Miguel Hernâni Guimarães
Gianni Foglia
sudaba abundantemente mientras observaba al gran alienígena. No porque hiciera
calor o porque hubiera vestido su mejor traje, aunque hacía demasiado calor
para lo que su mejor traje estaba preparado para soportar. Sí: Su Excelencia,
el Alienígena, no se había dignado a poner la temperatura de aquella nave suya
(si es que aquello era una nave; el viaje hasta allí había sido… extraño) en un
nivel más soportable para los invitados humanos. No ayudaba. Pero lo que lo
hacía sudar, lo que le derramaba vastas lagunas debajo de las axilas, no era
eso.
Habían preparado el informe con
todo cuidado, tras años de reflexión. ¿Años? ¡Décadas! Trece comités después, y
un número interminable de enmiendas más tarde, aquella era la mejor
presentación posible de la especie, escrita en un lenguaje que obedecía rigurosamente
a las directivas recibidas para la traducción al galáctico estándar. No era un
documento perfecto porque la perfección era inalcanzable, pero estaba tan cerca
de eso como era posible para el ingenio humano.
Y Su Excelencia, el Alienígena, le
había echado un vistazo por encima, literalmente –a pesar de todas las
diferencias, parecía ser una criatura tan visual como cualquier humano con dos
ojos funcionales– y lo había apartado.
Pero todavía no era eso lo que hacía
sudar a Gianni Foglia.
Sudaba porque Su Excelencia, el
Alienígena, aun antes de abrir la conversación, sin haber siquiera pasado la
vista por el informe, los había mirado de arriba abajo y preguntado:
—Ustedes son los dos machos, ¿no? —Y
ante la confirmación, interrogó—. ¿Y están aquí en representación de toda la
especie? ¿Incluidas las hembras? —Otra confirmación, algo embarazosa, y el
alienígena insistió—. ¿Por qué?
Y Gianni no había conseguido
encontrar una respuesta mejor que “porque se dio así, excelencia; yo soy
diplomático, él lingüista, y ambos fuimos designados por nuestros pares”,
respuesta que fue recibida con un pequeño gruñido. El compañero, Gordien Sibomana,
que no parecía estar sudando pese al brillo reluciente sobre la piel muy
oscura, le murmuró al oído que el gruñido era una expresión de escepticismo.
Pero Gianni sudaba sobre todo
porque Su Excelencia, el Alienígena, se había puesto a ver las noticias. Y a
navegar por Internet.
Y ahí estaba él desde hacía más de
una hora, asistido por una cosa extraña que no se distinguía bien si era
organismo vivo o máquina y que parecía funcionar como una especie de traductor
o procesador de datos (o quizá ambas cosas), recorriendo canales de televisión
y sitios web, redes sociales, periódicos e incluso la vieja radio, sin olvidar
las cajas de comentarios de todo eso, captando, absorbiendo y entendiendo vaya
uno a saber qué de toda la cacofonía de la especie humana.
Sudaba porque no veía de qué modo
su querido informe podría resistir ante las noticias de un planeta que en los
últimos años parecía haberse vuelto todavía más loco de lo habitual; ante la
bilis derramada en las redes sociales, segundo a segundo, hora a hora, día tras
día; ante el descarrilamiento completo de las teorías conspirativas; ante las
creencias sin base alguna; ante la irracionalidad cotidiana. Y ni siquiera los
actos de generosidad e inteligencia –que también los había– lo tranquilizaban:
aquellos eran esperables; estos no tanto. Por eso sudaba y aguardaba el
veredicto como un condenado al cadalso resignado a su suerte, sin atreverse a
esperar un milagro que lo salvara en el último instante, solo esperando, con
una ansiedad de que aquella tortura terminara pronto.
Para colmo, a su lado Sibomana era
la imagen de la calma. Casi impasible, casi como una esfinge, solo una
sonrisita muy leve que torcía las comisuras de los labios del gran africano
revelaba un mínimo de lo que le pasaba por dentro.
Desplazó el peso de un pie al otro
y Su Excelencia, el Alienígena, continuó hurgando en las entrañas informativas
de la especie humana. Y repitió el movimiento unas tres o cuatro veces más
antes de lanzar un bramido grave, al borde de la audición. Miró a Sibomana con
un signo de interrogación en las cejas.
—Se está riendo —susurró el
compañero—. Es la risa de ellos.
Y la sonrisita irónica en los
labios gruesos se hizo casi imperceptiblemente más marcada, como diciendo: yo
también me reiría, si fuera él. Gianni suspiró y sudó un poco más, sintiendo
una gota espesa resbalarle por la sien derecha. Ya no debe de faltar mucho,
pensó. Pero faltaba, porque Su Excelencia, el Alienígena, claramente, se estaba
divirtiendo.
Cuando por fin se dio por
satisfecho, Su Excelencia, el Alienígena, volvió a orientar hacia los dos
hombres sus apéndices fonadores.
—Entonces —preguntó—: ¿ustedes
creen que están listos para adherirse a la Comunidad Galáctica, es eso?
Gianni tragó saliva. ¿Qué otra cosa
podía hacer?
—Sí, Excelencia —se aclaró la
garganta—. Creemos haber hecho progresos suficientes desde el último proceso de
candidatura para…
Y se calló, porque Su Excelencia,
el Alienígena, estaba otra vez bramando, grave y largamente. Un apéndice
situado en algo parecido a un cuello temblaba convulsivamente.
Cuando por fin se le pasó el ataque
de risa, Su Excelencia, el Alienígena, se dignó al fin a dictar sentencia.
—Solicitud denegada —proclamó,
lleno de formalidad—. La especie no está lista. Podrá volver a presentar su
candidatura dentro de diez años galácticos estándar. Hasta entonces, seguirá
sin tener acceso a la comunicación interestelar.
—Son doscientos veintitrés años y
medio, aproximadamente —le murmuró Sibomana al oído.
Gianni lo miró de reojo. Este está
tomándome el pelo, pensó, quizá injustamente.
Pero el alienígena todavía no había
terminado.
—Ustedes son una especie divertida
—dijo, ya sin formalidades—. Tanta ambición. Tan poca noción. Sería hasta
gracioso dejarlos entrar y quedarme mirando cómo se revuelcan. Por desgracia,
la comunidad no comparte mi sentido del humor y no les encuentra mucha gracia.
Es una lástima. Mejor suerte la próxima vez.
Y los echó a la calle.
Literalmente.
En un momento estaban en el
ambiente de Su Excelencia, el Alienígena, y al siguiente estaban en la calle, a
dos cuadras de la puerta de la sede de la Sociedad Para el Contacto.
Gianni se quedó un instante inmóvil
en la vereda, un obstáculo molesto para la multitud de transeúntes que por
algún motivo no parecía haber reparado en su aparición súbita. Miraba hacia
delante sin ver, intentando decidir qué decirle al Consejo Superior de la SPC.
Pero su cerebro se negaba a planear nada, atrapado en un ciclo de
recriminaciones y frustración, lanzando maldiciones silenciosas al universo, a
las leyes inapelables de la física, a los alienígenas y sobre todo a quienes no
lo eran. Treinta años. Habían pasado treinta años entre la solicitud de
adhesión y aquel momento. Treinta años de historia, treinta años de cambios;
doce años entre la emisión del mensaje y su recepción; dieciocho para que los
alienígenas encontraran la manera de enviar a alguien hasta allí. Treinta años
en total. ¡Qué bien encaminado parecía todo hacía treinta años! Y de repente…
el descalabro.
Los tiempos cambian, cambiando las
voluntades. Demasiado rápido. Siempre demasiado rápido.
Un empujón seguido de un gruñido lo
despertó. El africano lo miraba, pegado a las casas, fuera de la corriente de
humanidad apresurada. La sonrisita irónica le seguía torciendo las comisuras y,
en los ojos inteligentes, brillaba algo más, algo que Gianni no lograba
identificar.
Fue hacia él. Juntos, se sumaron al
río humano, caminando rumbo a la sede de la SPC. Al principio en silencio, pero
Gianni no lo aguantó mucho tiempo.
—Usted parece divertido, Gordien
—comentó—. No consigo entender por qué. Seguro que sabe lo que esto significa.
—Claro que lo sé, Gianni —respondió
el otro—: vamos a seguir librados a nosotros mismos. Como hasta ahora.
—¿Y eso lo divierte?
—No. No es eso lo que me divierte.
En realidad, no estoy divertido…
—Entonces, esa sonrisita ¿qué es,
si me permite la pregunta?
—Es un poco de ironía, nada más. —Una
pausa. Luego—: Espero que no lo tome a mal, no pretendo ofenderlo de ninguna
manera, pero me parece que su aire decepcionado es bastante irónico.
Gianni se detuvo en seco,
sorprendido.
—¿Le parece irónico que yo esté
decepcionado? No puedo creer que no entienda la enorme oportunidad que acabamos
de perder.
—No se irrite, amigo mío, no se
irrite. Claro que lo entiendo. O mejor: sé de qué oportunidad habla, pero sé
que no perdimos nada porque nunca tuvimos ninguna oportunidad.
Gianni se quedó mirándolo,
boquiabierto. Sin entender. El otro extendió una mano y le tomó el brazo.
—Vamos, venga. Nos están esperando.
Yo le explico. Ustedes presentaron la candidatura hace treinta años porque se
creían preparados. Hablo de ustedes en general, no de usted en concreto; sé muy
bien que aún no estaba en la SPC en esa época. Igual que yo. Pero quizá usted
nunca tuvo la curiosidad de verificar las votaciones. Yo sí, porque quise
confirmar una idea que no me dejaba en paz, y efectivamente la confirmé. La
decisión no fue unánime, ¿sabe?
—Bueno. En estas cosas nunca lo es.
—Sí, tiene razón, claro. Pero
siempre hay mucha información que extraer del análisis de quién vota cómo. Y
por qué. Y esa decisión la tomaron los representantes del norte, junto con
aquellos que, en el sur, creían poder sacar alguna ventaja acompañándolos en un
voto que pensaban que era sobre todo simbólico. Mucha gente, en esa época, ni
siquiera creía demasiado que existiera algo como una Comunidad Galáctica. Pero
lo que importa es que quienes votaron por convicción, votaron en contra.
—Sigo sin entender.
—Lo sé: usted es italiano. Si
hubiera nacido en Burundi, como yo, lo comprendería mucho más fácilmente.
Gianni volvió a detenerse, mirando
a su compañero con el ceño algo fruncido.
—Mi querido amigo, no me parece que
nuestras nacionalidades tengan gran relevancia para esta conversación.
—Oh, pero la tienen. Toda. Por una
cuestión de historia. De cultura. De cómo la historia influyó en la cultura.
Ustedes, en el norte, se creían preparados. Pero yo soy africano. Ustedes se
ven de una manera; yo los veo de otra. Es inevitable. Y por eso sé que no lo
estaban, que no lo están, que no lo estarán durante mucho tiempo. Ni ustedes,
ni nosotros, ni nadie en este planeta turbulento.
Gianni no respondió. Se limitó a
mirar al otro, en un rostro donde la sonrisita irónica había desaparecido,
sustituida por una expresión de cierta melancolía. Fue Gordien quien
interrumpió el silencio.
—Solo le digo esto para ayudarlo a
decidir qué decirles a los consejeros. Usted es un buen hombre, Gianni, pero,
como nos pasa a todos, sus antecedentes culturales generan algunos puntos
ciegos en su visión del mundo. Me pareció que le sería útil que yo iluminara
uno de esos puntos ciegos para la conversación que va a tener dentro de un
rato. Espero no haberme equivocado ni haberlo lastimado sin necesidad. ¿Vamos?
Y fueron. En silencio, porque
Gianni Foglia realmente tenía mucho en qué pensar.
Miguel Hernâni Guimarães pretende existir entre Lisboa, la
ciudad donde nació y vive, ya que no puede escapar de allí, y el Algarve, que
contiene casi todo lo que realmente disfruta en la vida. La culpa de lo que
escribió hasta ahora es de Jorge Candeias, quien decidió convertir los textos
en una serie, una pequeña tontería sobre ministros y ratas que un día se les
escapó mientras bebían un par de cervezas, y después de eso no dejó de
molestarlo para que escriba algo más. Imaginen la sorpresa de Miguel cuando un
día se encontró en las páginas de un libro. Y luego de otro. Por suerte, nadie
las leyó.
