hacerlo.
Listo. A tres de ellos ya les saqué
de la cabeza la idea de quedarse. Ahora podemos irnos. Se lo anuncio y, como
por orden, los cinco se colocan enchufes antiemocionales que los dejarán
afectivamente inertes durante las primeras tres puertas. Reconozco el diseño y
el color. ¡Yo mismo se los traje anteayer desde la Puerta Gerocco 6! Vendí cien
en dos horas. Estos cinco no podían dejar pasar la oportunidad, claro.
No sé qué llevaron como moneda de
cambio. Todos cargan sacos de plastimet. Creo que se enteraron de que no puedo
ver a través de eso. Uno de ellos sonríe. Se dice a sí mismo: “Te la hice,
Ollie”, y añade esa expresión cuyo significado no conozco y que nadie
quiere explicarme. Cuando pregunto, todos estallan en carcajadas. Entonces me
enfurezco y a ellos les empieza a doler la cabeza. Se la golpean contra las
paredes y gritan como descerebrados. Normalmente me voy y los dejo solos. No
soporto el dolor ajeno. La verdad es que vivimos en un mundo muy mal hecho, y
la gente es, muchos de ellos, la mayoría, muy indefensa. A mí nunca me duele
nada. Solo a ellos. ¿Por qué será?
Ya dejamos atrás tres puertas. Los
cinco están alrededor mío, ¡gracias a Dios! Estamos cerca de la Puerta del
Dragón. Ahora debo estar muy atento: los enchufos van a buscar al chino que
vende sockets. Alguno podría equivocarse de momento al entrar.
¡Ahí está! ¡La puerta! ¡Ahora!
Esta vez hay que entrar en un
charco. Está ahí. Les grito y corro detrás de ellos como si fueran gallinas. No
es nada fácil. Al final consigo meterlos a todos. Si me demoraba dos segundos
más, perdía la puerta. Me quedaba como un idiota en medio del charco.
Estamos en la Tierra del Dragón.
Una calle estrecha y polvorienta. Puesto tras puesto frente a casas bajas pero
de dos pisos. En los puestos, de todo, lo que quieras y lo que no. Ayer tuve a
uno que se llenó los bolsillos de integradores de sensaciones. No era
revendedor, se llevó uno de cada modelo. Cualquiera le habría servido para
hacer el amor sin importar la raza de la pareja. Creo que era un maniático
sexual. Debería haberlo denunciado a la policía. No lo hice. Tampoco me gustan
los policías.
Consigo mantener a los enchufos
dentro de mi campo. Les prometí llevarlos con el chino. Y los llevo. Él me da
cien por cada cliente. Y todos van a comprarse ese socket con la toneziana…
Dejar que esa mujer te vista, sentir cada milímetro cuadrado de su piel… ¡es
una cosa increíble! Se los mostré anoche. Dejé que cada uno se lo pusiera una
vez. Evidentemente ninguno había hecho el amor con una toneziana. Me hice rogar
y al final acepté llevarlos a que se compraran uno también. Qué se le va a
hacer. Yo también consigo clientes como puedo.
Ahí está el chino. En el fondo de
su cerebro me hace una señal cómplice. “Sí, son estos. Cinco enchufos.”
Le envío el pensamiento y se superpone a su señal. Hasta le ahorro memoria.
Mientras mis enchufos se esfuerzan por recordar que la posición normal de las
mandíbulas es “cerrada”, continúo la conversación con el chino:
—Queda el 10 %, ¿sí?
—Como acordamos.
—¿Nada más?
—Eso no lo acordamos.
—Podemos acordarlo ahora. Al fin y
al cabo, los chicos pueden arrepentirse. O exigir más. ¿Quién sabe qué se les
pasa por la cabeza?
—¿Puedes influir sobre ellos?
—Depende.
—Tengo un socket colectivo. ¿Qué te
parece?
—¿De qué?
—Violación en grupo.
—Hm.
—Comando.
—Hm.
—Seppuku. Para dos, con posibilidad
de cambio de roles.
—Eso sí. ¿Cuánto?
—5 % del negocio.
—Me parece justo. Voy a ver qué
puedo hacer.
No fui del todo sincero con el
chino. Sabía que bastaba con enumerar los temas. Les gustó lo de la violación.
¡Chicos! Los convencí de que les conseguía descuento si compraban el socket
individual y la entrada al colectivo. También les saqué un 5 % a ellos.
Literalmente los arrastro conmigo.
Tengo que meterme en sus cabezas, infiltrarme en el programa del socket para
convencerlos de completar todo el itinerario contratado. Con su mentalidad,
volverían de inmediato a casa. En cierto modo los entiendo. Es difícil hacerlo
caminando. Pero nadie los obligó a ponerse los sockets ahí mismo. Mejor los
dejo apoyados contra una pared y los recojo a la vuelta. Tengo que pasar
obligatoriamente por los Estudios. Mañana tengo un grupo de actores.
Eso hago. Les digo que me esperen
un poco y salgo de sus cabezas. Los veo deslizarse por una pared, con caras
estúpidas, inconscientes. ¡Drogados!
La puerta más idiota es la que
lleva a los Estudios. Está junto a una carreta que se mueve sin parar. Hay que
caerse de la carreta para acertar la puerta. En el momento justo, claro, porque
si no cualquier imbécil podría atraparla por casualidad.
Aquí, de este lado del Nudo 14,
nada es casual.
Siempre tuve problemas con los
actores. Están acostumbrados a que en escenas peligrosas los doblen. Imagínense
lo difícil que es convencerlos de que se caigan de una carreta en movimiento.
Pero les lanzo al cerebro la imagen de la portada de ESTRELLA DE CINE,
con ellos sosteniendo la Estrella en las manos, y listo. ¿Quién no soñó alguna
vez con ganar el trofeo?
A veces también les doy un
empujoncito.
¿Pero dónde demonios está esa
carreta?
No está. Doy vueltas como un loco.
No hay nada.
Alguien se la habrá robado.
Tengo que concentrarme bien para
encontrarla. Por ahora veo su rastro en el aire. Subo la calle. Oigo su
traqueteo. Casi la paso de largo; el ruido de las ruedas sobre el empedrado
está disimulado como un susurro de hojas, pero eso es trabajo de aficionados.
Mercancía barata. Solo el borracho de Harry Longo mueve cosas tan malas. O
bueno, yo entiendo de estas cosas y me fue fácil darme cuenta.
Entro por una gran puerta verde y,
del otro lado, la carreta con la puerta gira en círculos. En ella hay unos ocho
tipos que de vez en cuando se tiran. Pero aparte de despellejarse y oír crujir
sus huesos, no consiguen nada.
¡Así no, chicos! ¡Si no saben cómo,
no lo hagan!
Estoy en la carreta. Nada. Ese
larguirucho de allá se adueñó de ella. Cinco monedas el intento. ¡Maldito tipo!
Le metes la moneda en el bolsillo y vas a romperte los huesos. En este patio
jamás van a encontrar la puerta.
Por cien alquilo la carreta un
cuarto de hora. Salgo a la calle y me dejo llevar.
Siento cómo me tiemblan las aletas
de la nariz. Huele a madera barnizada y a aserrín. Parece que alguien hablara
por un megáfono. Sé que apenas es mediodía, pero tengo la sensación de que cae
la noche. ¡Ahora! Salto de la carreta y entro en los Estudios.
Es de noche. Se está filmando. El
decorado de madera está recién barnizado. También se siente el olor del
aserrín. Los actores fingen no notarlo. Total, el director ya les grita por el
megáfono. Los actores me miran con gran respeto. Yo les arreglé el asunto.
Cinco por ciento. En sus mentes encuentro también pensamientos de
agradecimiento, porque con mi aparición, Il Maestro dejó de regañarlos.
El director se me acerca. Sé lo que
quiere. Dos actores y tres actrices. Mañana por la mañana.
—Quiero dos hombres y tres mujeres.
—Mañana por la mañana.
—Trato hecho.
—Hay algo más. A la noche necesito
unas veinte chicas. Lindas. Humanas.
—¿Veinte humanas? Eso cuesta.
—Lo sé. Pero eso quiero.
Salgo por el espejo del baño. Si me
quedaba negociando el precio de las veinte, perdía la puerta de regreso. El
precio lo fijaré en la entrega.
Me deslizo junto a dos tipos que
fingen no verme. Claro que me reconocieron. Qué idea, hacer la puerta en una
cama de hotel. Menos mal que no aparecí debajo de ellos. Habría sido incómodo.
Los enchufos están donde los dejé.
Unos cuantos chicos los miran. Y con razón. ¡Son ridiculísimos! Por cómo se
ríen y menean el trasero, creo que se pusieron el socket colectivo de la
violación. Niños… Me uno al grupo y se tranquilizan, confundidos. Como si
quisieran disculparse, pero los tomo rápido y los hago desconectarse para poder
irnos. Les hacen gestos obscenos a los espectadores.
Nos vamos. En la primera esquina
nos cruzamos con una zorgata y el recuerdo del programa común que acaban de
consumir les altera los instintos. Ninguno se contiene: todos le manosean la
joroba al pasar. Agradecida, la zorgata silba detrás de ellos por todos sus
orificios. Qué se le va a hacer, ¡chicos jóvenes!
Pasamos por el puesto del chino.
Los enchufos se dan codazos y le sonríen cómplices. Él finge no conocerlos y,
mentalmente, me da las gracias. Junto a ese mensaje encuentro la información de
que en dos días recibirá algo “gordo” de Kalotronia. De primera mano. Original.
Miente. Nunca nadie de su linaje
tuvo en la mano un producto original de Kalotronia. Pero le mando un
pensamiento de agradecimiento y la seguridad de que “sí, sin duda iré”.
Ya veré. Por ahora quiero sacarme de encima a estos mocosos. Parece que se
volvieron idiotas. Ninguno logra sacarse de la cabeza lo de la violación. Creo
que serían capaces de hacerlo de verdad. Debería hablar con su profesora de
comportamiento. Es zorgata. Al menos que sepa a qué podría enfrentarse. Quién
sabe, quizá le doy una buena noticia.
Nos queda una puerta. Me meto en
sus cabezas y les ordeno que se pongan los sockets antiemocionales. No quiero
problemas ahora. Me miran de reojo. Con odio, casi. Pero ¿qué pueden hacer? Me
necesitan para sacarlos de aquí.
Se ponen los sockets, obedientes.
Demasiado obedientes. Ahí está el pozo. Uno por uno los arrojo dentro. Tras el
último corrí bastante, pero al final lo atrapé. Primero con el pensamiento.
Luego con la mano.
—¡Gofre asqueroso!
Otra vez. ¿Qué demonios es eso?
Hace mucho que me lo dicen, pero
nadie quiere explicarme qué significa.
Paso yo también por la puerta y
salgo.
He vuelto. Los cinco están sentados
sobre un muro derruido. Cuando aparezco, despliegan todo su arsenal de gestos
obscenos y salen corriendo a los gritos.
—¡Ollie gofre! ¡Ollie gofre!
No voy a rebajarme a su nivel.
Michael Haulică, nacido en 1955 en Armășești, Vâlcea, Rumania, se graduó en la Facultad de Matemáticas, especializándose en Informática, de la Universidad Transilvania de Brașov. Fue programador durante 25 años, y luego se dedicó por completo a la escritura. Actualmente es editor en Art Publishing House y coordinador de las colecciones de ciencia ficción y fantasía de Paladin Publishing House. Es el editor jefe de la revista Argos. Desde 2010 es miembro de la Unión de Escritores Rumanos. Entre sus obras publicadas se cuentan Madia Mangalena (1999, 2011, 2015); Despre singurătate și îngeri (2001); Așteptînd-o pe Sara (2005, 2006, 2012, 2016); Nu sînt guru (2007); Povestiri fantastice (2010, 2011); ... nici Torquemada (2011); Transfer (2012, 2013, 2014); O hucă în minunatul Inand, (2014) y 9 1/2 elegii (2016).

