Tomislav Takac
El líder del grupo caminaba al
frente: un valiente caballero, el poeta Lurien, de cabello rubio y rizado y un
fino bigote. Tenía voz de ángel. Vestía una armadura plateada, con protecciones
para las rodillas y las pantorrillas. Bajo la armadura llevaba una túnica
nueva, de un hermoso verde oliva, tejida con hilos de plata y oro. La vaina
vacía de su espada estaba adornada con piedras semipreciosas y ornamentos de
bronce y plata con forma de aves canoras y estrellas, que colgaban de su
cinturón. En la mano derecha sostenía con destreza una espada de acero de alta
calidad, recubierta de plata. En la cabeza llevaba un sombrero curioso,
adornado con las plumas de un ave muy colorida. Era un regalo de su querida
Merlisa, la única mujer del grupo, que caminaba con cautela justo detrás de
Lurien.
—¡Lurien, querido! ¿Cuánto tiempo
más vamos a vagar por esta ruina helada? —dijo Merlisa, visiblemente aburrida.
—No te preocupes, palomita mía.
Siempre estás a salvo conmigo, ¡aunque aparezca algún monstruo!
—¿De verdad crees que ese palillo
plateado puede hacer algo? —dijo Derdon, el tercer miembro del grupo, un mago
de ochenta y dos años.
Aunque a primera vista pudiera
parecerlo, no era el más viejo. Ese título pertenecía al cuarto y último
integrante: Anton, el gólem. Tenía el aspecto de un joven de unos veinte años,
pero contaba con varios siglos de existencia; ni él mismo conocía su edad
exacta. Sus extraños ojos púrpura, inhumanos, y su piel de arcilla –similar al
tacto humano, pero dura como el acero– lo delataban.
—¿Dudas de mi destreza con la
espada, anciano? —le dijo Lurien a Derdon.
—¿Dudar? ¡Ja! ¡Niego que la tengas
en absoluto, maldito troll engreído! ¿Y dónde está esa condenada puerta? ¿La
encontraremos antes de que estire la pata?
—Si no fueras un viejo débil, te
retaría a duelo por haber mancillado mi honor frente a esta hermosa dama, cuya
belleza no tiene parangón en todo el continente —dijo Lurien, furioso.
—¿En el continente? —se preguntó
Merlisa—. Lurien, querido, ¿no me dijiste hace dos días, mientras yacíamos en
la cama viendo el amanecer, que yo era la mujer más bella del mundo?
—¡Oh, cómo pude olvidarlo! Por
supuesto que lo eres, amada mía. ¡Ni siquiera las diosas del cielo pueden
compararse contigo! —se justificó Lurien.
Derdon comenzó a reír, lo que
irritó tanto a Lurien como a su amada.
—¿De qué te ríes, viejo necio? ¿Qué
tiene tanta gracia? —se ofendió Merlisa.
Anton observaba en silencio, aunque
con evidente interés.
—Bueno… no diría que seas la más
bella —dijo el mago—. No me malinterpretes: eres muy hermosa. Pero hay muchas
más bellas todavía, como la princesa élfica Erlirla, la de cabellos plateados.
—¡¿Cómo puedes decir que esa mocosa
es más hermosa que yo?! ¡¿Más hermosa que yo?! —Merlisa intentó agarrar al mago
por la barbilla y patearlo en la entrepierna, pero su amado la detuvo,
tomándola suavemente de los brazos y calmándola con un beso en la mejilla.
Ella se tranquilizó un poco, pero
el viejo mago volvió a burlarse, sacándole la lengua como un niño.
—¡Por los dioses, Derdon! ¿Cuántos
años tienes: ochenta u ocho? No te comportas como alguien de tu edad.
¡Discúlpate con la joven! —intentó mediar Lurien.
—¿Disculparme? ¿Con ella? ¡Ja! ¿Y
qué decías de mi edad? ¿Debería quejarme todo el tiempo de mis achaques o
soltar peroratas llenas de sabiduría solo porque entré en la novena década? ¡No
soy estúpido! Me estoy muriendo, jovencito. ¡Busquemos esa maldita puerta!
Espero que sea la entrada a un enorme tesoro lleno de oro; de lo contrario,
estaré muy decepcionado y furioso por haberme traído a esta ruina polvorienta a
escuchar el cacareo de tu palomita: “¡tráeme esto, cómprame aquello!”. ¿Crees
que me casé una sola vez en la vida por casualidad? ¡Para conservar al menos un
resto de sentido común!
—Eres una cabra testaruda y
chauvinista —replicó Lurien—. Pero un trato es un trato. Encontremos la puerta,
abrimos el cofre del tesoro, lo dividimos en partes iguales y cada cual sigue
su camino. Me fastidias, pero cumpliré el acuerdo. ¿Está bien?
—Está bien… ejem, ¿y dónde está
exactamente esa puerta y qué fue lo que te dijo ese medio elfo borracho?
—preguntó Derdon, suspicaz.
—En el nivel más bajo de Ulder Zur,
cuyas ruinas estamos recorriendo ahora —explicó Lurien.
—¿Y por qué no la puso en un lugar
más accesible? ¿En el segundo piso, por ejemplo? ¿O en la planta baja? —gruñó
Derdon.
—¿Querías que construyeran el
castillo a tu gusto? Ya basta de estorbar con tus quejas… ¡Ahí está! ¡Al fondo
del pasillo!
Todos vieron de pronto la puerta
plateada del tesoro. Era imposible no advertirla: medía más de tres metros de
alto y más de un metro de ancho. Además, era lo único que no había sucumbido al
paso del tiempo: no tenía ni una mancha de óxido, solo una fina capa de polvo.
El pasillo que conducía a la puerta
estaba decorado con pinturas casi podridas en marcos dorados y restos de
banderas y tapices antaño hermosos. Pero la decoración más aterradora estaba en
el suelo: docenas de esqueletos con armaduras y túnicas ya deshechas o
corroídas. Algunos se abrazaban en la muerte; otros se habían atravesado
mutuamente con espadas.
El grupo intentó ignorar la escena,
mientras un sudor helado les recorría la espalda. Anton, por supuesto, no
sentía miedo, pero sí tristeza: aquellas personas habían llegado hasta la
puerta y, en lugar de cooperar, se habían peleado por tonterías.
Lurien se acercó y examinó la
puerta con atención. No tenía adornos. Solo una manija redonda, sin cerradura
ni ojo de llave, y una inscripción en un idioma que desconocía.
—Derdon, no puedo leer esto. ¿Sabes
qué dice?
—Ah… sí. Dialecto élfico antiguo,
de las estribaciones de las Montañas Grises. Pocos lo conocen. Veamos… dice:
“Ningún hombre puede… abrir esta puerta”.
Merlisa sonrió con malicia.
—¿Ningún hombre? ¡Perfecto!
Adelante, querido. Además, estás protegido por el medallón del Bosque de
Bronce. Nadie puede hacerte daño.
Lurien tomó la manija antes de que
el mago pudiera reaccionar, le sonrió a Merlisa… y al instante siguiente la
puerta se activó, reduciéndolo a un montón de cenizas y huesos. El medallón se
derritió como manteca sobre hierro al rojo vivo. La espada conservó su forma,
pero la plata se desprendió de ella.
El grupo quedó atónito. Merlisa fue
la primera en hablar:
—¡No! ¡Mi querido Luri! Bueno…
siempre me queda Arlin.
—¿Arlin? ¿Quién es…? —murmuró
Derdon—. ¿No te da pena esta criatura?
—Un poco… pero nada que una o dos
toneladas de oro no curen. Ahora apártate, viejo. Tú mismo leíste la
inscripción: esta puerta necesita el toque de una mujer. Los hombres no sirven
para nada.
Justo antes de que tomara la
manija, Anton leyó la inscripción por curiosidad… y notó el error en la
traducción. Pero ya era tarde.
—¡Espere, señorita, la traducción
no es…!
Merlisa no escuchó. Al instante
siguiente se convirtió en cenizas, huesos calcinados y joyas medio derretidas.
—¿Qué quieres decir con que no era
correcta? ¿Y por qué no la detuviste? —preguntó Derdon.
—La traducción era correcta, salvo
por una palabra —dijo Anton—. No dice “varón”, sino “humano”. “Ningún ser
humano puede abrir esta puerta”. Ni hombre ni mujer. Ese es el sentido exacto.
—Las mujeres son difíciles de
entender —concluyó sabiamente el mago—. ¿Y ahora cómo la abrimos?
—Lo intentaré yo —dijo Anton—. Soy
un gólem.
Tomó la manija. Nada ocurrió. Tras
un gran esfuerzo, logró abrir la puerta.
Dentro no había oro ni joyas. Solo
una vela púrpura ardiendo desde hacía siglos y una mesa con un pergamino.
Anton lo leyó:
“Querido ladrón o aventurero:
felicidades por comprender el mensaje de la puerta. Eso demuestra que eres una
persona instruida. El tesoro que buscas se encuentra en otro castillo. Mucha
suerte en tu búsqueda”.
Ambos rieron largamente.
—Enterremos a esos dos necios —dijo
Derdon al fin—. Fueron nuestros compañeros.
Y así lo hicieron, antes de
marcharse hacia la taberna, mientras el sol se ponía tras Ulder Zur.
Tomislav Takač nació en 1988 en la ciudad de Subotica, Serbia. Desde pequeño, le fascinó todo lo extraño y con el tiempo se convirtió en una especie de enciclopedia andante. Empezó a escribir novelas y relatos hace cinco años y no ha parado desde entonces. Actualmente trabaja en una fábrica de calcetines para mujer.
