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miércoles, 22 de julio de 2026

EL EJE DEL SUEÑO

Anamaria Borlan

 

Dedicado a Victor Brauner, pintor y escultor surrealista rumano

 

El hombre cree que contempla el universo.

El universo lo utiliza para soñarse a sí mismo.

 

El pintor salió a la terraza inmediatamente después de la puesta de sol, con los pinceles todavía manchados de azul de Prusia y ocre tostado. Los depositó con cuidado sobre la ancha barandilla y luego trajo de la casa el caballete y la tabla de cartón entelado, preparándose para pintar al aire libre.

Era una noche cálida, en la frontera entre el verano y el comienzo del otoño, pero en la habitación donde solía pintar se había instalado una atmósfera sofocante, difícil de soportar. Afuera, en cambio, el aire era agradablemente fresco y estaba impregnado del perfume de las flores, de las azaleas rojas que aromatizaban la noche.

Sobre la mesa baja, junto a la paleta, había una caja con numerosos pinceles de diferentes formas y tamaños –planos, redondos–, lápices, espátulas, esponjas y rodillos. En otra caja había frascos, trapos y recipientes de arcilla para limpiar los pinceles; y colgada de la barandilla, dentro de una caja mucho más grande, se encontraba la pintura, junto con barnices, diluyentes, aceites y los solventes necesarios para trabajar.

Además de todo eso, el pintor colocó sobre la mesa una pequeña jarra de vino color rubí y una taza de arcilla sin asa. Se acomodó en la silla de rafia y se sirvió un poco del licor elaborado con las uvas grandes y amarillas de las pocas vides plantadas a lo largo de la barandilla que rodeaba la terraza. Bebió un sorbo, chasqueando los labios de placer, y disfrutó de la relajante atmósfera nocturna.

El cielo, que se mostraba en toda su belleza, sin nubes ni bruma, sin la menor ráfaga de viento, desplegaba todo el esplendor de sus estrellas centelleantes. El anciano nunca había visto una bóveda celeste tan clara y elevada.

No era un cielo corriente. En el centro, como una herida abierta en el tejido del mundo, se alzaba una galaxia vertical, semejante a una columna de luz. No giraba ni pulsaba. Permanecía inmóvil, como una idea que ya no puede ser reprimida. Por un instante pensó en la imagen del monstruo Leviatán, el dragón marino bíblico, inmóvil, como si olfateara el aire y estuviera a punto de atacar sin alterar las aguas del océano espacial.

En ese mismo momento sintió el impulso. No experimentó sorpresa ni miedo, sino una necesidad orgánica de pintar. Como si sus manos ya supieran lo que su mente haría unos minutos más tarde. Se levantó con cierta dificultad, pues los años comenzaban a pesarle sobre los hombros, pasó suavemente la palma sobre la tela para alisarla y quitar cualquier rastro de polvo y, con un pincel de lengua de gato delgado, trazó de un solo movimiento de muñeca una línea recta de abajo arriba, como el límite de una dirección imprecisa que pareciera unir la terraza con algún punto del espacio nocturno.

Tomó el lápiz de mina blanda más cercano y trazó líneas quebradas que dejaban tras de sí un color nunca visto. Por primera vez, el lápiz se comportaba de manera extraña, como si actuara por voluntad propia. No dejaba arañazos, el trazo no se extendía y la punta no se desgastaba. Parecía absorber la luz del entorno, como si inhalara la claridad del día que se desvanecía poco a poco.

El pintor retrocedió un paso, ahogando una exclamación de sorpresa mientras observaba lo que se desarrollaba ante sus ojos. Parecía que la galaxia, como si hubiera oído su silencioso grito de asombro, le respondiera. No mediante el movimiento, sino acercándose.

Los contornos de la galaxia se adelgazaron y se volvieron fluidos, infiltrándose en la pintura. Las estrellas se transformaron en manchas de aceite y la tela comenzó a respirar como un pulmón dentro de un pecho. El anciano tuvo un instante de lucidez.

Esto ya no es un cuadro; es un sueño que me lleva muy lejos, a un lugar inacabado…, se dijo.

Tuvo la impresión de que algo, una especie de mano enorme, fría y poderosa, le sujetaba con cierta delicadeza los dedos, que dejaron caer el lápiz, y pareció obligarlo a empuñar el pincel con el que pintaba. Entonces, sin sentir nada especial, fue arrastrado lentamente hacia el interior.

No sintió la caída como algo violento, sino más bien suave, como deslizarse hacia el sueño. Cuando se incorporó, vio de inmediato que se encontraba en un lugar con un cielo vacío, blanquecino, inacabado. Ya no estaba en la terraza perfumada por las azaleas, junto a las vides que producían uvas grandes y redondas, apropiadas para elaborar vino. Y, aunque tenía la sensación de haber llegado a un planeta desierto y estéril, frente a él se alzaba el mismo caballete. Los mismos colores. Y arriba, la misma nada, tan llena de vida.

—Interesante —oyó decir a una voz tranquila, de profundo y cálido timbre de barítono, que llegaba desde detrás de él—. Has alcanzado el punto en que el símbolo ya no representa, sino que crea.

—¿Qué crea?

—El inconsciente, que no describe el mundo, sino que lo corrige.

Se volvió. Un hombre de barba corta y rostro más bien alargado, vestido con un traje que parecía pertenecer a una moda muy antigua, de un siglo ya extinguido, quizá de la Belle Époque, lo contemplaba con una mirada penetrante, observándolo con una atención incómoda, como si fuera un paciente situado exactamente entre la resistencia y la revelación.

—¿Dónde estoy? —preguntó el pintor.

—Estás en tu inconsciente proyectado a escala cósmica —respondió el otro de inmediato—. Pintaste el cielo porque el cielo es la pantalla sobre la que proyectas tus deseos reprimidos. ¿La galaxia vertical? Un símbolo del deseo de trascendencia. O, si lo prefieres, del nacimiento.

—¿Dices que yo soy un símbolo? ¿Para qué o para quién?

—Para un lugar, un espacio del cosmos al que llegan todos los símbolos cuando ya no queda nadie que pueda interpretarlos —respondió sin vacilar.

—¿Por qué?

—Has atravesado el eje del sueño.

—Es decir… ¿qué significa eso? ¿El futuro? ¿Un mundo nuevo? ¿Una colonia planetaria?

—No —dijo el hombre—. Es tu interior proyectado a escala galáctica. Las civilizaciones avanzadas no exploran el espacio: solo exteriorizan su inconsciente.

Mientras hablaba con el desconocido, el pintor aplicaba los colores, y la galaxia del cielo se volvía más delgada, se acercaba y se transfería. La tela ya no descansaba sobre el caballete: se había convertido en una interfaz. Las estrellas se transformaban en nódulos de memoria y el espacio entre ellas significaba represión, le explicaba el extraño, mientras el anciano pintaba con creciente obstinación.

—¿Qué ocurrirá cuando termine el cuadro?

—Entonces el símbolo estará completo —susurró la voz—. Y tú ya no necesitarás la realidad.

Cuando la última pincelada completó la disposición de las estrellas en la bóveda, el pintor fue absorbido sin ofrecer resistencia. No cayó ni fue arrancado de allí. Pasó, como una idea, de una mente a otra.

El pintor comenzó a pintar de nuevo. Esta vez, el cielo del planeta iba adquiriendo colores mientras ellos hablaban.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí conmigo? —preguntó finalmente el pintor—. ¿Te conocí alguna vez y no lo recuerdo?

—Me llamo Freud, Shlomo Freud, aunque algunos me conocen como Sigmund, el de Freiberg, en Moravia. Aunque mi nombre no te dice nada, del mismo modo que el tuyo tampoco me dice nada a mí.

—Entonces, ¿por qué has venido? O, mejor dicho, ¿de dónde has salido? ¿Por qué te apareciste ante mí? ¿Qué quieres?

—Porque tú, pintor soñador, estás en oposición a tu existencia material. Tal vez ahora no lo entiendas, pero estoy convencido de que reflexionarás sobre mis palabras. La realidad objetiva es un producto de la materia organizada de forma superior, como te dije hace un momento, y esa materia es el cerebro, el cerebro humano, expresado en pensamiento y espíritu. ¿Qué quiero? Casi nada. Solo observarte mientras pintas.

Durante unos instantes permanecieron en silencio.

—¿Y si ya no quiero regresar? —preguntó el anciano.

—Entonces el sueño te encerrará dentro de sí —dijo con serenidad aquella voz agradable—. El arte es sublimación, pero también una trampa. La diferencia la establece la conciencia.

Las estrellas reaparecieron una a una, como hileras de piedras preciosas colgadas del cuello del dragón Leviatán. Entretanto, la galaxia surgía de su pincel y no del cielo. Comprendió que ya no era el pintor quien contemplaba el cosmos, sino el cosmos el que se contemplaba a sí mismo a través de él.

—Entonces, ¿dices que yo soy el símbolo?

—No —rio suavemente la voz—. Eres el proceso.

Cuando la galaxia quedó completa, el pintor ya no estaba allí. Solo permaneció el cielo pintado y, en algún lugar, sobre otro planeta, otro hombre miraba hacia arriba, sintiendo una necesidad inexplicable de pintar una línea vertical. Bebió un sorbo del aromático vino de la cosecha anterior, eligió cuidadosamente un pincel de lengua de gato, sumergió la punta en la pintura y trazó, con un único movimiento de muñeca, una franja negra sobre una tela blanca.


Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

viernes, 26 de junio de 2026

EL EXTRAORDINARIO PODER DE LAS COSAS COMUNES

Anamaria Borlan

 

Aquella mañana de noviembre, la ciudad parecía construida de niebla y silencio. La gente caminaba apresurada, con los cuellos de los abrigos levantados y la mirada fija en las aceras mojadas, como si cada uno cargara un peso invisible sobre los hombros. De vez en cuando, algún automóvil salpicaba el borde de la calle, y las hojas amarillas pegadas al asfalto se elevaban por un instante para volver a caer, agotadas.

Matei estaba de pie junto a la ventana de su apartamento, en el cuarto piso, observando todo aquello sin verlo realmente. Desde hacía varios meses, su vida se había convertido en una sucesión monótona de días idénticos. Se despertaba temprano, iba al trabajo, respondía llamadas telefónicas, firmaba documentos, regresaba a casa y se dormía con el televisor encendido. En otro tiempo le gustaba leer, escuchar música, pasear sin rumbo por la ciudad, pero ahora ya no encontraba sentido a ninguna de esas cosas.

Sin embargo, aquella mañana el teléfono sonó de una manera tan inesperada como molesta.

—¿Hola?

—¿Matei? Soy la tía Ileana.

La voz de la anciana le trajo de inmediato recuerdos de los veranos de su infancia en el campo: el olor del heno recién cortado, el pan salido del horno y las noches acompañadas por el canto de los grillos.

—Hola, tía Ileana... Qué sorpresa —murmuró, poco entusiasmado.

—Necesito un poco de ayuda. No funciona la luz de la cocina y no tengo a quién llamar.

Matei cerró los ojos durante un instante. Habría querido inventar una excusa. Estaba cansado, sin ánimo, atrapado en sus propios pensamientos grises y no tenía el menor deseo de salir de la comodidad de su apartamento en una jornada tan fría.

Pero algo en la voz de la mujer lo detuvo.

—Iré esta tarde.

El viaje hasta la casa de la anciana duró casi una hora. El pueblo parecía no haber cambiado, aunque estaba más silencioso de lo que recordaba. Algunas viviendas se encontraban abandonadas y las cercas, que antaño habían estado pintadas de azul o de verde, habían perdido el color; las tablas se balanceaban con un leve chirrido, sujetas por el alambre de púas.

La tía Ileana lo recibió en la puerta con una sonrisa cálida.

—Sabía que vendrías.

Pues si prometí venir, es evidente que iba a venir, pensó Matei.

La casa olía a manzanas asadas y a leña quemada. La cocina era pequeña y limpia, con cortinas blancas y una mesa cubierta por un mantel plástico floreado.

—Mira, esta bombilla ya no funciona —dijo la anciana, señalando la lámpara del techo.

De todos modos, una bombilla no puede caminar ni desplazarse... puede funcionar, puede iluminar... Matei levantó la vista hacia el techo y estuvo a punto de reírse. El problema era exactamente el que imaginaba: no se trataba de la instalación eléctrica ni de los fusibles. La bombilla simplemente se había quemado. Por suerte, había tenido la inspiración de comprar una nueva en la primera tienda que encontró camino a la estación de autobuses.

—¿Eso era todo?

—Eso era todo.

Cambió la bombilla en apenas unos segundos. Una luz amarilla inundó inmediatamente la habitación. La anciana dio unas suaves palmadas.

—¿Ves? Toda la casa se ha iluminado.

Matei sonrió distraídamente.

—Es solo una bombilla.

La tía Ileana lo observó durante unos segundos y luego se sentó.

—No existe el “solo”. La gente siempre lo olvida. —Él no respondió—. Una bombilla, una taza de té, una palabra amable, un pan compartido entre dos personas... Son esas cosas las que mantienen unido al mundo entero. No los grandes discursos, ni las riquezas, ni la arrogancia.

Matei se encogió de hombros.

—Tal vez.

La anciana sirvió té caliente en dos tazas.

—Cuando murió tu tío Petru, creí que no sería capaz de seguir viviendo sola aquí. ¿Sabes qué fue lo que más me ayudó?

—¿Qué?

—Que cada mañana alguien me dijera “buenos días”. El cartero, la vecina, el niño de la casa de enfrente... La gente cree que el poder reside en las cosas enormes. Pero la verdad es que la vida se sostiene sobre las cosas pequeñas.

Las palabras de la anciana lo acompañaron durante todo el camino de regreso a la ciudad. En los días siguientes, Matei comenzó a notar cosas que antes ignoraba por completo. Tal vez el cambio hubiera comenzado únicamente en su mente. O tal vez no.

Una mañana, mientras cruzaba la calle rumbo a la oficina, tuvo la extraña impresión de que el tiempo se había ralentizado durante unos segundos. Las gotas de lluvia parecían suspendidas en el aire y los ruidos de la ciudad llegaban desde muy lejos, como si pertenecieran a otro mundo. Después, todo volvió a la normalidad.

Matei continuó su camino hacia el trabajo. Pero aquellos momentos comenzaron a repetirse.

A veces, cuando alguien realizaba un gesto cualquiera, la luz a su alrededor parecía más cálida, casi irreal. Otras veces, los objetos cotidianos parecían conservar las huellas emocionales de las personas que los habían tocado. Una taza olvidada sobre un escritorio le transmitía una calma inexplicable. Un paraguas abandonado en una parada de autobús le provocaba una profunda tristeza.

Una noche, mientras permanecía solo en el edificio de oficinas, observó algo todavía más extraño.

Durante unos instantes, la computadora que tenía delante se apagó y, cuando la pantalla quedó negra, dejó de reflejar la habitación.

En su lugar apareció una imagen imposible: una biblioteca gigantesca, bañada por una luz fría, con esferas azules flotando entre los estantes. Entre ellas se movían personas vestidas con largas túnicas, sosteniendo objetos simples en las manos: un cuaderno, una taza, una fotografía sin marco, un libro, una carpeta, una prenda de vestir, un juguete... elementos que parecían subrayar la historia de las cosas comunes, reflejando la evolución de la vida humana.

Una mujer de cabello blanco, extraordinariamente parecida a la tía Ileana, se detuvo y lo miró directamente a los ojos, como si pudiera verlo más allá del cristal, más allá del mundo y del espacio.

—Las cosas comunes conservan la energía del mundo —dijo.

Y entonces todo desapareció.

Matei permaneció inmóvil. Pensó que el cansancio le estaba jugando una mala pasada. Sin embargo, aquella noche soñó con la misma biblioteca. Esta vez, la mujer lo condujo a través de los interminables estantes.

—¿Qué es este lugar? —preguntó.

—El Archivo Invisible.

—¿Una biblioteca?

—Más que eso. Aquí se conservan los ecos de todas las cosas aparentemente insignificantes que cambiaron destinos.

La mujer rozó suavemente un estante. De inmediato apareció la imagen de un soldado compartiendo su último trozo de pan con un niño. En otro estante, una anciana encendía una vela en una casa oscura. En el siguiente, un hombre recogía del suelo un ave herida. Después, las imágenes comenzaron a desfilar a gran velocidad ante sus ojos asombrados: destellos fugaces, una sucesión de distintas escenas de la vida, desde la prehistoria humana hasta un futuro aún inimaginable.

—Los grandes imperios desaparecieron —continuó la mujer con una sombra de tristeza en la voz—. Las grandes armas se oxidaron. Pero los pequeños gestos permanecieron, y son ellos los que mantienen el universo en equilibrio.

Cuando despertó a la mañana siguiente, Matei aún percibía el olor del pergamino y la luz fría de aquella biblioteca imposible, como si hubiera estado allí realmente y la antigüedad se hubiera impregnado en su ropa y en su piel con la emanación extraña del pasado y del futuro. En las noches siguientes, el sueño regresó. Cada vez, el Archivo Invisible parecía más vasto.

A veces tenía la forma de una biblioteca interminable; otras, parecía una ciudad construida con luces y sombras. Los corredores cambiaban constantemente, como si el lugar estuviera vivo. El techo se perdía en la oscuridad y entre las columnas gigantes flotaban esferas azules semejantes a pequeñas estrellas cautivas.

Matei comenzó a advertir que cada objeto del Archivo pulsaba débilmente, como si poseyera vida y memoria propias.

Un par de guantes conservaba el calor de la última mano que los había usado. Un viejo cuaderno murmuraba fragmentos de poemas olvidados. Una simple cuchara de metal vibraba discretamente con la gratitud de los niños a los que había alimentado durante una época de hambre.

—Todas las cosas absorben algo del alma de las personas —le explicó la mujer de cabello blanco—. La mayoría lo olvida rápidamente. Pero algunas quedan tan cargadas de emociones y de gestos sinceros que dejan huellas en el tejido del universo.

—¿Quién conserva todo esto?

La mujer sonrió.

—Los Guardianes.

Entonces Matei los vio por primera vez. Se desplazaban en silencio entre los estantes, vestidos con largas capas grises. No parecían ni jóvenes ni ancianos. Algunos llevaban faroles que iluminaban no la materia, sino los recuerdos ocultos dentro de los objetos.

Uno de los Guardianes sostenía en la palma de la mano una nota arrugada.

—¿Qué dice ahí? —preguntó Matei.

—El último mensaje enviado por un padre a su hija justo antes de que su nave desapareciera en el Cinturón de Orión, entre las estrellas Alnitak y Alnilam.

Matei parpadeó, sorprendido.

—¿Una nave espacial? —repitió, incrédulo.

—El Archivo no pertenece a una sola época —respondió la Guardiana con calma—. Existe en todos los tiempos y en todos los mundos.

La mujer lo condujo hasta una ventana inmensa. Más allá no se veía el cielo, sino galaxias enteras desplazándose lentamente a través de la oscuridad.

—Civilizaciones enteras intentaron descubrir el secreto del poder absoluto —dijo—. Algunas construyeron máquinas capaces de mover estrellas; otras abrieron portales entre dimensiones. Pero todas pasaron por alto la misma verdad.

—¿Qué verdad?

—Que el universo no se mantiene en equilibrio gracias a la fuerza, sino gracias a la compasión.

En ese momento, una de las esferas azules descendió lentamente hacia ellos. En su interior apareció la imagen de una mujer ofreciendo su abrigo a un desconocido que se estaba congelando. Luego la imagen desapareció. La esfera continuó brillando.

—Cada gesto produce una energía que ni siquiera las civilizaciones más avanzadas han logrado crear artificialmente —continuó la mujer—. Por eso el Archivo es preservado.

Matei contempló los estantes interminables. Miles de gruesos volúmenes, carpetas, cajas. Tal vez decenas o incluso cientos de miles de objetos, reunidos y conservados a lo largo de los siglos. Cosas simples. Y, sin embargo, cada una contenía una parte de la historia, de la esperanza o del sufrimiento de alguien.

—¿Y qué ocurrirá si la humanidad olvida por completo todo esto? —preguntó.

La mujer lo miró con tristeza.

—Entonces la luz de los mundos comenzará a apagarse.

A lo lejos, en algún lugar entre aquellos corredores interminables, resonó un sonido semejante al de un reloj gigantesco.

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

Y Matei tuvo la extraña sensación de que todo el universo respiraba siguiendo aquel ritmo.

La vendedora del quiosco le sonreía cada vez que compraba café. Un niño le sostenía la puerta al entrar en el metro. Un anciano alimentaba a las palomas en el parque, hablándoles como si fueran viejas amigas.

Una tarde, al salir del trabajo, vio a una joven que intentaba subir un cochecito de bebé por las escaleras del tren urbano. La gente pasaba junto a ella sin prestarle atención. Sin pensarlo, Matei se acercó y levantó la parte delantera del cochecito.

—Muchas gracias —dijo la madre, aliviada.

Eso fue todo. Dos palabras sencillas. Y, sin embargo, por primera vez en muchos meses, quizá en años, sintió algo parecido a la felicidad.

Durante las semanas siguientes, el cambio se hizo cada vez más evidente.

No se trataba de una transformación espectacular ni de un milagro. Su vida seguía siendo ordinaria. Iba al mismo trabajo, recorría las mismas calles y se cruzaba con las mismas personas.

Pero ahora percibía otras cosas.

Prestaba atención al compañero que siempre llevaba café para todo el equipo. A la mujer que regaba las flores frente al edificio sin que nadie se lo pidiera. Al vecino que saludaba a todo el mundo incluso cuando parecía triste.

Pequeñas cosas. Cosas aparentemente insignificantes. Y que, sin embargo, eran capaces de transformar la atmósfera de un lugar, de un día, de una vida.

Una mañana de domingo decidió ordenar un viejo estante del trastero. Entre papeles y fotografías encontró una pequeña caja de madera. Adentro estaba el reloj de su padre. Era un reloj sencillo, con la correa gastada y el cristal rayado. Recordó cómo, cuando era niño, su padre se lo acercaba al oído.

—Escucha.

Y él oía el tic-tac regular y tranquilizador contando los segundos.

—Mientras siga funcionando, todo estará bien.

Entonces no lo comprendía.

Ahora, sosteniendo el reloj en la palma de la mano, entendió que su padre no hablaba únicamente de un mecanismo. Hablaba de la continuidad. De la esperanza. Del hecho de que la vida sigue adelante gracias a pequeños gestos constantes, gracias a ese mecanismo llamado corazón. Matei dio cuerda al reloj y, unos segundos después, el mecanismo volvió a funcionar. El sonido sencillo llenó la habitación con una emoción inesperada. Aquella misma noche llamó por teléfono a la tía Ileana.

—¿Hola?

—Hola, tía. Solo quería saber cómo estás.

Durante unos segundos hubo silencio al otro lado de la línea.

Luego escuchó una risa suave.

—Estoy bien, hijo. Muy bien.

Y mientras sostenía el teléfono junto al oído, Matei tuvo la impresión de que, en algún lugar más allá de la realidad visible, una nueva esfera azul se encendía silenciosamente en el Archivo Invisible.

Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

viernes, 30 de enero de 2026

JULES

Anamaria Borlan



 

En una velada parisina del siglo XIX, Jules Verne y Alfred de Musset discutían sobre el futuro, la literatura y los límites de la imaginación.

 —¡Jules, mon ami! ¡Amigo! ¿Por qué precisamente Onze-sans-femme? Once sin mujer. ¡Qué nombre tan estúpido para un grupo de escritores!

—¡Justamente por eso! —murmuró Jules Verne, mojando la punta de la pluma en el tintero.

—¿Qué pasa, no te gustan las mujeres?

—Cállate, tengo que escribir.

—Pero si amaste a Caroline, luego a Rose Hermine… ¡y te casaste con Honorine!

—¡Cállate, he dicho! —gritó Jules, levantándose de golpe y volcando la tinta sobre la hoja a medio escribir—. ¡Mira lo que has hecho! ¡Fuera! ¡Vete! ¡No quiero verte nunca más!

—Amigo mío —sonrió Alfred de Musset, con sorna—. Sabes mejor que nadie que me gusta meditar sobre la condición de la creación artística y que siento una abierta aversión por la mediocridad de la burguesía. De la cual tú también formas parte.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada en especial. Te admiro por tu ingenio. Esa imaginación que crea una visión fantástica basada en ideas delirantes, ideas que no se harán realidad jamás.

—¿Cómo dices?

—Tomemos un ejemplo negativo: tu personaje Robur. ¿Cómo crees que un aeróstato, un aparato más pesado que el aire, va a elevarse del suelo y volar sobre continentes y océanos? ¿Ese Albatros, tan embarazosamente bautizado como un ave marina?

—¡El globo aerostático también es más pesado que el aire y aun así vuela!

—Arrastrado por el viento y las corrientes. O ese sumergible, ¿cómo lo llamaste?

—Nautilus.

—Exacto. ¿Cómo van a funcionar ambos con electricidad? ¿Sumergir en las profundidades del océano un aparato de hierro que se mueva y avance por medios eléctricos? ¿O hacer volar un vehículo tripulado, también con electricidad? ¡Eso no ocurrirá jamás!

—Las calles de París ya están iluminadas con arco eléctrico.

—Eso es completamente distinto. En las casas usamos lámparas de aceite o de sebo.

—No por mucho tiempo.

—¿Ves, amigo Jules? Yo me quedo en mi mal du siècle, y esa es precisamente la razón por la que no me gusta la burguesía. Es demasiado progresista en su manera de pensar.

—¿Y qué tiene eso de malo?

Durante la conversación, Jules Verne, con la pipa en la comisura de los labios, sacudió la hoja mojada por la tinta derramada, trajo un trapo y limpió lo mejor que pudo la mesa. Se detuvo un instante y dibujó con el dedo una forma cualquiera, luego trazó algunas líneas y círculos, como si estuviera construyendo algo concreto, concentrado, pensativo. Al final lanzó el trapo a un rincón y apartó la hoja para que se secara, mientras su invitado seguía hablando.

—Y volviendo a tu Robur, ¿cómo crees que algún día se doblarán, o incluso se romperán, las leyes divinas porque un vehículo tenga, como tú escribes, motor, nade en aguas profundas y vuele por el aire? ¡No puede existir ninguna máquina que pierda peso mientras aumenta su velocidad o que llegue a volverse invisible! ¡Eso es un desafío directo a Dios!

Jules se volvió lentamente –le dolía la pierna desde que su sobrino Gaspar le había disparado por accidente en la pantorrilla– hacia Alfred, que exhalaba una arrogancia maliciosa.

—Querido amigo —respondió Jules en voz baja—, ¿por qué te ensañas conmigo y con lo que escribo? Como tú mismo has dicho, mi imaginación vuela con las máquinas de Robur, con el proyectil Columbia desde la Tierra hasta la Luna y aun alrededor de la Luna; he viajado junto a un cuarteto de violinistas en una isla propulsada por dos hélices; he participado en aventuras durante cinco semanas en globo; hacia el centro de la Tierra; por ríos y continentes lejanos, lugares maravillosos y fantásticos; he estado en Canadá, en el Amazonas, en África y Australia, en América, en las Indias y en China; he dado la vuelta al mundo y vivido acontecimientos extraordinarios, en las profundidades de la tierra y de los océanos, en el castillo de los Cárpatos de Transilvania y en el azul Danubio, sin haber abandonado en realidad esta mesa de trabajo. He utilizado todos los medios de locomoción que se me han ocurrido, por tierra, mar, océano, ríos y aire. Volar es más interesante y mucho más rápido que cualquier otro medio de transporte. Con todo lo que escribo y todas las imágenes que cruzan mi mente, me permito la libertad, tanto física como –sobre todo– financiera, de desplazarme y admirar todas las bellezas de la creación de Dios, en la Tierra y, más aún, más allá de ella.

Alfred de Musset se levantó y, con un gesto brusco, se acomodó los faldones del chaleco, como un tic, luego dio dos pasos enormes y abrazó espontáneamente al anciano Jules.

—¡Eres un poeta, amigo!

—He escrito infinidad de poemas e incluso letras para canciones —replicó Verne—. Ahora, por favor, suelta los brazos si no quieres que muera asfixiado por ti en este mismo instante, y ve, te ruego, a tus asuntos.

De Musset se separó y dio un paso atrás.

—Querido amigo…

—Eso suena mal.

—No, espera. No es malo. Te agradezco todas las historias imaginadas que escribes. Que yo y muchos otros no estemos de acuerdo con tus inventos, sueños y fantasías es otra cuestión. Cada cual escribe según la fuerza de su corazón. Lo cierto es que eres un buen prosista. No el mejor, pero te esfuerzas…

Jules Verne, liberado del abrazo de su combativo amigo, permaneció de pie, observando con cierta diversión cómo el visitante salía de la habitación aun hablando. La puerta se cerró tras él, pero su voz seguía oyéndose, refunfuñando mientras bajaba la escalera hacia la planta baja. A través de la cortina de la ventana, Jules lo vio subir al carruaje tirado por dos caballos, que partió con un trote resonante sobre el empedrado de la calle.

Al quedarse solo, el escritor levantó la hoja sobre la que se había derramado la tinta, ya casi seca, y la colocó sobre el escritorio. Contempló un rato el dibujo involuntario, descubriendo en las manchas una imagen interesante. Sus pensamientos ya se deslizaban hacia el futuro: sabía qué escribiría en su próxima novela.

—Selene —susurró, y luego, en voz alta—: Selene, ¿dónde te has escondido?

—¡Querido terrícola! —resonó una voz encantadora, que parecía venir de todas partes y de ninguna, flotando ligera como un hilo de niebla.

De la huella dejada sobre la superficie de la mesa, una forma incierta comenzó a tomar contornos, como un sueño que parecía hacerse realidad; el perfil se transformaba y se realzaba en vagas curvas sinuosas. Con cada instante y cada respiración entrecortada de Jules, poco a poco la figura se metamorfoseaba, y los contornos finos se aclaraban cada vez más, como si una brisa primaveral desgarrara un velo oscuro. La presencia, aún invisible, surgió lentamente, llenando la habitación de una luz misteriosa y suave, trayendo consigo un aire de magia y ensoñación.

Finalmente, para asombro y deleite del escritor, comprendió que ante él se encarnaba algo de una belleza excepcional. Sonriendo de placer, observó cómo la imagen se materializaba, adoptando el aspecto de una diosa, la personificación de la Luna, llegada en un carro de plata, directamente desde la oscuridad del cielo.

Era la diosa griega de la Luna. A quien conocía muy bien.

Un brazo de luz se extendió hacia Jules y una mano delicada, de dedos transparentes, brillando con reflejos nacarados en la penumbra del estudio, acarició con ternura su barba encanecida por el tiempo.

—¡Selene! —suspiró Jules, cerrando los ojos de placer—. Bienvenida. ¿Adónde vamos hoy?

—Hoy vamos más allá de la Luna. Más lejos. Más allá del rojo Marte y aun de la Nebulosa de Orión, hacia otros planetas.

Jules se sentó en la silla, lanzó una breve mirada al reloj con calendario colgado en la pared –su más reciente invención de modernidad absoluta–, sacó con cuidado una hoja del cajón del escritorio, acercó un nuevo tintero lleno de tinta y aguardó el momento de verter sobre la blancura de la página las letras, las palabras, las frases y las páginas de su nueva novela.

Tras regresar del periplo en el que la diosa Selene lo había llevado a navegar, esta vez no por mares ni océanos, sino más allá de la redondez de la Tierra, hacia otros mundos listos para ser explorados, sentía cómo el eco de la aventura aún vibraba vivo en su alma. Su mirada quedó fija en la hoja en blanco, y su imaginación estaba intensamente estimulada por el espectáculo celeste del que acababa de ser testigo y con el que había regresado a la Tierra.

Una sonrisa iluminaba su rostro al recordar el brazo de luz de Selene, la diosa que lo había guiado más allá de fronteras desconocidas, a través de los misterios del universo. La aventura de la que acababa de volver no se parecía a nada vivido antes. Cada instante junto a la diosa de la Luna le abría nuevos horizontes, y Jules se sentía preparado para trasladar al papel las impresiones y revelaciones adquiridas.

Mojó la afilada punta de la pluma de ganso en la tinta fresca.

Como si el propio viento cósmico llevara sus pensamientos, las palabras se alineaban en la página con la facilidad de un sueño hecho realidad. Tras unos momentos de reflexión, comenzó a escribir.

París se transformaba, bajo la pluma bien afilada de Jules, en un símbolo de la promoción de lo nuevo, donde cada calle, edificio y medio de transporte reflejaba la aspiración al progreso y a una modernidad aún no percibida ni comprendida. Cada rincón de la ciudad parecía palpitar con energía creadora, resultado directo de la inspiración obtenida en su viaje más allá de las fronteras de la Tierra, hacia otros planetas, junto a la diosa de la Luna.

Las calles de París, antaño flanqueadas por edificios de aire nostálgico, se elevaban ahora en su descripción hacia el cielo en forma de rascacielos, verdaderos monumentos de la ambición humana. Los medios de transporte superaban los límites de lo convencional: trenes de alta velocidad cruzaban la metrópoli como flechas de plata, y una red de comunicación global, que décadas después sería llamada internet, unía a las personas de un modo completamente nuevo.

La vida urbana se imaginaba nuevamente y se reinventaba en cada página, con detalles bordados desde el deseo incansable de explorar, de modelar y de abrir caminos hacia lo desconocido.

Bajo esta visión, París se transfiguraba en una metáfora del futuro: un mundo donde las fronteras entre sueño y realidad se desdibujaban, y el espíritu innovador de sus habitantes convertía cada día en una aventura de descubrimiento.

Jules puso el punto final tras la última palabra de la novela, sintiendo en el alma esa calma particular de haber concluido el largo viaje, colmado de revelaciones. Su mirada se detuvo un instante sobre el montón de páginas cubiertas de líneas, donde cada palabra, frase y párrafo llevaba la huella de la imaginación nacida de su aventura cósmica.

Quedaba escribir el título. Pensó en su amigo de polémicas, Alfred de Musset. Sonrió levemente, con una complicidad silenciosa, como si compartiera con él tanto los desafíos de la creación como la alegría de la obra terminada. Esperaba de su parte críticas y desaprobación, como de costumbre. Con un gesto decidido, escribió en la hoja en blanco el título que le resonaba desde hacía tiempo, resumiendo la esencia de toda la historia. Agradeció en silencio a Selene, y caligrafió:

«París y el Mundo en el siglo XX», 1860.

Anamaria Borlan es la fundadora del club Antares Brașov (1981), miembro, coordinadora y actual presidenta fundadora del club. Ha publicado varios volúmenes de la serie de novelas Aoi tenshi monogatari (Historias del Ángel Azul). En 2019 publicó la novela La Marcha de los Fantasmas, de la serie RSA (Rumania Asediada). Y ha publicado numerosos relatos en revistas de género en Rumanía: Colecția Science Fiction, Colecția de poestiri science fiction și fantasy pentru Nevăzători y Galaxia 42, así como en las revistas MetaGalaktika y Galaktika en Hungría. También ha publicado relatos en las antologías Anthologia CSF y Ficțiuni Centenare. Es la organizadora del festival AntareSFest en Brașov.

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