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jueves, 8 de octubre de 2026

CUANTO

Anamaria Borlan

Abcede estaba acurrucado en el alféizar interior de la nave, con la barbilla apoyada en las palmas de las manos. Miraba pensativo a través del ojo de buey, semejante a una celda de panal, sin distinguir casi nada en la oscuridad cósmica.

—¿Por qué hay esferas azules y rojas? —murmuró, señalando con un dedo el vacío del espacio que atravesaban rumbo a un destino que él desconocía.

Moxie, algunos años mayor que su hermano, se volvió hacia él con una especie de suspiro de exasperación. La muchacha parpadeó dos veces, deliberadamente, para activar el microchip nanofluídico integrado en las vías neuronales de su cerebro, que actuaba como amplificador de potencia sin alterar la plasticidad de las señales de la memoria y funcionaba como una red biológica.

—¡Otra vez preguntas lo mismo! ¡No eres capaz de asimilar una referencia tan trivial!

—Moxie, yo no sé hacer heterouniones —dijo él, volviendo el pequeño cuerpo hacia su hermana—. No sé realizar diferentes acoplamientos multiescala como tú. ¡No tengo un chip en el cerebro, como todos ustedes!

La muchacha lo miró con el ceño fruncido y luego sonrió.

—Está bien, Abcede. Aunque siempre me irritas con tus preguntas absurdas, te responderé. Sí tienes un chip en el cerebro, pero no eres capaz de activarlo. —El niño le devolvió la sonrisa y acarició el largo cabello que le caía sobre el hombro—. Entonces, ¿cuál es la pregunta?

—¿Por qué hay esferas azules y rojas?

—¡Uf! Lo mismo, siempre la misma pregunta. ¡Está bien! La esfera azul es una esfera azul. La esfera azul tiene energía cero. La esfera roja es una esfera roja.

Inspiró profundamente y comenzó su explicación.

—La esfera roja tiene energía; se ve un círculo semejante a un halo amarillo. Todas las esferas están compuestas de átomos. La esfera azul y la esfera roja se encuentran en el centro de tres círculos concéntricos que tienen radios y dimensiones diferentes, como si fueran varias órbitas. En esos círculos concéntricos hay tres neutrones. Tres protones y tres electrones. Los electrones tienen energía. El electrón del círculo exterior posee la mayor energía. El electrón de la órbita más pequeña posee la menor energía. La energía de las tres órbitas está cuantizada, es decir, se establecen valores discontinuos de una magnitud física que varía mediante saltos. Un electrón aparece en la órbita interior, la de menor radio, pero también puede existir en las otras dos órbitas. El electrón no puede existir en el espacio entre dos órbitas. No existen electrones con energía cero. Un electrón puede absorber energía y cargarse. Del mismo modo, un electrón puede liberar energía. En ese caso, puede caer desde la primera órbita, la más amplia, hasta la intermedia, dependiendo de la cantidad de energía liberada. La energía absorbida y la liberada forman una cantidad de energía libre. Esa cantidad de energía es un cuanto. El cuanto es el menor valor discreto de una determinada magnitud física. Un cuanto de energía es una cantidad determinada y finita de energía que puede ser emitida o absorbida por un sistema atómico. Además, la energía de un cuanto es directamente proporcional a su frecuencia. ¿Has entendido?

Abcede dejó de dibujar con su pequeño dedo sobre el ojo de buey semejante a una celda de panal.

Después se acurrucó en el estrecho sofá.

—¿Qué has escrito ahí?

—Lo que me contaste.

—¡Eres un genio! —exclamó Moxie—. Has escrito la ecuación que relaciona la energía de un cuanto con su frecuencia. El principio fundamental de la mecánica cuántica según el cual la energía es directamente proporcional a la frecuencia. ¿Cómo lo sabes? ¿Se te ha activado el microchip nanofluídico?

El niño se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—Imaginé tus palabras —susurró, mirando con temor a los ojos de su hermana.

—Es correcto. ¿Puedes explicármelo?

—No —respondió de inmediato.

—¿En qué pensaste?

—En una longitud dividida por el tiempo.

—¿Y cuál es el resultado?

—Pensé en la velocidad de la luz en el vacío.

—Correcto otra vez. Es la mayor velocidad posible a la que cualquier forma de energía, materia o información puede propagarse por el Universo. En este nivel cuántico, los electrones, las esferas azules y rojas, se mueven como ondas, como las oscilaciones del agua.

—¿Hay agua en el espacio?

—En el espacio interestelar sí, en las gigantescas nubes de gas.

—Estoy cansado. Voy a dormir.

Moxie resopló, contrariada.

—Está bien. Duerme. Tal vez el chip de tu cerebro despierte contigo.

Abcede se tendió en el asiento situado bajo el ojo de buey y se quedó dormido de inmediato. Su hermana miró hacia la pequeña ventana hexagonal. Se acercó al ojo de buey, inclinándose sobre el pequeño cuerpo de su hermano, y lo iluminó con un haz de luz azul. Las marcas que el dedo de Abcede había dejado eran bastante claras.

E = hf.

Permaneció varios minutos contemplando la ecuación como si fuera una pintura extraordinaria.

—E representa la energía del cuanto —susurró para no despertar al niño—; h es la constante que relaciona la energía y la frecuencia, 6,626070040 × 10⁻³⁴ julios-segundo, llamada constante de Planck, y f es la frecuencia de la radiación. ¿Cómo puede saber algo así?

Se sentó junto a él y lo contempló mientras dormía y respiraba tranquilamente.

—La luz del Sol tardaba aproximadamente ocho minutos y veinte segundos en llegar a la Tierra —añadió al cabo de un rato, continuando su monólogo.

Alzó la mirada hacia el ojo de buey. No veía nada más que la densa oscuridad del espacio cósmico que su nave atravesaba a velocidad constante. Se dirigían hacia otra constelación, situada en los confines de la galaxia. ¡Quién sabía qué encontrarían allí! Quizá un planeta parecido al que habían abandonado, calentado por un sol acogedor. Un lugar donde la ecuación escrita en el ojo de buey por el pequeño pudiera aplicarse con mayor fortuna.

—El futuro no es solamente un lugar hacia el que nos dirigimos, sino un lugar que crearemos y construiremos —murmuró Moxie, mirando a su hermano, un niño demasiado pequeño para su edad, probablemente soñando con cuantos.

La información recibida desde la distancia, más de un siglo y medio atrás, había sido descifrada. Los habitantes de la Tierra habían tenido tiempo suficiente para prepararse para el largo viaje. El mayor logro, el que había hecho posible el viaje interestelar, había sido la revolución de la informática neuromórfica. Al crear el hardware de la inteligencia artificial siguiendo el modelo del funcionamiento del cerebro humano y reproduciendo el pensamiento humano, de pronto todo se había vuelto muy sencillo.

La fusión de la inteligencia externa con la humana solo había aportado beneficios. Allí donde el ser humano no podía resolver algo particularmente difícil, intervenía el cerebro artificial, capaz de procesar eficazmente cualquier abstracción, razonando para establecer vínculos entre conceptos demasiado complejos y confusos para la mente humana. Y la inteligencia ya no se limitaba a simular el pensamiento: hacía mucho que había superado aquellas etapas de aprendizaje y se comportaba exactamente como el cerebro humano, con una diferencia... la información fluía instantáneamente mediante teleportación cuántica.

Los microchips nanofluídicos, integrados directamente en las vías neuronales del cerebro humano, estaban conectados a sus más de cien mil millones de neuronas. Esta integración permitía al microchip captar y procesar las señales electroquímicas responsables de transmitir información por el sistema nervioso. Las señales que naturalmente circulaban entre las neuronas para garantizar el funcionamiento normal del cerebro eran ahora interceptadas, analizadas y, cuando era necesario, modificadas por el microchip nanofluídico.

De ese modo, el proceso de pensamiento y reacción ante los estímulos externos ya no dependía exclusivamente de la estructura biológica del cerebro, sino que era respaldado, modelado y optimizado mediante la intervención artificial del microchip. Esta simbiosis entre tecnología y biología había producido una eficiencia sin precedentes de los procesos cognitivos, permitiendo la transmisión instantánea de información y una rápida adaptación a situaciones complejas.

El ser humano había copiado esos circuitos y los había implementado en una máquina. Quedaron tan satisfechos con el resultado que, como consecuencia, las personas dejaron de esforzarse por pensar por sí mismas y fueron perdiendo, día tras día, una parte de su inteligencia natural: la capacidad de resolver problemas, de comprender determinadas actividades y conjuntos de actos físicos, intelectuales y morales encaminados a obtener determinados resultados. Con el tiempo ya no conseguían abstraer ni razonar lógicamente; habían perdido la capacidad de aprender y experimentar cosas nuevas, ya no eran capaces de resolver un problema, encontrar soluciones y adaptarse, ni de continuar siendo creativos.

Con el tiempo, y con bastante rapidez, también se fue desvaneciendo la capacidad verbal. Las personas apenas se comunicaban entre sí, salvo mediante mensajes transmitidos a distancia. Habían perdido la capacidad de analizar las situaciones. Visualizar objetos en el espacio cercano se había vuelto casi imposible; ya no escuchaban música, nadie cantaba, no se componían melodías ni versos, y la sensibilidad hacia el ritmo había desaparecido por completo. Lo mismo había ocurrido con la escritura y la lectura, que habían caído en desuso; toda la información, las preguntas y las respuestas pasaban por los circuitos nanofluídicos. La percepción de los detalles del entorno se debilitaba día tras día. Ya no existía curiosidad ante el mundo ni deseo de explorar o descubrir formas, colores o sonidos nuevos; todo parecía uniforme, sin vida. Los seres humanos se habían convertido en sombras, perdidos en su propia existencia, sin vínculos reales con cuanto los rodeaba.

Como permanecían constantemente en aquellos profundos sillones, conectados a las inteligencias, sus cuerpos se volvían inertes y sus mentes cada vez más aisladas. En lugar de comunicarse, compartir o crear, vivían mediante pensamientos automáticos y perdían lenta pero inexorablemente todo vestigio de espontaneidad. La inactividad se extendía como una densa niebla sobre sus almas, obligándolos a replegarse por completo del mundo, incapaces de conectarse con los demás o incluso de reconocerse a sí mismos. En ausencia de emociones, motivaciones o cualquier deseo de cambiar las cosas, la apatía se convirtió en una realidad adormecida.

A medida que avanzaba la tecnología, cada vez más personas dejaban de saber cómo utilizar su propio cuerpo. Pasaban días, meses e incluso años tendidas en aquellos sillones inteligentes, sin sentir ya necesidad de moverse ni de mantener ninguna interacción física. Esta inactividad prolongada no solo provocó una incapacidad física, sino también una drástica disminución de la capacidad para comprender el mundo circundante y comunicarse con los demás.

En esas condiciones, muchos habían desarrollado miedo a los espacios abiertos y al contacto social.

Las personas ya ni siquiera conseguían comprenderse a sí mismas y perdían gradualmente la capacidad de reconocerse o definirse mediante pensamientos y sentimientos auténticos. Los estados de apatía se habían vuelto habituales, y la ausencia de emociones y motivaciones hacía que parecieran apenas sombras de los seres humanos de otros tiempos. Todo debido a los implantes de microchips nanofluídicos.

Finalmente, la humanidad ya ni siquiera conseguía reconocer una montaña, un lago, un animal o un pájaro, el cielo o la tierra. Las preguntas profundas acerca de la existencia y el sentido de la vida habían quedado reducidas a disertaciones de la inteligencia, que entretenía durante algunos minutos al día a quienes ya no podían pensar, caminar ni ver, sino únicamente escuchar la voz monótona, aunque agradable, de la máquina que había reemplazado al ser humano mediante el cuanto.

La nave biointeligente, completamente automática, diseñada y construida por un conjunto de inteligencias activas, se dirigía a velocidad sublumínica hacia una constelación con dos sistemas solares, en la periferia de la galaxia. Administrada de manera autónoma, sabía qué debía hacer para salvar los últimos vestigios de una humanidad que alguna vez había florecido en todos los sentidos.

Además de Abcede y Moxie, en la nave viajaban otras seis parejas de hermanos, un varón y una mujer. Todos habían sido cuidadosamente seleccionados mediante un amplio proceso planetario que había durado varias décadas. ¿Por qué dos niños de una misma familia? Para perpetuar los genes seleccionados de la especie después de que eligieran a sus respectivas parejas, renovar el genoma y asegurar la continuidad de la especie humana en un planeta muy alejado del mundo abandonado. La nave también transportaba el ADN de organismos vivos: plantas, animales, aves y especies acuáticas.

El niño acababa de despertar y se frotó los ojos con sus pequeños puños.

—¿Moxie?

—¿Qué quieres, dormilón?

—Aaaah... —bostezó largamente—. He soñado...

—¿Tú, soñando? ¡No!

—¡Sí!

El niño se incorporó.

—¿Puedes contármelo?

El muchacho vaciló un instante antes de continuar.

—Oí a unos y a otros hablando.

—Vamos, ¿quién iba a hablar con quién? —replicó su hermana, incrédula.

—Otros. Incluso con la nave...

—Está bien, cuéntame qué soñaste —lo animó Moxie, ahora intrigada.

—Que somos siete veces dos en esta nave —murmuró.

La muchacha permaneció pensativa durante unos instantes. Tenía razón. Nadie le había hablado de los demás pasajeros como ellos que viajaban a bordo; ni siquiera los habían visto nunca. ¿Cómo sabía cuántos eran?

—Moxie... ¿qué va a ocurrir con nosotros?

—Cállate. No hablamos de esas cosas.

—¿Por qué?

—¡Porque no hablamos de eso!

—¿Por qué? ¿Los demás hablan?

—No lo sé. No me interesa.

Abcede la miró largamente y luego bajó los párpados.

—Debería interesarte —dijo finalmente.

—¿Qué? —exclamó la muchacha, sorprendida—. ¿Qué has dicho?

—Tenemos que hablar. De esto —insistió el niño.

—¿Por qué? Dime por qué.

—Voy a decirte... algo... pero no te enfades... Lo soñé... o quizá no... Tal vez simplemente lo sé... desde que nos marchamos...

—Está bien. Habla.

—El microchip nanofluídico que tienes en el cerebro... yo no lo tengo.

Moxie se puso de pie de un salto, estupefacta. Los latidos de su corazón se oían con fuerza.

—¿Cómo que no tienes microchip? ¡No puedes vivir sin un microchip! Lo que acabas de decir es una estupidez enorme.

—Moxie...

—¡Cállate!

—No, no me callaré. Esta vez no. Yo soy diferente. Tú eres diferente. ¿Alguna vez te has preguntado por qué partimos hacia otro mundo? ¿Alguna vez te has preguntado por qué nosotros y no otros? ¿Alguna vez te has preguntado dónde están nuestros padres?

Moxie contemplaba a su hermano con los labios entreabiertos, incapaz de creer lo que acababa de oír. Siempre lo había considerado algo retrasado con respecto a otros niños de su edad. Nunca había sido un niño alegre ni expresivo; permanecía encerrado en sí mismo, en un mundo completamente distinto del que habitaban todos los demás.

—¿Qué quieres decir?

—Que nosotros... quizá solamente yo, que tengo el microchip nanofluídico desactivado... tal vez no sea tan inteligente como los demás...

—¡Cállate, Abcede, deja de decir tonterías!

—...yo soy solo una entidad indivisible...

—¡Cállate! —gritó su hermana, alarmada, sujetándole las manos entre las suyas.

—...de energía; estoy compuesto por partículas elementales de materia...

—¡No, no, no puede ser!

—...sabes que...

—¡No digas nada más, te lo suplico!

—...me formé hace muchos ma...

—¡Abcede, cállate de una vez!

—...no, cuerpos celestes cayeron sobre los planetas...

—¡Detente!

—...las materias del exterior se combinaron con las del interior...

—¡Nada de lo que dices es verdad!

—¿Cómo lo sabes?

—...hace seis mil ga, yo nacía junto con una materia...

—¡No sigas!

—...funciono siguiendo instrucciones biológicas, como un organismo vivo...

—Pero, Abcede, ¡eres un organismo vivo, como todos nosotros!

—...no tengo el chip nanofluídico, no lo necesito...

—¡Siempre pensé que simplemente padecías algún trastorno, que tenías problemas cerebrales!

—...no me duele nada... no siento nada... no necesito nada...

—¡Estás enfermo!

Abcede bajó los párpados sobre sus ojos azul celeste. Aunque era un niño muy pequeño para su edad, su rostro y su diminuto cuerpo emanaban una especie de aura de sabiduría ancestral, como si llevara sobre los hombros el peso de secretos tan antiguos como el mundo. Moxie lo contemplaba desconcertada, incapaz de abarcar el misterio de la actitud de su hermano menor, como si detrás de sus ojos se ocultara una historia mucho más antigua de lo que su edad permitía suponer.

—...yo... pienso... sin chip... mediante un sistema de segundo orden. ¿Qué está ocurriendo? es pensamiento de primer orden; después, ¿qué ocurrirá a continuación? es mi pensamiento del nivel siguiente. Como sabes, o quizá no lo sabes, Moxie, existe una gran diferencia. El pensamiento de segundo orden proporciona respuestas mucho más inteligentes. Muchos se detuvieron en el primer paso. Pensar dos pasos por adelantado, o incluso uno, es una forma de autodefensa. La inteligencia es la que me impulsó hacia este pensamiento adicional. Ahora sé por qué abandonamos nuestro planeta...

—¡Estás muy enfermo de la cabeza, niño!

—...no soy yo quien está enfermo... la nave llegará a su destino... dentro de siete años luz... ya no habrá seres humanos tal como los conocemos hoy...

—Pero ¿cómo, Abcede? ¿Otra vez estás soñando tonterías?

—...no sueño... no es una tontería... pulso... cargado de energía...

—¿Otra vez empezaste a inventar historias de ciencia ficción?

—...de ningún modo... puedo convertir la señal débil...

—¿Qué señal? ¡Estás delirando!

—...¿sientes que la nave está acelerando?...

—Me pareció sentir algo. ¿Y qué?

—...Moxie... la aceleración uniforme a través de este espacio vacío que estamos atravesando...

Abcede dejó de hablar y comenzó a respirar con dificultad, de manera entrecortada, cada vez más agotado. La piel de su rostro empezaba a adquirir una ligera tonalidad verdosa y transparente.

—Déjalo ya. Será mejor que duermas. Hablaremos cuando despiertes.

—...llegaremos antes...

—Sí, sí, a dormir. ¡Eso está claro!

—...la inercia del movimiento de la nave...

—¿Qué pasa con ella?

—...yo la impulso... un baño térmico... doble aceleración...

—¿Qué tonterías estás diciendo, Abcede?

—...sinapsis neuronales... conectividad...

El niño comenzó a toser. Poco a poco se volvía más pálido, casi translúcido.

—...conexión... mi cerebro... con la red cósmica...

—¡Deja de decir tonterías!

—...yo... yo soy... ¡un cuanto... de luz!


Nota del original: en geología, ma es la abreviatura de mega-annum, unidad equivalente a un millón de años; ka equivale a mil años (kilo-annum) y ga, a mil millones de años (giga-annum).


Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

DOS HOMBRES, TRES OPINIONES

Anamaria Borlan

 

Dos hombres se encuentran en una tabaquería del barrio donde viven. Se saludan cortésmente, cada uno a su manera: el primero que entró, con una sonrisa torcida en la comisura de los labios; el otro, con una mueca de fastidio. Se conocían de vista, aunque nunca habían intercambiado una palabra, pese a vivir en el mismo edificio, pero en entradas, pisos y departamentos diferentes. El primero compra una caja de fósforos mientras el segundo espera pacientemente a que quien lo precede rebusque en sus bolsillos, tosa, se suene la nariz con un pañuelo arrugado y, finalmente, coloque dos monedas sobre el mostrador con marco de caoba, bien lustrado, que encuadraba majestuosamente una placa de vidrio rayada, manchada, opacada aquí y allá por el roce de tantos codos y diversos objetos que habían pasado sobre ella a lo largo de varias décadas. El segundo cliente pide un paquete de cigarrillos sin filtro y, cuando el vendedor le responde con cierta brusquedad que no tiene la marca deseada, el hombre se enfada.

Una lluvia de insultos, improperios y maldiciones inesperadas e inútiles cae sobre el anciano sentado en una silla detrás del mostrador, quien, imperturbable, se acaricia la barba larga, espesa y desgreñada, demostrando una perfecta indiferencia ante el acceso de furia del cliente. El primero que había entrado, el que había comprado la caja de fósforos y nada más, ya casi en el umbral de la tabaquería y con intención de salir, abre la caja, saca un fósforo y lo enciende ante los ojos del hombre que discutía por el paquete de cigarrillos. Este da un salto hacia atrás para esquivar primero las chispas y luego la llama que brota de repente bajo su nariz, y se golpea la cadera contra el mostrador lateral, estrecho, de madera con refuerzos metálicos oxidados en algunos lugares.

—El fósforo de la caja es un elemento que se comporta amistosamente, por supuesto, siempre que no dejes caer la cerilla al suelo, sobre la madera o sobre los pantalones de algún payaso... —dice el primero con voz grave, casi susurrante, adoptando un aire solemne, serio, grandioso e imponente, todo al mismo tiempo. El segundo, un hombre aproximadamente de la misma edad, un poco más bajo y barrigón, exhibe también, en la medida de sus posibilidades, un aire majestuoso.

—No me hables a mí de fósforo y cerillas —gruñe con expresión contrariada, lanzando una mirada de soslayo al tabaquero que permanece callado y aburrido en su taburete detrás del mostrador.

—¿Y por qué no? ¡Hablo de lo que quiero!

—¿Al menos sabes de qué estás hablando? Déjame contarte una historia, ya que has entrado en mi tienda. En tiempos de la Antigua Roma, un poeta llamado Marcus Valerius Martialis, autor de doce libros de epigramas leídos por los emperadores Domiciano, Nerva y Trajano, menciona una sustancia llamada sulphurata, utilizada para encender fuego. Varios siglos después aparecen las varillas de azufre con las que las damas de la corte de la dinastía china Qi encendían sus pipas. Mucho más tarde aparecen en Europa unos fósforos llamados Lucifer, porque la varilla llevaba en uno de sus extremos una mezcla de azufre, clorato de potasio, azúcar y caucho, una verdadera bomba; se encendía introduciendo la punta en un pequeño frasco de ácido sulfúrico, lo cual era francamente peligroso y muy costoso. También existían los fósforos llamados Ratón Volador, es decir, los vampiros de la noche. Pero antes de que llegáramos a la civilización –bueno, a una especie de civilización, porque seguimos siendo unos salvajes–, mucho antes de que nuestros semejantes asaran carne, los hombres golpeaban dos piedras, pedernal y eslabón, con las que también prendían fuego a la pólvora. Como ves, sé mucho sobre fósforos. —El segundo cliente resopla con desaprobación y afectación fingida—. Veo que no te interesa. Al menos sé educado y escucha, tú, comprador de cigarrillos baratos y sin filtro —lo reprende el primer cliente.

—¿Qué te importa mi vida, eh?

—¡Estoy perdiendo el tiempo y la paciencia con gente como tú!

—¡Mira tú! —exclama el segundo con expresión ligeramente divertida, lanzando una mirada al anciano de barba desgreñada—. ¿Gente como yo, eh? ¿Y quién es usted para hablarme desde arriba?

—¿Eh? ¿Has dicho «eh»? ¿Te crees superior a mí?

—¡Esto sí que es bueno! ¡Por supuesto que me creo superior a ti!

—¿Por qué, si tienes la amabilidad de responderme?

—Porque soy una cabeza más alto que tú, llevo zapatos de cuero lustrados, he comprado fósforos aunque no fumo...

—¡Interesante! Parece que esos pocos años que tienes menos que yo te conceden el valor imprudente de quien, por ser más joven, se siente autorizado a insultar. El hecho de que seas una cabeza más alto que yo solo demuestra que alguien de tu familia poseía, sin saberlo, por supuesto, un conjunto de genes presentes en los cromosomas que contienen la información genética necesaria para la formación de un organismo y transmiten determinadas características hereditarias. El hecho de que lleves zapatos de cuero, y además lustrados, indica que tienes ingresos suficientes, y tu afirmación de que no eres fumador me deja completamente indiferente.

—Señor, escuchando sus magistrales palabras pronunciadas con tanta grandilocuencia, me inclino a pensar que su profesión podría ser la de profesor o la de librepensador.

—¿De dónde puedes deducir semejante profesión, como acabas de anunciar? Nada más lejos de la verdad.

—Mis disculpas. ¿Podría decirme, se lo ruego amablemente, cuál es su profesión?

—¿Tanta curiosidad tienes por conocer mi profesión? Me pregunto por qué. ¿Puedes revelarme el motivo de esa insólita petición de que te confiese a qué me dedico?

El primer cliente, con un pie en el umbral y una mano sobre el picaporte desgastado por los años, aprieta los labios y expulsa un sonoro resoplido por la nariz.

—Porque he observado, sin proponérmelo, que pediste un paquete de cigarrillos y te enfureciste porque no tenían tu marca preferida.

—¡Deducciones erróneas! Y de varias clases. Has supuesto, escuchando a escondidas mi conversación con el vendedor y sin saberlo con certeza, para quién pensaba comprar ese paquete de cigarrillos. ¿Por qué precisamente esa marca? ¿Quizá para mí? ¿Quizá para otra persona? ¿Por qué el tabaquero no tenía esa mercancía? ¿Por qué no hizo un nuevo pedido? ¿Tal vez no advirtió que justamente esa marca se había agotado? ¿Tal vez no le importó? ¿Tal vez sabía que al final compraría otra marca de cigarrillos...?

—No puedo sino darte la razón. Es cierto. He reflexionado y elaborado cierta forma de razonamiento sin una base comprobada, sin premisas que condujeran a una conclusión fundada en la lógica del juicio.

—No has reflexionado; solo oíste algunas palabras dichas al azar y después tuviste la insolencia de criticarme, de mirarme desde arriba; incluso mencionaste con elocuencia el hecho de que llevas zapatos de cuero lustrados.

—Mencioné ese detalle porque es verdad.

—Yo llevo un pañuelo en el bolsillo, pero no he mencionado ese objeto, aunque su presencia sea absolutamente real, incluso sin que yo demuestre su realidad inmediata. Como dato curioso y divertido, yo también llevo zapatos de cuero, y hasta están lustrados. Quizá no miraste lo bastante bien o no te inclinaste lo suficiente para darte cuenta. Después de todo, ¿cuál es el propósito de esta conversación? Como intuyes, o quizá incluso sea deliberado, este diálogo puede ramificarse en varias direcciones, no todas agradables ni seguras.

—¿Como una disputa filosófica?

—En pocas palabras, sí.

—¿Y en muchas?

—Nos llevaría meses, si no varios años, discutir de manera divergente acerca del tema de nuestro encuentro de hoy.

—Yo tengo tiempo. No tengo prisa por ir a ninguna parte. He entrado por primera vez en mi vida en esta tabaquería por pura curiosidad.

—¿Qué despertó tu curiosidad? ¿Existe alguna motivación empírica o fue simplemente casual?

—Sentí el impulso de explorar lugares y personas nuevos, desconocidos para mí antes de esta experiencia.

—Eso significa que tienes un fundamento subjetivo para el impulso que determinó esa acción.

—Más bien, lo confieso sinceramente, por la naturaleza de una cábala.

El primer cliente que había entrado en la tienda permanece callado durante unos instantes, como sumido en sus pensamientos.

El anciano vendedor de barba blanca y desgreñada se levanta con dificultad de su silla, da un paso hacia el mostrador y apoya ambas palmas sobre el vidrio rayado, opacado y manchado.

—Con todo respeto, estimados clientes, me veo obligado a invitarlos a trasladarse afuera, a la plaza, para que continúen allí su diálogo sobre el análisis y el debate minucioso de la nada.

—¿Ya es hora de cerrar? —pregunta sorprendido el segundo cliente.

—¿Nos echa por haber hablado de fósforos?

—No de fósforos —interviene el segundo hombre—. Hablamos, o al menos tuvimos la intención de hablar, también de la chispa producida por la cabeza de fósforo, que después se enciende, arde como las ideas y se extingue como la vida de un hombre.

—Caballeros, no deseo contrariarlos de manera desagradable, pero esta conversación me ha aburrido más allá de todo límite y, con la mano sobre mi envejecido corazón, no deseo que la nada se transforme en caos. Añadiré unas pocas palabras y después cada uno seguirá su camino; yo cerraré la puerta desde dentro. He visto en sus distinguidos rostros que experimentaron un instante de intriga, de perturbadora sorpresa, cuando pronuncié la palabra «nada». Se me ocurrió la teoría que se refiere a la Nada como la maximización de la posibilidad de lo inexistente. ¿Tengo razón?

El tabaquero desplaza la mirada de uno al otro.

—Sin ánimo de ofender, se me acaba de ocurrir una pregunta —dice el primer cliente—. Señor, ¿está usted familiarizado con... el idealismo?

—Más bien con la Ilustración —responde de inmediato.

Los dos clientes intercambian una mirada; el asombro se refleja en sus rostros.

—Si lo considera oportuno, me tomo la libertad de preguntarle cuál es su nombre.

El anciano endereza la espalda sosteniendo una gran llave en la mano, como si estuviera a punto de atacarlos.

—Mi nombre carece por completo de relevancia. Igual que los de ustedes. La razón y la experiencia son características generales de la existencia. También lo son los conceptos de espacio, tiempo y cambio, la causalidad y las leyes de la naturaleza. La materia y la mente humana mantienen un vínculo estrecho y predeterminado. Sin estas particularidades no existirían ni lo posible ni lo necesario.

—Ni el conocimiento —añade el primer cliente.

—Solo ahora hemos llegado al momento indudable, necesario y posible de revelarnos nuestros nombres —replica el anciano con tono decepcionado y casi dolorido—. Después abandonarán esta tienda y yo bajaré las persianas de la tabaquería. ¡Vayan a adorar a algún ídolo, dios o poder cósmico! Yo, el que está aquí ante ustedes, me llamo Mendelssohn. Moses Mendelssohn.

Los dos miran al hombre de barba blanca y desgreñada.

—¿Aquel Moses Mendelssohn, teólogo y filósofo?

—En persona. Ahora tengo que pedirles un gran favor. Revelen también ustedes sus nombres y a qué se dedican durante los días de la semana. Primero el primer cliente y después el segundo, en el mismo orden en que entraron.

—Me llamo Johann Christoph Friedrich Schiller. Escribo obras de teatro y, de vez en cuando, poemas.

—¿Eres aquel Schiller que escribió obras filosóficas sobre ética y estética? ¿Tomaste como modelo mi forma de síntesis, aplicando así mi pensamiento junto con el del idealista Karl Leonhard Reinhold? ¡No esperaba un encuentro semejante! Ahora te toca presentarte —dice, volviéndose hacia el segundo.

—Mi nombre es Immanuel Kant. Mis ideas sentaron las bases del sistema doctrinal del idealismo trascendental.

—¿Y a qué conclusión ha llegado, señor Kant? Le hago la misma pregunta al señor Schiller.

—Todavía pienso y reflexiono acerca de la relación entre la realidad y la realidad empírica que podemos experimentar.

—¡Fascinante! —se maravilla el dramaturgo—. Yo también sigo pensando en la naturaleza del mal, y especialmente en la cábala entendida como complot, conjura e intriga, como experiencia de la realidad.

—En conclusión, ¿cuál es la opinión de ustedes acerca del idealismo, sea trascendental o esté por encima o más allá del mundo real?

—Por ahora intento formarme una idea acerca de la cosa como materia, sobre cómo puedo penetrar con la mente más allá de la apariencia. ¿Cómo podría contemplar el espacio cósmico y explorarlo mediante el poder de mi mente? Tal vez encontrar una civilización más avanzada que la nuestra y poder preguntar acerca de la percepción de sentidos que trasciendan la realidad.

—Y yo procuro, en mis obras de teatro y en mis poemas, examinar el fundamento de la realidad como una característica independiente de la mente. El viaje espacial tendrá lugar, sin duda. Es muy posible que esa civilización más avanzada que la nuestra, de la que has hablado, posea concepciones y un conjunto de conocimientos más sofisticados y que tengamos la oportunidad de experimentar la metafísica...

—Sí, por supuesto, sería una experiencia única estudiar el ser en cuanto ser, independientemente de que sea humano o extraterrestre —se entusiasma Kant.

—¡Explorar el ámbito suprasensible más allá de nuestro mundo interior y también aquello que existe más allá del mundo exterior!

—¡Y asimismo investigar, desde un punto de vista crítico y comparativo, las condiciones del pensamiento!

—Les deseo mucha suerte. Ahora les ruego que abandonen la tienda; esta conversación sobre la nada me ha agotado. Ilusiones y ficción. Adiós.

Schiller y Kant salen. Tras ellos oyen cómo la llave gira dos veces en la cerradura.


Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

miércoles, 22 de julio de 2026

EL EJE DEL SUEÑO

Anamaria Borlan

 

Dedicado a Victor Brauner, pintor y escultor surrealista rumano

 

El hombre cree que contempla el universo.

El universo lo utiliza para soñarse a sí mismo.

 

El pintor salió a la terraza inmediatamente después de la puesta de sol, con los pinceles todavía manchados de azul de Prusia y ocre tostado. Los depositó con cuidado sobre la ancha barandilla y luego trajo de la casa el caballete y la tabla de cartón entelado, preparándose para pintar al aire libre.

Era una noche cálida, en la frontera entre el verano y el comienzo del otoño, pero en la habitación donde solía pintar se había instalado una atmósfera sofocante, difícil de soportar. Afuera, en cambio, el aire era agradablemente fresco y estaba impregnado del perfume de las flores, de las azaleas rojas que aromatizaban la noche.

Sobre la mesa baja, junto a la paleta, había una caja con numerosos pinceles de diferentes formas y tamaños –planos, redondos–, lápices, espátulas, esponjas y rodillos. En otra caja había frascos, trapos y recipientes de arcilla para limpiar los pinceles; y colgada de la barandilla, dentro de una caja mucho más grande, se encontraba la pintura, junto con barnices, diluyentes, aceites y los solventes necesarios para trabajar.

Además de todo eso, el pintor colocó sobre la mesa una pequeña jarra de vino color rubí y una taza de arcilla sin asa. Se acomodó en la silla de rafia y se sirvió un poco del licor elaborado con las uvas grandes y amarillas de las pocas vides plantadas a lo largo de la barandilla que rodeaba la terraza. Bebió un sorbo, chasqueando los labios de placer, y disfrutó de la relajante atmósfera nocturna.

El cielo, que se mostraba en toda su belleza, sin nubes ni bruma, sin la menor ráfaga de viento, desplegaba todo el esplendor de sus estrellas centelleantes. El anciano nunca había visto una bóveda celeste tan clara y elevada.

No era un cielo corriente. En el centro, como una herida abierta en el tejido del mundo, se alzaba una galaxia vertical, semejante a una columna de luz. No giraba ni pulsaba. Permanecía inmóvil, como una idea que ya no puede ser reprimida. Por un instante pensó en la imagen del monstruo Leviatán, el dragón marino bíblico, inmóvil, como si olfateara el aire y estuviera a punto de atacar sin alterar las aguas del océano espacial.

En ese mismo momento sintió el impulso. No experimentó sorpresa ni miedo, sino una necesidad orgánica de pintar. Como si sus manos ya supieran lo que su mente haría unos minutos más tarde. Se levantó con cierta dificultad, pues los años comenzaban a pesarle sobre los hombros, pasó suavemente la palma sobre la tela para alisarla y quitar cualquier rastro de polvo y, con un pincel de lengua de gato delgado, trazó de un solo movimiento de muñeca una línea recta de abajo arriba, como el límite de una dirección imprecisa que pareciera unir la terraza con algún punto del espacio nocturno.

Tomó el lápiz de mina blanda más cercano y trazó líneas quebradas que dejaban tras de sí un color nunca visto. Por primera vez, el lápiz se comportaba de manera extraña, como si actuara por voluntad propia. No dejaba arañazos, el trazo no se extendía y la punta no se desgastaba. Parecía absorber la luz del entorno, como si inhalara la claridad del día que se desvanecía poco a poco.

El pintor retrocedió un paso, ahogando una exclamación de sorpresa mientras observaba lo que se desarrollaba ante sus ojos. Parecía que la galaxia, como si hubiera oído su silencioso grito de asombro, le respondiera. No mediante el movimiento, sino acercándose.

Los contornos de la galaxia se adelgazaron y se volvieron fluidos, infiltrándose en la pintura. Las estrellas se transformaron en manchas de aceite y la tela comenzó a respirar como un pulmón dentro de un pecho. El anciano tuvo un instante de lucidez.

Esto ya no es un cuadro; es un sueño que me lleva muy lejos, a un lugar inacabado…, se dijo.

Tuvo la impresión de que algo, una especie de mano enorme, fría y poderosa, le sujetaba con cierta delicadeza los dedos, que dejaron caer el lápiz, y pareció obligarlo a empuñar el pincel con el que pintaba. Entonces, sin sentir nada especial, fue arrastrado lentamente hacia el interior.

No sintió la caída como algo violento, sino más bien suave, como deslizarse hacia el sueño. Cuando se incorporó, vio de inmediato que se encontraba en un lugar con un cielo vacío, blanquecino, inacabado. Ya no estaba en la terraza perfumada por las azaleas, junto a las vides que producían uvas grandes y redondas, apropiadas para elaborar vino. Y, aunque tenía la sensación de haber llegado a un planeta desierto y estéril, frente a él se alzaba el mismo caballete. Los mismos colores. Y arriba, la misma nada, tan llena de vida.

—Interesante —oyó decir a una voz tranquila, de profundo y cálido timbre de barítono, que llegaba desde detrás de él—. Has alcanzado el punto en que el símbolo ya no representa, sino que crea.

—¿Qué crea?

—El inconsciente, que no describe el mundo, sino que lo corrige.

Se volvió. Un hombre de barba corta y rostro más bien alargado, vestido con un traje que parecía pertenecer a una moda muy antigua, de un siglo ya extinguido, quizá de la Belle Époque, lo contemplaba con una mirada penetrante, observándolo con una atención incómoda, como si fuera un paciente situado exactamente entre la resistencia y la revelación.

—¿Dónde estoy? —preguntó el pintor.

—Estás en tu inconsciente proyectado a escala cósmica —respondió el otro de inmediato—. Pintaste el cielo porque el cielo es la pantalla sobre la que proyectas tus deseos reprimidos. ¿La galaxia vertical? Un símbolo del deseo de trascendencia. O, si lo prefieres, del nacimiento.

—¿Dices que yo soy un símbolo? ¿Para qué o para quién?

—Para un lugar, un espacio del cosmos al que llegan todos los símbolos cuando ya no queda nadie que pueda interpretarlos —respondió sin vacilar.

—¿Por qué?

—Has atravesado el eje del sueño.

—Es decir… ¿qué significa eso? ¿El futuro? ¿Un mundo nuevo? ¿Una colonia planetaria?

—No —dijo el hombre—. Es tu interior proyectado a escala galáctica. Las civilizaciones avanzadas no exploran el espacio: solo exteriorizan su inconsciente.

Mientras hablaba con el desconocido, el pintor aplicaba los colores, y la galaxia del cielo se volvía más delgada, se acercaba y se transfería. La tela ya no descansaba sobre el caballete: se había convertido en una interfaz. Las estrellas se transformaban en nódulos de memoria y el espacio entre ellas significaba represión, le explicaba el extraño, mientras el anciano pintaba con creciente obstinación.

—¿Qué ocurrirá cuando termine el cuadro?

—Entonces el símbolo estará completo —susurró la voz—. Y tú ya no necesitarás la realidad.

Cuando la última pincelada completó la disposición de las estrellas en la bóveda, el pintor fue absorbido sin ofrecer resistencia. No cayó ni fue arrancado de allí. Pasó, como una idea, de una mente a otra.

El pintor comenzó a pintar de nuevo. Esta vez, el cielo del planeta iba adquiriendo colores mientras ellos hablaban.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí conmigo? —preguntó finalmente el pintor—. ¿Te conocí alguna vez y no lo recuerdo?

—Me llamo Freud, Shlomo Freud, aunque algunos me conocen como Sigmund, el de Freiberg, en Moravia. Aunque mi nombre no te dice nada, del mismo modo que el tuyo tampoco me dice nada a mí.

—Entonces, ¿por qué has venido? O, mejor dicho, ¿de dónde has salido? ¿Por qué te apareciste ante mí? ¿Qué quieres?

—Porque tú, pintor soñador, estás en oposición a tu existencia material. Tal vez ahora no lo entiendas, pero estoy convencido de que reflexionarás sobre mis palabras. La realidad objetiva es un producto de la materia organizada de forma superior, como te dije hace un momento, y esa materia es el cerebro, el cerebro humano, expresado en pensamiento y espíritu. ¿Qué quiero? Casi nada. Solo observarte mientras pintas.

Durante unos instantes permanecieron en silencio.

—¿Y si ya no quiero regresar? —preguntó el anciano.

—Entonces el sueño te encerrará dentro de sí —dijo con serenidad aquella voz agradable—. El arte es sublimación, pero también una trampa. La diferencia la establece la conciencia.

Las estrellas reaparecieron una a una, como hileras de piedras preciosas colgadas del cuello del dragón Leviatán. Entretanto, la galaxia surgía de su pincel y no del cielo. Comprendió que ya no era el pintor quien contemplaba el cosmos, sino el cosmos el que se contemplaba a sí mismo a través de él.

—Entonces, ¿dices que yo soy el símbolo?

—No —rio suavemente la voz—. Eres el proceso.

Cuando la galaxia quedó completa, el pintor ya no estaba allí. Solo permaneció el cielo pintado y, en algún lugar, sobre otro planeta, otro hombre miraba hacia arriba, sintiendo una necesidad inexplicable de pintar una línea vertical. Bebió un sorbo del aromático vino de la cosecha anterior, eligió cuidadosamente un pincel de lengua de gato, sumergió la punta en la pintura y trazó, con un único movimiento de muñeca, una franja negra sobre una tela blanca.


Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

viernes, 26 de junio de 2026

EL EXTRAORDINARIO PODER DE LAS COSAS COMUNES

Anamaria Borlan

 

Aquella mañana de noviembre, la ciudad parecía construida de niebla y silencio. La gente caminaba apresurada, con los cuellos de los abrigos levantados y la mirada fija en las aceras mojadas, como si cada uno cargara un peso invisible sobre los hombros. De vez en cuando, algún automóvil salpicaba el borde de la calle, y las hojas amarillas pegadas al asfalto se elevaban por un instante para volver a caer, agotadas.

Matei estaba de pie junto a la ventana de su apartamento, en el cuarto piso, observando todo aquello sin verlo realmente. Desde hacía varios meses, su vida se había convertido en una sucesión monótona de días idénticos. Se despertaba temprano, iba al trabajo, respondía llamadas telefónicas, firmaba documentos, regresaba a casa y se dormía con el televisor encendido. En otro tiempo le gustaba leer, escuchar música, pasear sin rumbo por la ciudad, pero ahora ya no encontraba sentido a ninguna de esas cosas.

Sin embargo, aquella mañana el teléfono sonó de una manera tan inesperada como molesta.

—¿Hola?

—¿Matei? Soy la tía Ileana.

La voz de la anciana le trajo de inmediato recuerdos de los veranos de su infancia en el campo: el olor del heno recién cortado, el pan salido del horno y las noches acompañadas por el canto de los grillos.

—Hola, tía Ileana... Qué sorpresa —murmuró, poco entusiasmado.

—Necesito un poco de ayuda. No funciona la luz de la cocina y no tengo a quién llamar.

Matei cerró los ojos durante un instante. Habría querido inventar una excusa. Estaba cansado, sin ánimo, atrapado en sus propios pensamientos grises y no tenía el menor deseo de salir de la comodidad de su apartamento en una jornada tan fría.

Pero algo en la voz de la mujer lo detuvo.

—Iré esta tarde.

El viaje hasta la casa de la anciana duró casi una hora. El pueblo parecía no haber cambiado, aunque estaba más silencioso de lo que recordaba. Algunas viviendas se encontraban abandonadas y las cercas, que antaño habían estado pintadas de azul o de verde, habían perdido el color; las tablas se balanceaban con un leve chirrido, sujetas por el alambre de púas.

La tía Ileana lo recibió en la puerta con una sonrisa cálida.

—Sabía que vendrías.

Pues si prometí venir, es evidente que iba a venir, pensó Matei.

La casa olía a manzanas asadas y a leña quemada. La cocina era pequeña y limpia, con cortinas blancas y una mesa cubierta por un mantel plástico floreado.

—Mira, esta bombilla ya no funciona —dijo la anciana, señalando la lámpara del techo.

De todos modos, una bombilla no puede caminar ni desplazarse... puede funcionar, puede iluminar... Matei levantó la vista hacia el techo y estuvo a punto de reírse. El problema era exactamente el que imaginaba: no se trataba de la instalación eléctrica ni de los fusibles. La bombilla simplemente se había quemado. Por suerte, había tenido la inspiración de comprar una nueva en la primera tienda que encontró camino a la estación de autobuses.

—¿Eso era todo?

—Eso era todo.

Cambió la bombilla en apenas unos segundos. Una luz amarilla inundó inmediatamente la habitación. La anciana dio unas suaves palmadas.

—¿Ves? Toda la casa se ha iluminado.

Matei sonrió distraídamente.

—Es solo una bombilla.

La tía Ileana lo observó durante unos segundos y luego se sentó.

—No existe el “solo”. La gente siempre lo olvida. —Él no respondió—. Una bombilla, una taza de té, una palabra amable, un pan compartido entre dos personas... Son esas cosas las que mantienen unido al mundo entero. No los grandes discursos, ni las riquezas, ni la arrogancia.

Matei se encogió de hombros.

—Tal vez.

La anciana sirvió té caliente en dos tazas.

—Cuando murió tu tío Petru, creí que no sería capaz de seguir viviendo sola aquí. ¿Sabes qué fue lo que más me ayudó?

—¿Qué?

—Que cada mañana alguien me dijera “buenos días”. El cartero, la vecina, el niño de la casa de enfrente... La gente cree que el poder reside en las cosas enormes. Pero la verdad es que la vida se sostiene sobre las cosas pequeñas.

Las palabras de la anciana lo acompañaron durante todo el camino de regreso a la ciudad. En los días siguientes, Matei comenzó a notar cosas que antes ignoraba por completo. Tal vez el cambio hubiera comenzado únicamente en su mente. O tal vez no.

Una mañana, mientras cruzaba la calle rumbo a la oficina, tuvo la extraña impresión de que el tiempo se había ralentizado durante unos segundos. Las gotas de lluvia parecían suspendidas en el aire y los ruidos de la ciudad llegaban desde muy lejos, como si pertenecieran a otro mundo. Después, todo volvió a la normalidad.

Matei continuó su camino hacia el trabajo. Pero aquellos momentos comenzaron a repetirse.

A veces, cuando alguien realizaba un gesto cualquiera, la luz a su alrededor parecía más cálida, casi irreal. Otras veces, los objetos cotidianos parecían conservar las huellas emocionales de las personas que los habían tocado. Una taza olvidada sobre un escritorio le transmitía una calma inexplicable. Un paraguas abandonado en una parada de autobús le provocaba una profunda tristeza.

Una noche, mientras permanecía solo en el edificio de oficinas, observó algo todavía más extraño.

Durante unos instantes, la computadora que tenía delante se apagó y, cuando la pantalla quedó negra, dejó de reflejar la habitación.

En su lugar apareció una imagen imposible: una biblioteca gigantesca, bañada por una luz fría, con esferas azules flotando entre los estantes. Entre ellas se movían personas vestidas con largas túnicas, sosteniendo objetos simples en las manos: un cuaderno, una taza, una fotografía sin marco, un libro, una carpeta, una prenda de vestir, un juguete... elementos que parecían subrayar la historia de las cosas comunes, reflejando la evolución de la vida humana.

Una mujer de cabello blanco, extraordinariamente parecida a la tía Ileana, se detuvo y lo miró directamente a los ojos, como si pudiera verlo más allá del cristal, más allá del mundo y del espacio.

—Las cosas comunes conservan la energía del mundo —dijo.

Y entonces todo desapareció.

Matei permaneció inmóvil. Pensó que el cansancio le estaba jugando una mala pasada. Sin embargo, aquella noche soñó con la misma biblioteca. Esta vez, la mujer lo condujo a través de los interminables estantes.

—¿Qué es este lugar? —preguntó.

—El Archivo Invisible.

—¿Una biblioteca?

—Más que eso. Aquí se conservan los ecos de todas las cosas aparentemente insignificantes que cambiaron destinos.

La mujer rozó suavemente un estante. De inmediato apareció la imagen de un soldado compartiendo su último trozo de pan con un niño. En otro estante, una anciana encendía una vela en una casa oscura. En el siguiente, un hombre recogía del suelo un ave herida. Después, las imágenes comenzaron a desfilar a gran velocidad ante sus ojos asombrados: destellos fugaces, una sucesión de distintas escenas de la vida, desde la prehistoria humana hasta un futuro aún inimaginable.

—Los grandes imperios desaparecieron —continuó la mujer con una sombra de tristeza en la voz—. Las grandes armas se oxidaron. Pero los pequeños gestos permanecieron, y son ellos los que mantienen el universo en equilibrio.

Cuando despertó a la mañana siguiente, Matei aún percibía el olor del pergamino y la luz fría de aquella biblioteca imposible, como si hubiera estado allí realmente y la antigüedad se hubiera impregnado en su ropa y en su piel con la emanación extraña del pasado y del futuro. En las noches siguientes, el sueño regresó. Cada vez, el Archivo Invisible parecía más vasto.

A veces tenía la forma de una biblioteca interminable; otras, parecía una ciudad construida con luces y sombras. Los corredores cambiaban constantemente, como si el lugar estuviera vivo. El techo se perdía en la oscuridad y entre las columnas gigantes flotaban esferas azules semejantes a pequeñas estrellas cautivas.

Matei comenzó a advertir que cada objeto del Archivo pulsaba débilmente, como si poseyera vida y memoria propias.

Un par de guantes conservaba el calor de la última mano que los había usado. Un viejo cuaderno murmuraba fragmentos de poemas olvidados. Una simple cuchara de metal vibraba discretamente con la gratitud de los niños a los que había alimentado durante una época de hambre.

—Todas las cosas absorben algo del alma de las personas —le explicó la mujer de cabello blanco—. La mayoría lo olvida rápidamente. Pero algunas quedan tan cargadas de emociones y de gestos sinceros que dejan huellas en el tejido del universo.

—¿Quién conserva todo esto?

La mujer sonrió.

—Los Guardianes.

Entonces Matei los vio por primera vez. Se desplazaban en silencio entre los estantes, vestidos con largas capas grises. No parecían ni jóvenes ni ancianos. Algunos llevaban faroles que iluminaban no la materia, sino los recuerdos ocultos dentro de los objetos.

Uno de los Guardianes sostenía en la palma de la mano una nota arrugada.

—¿Qué dice ahí? —preguntó Matei.

—El último mensaje enviado por un padre a su hija justo antes de que su nave desapareciera en el Cinturón de Orión, entre las estrellas Alnitak y Alnilam.

Matei parpadeó, sorprendido.

—¿Una nave espacial? —repitió, incrédulo.

—El Archivo no pertenece a una sola época —respondió la Guardiana con calma—. Existe en todos los tiempos y en todos los mundos.

La mujer lo condujo hasta una ventana inmensa. Más allá no se veía el cielo, sino galaxias enteras desplazándose lentamente a través de la oscuridad.

—Civilizaciones enteras intentaron descubrir el secreto del poder absoluto —dijo—. Algunas construyeron máquinas capaces de mover estrellas; otras abrieron portales entre dimensiones. Pero todas pasaron por alto la misma verdad.

—¿Qué verdad?

—Que el universo no se mantiene en equilibrio gracias a la fuerza, sino gracias a la compasión.

En ese momento, una de las esferas azules descendió lentamente hacia ellos. En su interior apareció la imagen de una mujer ofreciendo su abrigo a un desconocido que se estaba congelando. Luego la imagen desapareció. La esfera continuó brillando.

—Cada gesto produce una energía que ni siquiera las civilizaciones más avanzadas han logrado crear artificialmente —continuó la mujer—. Por eso el Archivo es preservado.

Matei contempló los estantes interminables. Miles de gruesos volúmenes, carpetas, cajas. Tal vez decenas o incluso cientos de miles de objetos, reunidos y conservados a lo largo de los siglos. Cosas simples. Y, sin embargo, cada una contenía una parte de la historia, de la esperanza o del sufrimiento de alguien.

—¿Y qué ocurrirá si la humanidad olvida por completo todo esto? —preguntó.

La mujer lo miró con tristeza.

—Entonces la luz de los mundos comenzará a apagarse.

A lo lejos, en algún lugar entre aquellos corredores interminables, resonó un sonido semejante al de un reloj gigantesco.

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

Y Matei tuvo la extraña sensación de que todo el universo respiraba siguiendo aquel ritmo.

La vendedora del quiosco le sonreía cada vez que compraba café. Un niño le sostenía la puerta al entrar en el metro. Un anciano alimentaba a las palomas en el parque, hablándoles como si fueran viejas amigas.

Una tarde, al salir del trabajo, vio a una joven que intentaba subir un cochecito de bebé por las escaleras del tren urbano. La gente pasaba junto a ella sin prestarle atención. Sin pensarlo, Matei se acercó y levantó la parte delantera del cochecito.

—Muchas gracias —dijo la madre, aliviada.

Eso fue todo. Dos palabras sencillas. Y, sin embargo, por primera vez en muchos meses, quizá en años, sintió algo parecido a la felicidad.

Durante las semanas siguientes, el cambio se hizo cada vez más evidente.

No se trataba de una transformación espectacular ni de un milagro. Su vida seguía siendo ordinaria. Iba al mismo trabajo, recorría las mismas calles y se cruzaba con las mismas personas.

Pero ahora percibía otras cosas.

Prestaba atención al compañero que siempre llevaba café para todo el equipo. A la mujer que regaba las flores frente al edificio sin que nadie se lo pidiera. Al vecino que saludaba a todo el mundo incluso cuando parecía triste.

Pequeñas cosas. Cosas aparentemente insignificantes. Y que, sin embargo, eran capaces de transformar la atmósfera de un lugar, de un día, de una vida.

Una mañana de domingo decidió ordenar un viejo estante del trastero. Entre papeles y fotografías encontró una pequeña caja de madera. Adentro estaba el reloj de su padre. Era un reloj sencillo, con la correa gastada y el cristal rayado. Recordó cómo, cuando era niño, su padre se lo acercaba al oído.

—Escucha.

Y él oía el tic-tac regular y tranquilizador contando los segundos.

—Mientras siga funcionando, todo estará bien.

Entonces no lo comprendía.

Ahora, sosteniendo el reloj en la palma de la mano, entendió que su padre no hablaba únicamente de un mecanismo. Hablaba de la continuidad. De la esperanza. Del hecho de que la vida sigue adelante gracias a pequeños gestos constantes, gracias a ese mecanismo llamado corazón. Matei dio cuerda al reloj y, unos segundos después, el mecanismo volvió a funcionar. El sonido sencillo llenó la habitación con una emoción inesperada. Aquella misma noche llamó por teléfono a la tía Ileana.

—¿Hola?

—Hola, tía. Solo quería saber cómo estás.

Durante unos segundos hubo silencio al otro lado de la línea.

Luego escuchó una risa suave.

—Estoy bien, hijo. Muy bien.

Y mientras sostenía el teléfono junto al oído, Matei tuvo la impresión de que, en algún lugar más allá de la realidad visible, una nueva esfera azul se encendía silenciosamente en el Archivo Invisible.

Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

LA ESPIRAL DE LA SONRISA